Los mitos de la felicidad
Resumen del libro

Los mitos de la felicidad

por Sonja Lyubomirsky

Descubre las claves de la felicidad auténtica

Introducción

 

La mayoría de las personas cree que ciertos logros de la vida adulta los harán felices para siempre, mientras que ciertos fracasos los harán eternamente infelices. Estos son los mitos de la felicidad, ya que ni los primeros nos harán tan felices o durante tanto tiempo como creemos, ni los segundos son tan graves como pensamos. Para tomar decisiones adecuadas acerca de nuestro futuro debemos desmantelar las falsas creencias sobre la felicidad que rigen nuestro comportamiento.
En primer lugar, los seres humanos poseemos una gran capacidad para adaptarnos a las relaciones, trabajos y riquezas nuevas, de modo que con el tiempo los cambios gratificantes producen menos recompensas. Este fenómeno se denomina adaptación hedonista y es un obstáculo para la felicidad porque nos hace subestimar los éxitos. Si queremos ser felices, debemos prolongar la alegría y la satisfacción de nuestros éxitos y evitar el aburrimiento y el vacío.
Por otra parte, sobrevaloramos la duración y la intensidad de la desesperación en la que nos sumirá una desgracia. Nuestra incapacidad para imaginar con exactitud el impacto de los acontecimientos hace que nuestros augurios se vuelvan exageradamente pesimistas. Sin embargo, infravaloramos lo que los expertos denominan “sistema inmunitario psicológico”. Es muy probable que la desdicha inicial ante un rechazo o la pérdida de un trabajo disminuya por la ponderación de las ventajas inesperadas de la nueva situación.
Ante las crisis, solemos pensar que las decisiones tomadas en un abrir y cerrar de ojos son mejores que las meditadas, pero esto no es así. En este libro se expone una vía alternativa racional a la reacción visceral apoyada por innumerables investigaciones. Este comportamiento se caracteriza por el análisis y crítica sistemáticos a la luz de nuestros principios, normas y valores. Libres de urgencias, debemos tomar nota de nuestras corazonadas, buscar otra opinión, considerar una alternativa a esa corazonada y tomar una decisión conjunta que tenga en cuenta todas las opciones.
Si no degenera en obsesión, este análisis razonado nos proporcionará una visión más clara del futuro. A su vez, esta lucidez nos conferirá la sensatez y el distanciamiento necesarios para afrontar las dificultades y tener la mente preparada para el próximo momento de crisis. Este nuevo punto de vista nos ayudará a identificar los pasos que debemos dar para encaminarnos hacia una vida plena y alcanzar nuestro potencial de felicidad.

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Seré feliz cuando… Trabajo, dinero y felicidad

El trabajo es una parte esencial de nuestra identidad. Asimismo, nuestras ocupaciones nos proporcionan el dinero necesario para mantenernos, divertirnos y sufrir por no ganar lo suficiente o gastar de forma imprudente. Algunos mitos de la felicidad como el trabajo ideal, el éxito o la riqueza pueden provocar crisis alarmantes, tanto si se consiguen como si no. Para evitar este malestar debemos comprender sus causas internas y reorientar nuestra atención hacia la generación de una mentalidad más fructífera.
Seré feliz cuando… encuentre el trabajo apropiado. Cada día hay más personas insatisfechas con su trabajo. La sensación de fracaso y decepción puede provocar crisis que nos hacen cuestionarnos nuestras aptitudes y nuestra motivación. Sin embargo, ignoramos que este proceso se produce de forma natural por la inexorable adaptación hedonista, también conocida como “efecto resaca”. Este desconocimiento podría llevarnos a decisiones apresuradas que conviene evitar.  
Un estudio que se realizó a unos directivos de alto nivel reveló que, un año después de un cambio voluntario de trabajo, la satisfacción por el nuevo puesto se desplomaba y volvía al nivel anterior al cambio. Esto se debe a que el ser humano es capaz de acostumbrarse a todo lo que le gusta y anhela, de modo que, una vez alcanzado un objetivo, empezamos a sentir que no estaremos satisfechos hasta que lleguemos más alto. En conclusión, estamos programados para intensificar nuestras expectativas y deseos sin descanso.
La adaptación hedonista es un mecanismo necesario de adaptación evolutiva. Si la consecución de nuestros objetivos nos dejase completamente complacidos y satisfechos, la sociedad no progresaría mucho. El problema reside en que, pasado un tiempo, olvidamos lo que nos hacía sonreír en el trabajo y nos centramos en sus aspectos molestos y frustrantes. Cuanto más conseguimos, más felices somos; pero, cuanto más conseguimos, más queremos, lo cual anula el incremento inicial de la felicidad. Para evitar la infelicidad debemos alterar la adaptación hedonista refrenando la inflación de nuestras expectativas.
¿Cómo impedir que subestimemos nuestros empleos? Reviviendo experiencias concretas como nuestro antiguo (y menos satisfactorio) empleo. Si nos pagaban menos, podemos establecer una semana al mes en la que limitemos nuestros gastos al sueldo anterior. Y, si teníamos colegas desagradables, podríamos almorzar solos de vez en cuando. Incluso podemos visitar alguna vez los lugares de trabajo de amigos, conocidos y excolegas para compararlos con el propio. Así apreciaremos nuestro trabajo actual.
También podemos llevar un diario o redactar una lista de agradecimientos donde figuren los aspectos positivos de nuestro trabajo. Nada socava la gratitud tanto como las expectativas desmesuradas. Por otra parte, en vez de usar como punto de referencia un trabajo de ensueño que tal vez no exista, deberíamos cambiarlo por otro que introduzca la gratitud, por ejemplo, el que teníamos antes de conseguir el ascenso. ¿Y si hacemos de un día determinado el último en nuestro trabajo? Así apreciaríamos aquello a lo que nos planteamos renunciar.
En definitiva, el aprecio y el reconocimiento al trabajo actual es una de las vías más efectivas para refrenar expectativas y orillar la adicción a unos niveles crecientes de satisfacción. Las metas ambiciosas fortalecen la confianza en nosotros mismos, nos alientan al esfuerzo y nos ayudan a combatir la angustia, pero las expectativas sobrevaloradas nos arrebatan los placeres más importantes de la vida. La cuestión es cómo identificar estos impulsos y saber si nuestro hastío se debe o no a nuestra situación laboral.
Casi todos hemos oído hablar de los ciclos diarios que regulan el sueño y la vigilia. Sin embargo, pocos conocemos el ritmo ultradiano, que rige los periodos de fatiga que nos asaltan durante veinte minutos una vez cada hora y media. Tomarnos un descanso, dar un paseo, meditar, escuchar música, leer o charlar nos ayudará a neutralizar este fenómeno. Si después de esto seguimos sintiéndonos insatisfechos o estresados habitualmente, entonces sí que debemos considerar estos síntomas en serio.
Por otra parte, antes de tomar una decisión sobre nuestro futuro laboral, deberíamos redactar una versión optimista y otra pesimista de nuestras experiencias laborales para llegar a una conclusión lo más imparcial y objetiva posible. Si es posible controlar la forma de ver el pasado, mucho más lo es el modo de contemplar nuestro futuro. Entrenémonos mediante pensamientos positivos para interpretar los periodos de estrés o monotonía como efímeros y limitados, y no como algo relevante y duradero. Así sabremos lo realmente desgraciados que somos en nuestro trabajo actual.
Otro aspecto que hay que tener en cuenta son las comparaciones sociales, que surgen de forma automática. A pesar de que nuestros ingresos aumenten, no nos sentimos más ricos, sino sumidos en la pobreza relativa. Compararse con los demás es inevitable, pero no así sus consecuencias negativas. Varias de mis investigaciones me han convencido de que confiar en nuestras propias normas internas y objetivas nos hace más felices, y por tanto menos proclives a los azotes de los juicios externos y las realidades ajenas.
Si prestamos oídos sordos a las comparaciones odiosas, eliminaremos la sensación de empobrecimiento que surge al descubrir que alguien es mejor que nosotros en algo. Maduraremos y, en vez de lamentarnos de nuestras carencias, reconoceremos el esfuerzo realizado y tomaremos las medidas para alcanzar el siguiente peldaño. En definitiva, encontraremos la felicidad de la búsqueda, una actitud que otorga una estructura y un significado a nuestras vidas creando obligaciones, plazos y horarios, además de oportunidades para dominar nuevas habilidades y relacionarnos con los demás.
Llegamos así a la pregunta del millón: ¿de dónde proviene esa chispa que necesitamos para dar lo mejor de nosotros mismos? Realizando la elección correcta del objetivo, algo factible y de lo que seamos dueños nosotros, que no esté reñido con un plan arraigado en nuestra vida y que nos haga sentirnos auténticos y maduros. Si la conclusión de esta reflexión arroja un veredicto negativo respecto de nuestro trabajo, quizá poseamos algún talento que podríamos fomentar sacando provecho a los periodos muertos y repetitivos en nuestro trabajo (estudiar, leer). Además, deberíamos hablar con nuestros allegados para convencerles del valor de lo que buscamos y ganarnos su ayuda y aliento. Por último, antes de asumir un riesgo, escribamos dos columnas, una con los beneficios previstos y otra con los costes probables, para saber si la salida de nuestro elemento valdrá la pena.
No seré feliz… si me arruino. En los últimos años, incluso personas acomodadas se sienten económicamente inseguras. En treinta años, en EE. UU., la posibilidad de que alguien reduzca sus ingresos ha pasado del 17 al 25 %. ¿Cómo se lidia con esta angustia y cómo se vive con estrecheces y se es feliz? Esta pregunta suscita la conocida cuestión acerca de la relación entre dinero y felicidad. Es verdad que cuanto mejor estamos económicamente, más felices nos declaramos, aunque con varias salvedades.  
Nuestro sentimiento general no tiene por qué coincidir con la cotidianidad de la vida. En segundo lugar, la felicidad también procura dinero. Los más felices están mejor dotados para ganar más. Por otra parte, el dinero tiene un efecto más débil en los ricos que en los pobres. Los efectos positivos de mayores cantidades de dinero van disminuyendo e incluso reducen la capacidad de disfrutar de pequeños placeres. Además, unos ingresos más altos pueden alimentar aspiraciones mayores y hacer que nos sintamos pobres en relación con las personas cercanas que poseen más que nosotros.
El secreto para ser feliz con menos reside en practicar la antigua virtud del ahorro, que consiste en un uso óptimo y eficaz de recursos limitados mediante la diligencia, la templanza y la búsqueda de actividades satisfactorias y fructíferas. Por sí mismo, un comportamiento ahorrativo nos hace sentir bien y transmite una sensación de control que favorece el éxito.
Para ser ahorrativos hay que tener en cuenta que veinte años de investigaciones psicológicas demuestran que el impacto emocional de las experiencias negativas es mayor que el de las positivas. Por tanto, y dado que la felicidad tiene mucho que ver con no sentirse mal, debemos reducir o eliminar las deudas para evitar sentirnos esclavos de nuestros prestamistas.
Otro hecho constatado es que son las experiencias, y no las cosas, las que nos hacen felices. Por consiguiente, las personas más felices son las que tienen más capacidad de extraer experiencias de todo en lo que invierten su dinero. ¿Y qué experiencias son las más placenteras? Las sociales, puesto que es más probable que podamos revivirlas y recordarlas. De hecho, a medida que pasa el tiempo se vuelven más placenteras. Además, somos menos proclives a compararlas con las de los demás y con lo que podrían haber sido.
Otro aspecto positivo de las experiencias es que nos sentimos más identificados con ellas que con los objetos. Y, como pueden conllevar desafíos y aventuras, la superación de dificultades nos hace felices. Por último, la elección inadecuada de una cosa conlleva muchos costes. Eso se observa especialmente en las personas más materialistas y con relaciones sociales más vacías, que suelen sentirse más inseguras y menos queridas que las que no son así.
Vivir pequeñas experiencias positivas con frecuencia es más efectivo que disfrutar de unos pocos grandes placeres. En consecuencia, repartir nuestro consumo en dosis más pequeñas y separadas en el tiempo puede aumentar nuestro placer. Dividamos nuestro dinero de bolsillo en varias partes y distribuyámoslo para gastarlo más de una vez a la semana.
También podemos convertir nuestras posesiones en actividades compartiendo nuestro piso o nuestro coche o usando nuestro iPod para aprender. Otra estrategia económica para estimular la felicidad es el alquiler, que nos permite acceder a más objetos y experiencias que carecen de utilidad marginal y no nos obligan a afrontar costes por mal funcionamiento y reparaciones. Los investigadores han descubierto que en EE. UU. los propietarios de viviendas son menos felices que los inquilinos.
Pero ¿tiene vivir con menos algún beneficio intrínseco? Sí. La inseguridad económica modifica nuestras costumbres y nos hace menos consumistas. Además, nos hace más proclives a unirnos y preocuparnos por los demás. La estrechez económica puede brindarnos una oportunidad ideal para encontrar algo que nos apasione, saborear las pequeñas cosas, librarnos de lo que nos sobra y asumir riesgos. En lugar de rumiar la desgracia, nos concentraremos en tareas y aptitudes útiles.
Seré feliz cuando… sea rico. Tras lograr el éxito económico, muchas personas sufren una confusión inesperada que las lleva a la desilusión y la depresión. No obstante, estas experiencias son evitables. Comprender el funcionamiento de la adaptación hedonista y saber que esta es aún más rápida tras acontecimientos muy positivos nos ayudará a prepararnos ante ese momento, aumentar las posibilidades de prosperar y no sucumbir a la insatisfacción. 
Para empezar debemos ser conscientes de que hay muy pocas cosas en la vida que lo sean todo, ya que nunca podremos experimentar algo por primera vez dos veces. En ocasiones, el vacío que sigue a un gran logro provoca una espiral física y mental descendente. A la postre, estamos programados para desear, no para sentir gratitud.
Cuando nos acostumbramos al dinero y no conseguimos el placer esperado, tendemos a culparnos por no haber elegido bien. Como decía Adam Smith, las normas sociales son capaces de crear nuevas cosas necesarias, de manera que uno acaba avergonzándose de no vivir sin ellas. En efecto, los economistas han descubierto que dos terceras partes de los beneficios de un aumento de sueldo quedan neutralizados al cabo de un año por la aparición de nuevas necesidades y nuestra relación con personas de un nivel de ingresos más alto.
Las consecuencias de esta realidad operan de dos formas dañinas: nos impiden disfrutar de nuestra riqueza y pueden conducirnos al materialismo y el consumismo desenfrenados, hasta el punto de que, cuanto mayor sea la cantidad de dinero gastada, tanto menor la felicidad derivada de ello. Para reconocer nuestras inclinaciones materialistas podemos realizar el siguiente test. Valora del 1 al 5 hasta qué punto estás de acuerdo con cada una de las siguientes afirmaciones, siendo 1 totalmente en desacuerdo y 5 completamente de acuerdo.
  1. Admiro a las personas que tienen casas, coches y ropa caros.
  2. Las cosas que tengo expresan bien a las claras lo bien que me va en la vida.
  3. Me gusta tener cosas para impresionar a la gente.
  4. Trato de llevar una vida sencilla en cuanto a posesiones se refiere.
  5. Comprar me proporciona mucho placer.
  6. Me gusta que haya mucho lujo en mi vida.
  7. Mi vida sería mejor si tuviera ciertas cosas que no tengo.
  8. Sería más feliz si pudiera permitirme comprar más cosas.
  9. A veces me molesta bastante no permitirme comprar todas las cosas que me gustaría.
Invierte la puntuación del punto cuarto, es decir, si te concediste un 1, cámbialo por un 5, y si fue un 4 cámbialo por un 2 y así sucesivamente. Después suma todas las puntuaciones. La media es 26,2. Cuantas más veces estés de acuerdo con las afirmaciones, más alta será tu puntuación y mayor tu materialismo.
Identificar estas tendencias importa porque, en general, los materialistas se sienten menos satisfechos y agradecidos con sus vidas, aspiran a menos, se sienten menos capaces, son más antisociales y mantienen vínculos débiles con los demás. El materialismo nos vuelve menos amables y sensibles, y menos proclives a ayudar y a aportar a nuestras comunidades.
Para evitar esto, hay que gastar el dinero de forma que nos haga felices. Además de gastar de forma espaciada, virtud del buen ahorrador, el mayor beneficio emocional lo confieren los gastos que satisfacen al menos una de estas tres necesidades básicas: aptitud (sentirnos capaces); vinculación (pertenencia); y autonomía, es decir, dominio y control sobre la propia vida. Este hábito proporciona felicidad y no estimula los deseos de naturaleza adictiva. Además, puede desencadenar auténticas oleadas de felicidad, pensamientos optimistas y actos de generosidad que se refuerzan mutuamente.
Un método de llegar a estos estados de gozo es gastar en los demás. Varios estudios indican que el gasto altruista causa una felicidad igual o mayor que el gasto en nosotros mismos porque nos sentimos más positivos y nuestra angustia por la pobreza y el sufrimiento ajenos disminuye. Invitar a un colega a comer, llevar a un hijo al circo o a nuestra pareja a ver un partido pueden proporcionar más alegría al donante que al receptor.
Otro hábito que aumenta la satisfacción del dinero es alargar la espera. Lamentablemente, muchos equiparan expectativa a inquietud y espera a aburrimiento. Pero lo cierto es que el tiempo que transcurre entre el día que compramos algo y el día en que disfrutamos de ello parece tener unas cualidades especiales porque nos permite compartirlo con amigos, saborear el futuro objeto o experiencia, y hacer planes y preparativos.
La recomendación extraída de varias investigaciones es que deberíamos pagar nuestro objeto días o semanas antes de experimentarlo. Sin embargo, gracias al crédito rápido y fácil, muchos hacen lo contrario, disfrutan de la compra ahora y la pagan después. Esta conducta fomenta el impulso de comprar y, según mis cuentas, anima a la gula, la codicia, la pereza y la lujuria. En realidad, estas compras de gratificación inmediata no son las que nos hacen sentir realizados de forma duradera.
Una táctica útil para disfrutar del éxito es impedir que agrande nuestros defectos. Si el éxito saca a relucir nuestras mejores virtudes y nuestros peores defectos, el momento de prepararse para ese instante es ahora mismo. Identifiquemos el punto débil que tememos que pueda acentuarse y elaboremos un programa de superación personal para evitarlo. ¿Tiendes a ser brusco con tus empleados inferiores? Durante las próximas semanas, cuando estés insatisfecho con el trabajo de alguien, imagina que esa persona es tu terapeuta, sacerdote o jefe y trátala de acuerdo con su estatus.
También podemos prevenir las compras compulsivas esperando 48 horas siempre que nos asalte el impulso de comprar. Aún mejor, podemos elaborar dos listas mensuales de artículos que necesitemos realmente y que deseemos con todas nuestras ganas. A continuación, nos comprometemos a no rebasar un límite fijo de gasto y a no pasar a la segunda lista hasta que la primera se haya agotado.
Cabe reiterar que debemos hacer todo cuanto podamos para evitar caer en la rutina hedonista. Las prácticas descritas más arriba evitarán que seamos presa del desánimo y que tomemos decisiones que nos impidan renovarnos, desarrollarnos y cambiar a mejor. La clave de la felicidad no radica en el éxito, sino en lo que hagamos con él; no en lo elevado de nuestros ingresos, sino en su distribución.

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Vinculaciones: matrimonio, pareja e hijos

Seré feliz cuando… me case con la persona adecuada (y no seré feliz si… fracasa). Con los años, una relación estable puede aburrir, algo que no solemos confesar y que puede agravarse y convertirse en insatisfacción y ensoñaciones de ruptura. Este estancamiento de la felicidad también se produce por la adaptación hedonista. De hecho, aunque el matrimonio provoca un aumento considerable de la felicidad, dos años después su nivel vuelve al que había antes del compromiso. Pasamos del amor romántico al amor compañero.  
Esto es normal, ya que si la pasión no se desvaneciera no podríamos hacer otra cosa que “amar”. Por su parte, el amor compañero es crucial para una sociedad estable y para la reproducción y supervivencia de los hijos. Cada tipo de amor conduce a su propia felicidad, pero nuestro romance con la idea de relación amorosa nos hace malinterpretar el matrimonio (sea cual sea la forma que este término tome). Cuanto antes comencemos a resistirnos a la adaptación, mejor llevaremos el momento crítico.
Como norma general, el aprecio disminuye la insatisfacción porque nos permite disfrutar y saborear nuestra relación, nos hace sentir más seguros, provoca que nuestra pareja también se esfuerce en cuidar de la relación y evita que prestemos demasiada atención a las comparaciones. Para practicar el aprecio o la gratitud, podemos imaginar la desaparición de nuestra pareja de nuestras vidas o escribirle una carta o una lista de lo que apreciamos de ella.
Por otra parte, los cambios sostenidos ejercen una influencia positiva y sostenida sobre la felicidad. Las sorpresas, los momentos inesperados e impredecibles, y la novedad, que nos permite percibir cosas nuevas de nuestra pareja, aumentan el disfrute de nuestra relación. Algunos estudios confirman que las parejas que compartieron una actividad novedosa y estimulante estaban más de acuerdo con afirmaciones como “Me siento feliz cuando hago algo para hacer feliz a mi pareja” por la cercanía y la interdependencia que produce.
El deseo y la insatisfacción sexual también decrecen. Como los hombres son más propensos a desviarse del matrimonio, es lógico esperar que ellos se adapten al sexo con la misma pareja antes que ellas. Sin embargo, las investigaciones demuestran que son ellas quienes pierden antes el interés sexual. La conclusión es que las mujeres necesitan estímulos más poderosos que los hombres para despertar su libido. Experimentos como los de la profesora Shelly Gable sugieren que quienes llevan su relación motivados por las experiencias positivas (acercamiento) disminuyen su deseo sexual mucho menos que los que se rigen por la evitación.
Aparte de las prácticas comunes para cultivar nuestra relación, propongo otras tres basadas en mis investigaciones. En primer lugar, saquemos provecho de las buenas noticias de nuestra pareja reaccionando con entusiasmo, apoyo y comprensión. Además, ayudemos a nuestra pareja a conseguir su yo ideal. Debemos creer, apoyar y reconocer sus valores, objetivos y sueños para crear el llamado fenómeno Miguel Ángel, ya que las personas acaban por reflejar lo que sus parejas ven en ellas. Por último, usemos el poder del contacto. Una simple caricia activa las regiones cerebrales de la gratificación y reduce el estrés y el dolor. Si no estamos habituados a esto, podemos ir aumentando el nivel de contacto físico semana a semana.
Si a pesar de todo lo anterior las emociones negativas persisten, lo más razonable es centrarse en satisufir, un híbrido entre “satisfacer” y “suficiente”. Debemos esforzarnos en ser un cónyuge suficientemente bueno y utilizar las emociones, los pensamientos y los comportamientos positivos para neutralizar los aspectos negativos que genera nuestra relación. Puesto que las sensaciones y expresiones negativas son más fuertes que las positivas, fomentemos estas en una proporción como mínimo de tres a uno. Un diario que refleje vuestros acontecimientos positivos y negativos es un buen método para saber en qué nivel estamos y cómo progresamos.
Por otra parte, el lenguaje es una poderosa herramienta para la felicidad. Diversas investigaciones demuestran que la sincronía lingüística coincide con los periodos más felices de las parejas. Es posible hacer coincidir nuestros patrones de lenguaje con los de nuestra pareja para que perciba que prestamos atención y que nos esforzamos en comprenderla. Esta sincronía lingüística es especialmente valiosa en las relaciones conflictivas.
El apoyo social, el distanciamiento como método para analizar los sentimientos negativos y evitar la autoinmersión venenosa, y el olvido de algunos problemas escribiéndolos y encerrándolos en un sobre lacrado también nos ayudarán a seguir adelante. A este respecto, está demostrado que el perdón nos libera porque disminuye los pensamientos coléricos y depresivos, y mejora la satisfacción matrimonial, la salud física y la productividad laboral. Sus efectos se hacen sentir en nuestras otras relaciones. Siempre que obedezca a un motivo legítimo y no al temor, y que produzca un cambio en nuestra pareja, sus efectos pueden ser “divinos”.
¿Y si el divorcio resulta inevitable? Nos veremos inmersos en una auténtica montaña rusa emocional y llegaremos a cuestionar nuestra propia vida. Sin embargo, ocho investigaciones diferentes prueban que, con el paso del tiempo, se observa un incremento de la felicidad. Reflexionar y escribir sobre la fuerza y la madurez adquiridas tras el divorcio, pensar en anécdotas divertidas, hacer algo trivial que nos haga feliz al menos fugazmente y conectar con otras personas acelera este proceso de recuperación.
El divorcio también puede dificultar nuestra capacidad para ser padres. Es cierto que hasta una cuarta parte de los hijos padece los efectos del divorcio incluso a largo plazo, pero el factor fundamental no es la ruptura en sí, sino el conflicto. Por ejemplo, un matrimonio conflictivo representa un factor de riesgo de ataque cardíaco tan grande como fumar.
¿Y si no tenemos pareja? Debemos enfrentarnos al mito del soltero triste. En primer lugar, aunque las personas casadas dicen estar más satisfechas con sus vidas que las solteras, esta diferencia es más marcada entre casados y divorciados, separados y viudos. Por tanto, no parece que la soltería sea una poderosa fuente de infelicidad. Lo mismo cabe afirmar si comparamos el estado de salud y la esperanza de vida de casados y solteros.
Las investigaciones señalan que los solteros también tienen relaciones satisfactorias, duraderas y significativas con amigos y parientes. Esto se debe a que han elegido a sus amigos, mientras que muchas relaciones de los casados son sobrevenidas. Por tanto, conviértete en tu mejor yo soltero posible recurriendo al optimismo humilde, que consiste en esperar que las cosas no salgan demasiado mal.
Para fomentar el optimismo, podemos llevar un diario en el que reseñemos nuestros sueños y esperanzas o podríamos apuntar nuestro mayor escollo actual, nuestra primera interpretación de ello y a continuación nuestra interpretación positiva. Este ejercicio nos ayudará a ver las oportunidades que encierran las dificultades.
Y si al final decidimos librarnos del objetivo de pasar el resto de nuestras vidas con nuestra alma gemela, reduzcamos nuestros esfuerzos por encontrar una pareja y busquemos actividades alternativas para aprender a pensar en nosotros mismos y en nuestras identidades de manera diferente. En definitiva, si no te gusta tu vida de soltero, cámbiala; y si no quieres o no puedes, cambia tu opinión sobre tu vida.
Seré feliz cuando… tenga hijos. Esperar que los hijos nos hagan felices es una actitud enraizada en nuestra cultura y que probablemente también esté relacionada con la evolución. Pero a veces la paternidad no es lo que esperábamos. Varios estudios apuntan a una disminución de la felicidad tras la paternidad. Como afirmaba un padre en una investigación, “los hijos son una tremenda fuente de alegría, pero convierten todas las demás en una mierda”. Estos hallazgos sugieren que lo que nos hace infelices en nuestra paternidad no son tanto las dificultades importantes, sino los problemas cotidianos. Las pequeñas decepciones y enfados duelen más. Por lo tanto, quizá el problema resida en la forma en que afrontamos la paternidad en su conjunto.  
Poner las preocupaciones y problemas por escrito nos ayudará a adoptar una perspectiva general, dilucidar por qué somos padres y qué sentido tiene nuestra paternidad y a ser indulgentes después de una decepción. Dicho de otro modo, trabajemos en las metas significativas de la paternidad. Y si es necesario (que lo es), alejémonos de la ultramaternidad intensiva y tomémonos unas vacaciones de la paternidad recurriendo a parientes o a campamentos. La añoranza, o no, de los hijos que se producirá podría transformar para siempre tanto nuestra actitud hacia la paternidad como nuestras prioridades acerca de la familia y el trabajo.

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Echando la vista atrás

Cuando alcanzamos la mediana edad y la vejez, pasamos por una serie de puntos de inflexión críticos que provocan la evocación del pasado. En estos momentos de la vida nuestras capacidades frustradas se nos pueden antojar cada vez más pesadas, hasta el punto de que nos preguntemos si no habremos malgastado lo mejor de nuestra vida y nos arrepintamos de nuestra trayectoria vital. Sin embargo, podemos descubrir estrategias saludables para reaccionar de forma positiva también ante estos tránsitos de la vida.
No seré feliz si… los resultados de los análisis son positivos. Ante la enfermedad, es probable que pensemos que no volveremos a ser felices. Pero se pueden hacer muchas cosas para que la enfermedad no sea todo tristeza y sinsentido. Cientos de investigaciones corroboran que puede ser incluso un tiempo de maduración y sentido. 
Cada minuto del día elegimos prestar atención a algunas cosas y optamos por ignorar otras. Como decía el filósofo William James: “Mi experiencia es aquello en lo que decido ocuparme. Solo aquellos asuntos en los que reparo conforman mi mente”. De todos los objetos que se nos aparecen escogemos unos pocos y rechazamos el resto. Este proceso de concentración es adaptativo, puesto que si no seleccionásemos acabaríamos abrumados y perturbados.
Entonces, ¿qué es la realidad? Tu realidad es distinta de la mía porque cada uno pasa su tiempo centrándose en algo que elige. Una de mis investigaciones favoritas proporciona sostén empírico a esta idea. Ambos miembros de varias parejas marcaron las actividades y acontecimientos de las últimas semanas. Por ejemplo, ¿tuvisteis una pelea?, ¿relaciones sexuales?, ¿acudisteis a algún espectáculo? Maridos y esposas difirieron totalmente entre sí. Usemos nuestra percepción selectiva incluso antes de que llegue la enfermedad para reaccionar de modo saludable ante ella.
Ya que la atención es tan importante, tomemos posesión de nuestra mente y adquiramos una atención centrada. Como no todos podemos realizar esta hazaña, algunos investigadores recomiendan darle un respiro a nuestra atención de manera regular. Podemos conseguirlo durmiendo o confiando más en nuestros comportamientos y pensamientos habituales o automáticos.
Una buena sugerencia es pasar más tiempo en la naturaleza. Se ha descubierto que, cuando estamos en entornos naturales, nuestra atención queda cautivada por nuestros sentidos, lo que nos exige un pequeño o nulo esfuerzo mental y nos permite reflexionar. Es decir, la naturaleza es un reconstituyente para nuestras facultades de atención.
Otra forma de perfeccionar la capacidad para reorientar la atención es la meditación. Sea repitiendo un mantra o plegaria, concentrándonos en la respiración, en actividades repetitivas o dejando que nuestros pensamientos vaguen libremente, se ha observado que la meditación potencia la empatía, promueve las emociones positivas, alivia el estrés y fortalece el sistema inmunitario e incluso el coeficiente intelectual. Y, cómo no, nuestra capacidad para centrar, controlar y reorientar la atención mejora de forma notable.
En suma, aquello en lo que nos centramos es decisivo. Si optamos por prestar atención a lo que seguimos siendo capaces de hacer, debilitamos la influencia del entorno y de los golpes de la vida. Cuando nos enfrentamos a la enfermedad o a cualquier expectativa grave, lo que decidimos determina en buena medida la calidad de nuestra vida.
La subida de azúcar del chocolate, una carcajada, un trago de buen vino, un momento de compenetración con un hijo… Estas satisfacciones añaden luminosidad a la vida. Los experimentos llevados a cabo por la psicóloga Barbara Fredickson y otros han demostrado que estos arrebatos no solo sientan bien, sino que son buenos. Esto es así porque el placer engendra placer, potencia el sistema inmunitario y provocamos lo que los sociólogos denominan “efecto Mateo” por la parábola de los talentos del Evangelio de S. Mateo: “… porque a todo el que tiene, le será dado más, y lo tendrá en abundancia”.
No obstante, resulta sorprendente lo ignorantes que somos acerca de las experiencias que suscitan felicidad. Por esta razón recomiendo llevar un diario de experiencias cotidianas para que realice un seguimiento de sus emociones a lo largo del día. La felicidad depende de la frecuencia con que nos sentimos positivos. Comportamientos aparentemente triviales pueden proporcionar subidas regulares del estado de ánimo que se acumulan a lo largo del tiempo.
A menudo pensamos que buscar el placer durante una crisis de salud no está bien. Por la misma razón, no podríamos ser felices ante el sufrimiento y la injusticia del mundo, pero lo somos porque podemos responder agradecidos por nuestra buena suerte. Posponer la felicidad propia a que los problemas del resto se resuelvan no ayuda a nadie. Por último, un buen número de investigaciones sugiere que cuanto más felices seamos, mejor situados estaremos contra las adversidades, porque tendremos más energía, seguridad y motivación.
La pregunta que suscita lo anterior es si las emociones negativas son buenas para algo. En situaciones concretas, emociones ligeramente negativas como la tristeza favorecen juicios más acertados y menos estereotipados. Por otra parte, las experiencias negativas pueden servirnos como contraste con las positivas y ayudarnos a apreciar estas. Algunas culturas consideran el sufrimiento como un medio para un fin, pero yo no estoy de acuerdo. La vida no siempre es bondad o justicia, pero sufrir nunca es bueno porque es algo atroz, inmerecido y no conduce a nada bueno.
Además del apoyo social, existen otras estrategias probadas para lidiar con las malas noticias. Tras la primera reacción de movilización, que nos permite organizar los recursos para enfrentarnos a acontecimientos negativos, llega la minimización. En esta fase, el cuerpo y la mente actúan para invertir las reacciones iniciales, nos apaciguamos y tenemos pensamientos más esperanzadores. Otro modelo, desarrollado por la psicóloga Kate Sweeny, divide las repuestas en tres: espera vigilante, cambio activo y aceptación. Cada una de ellas depende de la gravedad del diagnóstico, la probabilidad de secuelas negativas y si estas son controlables.
Todos los diagnósticos aciagos implican un inevitable y angustioso acercamiento a la muerte. Los investigadores sostienen que la angustia puede controlarse si buscamos un sentido a nuestras vidas. La buena noticia es que la percepción de nuestra significación aumenta de forma constante a partir de los 45 años. Sin embargo, para saber si la búsqueda de sentido a nuestra vida debe ser una prioridad podemos decidir si estamos de acuerdo con afirmaciones como “Creo que lo que hago tiene sentido”, “Tengo una tarea en la vida”, “Me siento parte de un todo mayor” o “Llevo una vida satisfactoria”. Si no es así, tal vez nuestro sentido de relevancia y pertenencia tenga que mejorar.
Si por el contrario estás de acuerdo con afirmaciones como “Mi vida me parece carente de sentido”, “No ver ninguna razón a mi vida me hace sufrir” y “Mi vida me parece vacía”, deberías plantearte si estás atravesando una crisis. Para encontrar un objetivo para nuestra vida, podemos establecer el sistema por el cual va a ser juzgada y decidir vivir cada día de manera que nuestra vida sea exitosa. Ese algo puede ser otra persona, una institución, un sistema de valores o Dios. Se trata de conseguir lo que los investigadores denominan “inmortalidad simbólica” o “legado personal positivo”. En definitiva, crear la sensación de que formamos parte de algo más grande que nosotros.
No seré feliz si… sé que nunca jugaré de parador en corto para los Yankees. Es posible progresar y madurar a pesar de la decepción, el remordimiento y el pesar. Ante lo que la profesora Laura King denomina yoes perdidos (metas abandonadas), es posible reaccionar de forma positiva si aceptamos que los varapalos, las decepciones y los errores son inevitables. Por paradójico que parezca, reflexionar sobre aquello de lo que nos arrepentimos acelera la madurez.  
Esto ocurre porque la reflexión nos permite reconciliarnos con las pérdidas de la vida y adquirir modestia, valentía y sentido. Este sentido nos capacita para establecer nuevas prioridades y concebir nuevos futuros que podrían incluso estar conformados en parte por desafíos del pasado. Por otra parte, aceptar los pesares puede reforzar el sentido del humor, fortalecer la compasión e imbuirnos de una profunda gratitud.
Existen formas de reflexionar beneficiosas y otras perjudiciales. Las circulares, molestas, neuróticas e incontrolables suelen ser inadaptadas y perturbadoras. Un diario o una listas de pros y contras de lo ocurrido son buenas herramientas para clarificar el pasado. Si nos encontramos repasando una y otra vez el mismo material sin llegar a una resolución o nos parece que perdemos el control del ejercicio, lo mejor será que nos distraigamos o nos enfrasquemos en alguna actividad absorbente y que volvamos a reflexionar cuando alcancemos un estado de ánimo positivo o neutro.
Otra forma de evitar la cavilación neurótica es la consideración metódica de los contrafácticos de nuestra vida. Pensar en lo hipotético es una parte normal de la existencia y de una mentalidad saludable. Comienza a revisar tu pasado, pon por escrito al menos alguna decisión terrible y a continuación desmóntala. ¿Qué habría cambiado si aquello no hubiera sucedido? El objetivo es lograr una autobiografía coherente que nos haga más tolerantes con nuestro pasado, nos reconcilie con nuestros pesares y nos infunda valor.
Como solemos arrepentirnos más de lo que no hemos hecho, debemos asumir más riesgos. Ante las dificultades para mandar a paseo las decepciones y lanzarnos a dar el siguiente paso, marquémonos un nuevo objetivo: asumir un riesgo. Aunque fracasemos, habremos empezado a cambiar la idea que tenemos de nosotros mismos y a reducir los futuros lamentos.
Por último, para dejar de alimentar la autoinculpación y el arrepentimiento debemos seguir el consejo del profesor Barry Schwartz y convertirnos en satisfactores, personas conscientes de que la perfección está sobrevalorada y que se conforman con un buen resultado. De no ser así, podemos acabar quemados y creyendo que los resultados negativos de nuestras elecciones son culpa nuestra.
No seré feliz cuando… los mejores años de mi vida hayan pasado. Durante la segunda mitad de nuestra vida, a menudo pensamos que no podremos ser felices cuando los años que nos queden por delante sean menos que los dejados atrás o cuando lo mejor de nuestras vidas haya pasado. Pero ¿sabemos realmente que los mejores años de nuestra vida se han acabado? No, porque eso es algo que lógicamente solo sabríamos una vez muertos.  
Suponiendo que los buenos tiempos del pasado fueran así, ¿qué deberíamos pensar de ellos para rentabilizar nuestra buena suerte sin caer en la tristeza crónica y la nostalgia dolorosa? Como dijo una vez Isabel II de Inglaterra: “Los buenos recuerdos son la segunda oportunidad que tenemos para ser felices”. La estrategia más adaptativa consiste en reproducir los momentos felices y analizar los desdichados para entenderlos, aceptarlos, encontrarles sentido y superarlos.
Diversos autores están de acuerdo en que debemos perseguir objetivos que obedezcan a una motivación intrínseca, sean armónicos, viables, flexibles y coherentes con nuestros valores y nuestras necesidades innatas. De forma ideal, también deberían centrarse en alcanzar algo, más que en evitarlo.
Nuestros mejores años se encuentran en la segunda parte de la vida, o al menos pueden encontrarse allí, ya que si algo tienen claro los investigadores es que la juventud y la primera madurez no son las épocas más alegres, sino seguramente las más negativas. Elijamos la prosperidad sobre el declive y demos la bienvenida a la mediana edad y a la vejez con la mente preparada.

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Conclusión

Aunque creamos que algunos desafíos cambiarán nuestras vidas de forma definitiva y permanente, en realidad lo que rige sus repercusiones son nuestras reacciones a ellos. Cuanto mejor entendamos la manera en que los mitos de la felicidad dominan nuestras respuestas a los acontecimientos de la vida, tanto más sensatas serán nuestras reacciones.
Cuando hemos logrado gran parte de lo que siempre quisimos, la vida puede volverse aburrida y vacía. Es el lado negativo y natural de la buena suerte, que sin embargo podemos evitar sin renunciar a los dividendos hedonistas de nuestros éxitos. Las falsas expectativas pueden llevarnos a desechar matrimonios y trabajos excelentes, convirtiendo transiciones vitales previsibles en crisis que podrían deteriorar nuestra salud mental.
Por otra parte, cuando sufrimos desgracias, centrar nuestra atención en lo desagradable solo aumentará nuestra infelicidad presente e impedirá la futura. Adoptar una perspectiva general, reorientar la atención y ver el lado positivo de las situaciones negativas con creatividad y flexibilidad evitará que los mitos de la felicidad se conviertan en un obstáculo para lograr precisamente esa felicidad.
Como advierte uno de los personajes de la sátira de Aldous Huxley Arte, amor y todo lo demás, “… no vivan en el radiante futuro […], en un estado de intoxicación permanente, pensando en lo que está por llegar, esforzándose alegremente por un espléndido ideal de felicidad”.

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Fin del resumen ejecutivo
Biografía de la autora
Sonja Lyubomirsky
Sonja Lyubomirsky es profesora de psicología en la Universidad de California. En 1989 se graduó cum laude por la Universidad de Harvard y en 1994 se doctoró en Psicología Social y de la Personalidad por la Universidad de Stanford. En la actualidad es considerada la gran experta mundial sobre la felicidad, un asunto al que ha dedicado buena parte de su carrera como investigadora. Al margen de su extensa obra científica, gran parte de la cual se puede descargar desde su sitio web, es mundialmente conocida por libros de divulgación como La ciencia de la felicidad, traducido a dieciocho lenguas.
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