La sensación de fluidez
Resumen del libro

La sensación de fluidez

por Juan Carlos Cubeiro

5 claves para ejercer el liderazgo con eficacia

Introducción

 

La sensación de fluidez es una novela de contenido empresarial que nos lleva, de manera simple y amena, a través de los contenidos explicativos de la función del liderazgo. La virtud principal que el autor demuestra en ella es su capacidad de presentar una visión inteligente y crítica, clara y sencilla, de una actividad tan compleja y esencial para la vida de la empresa como el liderazgo. Juan Carlos Cubeiro, su autor, logra llevarnos “a comprender, a pensar y a buscar el ser y el estar de lo que se entiende por líder”. Además de proporcionar las claves necesarias para ejercer el liderazgo con talento y eficacia, la obra nos ofrece los fundamentos éticos que deben orientarlo, convirtiendo algunos principios relativamente abstractos en una serie de consejos prácticos para quienes desean incursionar en el terreno de la actividad empresarial.
Esta obra resulta particularmente provechosa, en la medida en que, instruyendo al lector de manera rigurosa con respecto a los mecanismos y estrategias del liderazgo, le procura un placer literario inusual en textos de corte empresarial. La originalidad de Sensación de fluidez reside, en primer lugar, en su capacidad de explorar el complejo mundo de la actividad empresarial desde una perspectiva humanista, empleando un estilo intimista que se adapta perfectamente a la situación descrita en la novela.
El argumento parte de la experiencia personal de Leopoldo Zoe, un directivo atípico, amado y respetado por los miembros de la empresa para la que ha trabajado durante largos años. Antes de jubilarse, la empresa le pide un último servicio: dedicar una semana completa a transmitir a su futuro sucesor, Jesús Bauluz, los conocimientos requeridos para lograr el mayor grado de excelencia posible en su nuevo oficio. Leopoldo se propone convencer a Jesús de que el liderazgo no es una operación matemática, sino una labor de interacción humana, de intercambio de opiniones, de creencias, de conocimientos y de experiencias. En el plazo de una semana, Leopoldo debe lograr transformar la visión pragmática y calculadora de su joven discípulo en una más humana del mundo empresarial. Para comenzar, Leopoldo parte de tres principios fundamentales: el liderazgo no es algo innato; para dirigir a los demás es preciso haber aprendido “el dominio de sí mismo”; y, en tercer lugar, el arte de liderar debe ser comprendido como la capacidad de lograr orientar los esfuerzos de cada uno de los miembros de un equipo en una misma dirección, es decir, hacia un objetivo común.

 


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El arte de las dosis y la maestría de las combinaciones

Para lograr persuadir a Jesús Bauluz de los tres principios mencionados, Leopoldo recurrirá a un método bastante singular: un riguroso entrenamiento de la percepción. Este entrenamiento tendrá lugar durante una semana de retiro en Txopebenta, un pacífico caserío situado en la reserva natural del Urdaibai, en Vizcaya, que cuenta con gran variedad de espacios únicos. Lejos del bullicio de la ciudad y a salvo del ajetreo del día a día de la empresa, Leopoldo intentará mostrar a su sucesor que, para estar a la altura de su labor y desempeñarla de la manera más eficaz posible, será necesario añadir a su fría lógica una buena dosis de sensibilidad. Para ello recurre a una estrategia: cada uno de los cinco días de su estancia en el campo utilizará el símil de uno de los cinco sentidos (visión, olfato, oído, tacto y gusto) para ilustrar las cinco características esenciales del liderazgo.
Este entrenamiento comienza por cuestionar una serie de prejuicios que intervienen de manera negativa en el funcionamiento de una empresa. Se trata, en primera instancia, de desmontar la creencia según la cual la labor de un directivo debe estar exclusivamente orientada hacia el logro de resultados positivos. De acuerdo con Leopoldo, un ejecutivo no es valorado en función de lo que consiga por sí mismo, sino de lo que logre en equipo. Liderar significa orientar, formar, dirigir y coordinar la labor de un grupo de personas.
Para ilustrar su teoría, Leopoldo recurre a la metáfora de la buena mesa. Una buena y una mala cena son diferentes no solo en virtud de los ingredientes que intervienen en su preparación, sino también del proceso de elaboración. Para obtener buenos resultados en el mundo de la empresa, así como en la buena mesa, es necesario pasar por un proceso cuyo éxito depende de la combinación equilibrada de los ingredientes. Si el arte culinario consiste en combinar los alimentos apropiados, en la dosis adecuada, el arte del liderazgo consiste en una combinación justa y equilibrada de racionalidad y sensibilidad.
Entre las múltiples actividades que tienen lugar en una empresa, el liderazgo posee, sin embargo, una particularidad con respecto a las demás. Si la gestión es una función orientada hacia el manejo de datos concretos y de documentos, el liderazgo consiste en el manejo de seres humanos. Al gestionar se cumplen las leyes de la lógica; al liderar personas, el empleo exclusivo de la lógica suele conducir al error. Liderar va más allá de gestionar, supone un salto cualitativo que requiere otro nivel de percepción. Liderar significa ser capaz de conseguir que todos los miembros del equipo estén ilusionados, entusiasmados e impulsados a lograr un objetivo común. Es por ello por lo que exige acogerse a lo emocional tanto como a lo intelectual.
A la hora de analizar o de aumentar la cantidad y la calidad de la información necesaria para reconocer la viabilidad de un proyecto, recurrir a los sentidos es tan necesario como acudir a la racionalidad. Cuanto más dispuestos y sensibles están los sentidos, es posible captar una mayor cantidad de información y esta será de mejor calidad. El objetivo que Leopoldo busca alcanzar durante la semana compartida con Jesús Bauluz es enseñarle el modo de mejorar la canalización y el procesamiento de la información requerida en el día a día de la empresa.

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Día 1: visión y proyección

A la mañana siguiente tras la llegada al caserío, Leopoldo enseña a Jesús una serie pinturas rupestres que se encuentran en las cuevas de Santimamiñe. Estas representan figuras de animales salvajes. Las cuevas constituyen el escenario donde tiene lugar la primera etapa de este proceso de sensibilización en la importancia del liderazgo. Se trata, concretamente, de ilustrar la importancia de la “visión” en el mundo empresarial. De acuerdo con Leopoldo, lo que hizo posible estas pinturas fue la necesidad de ver la cacería antes de que ocurriera, una necesidad motivada por la convicción de los antepasados de que la visión del futuro conduce al éxito.
Como parece ilustrarlo las pinturas rupestres, para lograr el éxito de cualquier proyecto es indispensable saber lo que queremos, qué horizonte nos hemos marcado. En los términos de Leopoldo, el éxito está íntimamente ligado al deseo de avanzar, a la confianza en el futuro, a una visión positiva y esperanzadora con respecto al porvenir. La visión del futuro interviene de manera definitiva en el desarrollo psicológico de las personas. Una visión nítida del porvenir nos ubica de manera clara ante nuestro presente, pues el hecho de tener objetivos claros permite avanzar con determinación.
Los resultados académicos ofrecen ejemplos contundentes. El estudio de Benjamín Singer ha demostrado que la diferencia entre los malos y los buenos estudiantes reside en que los primeros no tienen objetivos claros y consideran que su futuro está en manos del destino. Los segundos consideran, por el contrario, que existe una relación directa entre lo que desean y lo que va a sucederles. En virtud de esta convicción desarrollan la capacidad de elegir los medios adecuados para alcanzar los objetivos propuestos.
La “visión del futuro” aparece, además, como una condición indispensable para la supervivencia. El hecho de tener proyectos claros y de confiar en su realización procura al ser humano la fuerza y la voluntad necesarias para aferrarse a la vida, incluso en las circunstancias más adversas. Ciertos estudios revelan que el rasgo común de los supervivientes de los campos de concentración era el hecho tener proyectos, de imaginar que algo bueno les aguardaba en el porvenir.
Esta teoría se aplica de manera precisa a la actividad empresarial. Para conseguir sus objetivos, un directivo debe tener metas claras y detalladas, transmitir a quienes lo rodean la convicción de que la unión de los esfuerzos logrará conducir al equipo hacia los objetivos propuestos. Convencido de que la voluntad, la confianza y la perseverancia son las claves del éxito, Leopoldo afirma que “el mejor modo de adivinar el futuro es inventarlo”. 
Para lograr los objetivos propuestos, no basta con que el directivo tenga una visión clara con respecto a estos. Para unir los esfuerzos de un equipo de trabajo, es necesario que cada uno de sus miembros participe de dicha visión, que contribuya en su construcción. Un buen líder no intenta imponer su visión a los demás, sino que intenta recrearla y enriquecerla con la de sus colaboradores. Sin embargo la “proyección” no garantiza por sí misma el éxito de un proyecto. Para lograr unir los esfuerzos y la voluntad de una colectividad, es necesario saber combinar ambición y realismo, pues el líder que ignora el arte de las dosis genera sentimientos que interfieren de modo negativo en el trabajo de equipo.
Cuando las metas propuestas son demasiado pequeñas generan aburrimiento; cuando desbordan las capacidades del personal, tensión y ansiedad. Para evitar este tipo de situación hay que proponerse retos que estén a la altura de las capacidades de los integrantes del equipo de trabajo. Con frecuencia, la “visión” se ve afectada por enfermedades que impiden una percepción clara de las posibilidades. Leopoldo intenta prevenir a Jesús de los peligros a los que está expuesta una empresa cuando su directivo sufre de miopía (incapacidad para prever las consecuencias de nuestras acciones), de presbicia (la visión cansada que impide abrirse al cambio y contemplar la realidad bajo una luz distinta a la habitual), o de hipermetropía (incapacidad de ver la realidad inmediata y de elegir los medios adecuados para alcanzar el objetivo final).
Al finalizar el primer día, Jesús elabora una serie de compromisos relacionados con “la visión del futuro”. Esta lista ofrece al lector una serie de consejos puntuales e inteligentes en relación con el arte del liderazgo. De ella es importante retener lo siguiente: para que un proyecto se realice satisfactoriamente es necesario proyectarse a largo plazo, proponer objetivos realistas y ambiciosos, y ampliar el campo visual por medio de nuevas experiencias.

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Día 2: olfato e intuición

A la mañana siguiente, Jesús toma un baño largo, como si hubiera olvidado el paso del tiempo. Leopoldo explica a su discípulo que un simple baño con aceites esenciales puede generar efectos importantes sobre el ánimo por las propiedades de la aromaterapia, esto es, la influencia de los olores en el comportamiento de los seres humanos. Este baño constituye el primer paso de iniciación en la sensibilización del olfato.
Al igual que el empleo de los cinco dedos de la mano permite agarrar los objetos con una mayor firmeza, el empleo de los cinco sentidos permite captar un espectro más amplio de la realidad. El ser humano tiene la tendencia a privilegiar los de la vista y el oído, descuidando los demás. Por esta razón, Leopoldo Zoe invita a Jesús consagrar el día a entrenar el “olfato”, sentido indispensable para los negocios, fundamentalmente para el liderazgo. Leopoldo explica a Jesús que los humanos hemos descuidado el olfato dado que no lo necesitamos, como otros animales, para asegurar nuestra supervivencia.
Los medios audiovisuales favorecen el empleo de la visión y del oído, contribuyendo de este modo a la atrofia progresiva de los demás sentidos. Sin embargo, es importante confiar en la sabiduría popular según la cual el olfato y el buen sentido o la intuición son lo mismo. Tener buen olfato significa, en sentido figurado, tener buena intuición para llegar a conclusiones acertadas. El olfato es el órgano sensitivo más cercano al cerebro, el más estrechamente vinculado a la vida emocional y el que posee una mayor capacidad de evocación inmediata. Él nos recuerda que lo racional y lo emocional son inseparables.
La enseñanza que Leopoldo desea transmitir a su discípulo es que el ser humano guarda de las experiencias vividas un conjunto de emociones, no datos precisos ni cifras. Estas emociones penetran en la conciencia justamente a través de los cinco sentidos, entre los cuales el olfato juega un papel decisivo. Un directivo debe conocer el modo de suscitar emociones positivas en los miembros de su equipo, así como en los clientes. Apelar a lo emocional constituye el modo más eficaz de lograr una respuesta positiva por parte del otro. Un directivo que logra transmitir emociones positivas a su equipo obtiene generalmente buenos resultados en cuanto a la calidad del trabajo.
De acuerdo con Leopoldo, “la intuición es el conocimiento obtenido sin pensamiento racional”. Un directivo intuitivo, es decir, dotado de un sentido agudo del olfato, puede reconocer las cosas sin haberlas visto con claridad, tiene una visión de conjunto y recuerda los detalles; es espontáneo, tiene la capacidad de anticipar, de tomar decisiones adecuadas disponiendo de pocos datos, de reconocer el momento oportuno para obrar, de comprender con facilidad el significado de los símbolos. El desarrollo y perfeccionamiento de la intuición se obtiene aumentando la actividad del hemisferio derecho del cerebro. Este proceso de perfeccionamiento comporta cuatro etapas: preparación, incubación, iluminación y verificación.
La intuición es una de las cualidades fundamentales para liderar. Al final del día, al igual que en la tarde anterior, Jesús elabora una serie de compromisos personales sobre el olfato. Esta lista se apoya sobre tres principios básicos: lo emocional juega un papel determinante en el liderazgo; la ansiedad reduce el rendimiento y, para terminar, no hay que tener miedo a probar, fracasar y aprender de los errores.

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Día 3: oído y escucha activa

De igual modo que la agudeza de la visión está vinculada a la proyección y el buen olfato a la intuición, el oído, siguiendo con el símil argumental, está íntimamente ligado a una de las condiciones indispensables para el buen funcionamiento de las relaciones entre un directivo y su equipo: la escucha activa. Existe la opinión de que, en cualquier tipo de relación, los que mandan desconfían de los que obedecen, pues consideran que estos últimos son subordinados y que, como tales, no tienen nada que aportar. Esta convicción es perjudicial para el trabajo de equipo pues impide la construcción de relaciones de interdependencia entre los miembros de la empresa.
La “interdependencia” es la clave del buen funcionamiento y del éxito, no solo de las empresas, sino de todos los procesos. El escenario elegido para recrear este concepto ilustra perfectamente su significado. Es la coexistencia del bosque, la costa, los animales y las plantas. La interdependencia entre unos y otros asegura el desarrollo de procesos indispensables para su supervivencia. Como sucede en la naturaleza, la cooperación y la interdependencia son fundamentales para el género humano.
Para confirmar la teoría acerca del vínculo entre la “escucha activa”, la confianza y la interdependencia, Leopoldo somete a Jesús a una prueba un tanto atrevida. Sin teléfono móvil, sin dinero y sin tarjetas de crédito, Jesús deberá ingeniárselas para hacer una llamada gratuita a Txopebenta. Después de un primer intento fallido, Jesús entra en un restaurante. Logra simpatizar con el dueño del local que le autoriza a usar el teléfono y le invita a tomar unas cervezas y a cenar. Tras el reencuentro con Leopoldo, este último expone a Jesús las razones que han contribuido al éxito de esta prueba: la clave de la interdependencia es la confianza; las verdaderas relaciones pueden construirse únicamente sobre la base de la confianza.
La confianza es el ingrediente fundamental de la unidad que permite la consolidación y el funcionamiento de las relaciones entre los seres humanos, más aún tratándose de un equipo de trabajo. Contrariamente a la dinámica propia de las reuniones tradicionales, en las que la escucha activa se realiza de modo unilateral, Leopoldo propone como alternativa un ejercicio de escucha que involucre a todos los miembros del equipo, incluido el directivo. Para hacer efectiva una reunión es necesario propiciar la intervención de todos y cada uno de los participantes, de modo que estos últimos sientan que su opinión interviene en la toma de decisiones. El hecho de saberse escuchados genera confianza en los miembros del equipo con respecto a sí mismos y a su directivo.
Es por ello por lo que, para asegurar buenos resultados, un directivo debe creer en el potencial de sus colaboradores y darles confianza. Si espera algo grande de ellos, obtendrá logros que estén a la altura de sus expectativas; si estas son limitadas, no obtendrá más que resultados mediocres. En relación con las enseñanzas del día, Jesús concluye que para lograr avanzar en la interdependencia es necesario escuchar atentamente. Esta actividad se realiza en un marco interactivo: el marco de frecuentes reuniones del equipo de trabajo, en las cuales, como cualquier directivo digno de su título, Jesús deberá asumir una actitud receptiva.

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Día 4: el tacto y la evaluación acertada

Del mismo modo que la escucha, el sentido del tacto es una vía para lograr la interdependencia. Como todos los sentidos, el tacto requiere también un aprendizaje. En el ámbito de los negocios, resulta indispensable en la medida en que constituye una herramienta de comunicación privilegiada. De acuerdo con Leopoldo Zoe, el tacto logra comunicar de modo más rápido y efectivo que las palabras mismas.
Entre las cuatro cualidades más valoradas en un jefe —inspiración, capacidad de proyectarse en el futuro, competencia y honestidad—, la última ocupa el primer lugar. La honestidad es una virtud ética que constituye el cimiento de la credibilidad. En este sentido, es posible afirmar que la honestidad es la condición primera de posibilidad de la eficacia empresarial, pues una empresa prospera únicamente si tiene fama de honesta. La honestidad es una cualidad derivada de la capacidad de medir el rendimiento personal, así como el de los demás. Esta capacidad crítica es un elemento fundamental para el desarrollo y el perfeccionamiento de uno mismo tanto como de un equipo.
Aplicado al mundo de la empresa, este arte corresponde a la evaluación o a la apreciación del desempeño propio, así como del de los demás miembros de un equipo. Para asegurar la evolución y el perfeccionamiento del trabajo, un directivo debe evaluar y ser evaluado por sus colaboradores. Sin embargo, es necesario evitar incurrir en el error de querer medir la personalidad de los demás. En el marco de una empresa, se trata de medir conductas y resultados obtenidos. El sentido del tacto y las cualidades que se derivan de él constituyen un medio privilegiado de superación personal y colectiva. Es por eso por lo que un directivo, más que cualquier otro miembro de la empresa, debe estar dotado de una sensibilidad o de un sentido del tacto particularmente desarrollado para ser capaz de evaluar de un modo justo y acertado su propio trabajo, así como el de sus colaboradores.
Para evaluar de una manera justa, es fundamental tener en cuenta que todos los miembros de un equipo no poseen el mismo tipo de inteligencia. De acuerdo con los estudios realizados por Howard Gardner, existen siete tipos de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, personal, interpersonal, espacial, corporal y musical. Dado que la inteligencia y las capacidades que están asociadas a ella no se desarrollan de la noche a la mañana, es necesario contar con dos cualidades indispensables para su óptimo desarrollo: la perseverancia y la paciencia. Perseverancia en el estudio y en el perfeccionamiento de los conocimientos adquiridos y paciencia para tolerar los errores y las dificultades que se presentan en el camino. El desarrollo del tacto es indispensable para un directivo en la medida en que solo un sentido del tacto bien desarrollado permite apreciar y respetar la diversidad de competencias y las diferencias entre los diferentes miembros que conforman el equipo.
Un directivo debe potenciar las virtudes de cada cual y servirse de esta diversidad de competencias, en lugar de buscar la uniformidad, pues el éxito de una empresa reside en la complementariedad de los conocimientos y las habilidades de sus integrantes. Para conocer y potenciar las competencias de cada cual es necesario evaluar constantemente al personal y ser evaluado por él. Es lo que se conoce como la apreciación continua, destinada al reforzamiento positivo de las cualidades de cada miembro del equipo o al reforzamiento negativo. Si la primera constituye una manera de reforzar las cualidades de cada cual, la segunda permite corregir los errores cometidos.

Día 5: el gusto y la motivación

De acuerdo con la distancia sobre la que puede actuar cada uno de los cinco sentidos, el gusto es el que implica un mayor grado de proximidad con respecto a las cosas. El gusto no designa únicamente una actividad asociada a la percepción de los sabores; se trata de una realidad más amplia, directamente vinculada al placer. Trasladado al mundo de la empresa, el “gusto” por el trabajo representa una condición indispensable para el buen desempeño laboral de los integrantes del equipo.
Con frecuencia, los directivos incurren en el error de pensar que la motivación, es decir, la acción de suscitar en los demás el gusto por el trabajo, se logra introduciendo un pequeño cambio súbito en la rutina de los empleados: una fiesta de la empresa, una paga extra, unos días de descanso… Estas estrategias pueden surtir un efecto positivo, pero de corta duración, dado que estos incentivos actúan como un paliativo, pero no actúan sobre las verdaderas causas del malestar o de la inconformidad. El mejor medio que puede emplear un directivo para suscitar el “gusto” por el trabajo en su equipo es un contacto directo con él. Para lograr interactuar con los demás, es necesario acortar las distancias que imponen las jerarquías laborales. Un acercamiento de este tipo permite al directivo conocer las inquietudes y las expectativas de sus colaboradores y lograr así crear una buena atmósfera laboral.
El gusto por el trabajo genera responsabilidad, compromiso y entusiasmo. Este último aspecto debe constituir la prioridad de un directivo. Para lograr el óptimo desempeño de sus colaboradores, un directivo debe recurrir a técnicas diferentes de las que suelen emplearse en el terreno laboral. En lugar de limitarse a observar los errores de sus colaboradores, debe asimismo estar dispuesto a reconocer y a recompensar sus logros. Si aquel se limita al empleo de la técnica del refuerzo negativo, no obtendrá más que resultados negativos y, en lugar de propiciar una conducta activa y comprometida, provocará el inmovilismo y generará la inseguridad de su equipo.
Cuando reconocemos los logros de los demás generamos en ellos la confianza y la credibilidad necesarias para el óptimo desempeño de las funciones que le corresponden. La confianza es un ingrediente fundamental de la motivación y la motivación es, por su parte, la clave del rendimiento. La manera más eficaz de evitar los errores es ofrecer una explicación clara con respecto a las consecuencias que podrían derivarse de dicha falta. Así, en lugar de apelar a las fórmulas habituales, se trata simplemente de modificar la naturaleza del enunciado. En lugar de limitarse a prohibir o sancionar por medio de un “no” categórico, es posible, simplemente, modificar el enunciado: sustituir, por ejemplo, el “no” por un “es mejor que…”, “sería conveniente que…”, “la próxima vez piensa que…”. Por otra parte, el reconocimiento de los logros exige el reconocimiento de las cualidades específicas de cada individuo.

Conclusión

Este viaje a través del fascinante mundo de los cinco sentidos finaliza con una analogía entre la “cata” y el liderazgo. De igual modo que el buen catador logra transmitir su pasión por el vino, un buen directivo logra transmitir en su equipo el gusto por el trabajo. Y del mismo modo que es posible aprender a “catar”, es posible aprender a liderar. La pertinencia de la analogía empleada por Leopoldo en el último día de su retiro con Jesús reside en el hecho de que la cata, como el liderazgo, implica el uso de los cinco sentidos. A la hora de catar el vino, el oído es el primer sentido que interviene. El sonido que provoca el vino al caer sobre la copa de vidrio permite al experto comenzar a determinar su calidad.
El segundo sentido que participa en la evaluación de las cualidades del vino es la vista. Con ella evaluamos el color, la efervescencia y la viscosidad. Mediante el olfato percibimos la franqueza, la finura, la intensidad y la armonía del vino.
La última operación que interviene de manera directa en la cata la realizamos por medio del sentido del gusto. En la medida en que este está íntimamente conectado con el olfato, el gusto permite profundizar en las percepciones recibidas por aquel: franqueza, estructura y armonía. Aunque de manera menos directa que la vista, el olfato y el gusto, el tacto también interviene en este proceso. Cuando el vino toca la parte central de la lengua y de la cavidad bucal y captamos la temperatura, la astringencia y la viscosidad, lo logramos en buena medida a través del tacto.
Liderar un equipo implica un proceso similar. Se trata, en primer lugar, de recurrir a la visión para poner ante nosotros, como si de una realidad tangible se tratara, el proyecto al que aspiramos dar vida y cuerpo. En segunda instancia, hay que emplear el olfato para rastrear las oportunidades que se presentan y que nos acercan a la meta propuesta. En tercer lugar, debemos esforzarnos por escuchar atentamente a los demás e involucrarlos de manera activa en el proceso de construcción del proyecto en cuestión. En cuarto lugar, viene el tacto necesario para aproximarnos a un equipo de trabajo; suscitar un contacto cercano y respetuoso y tratar de este modo de generar confianza el otro. En último lugar viene el gusto: la capacidad de disfrutar y deleitarse con la propia labor, pero fundamentalmente de crear las condiciones adecuadas para que los demás desarrollen el “gusto” por el trabajo.
A través de un viaje geográfico, Juan Carlos Cubeiro lleva al lector a adentrarse en un mundo inexplorado, no solo para el joven empresario, sino también para todo hombre contemporáneo. Se trata de un viaje a través del fascinante mundo de los cinco sentidos. Sensación de fluidez explora cada una de las características esenciales del universo del liderazgo por medio de un sentido determinado. A cada sentido corresponde una facultad indispensable para desempeñar de manera hábil la función del liderazgo. Sin embargo, a través de la lectura constatamos que la sabiduría que pretende transmitirnos el autor no se limita en su utilidad al terreno del mundo empresarial, sino que se extiende a la vida en general: a la necesidad de hacer de la vida un trabajo placentero y de continuo perfeccionamiento de uno mismo; de integrar el trabajo a la vida y transformarlo en un reto que motiva y confiere un sentido nuevo cada día.
A través de un conjunto de experiencias nuevas, Leopoldo Zoe somete a su joven discípulo a una serie de pruebas que le hacen enfrentarse a realidades nuevas. Lo más importante es que dichas experiencias logran conducirlo a interrogar sus más arraigadas convicciones con respecto a la vida en general, y a la actividad empresarial y al arte del liderazgo en particular. Por medio de cada experiencia, Leopoldo desmonta una certeza, conduciendo a Jesús, así como al lector, a descubrir un rostro nuevo del liderazgo y de la empresa. Entre las enseñanzas fundamentales que se transmiten es importante retener fundamentalmente el postulado de acuerdo con el cual el éxito de todo proyecto en el terreno de la empresa, como en cualquier otro tipo de actividad, es más fácil de alcanzar cuando se suman los esfuerzos, las opiniones y las competencias; cuando las metas propuestas responden a un deseo colectivo, cuando cada uno de los miembros del equipo se siente directamente vinculado e implicado en el éxito o el fracaso del proyecto. Es decir, en términos concretos, la valoración del trabajo en equipo.
Esta conclusión nos conduce hacia un segundo aspecto: a diferencia de la gestión, el liderazgo es una labor que implica el contacto directo con seres humanos. Un líder es tal en la medida en que logra coordinar esfuerzos y despertar en su equipo el deseo de concentrar sus capacidades en la realización de un proyecto común.
Esta dimensión particular del liderazgo exige cuestionar la idea dominante de acuerdo con la cual esta actividad es una práctica asociada exclusivamente a la racionalidad. Dado que se basa en el “contacto con seres humanos”, el liderazgo exige combinar la racionalidad y el cálculo con una buena dosis de sensibilidad. La sensibilidad requerida para el óptimo desempeño de esta labor exige un entrenamiento de los “sentidos”, poner los cinco sentidos al servicio de nuestros deseos y de nuestra voluntad. En este caso concreto, hay que ponerlos al servicio del funcionamiento y de la estabilidad del sector empresarial, sin olvidar que la interdependencia es la clave fundamental del éxito de todo proyecto vital, político o empresarial. 


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Juan Carlos Cubeiro, socio director de Eurotalent, está considerado como uno de los mayores expertos españoles en talento, liderazgo y coaching. Autor de 18 libros, es profesor de Liderazgo y Dinamización de Equipos en la Universidad Comercial de Deusto y de Estrategia y Gestión por Competencias en la Universidad San Pablo-CEU y ESADE, entre otras escuelas de negocios.
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