La buena crisis
Resumen del libro

La buena crisis

por Álex Rovira

Cómo sacar provecho de la adversidad

Introducción

 

Superar una crisis, incluida la que atravesamos, no es volver a tener, sino conseguir ser, es decir, aprender a afrontar cada instante con dignidad, esperanza y sentido de la realidad. En este libro, Álex Rovira nos dice que “la crisis será lo que hagamos de ella”. El autor asume la dificultad como signo de vida, pero nos enseña a incorporar lo bueno del pasado, a entregarnos al cambio, a desafiar la rutina, a crear y a pensar de manera diferente, a encontrar un sentido al dolor y a disfrutar de la Buena Crisis. Los momentos de crisis son propicios para aprender a combatir las dificultades, los cambios inesperados, la inmovilidad… y utilizar la inteligencia, confiar y seguir remando.
La Buena Crisis nos presenta las claves para la transformación de la existencia a partir del aprendizaje que genera una dificultad, sea de la naturaleza que sea, con ejemplos de superación y palabras que revitalizan. Se trata de una obra imprescindible para convertir las crisis en nuevas oportunidades.

 


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Gracias, Crisis

En este período de oscuridad económica y de posibilidades vitales guillotinadas, mantener la confianza y agradecer las vicisitudes, preocupaciones, desplomes, cancelaciones de planes y sustos no es una broma de mal gusto, sino toda una invitación a la esperanza.
La crisis no es únicamente un maremágnum de miedos, decepciones y expectativas sombrías, sino que…
  • puede proponernos entrar en nuevos escenarios que aparecen de manera inesperada;
  • nos fuerza a adaptarnos a las emergencias y nos zarandea para que nos demos cuenta de lo que somos capaces de conseguir;
  • es la oportunidad para tomar conciencia, abrir los ojos y ver aquello que no podíamos o no queríamos ver.
Gracias a la crisis, propiciamos el cambio. El no-cambio y la resistencia a aceptar que las cosas han variado de forma significativa son mucho peores, ya que pueden arrastrarnos hacia una situación crítica: cruzarse de brazos cuando hay un incendio es síntoma inequívoco de que un pirómano habita en nosotros. La rutina deriva en crisis, porque el inmovilismo es insostenible y, en última instancia, conduce a la muerte.
Del mismo modo, y porque el veneno siempre está en la dosis, no debemos pasarnos por exceso. Aun cuando hablamos de crecimiento económico, no se puede mantener un aumento interanual de dos cifras y asumir que es lo normal; es como nuestros huesos: si crecieran sin medida, terminarían por romperse.
Estar en el pozo, a merced de las deudas, las críticas o la tristeza, no es una señal para que nos abandonemos a ser enterrados por ellas, sino un acicate para que las apartemos y las usemos para llegar hasta arriba caminando sobre ellas. Lo que nos hiere y lo que tanto tememos pueden ayudarnos a salir del agujero. Es como la parábola del caballo en el pozo:
Cuenta la historia que un campesino que se enfrentaba a grandes dificultades para salir adelante tenía algunos caballos para los trabajos de su pequeña granja. Un día, muy a su pesar, su capataz descubrió uno de los animales en un pozo muy profundo del que sería casi imposible sacarlo. Aunque el caballo no estaba herido, el campesino evaluó la situación y concluyó que la operación de rescate suponía una inversión demasiado alta. Decidió entonces que era preferible ordenar al capataz que sacrificase el caballo lanzando tierra en el pozo hasta enterrarlo. Comenzaron a rellenar el pozo con tierra, pero a medida que caía sobre el animal, este se la sacudía, la pisoteaba y quedaba acumulada en el fondo del pozo, lo que le servía al caballo para subir y subir hacia la superficie.

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Crisis, cambio y transformación

La crisis es algo inherente a la vida; el crecimiento es imposible sin crisis. La vida misma, en su sentido más llano, supone una serie de etapas críticas que se inauguran con el nacimiento, prosiguen con la infancia, la adolescencia, la madurez y la vejez, todas ellas con sus respectivos traumas. En cada uno de los momentos clave de la vida, tenemos que renunciar a una parte de lo que somos para llegar a ser lo que en verdad podemos ser. El cambio nunca es gratuito y únicamente nos alimenta si nos dirige a la transformación.
Quienes han logrado modificar una determinada manera de entender el mundo o un paradigma, los grandes científicos y artistas, fueron también los grandes sufridores de la historia. Todos ellos han sido creadores de buena suerte y buena vida para nuestra especie por una razón fundamental: pasaron por grandes crisis y mantuvieron una actitud fundamentada en el coraje, la esperanza, el sentido, el esfuerzo, el rigor y la voluntad.
Para sacar provecho de la adversidad no está de más acudir a los planteamientos del filósofo estadounidense Thomas Kuhn, que establece un claro paralelismo de la superación de la crisis con un cambio de paradigma. Así, el camino hacia un nuevo paradigma tendría las siguientes estaciones:
  1. Establecimiento de paradigma (vivimos de cierta forma y estamos más o menos a gusto, sin cuestionarlo).
  2. Ciencia normal. Los científicos se basan en el paradigma establecido para describir la naturaleza. A medida que avanzan se encuentran con paradojas, experimentan y dan con resultados que pueden contradecir el paradigma (sufrimos y divisamos indicios de lo que nos duele).
  3. Crisis. Se acumulan suficientes paradojas como para poner en duda el paradigma inicial, de modo que los científicos empiezan a desconfiar de él (nos invade el malestar).
  4. Revolución científica. Se plantean nuevas teorías, se discuten y se sugieren cambios fundamentales (en caso de escucharnos, trabajaremos en el cambio personal).
  5. Cambio de paradigma (vivimos según otras motivaciones que no nos causan el mismo conflicto).
En la actualidad estamos estancados, tanto social como individualmente, en el tercer punto. Al contrario que en la ciencia, otras áreas como la banca, la política, la empresa y todos los participantes del sistema económico-social actual están protegiendo el sistema tal y como es: están resistiéndose al cambio y manteniéndose en el estado de crisis. Lo que hacen es tratar de esconder las paradojas o anomalías en lugar de aceptarlas. La fase de crisis es necesaria si queremos entrar en la de revolución y conseguir un cambio de paradigma, pero para ello hace falta, ante todo, cambiar de actitud.

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Del “a ver qué día tengo” al “a ver qué día creo”

Durante muchos años, en el ámbito empresarial ha existido la creencia de que lo que importaba era la gestión del talento, entendido como la suma de conocimiento y habilidad (el know-how). No obstante, la moda de los temibles test psicotécnicos evidencia que una variable más importante ha entrado en esa esfera: la actitud o talante. Esta noción respondería a paradojas como que un individuo con dos carreras y que domina cuatro idiomas no encuentra trabajo, porque quizá es un gran técnico, muy hábil en su disciplina, pero totalmente incompetente a la hora de relacionarse amablemente con los demás. Esto también explica por qué a muchos se les contrata por su talento y se les despide por su talante.
Los conocimientos académicos que han acumulado algunas personas durante años no les sirven de mucho si ni siquiera saben cómo vivir, ni tienen metas personales, ni saben tratar al otro como el ser humano que es. Muchos se limitan a guiarse por las expectativas ajenas porque su sabiduría es “postiza”, e incluso les sirve de parapeto para no enfrentarse a su realidad. Son personas que, en definitiva, carecen de inteligencia emocional.
La actitud no es como los libros o la práctica, que se puedan aprender, sino que solo nace cuando buscamos y revolvemos dentro de nosotros mismos. Está bien tener referentes a los que queramos emular, pero la actitud únicamente se elabora en contacto con el alma mediante la perseverancia y la observación continua, con humildad y gratitud, buceando en la conciencia.
Perseverar y visualizar son los ingredientes de la transformación. La predisposición a cambiar por decisión propia, a creernos y crearnos, nos da un lugar; en cambio, la actitud del conformismo, que solo se erosiona por pura necesidad, nos ancla en la postura de eternos pasatiempos.
La historia de Sarah, una niña sudafricana que, a causa de una lesión de infancia, padece una ligera cojera, es la de cómo una misma persona triunfa en condiciones diferentes porque cree en ella misma. Ella personifica las palabras de Marcel Proust: “Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”.
Sarah Gadalla Gubara, por encima de su discapacidad, amaba la natación. Pese a vencer en todas las competiciones escolares no conseguía reconocimiento de nadie, salvo de sus padres. Pero un buen día conoció a Ciro, un chico que se vio contagiado por su entusiasmo y que convenció a un viejo entrenador de natación retirado para que trabajara con ella y la ayudara a hacer realidad su sueño: poder participar en la travesía Capri-Nápoles (unos 35 kilómetros). Con solo 14 años, Sarah consiguió ser la primera mujer que superaba esta travesía a nado y su hazaña quedó inmortalizada en la película de Renzo Martinelli Sarahsará.

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¿Queremos ser causas o efectos?

En una crisis podemos decidir ser espectadores, víctimas o perdernos en la queja y culpabilizar al sistema (bancos y otros agentes políticos y sociales). Podemos esperar a que el mesías Barack Obama lo arregle todo o aceptar nuestra corresponsabilidad en todo lo que está ocurriendo. No debemos olvidar que este es un mundo de interrelaciones, de efecto mariposa, de elecciones con impactos determinados (económicos, ecológicos, emocionales y tantos otros). Todos podemos ser causas, motores, empujes y energías si asumimos la responsabilidad propia y los efectos de la responsabilidad ajena. Eso depende de nosotros, como lo ilustra esta inspiradora fábula:
Una hija se quejaba a su padre de las dificultades que envolvían su vida. Estaba cansada de luchar. Parecía que, cuando solucionaba un problema, aparecía otro. Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre un fuego fuerte. En una de las ollas colocó zanahorias, en otra sumergió huevos y en la última, granos de café. A los veinte minutos el padre apagó el fuego, sacó las zanahorias y las colocó en un tazón, hizo otro tanto con los huevos y coló el café en un tercer recipiente.
Dirigiéndose a su hija, el padre le pidió que se acercara y tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Era un huevo duro. También le pidió que probara el café y ella lo hizo gustosamente.
Cuando la hija le preguntó qué significaba todo esto, el padre le ofreció la siguiente explicación. Los tres elementos habían sufrido la misma adversidad: el agua hirviendo, pero habían reaccionado de forma distinta. La zanahoria estaba dura antes de llegar a la olla, pero tras hervir, se había vuelto débil y fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, pero tras someterse a las altas temperaturas su interior se había endurecido. Los granos de café, sin embargo, eran únicos: después de cocerse habían hecho suyo el líquido.
Cuando la adversidad llama a nuestra puerta podemos responder como una zanahoria, que parece fuerte, pero cuando le toca el dolor se vuelve débil y pierde su fortaleza. Podemos ser como un huevo: teniendo un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación o un despido volvernos duros y rígidos. O podemos ser como un grano de café, que cambia el agua y alcanza su mejor sabor cuando llega al punto de ebullición. Cuando las cosas se ponen difíciles, debemos ser como el grano de café: ser el que mejor reacciona y hacer que las cosas a nuestro alrededor mejoren.

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Cambio por convicción o por compulsión

En la vida hay personas que se jactan de poder hacerlo todo y otras que afirman sentirse nulas ante cualquier circunstancia. Por fortuna siempre existe el intermedio: entre el no puedo y el puedo todo hay muchos matices válidos e inteligentes. No obstante, cuando nos enfrentamos a una crisis, todas estas tonalidades se resumen en dos posibles posturas existenciales: la del cambio y la de la transformación. En una fase vital crítica podemos cambiar bien por convicción o bien por compulsión.
La inmensa mayoría de la gente cambia por compulsión, porque no tiene más remedio o porque se ahoga entre la espada y la pared. Para ellos el cambio es un hecho ineludible y consumado. Por su parte, las personas convencidas gozan de una capacidad de consecución más fuerte y eficaz, consiguen transformar y transformarse. Las primeras siempre piensan que si no obtienen lo que desean es que el objetivo no existe, y que las han engañado; se alimentan de sentimientos negativos y tóxicos. Las segundas se nutren de cierta ingenuidad, de optimismo y de generosidad para creer que siempre hay una pequeña oportunidad para llegar a la meta. Esta es la actitud fundamental contra la inmovilidad.
Un caso real de alguien que se atrevió a partir de cero guiado por un convencimiento positivo y auténtico fue el de Adam Shepard, estudiante estadounidense de 23 años. Shepard se planteó como reto trasladarse a otra ciudad del este de su país con apenas veinte dólares y unas cuantas cosas en una bolsa de deporte como equipaje. Su objetivo era subsistir sin recurrir a contactos y sin contar con su titulación universitaria. En un año tendría que estar establecido: con vivienda, coche y dinero en el banco.
Nada más llegar a la ciudad de Charleston, Adam se alojó en un lugar para indigentes, en el que permaneció hasta el final de su reto (dos meses en total).
Aprendió mucho de sus compañeros de casa. La primera semana trabajó por sueldos irrisorios y dignos de esclavitud para empresas que recogen voluntarios entre los indigentes. Sus tareas eran sencillas, pero físicamente extenuantes.
Con el poco dinero que logró reunir de esta manera, el estudiante pasó su siguiente semana buscando trabajo: acabó encontrando un empleo estable en una empresa de mudanzas. Su jornada laboral rozaba las ocho horas diarias y cobraba entre ocho y diez dólares por hora. Partiendo de esa base y echando mano del sacrificio, de la austeridad, de compartir casa y de vestir ropa usada, Adam logró realizar su meta.

La longanimidad y la resiliencia, o por qué la mariposa no necesita ayuda para nacer

Según el Diccionario de la Real Academia, longanimidad es “grandeza y constancia de ánimo en las adversidades”. Se trata de un concepto que conviene aplicar en situaciones de crisis y que equivale a coraje. Según el filósofo Antonio Marina: “La valentía es una decisión y, cuando se prolonga, un hábito y una virtud. No podemos dejar de sentir miedo. Tan solo podemos no escuchar sus indicaciones si hay razones para ello”. El valor supone, por tanto, no abandonar una buena y provechosa acción solamente porque nos parezca complicada. En el ánimo, el valor, la moral, el coraje o la longanimidad es donde reside la verdadera riqueza del ser humano.
Una comparación con el mundo animal sirve para ilustrar estas ideas. Como es sabido, el gusano de seda construye un capullo para luego liberarse y renacer como mariposa tras la metamorfosis. El proceso de liberación es de lo más difícil, porque la crisálida tiene que esforzarse sobremanera con sus alas recién formadas para romper la cáscara de seda que la ha protegido durante su transformación. Cuando los científicos intentaron abrir artificialmente el capullo desde el exterior para ver qué pasaba, las mariposas liberadas fueron incapaces de emprender el vuelo; no se pudieron alimentar y murieron, porque no podían ni sabían volar. De esta prueba científica se desprende que ese sobreesfuerzo y esa gran cantidad de energía desplegada por las mariposas para agrietar el capullo son necesarios para que estas confíen luego en la fuerza de sus alas. Sin embargo, si no pasan por la experiencia de hacerlo de forma autónoma, no tienen ningún recuerdo ni sentido de seguridad.
Este fenómeno recuerda mucho a las personas que tampoco se atreven a vivir su propia experiencia. Así, completar el periodo de duelo desencadenado por una grave crisis o una gran pérdida podría ser visto como la metamorfosis tras la cual nos liberaremos de la coraza de dolor que nos contenía, pero que lentamente ha ido cayendo en el ejercicio del reconocimiento de la nueva realidad, de asumir el dolor, de encontrarle sentido y de constatar que, a pesar de todo, la vida merece la pena ser vivida con entrega y gratitud. Si utilizamos las alas de nuestro espíritu podremos vencer la cáscara de la angustia, la tristeza y la desazón.
En el mundo del cine, encontramos buenos ejemplos de longanimidad y transformación en las figuras de Forrest Gump o de Benjamin Button, el niño que nace viejo y comprende que lo más importante para pasar por la vida es su estupendo fondo personal, más allá de la apariencia. Ambos personajes dan muestra, asimismo, de una extraordinaria resiliencia (o capacidad para sobreponerse a adversidades, pérdidas o a periodos de intenso dolor emocional). Cuando un sujeto es capaz de hacerlo, se dice que tiene resiliencia adecuada, y puede sobreponerse a contratiempos o, incluso, resultar fortalecido por ellos. En definitiva, en la pérdida hay ganancia. Perder puede ser positivo y deberíamos dedicar tiempo a la crítica y a la autocrítica para definir lo que ganamos cuando aparentemente perdemos.

La importancia del sobreesfuerzo

Junto a la valentía, el esfuerzo es una excelente virtud a condición de ser un valor personal instrumental y no final. El esfuerzo como valor final supone una vida de trabajo sin fruto o satisfacción alguna, como nos recuerda el mito griego de Sísifo. Sísifo hizo enfadar a los dioses con su astucia; como castigo, estos le condenaron a perder la vista y a empujar para siempre un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima una y otra vez, que caía siempre rodando hasta el valle.
Por el contrario, el esfuerzo como valor instrumental nos debe llevar al logro personal y colectivo. Sin él no puede haber crecimiento físico, mental, emocional o espiritual. La masa muscular, la empatía, la comprensión y la inteligencia nacen por sobreesfuerzo: haciendo ejercicio, ascendiendo en nuestra exigencia, trabajando más y mejor, etc. Así creamos nuevos escenarios, avanzamos hacia una nueva cultura y nos transformamos.
Además, en este sobreesfuerzo tenemos que evitar cualquier gesto de mal humor. El mal humor es como la piedra más inservible. En este sentido, conviene tener en mente este dato: si gritáramos con todas nuestras fuerzas durante diez años, produciríamos energía sonora para calentar apenas una taza de café. No vale la pena esforzarse en gritar. Es mejor actuar y acompañar la acción con el tono necesario o con un plácido silencio.

El pensamiento lleva a la conclusión, pero solo la emoción lleva a la acción

Muchas veces nos quedamos aparcados en el pensamiento. Discurrimos, contrastamos, reflexionamos, pero no hacemos ni realizamos. Hay gente que deja pasar la vida y agota su tiempo:
  • Carguen, carguen, carguen… Son los que se escudan en un preparativo continuo, en un planificar permanente que acaba siendo estéril, sin hacer y sin siquiera plantearse que deben avanzar hacia una conclusión.
  • Apunten, apunten, apunten… Son aquellos que aparentemente van a hacer algo, pero nunca se dan por satisfechos con los resultados de su permanente análisis, que parece eterno y que cada vez les confunde más.
  • Fuego, fuego, fuego… Son los que actúan sin pensar. Estas personas se precipitan sin entender sus acciones, por lo que se suelen arrepentir de ellas. Son quienes hacen sin prever las consecuencias de sus actos.
Una actuación completa y concreta exige todas nuestras capacidades humanas. Necesitamos las tres fases para poder crear: pensar, analizar y hacer. La acción es nuestro gran remedio contra la angustia: nos permite ser más libres y detener la corrosión que produce el permanente dar vueltas a las preocupaciones. Existe una falsa idea de que una información exhaustiva nos ayuda a prevenir y a evitar un problema, cuando es la acción la que nos ayuda a resolverlo. Hablar y analizar continuamente las malas noticias que genera la crisis solo contribuye a elevar los niveles de adrenalina y ofuscación.
La acción puede ser un gran remedio contra la desesperación. Esto lo muestra el caso de Hugh Rienhoff, un padre desesperado ante la dolencia de su hija Beatrice, que sufre una enfermedad genética sin diagnosticar pese a haber pasado por los mejores médicos del mundo. Sin diagnóstico ni cura, su muerte era segura. El padre desafió durante años los mecanismos burocráticos de la investigación genética para identificar, en el ático de su casa, tras miles de horas de estudio, uno de los genes responsables del mal de su hija. Dedicó todo su tiempo y toda su experiencia a indagar en el código genético de Beatrice y a encontrar él solo la respuesta. El ático de su casa se convirtió en un improvisado laboratorio de genética dotado de equipos usados y descatalogados que había ido adquiriendo, bases de datos públicas que encontró en Internet y algún que otro documento y contacto de su etapa de estudiante. Hugh no se rinde ni ha bajado la cabeza ante las opiniones de reputados médicos de todo el mundo. Tampoco ha cedido a la angustiosa idea general de que no hay salida para Beatrice. Hasta el momento ha recopilado más de veinte mil pares de bases del ADN de su hija en papel, unos mil millones de pares en su ordenador y no pierde la esperanza.

Crisis y catarsis. El renacimiento inevitable o la muerte por resignación

La crisis nos abre una maravillosa oportunidad: protagonizar una catarsis o purificación y desprenderse de lastres gracias a la adversidad. La crisis nos empuja a mirar cara a cara lo que nunca nos habíamos planteado, nos invita a adentrarnos en las “zonas de sombra” que apartamos de nuestro plan de vida. Es el momento idóneo para preguntarnos cómo queremos vivir, cómo podemos vivir, si queremos tener hijos, cuánto gastamos, cómo nos transportamos, qué tipo de ocio nos gusta, etc.
Sin la crisis, quizá, no nos veríamos forzados a decidir. Es el acontecimiento que nos obliga a replantearnos estrategias de compromiso con nosotros mismos y con los demás. La autosuficiencia, que tanto nos vende un modelo como el del sueño americano, ya no nos sirve. Necesitamos adoptar en nuestro imaginario social el concepto de cooperación.
En este sentido, la penuria nos remite a los valores esenciales. Volver a la esencia, básicamente, consiste en predicar con el ejemplo y cumplir lo que prometemos. En definitiva, la crisis nos conduce a una catarsis que nos dota de algo muy necesario: la integridad.
Podemos aprovechar la crisis para invertir en aprendizaje social y emocional. Las personas serán más conscientes de sus emociones y la sociedad podrá evolucionar porque habrá sufrido: todos padecemos y necesitamos apoyarnos los unos en los otros.

La necesidad de una visión compartida o la pregunta del millón: ¿qué nos une?

Enfrentarnos a una situación crítica o un conjunto de ellas es posible únicamente si formamos una piña, un todo potente, y si hablamos y nos relacionamos para lograr entendernos.
En este sentido, si los parches y las medidas políticas y económicas que están llevando a cabo ciertos agentes sociales no nos conducen a establecer una ética empresarial y financiera de aceptación global, en un futuro no tan lejano podemos esperar una crisis aún más arrasadora y vernos abocados al cambio por compulsión.
El momento presente es el tiempo de trabajar en uno mismo siempre mirando a los demás, teniéndolos presentes, negociando e interactuando con ellos. Cuantas más interacciones con los demás, más riqueza material y espiritual obtendremos. Ese es el principio de la sinergia.
El mundo en el que vivimos necesitará cada vez más gente que sepa convivir. Toda ruptura, física o mental, de cosas o de personas, tiene su coste social y económico, que muchas veces es innecesario. De ahí la importancia y el gran valor estratégico de las personas que sepan escuchar, entender al otro y ayudar a que las posturas se acerquen.
Para contrarrestar la frustración en las relaciones y los sentimientos de devaluación, rabia o culpabilidad, es preciso que nos concentremos en el desarrollo personal de un comportamiento “nutritivo” basado en el aprecio, la capacidad y el respeto. Ser nutritivo hace que quienes nos rodean se sientan valorados, capaces y queridos.
Según Karl Albrecht, el autor del libro Inteligencia social, las cinco características que definen a una persona nutritiva para los demás son las siguientes:
  • Ser capaz de captar y entender los comportamientos ajenos: tener conciencia de la situación.
  • Disponer de recursos verbales y no verbales que permiten una óptima comunicación con el otro.
  • Ser honesto, abierto y auténtico.
  • Ser claro a la hora de expresar y transmitir ideas y acciones.
  • Ser capaz de mostrar empatía, lo que motiva la cooperación.

Crear es no copiar

La creatividad es el gran combustible del cambio provechoso. Partiendo de lo mucho que nos beneficia el efecto Pigmalión (el proceso por el que las creencias y las expectativas que tenemos para con nosotros mismos y los que nos rodean nos afecta de tal manera, que se acaban cumpliendo), podemos revertir esa sensación general de miseria que percibimos a nuestro alrededor. Si sabemos que en la crisis de 1929 influyó el hecho de que una multitud de personas estuviera convencida del hundimiento del sistema económico, no podemos permitir que nuestra angustia nos impida escalar peldaños. Seremos naturalmente creativos si nuestra confianza registra buenos índices y si nuestras expectativas son lo suficientemente estimulantes y realistas para no hundirnos en el agobio de la imposibilidad. Es fundamental que creamos y nos convenzamos que caminamos hacia el sol. Somos los máximos responsables de construir nuestra realidad.
Esa construcción no puede existir sin la innovación; a su vez, la innovación en lo material no es posible sin la innovación en nuestra alma individual y colectiva. La psicología influye enormemente en la economía, y de ahora en adelante la innovación dependerá no solo del talento, sino especialmente del talante o la actitud. Es necesario, por tanto, que seamos rebeldes, provocadores, inconformistas, iconoclastas; que dejemos de lado el miedo, sacudamos la inercia y nos atrevamos a ser lo que podemos llegar a ser.

¿Crisis? ¡Oxitocina, por favor!

En la década de los setenta se descubrió de manera casual que nuestro complejo sistema de hormonas es responsable de nuestro ánimo. Desde entonces el conocimiento de las endorfinas o las “hormonas de la felicidad” ha supuesto una verdadera revolución en el tratamiento de las patologías mentales y otros tipos del malestar emocional.
El principal causante del malestar emocional es el estrés. El estrés emocional continuado daña el cerebro, afecta al tamaño de sus estructuras, causa muerte celular y merma las conexiones cerebrales. Al sentirnos presionados emocionalmente, el cerebro recibe cortisol, la hormona del estrés por excelencia, en dosis demasiado altas. Un cierto nivel de esta hormona puede ser bueno, porque nos prepara para la defensa, pero en grandes dosis nos angustia, cansa, despista y deprime.
En nuestro cerebro se da una dialéctica entre las hormonas positivas y las negativas si se segregan en exceso. Las primeras, como la oxitocina o las endorfinas, nos hacen sentir bien, mientras que las segundas (adrenalina, noradrenalina, cortisol) nos producen malestar. El cortisol debilita el sistema inmunitario y deteriora nuestras capacidades cognitivas, además de impedir que el cerebro se regenere con nuevas neuronas. Sentirse fatal produce, además, adicción, porque nuestro cuerpo se acostumbra al ritmo que le impone el cortisol. Así, acabamos en una dinámica que nos complica la vida y nos crea sobrecarga.
El doctor Juan Hitzig, profesor de biogerontología en la Universidad Maimónides de Buenos Aires, ha elaborado con estas evidencias científicas el llamado Alfabeto Emocional SARD. Sus estudios de las personas longevas y saludables demostraron que existe una conexión entre la mente y el cuerpo.
Según Hitzig, cada pensamiento genera una emoción y cada emoción moviliza un circuito hormonal que tendrá impacto en los cinco trillones de células que forman el organismo. Las conductas S (serenidad, silencio, sabiduría, sabor, sexo, sueño, sonrisa) promueven secreción de Serotonina, mientras que las conductas R (resentimiento, rabia, rencor, reproche, resistencia, represión) facilitan la secreción de cortisol, una hormona CoRRosiva para las células, que acelera el envejecimiento.
Las conductas S generan actitudes A: ánimo, amor, aprecio, amistad, acercamiento. Las R, por el contrario, originan actitudes D: depresión, desanimo, desesperación, desolación.
Con solo aprender este simple alfabeto emocional de cuatro letras (SARD) desde edades tempranas, podemos lograr que más gente viva más tiempo y mejor.
En consecuencia, debemos convertir la secreción de endorfinas en nuestra tarea para lograr el equilibrio y no sentirnos vencidos por el estrés, que nos limita. Las hormonas positivas son la única fuente sana de placer, lejos de sustancias adictivas que nos conducen al peor de los pozos. La felicidad la llevamos incorporada: solo tenemos que descubrir qué actividades disparan el proceso oxitocínico, observando simplemente lo que nos hace sentir bien y cuyos efectos secundarios nos hacen sentir aún mejor.

Conclusión: las diez claves de la “(r)evolución”

Una síntesis de las principales ideas presentadas en este libro, que nos puede ayudar a sacar jugo a la crisis, la tenemos en el siguiente decálogo:
  1. Crisis es vida. Si no vivimos situaciones críticas, es que estamos muertos. Debemos celebrar que podemos contarlo y seguir remando.
  2. Aprendamos a relativizar. Lo que ahora nos parece terrible, quizá sea una bendición mañana. Conviene que tomemos distancia y veamos qué lecciones y oportunidades nos ofrece la crisis para poder aprovecharlas.
  3. Debemos entregarnos al cambio y transformarnos. El cambio viene de fuera hacia dentro, la transformación va de dentro hacia fuera. El primero es efímero; la segunda, estable.
  4. Aprendamos a progresar con la crisis, a cuestionar y a cuestionarnos por el bien común. Hemos de desarrollar nuestra capacidad crítica y nuestro criterio. No debemos conformarnos con la resignación y el miedo, sino luchar, sobreesforzarnos, entregarnos y cooperar para crecer haciendo crecer a los demás.
  5. Aprendamos a crear y pensar de manera diferente. Hemos de aprovechar el nuevo escenario para reinventar nuestros hábitos y patrones de conducta. Conviene que desafiemos la rutina, rompamos la inercia, demos la vuelta a nuestro mundo y seamos rebeldes constructivos.
  6. Si queremos superar la crisis, hemos de superarnos a nosotros mismos en cada instante. Debemos convertirla en el desafío que nos lleva a extraer lo mejor de nosotros mismos en cada momento.
  7. Cultivemos el optimismo y la confianza basada en la realidad. Es mejor dejar de hablar de fantasmas o amenazas y actuar en la realidad, dando siempre lo mejor de nosotros mismos. El destino es aquello que nos sucederá seguro si no hacemos nada para evitarlo.
  8. Cooperemos y seamos íntegros. Solo si cumplimos lo que prometemos y predicamos con el ejemplo seremos de confianza, y únicamente siendo de confianza seremos capaces de generar el compromiso en los demás.
  9. Hemos de encontrar un sentido a nuestro dolor. Tenemos que vivir el duelo por lo que hayamos perdido, no es bueno negarlo. Pero podemos quedarnos con lo bueno del pasado, agradecerlo y hacer que esa gratitud crezca en nosotros y se convierta en un don que podremos entregar a los demás para que sus duelos sean más soportables y sus vidas, mejores y más bellas.
  10. Amemos y hagamos. Si la vida tiene sentido es por el amor y por lo que este genera: belleza, verdad, calidad, bienestar, plenitud, alegría, felicidad y todo lo mejor que podemos vivir. Hemos de convertirnos, en lo personal y en lo colectivo, en una fuente deliberadamente consciente y activa de todo ello. La crisis es mucha menos crisis si amamos y nos sabemos amados.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Álex Rovira
Álex Rovira es coautor del bestseller La buena suerte y autor de La brújula interior y Los siete poderes, obras que han obtenido un gran éxito internacional. Actualmente dirige una de las colecciones de la editorial Aguilar y es coautor de El laberinto de la felicidad, el primer título de la colección, publicado en 2007. Además de colaborar semanalmente en la Cadena SER y dar conferencias en todo el mundo, escribe artículos de opinión para El País Semanal.
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