Las reglas del cerebro
Resumen del libro

Las reglas del cerebro

por John Medina

12 reglas básicas para ejercitar la mente

Introducción

Retrocedamos algunos millones de años e imaginemos a nuestros antepasados homínidos que, enfrentados a un devastador cambio climático, se ven obligados a descender de la comodidad de los árboles y enfrentarse a ese vasto territorio plano que se extendía ante sus pies. Los acuerdos entre la comunidad científica sobre cómo se dio el proceso de evolución siguen siendo bastante poco sólidos, pero, al parecer, una helada habría sacudido a nuestros antepasados con la suficiente fuerza como para hacerles bajar de los árboles y obligarles a buscar nuevos territorios y fuentes de alimentos.
Las reglas de la naturaleza eran las mismas para todos y sólo los más aptos eran los llamados a sobrevivir. La estrategia de nuestros ancestros no consistió, pues, en hacerse más fuertes que las poderosas fieras que habitaban en esas nuevas tierras, sino en superarlas en inteligencia. De esa manera, una población estimada en 2.000 Homo erectus que luchaba por sobrevivir en África, fue adaptándose a las necesidades del ambiente hasta convertirse en Homo sapiens y, hace unos 100.000 años, salir de África para dispersarse por el mundo y conquistarlo.
Algunos investigadores sostienen que nos fuimos extendiendo a un ritmo de 40 kilómetros por año; algo sorprendente, teniendo en cuenta la naturaleza del mundo en que nuestros ancestros habitaban. Para lograrlo, tuvimos que renunciar a la estabilidad y adaptarnos a las variaciones, al movimiento continuo. Y fue en esas condiciones en las que evolucionó nuestro cerebro, garantizando nuestra supervivencia y convirtiéndose en el más poderoso sobre la tierra.
Para adaptarse a las superficies planas, los homínidos aprendieron a caminar sobre dos patas, y esto no sólo tuvo como consecuencia una serie de modificaciones morfológicas en su pelvis: al mismo tiempo, les permitió liberar las manos y reducir la demanda de energía en el cuerpo, dirigiéndola hacia el cerebro. Las consecuencias fueron notables: con sus manos, el hombre ha conquistado todo tipo de herramientas para sobrevivir y modificar el entorno, y con su cerebro, que representa un 2% de su masa corporal pero emplea un 20% de la energía que produce, ha llegado a conquistar el mundo.
Durante la evolución se fue formando la corteza prefrontal, el rasgo distintivo de nuestro cerebro, que gobierna funciones ejecutivas como la resolución de problemas, el mantenimiento de la atención y la inhibición de impulsos emocionales. Al tiempo que nuestro cráneo aumentaba en tamaño se iba suscitando un nuevo problema, pues el canal vaginal de la madre no era suficientemente amplio para permitir el paso de una cabeza demasiado grande. Eventualmente, esta sería la causa de la prolongada e indefensa infancia de nuestra especie, pues la solución habría estado en que los niños nacieran sin haber alcanzado el desarrollo pleno y, para completar su formación craneal, tuvieran que enfrentar un periodo largo de absoluta dependencia, algo no muy ventajoso para sobrevivir en un medio salvaje.
Afirman los evolucionistas que allí puede esconderse una de las causas por las cuales nos vimos obligados a desarrollar un sistema de enseñanza y aprendizaje para transmitir conocimientos, y a organizarnos en sociedad para coordinar las acciones. Un individuo aislado no estaría en condiciones de vencer las amenazas contra sí mismo y proteger a sus hijos, pero dos o más individuos organizados sumarían fuerzas y podrían lograrlo. Esta necesidad de establecer alianzas y cooperar como medio para sobrevivir puede estar entonces en la raíz del desarrollo del lenguaje y del pensamiento simbólico. Comunicarse con otro exige poder atribuirle pensamientos e intenciones, habilidades que demandan un uso intenso del cerebro, pues exigen atender a características que no son en absoluto físicas.
La capacidad de representarse lo intangible, y de atribuirle características y significados a cosas que en apariencia o en realidad no las poseen, abrió en el Homo sapiens un mundo de posibilidades que hace más de 40.000 años comenzaron a verse plasmadas en sus expresiones artísticas, y que fueron dando paso al lenguaje oral y escrito, a las matemáticas, a la cultura y a prácticamente todo aquello que nos caracteriza como humanos.
Si nuestros antepasados no podían darse el lujo de repetir sus errores, y su corta vida no les daba el tiempo suficiente para aprenderlo todo a través de la experiencia, sus cerebros tuvieron que desarrollar un universo de estrategias para garantizar la supervivencia de la especie. Así pues, ese órgano que nos diferencia de las demás especies es algo excepcional y lleno de misterios que, en gran parte, ignoramos por completo.
John Medina postula doce reglas con las que trata de arrojar algo de luz sobre ese oscuro mundo. Para su formulación, ha recogido múltiples análisis y experimentos adelantados por biólogos y evolucionistas, que estudian los tejidos cerebrales y su modificación en el tiempo, por psicólogos experimentales, que estudian los comportamientos humanos, y por neurocientíficos cognitivos, que buscan la relación de los primeros con los segundos. Cada una de estas reglas permite derivar recomendaciones prácticas para orientar nuestra vida y repensar nuestros modelos de organización, particularmente en los ámbitos educativos y laborales.


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REGLA 1. El ejercicio físico aumenta las capacidades cerebrales

Nuestro cerebro llegó a ser lo que es tras una evolución milenaria en la que el movimiento de los hombres fue constante. Según el antropólogo Richard Wrangham, nuestros antepasados recorrían distancias de entre 10 y 20 kilómetros diarios, y en tales condiciones fueron evolucionando sus cerebros. Quizás esto explique las marcadas diferencias en el envejecimiento de los individuos y arroje luces sobre por qué algunos pasan sus ochenta años sentados en un sofá sin poder moverse, mientras que otros -como Frank Lloyd Wright- muestran una altísima lucidez mental que les permite, como a este último, diseñar a los 90 años obras de la talla del Guggenheim de Nueva York.
Si bien son muchas las variables que determinan cómo envejecerá cada persona –desde su naturaleza hasta su entorno y su cultura–, uno de los factores más influyentes es la presencia o ausencia de una vida sedentaria. Un estilo de vida activo amplía la posibilidad de morir más tarde y, quizás más importante, de envejecer mejor. Tratar de explicar estos hallazgos ha llevado a la comunidad científica a realizar grandes descubrimientos:
  • Los investigadores han tomado a personas sedentarias, las han puesto a hacer ejercicios aeróbicos y han evaluado su desempeño cerebral antes y después. Los resultados positivos se mostraron después de sólo 4 meses. Incluso en niños, a pesar de los pocos experimentos realizados, se ha detectado que el ejercicio aumenta su atención, su perspicacia, su concentración y su autoestima.
  • Los experimentos han logrado establecer una relación entre el ejercicio y la mejoría en casi todas las habilidades cognitivas que se evalúan en el aula o en el trabajo (memoria, razonamiento, atención, solución de problemas…). Aun así, no es posible afirmar que se trate de una relación causal, pues el grado de beneficio varía según cada individuo.
  • Para lograr estos resultados positivos, los mejores ejercicios son los aeróbicos (aquellos que por su intensidad requieren principalmente de oxígeno para su mantenimiento, aumentando la frecuencia cardíaca). Unos 30 minutos, dos o tres veces por semana, son suficientes para obtener los resultados medibles; de hecho, el exceso de ejercicio puede causar daño cognitivo.
  • El ejercicio previene los desempeños cognitivos atípicos, como el Alzheimer, cuya posibilidad se reduce en un 60%; la demencia, que se reduce a la mitad, o los derrames cerebrales, cuyo riesgo baja en un 57% con una caminata diaria de 20 minutos. Y en casos de depresión y ansiedad, el ejercicio ha mostrado beneficios inmediatos y a largo plazo, tanto para hombres como para mujeres, especialmente en personas mayores y en casos severos.
La explicación biológica de esta relación radica en que, al requerir mucha glucosa, el cerebro genera abundante basura tóxica que sólo puede ser combatida por medio del oxígeno. Y si esos electrones tóxicos llegaran a acumularse en el cerebro, por ejemplo por una ausencia de oxígeno durante más de 5 minutos, el riesgo de un daño irreversible sería inminente.
La ciencia económica ha puesto de relieve que la calidad de vida de una población muchas veces no se incrementa proveyéndola de mejores bienes y servicios, sino simplemente garantizando a las personas su acceso a ellos. A nivel orgánico sucede lo mismo con el ejercicio: con él no se mejora la calidad del oxígeno que respiramos, sino que se aumenta el fluido sanguíneo en los tejidos y, por ende, se facilita el suministro de oxígeno a todos los órganos del cuerpo humano.
Quizás sea el momento de pensar en cómo integrar el ejercicio en las escuelas y en los trabajos, en lugar de condenarlo como tiempo perdido. ¿Qué pasaría si en las clases o en las oficinas las personas no estuvieran sentadas a sus mesas sino marchando en cintas para correr?

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REGLA 2. El cerebro evolucionó en la relación con otros

Según los biólogos evolucionistas, el cerebro fue diseñado para resolver problemas relativos a la supervivencia en un entorno externo inestable, y para hacerlo en constante movimiento. Se necesitaron millones de años para que se fuera formando del modo en que lo ha hecho, y en su actual composición es posible identificar tres estructuras cerebrales superpuestas. La más interna, que es la más antigua, reproduce el cerebro de un lagarto. Es decir, que nuestro tronco cerebral funciona igual que el de un monstruo de Gila (uno de los dos únicos lagartos venenosos del mundo): controlando la mayoría de las funciones de mantenimiento del cuerpo, como la respiración, el ritmo cardiaco, el sueño y el movimiento.
Sobre esta estructura central se encuentra superpuesto un segundo cerebro, semejante al de los gatos u otros mamíferos, que tiene más relación con la supervivencia animal que con los instintos humanos, al regular asuntos como la alimentación, la pelea, la huida o la cópula sexual. En esta región cerebral se encuentra también el tálamo, que equivale a la torre central de los sentidos, y la amígdala, que es a un mismo tiempo responsable de la creación de emociones y de los recuerdos que éstas generan.
Finalmente, en la parte superior de nuestro cerebro se ubica la corteza, que está plegada en delgadas capas y que, de ser extendida, ocuparía el tamaño de una manta para bebé. La corteza mantiene una conexión eléctrica permanente con las partes internas del cerebro y, al permitirnos el razonamiento simbólico o la capacidad de fantasear, constituye el principal elemento que nos diferencia de las demás especies.
El desarrollo de la corteza y sus enormes posibilidades para la creación de pensamientos fueron la clave de nuestra supervivencia, pues como ya se mencionó, dieron origen a los intentos por comprender al otro y están en la base de la comunicación. Se sigue de lo anterior que nuestra habilidad para aprender hunde sus raíces en las relaciones y que, como han demostrado abundantes experimentos, los niveles de aprendizaje están profundamente afectados por el ambiente emocional en el que éstos tienen lugar. Si un docente quiere promover el aprendizaje de sus alumnos o un jefe el trabajo de sus equipos, esta regla le invita a establecer unas buenas relaciones humanas que faciliten la comunicación.

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REGLA 3. Cada cerebro tiene conexiones diferentes

No hay en el mundo dos cerebros parecidos. Incluso en el caso de los gemelos, que tienen una composición genética equivalente y suelen compartir muchas experiencias de vida, las diferencias en la composición cerebral son gigantescas. Las habilidades mentales o la percepción de una determinada escena varían drásticamente entre cada individuo, pues están determinadas por sus procesos mentales de aprendizaje, que se dan de forma dispar y sobre los cuales no es posible establecer predicciones. A Eric Kandel se le debe la explicación de este proceso en el nivel celular, pues él mostró que cuando una persona aprende algo, sus conexiones neuronales cambian: dado que las personas aprendemos cosas constantemente, nuestros cerebros están estableciendo nuevas conexiones sin cesar.
El cerebro actúa como un músculo, de manera que lo que una persona haga y aprenda durante su vida determinará su configuración cerebral y será determinante en su desarrollo cognitivo. Aunque dos personas reciban la misma información, cada una la almacenará de una forma y en un lugar diferente, haciendo que el desarrollo de las distintas regiones cerebrales varíe en cada individuo. Esto significa que las mismas diferencias en el desarrollo físico de los niños se encuentran presentes, de forma más latente, en su desarrollo cerebral.
Algunas de las conexiones que se dan en el cerebro parecen venir configuradas genéticamente, como las funciones motoras básicas o la respiración, mientras que otras construcciones neuronales no están terminadas cuando nacemos y su configuración definitiva está sujeta a nuestras experiencias de vida. Esto hace a nuestro cerebro tan sensible a los estímulos externos que su configuración física varía en función de la cultura en la que estemos inmersos. Prueba de ello es la neurona “Jennifer Aniston”, presente en la gran mayoría de los hombres occidentales, que a fuerza de haber visto a la actriz en múltiples ocasiones, han desarrollado una conexión neuronal específica encargada de almacenar esta información y reconocer su imagen. Así, cuando varios pacientes fueron sometidos a un experimento en el que se estudiaban sus reacciones cerebrales cuando observaban diferentes fotografías, se estableció que muchas imágenes no generaban ningún impulso electrónico, mientras que la de Jennifer Anniston suscitaba siempre una conexión neuronal específica. Y algo aún más curioso: nunca fue posible predecir en qué zona de un cerebro se ubicaría esa neurona, pues variaba de un individuo a otro.
Hace algunos años, Howard Gardner planteó su teoría de las inteligencias múltiples, según la cual la mente humana es tan multifacética que sus competencias no se pueden medir con un simple test numérico de coeficiente intelectual. Según esta teoría, que puede ser leída como un reflejo de la heterogeneidad cerebral, existen siete tipos de inteligencia –lingüística, musical, lógica, corporal, espacial, interpersonal e intrapersonal– y sus niveles de desarrollo varían aleatoriamente en cada individuo.
A pesar de lo anterior, nuestro sistema educativo y muchas empresas y compañías promueven un tratamiento homogéneo para todas las personas sin atender a su variabilidad intelectual. Quizás sea el momento de promover en los docentes y en los directivos la habilidad de comprender cómo funciona la mente de los otros, de manera que la transmisión de conocimientos tenga en cuenta las particularidades de cada receptor. Ya se han evaluado algunos programas computacionales que determinan las competencias cognitivas del usuario y, en función de éstas, orientan su aprendizaje. Con aulas de 40 estudiantes o empresas que masifican a sus empleados, difícilmente se logrará el éxito en un proceso educativo o en una empresa comercial.

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REGLA 4. La gente no presta atención a cosas aburridas

Cuanta más atención preste el cerebro a un determinado estímulo, más elaborada será la codificación de la información y mayor la posibilidad de recuperarla. De ahí la importancia de mantener cautivado a un auditorio si se quiere que todos retengan una lección o un mensaje. Para lograrlo hay que apoyarse en los recuerdos que pueda tener el público, pues los niveles de atención de cada persona están determinados por su capacidad para establecer relaciones entre una información nueva y la ya existente en su cerebro. Un ponente debe desplegar todos sus esfuerzos en transmitir el mensaje de una forma interesante, pues el interés del receptor es determinante para que preste atención.
Michael Posner postuló hace 30 años una teoría sobre la atención que sigue vigente, según la cual prestamos atención a las cosas con la ayuda de tres sistemas cerebrales separados, pero plenamente integrados entre sí. El primero es un sistema que vigila y nos alerta de situaciones inusuales. El segundo permite que esa alerta se transforme en atención específica procesando mayor información sobre la situación. El tercero es el canal ejecutivo, a través del cual el cerebro decide cómo hemos de reaccionar ante el estímulo. De este modelo básico se han derivado diversas conclusiones en relación con el comportamiento humano:
  • Los eventos emocionales captan la atención con mayor facilidad, persisten mucho más tiempo en la memoria y sus recuerdos son más exactos. Esto obedece al hecho de que en presencia de una emoción, la amígdala libera dopamina, una sustancia muy benéfica para la memoria y el procesamiento de información.
  • El cerebro recuerda los elementos emocionales de una experiencia mejor que cualquier otro aspecto, y tiende a guardar la imagen general de los conceptos o los eventos y desechar las minucias y los detalles. Captar lo esencial de los hechos parece ser un mecanismo del cerebro para almacenar de forma más eficiente la información. Por eso, el conocimiento experto no es aquel que se compone de miles de detalles, sino en el que tiene muy claras unas grandes ideas generales.
  • La capacidad de atención del cerebro sólo le permite concentrarse en una cosa a la vez, por lo tanto, no es posible desarrollar tareas múltiples. Los estudios demuestran que cuando una persona es interrumpida, invierte un 50% más de tiempo en terminar la tarea que realiza y comete un 50% más de errores, pues el cerebro consume tiempo y energía en activar y desactivar la atención de cada tarea. Quienes parecen capaces de adelantar muchas acciones simultáneas tienen una excelente memoria inmediata, que es la que les permite prestar atención a varias cosas en cortos plazos de tiempo, una después de la otra.
  • El exceso de información es contraproducente, porque el cerebro no alcanza a procesarla; nuestra cabeza requiere tiempo y descanso para digerir la información.
De estos hallazgos se pueden derivar diversas recomendaciones para una clase, una charla o una ponencia de cualquier índole. Como la atención del auditorio es tan difícil de captar y de mantener, conviene desarrollar estrategias para todo lo siguiente: realizar una apertura interesante que logre despertar el interés de los oyentes; evitar la información demasiado detallada en beneficio de las ideas generales; mantener un hilo conductor para que la comprensión no exija de muchas tareas simultáneas y ofrecer esporádicamente algunos “estímulos emocionales” para captar la atención del público. Estos últimos “anzuelos” deben ser pertinentes al tema tratado y funcionarán mejor si apelan a las emociones básicas de las personas, como el temor a la amenaza o el deseo sexual. Las anécdotas y narraciones son grandes herramientas.

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REGLAS 5 y 6. Repetir para recordar y recordar para repetir

En el cerebro conviven un sistema de memoria no declarativo -a través del cual se procesan los recuerdos inconscientes- y otro declarativo, que permite recordar información de forma consciente y dar cuenta de ella. Este último sistema se rige por cuatro pasos simultáneos: el procesamiento, la codificación, el almacenamiento y la recuperación de los datos.
En el momento en que conocemos o aprendemos algo, la información que llega al cerebro es separada en fragmentos que se envían a diferentes regiones para ser almacenados. Los recuerdos rondan durante algunos minutos en el cerebro y luego desaparecen, pero si logran sobrevivir ese frágil periodo inicial, se verán fortalecidos por el tiempo y así podrán llegar a durar días, meses o incluso toda la vida. Este hecho ha suscitado la curiosidad de los científicos, quienes han encontrado explicaciones plausibles al estudiar el cerebro de personas que, por una lesión cerebral, han perdido la capacidad de convertir los recuerdos a corto plazo en memorias perdurables. Al hacerlo, han encontrado que el lóbulo temporal, y particularmente el hipocampo, desempeñan un rol protagónico en la perdurabilidad de los recuerdos declarativos.
Al parecer, las memorias a largo plazo se forman en un diálogo entre el hipocampo y la corteza cerebral que puede durar varios años, hasta que en un momento la conexión se rompe y el recuerdo se almacena definitivamente en la corteza. La codificación de la información se realiza mediante un proceso en el que las fuentes externas de energía que la persona percibe son transformadas en formas eléctricas que el cerebro puede entender. Para su almacenamiento, el cerebro establece relaciones entre los datos nuevos y los existentes, depositando la información en lugares afines.
Siguiendo con esta exploración, Hermann Ebbinghaus descubrió que la gente normalmente olvida antes de 30 días el 90% de lo que aprende en una clase, y lo que es más importante, gran parte del olvido se produce en las primeras horas después de recibir la información. Estudiando el fenómeno de la memoria, Ebbinghaus encontró que los recuerdos perduran más cuando la información ha sido reiterada en varias ocasiones, pues esto facilita su procesamiento. Cuanto más elaborada sea la codificación, mayor será el almacenamiento de información, por lo que la mejor forma de crear una memoria a largo plazo consiste en incorporar la información de forma clara, gradual y con repeticiones temporales.
Quienes deseen establecer recuerdos perdurables en un aula, en una reunión o en un mercado, han de tener en cuenta lo anterior y facilitar la calidad del almacenamiento de la información en los cerebros receptores. ¿Cómo hacerlo? Maximizando las puertas de entrada de la información al transmitirla por diversas vías: asegurándose de que la información entrante sea bien comprendida (pues el cerebro no recuerda aquello que no asimila), reiterando continuamente los mensajes, suministrando ejemplos reales (pues como el cerebro tiende a asociar la información nueva con la existente para almacenarla en el mismo lugar, los ejemplos prácticos le facilitan la tarea de definir la ubicación para los nuevos datos).
Una escuela preocupada por el proceso de aprendizaje a nivel cerebral debería plantearse opciones como la de fijar lecciones de 25 minutos de duración que se repitan, de forma cíclica, durante el día, y abrir espacios para que cada 3 ó 4 días se repase todo lo aprendido en las jornadas previas.

REGLA 7. Dormir bien es pensar bien

Quizás le haya sorprendido constatar que algunas personas no tienen mayor problema en madrugar, que se despiertan a las 6:00 con una sonrisa y que para hacerlo ni siquiera requieren despertador, mientras que otras no pueden dormirse antes de las 2 de la mañana, se desenvuelven mejor en la noche y a las 11 de la mañana ninguna de sus cinco alarmas las ha conseguido despertar.
En todo cerebro existe una tensión constante entre células y químicos que tratan de hacer dormir a la persona y células y químicos que pelean por mantenerla despierta. Estos impulsos tienen ciclos diferentes en cada individuo, e incluso varían con el tiempo en una misma persona. La lucha de estos dos impulsos es continua y no sólo hace del dormir una necesidad ineludible, sino que según algunos estudios, hay un punto del día en que las curvas que miden la tendencia a dormirse y el impulso a mantenerse despierto se cruzan, momento que suele presentarse en las horas posteriores al almuerzo. Así pues, a pesar de estar condenada en muchas culturas o de ser mirada con malos ojos, la siesta podría ser una llamada de nuestra naturaleza.
De otra parte, diversos estudios han encontrado que las neuronas tienen un vigoroso ritmo de actividad cuando la persona duerme. Al parecer, el cerebro requiere dormir parte de su actividad para poder centrarse en otras actividades concretas, como el repaso de todo lo que ha aprendido en ese día. Quizás esto explique la influencia positiva del sueño en el rendimiento de las personas, así como las múltiples evidencias que demuestran que la carencia o perturbación de sueño afectan a la atención, las funciones ejecutivas, la memoria a corto plazo, el estado anímico, el razonamiento lógico y hasta las habilidades motoras.
Unas escuelas y unas empresas que atiendan a esta regla habrán de ser sensibles al enorme costo económico que se deriva de la privación del sueño (estimado en más de cien mil millones de dólares al año en los Estados Unidos), y buscar estrategias para el buen dormir de sus miembros. Como las personas varían en relación a cuánto necesitan dormir y a qué horas, convendría determinar los picos de productividad de cada una y optimizar su aprendizaje o su trabajo acomodando los horarios. Por qué no pensar, por ejemplo, en instituciones educativas donde las clases se ajusten al horario cronotípico de estudiantes y profesores.
La regla del sueño también sugiere muchas cosas sobre esos molestos exámenes, presentaciones o juntas después de la hora del almuerzo. Quienes se atrevan a ensayar dos horas de siesta después del medio día quizás despierten más lúcidos y perciban –como les ha ocurrido a muchos– que su cerebro ha “soñado” un tema y tiene una solución que hubiera sido impensable durante la vigilia.

REGLA 8. Los cerebros estresados no aprenden igual

El sistema de defensa de nuestro cuerpo ha sido diseñado para segregar adrenalina y cortisol como respuesta a un riesgo serio pero pasajero, como el que enfrentaban nuestros antepasados ante la presencia de un tigre hambriento. Ante un miedo prolongado nuestro sistema seguirá segregando estas hormonas cuyos efectos defensivos a corto plazo son vitales, pero que en exceso abren cicatrices en los vasos sanguíneos, alteran el sistema inmunológico y dañan las células del hipocampo. El incremento de adrenalina es una de las principales causas de ataques cardiacos y derrames cerebrales, mientras que al exceso de cortisol se atribuyen diversos daños en las habilidades para aprender y recordar.
En una sociedad en la que el temor a la amenaza súbita viene siendo desplazado por la zozobra de una situación de riesgo permanente, surge lo que llamamos estrés, y con él, los desórdenes hormonales que afectan a la salud, la productividad y el aprendizaje de las personas. Los conflictos domésticos y las angustias laborales representan una hostilidad continua en la vida privada y tienen una repercusión directa en la vida pública, porque afectan a los procesos de pensamiento atacando la memoria, el lenguaje, el razonamiento y la percepción espacial, entre otras. Según los estudios realizados, el estrés suele producirse por una sensación de impotencia, que se da cuando la persona percibe que no tiene control sobre los problemas.
El riesgo de ser expulsados del colegio o de tener un embarazo temprano se triplica en los niños que provienen de hogares conflictivos o violentos. De forma semejante, las estadísticas arrojan un decrecimiento en la productividad de los empleados después del nacimiento de su primer hijo, situación que suele ir unida a conflictos de pareja, depresiones y altos niveles de estrés.
Combatir el estrés podría ser una prioridad de educadores y empresarios. Para ese fin habría que diseñar estrategias de apoyo a los hogares deteriorados, campañas para la educación de los padres, políticas de buen trato en el ámbito laboral, intervenciones matrimoniales en momentos de riesgo (como por ejemplo en el periodo que rodea el nacimiento de los hijos), asistencia a los hijos de estudiantes y empleados y, en general, todas aquellas acciones idóneas para que la gente recupere el control sobre sus asuntos personales.

REGLA 9. Los sentidos están interconectados

A través de los sentidos absorbemos la información del entorno, que se traslada por nuestro organismo mediante señales eléctricas provenientes de la vista, el oído, el gusto, el olfato y la sensibilidad corporal. Estas señales llegan al cerebro fragmentadas en múltiples partes y éste se encarga de reconstruir la realidad, atribuyéndoles una noción de unidad a todas ellas. Para hacerlo, el cerebro utiliza la información disponible, interpretando los nuevos estímulos con ayuda de las experiencias pasadas que tiene almacenadas. Esto explica el hecho de que una misma realidad pueda ser percibida por dos personas de maneras totalmente diferentes, en función de sus conocimientos previos.
Ahondando en esta materia, diversos experimentos han logrado demostrar que los procesos sensoriales están conectados entre sí, y se ha podido determinar, por ejemplo, que cuando una persona mira la televisión se activa en ella la región cerebral responsable del sonido, pues el cerebro está condicionado para acompañar esta experiencia visual de un correlato auditivo. De igual forma, la visión se agudiza si se acompaña de un estímulo auditivo, tal como demostró un experimento en el que se encendía una luz intermitente: varias personas ubicadas a cierta distancia, que inicialmente no alcanzaban a verla, llegaban a percibir su resplandor si sus apariciones iban acompañadas por un sonido.
Como nuestros sentidos evolucionaron para trabajar juntos, el desempeño de nuestro cerebro crece exponencialmente ante los estímulos multisensoriales. La educación, en consecuencia, debe promover la transmisión del conocimiento a través de los diferentes sentidos, complementando el discurso oral y escrito con actividades corporales, con imágenes, con recursos multimedia, con texturas e, incluso, con olores.
Quizás esto le suene raro, pero los olores pueden ser un aliado incomparable en la educación y en los negocios. El llamado “efecto Proust” (en honor al escritor Marcel Proust, que lo esbozara hace más de un siglo) establece que los olores tienen un enorme poder para despertar los recuerdos. Recientemente se ha descubierto que al entrar por la nariz, las señales de olor pasan directamente a la amígdala, y al ser ésta la central de nuestras emociones y de los recuerdos que de ellas tenemos, los olores reavivan esos recuerdos. Adicionalmente, los olores pasan por la corteza órbitofrontal, directamente involucrada en los procesos de toma de decisiones. De ahí que, además de despertar recuerdos, los olores influyan en las decisiones que tomamos.
Esto lo han sabido muy bien los gestores de Starbucks, que se han preocupado por asegurar que todas sus tiendas huelan a café, e incluso han prohibido a los empleados utilizar perfumes que puedan desviar a los clientes de la decisión de consumir un café. Los olores afectan a las motivaciones y las motivaciones determinan las ventas, como demostró una compañía que vendía chocolates y que aumentó sus ingresos en un 60% al emitir una esencia de chocolate en sus puestos de venta.
Así mismo, hay indicios derivados de experimentos que hacen pensar que la experiencia olfativa facilita el recuerdo de los estímulos que la acompañan. Esto abre múltiples caminos de experimentación en el ámbito educativo, pues algunas pruebas prácticas han demostrado que la información se recuerda mejor cuando se está en presencia del mismo olor que había cuando esta fue recibida por primera vez. ¿Por qué no aparejar la enseñanza de un conocimiento o una técnica a un determinado olor y luego exponer al aprendiz a ese mismo aroma en el momento de evaluar su aprendizaje?

REGLA 10. La visión reina sobre los demás sentidos

Quienes hayan visto Donald en el país de las matemáticas, emitido por Disney en 1959, entenderán el poder de la imagen para comunicar ideas complejas. Allí, de la mano del pato Donald y con una ilustración inmejorable, el espectador se adentra en los misterios y las magias del mundo matemático y llega a comprenderlo mucho mejor que después de un curso de geometría o de leer un libro de aritmética. La visión es, con mucha diferencia, nuestro sentido dominante: ella sola ocupa la mitad de nuestros recursos cerebrales.
Ver es un complejo proceso en el que la retina ensambla fotones en pequeñas tiras de información y las transmite a la corteza visual para que sean procesadas de forma especializada. Es decir, mientras que algunas aéreas registran ciertos movimientos, otras perciben los colores, otras más las formas y así con cada rasgo de la imagen, que es almacenado en una zona especifica del cerebro. Por último, para obtener una imagen de lo que estamos viendo –que jamás será exacta al 100% –, el cerebro reúne los datos visuales independientes y construye con ellos una imagen global.
De esta forma, el proceso visual no sólo nos ayuda a percibir el mundo, sino que domina la percepción que tenemos de aquel. Un pequeño experimento, en el que 54 catadores de la Universidad de Burdeos fueron invitados a probar un vino tinto y describirlo, da cuenta de tal idea. Todos ellos describieron el vino con los adjetivos que se utilizan para los vinos tintos, que son muy diferentes a los usados para vinos blancos. Lo que ninguno sabía era que estaban tomando un vino blanco al que se le había añadido un colorante sin olor y sin sabor. Conclusión: “la nariz huele lo que los ojos ven”.
El viejo proverbio que afirma que una imagen vale más que mil palabras encuentra en esta regla del cerebro su explicación científica, pues estamos destinados a aprender y recordar mejor con imágenes que con palabras escritas o habladas. La información pictórica nos resulta atractiva y es una forma eficiente de llevar información a las neuronas, pues exige menos esfuerzos para su comprensión. Si los sistemas educativos y las empresas quieren ser coherentes con esta regla, deben privilegiar los estímulos visuales por encima de las palabras, habladas o escritas. Es hora, pues, de revisar sus presentaciones de PowerPoint, borrarlas y volverlas a hacer.

REGLA 11. El cerebro varía con el género

Aunque este es un tema que genera polémicas, y que muchas veces se ha prestado a arbitrariedades, algunos estudios parecen indicar que, en efecto, los cerebros de la mujer y del hombre son diferentes. La composición genética del cerebro femenino es más compleja que la del hombre, pues donde el primero tiene un cromosoma X con más de 1500 genes (la mayoría de los cuales están involucrados en las funciones cerebrales), el segundo lleva un cromosoma Y que no alcanza siquiera los 100 genes. Sin embargo, también se ha encontrado que en las mujeres este cromosoma adicional no se utiliza y solo hace las veces de un back up. En definitiva, las implicaciones de todo esto no están aún nada claras.
Otros estudios han establecido que ante situaciones de estrés agudo, en las mujeres se activa el hemisferio izquierdo de la amígdala (que privilegia el recuerdo de los detalles emocionales), mientras que en los hombres se activa el hemisferio derecho de la amígdala, a través del cual se capta una imagen general o la esencia de la emoción. Según esta evidencia, los cerebros son diferentes, sin que ninguno sea superior al otro y, de hecho, nuestra conquista del mundo puede deberle mucho a los equipos mixtos: aquellos en los que los hombres aportan una visión global y genérica de los hechos y las mujeres la complementan con una perspectiva detallista y minuciosa de los mismos.

REGLA 12. Somos exploradores innatos

Que todos llegamos al mundo dotados de curiosidad es un hecho que salta a la vista cuando observamos el comportamiento de un bebé. Las conductas de un sujeto que todavía no está condicionado por las reglas de su cultura reflejan con mayor claridad la verdadera esencia de nuestros cerebros. La forma en que un bebé se aproxima al mundo que lo rodea es completamente activa, y basta con verlo experimentando con los objetos y tratando de conocer cada cosa a través de sus sentidos. Su pequeño cerebro es capaz de trazar hipótesis, de corroborarlas y de adaptar sus conductas a aquello que concluye.
Algunas partes del cerebro adulto se mantienen tan maleables como las de un bebé, por lo que podemos crear neuronas y aprender cosas nuevas durante toda la vida. Y si el conocimiento se deriva de nuestra interacción activa y sensorial con el mundo, ¿no es extraño entonces que sigamos manteniendo las mismas aulas de hace ocho siglos, en las que asistimos pasivamente a un recital de conocimientos?
Tal vez las escuelas y facultades deberían seguir el ejemplo de los departamentos de medicina y promover una exposición continua al mundo real (como sucede con las prácticas clínicas), un contacto permanente con personas que tienen experiencia práctica en la materia (como sucede con los médicos practicantes) y una vinculación activa con programas de investigación práctica (como los estudios de laboratorio que exploran el futuro de la medicina).

Conclusión

La supervivencia de nuestra especie es el resultado de una determinada configuración cerebral que nos ha permitido sobrevivir y llegar a ser lo que somos. Sin embargo, es muy poco lo que sabemos de las profundidades del cerebro y tal vez por eso estemos adoptando formas de vida que poco o nada se adecuan a las necesidades y características de nuestros cerebros. En consecuencia, desvelar sus misterios es arrojar luces para hacer más humanos y eficientes los procesos educativos y las actividades profesionales.
Muchos de los hábitos de comportamiento que prevalecen en las sociedades contemporáneas no sólo desatienden las particularidades de nuestros sistemas cognitivos, sino que, incluso, parecen completamente inconsistentes con aquellos. Si ha recibido clases sentado en un aula, si ha vivido situaciones de incomunicación o de estrés, si ha olvidado todo lo que ha leído, si ha asistido a reuniones a las 2:30 de la tarde o si ha trabajado en equipos con personas de un solo género, quizás sea hora de replantearse sus hábitos y empezar a pensar teniendo el cerebro en mente.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
John Medina es biólogo molecular, vinculado a las universidades de Washington y Seattle, y autor de varios libros acerca del funcionamiento cerebral. Medina ha centrado sus investigaciones en el desarrollo del cerebro y el rol de la genética en los desórdenes psiquiátricos. Ha trabajado como investigador y consultor privado, principalmente en las industrias biotecnológica y farmacéutica. Fue también el fundador y director del instituto de investigación Talaris, en Seattle, para el estudio del desarrollo cognitivo en la infancia.
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