La hora del tesoro
Resumen del libro

La hora del tesoro

por Aje Arruti

Cómo diseñar una hoja de ruta para dedicarnos a las cosas y personas que realmente nos importan

Introducción

 

“No tengo tiempo” o “me organizo muy mal” son dos muletillas frecuentes que nos sirven tanto para justificar el retraso en una cita o un plazo, como para explicar por qué no nos ponemos manos a la obra en el cumplimiento de nuestros sueños, aspiraciones y hasta vocaciones.
Sin embargo, no es el tiempo lo que nos falta. En un día disponemos del mismo que siempre tuvimos: 1440 minutos. Lo que hace que hoy nos quejemos de escasez es la manera en la que decidimos distribuirlos entre los diferentes compromisos, acciones o tareas en las que nos embarcamos. Optamos por hacer una cosa y no la otra porque, incluso cuando parece ir en contra de nuestros intereses, nos parece la mejor entre todas. Así, por ejemplo, alargamos la jornada laboral porque consideramos que nos evita males mayores o nos aporta beneficios que nos interesan.
Muchas veces tenemos la sensación de que nuestras obligaciones en el ámbito del trabajo o nuestros compromisos familiares o sociales son insoslayables y es entonces cuando surgen nuestros problemas de agenda.
Pero, antes que nada, tenemos que saber hacia dónde queremos ir para escoger la acción que más nos acerca a nuestro destino (meta). Solamente entonces sabremos si determinado compromiso nos lo exige la ruta y podremos despreocuparnos de la carretera para disfrutar más del paisaje.
El presente libro apuesta por compartir con el lector una manera de lograr que los 1440 minutos que contiene el día estén más llenos de momentos de disfrute y de evitar el exceso de preocupación que supone no saber cuál será la siguiente parada en su viaje o pensar que está transitando por un camino que lo aleja de lo que realmente importa. La idea principal es ayudarle a conseguir reunir minutos, juntar al menos una hora y convertirla en un tiempo de calidad, lleno de sentido para su vida: su hora del tesoro.

 


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La promesa, el tesoro y la búsqueda

Hasta hace un par de décadas, el estilo de vida caracterizado por un ritmo frenético con horarios laborales extendidos hasta los límites, y por el exceso de tareas en el día a día era casi exclusivo de yuppies y altos ejecutivos, personas con importantes responsabilidades profesionales.
Hoy en día, la mayoría de nosotros ya no distingue entre horas ordinarias y extraordinarias, añadimos a todo ello el “cargo” de responsable de familia y llenamos las carreteras a las horas punta para atascarnos en embotellamientos formidables que, sumados al horario laboral, convierten el concepto de tiempo libre en un mero recuerdo.
Pasamos el día resolviendo asuntos, llamando siempre con urgencia, terminando tareas que dejamos a medias porque surgió algo que parecía más importante. Ponemos en práctica trucos de gestión de tiempo que hemos aprendido de algunos libros o de algunas personas, pero con ello solo logramos hacer más. A veces, cuando llegamos a este punto de saturación, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿era esto lo que realmente quería? Muchos pensamos que esta no era la vida que nos habíamos prometido.
En el Antiguo Testamento se relata la historia de Josué, a quien Dios encomendó la tarea de pasar el río Jordán con su pueblo para llegar hasta la Tierra Prometida. “Esfuérzate y sé valiente”, le advirtió. Josué siguió el consejo y superó todo obstáculo, en la confianza absoluta de que al otro lado del río se hallaba la tierra en la que descansarían las doce tribus de Israel. Pero todo hubiera sido distinto si, después de pasar el Jordán con su pueblo, Josué se hubiera topado con una cárcel en vez de encontrar la tierra prometida.
Cada vez más personas afrontan esa sensación. Se han esforzado y han sido valientes, creyendo que tras su denuedo les sería otorgada la vida prometida. Sin embargo, la tierra a la que llegan se parece demasiado a una cárcel o, en el mejor de los casos, a las ruletas en las que pasan sus días los conejillos de Indias, en un incesante movimiento que no conduce a ninguna parte.
La vida que realmente nos gustaría vivir es un tesoro que nos está esperando. Es aquello que realmente nos hace feliz, pero que suele estar enterrado bajo las obligaciones diarias. Jugar con nuestros hijos, preparar una oposición, cuidar de ancianos solitarios o montar un negocio desde casa son todas opciones válidas. Lo que importa es que accedamos al rincón de nuestra alma en el que guardamos nuestros propósitos incumplidos.
Nuestro tesoro está integrado por las personas y las cosas que realmente nos importan y a las que nos gustaría dedicar el tiempo que merecen. Ese tiempo es nuestra hora del tesoro.
Con frecuencia, dejamos pasar en la escala de nuestras prioridades otras cosas y a personas que, tal vez, no son las que más nos importan. Sin embargo, ese tesoro, aun cuando parece perdido, está esperando nuestra llegada. Para alcanzarlo, necesitamos convertir su búsqueda en un proyecto.
Todo proyecto comienza por el resultado que deseamos obtener, es decir, por su objetivo. Cuando hemos creado una imagen mental de ese resultado, somos capaces de imaginar los pasos que llevan hacia él. La búsqueda es absolutamente personal y exige el uso de herramientas únicas para su recorrido. Necesitaremos una brújula que nos indique en todo momento donde está el Norte de nuestro tesoro; tendremos que dibujar un mapa que una los dos puntos y en el que se reflejen los pasos obligatorios, las paradas y los descansos.
Analizar nuestras incomodidades respecto al tiempo puede ayudarnos a descubrir dónde habíamos dejado nuestro tesoro y a recobrarlo. Para ello, hemos de ver cuál es el punto más sensible de nuestra agenda. Es posible que sea el tiempo que dedicamos al trabajo, o las horas que pasamos con nuestra familia, o el estrechísimo hueco que hemos destinado a reciclar nuestra formación, o puede que no tengamos ni un mínimo rato para reflexionar sobre el curso de nuestra propia vida…

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La brújula

El tesoro de nuestra vida es nuestro Norte, es el destino que hemos elegido para nuestros pasos y, si decidimos salir en su busca, hemos de proveernos de una brújula que nos recuerde la dirección adecuada.
La idea de una brújula que nos guía por la senda que hemos decidido seguir no es nueva. De hecho, de un modo u otro, la han propuesto algunos de los más célebres autores del desarrollo personal y profesional. Así, según Stephen Covey, la brújula indica dónde están nuestros valores, nuestros principios o lo que es realmente importante para nosotros. Por su parte, el reloj señala las actividades o las tareas a las que dedicamos tiempo. Si el avance de las manecillas del reloj no camina en el mismo sentido que marca la brújula, sentiremos desasosiego e inquietud.
En esta brújula todos los puntos cardinales importan. De hecho, puede tener más o menos de cuatro: afectos y familia, salud, trabajo y carrera, entorno social y amistades, seguridad económica y aficiones personales, etc. Una rápida reflexión acerca de lo que realmente nos importa en la vida puede llevarnos fácilmente a encontrar los cuatro (o menos) principios cardinales, en un esfuerzo por simplificar los que van a convertirse en objetos de nuestra atención en la búsqueda de la vida que habíamos soñado.
Antes de ver cómo podemos estar seguros de elegir bien los puntos cardinales de nuestra brújula, conviene pensar en sus beneficios. Si afrontamos decisiones que afectarán a áreas más profundas de nuestra vida sin haber mediado una mínima reflexión, podemos llegar a asumir responsabilidades que nos “producen alergia”, aceptar compañías que nos sientan mal o vernos abocados a tareas que chocan con nuestros principios.
En estas ocasiones, los puntos cardinales son de una inestimable ayuda. Su papel es el de la piedra de toque. Cuando tengamos que elegir entre caminos que parten en más de una dirección, o cuando dudemos si debemos embarcarnos en una iniciativa determinada, conviene que tomemos la brújula y observemos si la dirección que nos indica tiene relación con los valores más importantes de nuestra vida.
Nuestro tesoro se encuentra hacia el Norte. Y siempre que sepamos dónde está ese Norte, deambular conscientemente hacia el Sur, el Este y el Oeste puede ser un divertimento, un paso obligado o una excursión de placer. Lo importante es que los cuatro puntos cardinales se relacionen entre sí porque, si conocemos la dirección de cualquiera de ellos, encontraremos siempre el camino hacia el tesoro.
Cuando sabemos lo que queremos para nuestras vidas y somos capaces de condensarlo en cuatro valores básicos, podremos identificar con más facilidad las oportunidades de ponerlos en práctica, desarrollarlos o acercarnos más a ellos. Es algo parecido a lo que ocurre cuando uno decide comprarse un coche o tener un hijo: de golpe, empieza a ver por la calle más vehículos como el elegido y más mujeres embarazadas que nunca. Cuando hacemos una elección relevante, nuestra atención se focaliza de tal manera que vamos tropezando con “argumentos vivientes” que vienen a confirmarla.
El hecho de colocar lo más importante de nuestra vida en los cuatro puntos cardinales de la brújula tiene el poder de convertir las posibilidades en probabilidades y las casualidades en logros.
Sin embargo, ante la abundancia de posibilidades, las elecciones resultan cada vez más difíciles. La sobreabundancia de opciones hace que elegir únicamente cuatro valores sea, a primera vista, una tarea ardua. Para facilitárnosla, necesitamos metas más elevadas y motivadoras: los valores.
Los valores nos aportan pistas acerca de lo que realmente es importante en nuestras vidas. Aunque habitualmente se nos educa más para buscar las causas (los porqués) que para indagar sobre los fines, podemos adaptar la técnica de análisis de “los cinco porqués” (que analiza las causas de una determinada situación preguntando cinco veces por las razones de sus síntomas) para convertirla en la técnica de “los cinco para-qué”.
Tomemos como ejemplo el objetivo “quiero organizarme mejor para hacer más cosas” y apliquemos el primer “para qué”. Una respuesta posible sería “para rendir más en el trabajo y destacar por mi eficacia”. Si preguntamos por segunda vez para qué: “Para lograr un ascenso rápido y alcanzar el puesto que deseo”. De nuevo, para qué: “Tal vez, para sentirme reconocido por mis cualidades y tener la capacidad de hacer las cosas a mi estilo”.
Si alguien hubiera respondido de este modo, podría observar que lo que realmente le importa, los fines por los que quiere organizarse, son el reconocimiento y la creatividad.
Otra persona, tras una primera respuesta similar, podría haber continuado con otro tipo de réplicas: “Para mejorar mi perfil profesional y conseguir que me contrate la empresa X, que se encuentra más cerca de mi casa y tiene unos horarios que me permitirían pasar más tiempo con mis hijos y estar más pendiente de su educación”. En este caso, su verdadero motivo es la atención a la familia.
Estos son solo dos ejemplos de valores que marcan los puntos cardinales de nuestra brújula o aquellas cosas que, si encontráramos el modo de dedicarles el tiempo que merecen, llenarían nuestra vida.
Saber hacia dónde ir no implica necesariamente que se sepa por dónde caminar. Para ello necesitamos un mapa en el que reflejar los pasos, las etapas, las rutas alternativas y las paradas.

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El mapa

Una vez conozcamos los dos puntos clave de nuestra ruta —nuestra situación actual y el lugar al que queremos llegar, señalado por el Norte de nuestra brújula—, para garantizar que no nos perdemos por el camino, debemos identificar la ruta idónea entre ambos, trazar el itinerario y reflejarlo en un mapa que podamos consultar en caso de desorientación o duda.
Dibujar un mapa que refleje cuál es el camino que vamos a seguir para llegar hasta aquello que es verdaderamente importante en nuestra vida, con sus obstáculos y sus oportunidades, nos permitirá distribuir la pasión, de modo que alimente cada una de las etapas de nuestro viaje.
Los escenarios que con la ayuda de nuestra imaginación pintaremos en el mapa son las metas que, una vez alcanzadas, nos permitirán tomar posesión de nuestro tesoro.
Una de las personas que, a lo largo de la historia, más ha destacado por su habilidad para lograr metas ha sido Napoleón Bonaparte. Como relata Alexis Suchet en Napoleon et le management, el pragmático estratega corso imaginaba por adelantado todas las posibles contingencias e ideaba diferentes desenlaces con el fin de estar preparado ante cualquier cambio en las circunstancias de la batalla. Decía: “Un plan de campaña debe tener previsto todo aquello que el enemigo pueda hacer y contener los medios de frustrarlo”.
Al imaginar los escenarios deseados, lo primero que revela el plan para ir en busca del tesoro de nuestras vidas es un conflicto. Hyrum Smith, uno de los grandes expertos en gestión del tiempo, define en su libro The 10 natural laws of Succesful Time and Life Management las metas como “conflictos planificados con el statu quo”. Lograr un objetivo significa, por tanto, hacer algo nuevo, dejar el terreno familiar y cómodo de nuestras zonas de confort y explorar nuevas fronteras.
Cuando nuestro escenario ideal entra en conflicto con nuestro escenario real, hemos de usar la imaginación para descubrir cómo llegar de la realidad de hoy al ideal del futuro.
Supongamos que hoy nos levantamos con el tiempo justo de prepararnos para salir, vamos a trabajar en coche y sufrimos los atascos matutinos, nos quedamos en la oficina hasta tarde, llegamos a casa ya de noche y con demasiado cansancio, y nos acostamos casi de madrugada, conscientes de que no es este el día que nos hubiera gustado vivir. Nuestro día ideal podría haber sido levantarnos tranquilamente, ir a trabajar en transporte público, leyendo un buen libro, trabajar las horas necesarias para cumplir eficientemente con nuestras responsabilidades, salir a tiempo de ir al gimnasio o de ver una exposición, o de tomar algo con los amigos o de jugar con nuestros hijos; volver a casa a una hora que nos permita disfrutar de nuestra vida personal y acostarnos con la conciencia tranquila y una prometedora noche de descanso por delante.
Pasar del estado actual al ideal nos exige quebrar por algún punto el círculo de excusas y pretextos con el que a menudo nos protegemos. Así, para que el día que deseamos vivir sea diferente del que ya hemos vivido, nos será necesario elegir un punto de ruptura. Por difícil que resulte, es conveniente iniciar la grieta por la situación más justificada. De ese modo, el resto de las circunstancias, especialmente las que se subordinan a ella, encontrarán menos resistencia al cambio.
En el ejemplo anterior, probablemente la situación que se protege con más excusas es el exceso de trabajo por acumulación de tareas pendientes. Es la que justifica las horas extras, la falta de tiempo para las actividades de ocio, la fatiga y las tribulaciones por el día perdido. Aquí tenemos nuestra primera meta o el primer punto de referencia de nuestro mapa: el escenario ideal consiste en trabajar de tal modo que se llegue a tiempo a todos los compromisos, que se cumplan los plazos y que se termine la jornada a su hora.
Dicho escenario ideal supone, entre otras cosas, que hemos resuelto tareas pendientes. Para dibujar el itinerario hacia ese escenario, hemos de imaginar cómo podemos dar salida al trabajo acumulado, pero también tendremos que pensar en solucionar la causa que nos ha llevado a esa situación.
Hemos de imaginar también si podría suceder algo que pudiera obstaculizar nuestro paso o nos obligara a desviar el rumbo. Preverlo nos facilitará la preparación de estrategias que nos ayuden a superar las dificultades o, incluso, a diseñar itinerarios alternativos.
En cuanto logremos imaginar con detalle ese primer escenario ideal, podremos empezar a pensar en el siguiente. Si contemplamos de nuevo nuestro día actual, veremos que después de solventar el exceso de trabajo tenemos varias opciones para elegir el siguiente paso. Ese paso puede ser ir al gimnasio, tomar algo con los amigos o jugar con los niños, dependiendo de cuál de las actividades propuestas es la que más se acerca a la vida que realmente queremos vivir.
Si queremos llegar a un lugar en el que nunca antes hemos estado, debemos tomar rutas desconocidas, con los riesgos que ello supone. En el ejemplo que hemos manejado hasta ahora, el primer escenario al que nos hemos planteado llegar (salir a la hora oportuna del trabajo) exigirá de nosotros tomar la determinación de establecer nuevas formas de actuar respecto a las tareas pendientes, por ejemplo. En este sentido, cabe citar un consejo de François Delivré, de su libro Question de temps: “Quien comienza a organizar mejor su tiempo tiene que hacer frente, temporalmente, a una sobrecarga. Me he dado cuenta de que las personas que se dejan desbordar muestran una tendencia a no tomar en cuenta más que los objetivos a corto plazo, sin haber reflexionado sobre las líneas directrices que constituyen sus objetivos esenciales. Sienten la desagradable impresión de estar invadidos por lo cotidiano, de perder sus jornadas, lo que significa perder sus vidas. Pero en el momento en el que toman distancia su vida empieza a cambiar. Semana a semana, mes a mes, año a año, estas personas van a lo esencial, no se dispersan y encuentran el tiempo de hacer aquello que realmente desean”.
No solo se trata de imaginar escenarios y dirigirse hacia ellos a través del itinerario ideado. No menos importante es retomar la brújula, revisar lo esencial (aquello que realmente queremos) y confirmar que cada paso nos lleva hacia el Norte. Es el único modo de mantener la motivación necesaria para superar las incomodidades y los esfuerzos requeridos en ese momento de incertidumbre que nos genera el hecho de tener que pisar nuevos caminos.

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La lupa

Para avanzar en la búsqueda del tiempo deseado una sencilla herramienta puede servirnos de inestimable ayuda: la lupa. Se trata de un instrumento que nos permite descender a los detalles, apreciar pormenores y particularidades y, en cuanto al tiempo, centrarnos en medidas breves y manejables.
Nos sirve de poco programar una vida como la que soñamos si luego no somos capaces de ver el instante preciso en el que podemos poner en acción nuestros planes. Es en ese momento en el que la lupa se convierte en algo más que una herramienta de aumento óptico y pasa a ser, por ejemplo, el instrumento con el que distinguir el momento oportuno para poner en práctica nuestras decisiones.
La lupa, aplicada a la senda de nuestro viaje, es la herramienta que nos ayudará a optar entre dos posibles itinerarios o entre caminos alternativos, en la medida en que nos permitirá ver con nitidez, en el momento en que sea necesario, cómo es el terreno en el que vamos a poner el pie.
Imaginemos que uno de los escenarios posibles de nuestro mapa consiste en reducir la ansiedad con la que salimos del trabajo y que está afectando a nuestra vida familiar. Hemos encontrado diversas rutas alternativas para llegar desde nuestro estado actual al deseado: la de mayor recorrido supondría tomar las medidas necesarias para no experimentar ese estado de desasosiego (desde cambiar de trabajo, hasta proponer ideas de mejora a su empleador, pasando por algo tan socorrido como dedicar un día no laborable, de modo intensivo, a adelantar las tareas que nos llevan a la preocupación); otra acaso más rápida supondría realizar alguna actividad relajante antes de volver a nuestra casa.
Si aplicamos la lupa o, en otras palabras, si dedicamos un tiempo a pensar en las posibles implicaciones de cada una de las alternativas a la luz de lo que realmente nos importa, es posible que lleguemos a la conclusión de que la primera opción tiene unos costes inherentes que de momento no sería sensato asumir. Podríamos, por tanto, decidirnos por la segunda vía, pensando en las posibilidades que se nos ofrecen, como apuntarnos a clases de yoga o a cualquier otra actividad que nos resulte saludable y divertida. Igualmente, usando la lupa, podríamos buscar en nuestro interior algo que nos permita reducir la agitación sin restringir demasiado el tiempo que podemos dedicar a las personas que queramos atender. Podría ser un paseo en solitario, una charla agradable, un tiempo de lectura tranquilo o una caminata vigorosa.
El mapa que habíamos dibujado, en la medida en que recoge la voluntad de pasar del estado actual al deseado, representa también cambios que queremos hacer en nuestra vida. Estos cambios se realizan mejor desde el detalle que desde el gran angular.
Proponerse grandes modificaciones es la garantía de que los cambios se queden en temporales o, en el peor de los casos, nunca se inicien. Mudar un detalle mediante la atención que le dispensamos, por nimio que parezca, cuesta menos esfuerzo y a medio plazo puede suponer una nueva ruta que, guiada por la brújula, nos acerque más al cofre del tesoro. Plantearnos grandes cambios a partir de un detalle bien atendido, tal vez solo por la manera de dirigirnos a alguien o un pequeño hábito que en principio parece trivial, nos servirá para encender, con la lupa, el fuego del entusiasmo y la motivación para seguir el camino hacia el Norte.
Lo que nos lleva a cuidar los detalles es la atención. Esta es una habilidad que se entrena y se desarrolla. Antoine de Saint-Exupéry, en su famoso cuento de El principito, lo explica desde la tierna relación de amistad que nace entre el protagonista y el zorro:
—Sólo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.
—Debes tener mucha paciencia —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…
Domesticar la atención requiere un acercamiento paulatino y constante; ir aplicando el entendimiento a los detalles, cada vez con mayor frecuencia, disfrutando al tiempo de la calidad del momento y de la riqueza del intercambio con el objeto, sea sensible o espiritual, o la persona que cuidamos.
Por otra parte, siempre disponemos del poderoso efecto de las preguntas para recoger y dirigir la atención. ¿Es esto lo mejor que puedo hacer en este momento y con estos recursos para avanzar en la búsqueda de mi tesoro? ¿Estoy siguiendo la ruta que me había marcado? Y, si no es así, ¿qué significa este desvío para las cosas y las personas que realmente me importan? ¿Qué significa para esta persona a la que quiero sentirse atendida? ¿Cómo puedo hacer que se sienta así con mi disponibilidad de tiempo?
Todas estas preguntas funcionan como flechas que apuntan hacia el sentido de lo que estamos haciendo o de lo que podemos hacer, hacia su significado para nuestra vida y para nuestra búsqueda del tesoro.

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El hallazgo

No se puede gestionar ni organizar el tiempo. Siempre sigue su curso implacable, segundo a segundo, día a día, al margen de lo que esperamos de él o lo que seamos capaces de consagrarle. Sin embargo, sí tenemos dominio sobre lo que hacemos en el transcurso de ese tiempo, sobre cómo lo vivimos, porque podemos gobernar nuestras intenciones (el destino al que dirigimos los pasos) y atenciones (los detalles a los que concedemos valor). Son estas últimas las que crean la calidad del tiempo que vivimos, aunque no siempre resulta fácil dejar que sean ellas las que marquen el uso que hacemos del tiempo.
El concepto de tiempo y su uso es diferente en función de factores como la edad, el tipo de trabajo, las responsabilidades familiares o la dinámica de la vida social. En la primera juventud sabemos que queremos hacer muchas cosas; cuando nos integramos al mundo laboral y empezamos a desarrollar una carrera, somos capaces de dividir nuestro tiempo entre las relaciones personales y el trabajo, y dedicarnos a ambas con el mismo empeño; la vida en pareja viene a añadirse al reparto, pero a la vez aporta un nuevo sentido, y la llegada de los hijos enriquece incluso más la vida con nuevos significados, aunque supone uno de los puntos críticos de nuestra relación con el tiempo: se hace más difícil la distribución de tiempos entre trabajo, pareja, familia, amigos, aficiones personales, etc., pero a la vez somos conscientes del comienzo de una nueva etapa vital.
En alguno de esos pasos, muchos dejamos de vigilar la posición del cofre del tesoro, nos dejamos arrollar por las circunstancias y comenzamos un camino en el que vamos reaccionando a los acontecimientos, sin disfrutar del paisaje ni tener muy claro hacia dónde nos dirigimos.
Ciertamente, algunas experiencias de fuerte impacto emocional actúan a veces como señales de que nos estamos alejando de aquello que realmente nos importa en la vida. Sin embargo, a pesar de la inevitabilidad o imprevisibilidad de algunas de ellas, tal vez podríamos ahorrarnos algún giro brusco si dedicáramos un poco de atención, en algún momento, a pensar en nuestro tiempo a la luz de lo que un día, tal vez en la adolescencia o quizá más adelante, nos pareció que podría ser una buena vida.
En La buena vida, Álex Rovira se pregunta acerca de la necesidad de no “perder” el tiempo para “la reflexión sobre las cuestiones importantes de aquello que da sentido a la vida, lo que la nutre, lo que aporta profundidad a nuestras experiencias, calidad a los momentos vividos, gratificación emocional e intelectual, vínculos afectivos potentes, islas de sentido, sensación de cumplimiento y de plenitud: aquello por lo que merece la pena hacer el esfuerzo de construir nuestra hoja de ruta y de comprometernos a hacerla realidad”.
Habremos avanzado en el diseño de nuestra propia hoja de ruta, la que nos lleva a “ganar” la hora del tesoro para dedicarla a las cosas y las personas que realmente nos importan, si…
  • hemos pensado en los valores que mueven nuestra vida hacia el modo en que decidimos vivirla;
  • hemos recuperado inquietudes y anhelos que nos parecían ya perdidos, o hemos recordado a personas a las que queremos tener cerca, a pesar de las distancias geográficas o afectivas;
  • hemos imaginado la manera en la que podríamos cumplir algún sueño y hemos dibujado un mapa que nos prepare para la travesía;
  • hemos decidido iniciar algún pequeño cambio en nuestra vida a partir de pequeños detalles a los que ahora prestamos una renovada atención, y hemos encontrado nuevos modos de aplicar el entendimiento a aquello que nos llena o de cuidar mejor a las personas que queremos.
Todo esfuerzo de organización tiene doble premio. El primero es conseguir los objetivos que nos hayamos propuesto y, como consecuencia, sentirnos más eficaces; pero si hemos elegido esos objetivos con la brújula en la mano, nuestro premio será, además, despejar bastantes de las preocupaciones y los agobios diarios, vivir más intensamente y mejor, y, en definitiva, ganar tiempo de calidad para nuestras vidas, que hemos de llenar de intención, atención y sentido.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de la autora
Aje Arruti
María Jesús (Aje) Arruti es periodista por vocación y formación. Después de desarrollar su carrera profesional en medios impresos —fundamentalmente en revistas—, desde hace siete años se ha dedicado a la educación universitaria, a la enseñanza de técnicas de gestión del tiempo y creatividad, y a la comunicación. Ha vivido en Madrid y en Pamplona, y recientemente ha vuelto a la ciudad en la que nació, San Sebastián.
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