Trampas mentales
Resumen del libro

Trampas mentales

por Matteo Motterlini

Cómo defenderse de los engaños propios y ajenos

Introducción

 

Nuestras intuiciones son un instrumento altamente ecológico: proporcionan respuestas eficaces y de bajo coste cognitivo a los estímulos que nos acosan desde el exterior y desde el interior. Nos permiten tener una percepción inmediata de una situación, una relación o una idea, ahorrándonos onerosos y complejos cálculos mentales. Son un “sexto sentido” indispensable para la supervivencia. Pero su rapidez va en detrimento de su precisión. Cargadas de afectividad, difíciles de controlar o de modificar, las intuiciones son aproximativas, a veces dramáticamente desorientadoras. Cuándo confiar en nuestras intuiciones y cuándo desconfiar de ellas, como veremos, es algo que se puede aprender. En este resumen, que comienza a continuación, nos centraremos en diez de estas trampas o ilusiones mentales.

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Autocomplacencia

Una de las razones por las que somos muy sensibles a los vicios de las personas que nos rodean, pero mucho menos a los nuestros, debe atribuirse a la trampa de la autocomplacencia (self-serving bias), que nos induce a adscribir los éxitos exclusivamente a nuestras cualidades personales y a descargar, en cambio, las responsabilidades de los fracasos en los demás o en circunstancias desgraciadas. Los que favorecen la autocomplacencia son mecanismos cognitivos y motivacionales bastante comunes, como el deseo de parecer mejores que los demás y la necesidad de alimentar la propia autoestima.
De este modo, los atletas tienden a asignarse el mérito de las victorias a sí mismos, y los fracasos, a la desgracia o al árbitro; los estudiantes estiman que han sido juzgados de manera conforme a su grado de preparación si han superado brillantemente los exámenes, pero achacan un resultado insatisfactorio a la valoración opinable o incluso injusta del docente; y, desde el punto de vista de los profesores, ellos miran los buenos resultados de sus alumnos como el producto de la calidad de su enseñanza, para luego imputar los escasos resultados a su falta de inteligencia o de empeño.
Evidentemente, somos tan narcisistas porque no conseguimos digerir el bocado amargo del fracaso. Podrá parecer paradójico, pero, para evitar que ese bocado no nos ahogue, ponemos en práctica incluso estrategias de “autolimitación” (self handicapping), preparándonos anticipadamente una excusa a la que recurrir si las cosas no van bien.
Autominusvalorarse significa disponerse al fracaso para justificar su inminente eventualidad. ¿A quién no le ha ocurrido que ha desafiado a un amigo al tenis o a cualquier otro deporte y, aun antes de que empiece el partido, este suelta una sarta de lamentaciones: “Nunca tengo tiempo de entrenarme”, “Trabajo demasiado” o “Me duele la rodilla”? Si luego ganamos la partida, la estrategia de la autolimitación nos deja doblemente satisfechos. A pesar de todo, lo hemos conseguido. Debemos de ser verdaderamente buenos.
Teorizada por uno de los más influyentes psicólogos sociales del pasado siglo, Edward Jones, la estrategia del self handicapping se define como la “acción o elección de un escenario que implique una prestación que aumente las oportunidades de exteriorizar el fracaso e interiorizar los éxitos”. La estrategia da lugar a resultados paradójicos, por ejemplo, cuando saboteamos nuestras habilidades mismas incrementando las posibilidades de fracasar solo con el fin de proteger nuestro ego y nuestra autoestima. La potencia del efecto es proporcional al grado de implicación en la prueba que debemos superar, además de la probabilidad esperada de fracaso. En numerosas indagaciones experimentales se ha podido constatar, por ejemplo, que los sujetos caídos en la trampa: (1) reducían su preparación antes de una competencia deportiva; (2) estudiaban menos para el examen; (3) se empeñaban menos para la resolución de una tarea; (4) daban ventaja al adversario; y (5) rebajaban sus expectativas.
Cordelia Fine, de la Universidad de Melbourne, ha hecho de los “cerebros fatuos” y de las mentiras que nos contamos sistemáticamente a nosotros mismos su campo de investigación. Según ella, la toma de fármacos, los trastornos clínicos y la ansiedad son estratagemas desplegadas para proteger la propia autoestima. En otros casos, nuestro egocentrismo es tal que, para garantizarnos un puesto en el centro de la escena, no solo asumimos el mérito de nuestros éxitos, sino también el de nuestros fracasos. Vicio que el espíritu mordaz de Leo Longanesi resumió diciendo que semejantes personajes no solo serían capaces de casarse pretendiendo ser la esposa, sino también de participar en un funeral reclamando el papel del muerto.
Tal afirmación recoge un rasgo importante del mecanismo cognitivo al que debe reconducirse esta trampa. Por el temor de no recibir suficiente atención y estima, y de no ser aceptados por los demás, podemos llegar a atribuirnos una responsabilidad desmesurada en el resultado, aunque sea negativo, de un esfuerzo colectivo.
¿Qué hacer, pues, ante esta trampa mental? Por una parte, nuestro bienestar psíquico y, según parece, físico se beneficia del modo en que nos ajustamos a la realidad, filtrando solo aquellos aspectos que nuestro yo fatuo está dispuesto a acoger; por la otra, las lentes rosadas con que coloreamos los hechos relacionados con nosotros mismos pueden hacer que no veamos los errores pasados y condenarnos a repetirlos. No queda más que tomar nota de nuestra fragilidad cognitiva y tratar, de vez en cuando, de movernos entre exigencias contradictorias entre sí.

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El vaso medio lleno

¿Pesa más un kilo de plomo o un kilo de paja? Un kilo no puede pesar más que un kilo. Pero ¿quién no ha caído en una encerrona de este tipo? El lenguaje usado para describir un problema decisorio puede influir notablemente en nuestras preferencias. Por ejemplo, ¿es más probable que nos detengamos a comer en McDonald's si se publicita que la hamburguesa contiene el 30 % de grasa o el 70 % de carne magra? Aún más, ¿estamos más dispuestos a pagar un tique para entrar en una ciudad si se nos presenta como un impuesto para enriquecer las arcas del Ayuntamiento o como el primer paso de un amplio proyecto ecologista para proteger la salud pública? En todos estos casos, el resultado es idéntico, cambia el marco en el que se integra. Con toda lógica, deberíamos preocuparnos por el cuadro y no por su contorno; pero nuestra mente no funciona así, sino que a menudo deja que se le escapen los aspectos sobresalientes de un problema para dejarse condicionar por los marginales.
La madre de todos los efectos de marco se atribuye al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw (1856-1950), quien, mientras asistía a una discusión sobre qué era el optimismo y qué el pesimismo, resumió así el problema: “Poned una botella de whisky llena hasta la mitad delante de dos personas. El optimista exclamará: ‘¡Qué suerte! ¡La botella está medio llena!’; el pesimista se lamentará: ‘¡Qué desgracia! ¡La botella está medio vacía!’”.
En su libro L'illusione di sapere, Massimo Piattelli Palmarini, trazando la analogía entre ilusiones ópticas y trampas mentales, nos recuerda lo difícil que es pensar de un modo distinto del que lo hacemos, como es difícil también ver de un modo distinto del que vemos. Y creer que hay una receta antitrampa buena para siempre no sería más que otra ilusión. Sin embargo, existe un remedio antimarco, y es bastante eficaz. Varios investigadores lo han identificado con la plena y simultánea explicitación de los puntos de vista diferentes con que se describe el problema decisorio. Lo llamaremos estrategia del doble marco: una especie de vacuna por la que se cura la enfermedad con una dosis del mismo virus que la provoca.
Un reciente estudio experimental realizado por Lionel Bernstein, del Department of Medical Education de la Universidad de Chicago, en colaboración con Gretchen Chapman y Arthur Elstein, permite apreciar la eficacia de este método. La indagación de Bernstein y sus colaboradores comprendía una serie de elecciones entre dos hipotéticos tratamientos farmacéuticos (A y B) para una patología grave. En uno de los problemas examinados, se observó un típico efecto de marco. La presentación en términos de beneficios inducía al 61,2 % de los sujetos a preferir el tratamiento A. La presentación en términos de pérdidas (o contraindicaciones) inducía al 73,4 % a preferir el tratamiento B. Pero el estudio comprendía también un grupo de participantes que recibía las informaciones simultáneamente de ambas maneras. Con esta doble presentación, las preferencias entre A y B se dividieron equitativamente, en torno al 50 %. La distribución de las elecciones obtenida con la doble presentación era, por tanto, menos extrema que las conseguidas con los dos marcos separados, y se situaba a medio camino entre las dos. Es precisamente decir que framing echa a framing.
El truco del doble marco es, en consecuencia, por lo menos digno de atención de los médicos (pero también de los pacientes y de los ciudadanos), bien cuando son llamados a tomar ellos mismos una decisión, bien al comunicar las informaciones relevantes para una decisión que corresponde a otros.

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Mañana me pongo a dieta

¿Cuántos de nuestros buenos propósitos de fin de año hemos logrado cumplir? Poco importa que se trate de ir al gimnasio, de ponerse a dieta, de dejar de fumar, de ver menos la televisión o de dedicar más atención a nuestros seres queridos. La verdad es que los buenos propósitos realizados son raros, sobre todo aquellos que habrían debido llevarnos a cambiar nuestros hábitos de vida por sensatos motivos de salud. Tratar de mesurar las distorsiones de este rito que se consuma en cada cambio de año, y de manera menos obvia pero persistente en la vida cotidiana, es cuanto se han propuesto Stefano della Vigna (Universidad de California, Berkeley) y Ulrike Malmendier (Universidad de Stanford) con un estudio publicado en The American Economic Review con el significativo título de “Pagar para no ir al gimnasio”. El objetivo estaba circunscrito: verificar, sobre una muestra de 7752 personas residentes en Estados Unidos, los comportamientos irracionales a los que lleva el espejismo de estar “en forma”. Los investigadores indagaron sobre el terreno, por un lado, la tipología del contrato estipulado con el gimnasio y, por el otro, la frecuencia con la que efectivamente se asistía. Resultado: quien tenía un abono mensual de, al menos, 70 dólares iba al gimnasio una media de 4,5 veces al mes, con lo que cada clase le salía por unos 17 dólares. Un absurdo, considerando que el coste unitario de un abono por diez sesiones en un gimnasio estaría en torno a solo los 10 dólares. Las mismas personas acababan rindiendo homenaje, además, a sus veleidosos propósitos durante más tiempo que quienes tenían un abono anual (gastando menos): tendían a olvidarse de anular el abono, así que iban renovándolo automáticamente mes tras mes, durante más de un año. Esta tipología de aspirantes a deportistas, durante el período de su inscripción, acababa tirando por la ventana, además de sus buenas intenciones, un posible ahorro de 600 dólares nada menos. Hasta el punto de que bien puede decirse que los administradores de estos centros tienen los beneficios garantizados no tanto por quienes los frecuentan, sino por quienes pagan porque querrían hacerlo. En resumen, un negocio millonario totalmente sostenido por nuestra incapacidad de tener una visión realista de nuestro futuro cuando llega el momento de tener fe en nuestras mejores intenciones.
En el fondo de la insidiosa zancadilla que nos pone esta anticipación mental del futuro ejercicio de la voluntad, hay una relación viciada con el tiempo y las emociones. Las tareas que no logramos cumplir hoy nos parecen mañana menos pesadas, más gestionables, y nosotros mismos más capaces de hacernos cargo de ellas. El mañana es ligero y está libre de las preocupaciones y de los imprevistos del hoy. Nos lo imaginamos como una composición abstracta y emocionalmente poco comprometida de cosas que hacer, en la que cada cometido encuentra su sitio. A las siete fuera del despacho, media hora de autobús, gimnasio, ducha y cena. Lástima que cuando mañana se convierte en hoy, las cartas se desordenan y las cuentas ya no se ajustan. De repente, cuando llega la hora de movernos para ir a hacer gimnasia, tenemos ganas de ir al cine. O estamos cansados. O nos encontramos, obviamente, metidos en algún compromiso de trabajo no previsto, pero que, al menos estadísticamente, habría sido del todo previsible.
Cuando se trata de estimar el tiempo que será necesario para desarrollar una tarea, erramos de manera casi sistemática nuestras previsiones. Es la llamada falacia de la planificación, de la que tenemos confirmación experimental en un estudio realizado sobre 37 estudiantes. A los sujetos se les pedía que valoraran el tiempo necesario para elaborar el respectivo trabajo de fin de carrera. Estimaron una media de 33,9 días. Pero solo menos de un tercio de ellos (el 30 %) tardó, en la práctica, el tiempo previsto. Los otros emplearon unos 55,5 días. Presumiblemente, no solo porque habían sobrestimado las propias fuerzas, sino también porque habían subestimado el riesgo de imprevistos. Un error de perspectiva cuya escala de impacto no se limita a la esfera individual: basta pensar en las eternas obras que salpican el espacio público. Construcciones cuya tardía terminación no solo es imputable a una gestión picaresca e instrumentalmente indecente, sino también a errores de planificación. Cualquiera que haya reformado su casa sabe algo de esto.
Así pues, más que asumir la responsabilidad de un pequeño paso hoy, la persona retardatoria se empeña en dar un paso de gigante mañana: en vez de seleccionar y archivar cada día el correo, acumula pilas de papeles proponiéndose ordenarlas cuando llega el fatídico vencimiento de la declaración de la renta; en vez de ir estudiando ahora un capítulo y mañana otro, se encuentra pasando las noches en blanco antes del examen, y en vez de seguir una dieta equilibrada, se atiborra de comida para luego ayunar. Prevé el futuro, pospone y, con toda probabilidad, falla el objetivo.

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Escalada

El presidente de una compañía aérea invirtió 10 millones de euros en un proyecto de investigación para construir una aeronave que no pudiera ser detectada por los radares convencionales. El proyecto estaba completado en un 90 % cuando se difundió la noticia de que otra compañía ya había puesto en el mercado un avión con las mismas características, más veloz y económico que el que se estaba proyectando. Pregunta: si estuviéramos en la piel del presidente de la primera compañía aérea, ¿deberíamos haber invertido el restante 10 % para acabar el proyecto? El 85 % de los sujetos respondió de manera afirmativa.
Pero, atención, porque, cuando se replantea el mismo escenario, pero cancelando los costes sumergidos, es decir, preguntando quién estará dispuesto a poner un millón de euros para proyectar un producto claramente inferior a otro de la competencia, el porcentaje de quienes invertirían su dinero baja drásticamente al 17 %. Estos determinan, de manera correcta, la propia estrategia en función de los costes y los beneficios futuros. El fenómeno es pernicioso y está muy difundido. Pensar: “He invertido demasiado —en términos de tiempo, empeño, energías, dinero y sentimientos— para aflojar ahora” puede degenerar fácilmente en una espiral ruinosa.
Esta trampa, en otros ámbitos, tiene resultados incluso más trágicos, donde la escalada se paga al carísimo precio de innumerables vidas humanas. En las guerras, tanto vencedores como vencidos pagan un “precio” desproporcionado por la apuesta que está en juego. El “rematante”, que recoge los beneficios de los gastos militares, será el único que con seguridad ganará. Pensemos en la fase crucial de la guerra de Vietnam. Unas vicisitudes dramáticamente ejemplares en las que se había “invertido demasiado como para aflojar ahora”. La espiral duró años. Reconocer la trampa de los costes sumergidos probablemente habría permitido no tirar otro 10, 20 o 30 % de vidas humanas en la veleidad de llevar a término un proyecto consagrado al fracaso. Estados Unidos, una vez sufridas sus primeras y graves pérdidas, se encontró arrastrado en un proceso irreversible: alcanzar el objetivo a costa de nuevas y aún mayores pérdidas, o aceptar una humillación nacional. Ya se sabe qué opción prevaleció.
En situaciones de escalada similares hay dos antídotos. El primero, banal, es reconocer con antelación la trampa y quedarse fuera del “juego”. Si antes de empezar a jugar, los competidores se dieran cuenta de la trampa y se negaran a hacerlo, entonces nadie, ni los competidores ni el rematante, ganaría o perdería nada. Sin embargo, si acabamos dentro, la única escapatoria es igualmente banal, pero, como hemos visto, difícil de realizar: salir lo antes posible, aceptando que el pasado es pasado y resignándonos a encajar la pérdida. Se sufrirá una derrota, pero se evitará un daño sensiblemente mayor. No queda más que resistir ese impulso a la puja más allá de toda conveniencia razonable.

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Falso consenso

Cuando en el año 2000 le pidieron a Richard Thaler, economista emérito de la Universidad de Chicago, un auténtico fuera de serie de las trampas mentales y líder de la revolución cognitiva y experimental en las ciencias sociales de los últimos treinta años, que previera qué dirección tomaría la ciencia económica en los siguientes veinte años, él aprovechó para dispensar una lección particularmente instructiva. Lo hizo en un bonito artículo publicado en el Journal of Economic Perspectives, con un título que tiene mucho de regreso al futuro: “Del Homo Economicus al Homo Sapiens”, donde propuso seis audaces predicciones sobre cómo se desarrollaría la ciencia económica en el futuro y analiza algunas de las más perniciosas trampas mentales. Entre estas, citaba el caso de un sencillo experimento llevado a cabo por su colega George Wu, quien planteó a sus estudiantes dos preguntas: “¿Tienes teléfono móvil?” y “¿Qué porcentaje de la clase crees que tiene uno?”.
Los que tenían teléfono móvil consideraron que el 65 % de la clase poseía uno; mientras que quienes no lo tenían estimaron que este era solo el caso del 40 % de sus compañeros. La respuesta correcta era cerca del 50 %.
El experimento así concebido sería inviable hoy en día, donde ya prácticamente todo el mundo posee teléfono móvil (quizá se podría preguntar quién tiene más de uno); pero la moraleja que extrajo Thaler es, de todos modos, interesante y va mucho más allá del caso específico: tendemos a pensar que los demás son como nosotros. De este modo, las opiniones, los gustos y las preferencias que atribuimos a los demás están sistemáticamente influidos por nuestras opiniones, nuestros gustos y nuestras preferencias. Queriéndolo o no, resultarán juicios mal calibrados.
Los psicólogos sociales llaman efecto del falso consenso a esta tendencia a proyectarnos en los demás. Entre las posibles causas de esta encerrona mental puede estar el hecho de que las opiniones y los comportamientos con que entramos en contacto más a menudo son precisamente los de las personas más cercanas a nosotros: nuestros amigos y nuestros familiares. Por tanto, cuando necesitamos convalidar algunos de nuestros juicios u opiniones sobre determinadas personas o acontecimientos, nos reflejamos en ellos y acabamos considerando un cierto modo de ver las cosas más frecuente de lo que es en realidad.
En cambio, cuando la información sobre las opiniones y los comportamientos de los demás no está disponible, tendemos naturalmente a formular estimaciones sobre la base de las opiniones de quienes consideramos que conocemos mejor y de quienes nos fiamos más: nosotros mismos, justamente. Así pues, nos imaginamos a las demás personas a nuestra semejanza. Una proyección de nuestras opiniones como vara de medir las de los demás, que nuestra mente pone en liza automáticamente, quizá para reducir la ansiedad de encontrarnos descolocados por la incertidumbre generada, precisamente, por la opacidad y la insondabilidad de la mente ajena.
En general, cuanto más se desvía un comportamiento de la norma, más poderoso es el efecto del falso consenso. El problema es que a menudo la norma la creamos nosotros, sin ninguna razón aparente. Se cuenta que al día siguiente de la victoria presidencial de Nixon en 1972, Pauline Kael (1919-2001), una tajante, refinada y un poco esnob crítica cinematográfica del New Yorker, soltó: “No me lo puedo creer, no conozco a nadie que haya votado por él”. Kael no conocía ni siquiera a un elector republicano, y esto le bastaba. Para ella, esa era la norma de los norteamericanos.

Focalización

El filósofo Emmanuel Kant parece que tenía un temperamento maníaco. Durante sus conferencias bastaba una nadería para que se molestara profundamente. Una vez dio una clase un tanto caótica y con muchos silencios. Sus estudiantes no entendían qué le ocurría. A continuación, confió a un amigo que lo que le había molestado tanto había sido un oyente de la primera fila, a cuya chaqueta le faltaba un botón. Ese detalle fuera de lugar lo había hipnotizado, apartando su atención de todo lo demás.
El filósofo de Königsberg había experimentado esa invencible tendencia que nos lleva a restringir el campo de nuestra atención, haciendo privilegiar obtusamente un detalle y perdiendo de vista todos los demás aspectos de una situación. Un poco como ocurre cuando lo que nos impide concentrarnos es un dolor físico, aunque sea leve.
En una investigación, publicada en el Journal of Risk and Uncertainty, Eric Johnson, de la Universidad de Columbia, obtuvo un resultado muy curioso. Puso en evidencia que las personas a las que se les ofrecía un seguro de “hospitalización por cualquier enfermedad o accidente” estaban dispuestas a pagar un precio más alto que aquellas a quienes se les proponía un seguro que cubriera los gastos de hospitalización “por cualquier motivo”. Según parece, la referencia explícita a enfermedades y accidentes acrecienta la probabilidad percibida de la hospitalización y, en consecuencia, el interés por asegurarse.
Amos Tversky ha profundizado en este fenómeno, reconduciéndolo a un “principio de desempaquetamiento” (unpacking principle). Este mecanismo cognitivo prevé que la probabilidad estimada asociada a la descripción de un estado de las cosas tenderá a aumentar si ese mismo estado se describe de manera más detallada, explicitando —es decir, “desempaquetando”— posibilidades que de otro modo quedarían implícitas. En efecto, una presentación más detallada puede focalizar nuestra atención y, por tanto, destacar hipótesis a las que, de otro modo, no habríamos asignado el mismo peso.
¿Por qué, prescindiendo de nuestro grado de competencia, nos cuesta tanto abrirnos a la exploración de las alternativas? El hecho es que, si en cualquier circunstancia debiéramos buscar informaciones pertinentes respecto de todas las opciones posibles que se nos presentan implícitamente, estaríamos obligados a realizar operaciones cognitivas costosas y no menos sujetas a errores. Puede que un problema decisorio sea demasiado complejo y que limitarse a considerar solo un número finito de posibilidades sea una elección obligada. También los maestros de ajedrez se centran en un número limitado de estrategias y dejan de lado el análisis de todas las alternativas posibles, que de otro modo representarían una carga computacional no gestionable. Considerando el número de las piezas y de los movimientos correspondientes, en cada turno un jugador de ajedrez dispone, como media, de 35 alternativas; para valorar todas las consecuencias de un solo movimiento, habría que verificar 35 x 35, es decir, 1225 posibilidades, que se convierten en más de un millón para calcular los escenarios posibles en dos movimientos.
El problema es, entonces, establecer qué alternativas merecen nuestra atención y cuáles, en cambio, son “sacrificables”. Y, para hacerlo, nos centramos en la dimensión que se presenta inmediatamente como más sobresaliente; por desgracia, no quiere decir que sea también la “más significativa”. Es una verdadera distorsión cognitiva que puede favorecer juicios equivocados y decisiones poco sabias.
Nada nuevo, por lo demás, para quien ama la gran literatura rusa del siglo XIX:
 
Vronsky, en tanto, a pesar de la completa satisfacción de aquello que había deseado tan largamente, no era del todo feliz. Muy pronto sintió que la satisfacción del deseo solo le había dado un granito de arena de aquella montaña de felicidad que esperaba. Esta satisfacción le había mostrado el eterno error que cometen los hombres que se imaginan la felicidad en la satisfacción de un deseo.
 L. Tolstoi, Anna Karenina
 
Durante varios centenares de páginas, Vronsky arde de pasión por Anna Karenina. Pero cuando Anna se decide y abandona a su marido por él, sigue estando insatisfecho, a pesar de que su deseo ha sido complacido, y la deja. Vronsky había caído en la trampa de la focalización exagerando los efectos del amor de Anna sobre la felicidad de su vida.
En conclusión, sería bueno tener siempre a mano estas palabras de Kahneman: “Nada en la vida es tan importante como pensamos que es en el preciso momento en que lo pensamos”.

Statu quo

El mecanismo perverso de esta trampa nos lo muestra en estado puro y con precisión quirúrgica Samuel Beckett en Esperando a Godot:
 
ESTRAGÓN.—Me pregunto si no habría sido mejor estar solos, cada uno por su cuenta. [Pausa.] No estábamos hechos para seguir el mismo camino.
VLADIMIR.—[Sin ofenderse.] No es seguro.
ESTRAGÓN.—No, no hay nada seguro.
VLADIMIR.—Siempre podemos separarnos, si crees.
ESTRAGÓN.—Ahora ya no merece la pena. [Silencio.]
VLADIMIR.—Es verdad, ahora ya no merece la pena. [Silencio.]
ESTRAGÓN.—Entonces, ¿vamos?
VLADIMIR.—Vamos.
[No se mueven.]
 
Estragón y Vladimir se nos parecen más de lo que nos gusta admitir. La tendencia a prolongar el statu quo más de lo debido, con el temor de que las desventajas que se obtendrían al abandonarlo podrían ser mayores que las ventajas, está tan arraigada en la mayoría de las personas que demasiado a menudo las inducen al inmovilismo.
Gobiernos, entes públicos, compañías de seguros y expertos en marketing juegan a diario con nuestra propensión al statu quo, haciendo esta trampa particularmente difundida. Un experimento realizado en la Universidad de la Sapienza, en Roma, ha intentado medir el sentimiento asociado a la alteración del statu quo: ese malestar que actúa de freno a nuestra iniciativa.
A cien estudiantes, repartidos en dos grupos, se les pidió que crearan una pizza propia. Al primero se le dijo que partiera de una “pizza base” con tomate y mozzarella, y que decidiera qué otros ingredientes añadiría de entre doce posibles. A los estudiantes del segundo grupo, que quitaran los ingredientes desagradables de una “superpizza” que contenía los doce disponibles. El coste de los distintos ingredientes estaba fijado en un euro cada uno. El precio de partida de la pizza base era de tres euros; el de la superpizza, de quince euros. Si, por ejemplo, uno decidía añadir a la pizza base solo jamón y setas, el coste final era de cinco euros. Si, en cambio, un estudiante del segundo grupo decidía quitar los pimientos, las cebollas y el salami picante de su superpizza, la cuenta sumaba doce euros.
No es difícil imaginar cómo acabo todo.
Los estudiantes que partían de una superpizza tendían a comer una con un número superior de ingredientes (siete de media) respecto a aquellos a los que se les había pedido que crearan una partiendo de una fórmula base, que era enriquecida, en general, con solo tres ingredientes. La diferencia, claramente, estaba también en la propensión a gastar, mayor en los sujetos del segundo grupo. A pesar del incentivo económico, estos dudaban si quitar ingredientes de su pizza: era un poco como si les disgustara perder algo, si bien no habían hecho nada por conquistarlo.
La propensión a salvaguardar el statu quo ejercita un peligroso magnetismo en nuestra capacidad de tomar en serio las alternativas que nos ofrece la vida. Si nos puede servir de consuelo, incluso un pensador ilustre como Emmanuel Kant se quedó embrujado por el statu quo. Kant probó su fidelidad a los principios de la razón pura con resultados paradójicos: cuando murió su confiable y amado servidor Lampe, conmocionado por el dolor, pensó que era debido y racional decidir dejar a sus espaldas el statu quo. Había que olvidar a Lampe. Entonces puso bien a la vista en su escritorio un cartel con la inscripción: “Olvida a Lampe”.

Estereotipos fuera de control

Suponga que ha educado a su hija según unos sanos principios liberales. Es un conocido periodista y su mujer, la propietaria de una galería de arte. Durante una estancia en Hawái, su hija Joey conoce a un joven médico, John, y se enamora de él. De vuelta de las vacaciones les da la noticia, convencida de que será acogida con júbilo: los dos tienen la intención de casarse.
¿Cómo reaccionaría al descubrir que el doctor John, su futuro yerno, es negro?
Esta es la pregunta de la comedia Adivina quién viene esta noche (1967), dirigida por Stanley Kramer e interpretada por Spencer Tracy, Katharine Hepburn y Sidney Poitier. Han pasado más de cuarenta años, pero la cuestión sigue siendo actual. Si es usted de raza blanca, intente preguntarse seriamente: ¿qué haría si fuera su hija quien quisiera casarse con un negro? En 1967, cuando la corte suprema de Estados Unidos declaró inconstitucional la ley que prohibía los matrimonios interraciales, eran aún dieciséis los estados donde esa unión se consideraba delito. Como en los padres de Joey, en cada uno de nosotros anidan prejuicios que ni siquiera sospechamos.
La pertenencia a un grupo puede deformar el juicio también con respecto a la percepción de la variabilidad existente dentro de un segundo grupo ajeno a nosotros. Para verificarlo, basta considerar la dificultad que tenemos, en cuanto occidentales, a la hora de distinguir a dos chinos el uno del otro respecto a dos europeos. Si los chinos nos parecen “todos iguales” es porque tendemos a ver a los otros grupos como más homogéneos respecto al nuestro.
Estimar a los demás todos iguales entre sí es un mecanismo análogo a aquel por el que tendemos a considerar inferior a quien no pertenece a nuestro grupo: nos hace estar mejor, refuerza nuestro orgullo y nuestro sentido de pertenencia, quizá también nuestra autoestima.
El prejuicio que habita nuestra mente es desleal y sutil. En un santiamén identificamos el sexo, la edad y la procedencia de una persona. Lo cual de por sí es un mecanismo útil que nos permite hacernos una idea de la persona que tenemos enfrente sin ningún esfuerzo, de manera “económica”. Pero haciendo eso, en pocos milisegundos, activamos en nuestra mente también un acervo de estereotipos, emociones y reacciones inconscientes. Es la “cultura” en que hemos crecido la que nos ha puesto en la cabeza estos prejuicios, que han encontrado terreno fértil en nuestras conexiones neurales.
Si bien en los últimos treinta años nuestros prejuicios no han disminuido y los viejos han dejado espacio a algunos nuevos, han aumentado notablemente nuestros conocimientos sobre el funcionamiento de los mecanismos cognitivos que los presiden. Elizabeth Phelps, neurocientífica de la Universidad de Nueva York, investiga desde hace años qué sucede en nuestro cerebro cuando nos encontramos ante un rostro desconocido. En el año 2000, con un equipo de científicos cognitivos y psicólogos sociales, realizó uno de los primeros experimentos de neurociencias sociales.
A los sujetos del experimento, un grupo de estadounidenses blancos, primero se los invitaba a describir explícitamente sus convicciones raciales y luego a observar algunas fotografías de rostros de personas de piel blanca o negra. Resultó que la actividad de la amígdala era mayor en respuesta a los rostros de los negros en las personas que habían mostrado explícitamente una notable tendencia al prejuicio. Estos resultados sugerían no solo que, a menudo, ante caras de negros desconocidos es como si, en tanto blancos, nos preparásemos para reaccionar a un estímulo que nos induce miedo, sino también que la respuesta de la amígdala disminuye con la experiencia personal, la familiaridad y la valoración positiva.
En otras palabras, si tenemos enfrente al actor Will Smith, nuestros mecanismos implícitos e inconscientes de la valoración social funcionarán más o menos del mismo modo que si nos encontráramos con una persona conocida.
Por desgracia, Amadou Bailo Diallo no era Will Smith. Y el 4 de febrero de 1999, a la edad de 23 años, cuatro agentes de la policía de Nueva York lo mataron en el Bronx.
Malcolm Gladwell ha puesto justamente el episodio en el centro de Blink, su exitoso libro sobre las virtudes y fechorías del pensamiento intuitivo. Amadou era un muchacho africano que había emigrado a Nueva York por sus estudios. No hablaba un inglés perfecto y vivía en el Bronx. Un día de febrero tuvo la desdicha de cruzarse con cuatro policías que seguían el rastro de un violador. Los cuatro llegaron a conclusiones demasiado rápidas, que confirmaron trágicamente sus peores prejuicios. Detuvieron a Diallo intimándolo para que se identificara. El joven negro llevó una mano al bolsillo, presumiblemente para mostrar sus documentos, sin decir una palabra. Fue su fin. En un santiamén, los policías pensaron que Diallo iba a sacar un arma. Se oyeron 41 disparos.
Identificarse puede ser útil. ¿Cómo nos habríamos comportado nosotros si nos hubiéramos hallado en el Bronx, frente a Diallo, en el lugar de uno de los policías? Si una noche, por la calle, nos encontráramos a un negro y a un blanco, y ambos tuvieran algo en la mano: ¿por quién nos sentiríamos más amenazados? Si tenemos en la cabeza una predisposición a temer a un particular tipo de persona y llevamos una pistola en el bolsillo, sentiremos propensión a dispararle. En un santiamén no seríamos nosotros, sino nuestra amígdala la que apretaría el gatillo.

Los pequeños números

En una larga secuencia de variables casuales, las frecuencias de los resultados posibles tienden a estabilizarse: cuanto más larga es la sucesión, más se estabilizan; cuanto mayor es el número de pruebas, menor es la probabilidad de grandes desviaciones de la media. Esta es la inmaculada verdad encerrada en la llamada ley de los grandes números (llamada también ley empírica del azar). ¿Quién la pondría en duda? Probablemente nadie de manera consciente. Sin embargo, la violamos en muchísimas circunstancias; para ser más exactos, en todos aquellos casos en que esperamos que un proceso casual exhiba sus características no solo globalmente, en su secuencia entera, sino también localmente, en cada una de sus partes. Esperamos, por ejemplo, que si tiramos al aire una moneda veinte veces, se manifieste una correcta distribución de caras y cruces (podrían bastar quince caras sobre veinte lanzamientos, para hacernos llegar de inmediato a la conclusión de que la moneda está trucada). Pero, en secuencias tan breves, nadie puede asegurarnos una perfecta distribución al 50 % como se daría —gracias a la ley de los grandes números— en una serie de lanzamientos que se aproximaran al infinito.
Extender las propias intuiciones (correctas) respecto a cómo obra el azar en los “grandes números” también a los “pequeños” nos llevará fatalmente a crasos errores de valoración.
He aquí un caso ejemplar. Las acciones son, a largo plazo, la inversión en títulos que produce rendimientos más altos: es algo no solo archisabido, sino también confirmado por autorizados estudios. Pero, atención, nadie debería esperar que semejante porcentaje se manifestara también a corto plazo. Sin embargo, ¿quién no está tentado de hacerlo?
Cuando esto sucede, es porque salta la trampa que Daniel Kahneman ha llamado, no sin ironía, ley de los pequeños números: creer estadísticamente cierto para pequeñas series aquello que es solo aproximadamente cierto para series muy largas. Y he aquí que somos proclives a creer que las fluctuaciones de los títulos de acciones son más previsibles de lo que lo son en realidad. Una serie del todo casual de fluctuaciones simplemente no nos parecerá tal, pero será prontamente interpretada según algún “modelo coherente” que atribuirá a aquellas desviaciones un particular significado o un particular valor predictivo, acaso que el título subirá o bajará.
También el mundo del deporte ofrece una extraordinaria muestra de la trampa de los pequeños números. En el baloncesto, de un jugador que está haciendo un gran partido se dice que tiene la “mano caliente”, entendiendo con esto algo muy preciso: se estima que un jugador tiene mayores posibilidades de marcar después de uno o más tiros encestados que después de uno o más tiros que no hayan entrado.
En realidad, no hay ninguna relación entre una serie de canastas recién marcadas de un jugador y la probabilidad de éxito de su próximo tiro. Para percatarse de ello, bastaría considerar las estadísticas de los jugadores en varias temporadas, más que en cada partido. Veríamos de inmediato que la explicación de la prestación de un jugador no depende tanto de la temperatura de su mano como de sus porcentajes de tiros acertados en muchos partidos.
Moraleja: resista la tentación de llegar a conclusiones apresuradas. No se conforme con la primera intuición. En las matemáticas, como en la vida cotidiana, lo que es verdad para los números pequeños en la mayoría de los casos no lo es cuando los números empiezan a hacerse grandes.

Wishful thinking

Para Estados Unidos, la década de 1920 fue la época del crecimiento económico, de la velocidad y del jazz. El optimismo y las ilusiones de fáciles ganancias fueron barridos en la mañana de un jueves de octubre cuando la Bolsa de Nueva York registró la quiebra más impresionante de la historia. El pánico arrolló a los inversores y en pocas horas se vendieron 12 millones de acciones. El mercado quedó patas arriba y, con él, el optimismo.
Aquel día de 1929 provocó una dramática crisis económica: será recordado como el “jueves negro de Wall Street”.
Solo entonces se comprendió que el pensamiento difuso que identificaba Estados Unidos como una nación donde la riqueza estaba al alcance de todos era en gran medida un wishful thinking. Incluso autorizados economistas habían caído en la trampa, que consiste en la tendencia inconsciente de creer que los hechos son como quisiéramos que fuesen. En efecto, pocas semanas antes del crac, Irving Fisher, ilustre economista estadounidense de la época, había contribuido a mantener muy viva la ilusión, al declarar que era esperable que las cotizaciones de las acciones se mantuvieran establemente altas.
Esa forma de autoengaño que llamamos wishful thinking probablemente es un mecanismo mental difuso que penetra nuestros juicios y nuestras previsiones. Pruebe a preguntar a un grupo de personas, por ejemplo, quién ganará las próximas elecciones; por tanto, quién esperan que gane las próximas elecciones. Probablemente, descubrirá que, a menudo, previsión y esperanza coinciden. Con el equipo del alma ocurre lo mismo. Cada uno espera que gane. Cuanto más se espera, más posible parece, y así se acaba autoconvenciéndose de que ocurre de verdad.
Pero no se puede negar que el wishful thinking tiene también una cara positiva. Desear ser, por tanto, creer ser, más buenos de lo que en realidad somos puede motivarnos a alcanzar objetivos incluso muy ambiciosos y alentarnos a poner a prueba nuestras limitaciones (profecías que se autorrealizan). No solo esto, pero un poco de sano wishful thinking nos hace más felices. Pero, atención, porque la “medicina” del wishful thinking podría revelarse peor que la enfermedad que pretende curar. Como ilustra la célebre fábula de la zorra y las uvas de Esopo, no será difícil utilizar el mismo mecanismo mental para valorar acríticamente también nuestros fracasos.
La zorra, al no conseguir coger el racimo de uvas, se autojustifica concluyendo que no merece la pena esforzarse: “Están verdes”. Al principio, la zorra creía que podía alcanzar las uvas con facilidad solo porque las deseaba intensamente: había caído en la trampa del wishful thinking. A pesar de su fuerte motivación, choca con la realidad: no está en condiciones de pegar un salto lo suficientemente alto como para alcanzarlas y no tiene ninguna posibilidad de comer aquellos racimos rubicundos. He aquí entonces que, para mantener alejada la amargura del fracaso, salta en su mente un mecanismo que la lleva a cambiar de opinión sobre las uvas. Ahora las encuentra del todo carentes de interés: desvaloriza lo que no puede obtener encontrando una justificación cualquiera en la que descargar su insatisfacción.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Matteo Motterlini es profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Vita-Salute San Raffaele de Milán. Estudió Filosofía, Economía y Ciencias Cognitivas, respectivamente, en Milán, Londres y Nueva York. Fue visiting professor en la Universidad Carnegie Mellon (Estados Unidos).
Es investigador asociado del Laboratorio de Economía Experimental (CEEL) de la Universidad de Trento; director del Centro de Investigación de Epistemología Experimental y Aplicada; director del Centro de Investigaciones y Estudios de Finanzas Comportamentales; y asesor científico del MilanLab, del AC Milan.
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