La fuerza de la ilusión
Resumen del libro

La fuerza de la ilusión

por Jorge Blass y Fernando Botella

Qué puede enseñarnos la magia para conquistar la mente del consumidor

Introducción

 

Hacer negocios es un arte en sí mismo, no tan diferente de un juego de magia. Tanto en el uno como en el otro, la preparación, la presentación y la ejecución son absolutamente esenciales para conseguir un resultado exitoso y sorprendente, tanto si se trata del juego de manos más simple como de un proyecto empresarial.
El impacto de los medios de comunicación, unido a las numerosas herramientas de imagen y sonido que tenemos a nuestro alcance, ha convertido el mundo en un gigantesco espectáculo del que todos formamos parte. Este nuevo componente mediático-público favorece que las actividades más diversas se contemplen desde ángulos teatrales o cinematográficos, en los que el cuidado de la escenografía, el vestuario, los tiempos de intervención, o la elección de los mensajes emitidos deben calibrarse cuidadosamente. Si hasta hace poco esta proyección pública estaba reservada al ámbito de la política, del espectáculo o de los deportes, hoy está afectando de lleno al mundo empresarial, cuyos líderes necesitan transmitir una imagen acorde con las entidades a las que representan. Igualmente, cualquiera de nosotros, con independencia del rango jerárquico que ocupemos en la empresa o en nuestra actividad profesional, estamos abocados a utilizar toda una serie de técnicas que favorecen el éxito en nuestra interacción con los demás.
El éxito en la magia y los negocios recorre el mismo camino: el de las experiencias. La técnica que el mago aplica es importante para el resultado final, pero la verdadera magia surge cuando llega a la mente del espectador. Del mismo modo, tecnología, procedimientos, procesos, etc. son importantes para la empresa, pero su verdadero valor diferenciador reside en la experiencia que, a través de ellos, se consigue producir en el público. Por eso se puede decir que existe un nexo común entre magia y empresa. La magia está más presente en las organizaciones de lo que a primera vista nos pueda parecer, porque el día a día de cualquier compañía debe estar enfocado al logro de un único objetivo: conseguir un efecto memorable en la mente del consumidor. De ahí la importancia de conocer su modo de funcionamiento, gracias al cual consigue ilusionar, intrigar y conseguir resultados sorprendentes, e intentar aplicarlo al mundo de la empresa.
El presente libro es una invitación para adentrarnos en el mundo de la ilusión y del ilusionismo empresarial, donde se dan cita la sorpresa, las emociones y las experiencias más increíbles. A lo largo de sus páginas se nos explican diez principios mágicos que nos ayudaran a triunfar como si fuéramos ilusionistas de la talla de Houdini, Copperfield o Tamariz.

 


Publicidad
Ofertas en las tiendas Amazon: libros, informática, teléfonos, fotografía, televisión, moda

Nunca reveles tu secreto

Buatier de Kolta fue un ingenioso mago francés que trabajó en Londres y Estados Unidos entre 1870 y 1880. Probablemente su misterio más inquietante fue el dado de Kolta, efecto que aún hoy sigue siendo una incógnita. Consistía en un dado que el mago colocaba encima de una mesa de madera, a la vista del público, y que aumentaba de tamaño hasta alcanzar un metro de longitud por lado. Entonces, del interior del dado salía una bella señorita.
El misterio es lo que convierte el arte de la magia en algo apasionante. Cuando vemos un truco de magia, nuestra mente construye una serie de acciones que para nosotros tienen unas reacciones lógicas. Si, por ejemplo, tiramos una moneda al suelo, esta cae por la fuerza de la gravedad; en cambio, el ilusionista logra romper esas leyes físicas y la moneda queda flotando en el aire. Ese contraste entre lo que debería suceder y lo que estamos viendo es la verdadera magia. Por supuesto, la moneda no vuela realmente; pero el mago experto consigue que el púbico vea con sus propios ojos y recuerde hechos y situaciones que nunca han sucedido en la realidad. No revelar nunca el secreto es la premisa fundamental de cualquier mago.
Los ilusionistas desarrollan un profundo conocimiento intuitivo de los procesos que tienen lugar en la mente del espectador. El buen mago es un experto manipulador de la atención, que consigue focalizar las miradas de su público donde él quiere, desviar la atención de la técnica y concentrarla en lo que a él le interesa, para que el espectador recuerde un hecho determinado.
La ilusión es la pulsión vital que nos lleva a planificar y lograr nuestras metas. Todo lo que hacemos por nuestra propia iniciativa, lo hacemos movidos por la ilusión. La ilusión es el fundamento de nuestro crecimiento y desarrollo, y lo que nos impulsa a mejorar constantemente.
Esa mejora constante, que los japoneses denominan kaizen, tiene mucho que ver con el entusiasmo, esto es, la energía que todos llevamos dentro y que nos impulsa a actuar desde la alegría y la confianza para poner en marcha todo aquello que consideramos importante. El director de orquesta Benjamin Zander dijo: “Yo solamente soy un dispensador de entusiasmo”. Su ejemplo y el de la magia es el que debemos seguir. Cada día, en cada una de nuestras acciones, deberíamos llegar a ser auténticos dispensadores de entusiasmo.
No debemos perder el tiempo pensando en cuál es la técnica en la que el mago hace desaparecer a una persona ante nuestros ojos. Hay que olvidar el “ingrediente secreto” de la Coca-Cola o del algoritmo que utiliza Google para ordenar los resultados de sus búsquedas, y centrarnos en las experiencias. El verdadero secreto radica en nuestra capacidad de generar ilusión, experiencias únicas en nuestros públicos, sean estos empleados o clientes. La magia más potente es la fuerza de la ilusión. Si conseguimos prender esa chispa en nuestro público, contaremos con empleados deseosos de trabajar en nuestra empresa y comprometidos con el proyecto que representa, y con clientes que quieran comprar nuestro producto.

Publicidad
Ofertas en las tiendas Amazon: libros, informática, teléfonos, fotografía, televisión, moda

Practicar hasta alcanzar la excelencia

Un mago únicamente puede ser excelente. Si lo que hace no es extraordinario, deja inmediatamente de ser mago.
Huir de la postergación. La postergación o dejar las cosas para mañana es uno de los bloqueadores más frecuentes de la excelencia, ya que impide el esfuerzo y obstaculiza la realización de nuestros objetivos. Solemos admirar los logros de aquellos que han destacado en su profesión, sean deportistas, empresarios, artistas o magos. Pero en muy pocas ocasiones nos damos cuenta de que el gran artífice de sus éxitos suele ser la perseverancia.
La consecución de cualquier objetivo, ya sea en nuestro ámbito privado o en nuestras organizaciones, requiere de práctica. La perseverancia en la práctica ensalza el talento y es necesaria para huir de la mediocridad.
Dai Vernon. El canadiense Dai Vernon, conocido como “el profesor”, fue uno de los mayores genios de la magia del siglo XX. Su vida se construyó por entero de práctica, perseverancia y dedicación. Durante los últimos veinte años residió en el famoso Magic Castle de Hollywood, meca mundial de la magia, donde compartió sus descubrimientos mágicos con ilusionistas de la época. Sus creaciones e innovaciones en la forma de entender la magia son parte del repertorio de la mayoría de los magos aficionados y profesionales actuales. Durante la mayor parte de su vida, practicó magia 16 horas diarias.
Obtenemos logros cultivando la esencia de tres factores básicos: disciplina, humildad y voluntad. La disciplina requiere de esfuerzo y constancia. La humildad necesita también de la escucha, el aprendizaje continuo, la mejora y el crecimiento. La voluntad es la determinación que nos lleva a la acción.
En la magia, como en cualquier arte, no existen límites a la creatividad. Una técnica que suelen emplear los magos para crear los juegos de magia consiste en imaginar el efecto ideal, sin importar el método necesario para conseguirlo, para así poder pensar sin limitaciones. Por ejemplo, un mago que desea que un coche vuele por los aires, cuando tiene en mente ese efecto o sueño, empezará a pensar en los posibles métodos para conseguirlo, hasta que encuentre varios caminos de investigación posibles. Pueden surgirle muchas ideas: que el coche no sea auténtico, que lo sujeten cables, que una fuerte corriente magnética lo eleve, etc.
Este método se puede aplicar a cualquier sueño profesional que deseemos alcanzar y solo hay una forma de descubrir si es factible: probando detenida y cuidadosamente cada una de las posibles maneras de realizarlo, sin descuidar los tres valores ya mencionados: disciplina, humildad y voluntad.
Soñar no significa quedarse confiado en que la fortuna nos sonreirá y se harán realidad nuestros deseos, sino empezar a visualizar nuestras aspiraciones y actuar. El verdadero potencial de los sueños está en su capacidad para movilizarnos hoy. Cuando somos capaces de poner fecha a un sueño, lo llamamos visión, y es a partir de ese momento cuando el sueño adquiere el compromiso de su realización. Muchas veces no creemos hasta que no vemos, pero otras tantas no veremos si no creemos.

Publicidad
Ofertas en las tiendas Amazon: libros, informática, teléfonos, fotografía, televisión, moda

No repetirse, sino reinventarse

La esencia de la magia es la sorpresa; si un juego es previsible, inmediatamente deja de funcionar. Ya no basta con adivinar una carta o hacer aparecer palomas: el público quiere algo más, ya sea una espectacular puesta en escena, una historia apasionante o una forma novedosa de presentar nuestra magia.
Cuando el mago David Copperfield apareció por primera vez en escena del musical Magic Man en Chicago con 18 años parecía que todo estaba inventado. El mago del momento era Doug Henning, famoso por sus espectáculos en Broadway, que derrochaban creatividad y buena magia. Pero el joven Copperfield empezó a preparar sus especiales de televisión y sorprendió al público con efectos espectaculares que aportaron a la magia otra dimensión.
Así, en 1980, hizo levitar y desaparecer un Ferrari; un año más tarde se convirtió en el primer mago que hacía desaparecer un avión. Y en 1983 se consagró como una estrella internacional cuando hizo desaparecer la Estatua de la Libertad en un programa de televisión en directo. Fue una ilusión sorprendente, nunca antes realizada y que supuso un antes y un después en el mundo de la magia. Su efecto tuvo más impacto comercial que mágico. Durante los siguientes quince años, David Copperfield no dejó de sorprender. Creó un especial de televisión cada año y en todos ellos consiguió renovar la magia y presentar sus espectaculares efectos: atravesó mágicamente la muralla china, escapó de Alcatraz, voló por encima del gran cañón del Colorado y sobrevivió a una caída libre en las cataratas del Niágara. En definitiva, no paró de generar sorpresas.
La economía de la atención. Hemos pasado de una economía basada en las características del producto o servicio a una cuya moneda de cambio es la atención. El bien más escaso en la actualidad es la atención de los consumidores y, en consecuencia, el mayor de los peligros al que nos enfrentamos es sufrir su indiferencia.
Contar con el mejor producto o servicio no es una garantía. El mercado está hipersaturado e hiperfragmentado. Hoy podemos encontrar en un supermercado 40 000 productos, cuando únicamente necesitamos 200 para satisfacer el 80 % de nuestras necesidades.
Hemos dejado de competir en el terreno de los aspectos racionales para hacerlo en el de los sentimientos y las emociones. Competimos por una cuota de atención. El ser humano como consumidor es infiel y vive sumido en una permanente insatisfacción. Atender un deseo o una necesidad con un mismo producto de una forma repetida le provoca una insatisfacción creciente, que se traduce en aburrimiento y lo impulsa a la búsqueda de nuevas sensaciones y sorpresas. De ahí la necesidad de reinventarnos constantemente y de convertirnos en magos capaces de sorprender a nuestro público interno y externo. Como dijo Marcel Proust: “Lo importante no es descubrir cada día una tierra nueva, sino hacer que la misma tierra parezca diferente”.
En el ámbito empresarial se ha comprendido bien que tanto creación como transformación producen innovación. Algunas empresas actúan como magos en lo que se refiere a la generación de sorpresa constante sobre un mismo producto. El número uno para muchos es, sin duda, Apple. Desde que en 2001 sacó a la venta su primer iPod, los impactos en el mercado han sido incesantes, al producirse en cuestión de meses en algunos casos. Más capacidad, renovado diseño o nuevos servicios han sido la excusa para dejar al consumidor boquiabierto y con el deseo de adquirir el nuevo modelo de turno.

Publicidad
Ofertas en las tiendas Amazon: libros, informática, teléfonos, fotografía, televisión, moda

Adaptar nuestro repertorio al tipo de público

Personalizar. La magia es un arte universal, apto para todos los públicos, sean niños o adultos. La razón por la que consigue atraer a colectivos tan diferentes no es tanto la técnica, como la relación que se establece entre el mago y el espectador. Esa conexión no surge siempre del mismo modo, por lo que el ilusionista debe adaptar el repertorio a cada tipo de público.
El mago Lance Burton es uno de los más reconocidos ilusionistas de nuestro tiempo. En 1994 recibió la célebre Mantle of Magic (‘Capa de la Magia’), el máximo distintivo de la profesión.
Es fácil que los shows de magia, como cualquier otro espectáculo, acaben mecanizándose. Lo peor que le puede pasar a un artista es “automatizarse”. Cuando el público nota que un gag o un comentario se repiten automáticamente y sin ganas, es el principio del fin. Lo extraordinario de Lance Burton es que, después de 14 años representando su espectáculo dos veces al día en el Casino Monte Carlo de Las Vegas, resultaba igual de fresco que el día de su debut.
Cuando comienza el show, en los primeros cinco minutos, Burton analiza a sus espectadores y, según el tipo de público, elige el repertorio sobre la marcha. Tiene varios tipos de espectáculo: uno para un público mayormente infantil, otro para adultos y otro para públicos de otros países. Todo su equipo está pendiente de sus órdenes, ya que en cualquier momento puede cambiar de repertorio, dependiendo del público.
Las normas que rigen el mercado no son diferentes a las de la magia. Una empresa crecerá y vivirá en la medida en que sea capaz de crear una relación especial con sus clientes ofreciéndoles contenidos únicos.
A todos nos gusta pensar que somos diferentes, por lo que buscamos aquello que nos hace sentirnos únicos y buscamos productos cada vez más individualizados. La paradoja es que ese sueño lo realizamos mediante casi los mismos productos o servicios. En mayor o menor medida, más tarde o más temprano, todos acabamos siendo arrastrados por la moda, llámese Nike, Apple, Wii o Nespresso.
La existencia de las marcas de moda no es nada nuevo, pero el tipo de marcas que en la actualidad encabezan las listas de las más deseadas sí lo es. Todas ellas tienen en común la capacidad de dar al usuario la posibilidad de elegir y participar activamente en el proceso. Esta es una de las formas más eficaces de personalizar nuestros productos: dejar que el cliente participe en el diseño y trabaje como un miembro más de la empresa.
Así, a través de su tienda online, la firma de ropa deportiva NikeID permite al usuario personalizar tanto zapatillas como ropa y complementos a partir de un amplio abanico de opciones: colores, tejidos, etc. Por su parte, Nespresso nos ofrece 16 tipos diferentes de café; Apple nos brinda la oportunidad de crear nuestro propio catálogo de música con miles de canciones; mientras que encender la Wii significa vivir una experiencia diferente en cada ocasión.
Eso es tan importante para nosotros que estamos dispuestos a pagar más por ello, ya sea en dinero o tiempo. Ver reforzada nuestra individualidad nos compensa.

Publicidad
Ofertas en las tiendas Amazon: libros, informática, teléfonos, fotografía, televisión, moda

Cuidar a nuestro público

A diferencia de otras artes escénicas como el teatro o la danza, en los que el espectador es un simple observador, el ilusionista crea una interacción continua con su público, en la que es muy importante la complicidad entre ambos. En realidad, el mago propone un juego en apariencia imposible y el espectador disfruta con esa ilusión. Todo lo que hacen los magos se puede explicar científicamente. Sin embargo, nos encanta dejarnos fascinar y pensar durante unos instantes que existe la magia. Un mago no es nadie sin su público. Igual que una empresa o marca sin sus clientes.
El mago David Kaye “Silly Billy” de Nueva York tiene claro este concepto. Su piedra angular en los últimos años ha sido preocuparse por estudiar a su público-objetivo de pequeños espectadores. David quería averiguar cómo piensa un niño y cuáles son sus gustos. Empezó a comprender la psicología de un niño de 5 años, y las diferencias con uno de 7, 8 o 10 años. Incluso a la hora de elegir su nombre artístico, durante el primer año de actuaciones fue preguntando a los niños qué nombres les gustaban más. Así, hizo un ranking para su producto, basado en las preferencias de su público, hasta que terminó eligiendo Silly Billy. Esta forma innovadora de crear su producto, unida a grandes dosis de talento para la magia, le generó numerosos contratos y nuevos clientes. En cada actuación suya aparecen nuevos clientes que quieren contar con él en sus fiestas privadas. Su secreto no es otro que saber cuidar de su público y crear nuevos admiradores. Estos últimos no son unos simples clientes, sino personas dispuestas a seguirnos, a trasladar nuestro mensaje a otros mediante boca-oreja y también a perdonarnos cuando es necesario.
Por ello, debemos estar más atentos que nunca a los cambios que se producen en el mercado y escuchar sin descanso lo que nuestro público quiere. Mantener el liderazgo resulta cada vez más complicado. La competencia es cada vez más numerosa, por lo que un mínimo despiste o no saber aprovechar el momento oportuno nos hará acabar relegados a las últimas posiciones.
Esto fue lo que le pasó a Sony. Durante casi una década, la empresa japonesa fue líder indiscutible en el sector de los videojuegos gracias a la incorporación de los últimos y más complejos avances tecnológicos en sus consolas. Pero un día llegó Nintendo con una nueva propuesta de valor que suponía un salto radical en la forma de entender este mercado. Frente a la complejidad de las consolas de Sony, diseñadas para los gamers tradicionales, la DS y la Wii son máquinas muy sencillas de utilizar, pensadas para toda la familia: desde el más pequeño hasta la abuela, cualquiera puede jugar y divertirse, practicar deporte y aprender idiomas y cocina.
Si queremos que nuestro show triunfe debemos subir al público al escenario. El público es tan mago como nosotros y encima está dispuesto a pagar un precio más alto por vivir esa experiencia.

Buscar efectos extraordinarios

El gran mago español José Frakson (1891-1981) fue conocido en el mundo entero por su espectacular magia de escena y su extraordinaria personalidad sobre el escenario. En Estados Unidos todavía recuerdan sus actuaciones. Frakson solía decir que lo más importante cuando un ilusionista aparece en televisión o en cualquier escenario es elegir un efecto que sea extraordinario y apostar por él.
Mientras muchos magos optaban por confundir a sus espectadores con cientos de pequeños efectos que apenas se recuerdan, Frakson prefería calar hondo en su público, crear el efecto extraordinario que los espectadores recordarían por encima de todo lo demás.
El mismo efecto extraordinario buscó otro gran mago, esta vez del mundo de la empresa, Bill Gates, cuando participó en 2009 en la Conferencia TED en California, donde se discutía sobre tecnología, entretenimiento y diseño.
Gates lleva comprometido desde hace algunos años con la lucha contra la malaria a través de una fundación que lleva su nombre. En la mencionada conferencia comenzó su participación diciendo: “Los mosquitos transmiten la malaria. He traído algunos y los voy a soltar por aquí. Es injusto que solo los pobres se infecten”. A continuación, abrió el bote y los mosquitos empezaron a volar por el salón ante la atónita mirada de los asistentes, entre los que había empresarios, informáticos y otras personalidades de diferentes ámbitos. El desconcierto y el miedo se apoderaron de la mayor parte de ellos. Afortunadamente, pasados unos minutos, Gates tranquilizó el público desvelando que los mosquitos no estaban infectados.
Solo fue necesario un minuto para que Gates consiguiera un impacto único y difícil de olvidar en el público congregado. Con su efecto, todo el auditorio pensó en esa enfermedad y experimentó una sensación que, de otro modo, no se habría provocado si hubiera escuchado una ponencia sobre la enfermedad de carácter más convencional.
El verdadero campo de batalla del mercado no está en el punto de venta, sino en la mente del consumidor. Necesitamos generar un efecto extraordinario que llame la atención si queremos que nuestra marca sea percibida y nuestro producto comprado.
Un efecto extraordinario no es más que hacer algo diferente que nos distinga de la competencia. A veces es suficiente con un sencillo “llévese un 50 % más gratis” o una edición especial. Otras veces se necesitará un esfuerzo mayor, como conseguir un ordenador tan ligero y fino que quepa en un sobre, como el MacBook Air.

Convertir los errores en éxitos

Tal vez el reto más famoso del escapista Harry Houdini (1874-1926) fue el de escaparse de un baúl completamente encadenado y sumergido en el río Hudson. Sus preparativos fueron exhaustivos. Pasaba varias horas al día en una bañera helada. El día de la actuación toda la prensa estadounidense estaba congregada a orillas del río. Se abrió un agujero en el hielo, por donde entraría el baúl. Harry entró en el baúl encadenado y, tras rodearlo con más cadenas, lo lanzaron al río. Cuando pasó una hora sin que apareciera, la preocupación del público era notable y, poco a poco, la gente empezó a dispersarse dándolo por muerto. Solo quedaron algunos periodistas que creían en él.
Sorprendentemente, Houdini no murió. Cuando el baúl cayó al fondo del río, según lo previsto, escapó de las cadenas y del baúl; pero, cuando nadó hasta la superficie, se dio cuenta de que la corriente del río lo había arrastrado lejos del agujero. En ese momento esperaba lo peor, no sabía en qué dirección nadar, y el frío consumía sus huesos. Pero entonces descubrió algo insólito: entre el hielo y el agua había una finísima película de aire, suficiente para respirar y encontrar una salida lejos de los periodistas. Sin dejarse ver, Houdini abandonó el río, llegó a casa sin fuerzas y desvalido y esperó hasta recuperarse de sus problemas respiratorios. Mientras tanto, todos los medios de comunicación anunciaron su muerte. La forma en que apareció públicamente fue mayor sorpresa que su desaparición. Unos días después del accidente, anunciaron en el teatro más importante de la ciudad un nuevo espectáculo de Houdini. La noticia asombró a todo el mundo y se vendieron todas las entradas. Cuando Houdini apareció en escena y demostró ser el auténtico, recibió una ovación insuperable y, desde entonces, se le consideró “el hombre capaz de escapar de todo, incluso de la muerte”. De esta forma transformó un fallo casi mortal en un gran éxito.
Los grandes talentos están preparados para los errores y nos enseñan que se puede aprender mucho más del error que del éxito.
En el mundo de la ciencia ha habido muchos ejemplos de cómo los errores han dado paso a grandes éxitos. Uno de ellos es el caso del científico Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina. Gracias a su obsesión por guardarlo todo, o a la escasa higiene que se ha atribuido a su laboratorio y, sobre todo, a su insaciable curiosidad, Fleming observó un hongo verde en una de las placas de cultivo de un experimento fallido. También se dio cuenta de que a su alrededor no había colonia alguna de bacterias, por lo que empezó a investigar por qué ese hongo bloqueaba su crecimiento. El hallazgo de este antibiótico revolucionó la medicina moderna.
En el mundo de los negocios podemos citar los casos del Tipp-Ex y los Post-it. La invención del líquido corrector se la debemos a los errores que cometía una secretaria llamada Betty Nesmith. Harta de estar continuamente repitiendo sus trabajos cada vez que se equivocaba en una letra, decidió buscar un producto que le permitiese ocultar las faltas. Empezó mezclando la pintura blanca con esmalte de uñas y, tras el éxito inicial que obtuvo, continuó perfeccionando la fórmula en la cocina de su casa.
En el caso de los Post-it, un empleado de la compañía 3M, Spencer Silver, investigaba para el desarrollo de un pegamento muy potente, pero únicamente logró un producto con muy poca capacidad adhesiva, al que no supo dar utilidad. Unos años más tarde, a un compañero suyo, Arthur Fry, se le ocurrió un posible uso, cansado de que se le cayeran los marcadores que insertaba entre las páginas de su libro de salmos de la iglesia. Pensó en crear unos marcadores de páginas adhesivos “de quita y pon”.
Cuando el error se comprende desde la óptica de Benjamin Franklin (quien dijo: “Yo no me he equivocado, lo que pasa es que he tenido unas diez mil ideas que no han funcionado”), se convierte en un importante propulsor para la realización de nuestros objetivos. Esto no significa que el error debe ser practicado —así lo convertiríamos en hábito— sino superado a través del aprendizaje y la búsqueda de soluciones.

Trabajar en equipo

A comienzos del siglo XX, David Devant era un afamado ilusionista en Inglaterra. Presentaba en el escenario efectos asombrosos que conmocionaban al público de la época. De entre sus ilusiones más populares destacaban El sueño del artista, La aparición de huevos en el sombrero y, la más sorprendente de todas, The Mascot Moth (“La polilla amaestrada”), en la que una bailarina caracterizada como una mariposa se desvanecía en un instante a la vista del público.
Setenta años después, el ilusionista canadiense Doug Henning se propuso a recrear el efecto The Mascoth Moth para el estreno de su espectáculo Merlin en Broadway, en febrero de 1983. El efecto de desaparición de la bailarina se conseguía gracias al trabajo mecánico de dos ayudantes entre bambalinas, que, unido a las acciones secretas del mago y la bailarina, conseguía crear la ilusión en apenas un segundo. Ningún integrante del equipo de Henning sospechaba la complejidad técnica y la extremada sincronización que eran necesarias para conseguir aquel efecto. Ante la proximidad del estreno y los numerosos intentos fallidos, estuvieron a punto de tirar la toalla; pero, pocos días antes del gran ensayo general, lo consiguieron. Eran cuatro personas sincronizadas que en tan solo un segundo aunaban esfuerzos para representar el efecto de desaparición más increíble jamás presentado en un escenario.
Cuando los espectadores observaban a David Devant en escena, los efectos eran espectaculares. Pero, detrás de ello estaba un trabajo complejísimo del equipo del mago cuya clave era la multiplicación de esfuerzos o el trabajo en equipo.
En no menor medida que espectáculos de magia nuestras empresas son ejemplo de acciones colectivas. Ninguna puede realizarse desde el “yo”, sino que es necesario el “nosotros”.
Nos guste más o menos, la consecución de nuestros objetivos depende necesariamente del resto de los miembros que conforman el equipo. Todos y cada uno de ellos, en cada ámbito de responsabilidad y actuación, desempeñan un papel clave para que la organización cumpla con sus propósitos. Es lo que se conoce como simbiosis. El resultado del trabajo de un equipo es superior a la suma de los esfuerzos individuales. El equipo no suma, sino que multiplica las capacidades individuales.
La empresa de hoy trabaja en colaboración, interdependencia y compromiso. Cada una de las decisiones que toman los miembros del equipo marca la diferencia entre excelencia y mediocridad.

Creer en nuestra magia

David Bamberg, conocido como Fu Manchú, fue el sexto miembro de la saga mágica de los Bamberg, una familia de asombrosos ilusionistas alemanes que durante varias generaciones revolucionó el mundo de la magia. Su padre fue Theo Bamberg, más conocido como Okito; tuvo un problema en las cuerdas vocales al comenzar su carrera profesional, pero esto no le hizo renunciar a su carrera profesional. Tenía claro que lo suyo era la magia y los escenarios, por lo que justificó su magia sin palabras disfrazándose de oriental y creando el personaje de Okito.
El joven David Bamberg se interesó por la magia desde una edad muy temprana. Mientras que otros niños soñaban con ser bomberos o aviadores, él construyó un teatro de juguete y se veía a sí mismo como el mejor mago del mundo, presentando su gran espectáculo. David creía en su magia y eso provocó que años más tarde su sueño se convirtiera en realidad. Adoptó el nombre de Fu Manchú y recorrió el mundo con el más impresionante show de magia jamás visto.
En sus espectáculos había grandes efectos de magia y apasionantes historias. Fue el inventor del género de la magia dramatizada o dramagia. De este tipo era el efecto La silla de la muerte, en el que un espectador moría en directo, asesinado, y el público descubría al asesino siguiendo una compleja trama.
Creer en uno mismo. Si Okito no hubiera confiado en sí mismo, habría tirado la toalla inmediatamente al tener el problema de sus cuerdas vocales. Y si David Bamberg no hubiera confiado en su capacidad y talento, nunca habría conseguido materializar sus sueños en los escenarios de medio mundo. Creer en nuestra magia es creer en nuestro producto, marca, equipo o estilo. Si nosotros no creemos en ellos, difícilmente conseguiremos que los demás lo hagan. Esta es una cuestión de actitud.
La actitud es nuestro principal motor. Nos mueve a fijarnos propósitos en nuestra vida y en nuestras organizaciones, y de ella nacen también el compromiso y el cambio necesarios para cumplir esas metas.
René Lavand, el mago manco argentino, perdió con 6 años la mano derecha en un accidente de coche. A la mayoría nos cuesta imaginar a un mago manco, pero Lavand creyó en sí mismo y reinventó el mundo de la magia con cartas al utilizarlas con una sola mano. También inventó técnicas secretas y creó increíbles juegos de cartas únicamente con la mano izquierda. Hoy en día es una de las leyendas vivas de la magia y ha convertido su sueño en realidad.
Una actitud adecuada para el desarrollo de uno mismo se logra mediante el autoconocimento, la automotivación y el autocontrol.
Autoconocimiento. Cuanto más conscientes seamos de lo que tenemos y de lo que podemos hacer, mayor será la libertad con la que podremos elegir nuestro camino.
Automotivación. El camino no es siempre fácil y llegar a su final dependerá de nuestro nivel de compromiso y de la fuerza de nuestros sueños.
Autocontrol. Nos ayuda a evitar la pereza y genera capacidad de esfuerzo.

No hay nada imposible

El trabajo de un mago consiste en convertir lo imposible en realidad. No importa que el objetivo sea convertir un vaso en un elefante o hacer que una hormiga flote por los aires. Lo esencial para los magos es el efecto final que produce en el público. Una vez marcado el objetivo, trabajan utilizando diferentes métodos para el engaño, mecanismos psicológicos y mecánicos que convierten la ilusión imposible en una realidad ante los espectadores.
A menudo confundimos lo imposible con lo difícil. Imposible es una palabra limitadora y paralizante, que nos impide avanzar, hace que nos centremos en lo que no tenemos, en lo que no somos y en lo que está fuera de nuestro ámbito de actuación. Difícil, en cambio, nos lleva a ser tenaces, a buscar nuevas vías y oportunidades en aquellos lugares donde otros no son capaces de verlas.
En uno de esos lugares encontró Walt Disney al ratón más famoso del mundo, Mickey Mouse, el personaje que más éxitos le deparó.
Su compañía estaba trabajando en un conejo llamando Oswald, que iba a ser el primer personaje de la factoría Disney. Pero, por problemas legales, se vieron obligados a transformarlo en ratón. Los primeros bocetos del animal no les convencieron, así que decidieron comprar un ratón que había dibujado un tal Ub Iwerks. Pagaron por él diez dólares y el resto ya es historia.
Algo parecido le sucedió al “ratón” de los ordenadores. En este caso, los genios fueron Steve Jobs y Jef Raskin, de Apple. El aparato se presentó por primera vez en 1968 en el Congreso de Otoño para Empresas de Informática de San Francisco. Se llamaba por entonces “indicador de posición X-Y para dispositivo de pantalla”. Durante diez años la patente del invento perteneció al Stanford Research Institute y nadie fue capaz de vislumbrar sus posibilidades hasta que llegó Steve Jobs. En 1984 era incorporado de serie por primera vez a un ordenador Macintosh.
Una revolución parecida la inició Doug Henning, afamado ilusionista canadiense que triunfó en Estados Unidos a través de la televisión y de sus grandes producciones teatrales en Broadway. Henning Solía decir: “Cualquier cosa que la mente puede concebir es posible. Nada es imposible. Solo tienes que mirar dentro de ti y darte cuenta de tus más preciados deseos”.
La verdadera excelencia. El concepto que define a personas como Disney, Jobs o Henning es la verdadera excelencia. Solo conseguiremos ser verdaderamente excelentes si…
  • Somos más inquietos que los demás, que son más prudentes. Es decir, si tenemos visión.
  • Asumimos más riesgos que los otros, que viven de la seguridad. Es decir, si tenemos coraje.
  • Soñamos más que los demás, que son prácticos. Es decir, si tenemos pasión.
  • Y si somos capaces de llegar más allá cuando se trata de hacer realidad nuestros sueños, porque los demás piensan que son imposibles. Es decir, si somos capaces de ejecutar nuestros propósitos.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de los autores
Jorge Blass es ilusionista y comunicador; ha colaborado en multitud de programas de entretenimiento y ha presentado y dirigido tres temporadas de su propio show de televisión, Nada x aquí (Cuatro). En 2003 publicó Magia para no dejar de soñar (Martínez Roca). Sus espectáculos en directo han obtenido algunos de los más prestigiosos galardones internacionales, como la Varita Mágica de Oro, en Montecarlo, y el premio Siegfried & Roy, en Las Vegas. Ha participado en el programa de televisión estadounidense Masters of Illusion, en el escenario del Kodak Theater, en Los Ángeles, y en la Exposición Universal de Shanghái.
Fernando Botella es formador, consultor, profesor, coach y conferenciante. Licenciado en Ciencias Biológicas y máster en Dirección y Administración de Empresas por ICADE, posee una dilatada experiencia como directivo en el sector de la industria farmacéutica. Está especializado en habilidades directivas, liderazgo, innovación y creatividad, y ha diseñado e impartido importantes programas de formación para numerosas empresas. Desde 2009 es socio fundador de Think & Action, empresa de formación para directivos y ejecutivos.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí