La Buena Suerte
Resumen del libro

La Buena Suerte

por Álex Rovira y Fernando Trías de Bes

Claves de la prosperidad en la vida y los negocios

Introducción

 

Desde la publicación de La Buena Suerte, de Álex Rovira y Fernando Trías de Bes, más de tres millones de personas en todo el mundo han disfrutado de la entrañable fábula de Sid y Nott, dos intrépidos caballeros decididos a encontrar la prosperidad.
El tema de la suerte, y cómo parece sonreír a unos pocos y pasa de largo para la mayoría, ha obsesionado a generaciones enteras de personas. Y es que hay dos tipos de suerte, la de los juegos de azar, efímera y totalmente impredecible, y la Buena Suerte, con mayúsculas, aquella que aparece cuando se crean las circunstancias apropiadas para que ocurran cosas positivas.
Esperamos que la lectura de esta fábula, un éxito mundial de ventas y traducida a más de cuarenta idiomas, le sirva de inspiración para alcanzar lo que siempre deseó en su vida personal o profesional.

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El reto de Merlín

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, un mago llamado Merlín reunió a todos los caballeros del lugar y les dijo:
—Hace tiempo que muchos de vosotros me pedís un reto. Algunos me habéis sugerido que organice un torneo entre todos los caballeros del reino. Otros habéis pedido que organice un concurso de destreza con la lanza y la espada. Sin embargo, voy a proponeros un reto diferente.
La expectación entre los caballeros era máxima.
Merlín continuó:
—He sabido que en nuestro reino, en un plazo de siete noches, nacerá el Trébol Mágico. Es un trébol de cuatro hojas único, que proporciona al que lo posee un poder también único: la suerte sin límites. Sin límite de tiempo ni límite de ámbito. Proporciona suerte en el combate, suerte en el comercio, suerte en el amor…
Los caballeros hablaban y hablaban entre ellos con gran excitación. Todos querían encontrar el Trébol Mágico de cuatro hojas.
De nuevo, Merlín aplacó los murmullos y tomó la palabra:
—¡Silencio! Aún no os lo he dicho todo. El Trébol Mágico de cuatro hojas nacerá en el Bosque Encantado, más allá de las doce colinas, detrás del Valle del Olvido. No sé en qué rincón será, pero nacerá en algún lugar del bosque.
Aquella excitación inicial se vino abajo. Primero se hizo el silencio y, a continuación, los suspiros de desánimo resonaron por los jardines del castillo. Y es que el Bosque Encantado era inmenso.
Ante la dificultad de la empresa, la mayoría de los caballeros abandonaron el castillo real, mascullando quejidos de protesta y dirigiendo miradas de desaprobación a Merlín cuando pasaban junto a él.
—¿Y bien? —preguntó entonces el mago—. ¿Vosotros no os vais?
Uno de ellos, que se llamaba Nott y llevaba una capa negra, respondió:
—Sin duda es difícil. El Bosque Encantado es enorme. Pero sé a quién preguntar. Creo que podré encontrar el trébol del que hablas. El trébol será para mí.
El otro, que se llamaba Sid y llevaba una capa blanca, se mantuvo en silencio hasta que Merlín le dirigió una mirada escrutadora. Entonces dijo:
—Si tú dices que el Trébol Mágico de cuatro hojas, el trébol de la suerte ilimitada, va a nacer en el bosque, significa que así será. Creo en tu palabra. Por eso iré al bosque.
Así pues, ambos caballeros partieron hacia el Bosque Encantado. Nott, en su caballo negro. Sid, en su caballo blanco.

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El Gnomo, Príncipe de la Tierra

El viaje por el reino hasta el Bosque Encantado era largo y les llevó dos días. Así pues, disponían solo de cinco jornadas para hallar el lugar donde nacería el Trébol Mágico. No había tiempo que perder. A pesar de ello, ambos caballeros decidieron descansar toda la noche antes de empezar la búsqueda.
Los dos habían hecho el viaje por separado y no coincidieron en las breves paradas que hicieron para dar de beber a sus respectivos caballos. Así que ninguno sabía en qué lugar del bosque se encontraba el otro.
A la mañana siguiente, muy temprano, Nott, decidido a encontrar el trébol, pensó:
“El Trébol Mágico nacerá en el suelo. ¿Quién es el que mejor conoce cada palmo de tierra del Bosque Encantado? Muy fácil: el Príncipe de la Tierra. Es decir, el Gnomo. El Gnomo vive bajo el suelo y ha construido pasillos y corredores subterráneos por cada uno de los rincones del Bosque Encantado”.
Así pues, Nott preguntó dónde podía hallar al Gnomo a todos los extraños seres que encontró por su camino, hasta que finalmente dio con él.
—¿Qué quieres? —le preguntó el Gnomo—. Me han dicho que llevas todo el día buscándome.
—Efectivamente. He sabido que dentro de cinco noches nacerá en el bosque el Trébol Mágico de cuatro hojas. Un trébol solamente puede nacer de la tierra, así que tú, Príncipe de la Tierra, debes de saber el lugar donde nacerá.
—Conozco los poderes del Trébol Mágico de cuatro hojas. Y sé que su suerte ilimitada alcanza solo a los caballeros que lo posean..., pero no he visto sus raíces en ningún lugar del bosque. Es más, nunca han nacido tréboles en el Bosque Encantado. Es imposible que el trébol nazca aquí. Quien te haya dicho eso te ha engañado.
El caballero Nott se sintió defraudado.
“No es la primera vez que me encuentro con alguien que no está a la altura que yo merezco”, pensó. Así que se subió a su caballo, dio media vuelta y optó por esperar al día siguiente. Después de todo, tal vez el Gnomo tuviera razón y Merlín se hubiera equivocado de sitio o de fechas.
A medida que se alejaba del Gnomo, montado sobre su caballo negro, Nott experimentó lo que suelen experimentar aquellos a quienes les dicen que su suerte no es posible: sintió algo de miedo. Pero lo más fácil era sustituir ese miedo por incredulidad. “Sencillamente, no puede ser”. Eso fue justamente lo que pensó Nott. Por eso, decidió ignorar lo que el Gnomo le había dicho…
Por su parte, Sid, el caballero de la capa blanca, tuvo en la mañana de la tercera jornada exactamente la misma idea que Nott. Él también sabía que el Gnomo era el más indicado para averiguar en qué lugar brotaría el Trébol Mágico. Pasó el día intentando dar con su guarida y, finalmente, encontró al Gnomo unos pocos minutos después de que el caballero Nott lo hubiera dejado.
—Verás, he sabido que dentro de cinco noches nacerá en el bosque el Trébol Mágico de cuatro hojas y he pensado que... —Sid no pudo acabar la frase. El Gnomo se puso rojo como un pimiento.
—Pero ¡¿qué pasa con este maldito Trébol Mágico hoy?! —gritó, colérico—. Ya se lo he dicho al otro caballero: ¡no hay ni ha habido nunca tréboles de la suerte en este bosque! Aquí perdéis el tiempo.
El caballero Sid se dio entonces cuenta de que algo pasaba: según Merlín, en el bosque nacería un Trébol Mágico y, según el Gnomo, era imposible que en las circunstancias actuales naciera allí ningún trébol. Los dos decían probablemente la verdad, pero era posible que la verdad de cada uno fuera distinta. Así pues, quizá seguir buscando el Trébol Mágico era una pérdida de tiempo. Si, tal y como había dicho el Gnomo, en aquellas circunstancias no podía nacer ningún trébol, se trataba entonces de saber qué era lo que hacía falta para que naciera un trébol. De modo que Sid le preguntó, al mismo tiempo que lo calmaba:
—¡No te vayas, por favor! Quiero saber por qué nunca han nacido tréboles en el bosque.
El Gnomo se giró y explicó:
—Nadie se ha ocupado de renovar nunca esta tierra. Los tréboles necesitan tierra fresca y esponjosa, y la tierra de este bosque nunca ha sido removida ni aireada. Es un suelo duro, apelmazado, ¿cómo quieres que así nazca un solo trébol?
—Por tanto, Gnomo, Príncipe de la Tierra, si quisiera tener una sola posibilidad, aunque solamente fuera una, de que creciera un único trébol en el bosque... ¿debería renovar la tierra, cambiarla? —preguntó Sid.
—Obviamente. ¿No sabes que solo se obtienen cosas nuevas cuando se hacen cosas nuevas?
—¿Y tú sabes dónde podría encontrar tierra fértil? —El Gnomo estaba ya con medio cuerpo dentro de la madriguera y con una mano a punto de cerrar la portezuela de madera. Con todo, contestó a Sid:
—Hay algo de tierra fresca y fértil en el territorio de las Cowls, a poca distancia de aquí. Es una tierra rica, pues las Cowls, las vacas enanas, amontonan allí su estiércol. Esa sí que es tierra buena.
El caballero le dio efusivamente las gracias al Gnomo. Se subió entusiasmado a su blanco caballo y cabalgó sin pérdida de tiempo hacia el territorio de las Cowls. Sabía que tenía muy pocas probabilidades, pero por lo menos ya tenía algo.
Llegó al territorio de las Cowls cuando ya anochecía. Le fue muy fácil encontrar la tierra de la que hablaba el Gnomo. Solamente pudo llenar un par de alforjas, pero era suficiente para una pequeña extensión de terreno.
A continuación, el caballero Sid se dirigió con las alforjas de tierra nueva a una zona del bosque tranquila, lejos de cualquier poblado. Encontró un lugar que le pareció adecuado y arrancó las hierbas y los matojos que allí había. Después, removió y quitó la tierra vieja, la que nunca se había renovado, la de siempre. Y por fin extendió la tierra nueva en el suelo.
Cuando hubo acabado, se puso a dormir. Solo tenía tierra para unos pocos palmos cuadrados. ¿Sería aquel el lugar escogido para que brotara el Trébol Mágico? Si había que ser realista, sería muy improbable tener tanta suerte. Unos pocos palmos entre miles de hectáreas era algo así como una posibilidad entre millones. Sin embargo, una cosa era cierta: había hecho algo distinto a lo hecho en el bosque hasta el momento. Como buen caballero, sabía que hacer cosas diferentes era el primer paso para lograr algo diferente.
Sid, tumbado y con la cabeza apoyada en el suelo, miraba la tierra recién extendida. Pensó que el Gnomo decía su verdad. Pensó también que Merlín decía la suya. Eran dos verdades aparentemente contradictorias. Pero si se actuaba como él había hecho, aportando nueva tierra a la tierra de siempre, esa aparente contradicción se desvanecía.
Se durmió imaginando que el trébol brotaba entre la tierra nueva que había esparcido. Soñar así le ayudaba a olvidarse de las pocas probabilidades que había de que aquel rincón fuera el elegido por el destino para acoger el Trébol Mágico.

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La Dama del Lago

El cuarto día amaneció más frío que de costumbre. Nott subió a su caballo después de comer algunas bayas. No podía parar de pensar en la información que le había dado el Gnomo el día anterior.
Sabía que no podía fiarse de que dijera la verdad. Pensar así no le conducía a ninguna parte, pero le tranquilizaba. Decidió dedicar el día a encontrar a alguien que pudiera desmentir la información que le había dado el Gnomo. Eso pondría de nuevo la suerte en sus manos.
Después de cabalgar durante más de cinco horas, el caballero Nott divisó a lo lejos, entre la espesura del bosque, un gran lago. Como tenía sed e imaginaba que su caballo también estaría sediento, decidió acercarse.
El lago era muy bello. Estaba lleno de nenúfares con flores amarillas y blancas. Bebió un poco y se sentó junto a la orilla, mientras su caballo bebía ansiosamente. De pronto, una voz detrás de él le sobresaltó:
—¿Quién eres? —Era una voz femenina; dulce, pero a la vez profunda. Era la Dama del Lago.
Nott había oído hablar de ella. Pronto se dio cuenta de que de ella podría obtener información importante para su crucial misión.
—¿Qué hacéis tú y tu negro caballo junto a mi lago? Ya habéis bebido. Ahora, ¿qué queréis? Estáis despertando a mis nenúfares. Y esta es su hora de sueño. Mis nenúfares duermen por el día y cantan por la noche. Si los despertáis, esta noche no cantarán. Su canto evapora el agua del lago durante la noche. Si los nenúfares no cantan, el agua del lago no se evapora; si no se evapora agua, el lago se desborda, y si el lago se desborda, muchas flores, plantas y árboles morirán ahogados. ¡Cállate, cállate y desaparece! ¡No despiertes a mis nenúfares!
—¡Alto, alto! —la interrumpió con vehemencia. Me iré enseguida. Solamente quiero hacerte una pregunta. Tú, Dama del Lago, tú que proporcionas agua a todo el Bosque Encantado, dime: ¿dónde crecen los tréboles en este bosque?
La dama comenzó a reír. Eran carcajadas tristemente burlonas. Cuando dejó de reír, se puso seria y afirmó:
—¡En este bosque no pueden crecer tréboles! ¿No ves que el agua que reparto desde aquí llega a todas partes por infiltración? No sale de mí a través de arroyos o ríos, sino que se filtra por el lecho del lago y llega a todos los rincones del Bosque Encantado. ¿Acaso has visto charcos en alguna parte del bosque? Los tréboles necesitan mucha agua. Precisan un arroyo que se la proporcione continuamente. Jamás encontrarás un trébol en este bosque.
Nott estaba harto de oír la misma cantinela. Muy serio y pensativo se preguntó qué estaba pasando. Empezaba a creer que tal vez a él nunca le llegaría la suerte. Eso le provocaba un miedo más intenso que el que sintió el día anterior, después de hablar con el Gnomo.
Empezó a odiar a la suerte. Era algo abominable. Lo más deseado, y también lo más inaccesible del mundo. Y no podía soportar ese sentimiento. Esperar la suerte le deprimía, pero era lo único que podía hacer. Porque… ¿qué alternativa tenía?
Así pues, Nott montó en su caballo, cabalgó el resto del día y vagó sin rumbo fijo por el Bosque Encantado, con la esperanza de tener la suerte de dar con el Trébol Mágico de cuatro hojas…
Ese día, el caballero Sid se había levantado un poco más tarde que el día anterior. Había acabado de renovar la tierra al anochecer, así que decidió dormir una hora más.
Mientras comía unas manzanas, que compartió con su caballo blanco, pensó qué haría ese día.
“Ya tengo la tierra”, se dijo; “ahora necesito saber cuánta agua necesita. La probabilidad de que haya escogido el lugar correcto es mínima, lo sé. Pero si finalmente este fuera el lugar elegido... entonces tendré que ocuparme de que la tierra reciba la cantidad de agua necesaria”.
No lo dudó un instante. Era bien sabido por cualquiera que la Dama del Lago era, de todos los habitantes del Bosque Encantado, la única que disponía de agua.
Le costó un poco encontrarla. Llegó al lago justo unos minutos después de que Nott se hubiera ido de allí. A Sid le sorprendió desde un primer momento que los alrededores del lago estuvieran secos y que no partiera de allí ningún riachuelo. Así que le preguntó con curiosidad a la Dama:
—Decidme, señora, ¿por qué no sale agua del lago? De todos los lagos nacen arroyos o ríos.
—Porque en mi lago no hay continuidad. No hay ríos que partan de mí. En mí, solamente cae agua. Solo la recibo, y ningún arroyo brota de mi seno. Por eso tengo que vivir siempre pendiente de que los nenúfares duerman para que puedan cantar durante la noche. Durante el día no duermo para velar su sueño, y durante la noche sus cantos no me dejan dormir. Vivo esclava de mi agua. Por favor, márchate y no despiertes a mis nenúfares.
Sid se dio cuenta entonces de que lo que el lago tenía en abundancia era, precisamente, lo que a él le hacía falta: agua.
—Yo puedo ayudarte —le propuso Sid—. Si me das permiso, abriré un surco en tu orilla para que un arroyo nazca de ti, y lograré así que el agua no se acumule en tu seno. No haré ningún ruido. Sencillamente abriré un surco en la tierra y el agua saldrá de tu lago. De esta forma, no tendrás que preocuparte más por los nenúfares. Podrás dormir siempre que lo desees.
La Dama del Lago se quedó pensativa. Después, accedió:
—De acuerdo. Pero no hagas ruido —de inmediato la Dama del Lago desapareció, ante el asombro de Sid.
Sin esperar un instante, improvisó con su espada un arado que colgó de la parte trasera de su caballo. Cabalgó de nuevo hacia el terreno escogido. A medida que cabalgaba, la espada labraba un surco, que el agua llenaba, liberando al lago de su pesada carga. El agua llegó hasta la tierra fresca y fértil.
Se puso a dormir junto al espacio que había creado. Reflexionó sobre lo ocurrido y recordó lo que siempre le había dicho su maestro: la vida te devuelve lo que das. Los problemas de los demás son a menudo la mitad de tus soluciones. Si compartes, siempre ganas más.
Sid, con la cabeza apoyada en el suelo, pues intentaba conciliar el sueño, miraba con esperanza su porción de tierra fértil regada por el arroyo. Una noche más, visualizó como el Trébol Mágico brotaba y crecía. Esa noche, la imagen del trébol en su mente aparecía más nítida y real que la noche anterior. Eso le hacía feliz.
La oscuridad lo envolvió. Solamente quedaban tres noches.

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La Secuoya, Reina de los Árboles

A la mañana siguiente, Nott, el caballero de la negra capa, se levantó bastante desanimado. Si hacía caso a la información del Gnomo y de la Dama del Lago, estaba, como se dice vulgarmente, perdiendo el tiempo. ¿No sería vano su empeño? El caballero Nott pensó en regresar. Sin embargo, el viaje hasta el Bosque Encantado había sido largo y, ya que estaba ahí, optó por quedarse hasta el séptimo día. Quizá finalmente encontraría a alguien que le dijera dónde encontrar el Trébol Mágico de cuatro hojas.
De pronto cayó en la cuenta de que no había ido a hablar con la Secuoya, el primer habitante del Bosque Encantado. Ella sabría algo.
—Secuoya, Reina de los Árboles, ¿puedes hablar? Seré breve —dijo Nott—. He sabido que es posible que dentro de tres noches crezca en el Bosque Encantado el Trébol Mágico de cuatro hojas. Tú que vives en el bosque desde que este existe: ¿es cierto que jamás ha crecido un trébol aquí?
—Es cierto. Nunca ha nacido un trébol en el Bosque Encantado. Y aún menos un Trébol Mágico de cuatro hojas. Nunca en estos mil años. Nunca.
Nott se sintió verdaderamente deprimido. Era el tercer habitante del bosque que le decía que no habría suerte para él. Estaba tan obsesionado con tal realidad que no podía ver más allá. Realmente, escuchar a otros decir lo que uno ya sabía no conducía más que a reafirmarse en la propia evidencia. Cualquier persona que, como Nott, esté obsesionada por saber si hay o no tréboles en el bosque no podrá pensar más allá de eso. No tomará conciencia de que es necesario hacer algo al respecto. Por eso, Nott estaba tan abatido, se sentía víctima, se sentía utilizado, engañado. Se encontraba en una situación en la que no veía ninguna posibilidad de éxito…
El caballero Sid se levantó aquella mañana más satisfecho que la anterior. Observó alegre todo lo que llevaba realizado: tierra fértil y agua abundante. Si el lugar en que debía nacer el Trébol Mágico era aquel, necesitaba saber entonces qué cantidad de sol y de sombra necesitaría.
Sid era un caballero y no un experto en jardinería, así que tendría que hablar con alguien sabio que supiera de plantas y árboles. Pero ¿con quién? De pronto se le ocurrió:
—¡Secuoya! Es el árbol más sabio del bosque. ¡Ella sabrá cuánto sol necesita un trébol!
Sid cabalgó hasta el corazón del Bosque Encantado. Descendió de su corcel y se dirigió al árbol, como poco antes había hecho Nott.
—Distinguida Secuoya, Reina de los Árboles. ¿Deseas hablar? Mi pregunta es muy sencilla: ¿cuánto sol necesita un trébol para crecer, contando con que tenga tierra nueva y agua suficiente?
—Hummmmmm —meditó la Secuoya. Necesita igual cantidad de sol que de sombra. Pero no encontrarás ningún lugar así aquí. Este bosque es todo sombra, como habrás podido observar. Por eso nunca ha nacido aquí un trébol. Esa es la respuesta a tu pregunta. Hasta pronto.
Pero el caballero Sid no se desanimaba fácilmente.
—¡Espera, espera! Solo una pregunta más, te lo ruego. Tú que eres la Reina de los Árboles, ¿me permites eliminar algunas ramas de alguno de tus súbditos? ¿Tengo tu permiso?
La Secuoya contestó:
—No te hace falta mi permiso. Solamente tienes que eliminar las ramas muertas y las hojas secas.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias, majestad! —contestó Sid.
El caballero de la capa blanca cabalgó raudo hasta el lugar donde renovó la tierra e hizo llegar el agua. Pero era ya bastante tarde. ¿Y si despejaba las copas de los árboles al día siguiente?
Podía ahora descansar y dedicaría el último día a podar los árboles. Sid recordó uno de los consejos que siempre le había ido mejor: “Actúa y no postergues”. Era cierto que no había nada más que hacer y que tenía todo el día siguiente para eliminar ramas. Pero si lo hacía en aquel momento, dispondría de un día más, y disponer de un día más podía ser útil. Así pues, aprovechó las pocas horas de luz que le quedaban para podar las ramas.
Sintió que disfrutaba con lo que estaba haciendo, que se divertía, que se apasionaba y que todo aquello tenía un sentido, fuese cual fuese el resultado final.
Una noche más, Sid visualizó su Trébol Mágico. No podía explicarlo, pero cuanto más sabía acerca de cómo crear las condiciones para que naciera un Trébol Mágico, menos le preocupaba si el suyo sería el lugar elegido por el trébol para crecer.
Por fin oscureció. Solamente quedaban dos noches.

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Ston, la Madre de las Piedras

Durante el sexto día, Nott se dedicó a vagar apesadumbrado por el Bosque Encantado. Realmente no pensaba que fuera a encontrar ningún trébol, pero tampoco quería volver solo al castillo real. Puestos a hacer el ridículo, prefería hacerlo en compañía de Sid.
Además, le costaba tanto reconocer su fracaso que optaba por responsabilizar de este a otras personas. “Soy víctima de un error o de un engaño de Merlín”, se decía.
El sexto día fue el más aburrido de cuantos pasó Nott en el bosque. A pesar de que logró cazar bastantes animales raros y se topó con plantas extrañas, no ocurrió nada relevante…
Por su parte, Sid comprobó al levantarse que el trabajo de la noche anterior había dado buenos resultados. Vio un espectáculo muy bello: la niebla se levantaba y daba paso a unos dorados rayos de sol que iluminaban la tierra que puso el primer día en el bosque. Comprobó entonces, para su gran satisfacción, que el sol y la sombra penetraban por igual en cada uno de los palmos de aquella tierra nueva. Se sentía verdaderamente orgulloso.
Era el último día, así que había que decidir bien en qué emplearlo. Ya que había hecho lo que consideraba necesario, lo inteligente era descubrir si faltaba algo por hacer. Como él decía, el vaso estaba medio lleno. Ahora había que saber cómo llenarlo del todo, por si hubiera acertado con el lugar en el que iba a nacer el Trébol Mágico, tal y como había predicho Merlín.
Tierra, agua, sol..., pero ¿qué más podía faltar?
Así pues, se pasó el sexto día preguntando a todos los seres que fue encontrando por el bosque qué es lo que podía faltarle a la tierra, además de la sombra, el sol y el agua, para que naciera un trébol de cuatro hojas. Pero nadie supo decirle qué era lo que faltaba.
Era ya mediodía y no se le ocurría a quién más podía preguntar. Necesitaba inspiración, perspectiva. Así que se le ocurrió ir al punto más elevado del bosque, para comprobar si desde allí veía algo que le permitiera saber si le faltaba algo más por hacer. “La perspectiva, la distancia, tener el horizonte a la vista… siempre dan ideas útiles e inesperadas”, pensó.
Todos los caballeros sabían que el punto más elevado del bosque era el Peñasco de los Peñascos, pero al llegar allí se dio cuenta de que era altísimo. Quedaba solo medio día para que acabara el plazo que Merlín les había dado. ¿Tenía sentido subir? Aunque le llegara la inspiración, tampoco tendría demasiado tiempo para hacer algo.
Aun así, decidió subir. ¿Por qué? Sencillamente porque pensó en lo que ya había hecho y el trabajo y la dedicación que había invertido. Partiendo de lo que ya había logrado, quizá fuera aconsejable y bueno trabajar hasta el final, para saber si aún faltaba algo por hacer.
Escaló la montaña. Empezó a notar la suave brisa que llegaba lejos del nivel del suelo, al elevarse. Finalmente alcanzó la cima. Se sentó y empezó a otear el horizonte en busca de inspiración. Nada.
De pronto, una voz le sobresaltó. Salía de... ¡de la roca que pisaban sus pies! Era Ston, la Madre de las Piedras.
—¡Me estás aplastando!
—¿Una roca que habla? ¡Lo que me faltaba por encontrar!
—No soy una roca que habla: soy Ston, la Madre de las Piedras —puntualizó, visiblemente molesta—. Supongo que tú debes de ser el caballero que anda buscando el... ¡ja, ja, ja...! el Trébol Mágico.
—¿Eres de veras la Madre de las Piedras? Entonces... no entenderás mucho de tréboles, ¿verdad?
—Evidentemente, no entiendo mucho de tréboles, pero algo sé —le contestó—. Donde haya piedras no pueden crecer los tréboles de cuatro hojas.
Aquella pequeña apreciación —lo que necesitaba un trébol de cuatro hojas—, que hubiera parecido banal para muchos, no lo fue para Sid. Él sabía que, a menudo, los elementos clave solamente se descubren en los pequeños detalles. En lo obvio, en lo ya conocido, difícilmente se encontraba la respuesta a lo aparentemente innecesario, pero imprescindible.
—¡Claro! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¡Mil gracias! Me voy, apenas me queda tiempo.
Sid bajó apresuradamente el Peñasco de los Peñascos. Tenía que correr a toda velocidad hasta la zona escogida: ¡No había quitado las piedras de su parcela de tierra!
Al llegar, quedaban todavía dos horas de luz. Sid quitó todas las piedras una a una. Si por casualidad la zona escogida por él era el lugar donde iba a nacer el Trébol Mágico, este nunca hubiera crecido a causa de las piedras.
Sid se dio cuenta de que en los pequeños detalles se hallaba información clave. Aun cuando todo pareciera hecho y no quedara más por hacer, si uno mantenía la actitud adecuada, si se estaba dispuesto a saber si faltaba algo más por hacer, siempre se encontraban pistas que encauzaban por el buen camino.
Una noche más se puso a dormir junto al espacio que había creado. Y una noche más se imaginó al bello Trébol Mágico en todo su esplendor, en el centro de la tierra que él había preparado, iluminado, regado y limpiado de piedras.
De todos modos, al día siguiente lo sabría. De eso también estaba seguro.
Llegó la oscuridad. Solamente quedaba una noche. La víspera del día en que tenía que nacer en el Bosque Encantado el Trébol Mágico de cuatro hojas, el trébol de la suerte ilimitada.

El viento, Señor del Destino y de la Suerte

A la mañana siguiente, Sid se levantó algo inquieto. Se sentó cerca de la tierra que había preparado y esperó. Pasaron las horas, pero nada ocurría.
El día fue avanzando, pero seguía sin suceder nada. Sid pensó:
“Bueno, en cualquier caso, he vivido apasionadamente estos días en el Bosque Encantado. He hecho lo que he creído que era correcto y necesario”.
Pero de pronto ocurrió algo inesperado.
El Viento, Señor del Destino y de la Suerte, aquel que en apariencia se mueve al azar, empezó a agitar las hojas de los árboles. Y a continuación comenzaron a llover unas semillas pequeñas, que eran como minúsculas pepitas de oro verde. Eran semillas de tréboles de cuatro hojas, cada semilla era... ¡un trébol de la suerte en potencia! Y no era una sola... llovían multitud de semillas de tréboles de cuatro hojas.
Pero lo verdaderamente inaudito es que no solo caían en el lugar donde estaba Sid, sino en todo el Bosque Encantado, absolutamente en todos y cada uno de los rincones del bosque.
Los habitantes del Bosque Encantado no les prestaron atención. Sabían que una vez al año, por esas fechas, se daba esa lluvia extraña de semillas verde oro que no servía para nada.
Al cabo de pocos minutos, la lluvia de semillas cesó. Millares y millares de ellas murieron en el suelo gastado, duro y pedregoso de un bosque sombrío.
Todas, excepto unas decenas de ellas que fueron a parar a una pequeña extensión de tierra fresca y fértil, en la que lucía el sol y refrescaba la sombra, en la que había agua abundante y que estaba libre de piedras.
Esas, y solamente esas semillas, se convirtieron al cabo de poco en brotes de tréboles de cuatro hojas, en multitud de brotes de Tréboles Mágicos, un número suficientemente grande para tener suerte todo el año... hasta la lluvia del año siguiente. En otras palabras: suerte ilimitada. Sid observó extasiado la Buena Suerte que había creado. Conmovido y emocionado, se arrodilló en signo de gratitud y brotaron lágrimas de sus ojos.
Solamente crecieron tréboles de cuatro hojas, Tréboles Mágicos, bajo los pies de Sid, porque él era el único en todo el reino que había creado las condiciones para que crecieran.
Porque, contrariamente a lo que muchos creen, la Buena Suerte no es algo que pase a los que no hacen nada.
La Buena Suerte es aquello que nos puede pasar a todos, si hacemos algo.
Y ese algo consiste tan solo en crear las condiciones para que las oportunidades, que están ahí para todos por igual, no se nos mueran como semillas de tréboles de cuatro hojas que caen en tierra estéril.
Y el viento se alejó, a la vez que Sid abandonaba el Bosque Encantado para encontrarse con Merlín.

Conclusión: las 10 reglas de la Buena Suerte

  1. La suerte no dura demasiado tiempo, porque no depende de ti. La Buena Suerte la crea uno mismo, por eso dura siempre.
  2. Muchos son los que quieren tener Buena Suerte, pero pocos los que deciden ir a por ella.
  3. Si ahora no tienes Buena Suerte tal vez sea porque las circunstancias son las de siempre. Para que la Buena Suerte llegue, es conveniente crear nuevas circunstancias.
  4. Preparar circunstancias para la Buena Suerte no significa buscar solo el propio beneficio. Crear circunstancias para que otros también ganen atrae a la Buena Suerte.
  5. Si dejas para mañana la preparación de las circunstancias, la Buena Suerte quizá nunca llegue. Crear circunstancias requiere dar un primer paso... ¡Dalo hoy!
  6. Aun bajo las circunstancias aparentemente necesarias, a veces la Buena Suerte no llega. Busca en los pequeños detalles circunstancias aparentemente innecesarias... ¡pero imprescindibles!
  7. A los que solo creen en el azar, crear circunstancias les resulta absurdo. A los que se dedican a crear circunstancias, el azar no les preocupa.
  8. Nadie puede vender suerte. La Buena Suerte no se vende. Desconfía de los vendedores de suerte.
  9. Cuando ya hayas creado todas las circunstancias, ten paciencia, no abandones. Para que la Buena Suerte llegue, confía.
  10. Crear Buena Suerte es preparar las circunstancias a la oportunidad. Pero la oportunidad no es cuestión de suerte o azar: ¡siempre está ahí! Crear Buena Suerte únicamente consiste en... ¡crear circunstancias!


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de los autores
Álex Rovira
Álex Rovira es coautor del bestseller La buena suerte y autor de La brújula interior y Los siete poderes, obras que han obtenido un gran éxito internacional. Actualmente dirige una de las colecciones de la editorial Aguilar y es coautor de El laberinto de la felicidad, el primer título de la colección, publicado en 2007. Además de colaborar semanalmente en la Cadena SER y dar conferencias en todo el mundo, escribe artículos de opinión para El País Semanal.
Fernando Trías de Bes es fundador y socio de Salvetti & Lombard, una empresa especializada en consultoría e investigación de mercados en el ámbito internacional que cuenta entre sus clientes a PepsiCo, Sony, Hewlett-Packard, McKinsey & Co., Nestlé y Danone. También desarrolla labores como consultor sobre innovación en marketing y es profesor asociado del Departamento de Marketing de la Escuela de Administración de Empresas (ESADE) de Barcelona.
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