¡No te vuelvas loco!
Resumen del libro

¡No te vuelvas loco!

por Edward M. Hallowell

8 técnicas para superar los agobios del mundo moderno y reducir el estrés

Introducción

 

Cuando se deposita una rana viva en un recipiente con agua caliente, la rana inmediatamente reacciona al calor, salta fuera y salva su pellejo. Cuando, por el contrario, se pone una rana en un recipiente con agua fría y ésta se va calentando poco a poco, la rana no es capaz de notar la diferencia de temperatura, no reacciona y muere.
Hace veinticinco años, nadie andaba por ahí consultando su página de Internet en un ordenador portátil, o manteniendo una conferencia a través de un teléfono móvil o enviando mails a través de su BlackBerry. Pero en un par de décadas el agua parece haberse calentado y hoy nos enfrentamos, siempre apurados, a un mundo en el que el tiempo no da para todas las cosas que debemos hacer. Se nos ve correr de un lado a otro, siempre impacientes y apresurados, incapaces de mantener la atención, saturados de ideas brillantes pero incapaces de implementarlas, sintiéndonos increíblemente ocupados mientras somos ridículamente improductivos. Y mientras algunos afirman con orgullo que la tecnología les permite mantenerse en contacto desde cualquier parte y en cualquier momento, otros empiezan a notar, no sin horror, que esa misma tecnología les obliga a estar en contacto siempre y en todo lugar.
A mediados de los años noventa, el número de personas que acudían a la consulta del doctor Hallowell creyendo que padecían un trastorno por déficit de atención (TDA) se incrementó de forma espectacular, pues en la generación de la adrenalina y la cafeína, todos parecían preocupados por sus hábitos y sus comportamientos. Al estudiar el fenómeno, este psiquiatra encontró que eran muy pocos los que realmente padecían esa condición, pero se dio cuenta de que se encontraba frente a un severo problema de la vida moderna.
A la vez que nos lo ofrece todo, el mundo moderno nos despoja del tiempo para no hacer nada. Piense, si no, cuándo fue la última vez que le dedicó dos días seguidos a respirar, contemplar, descansar y sentir su existencia. Quien se deje llevar por esta marea y no tome las debidas precauciones, puede que esté siempre tan ocupado que no tenga tiempo para pensar y sentir o, en cualquier caso, carezca del tiempo necesario para desarrollar emociones o pensamientos complejos.
Como experto en el funcionamiento de la mente, el doctor Hallowell ha abordado las preguntas sobre el modo en que la vida moderna afecta la manera en que pensamos, sentimos y actuamos. A su juicio, el estado de frenesí al que nos arroja el mundo contemporáneo hace que nuestros cerebros corran desenfrenados y, al hacerlo, reduzcan considerablemente su eficacia. Como los síntomas son muy semejantes a los del TDA, Hallowell ha encontrado que muchas de las técnicas y métodos que se utilizan para enfrentar este trastorno son adecuados para abordar las patologías del mundo moderno. Saber aplicar los frenos a nuestras mentes nos puede permitir pasar de ese estado de fragmentación, frustración y frenesí -que el autor denomina “estado F”- a un apacible “estado C”, en el que cultivamos grandes ideas, cuidamos lo importante, eliminamos lo inútil, controlamos nuestras vidas y nos conectamos con la existencia.
Equipados con un motor de altísima cilindrada, la vida moderna nos enfrenta al enorme desafío de saber utilizar el freno. La tecnología y las nuevas formas de relación humana permiten acortar distancias, facilitar el acceso a la información, mejorar las condiciones de vida y ampliar nuestras oportunidades. Basta con saber convertir todo el desenfreno en una ventaja para comprender que, en realidad, la vida nunca ha sido tan buena. A continuación se recogen los principios básicos que el autor propone para navegar con sabiduría en las aguas del mundo moderno.

 


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1- Reduzca la velocidad

Instantes antes de que la luz verde de un semáforo se encienda, los primeros en la fila ya han iniciado la marcha, respondiendo a una señal que parece haberse incorporado en sus cerebros y que les dice que nunca deben esperar. Tras habernos criado con unos exámenes escolares con tiempo limitado que nos forzaban a ir tan rápido como pudiéramos, hoy en día no podemos reprimir el impulso de oprimir el botón que cierra la puerta cada vez que entramos en un ascensor, de encender el teléfono móvil apenas aterriza nuestro avión o maldecir los segundos que tarda el ordenador en encenderse o en apagarse. Convencidos de que esperar es tóxico, forzamos a los árboles para que crezcan más rápido y al mañana para que llegue hoy.
El problema es que cuanto más apresurados vayamos, más cosas intentaremos llevar a cabo y, como en un círculo vicioso, cuando hacemos más cosas aumenta el número de aquellas que juzgamos necesario hacer. Adoramos la velocidad y la excitación que nos produce, mientras sometemos a nuestros cerebros a una efusión sin precedentes y a un volumen de datos que ninguna mente estaría en condiciones de procesar. Tomamos decisiones sin perder un sólo instante y difícilmente les damos un segundo pensamiento a nuestros instintos o una segunda oportunidad a las cosas o a las personas, en aras de poder replantearnos la primera impresión que nos producen. Es sencillo: no tenemos tiempo para nada de ello.
¿Por qué en el pasado lo que hoy nos parece urgente sí podía esperar? ¿Es realmente necesario que todo lo hagamos ahora mismo? La cultura moderna asocia el ir rápido con ser más feliz y con ser más inteligente. Basta con darle una segunda consideración a estas ideas -aunque el apremio nos lo intente impedir- para comprobar que ni lo uno ni lo otro tiene mayor sentido. De hecho, un procesador rápido puede ser divertido y simplista, pero difícilmente será profundo u original. El lento, en cambio, que observa todo detalladamente y desde distintos ángulos, suele ser el más profundo y el más original.
Paradójicamente, este mundo de altas velocidades, en el que adulamos a quienes corren y en el que veneramos los artefactos que hacen en segundos lo que antes tardaba días enteros, no parece darnos más tiempo libre, sino menos. De acuerdo con una reciente investigación de Juliet Schor, el norteamericano medio trabaja actualmente 160 horas más al año que en 1960. La prisa no nos ha llevado a tener más tiempo de ocio, sino a tener que hacer más cosas en un tiempo menor y, en consecuencia, a permanecer sobrecargados y bajo el agobio del estrés, incapaces de comprender que nuestra dificultad para concentrarnos no es una enfermedad congénita, sino un subproducto de nuestro estilo de vida.
En todo caso, no sería justo negarle a la prisa y a la efusión sus facetas positivas. Ellas crean un mundo de creciente efectividad y ponen al alcance de todos una ciberbiblioteca de información jamás siquiera imaginada. Pero hemos de reconsiderar su influjo en nuestras vidas y establecer hasta qué punto la velocidad se nos ha impuesto y nos niega placeres, reflexiones profundas y mejores posibilidades.  

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2- Haga lo que más le importe

Asistimos a un incremento vertiginoso en la oferta de artefactos que nos ahorran trabajo y, sin embargo, nuestro tiempo no parece liberarse, sino que se hace cada vez más escaso. Con el crecimiento del abanico de ofertas y alternativas, crece también nuestro deseo de abarcar el mayor número de ellas y hacerlo todo. Tendemos entonces a asumir más tareas de las que podemos realizar, a responder más llamadas de las que quisiéramos, a acumular más información de la que podemos almacenar y a sobrecargarnos de datos: así, sin darnos cuenta, no nos queda para nosotros mismos ni un sólo segundo de ese tiempo libre que la vida moderna nos ha prometido.
Puede usted llegar a estar tan ocupado que no sólo le falta tiempo para hacer lo que más le importa, sino que ni siquiera cuenta con unos momentos para decidir qué es aquello que le importa. Sólo cuando acepte que no puede controlarlo todo dejará de intentarlo y podrá centrarse en sus prioridades.
Es cierto: la oferta que nos brinda el mundo contemporáneo es enorme y fascinante, pero como no hay tiempo para hacerlo todo, es imperioso saber seleccionar, concentrarse en aquello que uno prefiere o en lo que mejor hace y ser capaz de rechazar otras ofertas. En un ámbito en el que las proposiciones y las alternativas son prácticamente infinitas, saber decir “no” se convierte en un requisito para la supervivencia.
Los ladrones de tiempo, energía mental y atención abundan como sanguijuelas en la modernidad: pantallas que nos atrapan y se llevan nuestras horas, ofertas y promociones o esas personas que siempre están ahí y nos obligan a dedicarles mucho más tiempo del que quisiéramos. Puede ser el hábito, la testarudez, el miedo o el sentimiento de culpa lo que nos impide liberarnos de estas sanguijuelas, pero es fácil constatar nuestro limitado control sobre esa infinidad de distracciones que acaparan nuestra atención, mucho más allá de los límites de nuestra sensatez. Incluso en ocasiones se asientan en nuestra cabeza bajo la forma de una creencia y adquieren el control de nuestras acciones, obligándonos a perder nuestro tiempo de forma totalmente innecesaria. Es el caso de las creencias según las cuales no resulta apropiado ser diferente, enfadarse en algún momento o decirle “no” a un amigo.
Por el contrario, siempre habrá una serie de actividades, proyectos, ideas y personas que llamaremos “lirios”, por su capacidad para brindarnos satisfacción y felicidad. A diferencia de las sanguijuelas, un lirio es aquello que nos nutre, nos ayuda a crecer y da sentido a nuestra existencia. Para ganar la lucha contra los ladrones del tiempo es preciso seleccionar nuestros mejores lirios y centrarnos en ellos, sin tratar de abarcar un exceso de actividades, pues el tiempo no alcanzaría para hacer todo lo que consideramos valioso.
Programar un tiempo para hacer las cosas que nos resultan importantes nos alejará de la tentación continua de sucumbir a las sanguijuelas.

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3- Cree siempre un entorno emocional positivo

Hay quien sostiene, con cierta gracia, que el mundo moderno se inicia con la llegada del aire acondicionado, tras cuya aparición, las personas empezaron a recogerse en sus hogares y abandonaron los porches y espacios comunes en los que solían tomar el aire y hablar con los vecinos. El mundo se fue reduciendo a entornos muy íntimos y actualmente las principales conexiones sociales están mediadas por un cable o una pantalla.
Sea cual sea la causa, la desconexión entre las personas es una realidad creciente, tal como lo constata el aumento en los índices de tristeza, angustia y depresión, que pueden interpretarse como una consecuencia directa del encierro y la soledad. De hecho, los estudios científicos han encontrado que el aislamiento social reduce la función inmunológica y acorta la expectativa de vida, pues junto con el colesterol, el tabaco y la presión sanguínea, constituye uno de los mayores factores de riesgo para una muerte prematura.
Todo indica que la vida moderna no requiere más intelecto, sino un mejor manejo emocional. Ante la saturación de tareas, el intento racional por hacerlo todo de forma eficiente fracasa fácilmente si la persona no cuenta con las bases emocionales adecuadas, pues son éstas las que crean las condiciones para que las tareas fluyan de manera natural y la persona logre alcanzar las metas que persigue. Si seguimos reemplazando los momentos de compañía física por momentos electrónicos, difícilmente podremos satisfacer nuestras necesidades emocionales más profundas y escapar a las angustias de la soledad.
Aprovechar la vida actual consiste en identificar las conexiones que uno más valora, con personas, animales, lugares, ideas, actividades o con cualquier otra cosa, para atesorarlas, protegerlas y alimentarlas. No se trata, nuevamente, de intentar una conexión con todos y con todo, pues esta pretensión no permite que ninguna conexión prospere. En cada cual está el identificar sus conexiones más valiosas para nutrirlas con una devoción casi religiosa. Quien no preserve deliberadamente el tiempo para conectar con lo que más le importa, puede terminar desconectado de todo aquello que valora.
Cuando dos o más establecen conexión, la energía positiva comienza a fluir de forma espontánea y los resultados son casi tangibles. Cuando, por el contrario, la atmósfera es menos positiva, las personas se vuelven menos inteligentes y menos confiadas. Usted mismo habrá podido o podrá constatarlo, y posiblemente estará de acuerdo en los beneficios de establecer relaciones positivas con la gente, dondequiera que uno se encuentre.

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4- Invierta el tiempo con inteligencia

Toneladas de artefactos y millones de hectáreas de espacio están dedicados a almacenar basura, desorden y tonterías. Sin darnos cuenta, nosotros mismos llegamos a aceptar, e incluso a crear, montañas enteras de basura en nuestras vidas. Esa masa de cosas inútiles y perniciosas se ha extendido como un hongo y ya es casi imposible no olerla continuamente.
Un eficaz antídoto para evitar el desorden y la pila de cosas inútiles en torno suyo consiste en la fórmula STUV (“solo tóquelo una vez”). Siempre que le llegue nueva información, sea un mail, alguna carta, una revista o cualquier otro tipo de documento o información, haga una de las siguientes acciones: 1) respóndalo de inmediato, 2) guárdelo en un archivo con nombre o 3) tírelo. En la mayoría de los casos, no cabe duda de que la tercera opción es la más indicada.
La acumulación de información, relaciones y cosas tontas e innecesarias no sólo reduce su espacio vital, sino que le grita continuamente en los oídos que tiene muchas cosas pendientes y que si no corre, no alcanzará a resolverlas. La basura, pues, es causa directa de ese estrés dañino que priva a las personas de calma y tranquilidad.
Mientras que es bastante común que las personas administren su dinero con notable precaución -y las hay incluso que llevan la cuenta de hasta el último céntimo-, es bastante inusual que alguien maneje su propio tiempo con una minuciosidad parecida. A la vez que nos escandaliza el derroche de dinero, gastamos, desperdiciamos y hasta matamos nuestro tiempo. Si se ha sorprendido usted al mirar con detalle la forma en que ha gastado el dinero en un fin de semana, en cosas no exactamente necesarias, posiblemente se sorprenderá aún más cuando se detenga a analizar la forma en que desperdicia su tiempo en actividades inútiles que nada le aportan, que le exigen esfuerzos desproporcionados o que no tiene ninguna necesidad de realizar.
Para superar la culpa que le genera no poder controlar todo aquello que debería -sin mencionar todo aquello que esperaría controlar-, debe usted organizar cuidadosamente su tiempo, fijando momentos específicos para las prioridades que haya establecido. Para esto puede realizar un sencillo y gráfico ejercicio valiéndose de una tabla. En la primera columna de la tabla escriba todas las actividades que realiza normalmente en un día, y en la segunda asígnele a cada una el promedio de horas que suele destinarle diariamente. En cada una de las siguientes tres columnas, califique de uno a cinco esas actividades en función de estos criterios: el esfuerzo que le suponen (siendo 1 el mayor esfuerzo), la satisfacción que le proporcionan (siendo 5 la mayor satisfacción) y la necesidad de hacerlas (siendo 5 el nivel más alto). En la última columna, escriba el producto de las calificaciones de cada actividad.
Cuanto más alta sea la calificación, más provechosa es esa actividad. Frente a las que obtengan una calificación muy baja, especialmente las que se encuentren por debajo de 5, debe usted considerar muy seriamente la posibilidad de prescindir de ellas, pues además de demandarle un gran esfuerzo, le resultan poco satisfactorias y no hay nada que lo obligue a realizarlas: son las clásicas sanguijuelas.
Por lo general, lo deseable es que la calificación final de una actividad sea igual o mayor a 25. En todo caso, los resultados de la tabla son simples señales para reflexionar, pues el hecho de que una actividad le suponga un esfuerzo agotador, o que su satisfacción inmediata sea baja, no significa necesariamente que deba usted erradicar esa práctica. El ejercicio le da unas indicaciones ajustadas a su propia percepción de lo que hace; de usted depende analizar esas cifras y encontrar en ellas sus principales lirios y sus peores sanguijuelas.
Por último, para organizar mejor su tiempo, piense en delegar aquello que no le gusta hacer o aquello en lo que no es bueno. Los grandes inversionistas, como Warren Buffet, no lo hacen todo ellos mismos; se toman su tiempo para pensar y tomar decisiones clave y luego delegan el control. De esa manera consiguen el espacio para seguir pensando, que es sin duda lo que mejor saben hacer.

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5- Identifique y controle las fuentes de gemmelsmerch

Está usted frente al ordenador realizando un trabajo que le exige una gran concentración. De pronto, aparece una señal anunciándole un fallo del sistema y, aunque usted sabe que esos anuncios no suelen tener mayores repercusiones, aprovecha la excusa para desviarse por un momento de lo que viene haciendo. Sin darse cuenta, han pasado tres horas en las que no sólo ha abandonado su tarea, sino que ha estado gastando todas sus energías en un supuesto problema técnico de que lo sigue ignorando todo. Es la fuerza del gemmelsmerch: si no la detecta pronto, puede que sus aguas arrasen con usted.
Los ejemplos abundan: los correos electrónicos que esperan ser abiertos y que pueden consumirle toda la jornada en asuntos inútiles; una puerta de su oficina que se mantiene abierta y permite que todos se asomen en cualquier momento y sin necesidad; el desorden, las revistas, el teléfono y, sobre todo, las pantallas: televisión, ordenador, videojuego, BlackBerry o cualquier otra superficie luminosa que capta fácilmente nuestra atención y nos genera enormes dificultades para salir de ella. Desde una perspectiva psicológica, las pantallas son la adicción de la gente moderna, y hasta es posible detectar síndromes de abstinencia en aquellos que son sometidos a unos pocos días sin televisión o sin Internet.
Cuando nos ofrecen una nueva tecnología, todos parecemos adolescentes estrenando la licencia para conducir, pues aunque experimentamos un deseo constante de usar el vehículo y conducirlo sin descanso, no tenemos ninguna meta a la que esperemos llegar. Así, con el auge y difusión de la tecnología moderna, el mundo se parece bastante a un campo de autos de choque, en el que todos deambulamos sin rumbo definido tropezando continuamente los unos con los otros.
El gemmelsmerch inhibe el pensamiento, y con su invasión progresiva de todos los espacios vitales, la gente ya no tiene tiempo para pensar. De hecho, las personas afirman que los lugares donde más fluyen sus ideas son la ducha y el coche; es decir, lugares desprovistos de tentaciones adicionales que capten la atención; lugares que permiten a la mente ir libremente a donde quiera, dejando fluir el inconsciente, que es una genial incubadora de ideas.
La expresión “to pay atention” tiene mucho sentido en el mundo moderno, pues el coste de la atención nunca fue tan alto, y así como los anunciantes pagan millones por captarla, nosotros muchas veces la regalamos sin sentido. El mundo moderno está saturado de sujetos y aparatos cuya función consiste en robarnos la atención y despliegan todo su ingenio en lograr tal cometido.
En los espacios laborales, esos bandidos sutiles que consumen la atención, el tiempo y la energía mental suelen estar más presentes que en ninguna otra parte, inhibiendo por completo la creatividad y la inteligencia de los profesionales. Aunque la información que nos ofrece actualmente nuestro entorno es prácticamente infinita, su utilidad para nosotros y para el desarrollo de nuestro pensamiento es, en contraste, diminuta. En este mar de información inútil semejamos al viejo marino de Coleridge, que exclamaba con horror: “agua, agua por doquier / y ni una gota para beber”.
Reducir la fuerza del gemmelsmerch y enfrentarla son habilidades modernas de supervivencia absolutamente esenciales. Piense, por ejemplo, en llevar la televisión a un cuarto diferente, en cerrar la puerta de la oficina, en mantener apagados los aparatos que no esté usando o en colocar una alarma de reloj que le indique cuándo ha pasado un tiempo prudente delante de la pantalla.

6- No realice tareas múltiples de manera ineficaz

Los lóbulos frontales del cerebro, encargados de coordinar la ejecución de actividades, tienen una capacidad limitada y no están habilitados para, por ejemplo, resolver un crucigrama al tiempo que se da un discurso público. Hay, sin embargo, una excepción importante a esta regla: la realización de actividades mecánicas, pues cuando una persona ha practicado reiteradamente una actividad de esta naturaleza, el proceso neuronal para implementarla se va desplazando desde los lóbulos frontales hacia el cerebelo y, como las órdenes cerebrales para realizar la tarea en cuestión dejan de ocupar los lóbulos, éstos pueden atender otras tareas de forma consciente y deliberada. Así, por ejemplo, una persona habituada a caminar, montar en bicicleta o conducir un coche cuenta con una suerte de piloto automático cerebral que le permite desempeñar otras tareas de forma eficiente al tiempo que coordina estas actividades.
Existe otra circunstancia en la que realizar más de una tarea de forma simultánea puede resultar productivo: la suma de actividades triviales. Con frecuencia sucede que, al hacer muy poco, la gente se aburre y por ello reduce su atención y sus esfuerzos; en esos casos el hecho de asumir más tareas e introducir complejidad en lo que se está haciendo hace fluir la adrenalina y permite aumentar el rendimiento. En general, si nada de lo que hace requiere una completa atención, entonces es posible llevar a cabo más de una tarea al mismo tiempo, aceptando que se pueden cometer errores o dejar pasar detalles importantes en alguna de ellas.
Más allá de esos casos particulares, la capacidad de una persona para realizar dos o más actividades de forma simultánea con la misma eficacia que si realizara una sola de ellas es un mito. Los lóbulos frontales sólo pueden coordinar la realización de un único trabajo, así que en la aparente “multiplicidad de tareas” que ejercen quienes desarrollan dos o más labores complejas al mismo tiempo, lo que en realidad sucede es que la persona está pasando de una a otra de forma sucesiva, y con tal rapidez que parece como si estuviera realizándolas todas a la vez. Pero siempre estará desarrollando una después de otra y, en esencia, si se trata de asuntos complejos, este tránsito continuo de la atención reducirá la eficacia en el desempeño. Esa acción de realizar múltiples tareas de manera ineficaz se denomina frazzing.
Desarrollar más de una actividad neuronalmente exigente al mismo tiempo puede traer problemas, porque introducir un nuevo objeto en lo que se está haciendo distrae la atención de los otros objetos y obliga al cerebelo a transitar ineficazmente de una tarea a otra sin poder desarrollar ninguna en profundidad. Piénselo de esta forma: cuando mantiene una conversación telefónica con alguien, ¿no nota usted inmediatamente si su interlocutor ha comenzado a hacer alguna otra cosa, como consultar su correo electrónico, mientras simula seguir escuchándolo? En la actualidad, algunos investigadores intentan desarrollar un programa para descubrir a estas personas, amparados en la evidencia de que la voz de un interlocutor que no está prestando atención adquiere un tono casi sobrenatural.
Las personas demasiado ocupadas suelen cometer el error de “extenuarse”, intentando llevar a la vez varias tareas complejas y reduciendo su eficacia en el desarrollo de todas ellas. Evite el frazzing; si no se trata de actividades que ya ha mecanizado o que no le representan ninguna exigencia mental, entonces concéntrese en una sola cuestión y evite pasar a otra diferente hasta no haber concluido la primera.

7- Encuentre el ritmo

El ritmo en el desempeño de las actividades viene dado por un complejo conjunto de eventos neurológicos y psicológicos que le dan una apariencia de sencillez al complicado trabajo que una persona realiza. Para un observador externo, las acciones de alguien que ha logrado un buen ritmo pueden parecer triviales y no exigir mayores esfuerzos, pero en el momento en que intente imitarlas se dará cuenta del nivel de complejidad de aquello que parecía ser tan simple. Sucede que alcanzar un ritmo suele exigir meses y hasta años de práctica continua.
Si uno está obligado a desempeñar varias tareas, el ritmo es la clave para maximizar la eficiencia, pues con su ayuda es posible realizar distintas actividades de forma simultánea y sin mayor esfuerzo. Al reiterarlas de forma sistemática, su procesamiento cerebral comienza a desplazarse de los lóbulos frontales hacia el cerebelo y, de esa manera, se libera a las neuronas implicadas en los procesos más complejos. Al igual que los malabaristas, podemos alcanzar un ritmo apropiado en el desarrollo de varias actividades aprovechando las grandes capacidades de nuestro cerebro, mediante un plan para automatizar lo que es mecánico y liberar así a los lóbulos frontales, que podrán entonces asumir las tareas sofisticadas y creativas para las cuales están cualificados.
Para llegar al ritmo correcto se deben combinar muchos elementos: una priorización previa, un ambiente emocional positivo, la eliminación de lo innecesario y el cultivo de lo esencial. En definitiva, crear las condiciones para que las actividades fluyan. De esta forma se activa el piloto automático del cerebro, y bajo su influjo no es necesario planear cada detalle de lo que se hace, sino simplemente actuar. Detrás del elocuente eslogan de Nike, “Just do it”, se esconde la esencia del ritmo. Cuando las actividades han sido incorporadas, no es menester pensar en cada una de ellas, basta con actuar y disfrutar.
Seguramente, en sus momentos de mayor ofuscación y estrés, cuando sus ocupaciones lo sobrepasan y el agobio le invade, le habrá sorprendido constatar que otras personas con más ocupaciones parecen despachar todos sus asuntos con cierta facilidad, manteniéndose serenos y hasta disfrutando de la vida. Esas personas que logran una cierta fluidez vital han sabido contrarrestar las fuerzas modernas del gemmelsmerch -la adicción a la pantalla, la prisa, la efusión y las demás amenazas de la vida moderna- mediante el establecimiento de un sistema que les ha permitido alcanzar su ritmo.
Para lograr algo así, debe asegurarse de hacer aquello que más le importa y, a partir de esas prioridades, formular un sistema que le permita recuperar el control de su vida, mediante la creación de un entorno emocional positivo y un ritmo adecuado. Si pretende controlarlo todo, y tener conciencia absoluta de cada una de sus acciones, rápidamente estará ahogado en la angustia de su inutilidad. Por ello es importante aceptar y dejar ser, permitir que las cosas fluyan y no intentar cambiar aquello que quizás podría modificarse, pero que le ocuparía más tiempo del que tiene.
Lo anterior requiere una alta dosis de realismo; en la medida en que es uno mismo el encargado de diseñar su plan, a cada uno le corresponde el reto de fijarse sus metas y definir qué es aquello que quiere cambiar, sin ignorar jamás las características de su personalidad. Un sistema que desconozca sus miedos o que no se ajuste a sus expectativas, difícilmente llegará a ser parte de su vida. Una vez definidas las acciones que se quieren automatizar, la única forma de incorporarlas es la acción reiterada de las mismas, de manera que el cerebro se habitúe a ellas y aprenda a realizarlas de forma mecánica. Tras esto, usted podrá fluir con serenidad, haciendo todo lo que tiene obligación de hacer, a la vez que deja tiempo y espacio libres para todo aquello que le gusta hacer.

8- Juegue

La energía que destella en nuestros aparatos electrónicos nos remonta a los juegos de la infancia y nadie negará que, detrás de la fascinación que la tecnología despierta en las personas de cualquier edad, se esconde un espíritu lúdico que nos inclina a jugar, divertirnos y explorar mundos fantásticos. Nuestra civilización puede atribuirle al pensamiento lúdico el hecho de haberle permitido llegar al lugar en que se encuentra; ese entusiasmo por el juego, que corre por nuestras venas, nos ha llevado a crear símbolos, a explorar el mundo y a inventar artefactos de toda índole.
Mihaly Csikszentmihalyi, uno de los baluartes de la psicología positiva, afirma que el hombre “fluye” cuando ingresa en un estado en el que está totalmente inmerso en lo que hace y pierde momentáneamente la conciencia de todo lo demás. Ese encuentro entre situación, atención y motivación da como resultado una especie de armonía productiva que, a juicio del psicólogo, es el estado óptimo del ser. Cuando uno fluye es cuando más feliz se siente, y en el fluir la imaginación rebasa sus propios límites y la creatividad se multiplica.
Jugar, en su sentido amplio, es una actividad que eleva a la persona desde lo mundano y las tentaciones banales que intentan robar su tiempo a lo más significativo y productivo; una actividad que le permite comprometerse de manera imaginaria con lo que hace. Al jugar, la mente entra en un estado en el que puede perder conciencia de sí misma, y es entonces más factible que surjan ideas nuevas y mejores. La principal virtud del juego es, precisamente, la facilidad de fluir en él.
El mundo moderno, en el que se debaten las rutinas innecesarias y las innovaciones transformadoras, necesita crear las condiciones para que surja la creatividad. Para que ello suceda, la gente necesita disponer de tiempo para detenerse a pensar y juguetear, dos actividades aparentemente triviales que marcan la diferencia entre un innovador y un mero coleccionista de información.
Bien entendidos, los negocios no son otra cosa que un juego. El éxito en los mismos exige un pensamiento profundo e imaginativo, y cuanto mayor sea el disfrute de quien los lidera, más alta la fluidez y mejor su desempeño. De igual manera, a todos los asuntos que llenan nuestra vida podemos darles un enfoque lúdico. El hecho de jugar con lo que parece serio no menoscaba la actividad; por el contrario, la llena de sentido, aumenta el placer de su realización y, muy posiblemente, maximiza la eficiencia y el desempeño de la misma.

Conclusión

¿Por qué está tan ocupado? Quizás simplemente porque puede estar ocupado, o acaso porque los demás también lo están. Es posible que deba estar ocupado o que, al menos, usted crea que debe estarlo. Es igualmente posible que su personalidad lo lleve a involucrarse profundamente en cada cosa que hace o a que los demás se encarguen de involucrarlo en exceso. Puede ser que el hecho de tener una agenda muy apretada represente para usted un símbolo de estatus o que, al estar ocupado, se evite las molestias de tener que pensar. Sea cual sea la razón, su vida puede estar transcurriendo entre diversas y tediosas ocupaciones que lo alejen de lo que para usted es esencial.
A pesar de que el mundo moderno le ofrece todo tipo de artefactos para hacer en segundos lo que hace cincuenta años llevaba días, es muy posible que usted tenga menos tiempo para hacer el amor con su pareja del que hubiera tenido de haber vivido en esa época. Mucho de lo que ha sido creado para liberar su tiempo, ha terminado por copar hasta los espacios más íntimos de su vida y por imponerle un número creciente de obligaciones, compromisos y tareas que usted nunca solicitó.
Como experto en el funcionamiento de la mente, el doctor Hallowell ha investigado el modo en que la vida moderna afecta a la manera en que pensamos, sentimos y actuamos. Su diagnóstico es claro: en las sociedades modernas vivimos en una especie de carrera contrarreloj; cada día tenemos muchas más cosas que hacer pero menos tiempo para realizarlas. Este frenesí se encuentra en el origen de un malestar colectivo cada vez más extendido en el que las personas llevan una vida angustiosa, solitaria y desdichada, al tiempo que enfrentan dificultades para desarrollar sus tareas de forma eficaz.
Para contrarrestar la prisa que le impone el mundo, debe usted comenzar por reducir su propia velocidad; el tiempo es un recurso escaso y muy valioso. Deténgase a pensar en cuáles son aquellas actividades, personas e ideas a las que quiere dedicar su tiempo, porque considera que lo enriquecen, y cuáles son, por el contrario, las que acaparan su atención y le roban su tiempo de forma vacua e innecesaria. Con esta información diseñe un sistema de prioridades, seleccione unas pocas actividades, cancele lo que no vale la pena y comience a enfocar su vida en lo realmente importante.
Cuando algunas de las actividades que le resultan valiosas o que le son necesarias se vayan convirtiendo en hábitos, su cerebro estará en disposición de realizarlas de forma mecánica y podrá usted crear un ritmo adecuado para desarrollar diversas tareas simultáneamente, fluyendo en ellas de modo placentero. Así, a pesar de los múltiples agobios que el mundo moderno trata de imponerle constantemente, podrá recuperar el tiempo para conectar con otras personas, alimentar sus emociones, reflexionar sobre lo esencial y disfrutar su breve paso por el mundo.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Edward M. Hallowell , profesor de la Facultad de Medicina de Harvard durante más de 20 años, es un psiquiatra especializado en el trastorno por déficit de atención. Autor de varios libros sobre psiquiatría, actualmente dirige el Hallowell Center for Cognitive and Emotional Health en Sudbury, MA.
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