Tiempos de cambio
Resumen del libro

Tiempos de cambio

por Eamonn Kelly

Una reflexión sobre las radicales transformaciones tecnológicas, políticas y sociales que ha presenciado el mundo en las últimas décadas

Introducción

Eamonn Kelly invita en este libro a reflexionar sobre las radicales transformaciones tecnológicas, políticas y sociales que ha presenciado el mundo en las últimas décadas. Kelly mantiene la hipótesis de que estamos presenciando un cambio de era, pues la Humanidad atraviesa uno de los más drásticos puntos de inflexión en la historia desde el surgimiento de la Ilustración en la Europa del siglo XVIII. Esto es lo que convierte a la época actual en “tiempos poderosos”, como indica el título del libro. Según su autor, las decisiones y acciones de empresas, organizaciones, pueblos y gobiernos configurarán el estado de la humanidad para un largo número de generaciones futuras, ya que la aparición de innovadores poderes económicos y el surgimiento de nuevas tecnologías tendrán como resultado cambios inimaginables. Ejecutivos, emprendedores, managers o simplemente personas con inquietudes aprenderán de esta lúcida mirada al futuro cómo prepararse desde ya mismo, en estos tiempos de incertidumbre y profundas transformaciones, para las oportunidades sin precedentes que esperan a la humanidad.
El autor plantea siete “tensiones dinámicas” o paradojas inevitables del mundo contemporáneo, que conducirán a grandes vaivenes en el rumbo que ha tomado la civilización. El presente mismo está repleto de confusiones y su comprensión es tan difícil como la del futuro. El planeta se comporta como un “loco caleidoscopio” con ambiguas dinámicas en los campos de la política, la tecnología, la economía y la cultura. A esto se suma la intervención de los medios de comunicación de masas, que oscurecen la confusión antes que clarificarla. Estos tiempos requieren que seamos capaces de mostrar una actitud de apertura a la innovación, al descubrimiento y a la experimentación; pero también que aprendamos a reconocer y a convivir con la incertidumbre y la ambigüedad, incluso a pesar de que estas son contrarias a nuestro anhelo de seguridad. Son tiempos para abrirnos a la diversidad y a la multiplicidad, aunque nos asusten o nos hagan mantener ciertas reservas ideológicas.
Kelly invita a sus lectores a valerse de la técnica de los “escenarios posibles”, de la que el autor fue uno de sus pioneros durante su actividad en la Royal Dutch/Shell y la Global Business Network. Mediante este recurso es factible evocar los posibles escenarios futuros que pueden desplegarse como resultado del interjuego de estas tensiones dinámicas. Es un método de preparación para las profundas implicaciones que dichas tensiones ejercerán sobre la sociedad y los negocios. ¿Podrá prevalecer el libre comercio sobre los instintos proteccionistas? ¿Es el calentamiento de la atmósfera un asunto de “mucho ruido y pocas nueces” o un letal legado para las generaciones futuras? Estos interrogantes nos resultan difíciles de responder porque nos fuerzan a identificar y desafiar algunos de nuestros presupuestos más básicos. El autor se propone, mediante este libro, posibilitar al lector la observación de patrones allí donde solo hay interrogantes y caos.


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La historia se ha desatado

Las raíces de nuestra comprensión de la actualidad se hunden en el pasado. En muchas ocasiones, considerar ciertos fenómenos como “naturales” nos ciega ante la posibilidad de su transformación. Algunos aspectos de la vida que damos por sentado, “verdades fundamentales”, son solo frágiles modalidades que la historia misma se podría encargar de revertir. Por ejemplo, la trascendencia que los Estados-nación han tenido a lo largo de la historia Moderna en la creación de riquezas y prosperidad para sus ciudadanos nos ha llevado a considerarlos como hechos naturales. Sin embargo, ha llegado el momento de cuestionarse si se trata de algo que aún pueda sostenerse. La mayoría de los negocios y sus organizaciones poseen un carácter multinacional. Los grandes desafíos –como el terrorismo, los problemas medioambientales y las enfermedades infecciosas- no reconocen fronteras. A medida que el tiempo avanza no solo contemplamos cómo se hace historia, sino también cómo otra historia se deshace. Y el ritmo de esta evolución es todavía más ágil que en el pasado. El lector seguramente se preguntará: ¿cómo podremos encontrar un sentido si los cambios están adquiriendo semejante velocidad?
La mente humana dispone de un poder ilimitado. Por ello somos capaces de reconstruir el sentido de las cosas partiendo del desorden, con la condición sine qua non de que despleguemos nuestra atención. La experiencia nos ofrece una vasta variedad de errores de percepción, por lo que un correcto examen de la situación es lo que nos garantiza arribar a buen puerto. Cualquier decisión que tomemos, ya sea personal o profesional, está influida por nuestro conocimiento (basado en la experiencia y en los datos que recogemos de la realidad) y por nuestro juicio (basado principalmente en nuestros “mapas mentales”). Si nuestros mapas están equivocados, nuestro juicio también lo estará. Estos mapas se comportan como filtros de la percepción; no solo condicionan cómo vemos las cosas, sino que también qué cosas vemos y cuáles no. De esta manera, pueden ser útiles tanto para hallar sentido en lugares inciertos como para inhibir nuestra habilidad perceptiva. Esta es la razón de que el autor nos recomiende poner a prueba nuestros mapas mentales constantemente. La tendencia predominante, debe reconocerse, es la contraria: aferrarse a esquemas inflexibles que dividen en dos el mundo dando como resultado un escenario de blancos y negros, sin tonalidades intermedias. Estos escenarios pueden resultar reconfortantes en sus simplistas certezas, pero el autor los considera inútiles e incluso peligrosos. Para organizar un adecuado mapa de nuestra mente puede resultar un ejercicio oportuno repasar las mejores y las peores características de nuestro tiempo.

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Lo mejor de nuestra era

Vivimos una época de grandes oportunidades. Regiones que antes se encontraban relegadas (como India, Indonesia o Europa del Este) gozan hoy de enormes niveles de crecimiento y se han integrado en la economía mundial. Las oportunidades educativas se han ampliado, mientras la tasa de analfabetismo ha ido disminuyendo. El fin de la Guerra Fría ha significado el surgimiento de nuevas democracias y ha descendido significativamente el número de gobiernos totalitarios que persisten en el mundo. La caída de la Unión Soviética ha permitido la integración del continente europeo y ha hecho aumentar su capacidad de crecimiento. La expectativa de vida en la actualidad es de 67 años, mientras que la tasa de mortalidad infantil decreció en un 5,6% en los últimos años del siglo XX. Las nuevas tecnologías conectan cada vez a más personas, lugares, mercados, capitales, ideas y culturas, creando una plataforma económica que promueve el bienestar humano.

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Lo peor de nuestra era

En nuestra ambición y avidez, la especie humana es capaz de acabar con la cosecha que ha estado sembrando durante siglos. En nuestro anhelo ilimitado de consumo y prosperidad, hemos desatendido nuestro medio ambiente y nuestras comunidades. Nos hemos dejado arrastrar por simples medidas de progreso que sobrevaloran lo material y desestiman lo espiritual y lo humano. ¿Y qué hemos obtenido? Un tercio de la humanidad subsiste con menos de un dólar por día; la brecha entre pobres y ricos crece a una velocidad constante e imparable. El mundo desarrollado se ha olvidado de las necesidades de infraestructura básicas para la supervivencia en el mundo en desarrollo. Se han colocado por encima los derechos de propiedad de las industrias farmacéuticas sobre las necesidades de los millones de afectados por el SIDA. Jugamos con fuego al manipular nuevas tecnologías sin evaluar los riesgos que las mismas podrían conllevar. La única superpotencia de la era, Estados Unidos, ha abandonado el multilateralismo y renunciado a muchas de sus alianzas, al tiempo que sus intentos por deshacerse de enemigos le ha costado un aumento en el número de estos.

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Tensiones dinámicas

Las dos descripciones anteriores de la realidad contemporánea son verdaderas, por más que tales contrastes puedan resultarnos incómodos. Kelly identifica siete pares de fuerzas en tensión que ayudan a identificar los principales conflictos que, por su multiplicidad y desorden, nublan la comprensión de nuestra era. En cada par encontramos una mitad profundamente verdadera pero incompleta. El autor insta a abandonar el pensamiento unidimensional y a atrapar el sentido de este conflicto de dos caras. He aquí las mencionadas tensiones dinámicas:
  • claridad y locura;
  • secularidad y sacralidad;
  • poder y vulnerabilidad;
  • aceleración de los cambios tecnológicos y retroceso;
  • economías materiales e intangibles;
  • prosperidad y decadencia;
  • la gente y el planeta.

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Claridad y locura

Nuestra sociedad se está volviendo cada vez más transparente debido a diversos factores. En primer lugar, por el mayor acceso a una creciente cantidad de información. La capacidad de reunir e interpretar datos masivos se ha visto facilitada por la aparición de nuevas tecnologías de la comunicación. Por otra parte, ha aumentado la vigilancia en todos los rincones del planeta. Los circuitos cerrados de televisión, los satélites y otros dispositivos capturan y registran millones de imágenes al día. El futuro de la transparencia está ahora en manos de la biotecnología y la nanotecnología. Por otra parte, los avances en genética nos permitirán anticipar enfermedades congénitas y abrirán un nuevo dilema sobre el acceso a la información. Esta creciente transparencia nos ofrece una perspectiva de mayor coherencia en la comprensión de nuestra sociedad globalizada y de nuestro entorno físico.
No resulta sorprendente entonces que las empresas también intenten sacar provecho de las posibilidades que ofrece una situación de transparencia como la actual. La información es la sustancia vital de los negocios: la capacidad de un conocimiento anticipado, de asimilación, organización, interpretación y utilización de la misma es el factor determinante en el éxito de una empresa. Las transacciones comerciales generan un elevado volumen de información sobre hábitos de consumo, capacidad adquisitiva, gustos y estilos de vida. Una vez analizada toda ella, se vuelve sumamente valiosa para quien la posea. Entre las primeras compañías en incorporar las tecnologías de la información se encuentra Wal-Mart: esta empresa (una de las pioneras en colocar el código de barras en todos sus productos) acumula e interpreta más información que cualquier otro hipermercado.
Pero no solo las compañías se limitan a estas operaciones. También los gobiernos se han beneficiado de las tecnologías de la transparencia. La combinación de vigilancia y acumulación de información es usada para saber más sobre los ciudadanos del propio país como también de los extranjeros. Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, la vigilancia se ha vuelto una prioridad a escala internacional. Sin embargo, uno de los puntos más polémicos en los procedimientos de inteligencia es la tendencia creciente a obtener información para un propósito y después utilizarla para otro distinto. En Londres, un sistema de vídeos diseñado para grabar las matrículas de los automóviles con propósitos fiscales produjo información que luego fue analizada por la inteligencia militar en la lucha contra el terrorismo. Esta es una tendencia que se repite en todo el mundo.
Por supuesto, tales escenarios llevan a interrogarse sobre el futuro de la intimidad de las personas. Pese a las demandas en favor de las libertades civiles y el derecho a la privacidad, la vigilancia de regiones, espacios públicos y personas continuará aumentando, aun a riesgo de convertir el mundo en un gran sistema de vigilancia panóptico. Esta circunstancia, ya esbozada por Jeremy Bentham dos siglos atrás, hace que la mera conciencia de estar siendo vigilado (de lo cual el individuo no puede estar seguro) funcione en sí mismo como un control efectivo para la inhibición del acto delictivo o indeseable. Es algo que no queda muy lejos de la realidad con la que se enfrentan millones de consumidores y ciudadanos: mientras son observados, ellos no pueden ver al ojo que los controla.
No obstante, debe señalarse que, en numerosas ocasiones, la situación de transparencia funciona al servicio de los ciudadanos y del cumplimiento de sus derechos. Por ejemplo, un creciente número de ONG´s recopila información sobre compañías que contaminan el medio ambiente y la pone a disposición de ciudadanos y funcionarios en la página scorecard.org. La consecuencia favorable terminará siendo que las corporaciones y los gobiernos, sabiéndose observados, se preocuparán de tomar decisiones de responsabilidad social para evitar futuras reclamaciones.
El inconveniente que se presenta es que vivimos, de alguna manera, sobrecargados de información. Tanta novedad es imposible de procesar. Así como un elevado grado de investigación puede contribuir a conocer mejor nuestro mundo, también puede generar incredulidad. ¿Qué cosas son creíbles de entre el enorme cúmulo de información que recibimos? Imposible contestar con certeza. Un escenario así es el caldo de cultivo para la difusión ilimitada de toda una variedad de rumores y teorías conspiradoras acerca de los acontecimientos relevantes de la historia. Lo sorprendente es que, además de impresionar con su dosis de imaginación, esas fábulas pueden llegar a influir en estrategias empresariales o decisiones gubernamentales. Un rumor muy difundido, que señalaba a Coca-Cola como financiadora de grupos paramilitares del narcotráfico, generó un conflicto en una reunión de inversores de la firma e incluso provocó la salida de la empresa de uno de ellos. Después del atentado del 11 de septiembre circularon especulaciones muy populares sobre la participación (o complicidad) de los Estados Unidos e Israel en los ataques. Mientras por un lado los ingenuos acaban desorientados, creyendo y defendiendo las teorías conspiradoras, otros participan con mala fe en su difusión para obtener algún tipo de recompensa.
Sin duda, la próxima década será testigo de un incremento de la sospecha, la desinformación, los errores y las explicaciones de tipo conspirador. Como consecuencia, la capacidad de un individuo o grupo para conservar intacta su reputación se convertirá en un valioso y decisivo elemento, tanto en los negocios como en la vida privada.

Lo secular y lo sagrado

En los próximos diez años asistiremos a un creciente conflicto entre los modelos seculares de sociedad (que han caracterizado siempre a la modernidad en Occidente) y las perspectivas sagradas de billones de personas repartidas por todas las regiones del mundo. Lo secular se encuentra en el núcleo de las nociones modernas de civilización: su premisa es la separación de la esfera religiosa y la esfera de la vida civil. Pero además es un cambio filosófico: los principios ilustrados de la razón, la ciencia y la lógica están enraizados en nuestra cosmovisión. Las bases de la secularización se han internalizado en nuestras leyes e instituciones de tal manera que ni siquiera nos percatamos de ello.
Esta profunda transformación en nuestra percepción del mundo posibilitó a la humanidad una apropiación de la naturaleza y del mundo para su beneficio y su bienestar terrenales. Solo sobre estos cimientos se pudieron montar principios humanistas de bienestar social como la democracia, la libertad, los derechos individuales y la tolerancia hacia los diferentes sistemas de creencias. Las grandes potencias del mundo actual –las naciones-estados, las corporaciones multinacionales y las organizaciones internacionales– son profundamente seculares.
Sin embargo, este modelo secular también padece grietas y debilidades. La perspectiva secular se construye sobre la confianza en la verdad irrefutable, en el conocimiento científico objetivo. Todo interrogante que exceda las posibilidades de conocimiento o intervención de la ciencia es considerado ilegítimo. Al final, esta visión del mundo termina imitando el ya mencionado dualismo “blanco o negro”, que no es lo más recomendable para comprender el complejo mundo contemporáneo. Por otra parte, subestimar la importancia de lo “espiritual”, para otorgar prioridad a lo material, ha llevado a la frenética actitud consumista que se vive en nuestras sociedades.  Concebir el planeta como una fuente para saciar las necesidades materiales del hombre ha provocado una utilización irresponsable de los recursos naturales más preciados.
Pese a la difusión planetaria de los principios de la Ilustración, lo sagrado conserva una capacidad de movilización de masas que se fortalece día a día. Y esto no solo ocurre en países asediados por la pobreza y la falta de desarrollo científico y educativo. Según bastantes estudios, la sociedad norteamericana sustenta opiniones sobre la religión más cercanas a las de países en desarrollo que a las de los países desarrollados.
Otro elemento de esta tensión dinámica entre lo secular y lo sagrado son los movimientos fundamentalistas, que han erigido su extremismo como respuesta a los procesos de secularización. Estos grupos se caracterizan por cultivar sentimientos de odio, violencia y exclusividad. Lo que muchas veces se ignora es el hecho de que dichos movimientos están presentes en las tres grandes religiones “abrahámicas” y han ganado adeptos en todos los continentes, no solo en las naciones islámicas. El aumento en el número de estos creyentes extremistas se puede achacar a la propia complejidad y confusión de nuestro tiempo. Es en este contexto en el que las personas necesitan de alguna certidumbre y de un “ancla” para su experiencia vital, que la religión puede proporcionarles. No debemos perder de vista que el fundamentalismo hace hincapié sobre todo en la promesa de una vida mejor en el más allá para compensar las miserias del sufrimiento terreno. Es así como estas creencias se difunden al ritmo que aumentan la pobreza y la desesperanza.
Al mismo tiempo, es posible percibir en el aumento de la espiritualidad posmoderna una reacción “de lo sagrado” frente a la hegemonía secular. Tal reacción posee características muy diferentes a las de los fundamentalismos, dado que no reniega ni de la tolerancia ni de la diversidad. A la vez, la carencia de límites y contenidos precisos hace difícil definir al neo-espiritualismo como un movimiento. Pero lo cierto es que la popularidad de disciplinas como el yoga, la meditación, la medicina holística y las terapias alternativas señalan el camino de su continuidad y crecimiento. El fundamentalismo y la nueva espiritualidad son, por tanto, las dos caras de la misma moneda del retorno de lo sagrado. Una propone la vuelta hacia las fuentes y la tradición; la otra, introducirse en la posmodernidad.

Poder y vulnerabilidad

En las décadas venideras, la acumulación y ejercicio del poder serán piezas clave al tiempo que un nuevo orden global empieza ya a tomar forma. Los Estados Unidos se verán obligados a confrontar y resolver los conflictos que su indiscutible supremacía militar les ha generado en el mundo subdesarrollado. Es por ello que el quid de la expansión ya no se encuentra, como en el pasado, en la colonización, sino en el control de la seguridad mundial que ha de posibilitar el comercio internacional sin generar las habituales e indeseadas consecuencias de la dominación. El impacto del 11 de septiembre en la formulación de las políticas exteriores no puede ser subestimado. Ha generado una evidente polarización en el mundo, haciendo que todos los países sientan con firmeza la apelación a tomar partido por uno u otro bando. Hay que tener en cuenta que la superioridad militar de los Estados Unidos no se basa solamente en su elevado gasto en defensa, sino en su capacidad de intervenir en escenarios extranjeros, su continua evolución tecnológica y su desarrollo en inteligencia militar.  
Los conflictos bélicos y los enemigos son de una naturaleza diferente a los del pasado. Se trata de guerras no convencionales, no contra naciones sino contra redes: enemigos que no se encuentran afirmados en un espacio geográfico, sino en un espacio ideológico. ¿Cuánto tardará Estados Unidos en adaptarse a este renovado escenario? La estrategia reposará en la capacidad para organizar policías, ejércitos y métodos efectivos para la lucha contra un enemigo no convencional, pero ninguna batalla será suficiente si no es sostenida mediante alianzas que involucren a los países europeos tradicionalmente amigos de Estados Unidos. La única superpotencia mundial tendrá que continuar armonizando el conflicto entre las fuerzas “duras” y “blandas” de su política exterior, que pujan por diferentes intereses y por imponer sus concepciones. Muchos otros países, bajo la sombra de los Estados Unidos, se verán obligados a revisar sus políticas militares y a discernir entre lo metafórico y lo literal de la guerra contra el terrorismo.
Mientras tanto, Estados Unidos y el mundo entero continuarán experimentando el trauma del terrorismo, tanto el real como el imaginado. Veremos abrirse en nuestras sociedades nuevos puntos de vulnerabilidad y los tentáculos del crimen organizado (que incluye tráfico de drogas, armas, piratería y contrabando), la fragilidad frente a enfermedades de rápida difusión y los costosos virus informáticos contribuirán a aumentar la sensación de amenaza.

Aceleración tecnológica y retroceso

En las próximas décadas, las nuevas tecnologías van a desarrollarse a gran ritmo, creando nuevas oportunidades y fuentes de valor. En diez años seremos testigos de grandes avances en tres áreas tecnológicas en particular -computación, biotecnología y nanotecnología-, que se potenciarán unas a otras. Esta circunstancia abrirá sorprendentes oportunidades, por ejemplo, en la comunicación, el control y la imitación de procesos de la naturaleza, en materiales o en diseños.
El poder de la computación ha impulsado el desarrollo de otras tecnologías, siendo particularmente significativo en el caso de la biotecnología. La mejor prueba de ello es el rol que ha jugado la computación en el Proyecto Genoma Humano. Gracias a un avance en la tecnología implementada, confeccionar el mapa de los últimos seis billones de genes llevó tan solo cuatro meses. La biotecnología es una ciencia llamada a jugar un papel ciertamente importante en nuestro futuro. Actualmente, el centro de atención de esta disciplina está puesto en el desarrollo de fármacos, la recopilación de información biológica y en la agricultura, lo cual no impide que avances aún más revolucionarios estén por llegar y, por supuesto, no exentos de dilemas éticos. El progreso se enfrenta al desafío de aquellos que temen sus consecuencias más extremas aunque no sean intencionadas. La tensión resultante entre los científicos y sus detractores se verá exacerbada por la carencia fundamental de modelos mentales comunes, sistemas de valores y bases compartidas de conocimiento, todos ellos necesarios para posibilitar el diálogo sobre estas perpetuas polémicas.
A la vanguardia de los cambios tecnológicos se sitúa también la manipulación genética. Con el propósito de poder aplicarlo a los humanos en el futuro, se investiga, entre otros, la capacidad de algunos insectos para regenerar extremidades amputadas. Sin embargo, esta manipulación de la naturaleza ha desatado serios conflictos éticos por la intervención sobre la esencia misma de la vida y hay quienes catalogan los esfuerzos de la ciencia como de arrogantes y carentes de humildad. Las condenas suelen venir de instituciones con no poco peso y poder: el Vaticano, iglesias de otros credos o el actual presidente norteamericano, George Bush. Estas prácticas encuentran aún mayores resistencias cuando borran los límites entre lo humano y lo animal, por ejemplo, al combinar células de ambos lados en determinados experimentos científicos. Esta preocupación de origen ético, por otra parte, no es la única, sino que está acompañada por la inquietud de quienes temen consecuencias inesperadas e irreversibles de la experimentación sobre la naturaleza. Los intentos de creación de vida artificial rememoran en muchas mentes la leyenda de Frankenstein y sus tenebrosos resultados.
¿Qué sucedería, finalmente, si los avances destinados a acrecentar el bienestar humano son utilizados con fines malévolos? Esta otra inquietud es alimentada por la ascendiente democratización de los conocimientos, que aumenta el acceso al desarrollo tecnológico donde antes se necesitaban mayores recursos. La regulación global de estos asuntos devendrá más y más problemática; la comunidad de investigadores ya está globalizada y las decisiones en un territorio soberano pueden repercutir y desencadenar efectos en otros.

Economías materiales e intangibles

En los años que vendrán vamos a asistir a una continua y acelerada transición de la era industrial a la era post-industrial. Es el fenómeno que algunos economistas han denominado dotcom (“punto com”). Con ella experimentaremos un crecimiento aún mayor de la economía “intangible”, en la que la relación entre el valor y la masa física continúa resquebrajándose. En las economías desarrolladas dominan los servicios por encima de la manufactura, a la vez que la creación de valor reposa en el conocimiento, las ideas, el intelecto y la innovación.
La economía intangible se caracteriza por los siguientes cuatro rasgos:
  1. Un marcado incremento del sector servicios, que incluye logística, comunicaciones, servicios de consultoría y financieros.
  2. Aumento del valor conocimiento-intensivo en los productos. Es un hecho el que las economías actuales se basan en el conocimiento.
  3. Incremento de la disposición del consumidor a pagar un plus por la experiencia. Ésta -la experiencia acumulada- se ha convertido en uno de los elementos más decisivos del mercado.
  4. Finalmente, la estética, el diseño y el arte son fuentes de valor agregado. Al mismo ritmo en que crece la prosperidad de los países desarrollados, lo hace también la demanda de objetos placenteros a la vista. Las actividades artísticas, por ejemplo, se han vuelto de suma importancia para las economías más sofisticadas.
El cambio hacia lo “intangible” nos urge a reconsiderar qué negocios estarán más cerca, y más fácilmente, del éxito. Los logros en este tipo de economía no resultan fáciles de medir. Las transformaciones en este campo se han visto impulsadas por la revolución en la conectividad, gracias a las ventajas que introdujo la banda ancha, un dispositivo que sigue ganando tanto usuarios como velocidad. En la actualidad, la banda ancha ya ha modificado la manera de relacionarse y de comerciar y ha creado nuevos mercados y comunidades. Estas últimas albergan a personas que quizá jamás se hayan encontrado ni lo vayan a hacer. Surgen así nuevos valores y comportamientos junto con un nuevo lenguaje.
Pero incluso si el valor migra hacia el mundo inmaterial, el mundo físico de la infraestructura obtendrá una renovada importancia y su mantenimiento asumirá la condición de urgente. Los bienes manufacturados, los recursos naturales, los componentes materiales de todas las ramas de la industria no solo no perderán su relevancia, sino que adquirirán una nueva trascendencia. La infraestructura material experimentará severas presiones en muchas partes del mundo, por lo que necesitará más que nunca una urgente renovación y actualización. La infraestructura de transporte, por ejemplo, está llegando a su límite de saturación en lo concerniente al volumen y la velocidad del tráfico.
Experimentaremos un proceso en el que lo intangible deberá intervenir en rescate de lo material. Por ejemplo, algunas compañías constructoras han probado ya a introducir sensores en el cemento capaces de emitir una señal de alerta cuando se registra un fallo o un daño. No obstante, a la vez que el deterioro nos conducirá a enfrentarnos con la necesidad de actualización, surgirán los interrogantes de la financiación y la responsabilidad del mantenimiento. El gasto público siempre encuentra detractores entre quienes sostienen un sector público limitado y unos impuestos controlados. Por lo tanto, las mejoras en las infraestructuras renovarán las tensiones entre gasto público y privado y entre colectivo e individuo.
La situación es mucho peor en un gran número de países en desarrollo, donde se impone la necesidad de crear infraestructuras de la nada. Pésimas vías de comunicación, recursos energéticos inadecuados, medios de transporte en ruinosas condiciones y problemas de vivienda son todos ellos impedimentos para un crecimiento sostenido. Será prioritario encontrar los modos de prevenir las potenciales consecuencias catastróficas relacionadas con fallos en la infraestructura en diferentes ámbitos, principalmente en el caso del agua, ya que la disponibilidad de la misma será el principal problema del futuro en infraestructuras.

Prosperidad y decadencia

En un futuro no muy lejano, una creciente economía global generará diferentes y en apariencia contradictorias condiciones en todo el mundo. La difusión de la economía de mercado –y su reinvención, de la que será objeto por sus nuevos participantes- traerá más prosperidad y nuevas oportunidades para millones de personas. En el siglo XX, el crecimiento acumulado fue mayor al de toda la historia humana precedente; sin embargo, se trató de un fenómeno del que principalmente disfrutó el mundo desarrollado, abriendo profundas disparidades en riqueza y consumo que tampoco contaban con antecedentes históricos. La economía de mercado proseguirá su expansión, sin que esto signifique, bajo ningún punto de vista, que vaya a ser el modelo occidental de capitalismo el que se difunda. Serán diferentes perspectivas de mercado las que se combinen y flexibilicen para adaptarse a las circunstancias culturales propias de cada lugar.
Uno de los más significativos cambios que ya está produciéndose en el modelo es la creciente influencia de países emergentes, carentes de un papel central en el escenario económico hasta ahora. Los casos más destacados son los de China e India: ambos han modificado el destino de las inversiones desde la manufactura hacia los servicios. A ello se suma la repatriación de capital humano: individuos que después de estudiar, investigar o desarrollar una carrera en el exterior (generalmente en países desarrollados) regresan a sus países de origen para aportar nuevos conocimientos y experiencia a sus economías nacionales. Otro de los comportamientos más interesantes de estos países en alza es no mostrarse dispuestos a seguir al pie de la letra las reglas impuestas por Europa, Estados Unidos y los organismos internacionales. En consecuencia, propondrán diseñar “versiones de capitalismo” que se adapten a sus circunstancias nacionales. Brasil ofrece un buen ejemplo de este proceder, al haber roto la patente del fármaco contra el VIH/SIDA para producir medicamentos nacionales y llevar a cabo políticas públicas de distribución de medicamentos entre los enfermos.
Un asunto de especial relevancia es el concerniente al libre comercio como garante de la prosperidad. Mientras que las economías subdesarrolladas quieren colocar sus productos en los países centrales libres de impuestos, Estados Unidos y Europa siguen esforzándose en mantener los subsidios agrícolas con el fin de sostener su capacidad productora interna y contentar a los productores. Estas medidas generan fuertes polémicas y luchas entre grupos de presión a ambos lados del Atlántico.
El dinamismo económico que hemos mencionado provocará, sin duda, dificultades para muchos. Es esperable, con un alto grado de seguridad, que en muchas partes del mundo se produzca un marcado declive económico, especialmente en áreas desde hace tiempo diezmadas por conflictos bélicos, corrupción, enfermedades y catástrofes ambientales. El último informe de la Comisión para el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, que mide una combinación de indicadores que van desde la educación, el ingreso per cápita hasta la expectativa de vida, revela unas cifras relativas negativas para América Latina, el Caribe, Europa del Este y Central, Asia Central, Oriente Medio y el África Subsahariana. En los países de esta última región, la fuerza de trabajo se ha visto debilitada como consecuencia de enfermedades y decesos, con resultados catastróficos para la producción y las inversiones. No es sorprendente, por ello, que los países más golpeados por el VIH/SIDA sean los que más dificultades encuentran para sostener sus ya bajos niveles de actividad económica.
Como resultado de todo lo expuesto, podemos concluir en este apartado que no solo aumenta la pobreza, sino la desigualdad y la asimetría en la calidad de vida entre los que tienen y los que no tienen. A esto hay que agregar que el declive relativo no solo golpeará al mundo subdesarrollado, sino que también será una dura realidad para un creciente número de personas en Europa y Norteamérica.

La gente y el planeta

En los próximos decenios desarrollaremos una profunda comprensión de cómo encarar nuestras crecientes necesidades y deseos al mismo tiempo que protegemos nuestro planeta y su capacidad para albergar a futuras generaciones. Desde hace años, la humanidad practica una modalidad de existencia y consumo que, como advierten los expertos, rápidamente se tornará insostenible. Sin embargo, es necesario despejar algunos elementos de confusión. Por ejemplo, no es cierto que el crecimiento demográfico sea un motivo de alarma. La prosperidad, nuevas posibilidades para la mujer y renovados modelos de familia han dado como resultado que muchos países desarrollados tengan hoy una tasa de crecimiento vegetativo negativa. Sin embargo, sí es cierto que estas cifras expresan otra gran asimetría entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado, al igual que el envejecimiento y la población absoluta.
Otra de las tendencias demográficas contemporáneas es la migración unidireccional: desde el Sur pobre hacia el Norte rico. En más de 50 países, los inmigrantes legales e ilegales constituyen el 15% de la población. Este fenómeno se ha visto propiciado por la aparición de bloques regionales, como por ejemplo, la Unión Europea. La migración es un tema áspero que genera acaloradas polémicas y pone un interrogante sobre la capacidad de los Estados-nación para establecer políticas demográficas en tiempos de globalización.
En el futuro, sin duda, visualizaremos con más claridad la interdependencia entre la economía humana y el ecosistema terrestre, lo que hará más fácil la comprensión de que existen límites naturales a nuestro crecimiento. Como resultado, empezaremos a tomar el concepto (y quizá la práctica) de la sostenibilidad con más seriedad. Ya existen signos de un cambio de actitud no solo entre ciudadanos y defensores del medio ambiente, sino también entre industriales y empresarios. El futuro de la industria se encuentra sin duda en el reciclado masivo de todo tipo de materiales. Los cambios de mentalidad deberán incluir también nuestros hábitos con respecto a la utilización de la energía. Las emisiones de gases derivados de nuestros combustibles juegan un alarmante papel en la desestabilización del medio ambiente: aquí el cambio tendrá lugar hacia la “economía del hidrógeno”, en el que este elemento reemplazará como fuente de energía principal al gas y al petróleo.
Es de esperar que empecemos a entender la profunda autonomía del planeta, sus propios ciclos de transformación y cambios que tienen lugar independientemente de la acción humana. Así podremos llegar a una apreciación colectiva, que tiene más de sabiduría tradicional que de perspectiva moderna: el planeta no nos pertenece, sino que nosotros le pertenecemos a él. El planeta sobrevivirá sin importar qué es lo que hagamos, mientras que lo contrario no es necesariamente cierto. Nos libraremos de la herencia ilustrada de considerar a la humanidad como un ente separado y dominador de la naturaleza.

Escenarios posibles

Para el autor, antes de plantear escenarios posibles para el futuro es necesario contestar a dos preguntas cuyas potenciales respuestas dan lugar a escenarios diferentes. La primera de ellas es: ¿las fuentes de liderazgo, innovación y transformación serán descentralizadas y de abajo hacia arriba? Si la respuesta es afirmativa, el escenario que describe el autor es el de emergencia. Emergencia de un nuevo poder en el que la influencia estará en manos de redes sumamente conectadas, focalizadas en objetivos específicos y de pequeña escala. La capacidad de decisión reposará en niveles locales y las pequeñas y medianas empresas, más flexibles (y cada vez más eficientes) reemplazarán a las grandes y rígidas corporaciones. Los conflictos internos de la Unión Europea son una buena prueba del fracaso de la tendencia a la centralización, mientras que el modelo de “gobiernos locales con participación de los ciudadanos en la toma de decisiones”, que puede encontrarse en diversos lugares de Latinoamérica y África, es un buen ejemplo de solución en el camino constructivo hacia la descentralización.
Si la respuesta a la pregunta por el futuro del liderazgo es negativa (es decir, la tendencia es hacia un futuro de mayor centralización y verticalismo), entonces nos enfrentamos a un nuevo interrogante: ¿crecerá aún más la influencia de Estados Unidos en el mundo? De ser este el caso, el escenario que el autor augura es el de un nuevo siglo norteamericano. Este se caracterizará por un liderazgo, libre de competidores, de los Estados Unidos, confirmando y fortaleciendo su influencia sobre las relaciones internacionales. En resumen, Estados Unidos establecerá las reglas sobre economía, política y cultura con las que el mundo jugará durante generaciones y, a su vez, se encargará de ser el árbitro y juez.
Si Estados Unidos no es capaz de mantener su posición de liderazgo absoluto, entonces el escenario propuesto es el de un collage de poder (“patchwork power”, en el original). Se tratará de un futuro en que el poder geopolítico y económico será compartido por diferentes organismos internacionales, regiones geográficas y Naciones-estado. Los ejes de influencia serán negociados mediante un complejo entramado de alianzas y tratados que conformarán un verdadero collage. Aparecerán nuevas superpotencias en regiones que antes eran pasadas por alto, el caso de China e India. En este escenario, el liderazgo norteamericano se verá debilitado: sus ciudadanos demandarán mayor atención hacia los asuntos internos en detrimento de un aumento en los gastos militares y de incursiones en el extranjero, y las autoridades tomarán conciencia de su inestable y frágil condición.

Conclusión

Hoy en día carecemos de una historia lineal de nuestro tiempo capaz de sobreponerse al caos y la confusión. En cambio, convivimos con una cantidad crítica de historias separadas y desconectadas: la globalización, la guerra, el materialismo, el fundamentalismo, la innovación tecnológica, el terrorismo, la caída del multilateralismo, el crecimiento económico, el ascenso de China, la agonía de África, el cambio climático y muchas otras. Todas ellas producen un mapa incoherente y, en el mejor de los casos, centelleante; ininteligible, en el peor. El mundo es crecientemente más desordenado y complejo y cada vez está más interconectado. Es por lo que el autor nos propone generar un mapa adecuado que permita adelantar algunos de los escenarios posibles para las décadas futuras.

Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Eamonn Kelly es CEO de Global Business Network (GBN), la renombrada consultora de estrategias empresariales y socio de Monitor Group. Durante más de una década ha promovido la idea de explotar el nacimiento de un nuevo orden económico, político y social, junto con sus consecuencias, en beneficio de organizaciones e individuos. En este sentido, ha desarrollado perspectivas, herramientas y metodologías para el dominio de la incertidumbre propia de los negocios. Kelly ha colaborado con decenas de corporaciones líderes, agencias gubernamentales e importantes organizaciones filantrópicas.
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