Superar la encrucijada energética
Resumen del libro

Superar la encrucijada energética

por Robert U. Ayres y Ed Ayres

Propuestas de eficiencia energética para empresas y gobiernos

Introducción

La energía física es mucho más importante para la productividad económica de lo que los economistas que asesoran a empresas y gobiernos están dispuestos a reconocer. Los servicios de energía no solo comprenden una gran parte de la economía, sino la mayor parte de lo que la propulsa. Por ello, hemos de ser conscientes de que tanto la esperada recuperación económica como la transición energética llevarán más tiempo de lo que prevén los gobiernos, a menos que se destinen inversiones sustanciales hacia ciertas tecnologías y sectores muy específicos capaces de abaratar los servicios energéticos.
Por otra parte, la economía energética del mundo desarrollado es tan dependiente de los combustibles fósiles, que incluso el crecimiento más rápido que podamos imaginar de las energías renovables no podrá sustituirlos antes de que hayan transcurrido al menos unas cuantas décadas. Prácticamente toda la infraestructura fija de los Estados actuales (carreteras; autopistas; centrales eléctricas; transporte terrestre, aéreo y marítimo; industria de acero y química; construcción y calefacción) depende de combustibles fósiles. Incluso si el uso de coches eléctricos y paneles solares se extendiera con la rapidez que lo hizo Internet, aún seguiría siendo una gota en el océano de la energía que utilizaremos en las próximas dos décadas.
Aunque es cierto que el desarrollo reciente de las energías renovables ha sido espectacular, todavía necesitaremos mucho tiempo para que este sector alcance la escala necesaria. Entre tanto, si los países desarrollados optan por alcanzar a toda costa el futuro de las energías renovables, la economía basada en las fuentes de energía actuales se desplomará antes de que llegue dicho futuro.
Existe, no obstante, una opción intermedia entre seguir basando la economía en el combustible fósil, y centrar todos los esfuerzos en cambiar el modelo a energías renovables: reformar de manera radical el uso actual de la energía fósil para duplicar su cantidad obtenida por barril de petróleo o su equivalente en gas natural o carbón mientras no se generalicen las renovables.
Robert y Edward Ayres nos demuestran en este libro las estrategias posibles y reales de cómo llevar a cabo esta reforma sin tener que esperar ninguna revolución científica. Muchas empresas e instituciones ya lo hacen y otras tantas podrían hacerlo. La clave está en aprovechar la energía que se pierde al emplear energía fósil. Las consecuencias que esto tiene para las ciudades, el transporte, las empresas, los gobiernos y la economía en general pueden ser enormes.


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Aprovechar la energía desperdiciada

La independencia energética es un problema cada vez mayor para todos los países cuyas economías dependen del petróleo. Los políticos, cada uno en función de sus respectivos signos ideológicos, prometen resolverlo o bien buscando nuevas fuentes de hidrocarburos y abogando por impulsar la energía nuclear, o bien apostando por un urgente cambio de modelo a favor de las energías renovables. Desafortunadamente, ninguna de estas dos propuestas es viable. La primera, porque, según los estudios geológicos más exhaustivos, las reservas de petróleo existentes en las zonas todavía no perforadas no son suficientes para asegurar dicha independencia (en EE. UU., por ejemplo) y la energía nuclear, aunque útil, no puede sustituir al petróleo y los petroquímicos. La segunda, porque no es posible llevarla a cabo a corto o siquiera medio plazo. Los obstáculos que supondrían la depreciación del capital, la sustitución masiva de la infraestructura obsoleta basada en los hidrocarburos y la movilización inminente de las inversiones serían enormes, además de que el tiempo necesario para superarlos hay que medirlo en décadas.
De manera paradójica, la vía más rápida de alcanzar la independencia económica y realizar un recorte drástico en las emisiones de carbono es dejar que funcione el antiguo modelo e invertir en modificaciones a corto plazo que podrían incrementar su eficacia y reducir las emisiones de gases tóxicos.
Podemos ver cómo esto funciona en la práctica con la ayuda del siguiente ejemplo del mundo real.
En la orilla sur del lago Michigan, muy cerca de la ciudad de Chicago, Indiana (EE. UU.), la Mittal Steel Company posee una fábrica de coque, un derivado del carbón que se obtiene mediante su calentamiento en vacío y que sirve como combustible de calderas industriales. Cierta cantidad del gas eliminado en este proceso se utiliza para calentar las calderas industriales. En fábricas convencionales lo captan, pero los subproductos del calentamiento de las calderas se sueltan al aire. Sin embargo, en la planta de Mittal Steel, no solo captan el gas, sino que utilizan el calor producido en el proceso para generar electricidad. Esta energía reciclada se obtiene sin aumentar las emisiones de carbono u otras toxinas. Aunque el proceso primario de fabricación del coque utiliza un combustible fósil, la producción de energía eléctrica no lo hace. Esta energía limpia se emplea para poner en funcionamiento las maquinas enrolladoras de la planta de acero adyacente a Mittal.
En 2005, la planta de coque de Mittal generó 90 megavatios de energía limpia. Este resultado, combinado con más de 900 megavatios de energía reciclada que produjo su rival U. S. Steel, superó la producción completa de energía solar en EE. UU. para aquel año. Sin embargo, la producción total de este tipo de energía en EE. UU. es de tan solo el 10% de la capacidad de las plantas industriales.
Otras empresas podrían construir instalaciones similares a la planta de Mittal Steel en un plazo de dos o tres años y serían rentables: la electricidad que produce dicha planta cuesta únicamente la mitad de lo que la central local eléctrica cobra a sus clientes.
A pesar de las reservas que pudieran albergar los ecologistas, tal como muestra el caso de Mittal Steel, la manera más eficaz y rápida de reducir las emisiones de carbono a gran escala es invertir en “cogeneración”, esto es, el reciclaje de la energía producida en los procesos industriales que utilizan combustibles fósiles en energía eléctrica. Esta energía reciclada es mucho más barata que la solar o la eólica y mucho más limpia que la obtenida de la biomasa.
Además del calor de las altas temperaturas, también podemos reciclar y convertir en energía eléctrica otras fuentes de energía que desechan las plantas industriales. En Rochester (Nueva York, EE. UU.), la Corporación Kodak posee un complejo de cinco millas de largo. En él, un sistema de presión a vapor que alimenta los procesos químicos recicla ahora unos tres millones de libras de lo que sería vapor desechable por hora y genera de ese modo energía eléctrica equivalente a 3,6 millones de barriles de petróleo al año. El ahorro que esto supone para Kodak es de 80 millones de dólares anuales en la factura eléctrica.
Otra fuente importante de energía apta para el reciclaje es el calor de baja temperatura que sueltan al aire o agua las grandes centrales eléctricas. La razón del desperdicio de este recurso es que el aire o el agua calientes no puede transportarse a una distancia muy larga sin enfriarse, pero esto no significa que no se les pueda encontrar utilidad.
El principal destino del calor de baja temperatura son los sistemas de calefacción de las viviendas. Esta calefacción, en su mayor parte, está basada en combustibles fósiles que podrían sustituirse en su totalidad por el calor de baja temperatura como subproducto de la generación de energía eléctrica.
La estrategia que habría que seguir en este caso se conoce como CHP (Combined Heat Production) o producción combinada de calor y electricidad. Las centrales eléctricas convencionales generan electricidad y desperdician el calor por encontrarse a una larga distancia de sus clientes. Sin embargo, si la producción de energía eléctrica se descentralizara para facilitar su producción en los sótanos o techos de los edificios de viviendas, centros comerciales, campus universitarios o polígonos industriales que la necesiten, el calor residual se podría utilizar para calefacción.
Sistemas avanzados de CHP descentralizado en los que se utilizan turbinas de gas, motores diésel o celdas de combustible de alta temperatura para producir calor y energía eléctrica en el mismo edificio son ya una realidad en algunos de los países más avanzados tecnológicamente. Así, por ejemplo, el sistema CHP ya produce más del 50% de la electricidad en Dinamarca, el 39% en los Países Bajos y el 37% en Finlandia.
La extensión del reciclaje de la energía industrial desechable y la descentralización de la generación de energía eléctrica supondrían un paso gigantesco hacia la independencia energética y la reducción de las emisiones de carbono.

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El aumento de la eficiencia energética en instalaciones industriales

Cientos de compañías norteamericanas han logrado reducir su uso de energía y las emisiones de carbono introduciendo cambios en sus procesos y equipamiento. Algunos de estos cambios generan formas de energía reciclables, mientras que otros rebajan el consumo de la energía principal. Lamentablemente, estas oportunidades son todavía desaprovechadas en su mayoría debido a dos ideas extendidas, pero equivocadas, entre los economistas: que el ahorro fácil de energía que se podría hacer ya está hecho y que los intentos futuros de ahorro de energía no son rentables.
No obstante, existen muchas empresas que demuestran el valor incuestionable de esas inversiones y su utilidad para prolongar el período transicional hacia las energía renovables en, al menos, una o dos décadas.
Los resultados de algunas de estas inversiones han sido espectaculares. Así, por ejemplo, una empresa del estado de Oregón, SP Newsprint, descubrió en el año 2006 que podía reducir su gasto en energía incrementando el uso del papel reciclado en la fabricación del papel de prensa. El cambio supuso una inversión de 6,7 millones de dólares, pero redujo el gasto en energía en 2,8 millones anuales. De ese modo, la inversión se recuperaría en menos de tres años y los beneficios aumentarían considerablemente a partir de ese momento. Además, la energía así ahorrada podría emplearse para abastecer de electricidad a unas 5.800 viviendas de Oregón.
En ese mismo año, la Universidad de Cincinnati modernizó su sistema de iluminación en el campus por un coste total de 975.793 dólares, con lo que logró ahorrar casi 29 millones de kilovatios por hora y recuperar la inversión en apenas nueve meses. Con el dinero ahorrado, la Universidad pudo pagar becas completas a 25 estudiantes al año. La modernización también eliminó unas 52 millones de libras de emisiones de carbono con las que el área metropolitana de Cincinnati contribuía al calentamiento global.
Por último, en el estado de Idaho, los responsables de la planta de procesamiento de patatas de la compañía J. R. Simplot descubrieron que con la instalación de nuevos quemadores, equipados con diferentes tipos de controles, y el rediseño de su sistema de combustión aérea podrían ahorrar unos 329.000 dólares anuales y recuperarían su inversión en catorce meses.
Todos estos ejemplos son un testimonio de que no se necesitan grandes conocimientos para llevar a cabo pequeños cambios que generen algún beneficio extra y mejoren las relaciones públicas de la empresa. La verdadera importancia de este tipo de estrategias reside, más que en el beneficio económico que reportan, en su papel de catalizadores de una nueva cultura corporativa, orientada hacia una economía sostenible.

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La sustitución de productos de energía por servicios

En la economía real, la mayor demanda que se da actualmente en los centros urbanos de América, Europa y Asia no es de carbón, petróleo o gas, sino de electricidad, calefacción, movilidad y ocio. Lo que necesitamos ya no es la energía, sino los servicios que esta nos proporciona. En muchos casos, será posible ofrecerlos con poca utilización o, incluso, utilización no directa del combustible fósil.
Las ciudades modernas se asemejan en muchos aspectos a los organismos vivos: crecen, se regeneran, se enfrentan a amenazas y se adaptan. Igual que los ecosistemas de los que dependen, los organismos procesan la energía y materiales, y desechan los residuos. De lo bien que lleven a cabo todo esto dependerá su capacidad de resistencia a los desafíos de su medio ambiente.
Una persona normal, no entrenada, puede recorrer una distancia de 800 m antes de agotarse (o del fallo de su sistema de energía). Por contraste, un corredor profesional puede recorrer unos 150 km, o más, con únicamente breves descansos de dos o tres minutos para tomar o eliminar el agua y los alimentos. La diferencia entre ellos se explica por una eficiencia mucho mayor del sistema energético del corredor profesional. Su circulación es más eficiente porque, gracias al entrenamiento, el oxígeno y la energía llegan a los músculos tan rápido como estos los necesitan. Esto nos proporciona una idea de lo que significa la “sostenibilidad” en la naturaleza: un sistema que puede seguir siendo operativo durante mucho tiempo manteniendo el equilibrio entre la energía que gasta y la que produce.
De una manera similar, las ciudades modernas pueden alcanzar su propia eficiencia energética. La analogía con la circulación es oportuna, porque a menudo nos referimos a las autopistas que rodean las ciudades como “arterias” y el término es cada vez menos metafórico. Las arterias obstruidas de un individuo pueden poner en peligro su vida y la congestión de tráfico merma la capacidad de las urbes de resistir los impactos del cambio climático. En una ciudad costera golpeada por un tsunami, una mala circulación de tráfico y un transporte público inadecuado pueden tener consecuencias fatales para la mayor parte de su población.
El problema no existe solamente en tiempos de urgencia: una mala circulación urbana de tráfico supone un mayor consumo de combustible fósil, mayor emisión de gases tóxicos, mayor gasto de energía per cápita y el crecimiento de los suburbios, es decir, mayores distancias que tienen que recorrer para el trabajo o el ocio los habitantes de las ciudades. La necesidad del rediseño urbano, con énfasis en la mitigación de la polución y la eficiencia energética, especialmente en lo que respecta a la movilidad y la edificación, se hace cada vez más perentoria.
La movilidad. Una gran parte del problema de la movilidad individual en las ciudades podría resolverse con la sustitución de los coches por bicicletas o bicicletas eléctricas, y una mayor apuesta por el transporte público, lo que supondría una reducción significativa del uso de energía y de las emisiones tóxicas. Son millones los neoyorquinos, parisienses o berlineses que ya no emplean coches o únicamente lo hacen para desplazarse fuera de sus ciudades; para circular por ellas, consideran que las bicicletas y el transporte público son lo más conveniente.
En algunos países europeos con economías más maduras (en primer lugar Holanda, pero cada vez más Bélgica, Francia, Alemania, Italia o España), las bicicletas han sido o se están convirtiendo en un importante medio de transporte. Aunque su utilidad es escasa para ejecutivos vestidos con traje de oficina, padres con niños pequeños o clientes de supermercados, sí pueden sustituir una parte importante del tráfico de vehículos y reducir visiblemente el consumo y emisiones de los combustibles fósiles.
En relación con este medio de transporte, París ofrece un ejemplo prometedor. Sus autoridades municipales han creado carriles especiales para los autobuses, taxis y bicicletas bajo la premisa de que los conductores profesionales sabrán compartir espacio con los ciclistas sin poner su vida en peligro. En julio de 2007, el Ayuntamiento inauguró un programa de bikesharing (alquiler de bicicletas por espacios cortos de tiempo) llamado Velib, dotado en principio de 10.600 bicicletas (a cuenta de la empresa Cyclocity, filial de la gran compañía de publicidad JCDecaux) que se colocaron en 750 aparcamientos reservados en el centro de la ciudad. Las bicicletas se activan mediante la tarjeta de crédito y se supervisan de manera electrónica. Los usuarios también pagan una pequeña cuota anual por pertenecer al Club Velib. La primera media hora del viaje es gratuita y el resto del tiempo se factura por horas. Cada bicicleta se usa unas 12 veces al día. El 95% de viajes resulta gratuito, ya que la mayoría se realiza de un punto a otro, entre aparcamiento y aparcamiento.
Aunque todavía no se dispone de datos concluyentes en lo que respecta al efecto del bikesharing sobre otros servicios de transporte, sí queda confirmado que, al menos, descongestiona las calles y el transporte público. El principal beneficio que el usuario obtiene de él, respecto al metro o el autobús, es la rapidez.
A pesar de que el bikesharing no ahorra energía o dinero de manera significativa, el modelo puede establecer un precedente para el alquiler por horas en un futuro muy próximo de vehículos eléctricos, que podrían convertirse en la opción preferente para el transporte de cercanías.
El siguiente estadio evolutivo de las bicicletas serán las de propulsión eléctrica. La energía humana que mueve a las primeras ya puede sustituirse por la energía eléctrica obtenida del sol o el viento. Las bicicletas eléctricas no tienen que sustituir a las convencionales (que conservarán su atractivo como medio de ejercicio físico), pero pueden complementarlas a la hora de transportar a personas a distancias más largas.
En China ya existe un gran mercado para las bicicletas eléctricas que, con más de 30 millones de usuarios, ha experimentado un crecimiento espectacular (pasó de 40.000 unidades en 1998 a 18 millones en 2006). Estas bicicletas son fabricadas en su mayor parte por unas 2.000 pequeñas empresas.
Las bicicletas y scooters eléctricos son todavía raros en Europa y Norteamérica, pero su potencial de cambiar el transporte diario es enorme. A saber, el número de motocicletas convencionales en las carreteras aumenta día a día y la presión de limitar su proliferación se hace sentir cada vez más debido a su alto nivel de contaminación y ruido. El coste de su propiedad aumentará y la opción de las motocicletas eléctricas se volverá inevitablemente más atractiva.
Sensible a esta tendencia, la corporación Vectrix de Middletown, en Rhode Island, ya ha lanzado al mercado una motocicleta eléctrica de emisión cero que utiliza las baterías de níquel-hídrido (similares a las que se encuentran en los Toyota Prius y que tienen una vida útil calculada de 10 años); su precio ronda unos 11.000 dólares. Otra empresa, Brammo Motorsports, de Ashland, Oregón, vende por 12.000 dólares otro modelo de motocicleta más ligero, el Enertia, que funciona con baterías de ión-litio, cuya vida útil es aún mayor.
Las bicicletas y motocicletas eléctricas son todavía más caras que sus homólogas convencionales, pero son de emisión cero y los gastos de electricidad que ocasionan son considerablemente más bajos. Incluso si la electricidad para su repostaje se generara con carbón o gas natural, seguirían siendo el doble de eficientes que su equivalente en gasolina.
Las probabilidades de que un empleado medio europeo o estadounidense opte por una bicicleta o motocicleta eléctrica como medio de transporte favorito de casa al trabajo son aún remotas. Sin embargo, el precio de las motocicletas ya ha empezado a caer gracias al perfeccionamiento de la tecnología de las baterías de ión-litio y su fabricación en China.
El coste decreciente de las bicicletas y motocicletas eléctricas puede suponer un estímulo considerable para la economía urbana en el periodo de transición hacia las energías renovables. El cambio de mentalidad es todavía un obstáculo considerable, pero es de esperar que pronto se vea superado, igual que ocurrió con los videojuegos respecto a los cines o el correo electrónico respecto al postal. Cualquiera de estos dos cambios han sido parciales pero muy significativos, tanto para la mentalidad como para la economía.
En cuanto a las personas que todavía deban o prefieran desplazarse en coche, queda la opción análoga al bikesharing, el carsharing. Esta idea tuvo su origen en Suiza a finales de los años ochenta y estaba vinculada al principio al transporte ferroviario. Desde Suiza, el modelo se extendió a Alemania y, de ahí, a muchos otros países.
La idea es similar al bikesharing, con la diferencia de que los puntos de intercambio de coches tienden a concentrarse principalmente alrededor de las estaciones de trenes en los centros de las ciudades. Los usuarios pagan igualmente una cuota anual y alquilan los coches a tarifas bajas, aunque sin horas gratuitas. El punto débil del sistema es que el cliente tiene que hacer la reserva del coche y no puede recogerlo y devolverlo en el lugar que quiera. El precio del servicio en EE. UU. es de unos 30 dólares/hora, mientras que el del uso diario se asemeja al precio del alquiler de coches convencional. Para un habitante de la ciudad que necesita el coche únicamente dos o tres horas por semana, el intercambio de coches es una opción económicamente atractiva, porque solamente paga esas horas y no el coste de la semana entera de aparcamiento, seguro y depreciación.
En lo que respecta a las emisiones, cabe mencionar que la mayor empresa de carsharing, Zipcar, elimina con un vehículo suyo otros quince de la carretera. Cada cliente suyo conduce 4000 millas menos al año que antes de convertirse en miembro del club y ahorra unos 435 dólares anuales. Se trata de una verdadera solución beneficiosa para el cliente que, además, no requiere ninguna innovación tecnológica.
Por último, no debemos perder de vista el éxito inesperado de los coches híbridos, como el Toyota Prius, que se han convertido en el símbolo de la revolución de las tecnologías verdes.
Estos coches son una prueba de la inteligencia emprendedora de sus fabricantes Toyota y Honda, y una crítica palpable a la complacencia de otros fabricantes como GM, Ford o Chrysler, que todavía no han dado ningún paso en la dirección necesaria.
Los coches híbridos son todavía más importantes por el cambio de mentalidad que suponen, que por el efecto sobre el uso de los combustibles fósiles, todavía poco significativo. No obstante, como parte de un cambio de tendencia más general en el transporte urbano, su contribución cuenta.
Es de esperar que la siguiente generación de coches híbridos sea muy parecida en cuanto a prestaciones al coche convencional, más asequible para el consumidor, pero de “cero emisiones”. La extensión de su uso se podría acelerar considerablemente si las autoridades municipales ofrecieran aparcamiento preferente e infraestructura para la recarga.
No obstante, en relación con la eficiencia energética, el verdadero y más inmediato avance que podemos alcanzar no está en encontrar una nueva fuente de energía, sino en gestionar mejor las existentes. En este sentido, cobra especial importancia el autobús de tránsito rápido (en inglés, Bus Rapid Transit, BRT) gracias a su mayor rapidez y menor coste comparado con el coche o el ferrocarril. Este sistema de transporte surgió por primera vez en la ciudad brasileña de Curtiba, donde los urbanistas habían previsto ya desde hace medio siglo un crecimiento rápido de la población urbana que exigiría una expansión de la red de carreteras. Como alternativa, rediseñaron el crecimiento de la ciudad, que, en vez de expandirse en todas direcciones de manera desordenada, había de desarrollarse a lo largo de corredores previstos que contaban con las líneas BRT procedentes de un intercambiador central.
A diferencia de los convencionales, los autobuses de tránsito rápido se caracterizan por un movimiento libre de semáforos o de congestión, un servicio frecuente y una carga y descarga rápida de pasajeros. En la actualidad, el 70% de la población de Curtiba (2,2 millones) utiliza el BRT para ir al trabajo. En comparación con otras ciudades brasileñas de tamaño similar, Curtiba gasta un 30% menos en combustible fósil por persona.
Otra alternativa un poco más costosa y de mayor tiempo de construcción, pero muy sana para el metabolismo de una ciudad, es el metro ligero. Por ejemplo, en la ciudad de Charlotte (Carolina del Norte, EE. UU.), se esperaba que el metro ligero, el Lynx Blue Line, alcanzara el primer año unos 9.000 pasajeros al día, pero, en tan solo nueve meses, llegó a los 16.000.
La construcción. La principal estrategia para hacer las ciudades menos vulnerables al aumento del nivel de mar, las tormentas y las inundaciones es la actualización de los estándares de construcción. Para evitar peligros de incendios, electrocución, contaminación del agua potable y enfermedades en el caso de desastres naturales, los arquitectos tendrán que recolocar las entrañas eléctricas de los edificios muy por encima del nivel del suelo, preferiblemente sobre o bajo el techo. De la misma manera, se necesitarán sistemas de energía solar como reserva en caso de fallo de suministro de las centrales eléctricas.
En los últimos años hemos presenciado la evolución de las cada vez más populares viviendas “de baja energía”, fabricadas por empresas como Pulte Homes, hacia las construcciones de “energía cero” o “energía plus”, que producen la misma o más energía de la que gastan: se les añade un sistema fotovoltaico que permite al propietario vender la plusvalía a las compañías eléctricas.
No obstante, el mayor potencial para ahorrar energía en los edificios sin necesidad de ningún desarrollo tecnológico nuevo está en reducir la necesidad de calentarlos. Las técnicas ya probadas de alto aislamiento, las ventanas de baja emisividad y el diseño solar pasivo son más que suficientes. La mejor prueba de ello la encontramos en el proyecto Casa Pasiva Europea, basado en la captación y acumulación de energía solar e iniciado hace unos años: ha logrado reducir el uso de energía en las viviendas hasta un 90-95% si son muy antiguas y un 50-60% si son de construcción nueva. En Alemania, Austria o Noruega, estas casas ya se erigen en un número cada vez mayor. La construcción de techos solares en los edificios de viviendas puede facilitar el uso neto de la energía y reducir las emisiones a cero.
A pesar de las reformas de los edificios existentes para convertirlos en viviendas “de baja energía”, “energía cero” o “energía plus”, su construcción nueva a escala masiva supondría una gran contribución de bajo coste y alto rendimiento a la transición hacia las energías renovables.

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La reforma de las estrategias de gestión del agua

Los sistemas de abastecimiento de agua actuales emplean cantidades enormes de energía para transportarla a larga distancia o bombearla de pozos profundos. La gestión del agua se ha convertido en uno de los mayores consumidores de energía, por lo que las estrategias alternativas, no contempladas cuando se construyó la infraestructura, pueden contribuir mucho a la reducción del uso de combustibles fósiles.
Dada la creciente escasez de agua y la progresiva desertificación de muchas partes del planeta, el objetivo de cualquier política de gestión de este recurso no puede pretender aumentar el abastecimiento, sino reducir el consumo per cápita, en paralelo con el consumo de combustibles fósiles. La buena noticia es que la cantidad de agua que se desperdicia es enorme, igual que su potencial de conservación. Además de otros muchos beneficios que reporta la conservación y el uso más eficiente del agua (seguridad acuática y alimentaria, reducción de las tensiones políticas y salud pública mejorada), también reduce el consumo de energía a la hora de bombearla o enfriar con ella las centrales nucleares o térmicas.
Tal vez, hasta que la generación de electricidad mediante el sistema CHP no sea mayoritaria, la mayor oportunidad a medio plazo para suavizar el cada vez más exacerbado tira y afloja entre el agua y la energía está en el uso del agua depurada, tal y como ha sugerido un informe reciente del Argonne National Laboratory elaborado para el Departamento de Energía de EE. UU. y que lleva por título El uso del agua depurada para el enfriamiento de centrales eléctricas. En el estudio se destacaba que, en la actualidad, más de 50 centrales eléctricas de EE. UU. utilizan agua depurada en aquellos estados que se enfrentan a la escasez de este líquido (California, Florida o Texas).
Muchas otras investigaciones han identificado vías para la reducción del uso del agua per cápita del consumidor: desde duchas e inodoros con ahorro del agua, hasta paisajismo con nivel bajo de agua o xeriscape (paisajes que conservan el agua gracias a una selección de las plantas más apropiadas al clima local). No obstante, la mayor parte del consumo del agua se produce en la agricultura y allí el mayor potencial para su conservación está en la irrigación por goteo.
Esta tecnología utiliza un 30-70% menos de agua que los sistemas convencionales de irrigación. En EE. UU., el 80% del agua que se usa se destina a la agricultura, y solo el 7% de ese porcentaje se emplea a través de la irrigación por goteo, un caso más de tecnología muy beneficiosa pero infrautilizada.
En la medida en que el uso del agua se haga más eficiente, apenas notaremos la diferencia, porque los beneficios simplemente compensarán lo que sería un aumento drástico en los costes de bombeo, refrigeración de las centrales eléctricas o desalinización del agua del océano. Igual que en el caso de otras energías que se pierden, el reciclaje del agua puede ser el método más fiable y asequible para garantizar el abastecimiento en las décadas que vienen.

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Conclusión: consecuencias para la gestión de las empresas

En los años que vienen es razonable esperar que, en el terreno de la energía, las empresas más prósperas no sean aquellas que derrochen dinero en los pozos sin fondo del “carbón limpio”, oleoductos de miles de kilómetros de distancia, centrales nucleares, plataformas petrolíferas o la producción de biocombustibles que consumen casi tanta energía como producen, sino las que sepan obtener más servicio de cada dólar gastado en los recursos ya existentes de carbón, petróleo o gas natural, o aquellos en desarrollo como la energía solar o eólica.
Tal como demuestra el caso del reciclaje del calor procedente de la planta de producción de coque de Mittal Steel en Chicago, las soluciones novedosas no se encuentran solamente gracias a los avances tecnológicos, sino también a la voluntad de los empresarios de cuestionarse las reglas de la mentalidad empresarial existente y su disposición a correr un cierto riesgo. Los responsables de la planta vieron la oportunidad de aprovechar una fuente ya existente pero desperdiciada de energía y convertirla en electricidad rentable, además de reducir los costes de combustible y las emisiones de carbono.
Las historias de éxito como esta y otras descritas en el presente libro permiten extraer tres recomendaciones básicas para los líderes empresariales e inversores que quieran emularlas:
1- Convertir la gestión de la energía en prioridad estratégica. Los directivos más adelantados se darán cuenta de la importancia que revestirá en los próximos años no solo el aumento de la productividad laboral, sino en especial el de la productividad de la energía para su operatividad interna. Esto supondrá la priorización de la productividad energética, junto con los recursos humanos y la gestión financiera. La energía ya no debe ser tratada como un recurso marginalizado, de función secundaria, sino como uno cuyos costes de producción son controlables y que puede ser una fuente de beneficios recuperables.
2- Ser conscientes de las oportunidades de negocio y los riesgos que provocará la subida de los precios de los recursos naturales. La clave de una buena planificación de los negocios en un futuro cercano estará en concienciarse sobre la “tormenta perfecta” que nos espera, como consecuencia de la combinación de las fluctuaciones del mercado del petróleo, la tecnología de combustibles fósiles obsoleta y el escalamiento del cambio climático. Un efecto de todo ello que habrá que tener en cuenta es el aumento de los precios de los recursos naturales, empezando por el petróleo y el gas natural. Los riesgos financieros que aparecerán serán mayores, pero también las oportunidades para el empleo de las nuevas tecnologías. Aunque estas no sean imprescindibles para realizar la transición hacia las energías renovables, no por ello hay que ralentizar el desarrollo y la investigación que puedan acelerarla.
En este contexto, el protagonismo en la recuperación y el crecimiento con toda seguridad lo tendrán aquellas empresas que logren reducir los costes de la energía que gastan, a pesar de la subida inexorable del precio de los combustibles fósiles.
La aparición de medios de transporte nuevos, con fuentes de energía alternativas, y las nuevas concepciones urbanísticas crearán oportunidades aún mayores de innovación que necesitarán inversión. Como su fuente lógica se antojan las petroleras y eléctricas, que son las que cuentan con mayores reservas de dinero efectivo. Estas empresas tendrán que reconocer que los precios altos de los combustibles fósiles que generan sus beneficios también tendrán un efecto adverso sobre la demanda y el empleo en general, lo que, en principio, debería incentivarles a mantener bajos los precios e invertir en las alternativas para mantener la demanda.
3- Estar preparados, estén donde estén. La transición hacia las energías renovables viene a afectar a todos los sectores de la economía y los negocios. Las empresas que sean más rápidas en detectar las nuevas oportunidades y en adaptarse a las nuevas condiciones tendrán más posibilidades de sobrevivir.
En el pasado, la mayor parte de los costes de energía eran bajos y estables, por lo que no jugaban un papel importante en la planificación de los modelos de negocio, ni afectaban el préstamo o la inversión. Hoy en día la realidad está cambiando en cada eslabón de la cadena económica. Por ejemplo, un diseñador de los espacios de oficinas ya no puede limitarse a estimar los costes de la construcción por metro cuadrado; para ser competitivo, tendrá que tener en cuenta el coste total de todos los servicios de energía del edificio, su seguridad, las tecnologías que los proporcionan, su cercanía al transporte público, su capacidad para acoger las instalaciones de carsharing, la infraestructura para los vehículos eléctricos o el aire limpio.
La expansión de la población mundial y el consumo voraz de los recursos naturales están haciendo a la economía moderna cada vez más insostenible, especialmente por su dependencia exagerada de los combustibles fósiles, que empiezan a escasear. Una consecuencia de ello puede ser el resurgimiento de una conciencia colectiva en un mundo donde todos compartimos una preocupación común. En el futuro, continuaremos desarrollando nuestras habilidades y empresas específicas, pero nuestra capacidad de aprovechar la energía física de la que depende la producción de alimentos y cualquier otra actividad humana nunca debe desvincularse de nuestra conciencia.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de los autores
Robert U. Ayres es físico y economista, conocido por su trabajo sobre la termodinámica del proceso económico y su investigación del papel de la energía en el crecimiento económico. Es coautor de más de 18 libros y 200 artículos.
Ed Ayres fue director en jefe de 1994 a 2005 del Instituto Worldwatch de Washington, organismo responsable de la publicación anual State of the World. Sus intereses se centran en la relación entre la salud y la resistencia humana individual, y la sostenibilidad de las sociedades humanas.
Ficha técnica
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