Serendipity
Resumen del libro

Serendipity

por Guzmán López Bayarri

Cómo prepararnos para que el azar nos eche una mano con nuestros sueños

Introducción

Serendipity. Incluso dicha en inglés, esta palabra nos suena familiar, afable. Puede que no tengamos mucha idea de qué significa realmente, pero al escucharla sentimos una cierta seguridad. Es como ver un camino e intuir que si lo seguimos nos llevará a buen término o a conocer de repente a alguien y presentir que este conocimiento merece la pena. Algo en lo que confiar.
Y haremos bien en confiar en ella porque, efectivamente, es una palabra mágica. Encierra un significado que no contienen otras. Serendipity nos acerca a objetivos que ni siquiera nos habíamos planteado, nos trae aquello con lo que nunca habíamos soñado pero que, una vez descubierto, no podemos dejar de pensar en ello. Se trata de conseguir no lo que nos habíamos propuesto concretamente, sino algo que va mucho más allá.
El Oxford Dictionary la define como ‘ocurrencia o desarrollo de eventos fortuitos en un modo feliz o beneficioso’. Otras fuentes la definen como ‘capacidad para hacer descubrimientos deseables por accidente; encontrar algo magnífico mientras se busca otra cosa’. Por tanto, podemos concluir que serendipity es el descubrimiento de algo valioso de forma accidental.
¿Cuestión de suerte? Si conseguir el objetivo que nos hemos fijado es una cuestión de accidente, suerte o chiripa, eso significa que no ha sido planeado ni buscado y, por lo tanto, poco podemos hacer para que la serendipity llame a nuestra puerta. Es sensato pensar así. De hecho, se dice que el azar no se puede predecir, que no hay trucos para conseguir o atraer la serendipity. Pues bien, Guzmán López cree que sí y nos lo explica en detalle en su libro.
El desayuno más popular del mundo fue descubierto por serendipity. También el velcro, las tiritas, el caucho, la ley de Arquímedes, el rayo láser, las cookies de chocolate, la penicilina, el microondas, América, el Post-it, la radioactividad, etc. Todo esto no podía ser solo casualidad. Intrigado por este fenómeno, Guzmán López ha estudiado el proceso a fondo y ha descubierto que la serendipity no es únicamente cosa de azar. La suerte favorece a las mentes preparadas. Este libro nos enseñará justamente eso, cómo preparar nuestras mentes para que el azar, si es que existe, nos eche una mano con nuestros sueños.


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Los príncipes del siglo XXI

El vocablo serendipity apareció por primera vez en una carta del escritor y político del siglo XVIII Horace Walpole. Este acuñó la palabra asombrado por la lectura de un antiguo cuento persa titulado Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, en el que se narran los extraordinarios viajes de tres príncipes, así como las aventuras que vivían y los descubrimientos que iban haciendo, por accidente o sagacidad, de cosas que no estaban buscando.
El mundo está lleno de príncipes de Serendippo. Son personas normales y corrientes en apariencia, pero con un planteamiento muy distinto que los hace merecedores de los accidentes afortunados. Si no, que se lo digan a gente como Art Fry, Bette Smith o Ruth Wakefield. El Post-it, el Tippex y las galletas cookies son sus respectivos hallazgos. Los tres fueron curiosos, ingeniosos y valientes. No es fácil seguir la intuición por un pequeño descubrimiento; tampoco lo es enfrentarse a la norma de hacer algo diferente.
Para mantener vivo el espíritu de estos príncipes debemos tomarnos la vida de otra manera: adquirir cierta filosofía de vida en la cual los errores dejarían de tener el significado que tienen para la mayoría de la gente y pasarían a ser una buena oportunidad para descubrir algo valioso e inesperado. Un sueño dejaría de ser algo curioso para comentar en el desayuno y se convertiría en la semilla de algo realmente grande. Seguir una idea para ver adónde nos lleva, aunque sea por el mero hecho de jugar, puede ser el principio de algo muy interesante.
Pero ¿por qué no existen más príncipes? Hay varios factores que se entrecruzan y complican la respuesta a esta pregunta. Uno de ellos es el tiempo. Hoy en día, pocos se paran a reflexionar sobre algún accidente. No son muchos los que intentan dar la vuelta al problema y aprovechar la fuerza que suele contener. Otro de los factores es la confianza en uno mismo. A causa de los estereotipos y los mitos que hay creados con respecto a conceptos tan mantenidos como la inteligencia, la creatividad o la figura del genio, las personas que se consideran a sí mismas como normales piensan que ellas no podrán llegar a inventar, crear o descubrir nada.
Por lo tanto, lo primero que debemos hacer es confiar más en nosotros mismos. Con eso partimos de la base de que todos tenemos talento, pero que muchos no lo llegamos a desarrollar nunca. Serendipity nos ayuda a descubrirlo gracias a las oportunidades que nos brinda. Alimentos como el dónut o el dulce de leche, juegos como el Monopoly o el Trivial Pursuit, o remedios como las tiritas o la píldora anticonceptiva los descubrieron personas que no trabajaban en esos campos por serendipity.
Como hemos visto, aprovechar el tiempo, se haga lo que se haga, y la confianza en uno mismo son, por consiguiente, unas constantes tanto para las personas como para las organizaciones que decidan apostar por la cultura corporativa. Pero aún hay más. A continuación veremos que no solo se consiguen buenos resultados siendo valientes o extremadamente curiosos: todos nuestros príncipes siguieron, sin saberlo, una serie de pasos que los llevaron a conseguir su objetivo. Precisamente es de lo que vamos a hablar a continuación: de la importancia de tener un objetivo.

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Apunten… ¡fuego!

¿Ha intentado alguna vez componer un puzle sin haber visto la imagen que debe representar? Si lo ha hecho, se habrá dado cuenta de que es bastante más difícil que con la imagen de muestra. Esto es básicamente lo que nos sucede cuando no sabemos lo que buscamos; nos resulta complicado, por muy inteligentes que podamos ser, descubrir la respuesta a una pregunta mal formulada.
En la vida diaria sucede lo mismo. Los estímulos, las respuestas y las ideas exitosas están ahí fuera, pero, sin un molde en que puedan encajar, ni siquiera reparamos en ellas. Son, realmente, como esas piezas de un puzle desordenado sin una imagen de referencia con la cual podamos guiarnos entre todo ese caos. Las piezas no nos dicen mucho por sí solas, pero si nos ponemos a separarlas, analizarlas y a ver las relaciones que hay entre ellas, y, por fin, las configuramos para que tengan sentido, una magnífica imagen aparece ante nuestros ojos. El esfuerzo ha valido la pena. Si lo que queremos es encontrar la solución a un problema, esa idea que tanto se nos resiste o, mejor aún, algo realmente tan genial que ni siquiera pensábamos encontrar, tendremos que apuntar bien antes de disparar.
Nosotros percibimos la realidad por medio de nuestros cinco sentidos. La vista, al igual que los demás, es un mero instrumento para recoger información del medio que nos rodea, con la finalidad de que nuestro cerebro la seleccione, la analice y, por último, le dé un cierto sentido. Nuestro mirar no es un mirar puro, sin condiciones. Así lo ilustra el eximio neurólogo Oliver Sacks en su relato Ver y no ver, al afirmar que “el mundo no se nos da, construimos nuestro mundo a través de una incesante experiencia, categorización, memoria, reconexión”. La mirada inteligente anticipa, previene, utiliza información sabida, reconoce, interpreta. Y ese mirar inteligente, mediado por la cultura a la que pertenece el sujeto, es el que nos da información acerca de lo que estamos viviendo.
Se podría decir que las personas tenemos una visión ante la vida muy concreta. Esa visión actúa como un molde, deformando la realidad y adaptándola a esa forma de pensar con el fin de ser lo más congruente posible y no desentonar demasiado. Nos da una actitud hacia la vida. A cada uno, la suya. El mundo exterior dependerá de esa actitud. Además de esa actitud podríamos detectar otros mecanismos, como los intereses. Cada persona tiene sus intereses y además estos van cambiando a lo largo de la vida. Tener un interés en algo aumenta considerablemente la probabilidad de verlo por todas partes. ¿No es cierto que se ven más embarazadas en la calle cuando se espera un bebé? No hay como tener algo en la cabeza para verlo por todas partes.
El hecho de tener un interés particular actúa como un filtro, que deja pasar a la conciencia solamente la información que nos compete, y todo lo que nuestro “seleccionador” no considera oportuno se va directamente al subconsciente. Si a ese seleccionador no se le da la orden de recoger esa información, sencillamente se pierde o pasa desapercibida. Por eso es tan importante tener un foco en el que pensar.
A menos que se tenga un especial interés sobre algo, la serendipity pasa desapercibida. Recuerde: aunque sea el mejor arquero del mundo, necesita una diana donde apuntar, un objetivo, una meta. Si no, es posible que las flechas salgan disparadas sin ningún sentido. Si tenemos algo en que pensar, el mundo que nos rodea empezará a darnos pistas a modo de regalo. De hecho, como veremos ahora, ya lo ha empezado a hacer.
Hemos visto que el primer paso para que la serendipity nos visite es descartar la casualidad, ya que no nos aporta nada. Si la serendipity existe, que nos pille trabajando, diría Picasso. Y es que, si bien es cierto que la casualidad puede ocurrir cuando menos lo esperamos, debemos poner bastante de nuestra parte para recibirla como solo ella merece. Así que el primer consejo es el siguiente: eliminemos completamente las palabras casualidad, azar, suerte y destino de nuestro vocabulario para siempre, ya que son realmente contraproducentes para nuestros objetivos.
Una vez hecho esto, nos queda la importante tarea de obtener un foco. Hemos visto que un buen foco aumenta el interés en un tema concreto y, así, hace que nos fijemos más en las cosas. Por tanto el segundo consejo es este: escribamos lo que nos interese y creemos nuestros focos a partir de ahí. Si lo tenemos presente en todo momento, veremos que la vida a nuestro alrededor se transforma y todo tiene relación con él. Veremos todo un mundo dispuesto a pasar por el molde que acabamos de crear, estaremos viendo las cosas desde otra perspectiva. Tenga por seguro que ahora estamos más cerca de ser visitados por la serendipity.

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Lluvia de estímulos

¡Protéjase! Miles de estímulos externos le están acribillando en estos momentos, pero sus sentidos no dan abasto. El ruido del coche al pasar, el olor del césped recién cortado, el cierre ajustado de sus zapatos, el sabor del chicle que está masticando… y, así, docenas de estímulos como estos están siendo captados por sus diferentes sentidos para su posterior análisis, clasificación y aprobación o rechazo. Si el estímulo carece de interés en esos momentos, quedará relegado al subconsciente, quizá para siempre.
Si por el contrario es algo que nos toca la fibra, será algo que experimentaremos de manera consciente. Ambos nos afectan, la diferencia estriba en que cuando reaccionamos al primero no sabemos muy bien por qué lo hacemos. Este mecanismo mental es tan curioso como efectivo, por lo que los publicitarios no dudan en echar mano de ello para que su trabajo tenga el éxito deseado.
Quizá sea de los que creen que el anuncio no puede afectarle demasiado. Ni siquiera lo veo, podría llegar a pensar. Pero más allá de lo que el consciente nos diga, el subconsciente nunca para de trabajar. Queramos o no, estamos expuestos a miles de anuncios que hay a nuestro alrededor, y queramos o no, esto nos afecta. De hecho, es así como funciona la publicidad subliminal.
Por tanto, para que el subconsciente pueda trabajar a su gusto, el truco está en llenar de estímulos nuestra cabeza. Si algo hemos aprendido de la publicidad es que cualquier cosa que nos haya llamado la atención en algún momento puede volvernos a la memoria trayéndonos algo completamente inesperado.
Los estímulos externos llegan a nosotros como una llovizna continua y ese chispeo constante llega a convertirse en una rutina para nuestra percepción. Y es que los casos de serendipity rara vez se producen de golpe. Se trata más de un goteo continuo que de un chaparrón. El problema es que muchas veces no nos damos cuenta de esa llovizna continua y, simplemente, la ignoramos. Incluso la persona más motivada y con un objetivo claro en su cabeza puede desatender esos cantos de sirena. Los accidentes afortunados siempre tienen una larga historia detrás. Vista a posteriori tiene bastante sentido, pero mientras dura el proceso es casi imposible percatarse de ella. El problema es que en muchas ocasiones hace falta un buen chaparrón para gritar el ansiado: “¡Eureka!”.
En los casos de serendipity, miles de pistas nos asedian a diario, pero muchas veces no somos lo bastante sensibles para saber reconocerlas. Estas pistas van calentando nuestra bombilla y, cuando por fin se enciende, vemos con claridad la idea buscada. Es bastante raro que la bombilla se encienda sin calentarse antes, pero por fortuna tenemos métodos para que eso ocurra.
Cuando armamos un puzle pieza por pieza hasta el final, adquiriendo un compromiso, el ojo empieza a analizar las piezas, discriminando, hasta que comienzan a tener sentido y cada día que pasa nos volvemos más ágiles. Con las ideas ocurre algo similar; todas están ahí pero no siempre las vemos. Cuando somos conscientes de ellas, simplemente ya no podemos dejar de verlas y de aprovecharlas.
De niños completábamos esos dibujos donde aparecen decenas de puntos que debíamos unir para así conseguir la figura que se esconde tras ellos. Ahora, de adultos, hacemos algo similar con nuestros pensamientos, intenciones y acciones. Únicamente nosotros somos los responsables de escoger entre unos puntos y otros, y diseñamos, así, el resultado de nuestras acciones. El problema es que casi nunca somos conscientes de ello. Garabateamos más que dibujamos y, de esta manera, sale lo que sale. Improvisamos más que componemos.
Por qué esto es así resulta algo bastante complejo. Falta de tiempo, de planificación, dificultad para elegir los puntos adecuados, etc. Pero ya que a priori no lo solemos estudiar, lo que sí podemos hacer es aprender de nuestros dibujos ya creados. Si presuponemos que todos los dibujos están formados por puntos y líneas que los unen, no hay razón para menospreciar la importancia de sus componentes. Analizando cuáles son y qué trayectoria llevan esos puntos, podremos entender mucho mejor el dibujo.
En un artículo, Steve Jobs relata aspectos de su vida, como por qué dejó los estudios, cómo eso le hizo tener tiempo para meterse en un curso de caligrafía y cómo gracias a ese curso utilizó esa técnica para hacer los caracteres del Mac que lo diferenciarían de todo lo conocido. Todo eso lo hizo porque, según él, se lo dictó el corazón. Dice: “En definitiva, no es posible unir los puntos mirando adelante; se pueden unir solo después, mirando atrás. Así se puede tener siempre fe en que, de un modo u otro, en el futuro los puntos se podrán unir. Es necesario creer en cualquier cosa: nuestro ombligo, el destino, la vida, el karma, lo que sea. Porque creer que al final los puntos se unirán nos dará la fe necesaria para seguir a nuestro corazón también incluso cuando esto nos aleje de los caminos más seguros y haga diferente nuestra vida”.
Es evidente la importancia de seguir nuestro instinto, creyendo en algo, teniendo fe en nosotros mismos. Muchas veces, seguir nuestras pequeñas corazonadas tiene mucho sentido, solo que no lo podemos descubrir hasta el final. Es un camino únicamente para exploradores natos, valientes y guerreros de pro.
Ahora, fijemos nuestra atención en nuestra rodilla izquierda. Preguntémonos si antes de leer esto éramos conscientes de ella. Sí, sabemos que tenemos una rodilla izquierda y que si no nos da problemas es que todo va bien. Ahí entra la llamada economía cognitiva. ¿Por qué no estamos más atentos de todo? En primer lugar, porque eso es imposible y, en segundo, porque tardaríamos una eternidad en hacer cualquier cosa. Este sistema económico está bien pensado para un óptimo funcionamiento diario desde un punto de vista práctico (es imposible que se nos olvide respirar), pero si lo que deseamos es provocar un accidente serendípico, no basta con ir por la vida con el piloto automático conectado todo el día.
Cuando en nuestra vida se acumulan demasiadas cosas no-pensadas o automáticas, es decir, cuando estamos abusando de esa economía cognitiva más de la cuenta, dejamos de ver, nos volvemos ciegos ante la realidad. Como dice Nigel Barlow en Re-think: “el punto ciego del ojo humano no es el punto físico en el que los nervios conectan con la retina del ojo, sino nuestra suposición inconsciente de que el mundo es tal como lo vemos”. Y es que factores como la rutina, el miedo, el conformismo y el acomodamiento parece que nos agarran a la fuerza y nos encierra en una caverna.
El mayor antídoto contra esa rutina es la curiosidad. Para mucha gente, esta cualidad es percibida como algo negativo. Pero, aunque es cierto que la curiosidad y el cotilleo están separadas por una línea demasiado fina, como siempre, depende de cómo la utilicemos. La curiosidad es una herramienta muy poderosa y depende del buen o mal uso que le queramos dar. Si nos decidimos por el primero, estaremos abriendo un espacio para la serendipity o, como la llamaba Arthur Koestler, esos maravillosos chistes del destino.
Ahora que ya sabemos la importancia de ser curiosos, el siguiente paso es adquirir ciertos hábitos para que poco a poco nuestra curiosidad vaya despertando. Así que preguntémonos por qué sobre todo lo que podamos. Investiguemos cualquier cosa que nos llame la atención y sigámosla durante un rato hasta topar con un muro infranqueable. Como le ocurrió a la fantástica Alicia, nunca se sabe qué hay al final de la madriguera.
Otra de las maneras es empezar a introducirnos en otros mundos. Cuanto más desconocidos y, a priori, sin interés para nosotros, mucho mejor. Formas de introducirnos en un nuevo universo hay tantas como queramos: desde hablar con gente con la que nunca hablaríamos, hasta vestirse con ropas que nunca vestiríamos. Otras formas de hacerlo son viajar, probar platos nuevos, ingredientes diferentes, cambiar de barrio por un día, entrar en un bar desconocido, etc. Y, por último, convenzámonos a nosotros mismos de que no, no somos lo suficientemente curiosos, siempre se puede serlo más. Eso es lo que más nos ayudará a huir de la rutina.
La vida siempre esta chispeando pequeños estímulos. Esto es tan cierto que no para ni en sueños. El gran científico Kekulé se inspiró en dos de sus sueños para escribir por primera vez la fórmula del benceno. Otros casos en los que la serendipity se ha manifestado en sueños fueron los de Watson y Crick con la estructura del ADN o el famoso poema de Samuel T. Coleridge titulado Kubla Khan. Las nuevas ideas y curiosidades nos pueden llegar de muchas maneras siempre y cuando estemos abiertas a ellas.

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Aquellos exitosos fracasos

Antes de nada deberíamos plantearnos qué es el fracaso. Según la Real Academia de la Lengua, sería un malogro, un resultado adverso de una empresa o negocio, lastimoso, funesto e inesperado. Fracasar no es exactamente lo contrario de tener éxito, sino solo un punto importante del camino por donde debemos pasar, pero no necesariamente permanecer. A mucha gente esta sensación la confunde, ya que asocia la falta de éxito obtenido con el nivel de sus habilidades y recursos personales. Interpretan erróneamente que el fracaso se ha producido por su falta de competencia en ese campo y esto aumenta las posibilidades de abandono del proyecto. Y vuelven a quedarse sin ese objetivo o reto tan importante para la serendipity. Así pues, el fracaso visto desde esa frustración solo hace que nos anclemos en nuestra rutina y no podamos avanzar.
Dicen que Thomas Edison fracasó cientos de veces hasta inventar finalmente la bombilla. Una vez, en uno de sus sonados fracasos, un joven periodista le preguntó acerca de cómo se sentía con esta última decepción, a lo que el gran inventor le respondió algo así como: “Yo no he fracasado, solo he intentado mil maneras de no inventar una bombilla”.
Algo similar sucede con el dolor: nadie desea el dolor, ¿verdad? El dolor es un don de la naturaleza, una alarma que nos avisa de cualquier amenaza con el fin de iniciar una conducta para solucionarlo. A veces, simplemente con un ligero movimiento, evitamos un desastre. El dolor nos ha avisado.
El fracaso también actúa como una alarma. Nos avisa de que el camino tomado no es el correcto. Sin su ayuda es bastante probable que continuáramos una y otra vez actuando de la misma manera. Esto no nos llevaría a ningún otro sitio, ya que se sabe que es de locos creer que haciendo las cosas de la misma manera se puedan obtener resultados diferentes.
Analizar el fracaso nos puede ayudar más de lo que creemos. Por un lado, nos ayuda a poner esa señal de calle cortada. Por otro, nos da infinidad de pistas de por dónde puede ir la solución. Y por último, es uno de los ingredientes básicos para la serendipity. Sin accidente no hay serendipity.
Transformar el fracaso en un posible éxito requiere tener una gran flexibilidad mental. Muchas veces, tener un objetivo claro hace que no podamos fijar la atención en nada más. Pero plantearse un objetivo no tiene que ir necesariamente ligado a conseguirlo. El valor de tener una meta reside más en la motivación que en su consecución. Hay veces que las cosas no salen como uno pensaba, pero justo ahí reside la magia del poder de lo inesperado.
¿Cuál es la diferencia entre las personas que han tenido éxito y las que no? Las triunfadoras se caracterizan por la capacidad para concentrarse en los resultados positivos que se pueden extraer del error, mientras que las demás se aferran a lo que podríamos llamar “el lado oscuro del fracaso”. La manera de reaccionar ante el fracaso marcará el futuro de nuestro éxito. La mayoría de accidentes afortunados son, en definitiva, hechos inesperados, improbables y muchas veces poco agradables. Por eso, en nuestra mano está el acto de acabar de bautizarlos, dotándolos de ese valioso apellido de afortunados.

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Mófate y ya se verá

¿Qué queremos decir con mófate? Mófate es, principalmente, ríete. Ríete de todo y todo lo que puedas. La vida es demasiado corta para tomársela en serio, decía Oscar Wilde. La risa es una herramienta que nos puede ayudar en cualquier aspecto de nuestras vidas. Desde el punto de vista físico, nos relaja; en el ámbito social, nos une; pero lo más interesante se produce psicológicamente: la mofa nos estimula, nos hace más creativos. Mucha gente podría decir que, al reírse de alguien, el humor es más bien negativo y que eso no tiene nada que ver con la creatividad y mucho menos con la serendipity. Pero no es exactamente así.
Al vivir una situación absurda o conocer a alguien curioso, uno puede apartarlo de la realidad convirtiéndolo rápidamente en un personaje. A partir de ese momento, esa persona carece de interés y nos queda la esencia para crear, exagerar, inventar y dar rienda suelta a nuestra fantasía. De esta manera, siempre se protege la identidad y el prestigio de la persona. Si hemos aprendido a mofarnos correctamente, ahora todo serán ventajas, empezando por haber mejorado sustancialmente el sentido del humor, que no es poco. El humor llama al buen humor. “Ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo”, nos decían en la película coreana Oldboy. Y es cierto. A la serendipity le gusta el buen humor.
Muchas personas que han triunfado parece que conocen esta ley y la han aplicado con éxito. Ben Cohen y Jerry Greenfield, por ejemplo, son una muestra de ello. ¿Quién puede imaginar que con solo un curso por correspondencia de elaborar helados pudieran construir una de las franquicias más famosas del mundo? Ben & Jerry´s sigue la máxima de “si no es divertido, ¿para qué hacerlo?”, y parece que les funciona a las mil maravillas.
Donde nos lleva una broma no nos lleva nadie. Si tomamos como modelo el pensamiento lateral (el creativo, diferente al lógico o racional), vemos que el humor, entre otros, desplaza nuestra forma de mirar las cosas, de pensar e incluso de sentir. Si nos pegan un puñetazo mientras nos cuentan un chiste no nos importará demasiado. Estaremos demasiado ocupados riéndonos. No hay dolor.
La creatividad tiene forma de embudo. En la parte ancha del embudo tenemos una gran apertura que nos vale para recoger todas las ideas, estímulos, inputs y curiosidades. Cuantos más recojamos, mejor. En esta fase no nos importa tanto la calidad como la cantidad. Lo importante aquí es desinhibirse, reírse o, por qué no, mofarse. Cuanto más hagamos esto, más inputs tendremos luego para procesar.

Si tú estás duro, yo tengo tiempo

“Si tú estás duro, yo tengo tiempo”, dijo el perro al hueso, según Oscar Wilde.
Los obstáculos a veces parecen demasiado grandes para flanquearlos, pero siempre que hagamos un buen trabajo, nuestra mejor arma para superarlos será la constancia. Ella nos lleva a logros que jamás imaginamos. Pero, aclaremos, antes de seguir, una confusión corriente entre dos términos parecidos, pero muy distintos a la vez: se trata de la constancia frente a la paciencia. Estos dos conceptos se mezclan equivocadamente con demasiada facilidad, y eso, al confundir a la persona, la hace actuar de manera que acaba perjudicando sus objetivos. Hablemos, pues, de ellas.
El diccionario define la paciencia como ‘la capacidad para soportar con resignación desgracias, trabajos, ofensas’, o ‘tranquilidad para esperar’, o bien ‘calma para hacer trabajos minuciosos o entretenidos’. Se puede observar que todas las definiciones que se dan del término paciencia se pueden englobar en una categoría mas bien pasiva o de espera. La paciencia es más esperar que hacer, más aguantar que actuar, y eso a la serendipity no le gusta nada. Es como decir: yo no trabajo porque juego a la lotería. Si no me toca hoy, me tocará mañana. Tengo mucha paciencia. Y quedarse tan tranquilo esperando.
Aunque, ciertamente, la paciencia es una gran virtud, lo único que aporta a la serendipity es el no desesperarse si nuestros accidentes afortunados se hacen esperar más de la cuenta. Por el contrario, la constancia tiene más que ver con el esfuerzo. El diccionario la define como ‘firmeza y perseverancia en las resoluciones, en los propósitos o en las acciones’. Queda claro, entonces, que la constancia está más asociada con la acción que con la reacción, con el perseverar que con el esperar. Y por eso es más probable que esta atraiga la serendipity.
Nadie sabe por qué suceden las casualidades, pero sí hay algo curioso respecto a ellas: aparecen más a menudo en la medida en que nos involucramos en algo. Cuanto más complejo, más estimulante y más a largo plazo sea el camino hacia nuestro objetivo, más oportunidades de serendipity tendremos. Si esto es importante para que nos ocurran eventos inesperados, mantenerlos en el tiempo no lo es menos. Y es que, sin la motivación y constancia para mantener un objetivo en nuestras cabezas, es normal que este caiga y que resulte dificultoso resucitarlo.
Por eso hemos hablado aquí de lo importante que es mantenerse constante en nuestra batalla personal y de la diferencia que existe entre las muchas veces confundidas paciencia y constancia; recordemos que los príncipes de Serendippo eran luchadores, guerreros. No eran para nada hermanitas de la caridad que aguardaban rezando en su casa a esperar que los resultados les cayeran del cielo. Muchas veces no es necesario alcanzar lo que nos habíamos propuesto. Por serendipity algo se nos ha cruzado en nuestro camino y hemos decidido agarrarlo bien fuerte. Les ha pasado a miles de personas. Con un poco de constancia, puede que lo consigamos nosotros también.

Un, dos, tres… ¡y acción!

No una. Ni dos. Tres horas. Tres horas y media cada día. Ese es, según el Instituto Nacional de Estadística, el tiempo que, tanto hombres como mujeres, dedican a ver televisión a diario. Las 21 horas restantes se las llevan el trabajo, dormir y tareas como el aseo personal, comer e ir al baño. Por último, nos quedaría un pequeño porcentaje en el que cada uno hace más o menos lo que quiere y puede. Esto nos muestra que la mayor parte de nuestro ocio es más pasivo que activo, más reactivo que proactivo.
Por tanto, la televisión, el mayor enemigo del ocio activo, se apodera de nuestro tiempo privándonos de hacer muchas cosas. Una de ellas es salir. Salir donde sea, pero salir de casa. Encerrarse en casa a pensar es altamente recomendable, pero no basta. Para que lo inesperado aparezca en nuestras vidas tenemos que salir a buscarlo. La verdad está ahí fuera. Ya sabemos que, cuando uno no lleva ninguna dirección, es bastante probable que acabe en cualquier lugar, y eso es precisamente lo que queremos. Lo único importante es abrirse a lo inesperado, ver qué nos puede traer; en definitiva, salir a buscarlo: de esta manera seguiremos comprando números para esta lotería tan especial llamada serendipity.
Y es que alejarse de un sitio implica conocernos mucho más, ya que el mundo al que tan acostumbrados estamos cambia por completo. Al cambiar las reglas ya no nos encontramos tan seguros y es entonces cuando nos toca desplegar todas nuestras habilidades. Es un nuevo juego en el que debemos dar lo mejor de nosotros mismos. De hecho, todo lo que ocurre cuando salimos a pasear o de viaje es así, una gran apertura a lo inesperado. El escritor italiano Fabio Volo dice en su maravilloso libro Un posto nel mondo: “Cuando viajas y te adaptas y haces un poco de todo y te suceden las cosas más extrañas, es difícil de explicar. Es como si hubiese una ley universal que te protege”. Esta ley universal también se da en los accidentes afortunados. Dicen que quien busca encuentra. Bien, pues deje de buscar en su cabeza y salga a dar una vuelta. Recuerde: la verdad está ahí fuera.
Haciendo cosas descubrimos otras. No hay mejor manera para acercarnos a lo inesperado que iniciando cualquier acción. No importa que la actividad elegida sea escribir, pintar o cocinar, lo que está claro es que, en el mismo camino que empecemos, nos iremos encontrando diferentes métodos, formas y elementos que nos llevarán a algún lugar donde ni siquiera pensábamos ir. Nos acercaremos al tan deseado estado de flow del famoso psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi. En ese estado, el grado de implicación es tan alto que incluso cuesta salir de la propia tarea. Si dejamos que fluyan nuestros andares mentales y físicos, seguramente nos toparemos con la serendipity. Así lo hicieron algunos príncipes y nos dejaron la aspirina, el lego, la penicilina…

Conclusión

Tras recorrer juntos el camino de la serendipity, Guzmán López nos cuenta cómo este libro surgió de ella. Una infinidad de historias se cruzaron y entrelazaron para que usted, lector, haya leído, o esté leyendo este libro (o resumen). Posiblemente no iba buscándolo, pero ha dado con él. Solo esperamos que le lleve a algo mejor de lo que iba buscando. Únicamente así podremos decir que se trata de serendipity.
Ahora que conoce las herramientas que nos acercan más a lo inesperado, actúe. Como venimos diciendo a lo largo del libro, sin acción nada vale la pena. Por eso le pediríamos que se convirtiera en protagonista del libro y el último capítulo lo escribiera usted. Sería genial reunir cientos de historias escritas por la gente en que relataran su propia experiencia. Unos nos contarán cómo encontraron un trabajo genial; otros, cómo inventaron su mejor receta e, incluso, alguien puede que nos cuente cómo este libro se convirtió en uno de sus pequeños puntos para hacer un gran dibujo. Quién sabe lo que podemos encontrar. Para ello solo tiene que entrar en la web del libro (www.serendipityweb.es) y mandar su historia serendípica.
Soñar es maravilloso y eso nos hace mucho más creativos de lo habitual. Creatividad y serendipity no están en absoluto alejadas. De hecho, se complementan muy bien. Lo inesperado siempre ha ayudado al valiente y al curioso, pero también al creativo, que curiosamente posee esas dos características. Ahora la decisión está en sus manos. Usted es quien tiene que hacer que las cosas ocurran. Dependiendo de cómo lo haga, puede que incluso se encuentre con esta nueva conocida que es serendipity.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Guzmán López Bayarri es, entre otras muchas cosas, consultor, formador, escritor, psicólogo, músico y viajero. Profesionalmente colabora con distintas empresas y universidades, y en todo lo que hace hay un mínimo común múltiplo: la creatividad.
Ficha técnica
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