Nunca es demasiado tarde
Resumen del libro

Nunca es demasiado tarde

por Tom Butler-Bowdon

El poder del pensamiento a largo plazo

Introducción

 

¿Cree que todavía le queda tiempo para alcanzar lo que lleva deseando hace tanto tiempo? ¿Su profesión o su empresa van por buen camino pero no han desarrollado todo su potencial? No es demasiado tarde.
Durante diez años me dediqué a leer cientos de libros de autoayuda, éxito, motivación, espiritualidad y psicología. En todos faltaba algo: el papel que desempeña el tiempo en el desarrollo de una persona. La inmensa mayoría de los triunfadores que cito en este libro tardaron años en alcanzar su objetivo.
Como dice una cita que una vez oí, “la mayoría de la gente sobrestima lo que es capaz de conseguir en un año y subestima lo que puede conseguir en una década”. Cualquier persona puede lograr grandes metas, y solemos materializarlas cuando nos damos el tiempo necesario para ello y dividimos un gran proyecto en pequeñas etapas. También es posible descubrir nuestra pasión tras dedicarnos durante años a otras cosas.
Eso no significa que seamos poco ambiciosos, sino que ajustamos el tiempo a lo que esperamos alcanzar. Esta es mi teoría alternativa del éxito, que nos permite dar forma a nuestra vida con más precisión de la que creemos. Tiene mucho más tiempo del que cree para lograr sus objetivos y es más probable que triunfe cuando deje de perseguir grandes momentos y se conceda el tiempo necesario para hacer realidad un proyecto.
Es posible que a su vida y al éxito que ha estado deseando les falte un ingrediente esencial; este libro trata de él. No afirmo que le cambiará la vida, pero estoy seguro de que le ayudará a pensar de otro modo y le dará otra oportunidad para ser una persona extraordinaria a su manera y a su propio ritmo.

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La vida no es corta: precalentamiento y visión a largo plazo

En el mundo moderno, el tiempo se ve como un lujo escaso o un enemigo, pero Warren Buffett se convirtió en el mayor inversor de la historia al contemplar el tiempo como un aliado. Tras elegir una compañía en la que invertir, dejó que el tiempo diera sus frutos y a menudo se aferró a una apuesta durante décadas. Su ejemplo nos dice: primero toma una buena decisión y deja luego que el tiempo se ocupe del resto.
El éxito verdadero es fruto de una profunda reflexión sobre una empresa o un problema. Lo que la gente más valora es lo más rápido o fácil de hacer, pero la facilidad y la rapidez son productos de años de práctica, perfeccionamiento, amor, reflexión y habilidad.
La adopción de marcos de tiempo razonables hace que alcanzar el proyecto más ambicioso sea más previsible de lo que parece. Asimismo, al ampliar su idea del tiempo, usted se renovará y tendrá más energía para emprender nuevos proyectos. La clave del triunfo reside en entender el tiempo de forma realista, tanto para poner en marcha su proyecto como para finalizarlo.
La mayor esperanza de vida actual nos ofrece muchas oportunidades para triunfar. Hace un siglo la esperanza de vida de un estadounidense al nacer era de 46 años. En el año 2000 era de 74 años para los varones y casi 80 para las mujeres. En 100 años, la esperanza de vida en los países ricos ha subido un asombroso 40 % y continúa aumentando por lo menos dos años más por década. Por otra parte, millones de personas están descubriendo que a los 90 años pueden seguir activas y llevar una vida autónoma.  
La mayor esperanza de vida tiene un efecto interesante: el dinero disminuye su valor comparado con la salud. ¿Qué prefiere, ser rico y morir a los 45 o tener unos ingresos medios y vivir hasta los 85? La mayoría de nosotros seremos nuevos ricos en tiempo.
Si lo duda, haga el ejercicio creado por el psicólogo David J. Schwartz, para quien uno es tan mayor como se siente. En 1959, cuando la esperanza de vida era menor que ahora, propuso hacer el siguiente cálculo para saber qué porcentaje de años productivos nos quedaban: suponiendo que la vida productiva esté entre los 20 y los 80 años, calcule los años que le quedan para llegar a los 80. Divida el resultado entre 60 y a continuación multiplíquelo por 100. Si tiene 30, la operación es (50/60) x 100 = 83 % de tiempo productivo. Si tiene 40 años, le queda un 67 % de tiempo productivo; si tiene 50, le queda el 50 %; y si tiene 60, dispone del 33 %.
Warwick Mayne-Wilson es un buen ejemplo. A los veintipocos años comenzó a trabajar en el servicio diplomático australiano y a los 42 años figuraba en la edición australiana de Quién es quién en el mundo. A los 49 años, Warwick se matriculó en arquitectura del paisaje. Cuatro años después comenzó a trabajar en esa profesión y se doctoró en conservación del patrimonio. A lo largo de décadas, se hizo famoso y emprendió muchos proyectos. A sus 73 años, dice que “cada día aspiro a hacer algo positivo, a dar un paso más en algún área de actividad o interés” y que sus amigos diplomáticos jubilados “me envidian por lo contento y ocupado que estoy a mi edad”.
La visión a largo plazo: una forma sencilla de sumarse a la élite. En 1970, el politólogo Edward C. Banfield publicó el libro The Unheavenly City, cuyo propósito era identificar lo que permitía a algunas personas salir de la pobreza y triunfar en la vida, mientras que otras quedaban atrapadas en la primera a lo largo de generaciones. Su conclusión fue que cada uno era causante de la inmovilidad social porque las personas de clase baja tenían una “visión puesta en el presente”, mientras que las acomodadas apreciaban el tiempo a largo plazo.
Tener una visión a largo plazo produce cambios radicales en nuestras decisiones diarias. Si decidimos ahorrar para la universidad de nuestro hijo, cambiaremos nuestro uso del tiempo y nuestros hábitos diarios. Esta visión de futuro crea, a lo largo de las generaciones, la seguridad de ser dueños de nuestros destinos, un rasgo característico de las clases altas, según Banfield.
Jeff Bezos, fundador de Amazon, provenía de una familia de clase media alta, pero su consejo para los emprendedores es el mismo que el de Banfield, percibe el tiempo de forma diferente que tus iguales. En la década de 1980, Bezos tenía un buen trabajo en Nueva York, pero le atraía el nuevo mundo de internet. Cuando le dijo a su jefe que dejaba su trabajo para vender libros en la red, este se lo llevó a pasear dos horas por Central Park para hacerle cambiar de idea.
Bezos se imaginó su futuro a los 80 años recordando su vida y se preguntó si se arrepentiría de haberse arriesgado a crear un negocio fracasado en internet. La respuesta fue un rotundo “no”. El orientador profesional Brendon Burchard hace tres preguntas a los que se plantean cambiar de vida: ¿he vivido, he amado, he dejado huella? La mayoría de las personas no se hacen preguntas así en el presente a pesar de que son una poderosa fuente de creatividad y de acción.
Winston Churchill llegó a ser miembro del Parlamento a los 26 años y ministro a los 34. Tres años después le nombraron lord del Almirantazgo para que reforzara el ejército y la armada británicos. En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Churchill dirigió una desastrosa campaña en el estrecho de los Dardanelos. Aunque mantuvo puestos ministeriales en los años posteriores, cayó en desgracia y se retiró de la política. Entonces se dedicó a escribir y a pintar. A finales de la década de 1930, con el auge nazi, desempeñó un papel importante de inflexibilidad ante Hitler y llegó a ser primer ministro a los 60 años. Su fracaso a los 40 años fue la base de su éxito a los 60.
Henry Ford no fundó su empresa de automóviles hasta los 40, y antes de triunfar tenía a sus espaldas un largo aprendizaje como mecánico, inventor y empresario fracasado. Como dijo a un amigo suyo, “me gusta comunicar a los demás la serenidad que nos da la visión a largo plazo de la vida”. Esta visión nos permite centrarnos en lo que estamos haciendo y prever los obstáculos. En los negocios, las grandes compañías llegan a serlo porque poseen más visión de futuro que las otras. Esto les permite apostar mejor por una inversión destinada a varias décadas.
Josephine Esther Mentzer se crio a varios kilómetros de Nueva York. Las personas que más influyeron en su juventud fueron su cuñada Fanny, que dirigía unos almacenes, y su tío John, un químico que vendía cremas faciales, lociones y perfumes. Esty creía que la crema facial de su tío era maravillosa, comenzó a elaborarla en su casa y a los 22 años la vendía en salones de belleza. A esa edad se casó con Joseph Lauder, que rondaba los 30, pero cuando su hijo tenía seis años se divorció de él y siguió vendiendo sus productos de belleza en Nueva York y Miami.
Joe y ella volvieron a casarse cuando Esty tenía 31 años. En 1947, cuando rondaba los 40, fundaron Estée Lauder Inc. Durante diez años, Estée viajó por EE. UU. para vender sus productos. En 1960 la compañía ganó su primer millón de dólares y a ella le debemos productos como Aramis y la línea de Clinique. La familia Lauder sigue conservando el 70 % de las acciones con derecho a voto de la empresa.
La élite social y económica suele tener otra noción del tiempo. No piensa en años o décadas, sino en generaciones. Esto lo demuestra otra historia de éxito empresarial, la de Sony. En 1946, en la estructura calcinada de unos grandes almacenes de Tokio, varias personas fundaron la Tokyo Telecommuncations Engineering Corporation. Entre ellos estaban Masaru Ibuka, de 38 años, y Akio Morita, de 25. Ambos compartían el sueño de lanzar productos nuevos que ayudasen a la sociedad.
En 1955, su empresa era una compañía mediana en Japón, pero Morita tenía la vista puesta en EE. UU. y fundó la Sony Corporation of America, la primera compañía japonesa en hacer algo así. Su empresa se convirtió en la más importante en la venta de aparatos electrónicos y lanzó al mercado dispositivos como el Walkman. Morita provenía de una familia dedicada durante quince generaciones a destilar sake y hacer salsa de soja y mijo. Sin embargo, su padre le permitió estudiar ingeniería y trabajar en otro sector. Pero Akio Morita conservó las tradiciones familiares y siguió presidiendo sus reuniones a pesar de dirigir la compañía Sony.
Las compañías japonesas son famosas por su gran visión de futuro, pero no son las únicas. General Electric (GE) se fundó cuando Thomas Edison buscaba una empresa a la que vender la patente de lámpara incandescente de acababa de inventar. Hoy en día GE tiene 125 años y es una de las multinacionales más poderosas del mundo. En 2001, cuando Jeffrey Immelt alcanzó la dirección de la empresa, encargó un estudio que desveló que “los sectores con más éxito de GE son aquellos cuyos directores llevan en la compañía mucho tiempo”.
Las modas van y vienen, pero la calidad y la originalidad siempre se valoran. Si siente que está clamando en el desierto o que los demás creen que lo que está haciendo se adelanta a su tiempo, no desespere. Para triunfar no tiene por qué depender de la época en la que vive. Si se mantiene en sus trece y es fiel a sí mismo, usted será quien la cambie.
El periodo de gestación. Una noche de 2001, Erika Sunnegardh pasaba una noche más sirviendo copas en una fiesta. Estaba a punto de abandonar su carrera de cantante. Pero a los 38 años decidió intentar cumplir su sueño una vez más. Se presentó a una prueba para la Ópera de Malmö (Suecia) y le dieron su primer papel profesional en la ópera Turandot. Después fue seleccionada como suplente para el papel de Leonora en la ópera Fidelio en la Ópera Metropolitana de Nueva York. La titular enfermó y a los 40 años Erika cosechó un gran éxito.  
Como dijo el filósofo francés Montesquieu, que escribió El espíritu de las leyes cuando frisaba los 60 años, “el éxito depende sobre todo de conocer cuánto tardará en llegar”. En Autoayuda, un tratado fundamental sobre desarrollo personal escrito el mismo año que El origen de las especies de Darwin, Samuel Smiles afirmaba que los genios más extraordinarios son los trabajadores más infatigables. El crítico de arte y esteta John Ruskin aconsejaba que “nunca dependas de tu genialidad. Si tienes talento, la diligencia lo aumentará; y si no lo tienes, la diligencia lo suplirá”.
A principios de la década de 1970, el premio Nobel de economía Herbert Simon y William Chase estudiaron a los mejores ajedrecistas del mundo y descubrieron que ninguno había alcanzado su nivel de maestría sin haberse dedicado al estudio y práctica intensos al menos durante una década. En 1990, John Hayes, de la Universidad Carnegie Mellon, estudió las edades a las que los grandes compositores creaban sus obras maestras. Muy pocas se habían compuesto en los primeros diez años de carrera musical. Lo más importante era el tiempo dedicado al estudio persistente, tanto si se empezaba a los cinco, diez o diecisiete años de edad. ¿Y Mozart? Hayes señala que “1781 marca el periodo de madurez de Mozart y prácticamente cada creación musical posterior a ese año es una obra maestra”. En 1781 Mozart tenía 25 años, pero había estado componiendo desde los cinco, prácticamente obligado por su padre.
Ya dijo Thomas Edison que “el genio es un 1 % de inspiración y un 99 % de transpiración”. Para Anders Ericsson, experto mundial en desarrollo de la pericia, la práctica no basta para llegar a lo más alto, sino que debe ser deliberada, intentando mejorar un poco más cada día en unas habilidades muy concretas, observando el rendimiento y evaluándolo con puntos de referencia preestablecidos. Entre los personajes en cuyas biografías se encuentran diez años de silencio y periodos de aislamiento, están por ejemplo Sigmund Freud y Martin Lutero.
Freud planeaba estudiar Derecho, pero a última hora se matriculó en Medicina. Tardó ocho años en terminar la carrera. Empezó a trabajar en el Hospital General de Viena en el área de anatomía cerebral y a los pocos años abrió un consultorio. Durante los trece años siguientes, gracias a sus interacciones diarias con los pacientes y a sus investigaciones, Freud estableció las bases de lo que más tarde llamaría psicoanálisis. La interpretación de los sueños, el libro que le hizo famoso, se publicó cuando tenía 45 años.
Martin Lutero, el impulsor de la Reforma protestante, fue fraile agustino. A los 34 años ya tenía bajo su cargo once monasterios. Fue entonces cuando publicó sus famosas 95 tesis, que gracias a la imprenta se expandieron por toda la cristiandad. Erik Erikson, psiquiatra y biógrafo de Lutero, sostenía que las grandes figuras de la historia suelen pasar años en un asombroso estado pasivo. Las convicciones personales únicamente surgen cuando uno pasa por esa etapa. Según Erikson, “el que piensa con originalidad aguarda mucho tiempo para advertir no solo sus impresiones, sino también sus reacciones”.
Ni siquiera los niños prodigio son tales. Michael Dell (Dell Computing) y Bill Gates (Microsoft) se sumergieron muy pronto en el mundo de la tecnología. Además, ambos compartían un gran interés por las estrategias comerciales. Cuando crearon las compañías que los lanzarían a la fama, ya eran unos veteranos con una experiencia de al menos una década en los campos elegidos.
Cuando Steve Jobs y Bill Gates ya habían aparecido en la portada de la revista Time, Larry Ellison trabajaba los fines de semana y por la noche haciendo copias de seguridad. Conoció a su primera esposa en una agencia de trabajo y le prometió que se haría millonario. En aquel tiempo, Larry trabajaba para la compañía Ampex que creaba una base de datos para la CIA llamada Oráculo.
Larry se interesó en este campo y, tras leer artículos que recogía en conferencias, se asoció con dos colegas y crearon la primera versión del famoso sistema gestor de bases de datos Oracle. Se convirtió en millonario tras haber invertido 2000 dólares a los 33 años en la compañía que iba a fundar.
Jimmy Wales se pasó la veintena dando clases y trabajando en el sector financiero. A los 30 años fundó Bomis, un motor de búsqueda de contenido erótico para hombres. Con los ingresos fundó Nupedia, una enciclopedia online. Las dificultades para publicar nuevos artículos le llevaron a añadir un sistema “wiki” en el que los usuarios entraban y gestionaban el contenido. Nupedia engendraría Wikipedia. Cuando se puso en marcha, Wales tenía 35 años.
Otro rasgo de muchas personas de éxito es que también se dedicaron a otras cosas. Las vivencias y el lento desarrollo del carácter también cuentan, como demuestran las grandes películas, surgidas de la combinación de las percepciones interiores y las vivencias del guionista, los actores, el director y el productor. El paso del tiempo ayuda a que la verdad aflore y hace triunfar a los que se mantienen en sus trece, aunque al principio fracasen.
Quizá parezca que la persona que ha alcanzado la fama en la juventud ha triunfado en la vida, pero en el campo de la creatividad no hay nada más alejado de la verdad. William Styron tenía 25 años cuando su novela Tendidos en la oscuridad logró el premio Roma de la Academia Americana. Tardó casi una década en escribir su siguiente novela, que no tuvo una buena acogida por parte de los críticos. Y no fue hasta los 42 años que publicó La decisión de Sophie (1979), que vendió millones de ejemplares y que se llevó a la gran pantalla en un filme protagonizado por Meryl Streep.
El investigador de la creatividad Mihaly Csikszentmihalyi afirma que los avances verdaderamente creativos con casi siempre fruto de años de dedicación y gran atención. Ese golpe de suerte gracias al que llegan los inventos suele llegar después de años de trabajo minucioso. Marie y Pierre Curie no habrían descubierto el radio de no haber tenido un profundo conocimiento de los otros elementos. Descubrieron el radio porque el mineral que estaban examinando era más radiactivo de lo habitual. Como decía Louis Pasteur, “la casualidad solo favorece a las mentes preparadas”.

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El factor de los 40, los 50 y más allá

Al investigar la edad a la que se empieza a lograr algo en la vida, descubrí que muchos lo hacían a los 40 años. En su libro La crisis de la edad adulta, Gail Seehy dice que los 30 es la década tope en la que nos damos cuenta de que no viviremos eternamente. El psicólogo suizo Carl Jung advirtió que en la naturaleza y la cultura aparecen grupos de cuatro por todas partes. La cuaternidad da profundidad a una persona al ser un puente entre la juventud y la edad adulta. Saber que no viviremos eternamente nos hace invertir nuestra energía en algo importante allí donde ejerzamos una influencia positiva.
Agnes Gonxha Bojaxhiu nació en Macedonia en 1910. En la adolescencia, fue una niña piadosa con vocación de misionera. Ingresó en un convento y a los 28 años cambió su nombre por el de Teresa. En 1946, mientras se recuperaba de una tuberculosis en la región india de Darjeeling tuvo su famosa llamada en la que Dios le pedía que se ocupase de los “pobres más pobres” de Calcuta. En 1950, el Vaticano le concedió permiso para fundar la Orden de las Misioneras de la Caridad. ¿Dónde y cómo adquirió Mahatma Gandhi sus convicciones morales y la fuerza para doblegar a los gobernantes de naciones? Cuando rondaba los 40 años y ejercía como abogado en Sudáfrica. Allí, se indignó cuando la administración británica trató de obligar a los indios de la región de Transvaal a registrarse, como estipulaba la ley Black Act.
Quizá usted se esté acercando a los 40 y se sienta frustrado o no haya descubierto su vocación. Céntrese en el presente. Sea consciente, no se cierre a las oportunidades y aguarde la llegada del momento oportuno, fruto de años de reflexión sobre un problema y de miles de horas de trabajo. Es lo que le ocurrió a Jean Slutsky, que padeció sobrepeso desde niña. Sus múltiples esfuerzos para perder peso fueron en vano hasta que acudió a las reuniones semanales del Departamento de Salud de Nueva York. Allí se dio cuenta de que la fuerza del programa residía en la regularidad de las reuniones y la camaradería. Por eso, a los 40 años dejó su trabajo en una oficina de recaudación de impuestos y montó un pequeño negocio: Weight Watchers International. Diez años después, era una mujer rica.
Bill Wilson fue un niño precoz criado por sus abuelos tras el divorcio de sus padres debido a la afición de su padre a la bebida. Su novia murió y él sufrió una depresión de tres años. Durante la Primera Guerra Mundial comenzó a beber y cayó en el alcoholismo. Tras la guerra, se convirtió en analista de títulos bursátiles. Sin embargo, a los 35 años fue despedido de un trabajo y tenía una deuda de 60 000 dólares. Podía estar sobrio durante meses, pero luego comenzaba a beber y caía en una depresión suicida que podía igualmente durar meses.
A los 39 años, tuvo una experiencia mística y en su cabeza apareció un pensamiento con una claridad meridiana, “ahora eres un hombre libre”. Tenía 39 años y nunca más volvió a beber. Wilson se puso a buscar una explicación de lo que le había ocurrido, y tras leer el clásico Las variedades de la experiencia religiosa creó los famosos doce pasos del movimiento espiritual inspirándose en todas las religiones del mundo. Este fue el inicio de Alcohólicos Anónimos, que se oficializó cuando Wilson tenía 43 años.
El padre de Harland Sanders trabajaba en una mina de carbón y murió cuando su hijo solo tenía seis años. Su madre tuvo que ponerse a trabajar y él se ocupó de los quehaceres domésticos y de hacer la comida. Fue mozo de labranza, conductor de tranvías y bombero, estudió Derecho a distancia, se alistó como soldado en Cuba, fue juez de paz, partero, vendedor de seguros y, cuando se aproximaba a los 40, vendía neumáticos a gasolineras. A los 40 años abrió su propia gasolinera. Allí se le ocurrió ofrecer a los viajeros el plato que más le gustaba: pollo frito cocinado a la sureña. Primero en el comedor de su vivienda y luego en un restaurante.
En 1935, el restaurante de Sanders se había hecho tan famoso que el gobernador de Kentucky le concedió la máxima distinción honorífica del estado, Coronel de Kentucky. Posteriormente, tuvo que malvender su restaurante porque la construcción de una autopista redujo el tráfico de la carretera donde estaba su local. Con los 105 dólares de su primer mes de subsidio de desempleo viajó por el país para vender su receta secreta del pollo frito a restaurantes a cambio de cinco centavos por pieza vendida. Diez años más tarde había vendido cientos de franquicias de Kentucky Fried Chicken. En 1964, vendió el negocio por dos millones. Sanders descubrió su vocación a los 40, comenzó a explotar el potencial comercial de su receta a los 60 y se hizo rico a los 70.
Dan Brown era hijo de un profesor de matemáticas y de una organista profesional. Estudió filología española e inglesa, pero su mayor deseo era triunfar como cantautor. A mediados de la década de 1980 grabó un casete, pero solo se vendieron unos cientos de copias. En 1990 grabó un CD que tampoco se vendió bien. Se trasladó a Los Ángeles, fracasó y volvió a Nueva Hampshire. En 1994, durante unas vacaciones, leyó un thriller de Sidney Sheldon y después escribió una novela, un libro de autoayuda y otro de humor. A los 34 años encontró editor para su novela Fortaleza digital. En marzo de 2003, pocos meses después de cumplir los 34 años, se publicó El código Da Vinci.
Dan Brown tardó muchos años en aceptar que nunca triunfaría como músico. Por tanto, si usted no triunfa en algo, pruebe otra cosa. No es fácil renunciar a un camino que creías que te conduciría a la fama, pero este sacrificio suele llevar a la verdadera vocación. La mayoría de las personas de 40 años siguen viendo los 65 como la edad de jubilación y por eso piensan que solo les quedan 25 años productivos. Pero los 40 años no son el principio de un fin, sino un comienzo. Únicamente ha transcurrido un tercio de su vida productiva, le quedan cuatro décadas más para hacer sus sueños realidad.
Si los 40 es la década de empezar a tomar impulso, los 50 es el momento de esprintar. Hasta bien cumplidos los 40, Alfred Kinsey era conocido por ser un experto mundial en avispas gallaritas. Pero cuando le tocó impartir un curso matrimonial en la universidad en la que trabajaba, se dio cuenta del poco conocimiento que las estudiantes tenían del sexo. Entonces emprendió un programa de investigación masiva compuesto por cuestionarios y entrevistas dirigidos a miles de estadounidenses. En 1948, a los 55 años, su equipo y él publicaron El comportamiento sexual del hombre, que se convirtió en un superventas. Kinsey se convirtió en una figura nacional. A lo largo de veinte años, Kinsey fue una autoridad mundial en sexualidad humana, algo que consiguió gracias a la metodología adquirida en los años dedicados al estudio de insectos poco conocidos.
Cuando nos convertimos en expertos en nuestra profesión, no solemos darnos cuenta de la cantidad de habilidades que poseemos y de lo bien que pueden venirnos en otras áreas que no tienen nada que ver con las nuestras. Las habilidades o conocimientos adquiridos en su profesión podrían ser decisivos para triunfar en otra. ¿Qué nuevo proyecto podría emprender dentro de un año con la experiencia adquirida? Las ideas más sencillas son las más poderosas. No desdeñe propuestas que le lleguen y hágase un hueco para soñar, cavilar, meditar o simplemente jugar. Y recuerde que algunas personas se guardan lo mejor para el final.
Denis Charles Pratt nació en 1908 y desde niño fue blanco de burlas por su comportamiento afeminado. A los 20 años cambió su nombre por el de Quentin Crisp, estudió periodismo, asistió a clases de arte e incluso ejerció como prostituto en el barrio londinense de Soho. Durante la Segunda Guerra Mundial encontró trabajo como modelo de desnudos, una ocupación con la que se ganaría la vida durante 30 años. A los 60 años publicó su autobiografía, El funcionario desnudo, llena de historias divertidas y escandalosas. Siete años después alcanzó la fama gracias a una serie de televisión inspirada en su libro. Después montó un espectáculo de monólogos y a los 70 años emigró a EE. UU. Durante 18 años disfrutaría como celebridad en Nueva York.
En la prensa leemos que la sociedad está envejeciendo como si fuese una calamidad, pero es una gran ventaja. Las décadas de más nos dan una segunda, tercera, cuarta o quinta oportunidad para hacer algo extraordinario. Coco Chanel, que saltó al mundo de la moda a los 30 años, se retiró pasados los 40 y regresó a los 60, dijo que “la juventud es algo muy nuevo, hace veinte años nadie hablaba de ella”. Charles Perrault escribió los cuentos La cenicienta y Pulgarcita a los 69 años. Laura Ingels Wilder no publicó La casa de la pradera, su primera novela, hasta que pasó de los 60 años. Voltaire tenía 65 años cuando escribió Cándido; y Goethe, 82 cuando terminó Fausto.

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La belleza del ser humano

¿Es el triunfo resultado de la buena suerte y las circunstancias o más bien triunfamos gracias a nuestros propios esfuerzos?
A principios de la década de 1950, Joni Smith ganaba un dinero extra tocando el órgano en un restaurante de Saint Paul, en Minnesota. Una noche un empresario de mediana edad fue a cenar al local. Ambos se sintieron atraídos y comenzaron a verse, pero lo dejaron porque ella no quería romper con su marido. A finales de los años sesenta volvieron a encontrarse por casualidad en una conferencia. Se casaron y durante los siguientes 15 años estuvieron juntos. Cuando en 1984 falleció el marido de Joni, ella se ocupó de su equipo de béisbol, pero su pacifismo le llevó a fundar institutos para la paz en dos universidades y a colaborar en causas para el desarme nuclear.
En 1997 desembolsó 15 millones de dólares para los damnificados por las inundaciones de Minnesota. Cuando murió, dejó una herencia de 1500 millones de dólares al Ejército de Salvación y 200 millones para la radio pública de EE. UU. Joni se casó con su segundo marido cuando tenía 41 años y lo mejor de su vida llegó en las décadas de 1960 y 1970 gracias a sus donaciones. Pero ¿de dónde había salido todo ese dinero? El hombre al que conoció aquella noche en el restaurante era un distribuidor de batidoras que pocos años después fundaría la compañía McDonald’s. Se llamaba Ray Kroc.
La vida de Kroc echa por tierra la teoría de los que creen que quienes se arriesgan tienen todas las de perder y nos recuerda que el éxito está en la dedicación más que en los golpes de suerte, el origen social y las oportunidades creada por otros, como afirma Malcolm Gladwell en su libro de 2008 Fueras de serie: por qué unas personas tienen éxito y otras no. Desde niño, Ray se había sentido atraído por el mundo de los negocios. Cuando en edad escolar montó una pequeña tienda de partituras con dos amigos que cerró a los pocos meses, sus padres no se lo impidieron.
Padres afectuosos que lo apoyaron y quisieron lo mejor para él y, además, obsesión familiar por la limpieza, algo que Kroc menciona en su autobiografía. Recordemos que la razón principal del éxito de McDonald’s fue que sus cocinas eran relucientes y sus aparcamientos impecables, algo que contrastaba con la mugre de las hamburgueserías y otros establecimientos de comida rápida. Sin embargo, el rasgo más evidente de su infancia y adolescencia fue la normalidad.
Dejó los estudios a los 17 años y se puso a vender cintas de puerta en puerta y a tocar el piano (su madre era pianista y le animó a estudiar el instrumento) en centros turísticos. Después se dedicó a vender vasos de papel durante diecisiete años en la empresa Lily-Tulip y llegó a ser jefe de ventas. Sin embargo, a finales de la década de 1930 se centró en la Multimixer, una batidora. A su mujer no le gustó que quisiera volver a empezar a los 35 años, pero lo hizo, se endeudó y tuvo que trabajar día y noche para pagar sus deudas. A los 50 años Ray ya ganaba 25 000 dólares anuales, más de 200 000 actuales.
Intrigado por una venta de ocho batidoras a dos hermanos que tenían un restaurante a 80 kilómetros de Los Ángeles, en 1954 fue a conocerlos. Lo que vio le dejó asombrado: hamburguesas a precios económicos de buena calidad y preparadas en 30 segundos en un local inmaculado. Aquella noche, Kroc se imaginó una cadena de locales así por todo el país. Cada uno necesitaría varias de sus batidoras, así que el potencial económico era impresionante. Al día siguiente propuso a los hermanos encargarse de la expansión de su negocio. En 1955, cuando tenía 52 años, abrió el primer McDonald’s en las afueras de Chicago. Dos años después tenía 37 establecimientos. Los treinta años dedicados a la venta de vasos de papel y batidoras le permitieron adquirir un gran conocimiento de la geografía y la demografía de los pueblos y ciudades estadounidenses, lo cual le dio un buen ojo a la hora de elegir la ubicación de los McDonald’s.
Se podría decir que si Kroc no hubiera conocido a los hermanos McDonald, otro podría haberlo hecho. Pero lo hizo él y en ese momento. Una persona más joven habría dudado o no habría dispuesto del suficiente capital para realizar la inversión, y quizá una mayor no habría tenido los arrestos para afrontar el reto. Pero a los 52 años, y creyendo que lo mejor de su vida aún estaba por llegar, actuó. Su historia encierra un mensaje claro: sigue lo que te fascine, aunque a los demás les parezca superficial o una pérdida de tiempo, porque si lo llevas a cabo bien, podría darte plenitud, un propósito en la vida y dinero hasta un grado inimaginable.
¿Qué es lo que entusiasma tanto que a veces le quita el sueño? ¿Hay algo en lo que piense y que contemple durante horas y que a los demás les parezca una pérdida de tiempo? ¿Qué es lo evidente para usted que los demás no ven? ¿Qué descubrimientos le ha permitido hacer su profesión que otros ignoran? Cuantos más años cumplimos, menos producto somos de nuestra educación o de la suerte y más de nuestras decisiones pasadas. Estar abierto a las oportunidades, dispuesto a arriesgarse y tener la pasión de un converso: esas son las actitudes que nos permiten ser producto de nosotros mismos.
La historia de Kroc nos lleva a la cuestión del tamaño. Todo lo grande empieza siendo pequeño, y además suele arrancar con lentitud. Una compañía no se vuelve importante persiguiendo cada mercado habido y por haber, sino que elige un nicho, o lo crea, e intenta ser líder en él. Esta ley es cierta incluso en el caso de un mastodonte como Microsoft. Su primer mercado no fue más que un lenguaje de programación para un sistema operativo en concreto. Si se satisface una necesidad, con el tiempo acabarán apareciendo otras mayores en el mercado. No tema crear un producto destinado a un nicho de mercado demasiado pequeño. ¿Está demasiado centrado en pensar a lo grande cuando debería pensar a lo pequeño? El día que se creó Coca-Cola no existía un mercado para ese producto. Y tampoco para la bombilla de Edison.
En su clásico La innovación y el empresario innovador, Peter Drucker nos cuenta la historia de la farmacéutica suiza Hoffmann-La Roche, cuyo fundador tuvo que trabajar durante tres décadas para sacarla adelante hasta que las cosas comenzaron a ir bien cuando su hijo se ocupó de la empresa tras su muerte. Jim Collins, alumno de Drucker, escribió Empresas que sobresalen, donde afirma que las transformaciones de empresas de buenas a magníficas “nunca se han producido de golpe”. No hay “golpe de suerte aislado ni ningún momento milagroso”. El futurista Ray Kurzweil, señala que la mayoría de los proyectos no parecen extraordinarios en las primeras etapas por la lentitud de su ritmo de crecimiento. Pero también existe una ley de retorno acelerado, de modo que si perseveramos, llegará un día en que apenas podremos seguir el ritmo de progreso de nuestro proyecto.
El error que cometemos al pensar que los cambios son revolucionarios, y no evolutivos, es que nos fijamos en compañías y organizaciones monolíticas y creemos que siempre fueron así. Las empresas emergentes deben descubrir lo que las compañías mastodónticas hacían antes de triunfar, cuando también eran pequeñas. Por lo tanto, vaya despacio para llegar lejos. El éxito de los microcréditos, puestos en marcha por el profesor de economía bangladesí Muhammad Yunus, reside en que, según el profesor, “siempre que se abre un Banco Grameen en un nuevo lugar, no se apresura nunca en nada”. Y cuando a Warren Buffett le preguntaron si al inicio de su carrera esperaba triunfar, respondió que no. Su secreto fue ir “avanzando paso a paso”.
Al empezar sin prisas, usted está respetando las leyes inmutables del crecimiento y el tiempo. Como dijo el filósofo William James, “el mejor uso que se le puede dar a la vida es emplearla en algo que nos sobreviva”.

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Conclusión

Este libro se basa en dos observaciones sencillas. En primer lugar, los grandes logros tal vez lleven más tiempo del previsto. La segunda es que en la época en que vivimos, pocas veces es demasiado tarde para empezar algo extraordinario.
El auténtico triunfo tal vez sea un camino más largo de lo que nos guste admitir, pero ahora tenemos más tiempo para recorrerlo. No es necesario que usted cambie su vida en siete días. Ahora tiene décadas para lograrlo.
Y recuerde que no somos el mero producto de nuestro pasado. Si así fuera, no seríamos imprevisibles. El futuro también nos motiva, y lo que imaginamos con más fuerza suele acabar cumpliéndose si nuestra visión de futuro es capaz de adaptarse a los inevitables reveses, obstáculos y cambios de la vida.
¿Por qué no intenta hacer algo que beneficie a mucha gente durante mucho tiempo en vez de pensar solo en usted mismo? Como decía el científico Buckminster Fuller, “si has invertido tu tiempo y tu energía en beneficio de los demás, el universo siempre te apoyará, y lo hará en el momento justo”. En su viaje a la grandeza, espero que usted descubra esta liberadora y gozosa verdad.

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Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Tom Butler-Bowdon se licenció en Ciencias Económicas por la Universidad de Sídney y cursó un Máster en Política Económica Internacional en la London School of Economics. Posteriormente, dejó su trabajo como asesor político para escribir 50 clásicos de autoayuda, una guía de la literatura de desarrollo personal a la que siguieron muchos otros títulos. Con una obra traducida a más de veinte idiomas, hoy Tom es un autor de prestigio que aparece con frecuencia en los medios de comunicación británicos, norteamericanos y australianos.
Ficha técnica
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