Las reglas del trabajo
Resumen del libro

Las reglas del trabajo

por Richard Templar

Consolide su prestigio profesional y ascienda en la jerarquía siguiendo las normas básicas que rigen las organizaciones

Introducción

 

Nadie va a negar la importancia de realizar bien un trabajo. La concentración en lo que se hace y la excelencia en el desempeño son necesarias para destacar y llegar lejos. Pero no son condiciones suficientes, pues el éxito verdadero requiere algo más que disciplina y eficiencia. Si usted realiza un excelente trabajo pero nadie lo nota…; si lleva a cabo esfuerzos sobrehumanos y adelanta sus tareas en tiempo récord, pero los demás lo ven como un autómata que no tiene aspiraciones… entonces no será mucho más que eso. Porque en la forma en que los demás perciben aquello que hace radica el respeto, la valoración y la admiración que le profesan: es decir, su posibilidad de ascender y llegar a la cúspide de cualquier organización.
Hay un trabajo oculto, más importante y vago que el listado de tareas que cada empleado desempeña, y consiste en hacer que la organización funcione. Muchas personas no sacan provecho de su trabajo porque pasan demasiado tiempo trabajando y rara vez levantan la cabeza para ver qué está pasando a su alrededor. Cuando los demás piensan que usted se preocupa por la organización y no por su pequeña parte dentro de ella, habrá salido del montón. Para eso son estas diez reglas del trabajo. Mientras todos los demás se concentran únicamente en lo que hacen, usted puede seguirlas y procurarse el éxito. Ninguna de estas reglas le exige manipular a otros o traicionarse a sí mismo. En lugar de pretender que los demás hagan algo, son orientaciones para que usted mismo efectúe algunos cambios en su comportamiento, sin que esto implique convertirse en otra persona, ni sacrificar sus valores o su auténtica personalidad. Estas reglas, en definitiva, no son difíciles de aprender, pero su dominio exige tiempo, dedicación y trabajo.

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Regla 1. Practique su forma de comportarse

La imagen que usted proyecta es tan importante como la responsabilidad con que asume su trabajo. Al fin y al cabo, quien decide sus ingresos, sus oportunidades y sus ascensos no es usted mismo, sino otras personas que, para hacerlo, se rigen por la percepción que tienen de usted. Entonces, ¿por qué no facilitarles la tarea y proyectar una imagen de éxito? Haga que su trabajo destaque, haga que su nombre circule en la boca de los directivos… Eso implica dos cosas: por un lado, conlleva hacer muy bien su trabajo, dedicarse a él de lleno, concentrarse en lo que hace y no distraerse nunca; por otro, debe hacerles saber a los demás que usted existe y que es muy bueno, sin necesidad de alardear de su trabajo ni de andar reprochando todas las tareas que tiene a su cargo. Es decir, el trabajo duro debe ir aparejado al hecho de cultivarse la imagen de una persona relajada, que lo tiene todo bajo control y logra mantenerse fría. Usted no tiene pánico, no tiene prisa y disfruta de lo que hace.
Si no se divierte, está perdiendo el tiempo. Y eso no quiere decir que las horas de oficina haya que dedicarlas a jugar al ping-pong y a comer rosquillas. Significa que su trabajo debe darle alegría; no tiene por qué avergonzarse al reconocer el placer que le genera. Si quiere que lo vean como un emprendedor despreocupado o como ese empresario playboy cuya vida todos admiran, comience por parecerlo. Trabaje duro, pero muestre entusiasmo: no necesita andar recordándole a nadie el sudor que le cuesta su disfrute.
En el ámbito de la organización, la mejor estrategia para que su trabajo destaque consiste en generar sorpresas. Sálgase en ocasiones de la rutina y, en lugar de hacer lo que todos hacen, pruebe algo diferente, vaya un poco más allá. Un informe no solicitado, un procedimiento novedoso, algo que muestre su iniciativa… U ofrézcase como voluntario para realizar tareas diferentes a las suyas. Haga lo que haga, en todo caso, no olvide nunca que debe mantener el factor sorpresa y proceder con prudencia y moderación. Si usted es esa persona que siempre está haciendo más de lo que le piden, que se ofrece para cada tarea, que se queda horas extra archivando documentos… habrá ganado muy poco y es mucho lo que habrá perdido. Se trata de destacar, pero no de sobrecargarse ni de que lo tomen por tonto.
Para que su nombre suene en la organización, hágase un nicho propio. Identifique o desarrolle esa área en la que usted sabe más o se desenvuelve mejor que todos sus colegas. Puede ser algo muy puntual, como conocer el nombre y las aficiones de todos los clientes de la empresa, o ser un experto en programación. Y claro, mucho mejor si se trata de algo que su jefe necesita; así usted será un consultor, más que un empleado. Al apropiarse de un espacio que se encontraba desocupado, usted verá rápidamente que su nombre comienza a resonar. Pronto lo pronunciarán sus jefes. Y los jefes de sus jefes hablarán de usted. Estar en boca de ellos, recibir tareas de confianza, pasar tiempo entre los directivos: he ahí los primeros pasos para convertirse en uno de ellos.
Finalmente, si quiere que su trabajo destaque, prometa por debajo de sus posibilidades y rinda por encima de ellas. Si sabe que tendrá un encargo en diez días, pida quince y trate de entregarlo en cinco. No es falta de honestidad, es prudencia. Si se lo reprochan, diga que usted prefiere tener un margen de contingencia por si se presentan imprevistos. Así no solo no quedará mal nunca, sino que, por el contrario, dará grandes sorpresas. Algunos mantienen un desempeño de alto nivel y su nombre ya no vuelve a sonar. Otros no se contentan con eso y dan sorpresas esporádicas para que nadie olvide su presencia. Apúntese a ser este último.

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Regla 2. No olvide que lo están juzgando en todo momento

Todo el tiempo lo están midiendo en función de lo que dice y lo que no dice, de cómo viste, cómo camina y cómo se comporta, de lo que come y los lugares que frecuenta, de cómo se mueve, cómo sonríe y hasta de cómo respira. En fin, toda su persona habla a los demás. En ese sentido, si es inevitable que los demás tengan juicios sobre usted, al menos conviene darles motivos para que esos juicios sean positivos. Esta segunda regla se puede resumir en cuatro palabras: sea una persona atractiva.
Aunque es un concepto muy difícil de definir, el atractivo no está dado por la belleza clásica, una nariz perfecta, unas proporciones de modelo, unos ojos de ensueño o un metro noventa de estatura. En realidad, el atractivo es una cuestión de estilo, de tener presencia, poder, personalidad, vida… No se trata de acudir al quirófano para cambiar su apariencia, pero sí de eliminar todo aquello que pueda socavar su encanto.
Comience por vestir bien, eso es lo que más se nota en su persona. No hay excusa para ir desaliñado, con ropa barata o de mala calidad. El nivel de elegancia viene dado por el código de vestir que rija en su lugar de trabajo. Pero, independientemente de lo formal o informal que este sea, no debe llevar nunca ropa barata, de mala calidad, sucia o rota. Compre solamente lo mejor que se pueda permitir y recuerde que cuantos menos accesorios lleve, mejor. Además, al eliminar todo lo que sobra, podrá invertir más en las prendas esenciales y vestir con distinción. Hay muchos estilos: fórjese el suyo propio. Es cierto que teñirse el pelo de rojo e ir con ropa de segunda mano puede ser todo un estilo, pero quizá no es el más adecuado para un próximo directivo. Elija un estilo con buen gusto, formal, civilizado, elegante, culto, refinado y distinguido. Usted quiere ser un Cary Grant: clásico, atemporal, serio. No lleve nunca zapatos deportivos, ni camisas hawaianas, ni prendas ajustadas o extremas que llamen demasiado la atención. Siempre es mejor pecar por exceso de formalidad que por informalidad ramplona. Si baja la guardia, lo recordarán.
El cuidado personal también es fundamental. Lleve siempre los zapatos limpios y en buen estado, la ropa planchada y limpia; llegue recién duchado, use desodorante, lávese el pelo, córteselo y arrégleselo con regularidad, aféitese si es hombre o cuide bien la barba si la lleva… En fin, vaya impecable de la cabeza a los pies. Y esto no implica que se tenga que convertir en una persona frívola o en un narciso esclavo del espejo. Consiga un buen aspecto y, después, relájese y disfrútelo.
Enriquezca su imagen con una sonrisa auténtica, que le llegue hasta los ojos. No intente forzarla, pues solo parece genuina una sonrisa que realmente lo es. Así que, si no la tiene, supóngala, practíquela y cultívela, desarrollando una actitud abierta, franca, feliz y sincera. Es cuestión de rebosar confianza y energía todo el tiempo, desde el momento en que entra en la oficina por la mañana, caminando ligero y con brío. Y cuando vaya a saludar, no dé nunca una mano blandengue. Sea el primero en extender la suya, estréchela con firmeza, agítela bien, mire a los ojos y repita el nombre de quien tiene enfrente. Un saludo así, a la antigua, transmite una confianza, una seguridad y una fortaleza que perdurarán en la otra persona.
Finalmente, exprésese bien, tanto oralmente como por escrito. Hable con claridad, sin mascullar, con suficiente volumen, sin jerga incomprensible, sin expresiones que lo encasillen en un grupo o clase social y sin errores gramaticales. Asegúrese de que su expresión oral sea brillante, clara, agradable y sencilla. Y como también lo van a juzgar por lo que escribe y por el aspecto de su escrito, hágalo bien. Use una letra legible, clara, madura y consistente. Incluso si usted solamente escribe en el ordenador, tiene que decidir detalles como el tipo de letra y la presentación de sus escritos. Y no desatienda la ortografía ni la gramática: son una vitrina de su pensamiento.

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Regla 3. Hágase un plan

Quienes no tienen un plan, quienes no han definido su Norte, terminan yendo por donde los lleva la corriente. Por eso, si usted quiere ser el dueño de su destino, es esencial que comience por establecer con claridad las metas que desea alcanzar. ¿Que sus metas son utópicas e inalcanzables? ¡Tanto mejor! Aquellos que llenan de límites su imaginación tienen que conformarse con poco. Usted debe saber adónde se dirige y encauzar hacia allí todas sus acciones. Cuanto más distante esté la meta, menos probable será sucumbir en la propia complacencia.
Esas metas a largo plazo que representan sus aspiraciones vitales deberán concretarse en planes a corto. No se trata de encerrarse en su propia rigidez; al contrario, hay que mantenerse flexible, perspicaz, abierto a las oportunidades. Por eso sus planes han de dejar un margen para contingencias, y usted, como buen planificador, debe saber leer las señales de alarma y prever los indicadores de cambio, para ajustarse a las circunstancias. En cada paso que dé, piense qué es lo que busca y descubra la forma de lograrlo. Se preguntará cómo de cortos han de ser esos planes: no hay una respuesta única. Puede tener planes mensuales, con proyectos en curso; otros anuales, con proyectos que se están forjando; y otros para cinco años, con perspectivas e ideas a futuro. Pero tenga en cuenta que cuanto más corto sea el plazo, más probabilidades hay de que el plan termine reducido a una agenda de trabajo. Y no se trata de eso. Sus planes han de recoger lo que usted quiere hacer y no lo que usted tiene que hacer.
Quien planifica llega alto, pero para ello debe conocer las vías de acceso. Por eso, antes de empezar una carrera desenfrenada, se debe conocer el sistema; antes de abalanzarse como un desaforado de la A a la Z, debe saber cuál es el mejor camino para lograrlo. En su trabajo, por ejemplo, revise y conozca el sistema de promoción; realice una especie de mapa que contemple el puesto más bajo y el más alto, y todos los pasos intermedios. Luego, como un actor que elige su papel, plantéese un plan de juego y fíjese su propia misión personal, que le permitirá saber cómo comportarse. Seguramente, en el momento en que escriba dicha misión, usted no dirá que quiere ser mala persona y fastidiar a todo el mundo; probablemente expresará lo contrario y se convertirá en un excelente libreto para sus actuaciones.
Para todo esto tiene que ser increíblemente objetivo con respecto a sí mismo y adquirir conciencia de sus fortalezas y debilidades. Recuerde, en todo caso, que estas cosas varían en función del contexto. Porque una misma cualidad, como la iniciativa, puede significar el éxito para un publicista y la ruina para un militar. Teniendo en mente entonces el papel que usted desempeña en la organización o en el equipo de trabajo, haga una lista de sus debilidades y fortalezas, no para intentar erradicar todos sus defectos y convertirse en un ser perfecto, sino para identificar sus características y aprender a funcionar con ellas de forma productiva.
Por último, su plan ha de estar sujeto a cambios. Sepa identificar los momentos clave y actúe como una cobra, que tiene mucho poder, por su energía y su veneno, pero que no ataca a todo el que se le cruza. Utilice igualmente su poder solamente cuando sea estrictamente necesario. Para una cobra, esos momentos clave están dados por el hambre y el peligro. ¿Y para usted? Esfuércese por identificar momentos adecuados, con sentido, ventajosos, beneficiosos, necesarios y realmente importantes. Busque y reconozca las oportunidades y esté abierto a aprovecharlas. No consuma su energía en ese tedioso informe que nadie va a leer; mejor guárdela para el que va directo a la mesa del director general.

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Regla 4. Si no puede decir nada agradable, cállese

Recuerde que no se gana nada diciendo las cosas malas, pero sí al expresar las positivas. Absténgase, por lo tanto, de andar profiriendo por ahí lo primero que le venga a la cabeza. Evite los comentarios políticamente incorrectos, los chistes y las observaciones ofensivas; guárdese para usted mismo su arrogancia; no diga nunca palabrotas; no se queje y no alimente el cotilleo. En definitiva, piense cuidadosamente antes de hablar y guarde silencio hasta que no tenga algo importante o agradable que decir.
Murmuraciones, chismes y cotilleos siempre circularán a su alrededor. Si los escucha con beneficio de inventario, puede obtener información clave; pero jamás los alimente. No tiene que cerrar los ojos o taparse los oídos cada vez que alguien murmure, pues la idea no es pasar por alguien muy severo o engreído, pero asegúrese de que la murmuración termina en usted.
Tampoco proteste. La vida es injusta, cruel, difícil, está llena de problemas… pero sus lamentos no resuelven nada. Quien solamente se queja será responsable de su reputación de improductivo, alimentará su propia desmotivación, se convertirá en una persona poco atractiva, será un imán para otros protestones y perderá valiosas horas de su tiempo. Mejor evítelo. Y si lo considera necesario, si siente la necesidad imperiosa de protestar, entonces hágalo, pero ríjase por dos reglas impagables: proponga siempre una solución y nunca reniegue de alguien a sus espaldas, dé siempre la cara.
En lugar de incentivar los comentarios negativos, esfuércese por sacar a la luz aspectos positivos de los demás. Cuando todos digan que Pedro es insoportable, mejor búsquele el lado bueno y diga algo agradable sobre él. No se trata de que invente nada: de todas las personas hay algo bueno que decir. Y si no lo encuentra, mejor quédese callado, que un elogio poco genuino es más nocivo que una ofensa. Así, absteniéndose de murmuraciones y defendiendo a los demás, usted se ganará una reputación positiva y se fraguará la confianza de sus compañeros, que lo verán como una persona auténticamente buena.
Mire el lado bueno de las cosas y muéstrese como alguien alegre y positivo. Puede que al principio sea una simulación que le demande grandes esfuerzos, pero, a fuerza de cultivar esa actitud, la incorporará como un estado anímico. Además, no hay nada tan atractivo como una persona alegre; los demás se acercarán haciendo, de paso, su vida más alegre. Anímese y felicite a la gente, siempre de forma sincera, sin sofisticaciones. Por ejemplo, acompañe sus elogios con una pregunta auténtica: “Me gustó mucho tu informe, ¿qué crees que debemos hacer para atacar el problema que identificaste?”.
Hacer preguntas muestra su interés por los demás, hace hincapié en que está atento, que es consciente, considerado y creativo. Allí donde el beligerante refuta, el astuto pregunta. Con una cuestión profunda y sincera, no solo sugiere su propia opinión, sino que le entrega a su interlocutor la responsabilidad argumentativa. Los tontos, los aburridos, los perezosos no hacen preguntas. ¿Alguna pregunta?
Por último, use siempre el “por favor” y el “gracias”. Es obvio y básico, pero muchas personas no lo hacen y no hay ninguna excusa para ello. No importa cuantas veces al día le pasen una hoja de papel, debe decir gracias todas las veces, sin excepción. Un cierto directivo lograba que sus empleados trabajasen en turnos de noche, acudieran al trabajo durante las vacaciones, se llevasen trabajo a sus casas y otro tipo de cosas normalmente impensables. ¿Cómo lo hacía? Simple: decía “por favor” y “gracias”, y lo decía sinceramente.

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Regla 5. Mire por usted mismo

Si usted no se cuida, nadie lo va a hacer por usted. Y si usted tiene éxito, como seguramente tendrá en caso de ceñirse a estas reglas, es posible que haya muchos que anhelen su caída. Así que no les dé la oportunidad de ponerle zancadillas; establezca sus propios estándares éticos, por ejemplo, diciendo que no va a hacer nada que le avergonzaría contar a sus hijos. Y ríjase por tales principios.
Indague siempre el horizonte ético de su empresa, pregúntese por los principios morales que la gobiernan. ¿Hiere o cura? ¿Le aporta a la sociedad o solo chupa de ella? Si usted llega a la conclusión de que el enfoque de la empresa es injustificable, lo mejor es que se vaya. Pero si, como sucede con frecuencia, las incompatibilidades son sutiles y se materializan en pequeños dilemas cotidianos, lo mejor es que les haga frente dejando siempre clara su posición ética ante ellos. En tales casos, trate de influir en las decisiones de sus directivos ofreciéndoles, por ejemplo, un titular sonoro con el que la prensa anunciaría ese hecho en caso de que se filtrara: “Juguetes, S. A., vende muñecos con residuos de titanio”.
Además de la normativa interna, entérese de las leyes que regulan su empresa. Si quiere llegar lejos tendrá que ser más limpio que el más limpio y, como muchas veces hay normas minuciosas que usted podría saltarse sin notarlo, mejor no permita que su ingenuidad lo convierta en el chivo expiatorio de algún aventajado. El “no lo sabía” nunca ha sido una defensa eficaz. Para su tranquilidad, y para evitarse eventuales problemas, mantenga archivos y registros de todas sus actuaciones. Nadie tiene una memoria perfecta y esas notas que tomó en la conversación con el jefe serán más adelante la prueba irrefutable de que su parte del informe no abarcaba el análisis de exportaciones. Lo que está por escrito hace que todo sea mucho más sencillo, fácil y claro. Si no está escrito, un pequeño detalle puede originar un gran conflicto.
Por último, no mienta nunca ni encubra a nadie, bajo ninguna circunstancia. Así se ahorrará inculpaciones, miedos, recriminaciones, riesgos y la engorrosa obligación de tener que recordar sus mentiras. En algunos casos es válido maquillar la realidad, pero jamás se debe incurrir en falsedades, esto es, en afirmaciones que puedan probarse definitivamente como falsas. No se trata tampoco de andar contándolo todo. Hay verdades que se pueden callar, a no ser que alguien las pregunte. Y cuando alguien le pida una opinión, piense profundamente si lo que esa persona quiere es la verdad (“su informe es pésimo y tan aburrido como usted, de quien además no se puede esperar nada mejor”), o si, tal vez, su compañero preferiría una versión matizada o ligeramente alterada de esa cruda realidad.

Regla 6. Mézclese con los demás

A las personas nos gusta formar grupos y pertenecer a ellos. Tal vez así nos sentimos más seguros. Y cuando esos grupos se sienten amenazados, todos sus integrantes reaccionan en manada, para repeler el peligro y mantener la cohesión. Así las cosas, usted haría mal en amenazar a los grupos que existen en su lugar de trabajo o en hacerles sentir amenazados. Por el contrario, debe mezclarse con ellos, sin sacrificar por ello su identidad ni sus principios. Observe lo que hacen y hágalo. Si todos van al bar o a una bolera, no les diga que son lugares tontos, mejor invéntese una buena excusa o tráguese su orgullo y acompáñelos una vez. No cuestione las actividades de los demás, es su vida y a usted no le interesa. Mejor viva la suya, sin encasillarse como una persona engreída.
Intente encajar en el grupo. Es mejor que sientan que usted es uno de ellos a que lo vean como una amenaza. Fusiónese en la empresa como un camaleón. Empiece por estudiar muy bien la cultura corporativa, que está presente en toda organización por pequeña que sea; así conocerá la forma en que las personas hacen allí las cosas. Tenga en cuenta que el 70% de los despidos laborales no se debe a que alguien sea incapaz de hacer bien su trabajo, sino a que no conoce o no se adapta a la cultura de la empresa. De nuevo, no se trata de comprarla, ni de creer ciegamente en ella, pero sí de ajustarse a sus dictámenes y respetarla.
Si quiere pertenecer a la cúpula directiva, es hora de unirse a ella. Hay lugares y momentos clave en que se reúnen las personas con más poder: un club, un cierto bar, un pasillo donde fuman. Infórmese bien de los códigos de conducta de esos sitios y acuda allí, pero no como un intruso, sino como alguien que pertenece a ese lugar y sabe comportarse. Si usted llega allí antes que ellos, no tendrá que crear ninguna excusa para justificar su presencia. Y aunque elija no ir nunca, es mejor que los conozca y pueda mostrar ese conocimiento en una conversación.
Algo semejante sucede con los protocolos locales: los sitios donde no se debe aparcar, el hecho de que en las comidas de negocios se pueda tomar vino pero jamás cerveza, la importancia de contribuir para la fiesta del personal y otra serie de costumbres imperecederas que funcionan así desde antes de su llegada y que tienen una fuerza incuestionable. Conozca esos protocolos y nunca intente vulnerarlos.
Las culturas organizacionales tienen sus propios lenguajes. A usted puede parecerle torpe que su jefe diga PPR para hablar de personal/producto/ratios, pero como su función en la empresa no es educar a nadie, lo mejor y más fácil es que comience a incorporar esas expresiones. Al hablar como ellos, lo asumirán como uno de ellos. Y usted ya sabe que es mejor pertenecer al grupo que pretender escindirlo. Ahora bien, aunque existe una cultura que los aglutina a todos, cada individuo tiene sus particularidades y conviene ofrecer un trato diferenciado. Haga con sus colegas y directivos como hace el padre con sus hijos: bríndeles un trato personalizado, ofrézcale a cada uno algo especial y único para él.

Regla 7. Vaya un paso por delante

La clave para ascender rápidamente en la jerarquía de una organización se puede sintetizar en cuatro verbos: observar, aprender, practicar y adoptar. Mire a los de arriba, acérquese a ellos, imite sus comportamientos, sea uno de ellos. No se conforme con el puesto al que ha llegado. O le gusta el movimiento o echa raíces. Usted no puede descansar, ni limitarse a buscar una sola promoción. Deberá estar preparando desde el paso anterior para dar el próximo. Y para ir un paso adelante, lo mejor es que camine al lado de los que están ya un paso por delante. Tiene que mimetizarse entre los altos directivos, pasar más tiempo con ellos sin que su presencia les llame la atención o les moleste.
Si se contenta con vestirse, comportarse y hablar como lo hacen los de su nivel, seguirá siendo uno de ellos. Si lo hace como aquellos que ocupan el cargo al que usted aspira, muy pronto estará ocupando esos espacios. Actúe como un asistente y la gente pensará que no es más que un asistente. Actúe como un director general y la gente aceptará que usted lo es. Además, no hay nada peor que llegar a un trabajo nuevo y no saber llevar el traje adecuado o ser artificial en el comportamiento. Entrénese desde antes, adopte esos códigos cuando nadie se los exige: vaya siempre un paso por delante.
Comience a imitar a sus jefes. Mire cómo entran a las reuniones, cómo hablan por teléfono, cómo usan la pluma, cómo tratan a los clientes, cómo abren la puerta del despacho, cómo se sientan… Seguro que hacen todo de forma diferente a, por ejemplo, el asistente de marketing recién llegado. Fíjese asimismo en cómo hablan. Verá que en su conversación hay menos tonterías, menos cotilleos, menos trivialidades,… Comprobará que usan el “nosotros” más que el “yo”. Tal vez sea porque son accionistas, una parte de la empresa les pertenece. ¿A qué espera, entonces? Corra a comprar unas acciones. Sea parte de ese “nosotros”, pues en toda reunión es más maduro decir “nosotros” que “yo”. Quien actúa como si ya hubiera sido promocionado, tiene grandes probabilidades de que lo promocionen.
Piense, también, un paso por delante. Reflexione en la compañía más que en usted. Así lo hace un jefe: ve el gran cuadro, dirige la película. Los temas corporativos son prioritarios. Usted puede empezar desde ya. No se trata de decir que sí a todo lo relativo a la empresa, sino de enfocar los problemas desde la óptica del colectivo y no desde su limitado punto de vista. Aborde los problemas, por ejemplo, pensando en cómo afectan a la empresa, en lugar de en cómo le afectan a usted.

Regla 8. Cultive la diplomacia

Nunca comience una pelea e intente finalizarlas siempre. Entre las cualidades que más prestigio pueden brindarle frente a sus colegas y jefes están la imparcialidad, la objetividad y la serenidad en el trato con los demás. Por eso, en lugar de reaccionar apasionadamente ante las circunstancias, procure siempre considerar la situación de forma objetiva e imparcial. Y para eso es bueno contemplar las cosas en perspectiva, teniendo en cuenta, por ejemplo, que el trabajo no es sino una sola faceta de la vida, que ese lunes lluvioso y desagradable es apenas un día de la semana, o que ese cliente insoportable está molesto porque se siente engañado.
Cuando se presente un conflicto, intervenga de forma conciliadora; formule preguntas a quienes tengan el malentendido de forma que centren su atención en algún detalle particular y reflexionen sobre la situación en que se encuentran. Eso puede bajar la temperatura en situaciones potencialmente explosivas. Obviamente, evite entrar en la pelea si lo involucra personalmente o si un jefe suyo ya se ha hecho cargo de la situación. Y tenga en cuenta, siempre, que independientemente de lo que pase es mejor que no tome partido. De hacerlo, se arriesga a que las dos partes se vuelquen en su contra. Cuanto más imparcial logre ser, cuanto más al margen logre ubicarse, mayor prestigio adquirirá. En cierto sentido, ser conciliador es como interrumpir las peleas entre los niños. Usted debe restaurar la paz, hacer que se den la mano e intentar que vuelvan a ser amigos. Y pase lo que pase, usted no debe perder los estribos ni permitir que la situación se torne incontrolable.
Recuerde mantener la calma y tener la cabeza fría. No tome personalmente nada de lo que se refiere a sus compañeros: se censura el comportamiento, no a las personas. Y cuando alguien se enfade con usted, aprenda a diferenciar el enfado justificado del estratégico, para responder adecuadamente a uno y otro. En el primer caso, la otra persona tiene razón de estar furiosa y por lo tanto no se debe negar la culpa, ni ridiculizar la cólera del otro; por el contrario, hay que excusarse de forma sincera y asumir las consecuencias, haciéndole saber a la otra persona que se comprenden y aprecian sus sentimientos. El segundo caso, en cambio, corresponde a la estrategia de algunos para intimidar a otros y manipularlos; nunca caiga en ese tipo de enfado. El hecho de que deba tratar de mantener las distancias y no ofender a nadie no implica que abra sus puertas para que abusen de usted. En ese tipo de casos, que van más allá de lo que es una riña o altercado cotidiano, debe establecer su límite y hacérselo saber a la otra persona con firmeza.
Guárdese, por último, sus opiniones. La gente tiene muchas razones por las cuales cree que su opinión vale la pena cuando, en realidad, la única razón para dar una opinión es que alguien la haya pedido. Todo lo demás son falsas pretensiones que, muchas veces, se tornan en contra o despiertan resentimientos. En caso de dar una opinión, trate de hacerla pasar como un hecho. En lugar de decir: “creo que esta es una buena máquina”, diga: “esta es una buena máquina”.

Regla 9. Conozca el sistema y sáquele el máximo partido

En todo lugar de trabajo hay numerosas reglas no escritas cuyo influjo es, en ocasiones, superior al de los reglamentos formales. Así como la lógica que rige a los sindicatos suele escapar el marco analítico de los especialistas en management, muchas personas son incapaces de percibir o de entender estas reglas invisibles sobre las que pende el funcionamiento real de una organización. Recuerde que el conocimiento es poder: saber cómo se mueven esos hilos oscuros le proporcionará una excelente oportunidad de obtener grandes beneficios.
Las organizaciones se estructuran sobre prácticas y costumbres que es mejor no vulnerar. Conviene saber a quién “se le permite” usar ciertas cosas o servicios, no solo para no irrumpir violentamente en el territorio que otro considera sagrado, sino para conocer los mejores canales –y a veces los únicos– de obtener ciertas ventajas. Aprenda, por ejemplo, cómo tiene que llamar a cada persona. Tal vez la razón por la que su cheque llega con retraso todos los meses se esconda en su empeño por llamar Carmen a la señora García de contabilidad.
Identifique a las personas que tienen poder, pues en ellas encontrará una capacidad de influencia que puede no parecer acorde con el puesto que ocupan. Muchas veces, la persona menos esperada es pariente de la esposa del jefe o tiene una afinidad histórica con alguien de los cargos directivos. Desconocer eso puede ser fatal. Saberlo y aprovecharlo podrá ayudarle a llegar donde quiera. Entre las personas que suelen ejercer una influencia increíble se suelen encontrar todas aquellas que llevan en la empresa mucho tiempo y algunos cargos estratégicos, como los chóferes, los auditores o el personal de relaciones públicas, recursos humanos y secretaría.
Por otra parte, en las organizaciones suelen establecerse una normas tácitas que separan lo que es robo de lo que es considerado una propina. Y aunque se trate de un lápiz, una llamada telefónica, una grapadora o unos discos compactos, lo mejor que usted puede hacer es no llevarse nada. No se trata de andar alardeando de su honestidad, ni de querer avergonzar a quienes proceden de esa forma. Simplemente se trata de evitar problemas o malentendidos.
No obstante, aunque en general conviene respetar las reglas tácitas, esto también tiene sus límites, y no es cuestión de sacrificar el propio bienestar por ello. Con los horarios de trabajo, por ejemplo, suele crearse la costumbre de que irse más temprano, o incluso salir a la hora convenida, acarreará problemas y dará lugar a una mala reputación. Sin embargo, la verdad es que los que se rigen por esta idea son los clones, las hormigas obreras, los zánganos. Al confrontar estas prácticas, usted puede hacer hincapié en que es una persona importante y que su vida tiene peso. No se trata de escabullirse por la puerta de atrás; si usted hace bien su trabajo, tiene derecho a salir cuando quiera. Tal vez las demás ovejas no lo hagan, pero poco a poco irán sabiendo que usted, aunque está en el rebaño, no es propiamente una oveja más. Así pues, cuestiónese los motivos de todo y sea sensible a las agendas ocultas. Tal vez la razón por la que el señor Pérez es el último en salir todos los días no tiene mucho que ver con las exigencias que le impone su trabajo.

Regla 10. Controle a sus rivales

Usted nunca corre solo. Cada vez que se presenta una oportunidad, sus rivales estarán al acecho, persiguiendo lo mismo que usted busca. No los ignore ni los subestime; mejor sea consciente de ellos y trate de superarlos. Cuando se abra un puesto interesante en la compañía, surgirán candidatos de dos tipos, los internos y los externos. A los primeros los puede medir directamente; a los externos, por su parte, se les puede anticipar haciendo valer la posición privilegiada en que se encuentra con respecto a ellos.
No se trata de eliminar a ningún rival con puñaladas rastreras o medios ilícitos. Es mejor centrarse en las propias fortalezas y talentos, haciéndolos destacar sobre los de los demás, pero sin entrar a cuestionarlos a ellos. En ocasiones, cuando sus rivales ocupan un puesto interno en la compañía, usted puede hacer notar que ellos son imprescindibles en el lugar en el que están. Así, sin necesidad de criticarlos, puede alejarlos de su camino. Pero solamente resalte esas cualidades cuando realmente las crea ciertas. La técnica de elogiar a los demás con frases ambiguas que en realidad intentan descalificarlos no constituye juego limpio. Si usted sabe que Carlos es incapaz de trabajar en equipo, absténgase de decir cosas como: “Carlos es un libre pensador, realmente independiente, asombrosamente autosuficiente; su originalidad es devastadora”.
En la carrera por una promoción laboral, lo primero que debe hacer es un estudio detallado del puesto que se ofrece. Averigüe cuáles son las necesidades prioritarias, lea la descripción, entre en contacto con quienes lo desempeñan, indague qué piensan los directivos. Infórmese también sobre la agenda oculta: generalmente hay mucho más de lo que aparece en el anuncio. Y tal vez el puesto no es tan atractivo si sabe que lo abrieron para cumplir un requisito, pero que no lo van a otorgar o que ya está preasignado. O, menos aún, si se entera de que lo van a amortizar despidiendo a la persona en un plazo de seis meses.
Por último, y como regla general, nunca revele demasiada información sobre sus intereses o perspectivas laborales. No conviene ir contándole a nadie que se va a ir de la empresa o que piensa participar en una convocatoria. Estas cosas se filtran y aquellos a quienes les gusta fanfarronear suelen terminar enredados en situaciones embarazosas o interrogados de forma incómoda por algún jefe suspicaz. Manténgase informado de lo que sucede, pero conserve su distancia y humildad; es decir, preste atención a lo que se dice, sin entrar para ello en la lógica de las murmuraciones, indague las agendas ocultas, acérquese a los que tienen información veraz y manténgase al día de las noticias de la prensa, pues allí muchas veces encontrará información de alto nivel que ha llegado a filtrarse.

Conclusión

La consigna del maestro zen es muy concisa: “verlo todo, saberlo todo, decir poco”. Esa es la actitud que encierran estas reglas para el trabajo. Como sus compañeros y jefes lo están juzgando continuamente, no basta con que usted tenga el control sobre su trabajo, también es necesario que sea consciente de lo que sucede a su alrededor y que ajuste su comportamiento a las exigencias del entorno. Cuide su apariencia y su atractivo. Fíjese metas en la organización y establezca su camino para llegar a ellas.
Peter Drucker sostenía que la eficiencia es llevar a cabo adecuadamente el trabajo, mientras que la eficacia consiste en realizar el trabajo adecuado. Y eso último, que es el reto auténtico de un trabajador con éxito, no es algo que los jefes comenten a los subordinados. Si entre sus metas se encuentran las de ascender a los cargos directivos, la forma más eficaz de lograrlo no se limita al cumplimiento de todas sus obligaciones contractuales, ni a trabajar con responsabilidad y rapidez. Le conviene anticiparse a los hechos y adoptar de antemano las actitudes y comportamientos de aquellos que ocupen ese tipo de cargos. Si quiere ser el director, antes tiene que adoptar el estilo de vestir, de hablar y de comportarse de un directivo. Observe con atención y escuche con cuidado las señales intangibles de la vida organizacional. Todo lo que usted busca está ahí, al alcance de sus ojos.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Richard Templar, autor inglés de varios bestsellers sobre autodesarrollo, cuenta con más de 30 años de experiencia en el mundo empresarial, tanto trabajando para diversas compañías como dirigiendo las suyas propias actualmente.
Ha expuesto sus ideas sobre el éxito en una serie de libros en que se presentan las reglas para lograrlo, bien sea en los negocios, el trabajo o la vida en general.
Ficha técnica
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