La cara oculta del petróleo
Resumen del libro

La cara oculta del petróleo

por Éric Laurent

Los secretos mejor guardados del pasado y el presente de la explotación y comercialización del petróleo

Introducción

El universo del petróleo siempre ha estado dominado por la opacidad y la desinformación. Esta materia prima es una fuente de poder por su rol estratégico, su reducido coste de extracción y los beneficios excepcionales que genera. El petróleo ha asegurado un crecimiento sin precedentes y ha labrado nuestra prosperidad y, sin embargo, sus consumidores últimos nunca han tenido acceso a una mínima parcela de información y verdad.
En su libro, fruto de más de treinta años de experiencia y encuentros, el reconocido periodista de investigación Éric Laurent nos recuerda que el petróleo es la base de nuestro bienestar y que su existencia condiciona nuestra vida cotidiana y nuestro futuro. Dada su importancia, no es de extrañar que abunde la desinformación fomentada por aquellas personas, grupos de interés, empresas y países interesados en preservar su monopolio. La cara oculta del petróleo nos revela algunos de los secretos mejor guardados en relación con el pasado y el presente de la explotación y comercialización de esta materia.
Laurent analiza en su obra las siguientes cuestiones:
  • La crisis petrolera de 1973 no fue más que una maniobra dirigida por los países productores para preservar su dominio en el mercado internacional. A esta estratagema se unieron las compañías petroleras para aumentar sus beneficios.
  • Las compañías norteamericanas están exoneradas fiscalmente a nivel federal, lo que hace que sus ganancias se eleven exponencialmente.
  • Los datos sobre las reservas mundiales de petróleo son falsos y exagerados. Los países productores y las compañías petrolíferas manipulan a la opinión pública.
  • China puede verse cada vez más envuelta en enfrentamientos geoestratégicos a causa de su dependencia del petróleo.
  • La importancia del petróleo aumentará, pese a su declive, y las energías alternativas están todavía lejos de poder sustituirlo.


Te puede interesar:

La crisis petrolera de 1973

Como resultado del fracaso de las negociaciones entre los países miembros de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y las compañías petroleras, el 16 de octubre de 1973 seis estados del Golfo (Arabia Saudí, Irán, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait) decidieron aumentar unilateralmente el precio del crudo, haciéndolo pasar de 2 a 3,65 dólares el barril.
El 17 de octubre, en pleno auge de la guerra del Yom Kipur entre Israel, Siria y Egipto, los países árabes miembros de la OPEP decidieron instaurar un embargo y reducir la producción del petróleo en un 5%.
Entre estos dos acontecimientos, a pesar de las apariencias, no existe ningún vínculo directo. La subida unilateral del precio fue el resultado de largas y difíciles negociaciones entre los países productores y las grandes compañías petroleras, mientras que el embargo se adoptó como medida política. No tuvo nada que ver con la intención de subir el precio del petróleo, pero iba a revelarse como el mejor medio para llevar los precios a niveles incluso aún más elevados.
Durante décadas, el petróleo, abundante y barato, ha servido a Occidente de estimulante y de anestésico. Le ha proporcionado prosperidad, pero también arrogancia y ceguera. A finales de la Primera Guerra Mundial se contaban en todo el mundo dos millones de vehículos. En 1950, el número había llegado a los cien millones, para alcanzar, en el momento del embargo decretado por los países productores del Golfo Pérsico en 1973, más de 300 millones de coches y camiones. En aquellos días, dichos países tomaron como rehén a la economía mundial y la hicieron temblar. Sin embargo, la crisis fue aparente y en gran parte inventada.
Para comprobar que esto fue así, basta con examinar los hechos uno a uno. El 19 de octubre, en el mismo momento en que Arabia Saudí y sus homólogos árabes anuncian una reducción del 10% de su producción y el cese de todo suministro a EEUU y Holanda -por su continuo apoyo a Israel-, el presidente Richard Nixon anuncia públicamente la concesión de una ayuda militar al país hebreo por un total de 2.200 millones de dólares.
El insistente apoyo a Jerusalén provocó la furia de los países productores y los incitó a endurecer sus posiciones. No obstante, en realidad no ocurrió nada, y el embargo acabó pasados tres meses desde su comienzo, inmerso en la mayor confusión y sin saberse exactamente cuánto había durado, con qué rigor había sido aplicado y por qué se le había puesto fin. Los países productores no consiguieron el menor beneficio político.
Los saudíes nunca aplicaron el embargo al pie de la letra; en vez de eso, utilizaron los servicios de operadores independientes y de especuladores para salvar los obstáculos y vender a los países teóricamente “boicoteados”. La realidad estuvo muy lejos de la leyenda: en 1973, en ningún momento hubo una verdadera escasez de petróleo. Sin embargo, el clima de histeria que se respiraba en aquel entonces sí era real. El acto de llenar el depósito del coche de forma preventiva se multiplicaba y entre EEUU y Europa, enfrentados ese año a un duro invierno, desencadenaron un gran aumento de la demanda mundial de petróleo. Los consumidores, angustiados por la escasez y la subida del precio (5 dólares el barril), esperaban con impaciencia el regreso a los niveles razonables de antes.
La crisis de 1973 sirvió en realidad para fortalecer la omnipotencia de las compañías petroleras, que controlaban el 80% de las exportaciones mundiales. En los meses más duros del embargo, Exxon, Shell, Texaco, Mobil, BP, Chevron y Gulf registraron unos beneficios récord. La primera de ellas, por ejemplo, aumentó los suyos en un 80% respecto a 1972. Estas ganancias eran el resultado del considerable superávit conseguido sobre los stocks retenidos y del clima de histeria y miedo ante la escasez que reinaba en los países industrializados, que provocaron el estallido de la cotización.

Te puede interesar:

El monopolio de las compañías petroleras norteamericanas

Desde que fue descubierto, el petróleo no ha dejado de maravillar a los expertos. Su fluidez, manejabilidad, su densidad energética y su extraordinario valor químico han hecho de su búsqueda en el subsuelo de los continentes la aventura económica y capitalista por excelencia. El petróleo barato, cuyo precio estaba a la baja entre los años 1950 y 1970, financió enteramente el desarrollo de las sociedades industriales de Europa y América.
Todos los ámbitos de la vida y del trabajo estaban vinculados al petróleo, combustible y también materia prima que formaba parte de la composición esencial de cerca de 300.000 productos (abonos, productos médicos, insecticidas, ropa, fibras sintéticas, cosméticos, proteínas alimenticias, productos de agricultura,...).
En el frente petrolífero, la relación de fuerzas estaba, en gran parte, a favor de las compañías explotadoras. En ese contexto, la complacencia del gobierno norteamericano con las mismas es algo que llama poderosamente la atención. Así, cuando en 1961, Dwight Eisenhower advirtió sobre el peligro que representaba el “complejo militar industrial”, hizo olvidar hasta qué punto el apoyo financiero de los grupos petroleros había contribuido a su victoria sobre el candidato demócrata Adlai Stevenson.
En 1952, el presidente Harry Truman decidió calificar de “reserva nacional” la meseta continental que se prolonga en las costas americanas, que albergaba unas reservas cuyo valor probable, en aquella época, se estimaba en 250.000 millones de dólares. Su decisión tuvo como objeto evitar que los yacimientos de petróleo, indispensables para la seguridad nacional, cayeran en manos de intereses privados. Sin embargo, la situación así creada favoreció enormemente a las compañías petroleras estadounidenses que, a partir de ese momento, iban a gozar de toda una serie de privilegios, como, por ejemplo:
  • El 27, 5% de los ingresos de los productores de petróleo están exentos del impuesto sobre la renta para compensar el agotamiento de las reservas de petróleo. Esta provisión aplica a la industria petrolera una carga impositiva inferior a la de otras industrias.
  • Texas, Oklahoma y algunos otros estados productores limitan el número de días al mes en los que se puede extraer petróleo y también la cantidad que pueden producir. En esencia, se trata de una medida proteccionista que, de hecho, permite el mantenimiento de unos precios elevados.
  • En 1959, el presidente Eisenhower, para asegurar el mantenimiento de los niveles de estos precios, acordó un contingente de importaciones por vía marítima fijadas en un millón de barriles al día. El petróleo extranjero costaba, entre los años 1950 y 1960, entre 1 y 1,05 dólares menos el barril que el nacional. Las compañías petroleras que detentaban los permisos de importación percibían así una subvención enmascarada del gobierno federal que llegaba a los 400 millones de dólares al año. En contrapartida, estas medidas costaban al consumidor norteamericano 3.500 millones de dólares. Una tarifa aduanera de 1,25 dólares por barril habría limitado en la misma proporción las exportaciones, y las sumas percibidas habrían ido al presupuesto federal y no a las arcas de las compañías.
  • Si todos estos privilegios especiales otorgados a la industria se abandonaran, los precios que pagarían los consumidores bajarían considerablemente.
En EEUU, contrariamente a una leyenda cuidadosamente cultivada, la actividad petrolera está prácticamente desprovista del menor riesgo financiero. Según un estudio realizado por el profesor Haber, “se supone que el sistema fiscal federal de EEUU está fundado sobre el principio del impuesto progresivo. Cuanto más elevado sea el beneficio, más elevada será la cantidad del impuesto. Pero en el caso de contribuyentes que ejerciten una actividad petrolífera, este principio se aplicará en sentido exactamente contrario. Cuanto más alto sea el beneficio neto de la producción y de la venta del petróleo bruto, menos elevada será la tasa del impuesto. La elevada tasa del impuesto representa para la industria petrolera una ventaja más que una carga. Cuanto más elevada es esa tasa, más bajo es el coste real (después de los impuestos) de las operaciones de búsqueda”.
La industria del petróleo justifica la mayor parte de sus privilegios por el esfuerzo que aporta a la “conservación” del petróleo americano, el motor de la economía del país. La mayoría de los pozos petrolíferos en EEUU no producen más que dos o tres semanas al mes y se dan casos donde algunas compañías no sólo no pagan impuestos, sino que reciben reembolsos del gobierno. Para una compañía petrolera como Amerada Hess, por ejemplo, los impuestos cuentan tan poco que incluso ni siquiera son objeto de una mención especial en su balance anual. Esta organización tiene una larga historia de exenciones fiscales. Así, durante la Segunda Guerra Mundial consiguió unos beneficios considerables, pero no pagó ningún impuesto sobre los beneficios extraordinarios que obtenía. En 1943 y 1944 sus cargas fiscales incluso disminuyeron. Ese último año, con un beneficio bruto de 17 millones de dólares y neto de 5 millones, Amerada no pagó más que 200.000 dólares de impuestos federales. Esta situación privilegiada todavía mejoró más después de la guerra.

Te puede interesar:

Los falsos datos sobre las reservas mundiales

Las cifras referentes a la amplitud real de los recursos mundiales de petróleo, que proporcionan tanto los países productores como las compañías petroleras, la mayoría de las veces no se corresponden con la realidad. Por un lado, los productores exageran el nivel de sus reservas para aumentar de ese modo sus influencias y su peso financiero. Por el otro, las compañías petroleras hacen otro tanto y se esfuerzan por enviar un mensaje tranquilizador a sus inversores en cuanto a su beneficio económico. Por su parte, los gobiernos de países consumidores cierran los ojos para evitar la impopularidad. Además, el precio del petróleo que pagan los consumidores constituye un verdadero traspaso de riqueza para los estados a través de los impuestos. Tan sólo en Francia, la cantidad de impuestos sobre el petróleo, añadido el IVA, supera el 75%.
Si se examinan con atención las cifras oficiales publicadas sobre las reservas comprobadas, se puede ver que las reservas totales de los países de la OPEP han conocido un vertiginoso crecimiento de más del 65%, pasando de 467.300 millones de barriles en 1982 a 771.900 millones de barriles en 1991. Todo ello sin que ningún descubrimiento de importancia justifique este incremento de más de 300.000 millones de barriles. Este aumento coincide con un nuevo sistema de cuotas, puesto en marcha en 1986 por la OPEP. Gracias a este nuevo sistema de evaluación, las reservas probadas de Arabia Saudí pasan de 169.000 millones a 260.000 millones de barriles, mientras que las de Kuwait aumentan en cerca de un 50%. En los Emiratos Árabes, los 30.000 millones de barriles declarados en 1985 se transforman en 92.000 en 1988, y así sucesivamente.
Por un simple juego de escritura, un artificio contable que nada tiene que ver con la realidad, los países de la OPEP aumentan así sus ingresos exportando más. Estas exageraciones son tanto más fáciles cuanto que las reservas “probadas” son inventariadas por los estados productores y las compañías petroleras, y que estas cifras son publicadas cada año por los dos anuarios de referencia del mundo del petróleo, BP Statistical Review y Oil and Gas Journal, que no dudan jamás de la fiabilidad y la veracidad de estas informaciones. 
Sin embargo, la realidad es muy otra: ya no existe ningún rincón del mundo donde quepa esperar nuevos descubrimientos importantes. Según los estudios efectuados por Collin Campbell, prestigioso geólogo británico, y corroborados por numerosos expertos, el 46% de los recursos actuales declarados por los principales países de la OPEP son “dudosos” o “falsos”. Nuestro mundo ha consumido hasta ahora alrededor de 944.000 millones de barriles, y aún quedarían en el subsuelo 1,5 trillones. No obstante, según Campbell, esta es una cifra engañosa que debe reducirse al menos en un 30%. Además, de acuerdo con el geólogo británico, una buena parte de “los recursos descubiertos no merecen el nombre de tales, en la medida en que no serán jamás técnica ni económicamente recuperables”.
Teniendo en cuenta estas salvedades, la cifra más verosímil en cuanto a la cantidad restante de “reservas probadas” quedaría en torno a unos 900.000 millones de barriles.
Frente a ello, tenemos que el consumo se ha disparado y que la mayor parte de los 944.000 barriles ya consumidos provenían de gigantescos yacimientos de fácil acceso. A partir de ahora el petróleo será, según los geólogos, más difícil no solamente de encontrar, sino también de extraer y refinar. La exploración se volverá más trabajosa y cada vez será más complicado hallar nuevos yacimientos.
A este ritmo, según Campbell, el pico máximo mundial de producción se estaría alcanzando en la actualidad. La energía total utilizada en ciertos yacimientos para localizar, bombear, refinar y transportar podría resultar igual a la de las cantidades extraídas. A este nivel de ratio, resultaría más rentable simplemente dejar de explotar el petróleo.
Según la sociedad de consultores energéticos Wood MacKenzie, de gran reputación por las informaciones confidenciales que tiene en su poder, los diez primeros grupos petroleros gastaron 8.000 millones de dólares en 2003 sólo en búsquedas, frente a los menos de 4.000 millones obtenidos como cifra de venta por los descubrimientos.
Estas cifras llegan tras un período, 2001-2003, marcado por un descenso de las reservas encontradas. La precisión tecnológica hace que estos resultados sean aún más preocupantes. Hoy ya no se realizan perforaciones arriesgadas e improductivas, sino que los yacimientos se localizan con una gran exactitud. John Thompson, presidente de exploración de Exxon Mobil, estima el declive de los yacimientos existentes entre un 4% y un 6%, y añade que en 2015 “la industria deberá encontrar, desarrollar y producir un volumen nuevo de petróleo y de gas equivalente a 8 por cada 1 de los 10 barriles producidos hoy en día”.
Estos fracasos empujan a las petroleras a reducir su presupuesto de exploración para centrarse en los campos ya conocidos en zonas como Oriente Medio o México, esperando así poder garantizar los niveles de producción hasta el 2008.
La explosión actual de la cotización y de los beneficios previstos por esas empresas ocultan una vez más la realidad: la industria petrolera es un universo tan golpeado como la industria del automóvil o la del acero, que perdieron, de1986 a 1992, un millón de empleados.
Es difícil sustraerse a la impresión de que la estrategia de los directivos a cargo de las grandes petroleras es una verdadera danza macabra: consiste en ganar tiempo, consolidar su posición personal y financiera, satisfacer a sus accionistas haciendo explotar artificialmente la cotización de las acciones (y, por tanto, de sus propias opciones de compra de las mismas) y mantener la ilusión de la prosperidad. Saben ya hace tiempo que las reservas de petróleo tienen los días contados.

Te puede interesar:

El siglo de la dominación china y el petróleo

La globalización ha abierto nuevos espacios para la economía china y su avance parece imparable. En 2010, la producción industrial china habrá superado a la de todos sus competidores, a excepción de EEUU, con 1 billón de dólares de producción industrial frente a los 500.000 millones de dólares de hoy en día, lo que la coloca, en igualdad con Alemania, en el tercer puesto mundial. Según Jacques Graverau, “China produce el 60% de los juguetes del mundo, el 50% de las cámaras de fotos, el 50% de los climatizadores, el 45% de los DVD, el 42% de las motos y el 40% de los televisores. Una de las claves de su éxito: los salarios. El coste medio de la hora de un trabajador allí es de 0,7 dólares, frente a 2 dólares en Tailandia, 4 dólares en Polonia, 18 dólares en Francia y 21 dólares en EEUU”.
Segundo país consumidor de petróleo, China contribuye al rápido empeoramiento de la situación mundial del crudo. Poco a poco, hay cada vez menos petróleo disponible y la demanda es cada vez más fuerte. Según un reportaje publicado en la revista Fortune, el 40% del aumento de la demanda mundial de petróleo proviene de China. Ello no se debe solamente al crecimiento del número de vehículos, sino, sobre todo, a la alternativa que constituye el petróleo frente a las rupturas en el suministro de carbón para la producción de energía eléctrica en ese país.
El crecimiento de la región del Lejano Oriente en su conjunto ha provocado una enorme demanda del consumo de petróleo. De hecho, el consumo en estos países ha superado incluso al de los países europeos y se acerca al nivel americano. Sin embargo, el este asiático, que consume el 27% de la producción petrolera mundial, no produce más que el 9% de las necesidades mundiales.
El petróleo es una de las materias primas estratégicamente más importantes. Históricamente, la función y el precio del petróleo no sólo se rigen y controlan por reglas económicas, sino también por factores políticos. Los países productores utilizan el petróleo como arma en las relaciones internacionales. Ése fue el caso de la OPEP en la guerra árabe-israelí. Hoy en día, la globalización hace más difícil predecir la manera en la que las decisiones políticas afectarán a los suministros de petróleo. Desde la guerra de Irak, EEUU ha reforzado su control sobre Oriente Medio ejerciendo presiones sobre Irán, uno de los principales productores, lo que crea mayor incertidumbre sobre el abastecimiento de petróleo en Asia. Por otra parte, el terrorismo y la piratería también pueden perturbar los suministros de China, ya que una gran parte del petróleo le llega por mar.
En 1973, China parecía salir de un largo letargo y reaparecía tímidamente en la escena mundial. Kissinger y Nixon negociaban con Mao el restablecimiento de relaciones diplomáticas, pero la absurda economía del sistema y los movimientos de la revolución cultural hacían del país una inmensa zona de pobreza y de subdesarrollo. El dirigente chino se atrevió en aquel momento a llamar a EEUU “tigre de papel”. Sin embargo, en la actualidad esta metáfora es más apropiada para aplicarse a su propio país. A saber, China consume 7 millones de barriles al día, diez veces más que hace diez años, e importará pronto el 60% de sus necesidades. Los petroleros que transportan el crudo realizan un periplo, desde el estrecho de Ormuz hasta Shangai, que suma 12.000 kilómetros en total: se trata de extensas líneas de abastecimiento que la marina americana, omnipresente a lo largo de todo el trayecto, puede cortar en cualquier momento en caso de crisis relacionada con Taiwán. A partir de ese momento, todo el crecimiento del país correría el riesgo de desmoronarse.
Consciente de esta situación, China busca apoyos. Negocia con Pakistán el acondicionamiento de un puerto en aguas profundas, y con Birmania la instalación de oleoductos y la concesión de facilidades navales. El país está presente en todos los lugares donde se libra una batalla energética: negocia en Venezuela la compra de 300.000 barriles al día, entabla contactos con Angola y con Sudán, etc.
Las maniobras también pueden tomar otra dirección. En 2004, la CNOOC (Chinese National Offshore Oil Corporation), la tercera compañía petrolífera china, controlada por el estado, decidió comprar a la Unocal americana por 13.000 millones de dólares. Con esta oferta, China quería hacerse con el control del noveno grupo petrolífero norteamericano. Sin embargo, el Congreso y la Administración Bush mostraron su malestar empujando a Chevron, el segundo grupo petrolero americano, a contraatacar proponiendo una OPA. Como respuesta, CNOOC sobrepujó hasta los 18.500 millones de dólares a pagar en efectivo, algo sin precedentes en la historia de las OPAS. Finalmente, todo fue en vano: la clase política se salió con la suya, considerando la adquisición como una “amenaza a la seguridad de EEUU”.
China se halla embarcada en una desesperada búsqueda de petróleo que le lleva a interesarse cada vez más por Asia Central, la región que, por el oeste, constituye su baza estratégica y prolongación natural. Allí se espera que su presencia se haga cada vez más visible, a costa de Rusia y EEUU.
Mientras pueda mantener su suministro de crudo, China continuará desarrollándose, pasará de la séptima a la cuarta posición en la clasificación económica mundial, detrás de EEUU, Japón y Alemania, por delante de Gran Bretaña y Francia, y las tensiones energéticas y políticas en el mundo se acentuarán aún más.

Te puede interesar:

A modo de conclusión: el futuro del petróleo

Vivimos en un mundo frágil y precario, donde todo debería incitarnos a la cordura. Tan sólo un ejemplo basta para ilustrarlo: el 50% del consumo de petróleo del mundo industrializado transita por el estrecho de Ormuz, apodado con razón “la vena yugular de Occidente”. En este estrecho, las costas iraníes y las de Omán se comprimen, quedando entre ellas sólo algunos kilómetros. Un petrolero que se hundiera o que resultara atacado bloquearía la circulación y perturbaría los suministros, enloqueciendo así los mercados.
Durante los años 60, el mundo consumía anualmente alrededor de 6.000 millones de barriles y se descubrían entre 30.000 y 60.000 millones de barriles cada año. En la actualidad, la ratio es totalmente inversa: consumimos más de 30.000 millones de barriles al año, mientras que los descubrimientos realizados en 12 meses no superan los 4.000 millones de barriles.
Desde hace unas 3 décadas hemos consumido y producido demasiado petróleo, engatusados por un discurso tranquilizador y engañoso, que nos aseguraba la eficacia de las medidas tomadas para reducir nuestra dependencia del petróleo y nuestra vulnerabilidad ante las subidas del precio del barril.
Las exportaciones de cereales dependen de un puñado de países, esencialmente de EEUU y Canadá, donde la agricultura es especialmente intensiva. El primero de estos dos países se ha convertido en el mayor importador de petróleo y el mayor exportador de trigo del mundo. EEUU consume de media 30 veces más energía fósil que los países en desarrollo: sólo su sector agrícola utiliza el 17% de toda la energía disponible. Esta agricultura intensiva degrada el medioambiente, provoca la erosión del suelo y requiere más petróleo para alimentar los sistemas de irrigación, para hacer funcionar los tractores y otros vehículos agrícolas y para el equipamiento de fábricas que producen herbicidas y pesticidas, también a su vez fabricados a base de petróleo y esparcidos por los campos.
Como decíamos, los cultivos intensivos provocan la erosión del suelo. Tan sólo en EEUU se pierden cada año más de 809.000 hectáreas de campos cultivados con trigo, en parte por el excesivo uso de pesticidas a base de hidrocarburos -cuya utilización es hoy 33 veces mayor que hace 20 años-, en parte por los abonos fabricados a partir del amoniaco, proveniente en una cierta cantidad del gas natural. Para hacerse una idea de la importancia de la energía, y en particular el petróleo, en estas fabricaciones, hay que saber que la producción de 1 kilo de nitrógeno utilizado como abono requiere el equivalente a 1,4-1,8 litros de petróleo, sin tomar en consideración el gas natural.
Según el Instituto Nacional del Abono, en EEUU se han consumido, desde el 30 de junio de 2002, el equivalente a 12,3 millones de toneladas de abono nitrogenado, lo que supone -basándose en una evaluación modesta de 1,4 litros de fuel por kilo de nitrógeno-, 96,2 millones de barriles de petróleo, esto es, más de un día de consumo mundial del hidrocarburo.
El petróleo está también omnipresente en los sistemas de refrigeración que almacenan los alimentos de base, así como las vitaminas, minerales y colorantes que se añaden a estos. La fabricación de recipientes, papel, plástico, celofán para hornos microondas o para la protección y el embalaje, también se basa en el petróleo, así como la distribución de estos alimentos con camiones frigoríficos por hospitales, colegios, tiendas y restaurantes.
La utilización del petróleo ha favorecido el desarrollo de la agricultura (gracias a todos los derivados de los combustibles fósiles, abonos, pesticidas y al crecimiento mundial de la población). Sin embargo, una nueva realidad se impone a partir de ahora: el ritmo al que hoy en día consumimos estas energías fósiles no renovables es un millón de veces superior al ritmo en que las mismas se generan.
La amplitud del potencial energético contenido en el petróleo y en el gas es inimaginable: un barril de petróleo (159 litros) equivale a cerca de 25.000 horas de trabajo humano; un simple galón de fuel (unos 3,785 litros) equivale a 500 horas de trabajo. En nuestros días, debemos admitir que la preeminencia del petróleo no ha sido un breve paréntesis en la historia del mundo y que ninguna fuente alternativa de energía lo podrá sustituir, ni permitirá que nuestros sistemas actuales de producción y desarrollo funcionen. La impostura y la desinformación han llegado al límite, ya que todos los sistemas “alternativos” (como los paneles solares, la nanotecnología, la energía eólica, el hidrógeno o las centrales nucleares) se basan en una sofisticada tecnología informática para la que, a su vez, el petróleo es esencial.
Aunque pudiéramos desarrollar una fuente creíble y eficaz de energía frente a la escasez del petróleo, tal cambio implicaría inversiones financieras colosales. Sin embargo, no hay que olvidar que los bancos y los sistemas financieros serán las primeras víctimas del declive petrolero. Según Collin Campbell, “los bancos han creado capital prestando más de lo que tenían al comienzo, convencidos de que la expansión futura, alimentada por un petróleo barato, les aportaría los beneficios correspondientes a la deuda actual. El declive del petróleo, principal motor del crecimiento, socava la validez de esta reciprocidad y erosiona los valores de numerosas entidades que cotizan en Bolsa”.
Los argumentos de Campbell son confirmados por decenas de expertos hoy en día. El petróleo es el bien por el que hemos apostado para justificar nuestros gastos futuros. En cuanto a las fuentes “alternativas” de energía, bastan algunos ejemplos para demostrar las ilusiones que las rodean. Así, el hidrógeno es una propuesta seductora, pues el único residuo que deja su combustión es el vapor de agua, lo que minimizaría la mayoría de las inquietudes sobre el calentamiento del planeta y la polución del aire. Su empleo va unido a la tecnología de células de combustible. No obstante, el hidrógeno presenta un problema: es más un vector de energía que un verdadero carburante. Además, fabricar hidrógeno consume más energía de la que proporciona: producir hidrógeno requeriría consumir petróleo, cada vez más escaso, por lo que jamás podrían llegar a circular los cientos de millones de vehículos que existen en el mundo.
Por lo que se refiere a la energía eólica, un estudio recientemente realizado en California ha mostrado que las 13.000 turbinas instaladas en ese estado producen la misma electricidad que una sola central de 555 megavatios alimentada por gas natural.
En lo que respecta a la energía solar, habría que instalar paneles solares en una superficie equivalente a 4 bloques de Manhattan -es decir, unos 1.600 metros cuadrados- para producir la misma energía que “vende” cada día una simple gasolinera. Alimentar la economía mundial con energía solar exigiría cubrir con paneles 220.000 kilómetros cuadrados. En la actualidad, ocupan una superficie de 17 kilómetros cuadrados.
Como último ejemplo, cabe decir que para reemplazar la energía producida por una sola plataforma petrolífera en mar abierto, que bombea 12.000 barriles de petróleo al día, se necesitarían unas 10.000 turbinas eólicas o 9.324 hectáreas de paneles solares.
Todas estas alternativas no contemplan la hipótesis, bastante fundada, de un rápido declive de los recursos y las provisiones energéticas. Admitirla es evidentemente imaginar un mundo inmerso en tensiones o en guerras provocadas por el agotamiento de preciadas materias primas, más que por las ideologías.
Según la opinión del antiguo Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, publicada en Financial Times en 2005, “la demanda y la competición por el acceso a la energía pueden convertirse en fuente de vida o muerte para muchas sociedades… Cuando las armas nucleares están repartidas entre 30 ó 40 países, y cada uno reacciona según sus propios cálculos y a partir de diferentes sistemas de valores, nuestro mundo está en permanente amenaza de catástrofes inminentes”.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Éric Laurent (1947) es Máster en Derecho y Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Berkeley. Como especialista en política internacional, cubrió la guerra de Oriente Medio en 1973, la ocupación soviética de Afganistán en 1979 y la intervención israelí en el Líbano en 1982. Su trabajo como periodista en Le Figaro, desde 1985, le ha permitido realizar numerosas entrevistas a jefes de estado y personalidades de la política internacional.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí