Vivir es un asunto urgente
Resumen del libro

Vivir es un asunto urgente

por Mario Alonso Puig

Cómo enfrentarnos al estrés y mejorar nuestras estrategias de comunicación interpersonal

Introducción

 

Cuando a una persona le dicen que tiene una “enfermedad terminal”, y que le quedan escasos meses de vida, empieza a aprovechar el tiempo de un modo completamente distinto. En el momento de nacer todos adquirimos de alguna manera una “enfermedad terminal” que aunque puede prolongarse durante muchas décadas, no tendría que evitar el que nos diéramos cuenta de que vivir es un asunto urgente.
En este libro se tratan a fondo dos temas que, gestionados de manera adecuada, pueden ayudarnos a tomar las riendas de nuestra vida para vivirla con más intensidad: el estrés y la comunicación, tanto la que mantenemos con nosotros mismos como la que establecemos con los demás. Estos dos elementos están íntimamente relacionados y se influyen mutuamente.
Muchos de nuestros esquemas mentales, de los cuales no somos conscientes, afectan de una manera tan profunda a nuestra percepción de la realidad, a aquello que es capaz de registrar nuestro cerebro, que precisamos revisar algunos de ellos, porque el mapa mental, aquellas ideas, conceptos y creencias que nos fueron útiles en el pasado, puede que ya no lo sean para llevarnos hacia el futuro que buscamos. El pasado es una fuente de información y de experiencias, y no una bola de cristal que determina nuestro porvenir. Entre lo que estuvo en el pasado y lo que estará en el futuro actúan nuestra libertad, nuestra capacidad de apasionarnos y de elegir.

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Primera parte: bienvenidos al mundo de la incertidumbre

El mundo en el que vivimos nos pide que desarrollemos un espíritu aventurero. Pero la aventura, muchas veces, no consiste en viajar a una selva o a un inmenso desierto, sino en atrevernos a explorar y desarrollar nuestro verdadero potencial.
Para ello no hay recetas, pero sí guías que nos sirven de ayuda. Podemos comprender y utilizar esas orientaciones con una máxima eficacia, y descubrir la forma en la que los seres vivos nos relacionamos con el mundo de la incertidumbre. Para permitirnos crecer y evolucionar, dichas guías deben ser sencillas y emplearse de manera sostenida.
Ante todo, necesitamos establecer una relación diferente con la noción del estrés, sin entenderla de entrada como algo negativo e indeseable. Existe mucha documentación en el ámbito de la investigación científica que corrobora que si los seres humanos careciéramos de los mecanismos del estrés, no podríamos sobrevivir durante mucho tiempo. Una cebra pasta tranquilamente en la llanura africana hasta que el viento cambia y huele a una leona. En ese instante, son los mecanismos del estrés los que pueden salvar la vida de la cebra. Suprimir el estrés de la vida supondría perder un mecanismo esencial para la supervivencia.
La clave, por lo tanto, no está en eliminar el estrés, sino en gestionarlo adecuadamente. Para poder hacerlo conviene que conozcamos su naturaleza, sus causas, sus orígenes y aquellas consecuencias que se derivan de no lograr su gestión.
En una ocasión, le preguntaron a Albert Einstein qué haría él si le dijeran que la tierra iba a destruirse en sesenta segundos. Les dijo que utilizaría los primeros 59 segundos en hacerse una pregunta y el segundo que le quedaba en contestarla. La clave, más que en el tipo de respuestas que se obtienen, está en el tipo de cuestiones que se formulan. Las preguntas abren en nuestras conciencias espacios nuevos de exploración que ni siquiera habríamos imaginado.
En este sentido, conviene que nos hagamos una serie de preguntas que nos permitan dar una mejor respuesta al mundo estresado: ¿cuál es la naturaleza del estrés?; ¿cómo puede describirse?; ¿a qué se parece?; ¿qué es lo que lo desencadena?; ¿qué es lo que nos hace especialmente vulnerables a ciertos elementos desencadenantes del estrés?; ¿cuáles son sus consecuencias?; ¿cómo afecta a nuestra salud, nuestros niveles de energía y nuestra eficiencia personal?
Hechas las preguntas, basta con conocer las respuestas para que se puedan gestionar de una manera mucho más adecuada los niveles de estrés. Cuando sentimos o experimentamos emociones y no somos capaces de verbalizarlas, su gestión resulta mucho más difícil; por el contrario, las personas que saben expresar sus emociones suelen gestionar mucho mejor su equilibrio emocional.
La balanza de la vida. El estrés es una fuerza que se activa ante cualquier peligro, amenaza física o situación de incertidumbre. Hoy en día, el mundo se encuentra en una situación de continua incertidumbre, tanto en lo económico como en lo social. Un cambio en el trabajo, un jefe nuevo, una mudanza, un colegio distinto, un nuevo competidor en el mercado e, incluso, una enfermedad representan para cualquier persona circunstancias de desasosiego que exigen al organismo una adaptación.
Existen dos tipos de estrés: el eustrés y el distrés. El eustrés es el que nos ayuda ante los desafíos: agudiza nuestros intelectos y pone en marcha las emociones que generan en nosotros la ilusión, la confianza, la serenidad y el aguante que requiera el momento.
Tras la activación de este primer tipo de estrés, sobre todo si llevamos en esa situación más de 90 minutos, se va a producir la activación del segundo tipo, el distrés, que se caracteriza por generar falta de claridad mental, vacilación en la toma de decisiones o errores graves en el tipo de resoluciones que se llevan a cabo; además, perjudica de una forma notable nuestra salud y nuestra vitalidad.
Para que el ser humano crezca, madure y evolucione, es necesario que a los períodos de eustrés les sigan otros de recuperación. Las personas necesitamos este tipo de oscilación. En una empresa o en una casa, cuando no existen estos episodios de recuperación, inmediatamente se entra en distrés.
Es importante que, cuanto más distresada se encuentre una persona y mayor sea su nivel de incertidumbre, lejos de caer en el pánico y la desesperación, se convenza y transmita a los demás que es capaz de superarlo y resolverlo. En general, tendemos a adoptar actitudes pesimistas y de desaliento cuando el camino se hace difícil; sin embargo, la actitud contraria, aunque más difícil, es más inteligente.
Ante los desafíos y las incertidumbres, es importante recordar que en nuestro interior tenemos muchos más recursos de los que pensamos. Saberlo nos dará confianza para avanzar con ánimo e inteligencia, y únicamente así descubriremos las oportunidades y reconoceremos las posibles amenazas antes de que se conviertan en inminentes peligros.
Resulta igualmente conveniente que, cuando llevemos más de 90 minutos en eustrés, recordemos que el organismo va a necesitar un período de recuperación. Pararnos para recuperar fuerzas no es un gasto de tiempo, sino una extraordinaria inversión.
La sutil chispa que enciende la pólvora. En nuestra sociedad existen muchas causas por las que sufrimos los efectos del distrés: hay una profunda falta de sintonía entre el tiempo que tenemos y el que querríamos tener, y una gran discordancia entre las cosas que queremos hacer y las que tenemos tiempo de hacer.
Muchos de nosotros vamos de manera apresurada y con la lengua fuera a todas partes, hasta que no podemos más. Pocas personas se paran y van más allá para intentar comprender el origen de su falta de tiempo y de las angustias y tensiones que se generan en su contacto con los demás.
El origen de nuestro distrés es múltiple. Una de sus principales causas es nuestra incapacidad para decir “no” sin sentirnos culpables. Otra puede ser que con frecuencia no tenemos claras nuestras prioridades y dejamos que sean otras personas las que decidan por nosotros. Otra tercera estaría en nuestra falta de coraje para dar la cara por nuestros valores. Una más es que nos cuesta muchísimo hablar con honestidad de nuestro sentir, no somos capaces de hablar con claridad de forma inmediata y casi siempre perdemos la ocasión de hacerlo.
Si queremos avanzar hacia otra realidad en lo que se refiere a salud, eficiencia y bienestar, conviene que intentemos ir superando poco a poco cada una de las causas de nuestro distrés. En especial, es importante trabajar para definir mejor nuestra escala de prioridades, que tal vez no tengamos demasiado clara. Tenemos que descubrir qué es aquello que de verdad valoramos: lo vamos a ver reflejado en las personas que más admiramos y en aquellas formas de ser que más nos inspiran.
En este sentido, es ilustrativo el caso de un directivo que estaba tan ocupado con el trabajo que prácticamente no veía a su familia. Estaba casado y tenía dos niños pequeños. Una noche, al regresar a casa, su mujer le dijo que no podía seguir así y él le prometió que, al día siguiente, que además era el cumpleaños de uno de sus hijos, llegaría antes a casa y los llevaría a cenar a un restaurante para celebrarlo.
Llegó el momento y el directivo cumplió su promesa de llegar antes a casa. Su mujer y sus hijos estaban listos para salir cuando sonó el móvil. Al otro lado estaba su director general, que le urgía a una reunión en su despacho. En aquellos momentos difíciles, el hombre miró a los ojos de su mujer y de sus hijos y le contestó al director general: “Tengo un compromiso de tal naturaleza que no lo puedo romper; aun así le ofrezco que nos veamos dos horas más tarde”.
El hombre calculaba que ese era el tiempo que necesitaba para poder cenar con su mujer y sus hijos. Inesperadamente, al otro lado del teléfono se produjo un silencio y su director general le contestó que en tal caso mejor dejaban la reunión para el día siguiente.
La sombra de la muerte. Ante la incertidumbre, lo desconocido, lo impredecible, sea una enfermedad o una opa, nuestros dispositivos del estrés se ponen en marcha. Qué tipo de estrés será el que se active dependerá en gran medida de cómo afrontemos la nueva situación. Si lo hacemos con una sensación de miedo y desesperanza porque no nos creemos capaces, activaremos el distrés, que efectivamente nos impedirá serlo. Sin embargo, si a pesar de la incertidumbre, en lugar de dejarnos llevar por el pánico y la rumorología, buscamos información, nos apoyamos en nosotros mismos y nos concentramos en lo que podemos llegar a ganar en vez de en lo que podemos perder, entonces activamos el mecanismo del eustrés, que nos ayuda a descubrir y ver posibilidades veladas para aquellos que permanecen en distrés.
Las personas hemos aprendido a buscar ante todo la seguridad y la certidumbre, y por eso creamos nuestro futuro con predicciones que parten del pasado; preferimos lo pequeño, siempre que sea predecible, a lo grande si es impredecible. No jugamos a ganar, sino a no perder. Nos obsesionamos en defender la idea de lo que somos, en lugar de arriesgarnos a descubrir la imagen de aquello que podríamos llegar a ser. La mayor parte de nuestras inseguridades y desesperanzas no son reales sino aprendidas. No vivimos según nuestros talentos, sino según nuestras creencias. Por eso al final, el determinante fundamental del logro en medio de la incertidumbre no es lo inteligentes que seamos, ni los conocimientos que poseamos, sino la mentalidad que se elija.
Los científicos del Instituto Salk de San Diego han demostrado que las neuronas del hipocampo que mueren se pueden regenerar a partir de las células madre procedentes de unas cavidades del cerebro llamadas ventrículos. Desde allí emigran hasta los hipocampos y empiezan a desarrollar las proyecciones que necesitan para conectarse con otras neuronas. Este proceso, denominado neurogénesis, únicamente puede producirse a condición de que los niveles de cortisol (hormona cuyos niveles elevados, producidos por una reacción de alarma sostenida, dañan las neuronas de hipocampo) no sean altos. Las personas somos capaces de generar entre quinientas y mil neuronas diarias, que son decisivas para experimentar alegría, para aprender y para recordar. Por ello, conviene fijarnos en lo positivo de la vida en lugar de mantenernos absortos en todo aquello que nos disgusta.
Cuando sintamos miedo ante lo desconocido, peligro o, simplemente, incertidumbre, la primera de las estrategias que podríamos emplear sería la de no centrarnos en lo que podemos perder, sino en lo que podemos llegar a ganar. Aunque parezca paradójico, al actuar así no solo descubrimos que no se nos habían ocurrido, sino que además vemos con mayor claridad lo que podríamos perder y nos preparamos mejor para afrontarlo.
La segunda estrategia consistiría en dedicar unos momentos al día a reflexionar sobre aquellos momentos de desafío e incertidumbre en los que hemos sido capaces de encontrar el camino para lograr el éxito. Muchas veces, nuestra atención se ve secuestrada por un mundo de ideas, imágenes y sensaciones, además de negativas, profundamente disfuncionales. Cuando la rescatamos y la dirigimos hacia la búsqueda de lo positivo, la experiencia emocional que se crea nos ayuda a ser mucho más eficientes en nuestro día a día.

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Segunda parte: el encuentro

Hablar para ser comprendido y escuchar para comprender. Uno de los hallazgos más sorprendentes cuando se estudia el mundo del estrés y los fenómenos relacionados con él es el papel que juega la comunicación interpersonal. Gran parte del estrés negativo o distrés que experimentamos diariamente se debe al modelo limitado de conversación que utilizamos en nuestras interacciones. Las personas nos agredimos continuamente con las palabras sin darnos cuenta de ello, ya que pocos de nosotros nos atrevemos a manifestar en alto lo que estamos sintiendo en los momentos en los que nos vemos heridos. Nuestra forma de comunicación es obsoleta y necesita una revisión, porque genera más conflictos que entendimiento.
En una conversación, uno de los elementos clave relacionado con el impacto que causamos con otra persona es el tono de voz. Las personas somos sensibles al tono de voz, porque refleja el estado emocional de la persona que está hablando y afecta al de la persona que está escuchando. El tono con el que decimos las cosas puede tener mucho más efecto sobre nuestros destinatarios que las palabras que usamos y, por tanto, que el mensaje que queremos transmitir. Una buena noticia dicha en un tono crispado tendrá un impacto negativo en el receptor y una mala noticia expresada con serenidad tendrá un impacto mucho más positivo que si la acompañan la frustración y el miedo.
Es paradójico saber que cuando nos convertimos en maestros de nuestras propias emociones y de los significados que damos a las cosas, nuestro cerebro experimenta una especie de “secuestro”: perdemos la perspectiva y la claridad mental, y quedamos prisioneros de nuestros atavismos, donde solo somos capaces de tres respuestas: el ataque, la huida o el bloqueo.
En una conversación con otra persona, estas tres respuestas no tendrían por qué tener lugar. Desde una reacción de ataque, huida o bloqueo no se consigue crear el puente que nos conecta con los demás. Mientras entremos en el juego de ver quién tiene más razón, si nosotros o nuestros interlocutores, no podremos conectar.
Si sentimos que, ante un comentario, nos tensamos, el corazón nos late con fuerza y empezamos a llenarlo de ira, frustración y resentimiento, no debemos ignorar esas emociones, ni debemos abrir la boca en ese momento para decir algo que después lamentaremos. La prioridad en ese momento no es hablar, sino reequilibrarnos. El silencio en ese instante, lejos de otorgar nada a la otra persona, se convierte para todos en el mejor aliado. Respirar hondo, contar hasta diez, subir unas escaleras… Debemos hacer lo que sea, salvo abrir la boca, si lo que queremos es construir y no destruir. Una vez que hayamos conseguido un mayor nivel de equilibrio, es esencial recurrir a una estrategia provista, por una parte, de una pregunta que intente sondear el sentir de la otra persona y, por otra, de un compromiso hacia nosotros mismos de escuchar sin interrumpir, sin argumentar y sin contraatacar, aunque no nos guste oír lo que se dice. Si reaccionamos ante la manifestación de la ira de los demás, entonces nuestra escucha no invitará a que salgan las verdaderas emociones ocultas, la tristeza y el miedo. Tras la expresión de la tristeza y el miedo viene la aceptación, y tras ella surge la alegría. Es en ese momento cuando el puente entre ambos mundos se construye. A partir de entonces, la relación toma una nueva dinámica y abre posibilidades insólitas.
Si nos importa una relación y queremos hacer algo para transformarla, insistir en una misma estrategia no conduce a nada, porque obtendremos el mismo resultado. Existen tácticas mucho más efectivas y menos frustrantes para lograr lo que queremos. Así, cuando estamos en una conversación difícil, por ejemplo, más vale que pongamos el peso en preguntar que en argumentar. Cuando uno pregunta y escucha, la otra persona se siente valorada, respetada y puede empezar a confiar. El vínculo más importante que necesitamos crear es el de la confianza, porque cuando la confianza está presente, todo se vuelve posible. Cuando confiamos en alguien, sabemos que podemos hablarle de cualquier cosa, porque nos valora o nos quiere por quienes somos y no por quienes aparentamos ser.
Yo tengo razón, tú te equivocas. Si queremos conectar y comprender, necesitamos preguntar y escuchar. Solamente así podemos recibir nuevas perspectivas, nuevos descubrimientos y aprendizajes sorprendentes.
Por eso es importante no defender nuestra posición de manera acérrima, por acertada que nos parezca. La clave reside en estar abiertos a que se nos presente alguna argumentación que nos ayude a ver las cosas desde otra perspectiva. Muchas veces lo esencial no es convencer, sino comprender. Cuando uno consigue comprender, se puede conectar; y una vez que se ha producido el encuentro, ya nada es imposible.
Según Gerald Edelman, neurólogo y premio Nobel de Medicina, el encuentro es lo que hace que dos gases distintos, como el oxígeno y el hidrógeno, sean capaces de crear algo tan nuevo y sorprendente como el agua. El oxígeno es la base de la respiración y el hidrógeno es el gas principal de la atmósfera, que permitió la aparición de las primeras bacterias que poblaron la tierra. Algo parecido pasa con las personas: unas alcanzan unos logros y otras consiguen cosas diferentes. Si únicamente nos gusta la gente que piensa y actúa de igual modo que nosotros, seremos como oxígenos que solamente quieren contactar con oxígenos o hidrógenos que solo quieren contactar con hidrógenos. Al no haber encuentro entre ambos, no pueden manifestarse las propiedades que forman la molécula del agua, la fuente de la vida. Es curioso que ninguna propiedad física ni química del agua pueda deducirse de los gases que la conforman.
No me grites, que no te oigo. La falta de un canal adecuado para expresar nuestro sentir parece obvia si observamos la gran tensión que se genera en muchas de nuestras comunicaciones y que distancia por igual a padres e hijos, parejas, amigos y compañeros de empresa. Por unas u otras razones, hemos aprendido desde pequeños que era mejor callar nuestros sentimientos que expresarlos. Nos hemos vuelto expertos en reprimir algunos de nuestros sentimientos, como la ira, el miedo, la frustración y la desesperanza, solamente para verlos volver antes o después con fuerzas redobladas.
La falta de destreza en la gestión de nuestras emociones es una de las principales causas por las que enfermamos. Dicha falta está asociada a un aumento de colesterol y de los triglicéridos en la sangre. Estas sustancias, en cantidades abundantes, empiezan a formar unos depósitos grasos y pegajosos en el interior de nuestras arterias y obstruyen la circulación de la sangre. Así es como se originan muchos de los infartos cerebrales y de miocardio.
Por todo ello, es imperativo que encontremos un sistema que nos saque de este círculo tan pernicioso, que nos ayude a no reprimir nuestros sentimientos y a evitar el estallido de aquellos que hemos reprimido.
Lo primero que hemos de entender es que nuestra mente no está acostumbrada a buscar hechos, sino a generar juicios. Por ejemplo, solemos decir: “Hija mía, me molesta lo desordenada que eres”, en vez de comentar que en los cuatro últimos días, al llegar a casa, los juguetes estaban por el suelo. También podemos decirle a nuestro jefe que no cuenta con nosotros, en lugar de indicarle que en las últimas tres reuniones del departamento no hemos sido convocados. No solemos hablar de hechos, sino emitir juicios y pensar que la otra persona nos va a atender. La observación muestra que cuando la otra persona oye un juicio, por objetivo que nos parezca, deja automáticamente de escuchar, contraataca o se pone a la defensiva. Por todo ello, es necesario buscar hechos y no emitir juicios por verdaderos que nos parezcan. También es crucial aceptar lo que sentimos para poder luego expresarlo sin culpabilizar a otra persona. Es importante contar nuestro sentir como la realidad que nosotros vivimos, sin vincularla a la persona y sí a los hechos. Una persona que oye: “Hija mía, cuando mamá ha llegado a casa los últimos cuatro días y ha visto los juguetes por el suelo se ha sentido triste y frustrada”, recibe un mensaje muy diferente que si hubiera oído: “Hija mía, eres una desordenada y estoy harta de llegar a casa y verlo todo por el suelo”. Tampoco es lo mismo decirle a alguien que no cuenta con nosotros porque no nos convoca a las reuniones del departamento, que decirle: “en las últimas tres reuniones de departamento no he sido convocado y me siento por una parte desconcertado, y por la otra triste y hundido”. Solamente cuando hemos presentado unos hechos y los hemos vinculado con nuestro sentir, podemos expresar nuestras necesidades y no tenemos que esperar a que la otra persona las descubra.
Aunque me claves tus dientes, no quedará en mi interior tu veneno. En la vida muchos nos hemos encontrado o vamos a encontrar con personas que intentarán introducirnos su veneno. Nosotros hemos de evitarlo y, si en ese momento no podemos, intentaremos que no nos siga intoxicando a lo largo de nuestra vida. Existen tres venenos de efecto muy negativo sobre nosotros y de los que conviene que conozcamos los antídotos y la forma de aplicarlos.
El primero es el veneno de la culpa. Cuando uno lo recibe, no se siente triste por algo que ha hecho, sino que se siente culpable. La tristeza invita a reparar el daño, porque nos importa la otra persona, mientras que la culpa lleva a reparar el daño para no sentirse culpable. La mayor parte de las veces, la culpa paraliza en lugar de mover a la acción. Hay personas que nos introducen el veneno de la culpa porque saben que así podrán manipularnos con más facilidad. Imaginemos por un momento a una persona que trabaja en una empresa. La llama su jefe a las diez de la noche a su despacho. Al día siguiente su jefe le comenta que la había llamado a esa hora con la esperanza de encontrarla en su despacho y que, al no estar allí para coger su llamada, había quedado bastante decepcionado. Ese mismo día, el jefe vuelve a llamarla a las diez de la noche y muestra su satisfacción al encontrarla en su sitio. Todo esto lo hace, no porque tiene algo que decirle, sino porque quiere someterla. El veneno de la culpa surte su efecto y crea un dominador y un dominado.
Otro de los venenos es el de la desesperanza. Lo inoculan las personas de actitud muy negativa y que solo se sienten cómodas cuando los demás ven las cosas con el mismo pesimismo que ellas. Disfrutan infravalorando los éxitos y los logros de otros. Llaman a los sueños utopías y les gusta hablar únicamente de lo que está mal, de forma que los demás piensen que puede estar aún peor. Son como agujeros negros que aspiran nuestra energía y nos dejan exhaustos y deprimidos. Junto a ellas, mientras no cambien de mentalidad, no puede haber vitalidad ni alegría.
El tercer veneno es el de la humillación, que nos hace sentir como si fuéramos una persona de menos valor y que nos lleva a creer que los demás también nos ven así. Por miedo a no estar a la altura, uno tiende a aislarse y a no probar cosas nuevas. Este veneno fue el preferente de los carceleros del régimen sanguinario de Pol Pot en Camboya. Cuando algunos refugiados camboyanos que habían estado en los campos de concentración llegaron a EE. UU., a diferencia de las personas llegadas de otros lugares en conflicto en el mundo, eran incapaces de abrirse camino. Pronto se descubrió que lo que les pasaba, más allá de los traumas habituales de su condición, era que en los campos se les transmitía una y otra vez la idea de que eran seres inferiores, que nunca llegarían a nada y habían llegado a creérselo. Hasta que no se descubrió ese veneno, estas personas no pudieron disfrutar en EE. UU. de un nuevo comienzo en sus vidas.
Por favor, necesito una dosis de risa, doctor. El papel del humor y de la sonrisa con frecuencia pasa desapercibido precisamente cuando más se necesita. Es como si reírse, o simplemente sonreír, se considerara fuera de lugar en la mayoría de los ambientes. A medida que crecemos, nuestra capacidad de reír se va atrofiando hasta que no quede de ella más que un recuerdo.
Sin embargo, el humor es algo para tomárselo realmente en serio. Cuando una persona se ríe, su dolor físico se reduce. En los hospitales, los enfermos que se ríen con los médicos, las enfermeras, los auxiliares, los celadores y las personas que limpian sus habitaciones necesitan menos analgesia que las que están rodeadas por un entorno emocionalmente aséptico.
Hace años se publicaron dos artículos en el New England Journal of Medicine, una de las publicaciones médicas más prestigiosas del mundo, sobre un hombre llamado Norman Cousins, al que se había diagnosticado una enfermedad articular degenerativa en una de sus formas más limitantes. Norman aceptó el diagnóstico y no permitió que se convirtiera en un veredicto. Como tenía alquilada una habitación enfrente del hospital donde se le administraba parte de su tratamiento, fundamentalmente paliativo, se convenció de que el humor le podría servir de mucha ayuda. Norman Cousins compró películas de los hermanos Marx, sus actores favoritos, y pasó muchas horas riéndose de las ocurrencias de Groucho y sus hermanos. Extrañamente, pronto empezó a mejorar, hasta tal punto que se curó del todo. Hoy se sabe con certeza que cuando en procesos inflamatorios articulares, como puede ser la artritis reumatoide, nos reímos, mejora el dolor y se reduce la inflamación. Por ello, actualmente, en EE. UU. el humor es parte fundamental en el tratamiento de esta enfermedad. Además, el humor es muy útil, independientemente de si estamos sanos o no: es capaz de reducir e incluso hacer desaparecer el distrés, la forma negativa de estrés que se asocia a un bajo rendimiento, escasa lucidez y pérdida de la salud. Crear un entorno amable y divertido genera un ambiente de salud a nuestro alrededor y mejora los resultados. El calor de una sonrisa puede fundir mucho de nuestro “hierro” diario.
Cuando estamos tensos, en lugar de ponernos a analizar sesudamente el origen de nuestra tensión, más vale ver una película de humor, que nos ayudará a analizar lo que nos pasó de manera más inteligente.
Una crisis es una oportunidad disfrazada. Hay tres sencillas frases que abren muchas puertas: “por favor”, “gracias” y “lo siento”.
Los conocimientos y, más todavía, la experiencia son muy importantes. Sin embargo, para hacer frente a algunos de los desafíos más complejos que la vida nos presenta necesitamos algo más: la filosofía o el amor a la sabiduría. Sócrates, uno de los mayores filósofos de todos los tiempos, decía que cuando los dioses querían destruir a un ser humano, lo convertían en una persona arrogante y, así, él mismo se destruía. La filosofía, esto es, el amor a la sabiduría, nos invita a la humildad, que nos permite entender mejor a los demás y hace que nos abran su corazón.
Un banco internacional estaba muy interesado en atraer como cliente a un hombre muy rico de cuya existencia acababa de percatarse. Con esa idea, mandaron a algunos de los mejores comerciales del banco a hacerle una visita; iban provistos de unos productos tan atractivos que era casi impensable que el cliente se resistiera a alguno de ellos.
Para sorpresa y espanto de los comerciales, el cliente los trató de una manera tan descortés que se quedaron completamente desconcertados. Al volver al banco comentaron lo ocurrido y pensaron que, tal vez, el momento de la visita había sido inoportuno.
Pasado un tiempo, decidieron llamarlo de nuevo; él les concedió la entrevista, pero, cuando volvieron a verlo, el trato que les proporcionó fue aún más duro y distante que la primera vez. Los comerciales se marcharon decididos a no volver a visitarlo jamás.
Estaban así las cosas, cuando un joven recién llegado al departamento comercial del banco oyó hablar de este hombre tan rico y de tan poca educación. El joven pidió permiso para visitar a aquel cliente. Lo llamó por teléfono y concertó una entrevista. Cuando llegó al despacho de dicho cliente, el recibimiento fue igual de frío y duro que el dispensado a los comerciales anteriores; sin embargo, y a pesar de la dificultad de las circunstancias y de la poca experiencia que tenía, el joven comercial fue capaz de demostrar una gran dosis de sabiduría. Sabía que la gente no era así por naturaleza y que debía haber algo que le hiciera al cliente comportarse de la manera en que lo hacía, por lo que le pidió permiso para hacerle una pregunta.
El millonario se quedó desconcertado, porque todos los que lo habían visitado hasta aquel momento solamente le habían hablado de sus productos. Aquel joven era el primero que le quería preguntar algo, que tenía interés en conocer y saber algo, por lo que le dio su consentimiento.
El joven le preguntó al millonario qué tal se había portado su banco con él. La pregunta tocó algo muy hondo en esta persona y le hizo sincerarse ante el joven comercial. Le contó que, hacía mucho tiempo, él había sido un agricultor que trabajaba muy duro, lo que le permitió sumar unos ahorros y con ellos comprarse un pedazo de tierra. En aquel momento, necesitó un tractor y fue al banco que representaba el joven para pedir un crédito. No solo le fue negado el crédito, sino que se le explicó que no podían concedérselo a una persona tan insolvente como él. Se sintió profundamente humillado; y llegó un día en que, tras haberse hecho rico, el banco lo empezó a considerar una persona interesante.
En vez de defender al banco, el joven tuvo otro gesto, surgido de la sabiduría de su corazón: le dijo al millonario que lo entendía perfectamente, que él en sus circunstancias hubiera hecho lo mismo y que lo sentía de verdad, tras lo cual se levantó para despedirse y marcharse. En ese momento, el millonario le dijo que esperara, porque quería seguir hablando con él. La consecuencia fue que se hizo cliente del banco, pero a condición de que su interlocutor con la institución fuese el joven comercial. El banco multiplicó el dinero de aquella persona y se benefició de ello. El hombre millonario curó parte de aquella herida invisible causada por la humillación, que cuando no se supera afecta muy negativamente a la salud y al bienestar. El joven ganó autoridad ante los otros miembros del departamento comercial y se hizo un nuevo amigo.
Un líder hace que las cosas sucedan y lo que hizo aquel joven fue un verdadero ejercicio de liderazgo. En lugar de formar parte del problema, la crítica al millonario, decidió ser parte de la solución al mostrar su disposición para visitarlo. En lugar de reaccionar, fue proactivo y, por eso, en vez de posicionarse cuando se le atacaba, decidió preguntar para explorar y comprender. Además, tuvo la humildad necesaria para escuchar lo que no es agradable oír y decir “lo siento”.
Cualquier enfrentamiento entre personas no es un conflicto entre sus naturalezas, sino entre sus formas de ver las cosas, sus marcos de referencia y sus paradigmas. Para entender las opiniones de una persona es importante conocer cómo se formaron: únicamente así podemos valorar las cosas aparentemente insignificantes, pero que para la otra persona no lo son.
Si somos capaces de dedicar más tiempo y esfuerzo a comunicarnos de verdad, esto es, no solo a decir lo que sabemos, sino también a expresar lo que sentimos, no a etiquetar con tanta rapidez y sí a preguntar y a escuchar con más interés, entonces empezaremos a notar de manera directa efectos positivos sobre nuestra salud, nuestra energía y nuestra vitalidad en general.

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Biografía del autor
Mario Alonso Puig, médico especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo, fellow en Cirugía por la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, en Boston, y miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York y de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, ha dedicado gran parte de su vida a explorar el impacto que tienen los procesos mentales en el despliegue de nuestros talentos y en los niveles de salud, energía y bienestar que experimentamos. Ponente de HSM Talents, ha sido invitado por instituciones como el MD Anderson Cancer Center de Houston (Estados Unidos), el Global Leadership Center en INSEAD (Francia) y la Universidad Pitágoras de Sao Paulo (Brasil). Actualmente imparte conferencias y cursos sobre liderazgo, comunicación, creatividad y gestión del estrés tanto nacional como internacionalmente.
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