Jefe de mi propia vida
Resumen del libro

Jefe de mi propia vida

por Ellen Ernst Kossek y Brenda A. Lautsch

Alternativas para armonizar la vida personal y profesional

Introducción

 

Son muchos los individuos que hoy en día se sienten insatisfechos con la calidad de sus vidas. Su faceta profesional entra progresivamente en conflicto con su vida personal y acaba subyugándola. Vivimos en un mundo en el cual la frontera que separa el trabajo del hogar está desapareciendo. En los países desarrollados, la mayoría de los empleados tienen demasiadas cosas por hacer y muy poco tiempo para llevarlas a cabo. La tecnología, por su parte, pese a que ciertamente les ayuda a ser más eficientes en sus trabajos, también hace posible que los asuntos profesionales invadan más fácilmente la vida privada. Esto provoca que la necesidad de armonizar la vida profesional con la personal resulte más urgente que nunca.
El primer paso hacia esa armonía empieza por decidirse a ser los “jefes de nuestras propias vidas”. Una vez asumida esta idea, nos será posible fijar las nuevas reglas que nos ayuden a establecer el equilibrio entre el trabajo y el resto de nuestras actividades y, de esa manera, conseguir una vida más fácil, más sana y más feliz.
Lejos de clichés desgastados de autoayuda o soluciones uniformes, las autoras Ellen Ernst Kossek y Brenda Lautsch se proponen en el presente libro enseñarnos cómo identificar el modelo de vida que llevamos en nuestras circunstancias actuales y cómo encontrar, paso a paso, aquel que mejor se ajuste a nuestras necesidades. Cuando lo logremos, podremos cerrar la brecha abierta entre nuestros valores y nuestra vida actual y tener unas relaciones más satisfactorias con nuestra familia y amigos, clientes, jefes, compañeros de trabajo y, en definitiva, con nosotros mismos.

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Maneras de conciliar la vida profesional y personal

Muchas personas se benefician en la actualidad de algún tipo de horario flexible cuyo propósito es conciliar su vida laboral y familiar. Sin embargo, esta flexibilidad pocas veces está a la altura de sus necesidades. A pesar de tenerlo todo (una casa, un buen trabajo, familia), estos individuos se sienten a menudo estresados y sobrecargados, no dejan de pensar en el trabajo que les queda por hacer y les parece que ejercen cada vez un menor control sobre sus vidas. Se puede decir que algunos han desarrollado sus propias “maneras de ser flexibles” o un conjunto de comportamientos psicológicos y físicos para gestionar las relaciones entre su vida profesional y la personal, fruto de una serie de decisiones conscientes o inconscientes. Sólo una comprensión total de estos comportamientos y de su funcionamiento en el ámbito familiar y profesional hace posible obtener un mayor control sobre ellos y crear una relación más sana entre el trabajo y la vida.
Si nuestra “manera de ser flexibles” se corresponde con los valores que profesamos, nuestra vida profesional y personal se complementarán entre sí o, como mínimo no interferirán la una con la otra. Por el contrario, cuando no existe esta correspondencia, las dos dimensiones de nuestras vidas compiten entre sí, se malgastan recursos, el nivel de estrés sube y nuestra efectividad como personas desciende, tanto en la oficina como en casa o en la sociedad.
Existen tres “maneras de ser flexible” que los individuos adoptan en sus vidas: se puede ser “mezclador”, “separador” o “equilibrista”. Los “mezcladores” se caracterizan por juntar su vida profesional con la personal a nivel físico, en lo que concierne al tiempo, horario o espacios y, a nivel psicológico, en lo que respecta a sus pensamientos, emociones y energía diarios. Al hacerlo, les resulta difícil trazar una línea divisoria entre su trabajo y su familia. Los “separadores” distinguen el trabajo de su vida personal, tanto a nivel psicológico como físico, centrándose en su profesión cuando trabajan y en su vida personal cuando están en casa. Evitan hacer lo contrario y, cuando se ven obligados a ello, tratan de crear un espacio separado para sus tareas dentro de la propia casa o encontrar un hueco en su tiempo personal para ir a la oficina y cumplir allí con sus tareas. Los “equilibristas”, por su parte, oscilan entre los comportamientos de los dos grupos anteriores, a veces dividiendo y a veces mezclando su vida profesional con la privada.
Cada uno de estos grupos de personas tiene sus subgrupos, que bien pueden controlar su vida y ser felices, bien sentirse infelices e insatisfechos. Así, en la categoría de “mezcladores” se identifican dos subgrupos: los “amantes de la fusión”, a los que les gusta la fusión de los dos aspectos de la vida, que sienten que son ellos los que la controlan y que creen que tal mezcla no entra en conflicto con sus valores; y los “reactivos”, que abominan de dicha unión, no pueden controlarla y se sienten desgraciados por ello.
A los “amantes de la fusión” el estilo de vida que llevan les ayuda a ahorrar tiempo y les permite cumplir con sus distintas responsabilidades. El ejemplo más típico sería el de aquellas personas que, durante una reunión de trabajo, escriben un email a su esposa para preguntar si su hija ha aprobado los exámenes, que para evitarse una carga excesiva de trabajo el lunes abren sus correos electrónicos en casa los domingos por la tarde, o reciben una llamada de trabajo mientras preparan la cena. En cada uno de estos casos, un “amante de la fusión” cambia sin problema su papel en respuesta a los impulsos internos o externos, y se siente satisfecho con ello. Los “reactivos”, por el contrario, se ven atrapados por la creciente confusión entre su vida privada y profesional, sienten que la última invade la primera o viceversa y desearían tener más control sobre este proceso. Las madres solteras o los padres con horarios incompatibles representan a los miembros de este grupo.
Un estilo de vida completamente diferente es el que tienen los “separadores”. Estas personas mantienen disociadas sus actividades profesionales de las personales. Algunas de ellas optan por priorizar el trabajo frente a la vida privada, mientras que otras deciden hacer lo contrario; ambos grupos coinciden en intentarlo todo para evitar que los dos aspectos de sus vidas se entremezclen. Igual que en el caso de los “mezcladores”, el grupo de los “separadores” se puede dividir en dos subgrupos: los primaristas” (para los que prima bien el trabajo, bien la familia) y los “cautivos”.
Los “primaristas” asumen que su estilo de vida implica la separación de su trabajo y su vida personal y eligen favorecer el uno frente al otro. Un tipo de “primarista” es alguien que convierte sus responsabilidades profesionales en prioridad, está disponible a cualquier hora para sus clientes y a menudo trabaja hasta muy tarde o durante los fines de semana. Otros “primaristas” consideran que lo más importante es su familia y no dejan que el trabajo interfiera en su dedicación.
Los “cautivos” son aquellos “separadores” que se sienten atrapados en su papel profesional o personal por una interferencia indeseada entre estos dos roles. Algunos empleados a los que se les prohíbe llevarse el trabajo a casa (por el carácter confidencial del mismo o porque sus superiores prefieren supervisarlos en directo y mantener reuniones frecuentes con ellos), o los que tienen que trabajar más horas al día o los fines de semana para tener tiempo que dedicar a sus hijos, experimentan este tipo de cautividad.
Por último, están los “equilibristas”, que a veces integran y a veces separan sus vidas profesionales y personales dependiendo de sus circunstancias y prioridades. Esta categoría cuenta con dos subgrupos: los “sincronizadores de calidad” y los “luchadores del trabajo”. Los primeros aprovechan los cambios en sus horarios (por ejemplo, el paso de la semana al fin de semana o la parte del año con más trabajo a la parte del año con menos) para decidir cuándo unir o distanciar la dimensión laboral de la dimensión familiar. Así, algunas personas pueden llegar a trabajar hasta 60 horas semanales durante los primeros meses del año y aminorar el ritmo en la época estival para dedicarse más a su familia. Los segundos, los “luchadores del trabajo”, se enfrentan a más obstáculos cuando desean integrar o separar trabajo y vida privada, o viceversa. En esta situación se encuentran a menudo aquellas personas que, por su actividad, tienen que viajar con frecuencia y, por tanto, tienen menos libertad para distribuir su tiempo.
Cada persona trabajadora pertenece a alguna de estas tres categorías de “maneras de ser flexible”, y cada una de ellas tiene sus ventajas e inconvenientes. La clave para aceptarlas o luchar para modificarlas está en el grado de control que ejercemos sobre ellas y el grado de satisfacción que nos proporcionan: cuanto menos control, más necesidad de cambio y viceversa. Lo mismo vale para la satisfacción. Una vez tengamos claro a qué categoría pertenecemos, necesitamos indagar en las ventajas y las desventajas de cada una de ellas para descubrir cuál es la que más nos conviene.

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Las desventajas de las “maneras de ser flexible”

Como hemos dicho, cada “manera de ser flexible” tiene sus ventajas e inconvenientes. Conocer unos y otros, y reflexionar sobre ellos, es el primer paso hacia el descubrimiento del estilo que mejor se adapta a cada uno de nosotros.
Lo segundo a tener en cuenta es una elección consciente de la flexibilidad que mejor se corresponda con nuestros valores personales, ya que de no hacerlo, dejamos que otros (nuestros superiores jerárquicos o algún miembro de la familia) lo decidan por nosotros.
Aunque ninguna manera de ser flexible es perfecta, aquellas que nos convierten en reactivos, cautivos o luchadores del trabajo son imposibles de mantener por mucho tiempo; además, a la larga resultan perjudiciales para nuestra salud mental y física y la de los que nos rodean. Ello se debe a que no podemos evitar sentirlas como impuestas y, en consecuencia, el estrés aumenta y la efectividad disminuye.
En ocasiones también nos sentimos sobrecargados por demasiadas exigencias que nos impone nuestro trabajo o nuestra familia y necesitamos un cambio radical del estilo de vida que llevamos: eliminar lo superfluo y quedarnos con lo que más nos importa.
También es importante que estemos dispuestos a poner en duda la validez de nuestra “manera de ser flexibles” cuando estemos atravesando una transformación profesional o personal de trascendencia. Los acontecimientos decisivos en nuestras vidas (nacimientos, cambio de trabajo, matrimonio, divorcio, etc.) son una ocasión propicia para replantearnos si el estilo de vida que llevamos es el más adecuado o no.
Las desventajas de los “mezcladores”. Los “mezcladores” utilizan la flexibilidad para mezclar por voluntad propia su vida profesional con la personal. Sin embargo, esta combinación se convierte en un arma de doble filo dependiendo de sus circunstancias y prioridades. Incluso los individuos que consiguen obtener más flexibilidad en su trabajo (la posibilidad de trabajar desde casa, por ejemplo) pueden encontrarse algún día con dificultades para mantener la armonía entre los dos aspectos de sus vidas.
Este fue el caso de Cynthia, empleada en una prestigiosa corporación mundial, que, tras entrar a formar parte de uno de sus equipos, empezó a desarrollar una exitosa carrera profesional, acompañada de promociones regulares bianuales. Cuando nacieron sus dos hijos, Cynthia se convirtió en una “equilibrista” ejemplar, capaz tanto de unir el trabajo con su vida privada como de separarlo cuando las circunstancias así lo exigían.
No obstante, todo esto cambió cuando ella y su marido tuvieron una discusión sobre de quién era el turno para salir en viaje de negocios. Poco después de este incidente, Cynthia decidió abandonar la empresa y fundar una pequeña consultora con una de sus amigas. Pensaba que su nueva empresa le permitiría organizarse cómo, dónde y cuándo ella quisiera.
Aunque en el nuevo trabajo su horario, en efecto, fue más flexible, también surgieron nuevos retos a los que tuvo que enfrentarse. Por ejemplo, empezó a sentirse obligada a estar disponible para sus clientes en el 100% de los casos y casi toda la gestión de la casa recayó en sus manos, ya que contaba con mucha más flexibilidad que su marido. Al mismo tiempo, sus ingresos disminuyeron y ya no se sentía tan libre a la hora de contratar a una niñera.
En su nueva condición de consultora independiente, Cynthia se ve obligada a convertirse en un “mezclador reactivo”. Consciente de que tiene poco control sobre la naturaleza de su trabajo, tan dependiente de los clientes, Cynthia trata de combinar sus prioridades profesionales y personales durante todo el día y siente una creciente frustración. Su historia revela una dificultad muy corriente para todas aquellas personas que piensan que un mero cambio de entorno laboral les permitirá “ser su propio jefe”, pero no lo acompañan de un mayor control sobre sus necesidades e ideas sobre cómo llevar una vida responsable.
Las desventajas de los “separadores”. Todos los “separadores” adoptan una “manera de ser flexible” con la cual intentan impedir que el trabajo interfiera con su vida privada. Para algunos, esto significa preservar el tiempo suficiente para dedicarlo a su familia o a sí mismos, mientras que para otros el trabajo es lo principal. Por otra parte, ya sabemos que existen “separadores cautivos”, cuya división entre el trabajo y la vida privada está dictada por la inflexibilidad de sus superiores o por las condiciones en las que trabajan.
Poder centrarse en su familia o vida personal con más facilidad es la principal ventaja de los “primaristas de la familia”. En la época de las telecomunicaciones, que hacen que la intrusión del trabajo en la vida privada sea cada vez más fácil, estos individuos consiguen mantener la prioridad de la familia aprendiendo a decir “no”, no comprometiéndose en exceso y estando siempre atentos a las necesidades de sus seres más cercanos.
Sin embargo, la posición de estas personas entraña algunas desventajas. Por ejemplo, su vida personal, social o familiar puede ser deficiente en muchos aspectos, ya que los “separadores” no ajustan su horario a las necesidades de otras dimensiones de sus vidas. Alguien que lleve un estricto horario de ocho horas en la oficina se verá imposibilitado para tomar la tarde libre y ver a un familiar que está de paso; otra persona con igual horario no podrá participar en una reunión de voluntarios de su ONG, convocada el lunes a las doce, etc.
Estos individuos también pierden la oportunidad de que su vida profesional enriquezca su vida familiar, y al contrario. Así, algunos compañeros de trabajo son de gran ayuda si se tienen problemas personales como una enfermedad o una crisis matrimonial, pues descargan de parte del trabajo u ofrecen su consejo y apoyo emocional.
Otro inconveniente es la estigmatización profesional a la que a veces los “separadores” se ven expuestos. En las organizaciones que requieren una presencia constante de sus empleados, la ausencia de éstos suele estar mal vista. Una empleada, Wendy, consiguió la reducción de su jornada laboral a 32 horas semanales, incluida una reducción salarial, para dedicarse al voluntariado y a clases de música los viernes. Su empresa tenía la regla tácita de no pagar las horas extra. Para evitar reproches de otros compañeros de trabajo, a los que pudiera parecer que trabajaba mucho menos que ellos o que no quería sacrificar sus viernes cuando algún plazo importante lo exigía, Wendy acabó teniendo una jornada laboral de 10 horas, aunque por un total semanal de 8 de ellas no se le pagaba. Esta actitud negativa en la empresa hacia el horario flexible suele perjudicar a personas como Wendy (que han dejado claro que su trabajo no es la única prioridad para ellas) a la hora de las promociones, ya que raras veces se las asciende.
En el polo opuesto, pero con igual desventaja, se encuentran los “primaristas del trabajo”. Suelen tener menos amigos, porque la dedicación a la vida profesional durante años no les ha permitido invertir más en su vida social o porque su imagen entre sus compañeros ha sufrido por esa misma dedicación compulsiva.
Las desventajas de los “equilibristas”. Los “equilibristas” definen periodos en sus vidas, meses o semanas en los cuales o bien intensifican la fusión entre su vida profesional y la privada, bien las disocian según sus necesidades. Sin embargo, incluso los “equilibristas” tipificados como “sincronizadores de calidad”, que se consideran satisfechos con su capacidad de concentrarse tanto en el trabajo como en la familia, o mezclar las dos dimensiones cuando más les convenga, se enfrentan a dificultades considerables a la hora de hacerla efectiva.
La primera de ellas es la dificultad de priorizar. Muchos “equilibristas” a menudo se sienten incapaces de decidir qué exigencias, las profesionales o las de la vida privada, son las más urgentes en un determinado momento. Como consecuencia, acaban tratando de cumplirlas simultáneamente y con resultados mediocres.
Otra desventaja es la confusión de roles. De una manera parecida a los “mezcladores”, los “equilibristas” pueden transmitir involuntariamente mensajes ambiguos sobre sus roles y disponibilidad a los compañeros, a los miembros de su familia o a los amigos. Por ejemplo, una persona que trabaja en casa y acostumbra a combinar con facilidad sus responsabilidades profesionales con las sociales, puede verse obligada a separarlas cuando esté trabajando sobre un proyecto especialmente difícil. Sus amigos se sorprenderán ante su falta de colaboración en una iniciativa social para la cual él siempre se había mostrado dispuesto y lo entenderán como una falta de compromiso.

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Cambios para mejorar nuestra calidad de vida

El cambio en nuestro estilo de vida empieza por la concienciación y la evaluación de nuestra “manera de ser flexibles” actual, de sus ventajas e inconvenientes. El siguiente paso es tratar de superar la resistencia natural a modificar nuestras maneras habituales de hacer las cosas, incluso cuando éstas ya no funcionan. Una vez conseguido esto, hay que pensar en nuevas maneras de trabajar y de vivir, preparar el escenario y experimentar de modo activo. Desde los “cautivos” hasta los “amantes de la fusión”, todos podemos utilizar este proceso para mejorar nuestra “manera de ser flexibles” o descubrir una nueva.
Primer paso: el seguimiento de uno mismo. Además de la ya mencionada concienciación y evaluación del estilo de vida que llevamos, otro instrumento útil a la hora de corregirlo o modificarlo es el seguimiento de nuestros hábitos y comportamientos. Es posible hacerlo en forma de diario, en el cual se anotan los cambios del estado de ánimo durante el día cada vez que nos enfrentamos a un conflicto en un determinado contexto. Por ejemplo, esta podría ser la entrada para un lunes: “Me sentí desbordado, tenso o indeciso cuando… supe que el contratista venía mañana por la tarde, al mismo tiempo que tenía que recoger al niño de la guardería y cuando se me acababa el plazo para un proyecto. ¿Qué opciones tenía? Hacerlo todo yo mismo quedándome hasta muy tarde para terminar el trabajo; hablar con mi esposa para que ella se encargara del niño y yo pudiera verme con el contratista; empezar a buscar asistencia, una nueva niñera, que se ocupe de ir a recoger a nuestro hijo; negociar con la empresa para que reduzca mi carga de trabajo o con un compañero para que lo asuma mientras yo no esté disponible, etc.”.
Para sacar el máximo partido de estos seguimientos hay que buscar patrones determinados; por ejemplo: si algunos días de la semana en particular nos causan estrés, qué acontecimientos son los responsables de un mal día, etc. Los datos así obtenidos nos indicarán la dirección en la que debemos movernos para cambiar nuestro estilo de vida actual.
El seguimiento de los hábitos debe ir acompañado de una fijación de objetivos concreta, exigente y mensurable. Hay que empezar por cumplir los objetivos más pequeños e ir avanzando hacia los más complejos, y utilizar el seguimiento de los hábitos como medida de progreso.
Segundo paso: comprometerse con el cambio. La resistencia al cambio de estilo de vida es algo natural, pero debe ser superada si queremos tomar el control sobre la flexibilidad en nuestras vidas. En ese sentido, comprometerse emocionalmente con el cambio es el factor decisivo.
Para muchas personas este compromiso surge en un momento crítico, cuando sienten que su forma de vida ha alcanzado el límite y que ya no pueden continuar así. El concierto escolar de un hijo, al que no se llega por una complicación en el trabajo en el último momento, o una reunión cancelada por tener que ir a recogerlo al colegio, suelen ser el tipo de momentos críticos que nos obligan a comprometernos con el cambio. Recordar el remordimiento que sentimos por una obligación fallida nos puede ayudar a mantener la energía y el compromiso necesarios para cambiar.
Tercer paso: imaginarse alternativas. El cambio del estilo de vida actual nos resultará más fácil si imaginamos las situaciones ideales en nuestro trabajo y la vida personal. Por ejemplo: ¿cómo sería una noche perfecta? ¿Estar en casa con la familia, sentado en el sofá viendo una película y tomando palomitas o cenando con un compañero de trabajo y hablando sobre el nuevo proyecto? ¿Nos imaginamos interrumpir cualquiera de estos escenarios? ¿Un email recibido durante las vacaciones en la playa nos parece algo normal o aterrador? Las respuestas a preguntas de este tipo nos ayudan a identificar lo que nos es verdaderamente importante y la dirección que debemos tomar para conseguir un mayor control sobre nuestras vidas. Mike, un director general de una importante empresa de reformas, durante años fue “reactivo” en cuanto a su “manera de ser flexible”. En la actualidad, con cuarenta años, unos 30 kilos de sobrepeso, una esposa empleada en un banco y dos hijos, hipertenso y bajo medicación, ha decidido dar un giro radical a su estilo de vida. Por ejemplo, se levanta temprano y se concentra en los asuntos más difíciles de 6:00 a 7:30 de la mañana. Ha descubierto que esa hora y media es más productiva que las tres horas pasadas por la tarde dedicado a esas mismas tareas. Habló también con su superior sobre la necesidad de reducir su estrés, sugiriendo que se le permitiera tener un mayor control sobre su carga de trabajo y a los mejores subordinados a su disposición. Trata de trabajar menos y se toma una semana de vacaciones cada seis meses. En cuanto a su alimentación, ahora evita la comida basura y todo lo que contenga colesterol en favor de las ensaladas y la comida casera. Su nuevo lema es “mi trabajo son 10 horas diarias, pero las otras 14 son mi vida”.
Cuarto paso: crear el contexto adecuado para el cambio. Hablar y compartir las experiencias positivas que vivimos con aquellas personas que nos importan, tanto en el trabajo como en familia, aumenta el efecto placentero sobre nosotros de esas mismas experiencias. Compartir con la pareja lo que nos ocurrió en el trabajo nos puede hacer sentir aún más felices en casa, y viceversa. Buscar el apoyo emocional de los demás, que estén en la misma situación o compartan preocupaciones, es algo que nos beneficia a todos y hace que el cambio de estilo de vida sea más fácil de emprender.
Quinto paso: experimentar. Si pensamos en mejorar nuestro estilo de vida actual o adoptar uno nuevo, no podremos saber qué opción será la mejor hasta que no experimentemos con ellas. En la práctica esto puede significar intentar convertirse en un “separador” o “mezclador” o hacer algo tan simple como contratar a una niñera.
Cualquiera puede utilizar los pasos de este proceso para cambiar el estilo de vida que ya no le satisface. Definir nuestra identidad, lo que somos y lo que queremos ser, nos ayuda a decidir qué cambios nos convienen más y benefician a los que nos rodean. Experimentar incluso con pequeñas alteraciones en el estilo de vida nos permite afinar nuestro enfoque y encontrar el que más se ajusta a nuestras necesidades. Para aquellas personas que necesitan sólo mejoras ligeras, algún pequeño cambio es suficiente, pero para otros, cuyo estilo de vida les convierte en “cautivos”, “luchadores del trabajo” o “reactivos”, todos esos leves cambios deben aplicarse conjuntamente.

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Ganar el control, reducir las desventajas y explorar las nuevas opciones

Existen tres estrategias principales para cambiar un estilo de vida con el cual nos sentimos a disgusto: conseguir más control sobre las relaciones entre el trabajo y la vida privada, minimizar las desventajas del estilo de vida que llevamos y ensayar nuevas maneras de organizarse.
La primera estrategia está dirigida a ayudar a aquellos individuos cuya vidas profesionales y personales están en conflicto (los “reactivos”, los “luchadores del trabajo” o los “cautivos”). John, por ejemplo, es por la fuerza de las circunstancias (demasiada carga de trabajo y la enfermedad de su mujer) un “reactivo” que necesita reducir el nivel general de exigencias profesionales y familiares que pesan sobre él y convertirse gradualmente en un “separador - primarista del trabajo” o, al menos, un “sincronizador de calidad”. Su estrategia (y la de cualquiera en su situación) para conseguir un mayor grado de control sobre su vida incluiría las siguientes acciones:
Comunicar a la empresa nuestras nuevas necesidades y obtener de ellos el apoyo necesario. Para ello, en su trabajo y a corto plazo, John tendría que aprovechar las posibilidades que ofrece la empresa de permisos por enfermedad para atender a su esposa. A largo plazo, podría plantearse pedir una reducción de jornada.
Fijar las reglas de acceso. Además de reducir el número de exigencias que le presenta su vida profesional, John necesita adoptar hacia las mismas una actitud estratégica. Por ejemplo, mientras antes su disponibilidad para leer emails y recibir llamadas telefónicas era de 24 horas, en su situación actual debería fijar unas reglas claras de cuándo y cómo se le puede contactar.
No vacilar en pedir ayuda para gestionar mejor la situación actual. John podría pensar en contratar a una enfermera para el cuidado de su mujer o pedir a su jefe que le proporcionara uno o varios asistentes.
Limitar las multitareas y tratar de tomar pequeños descansos. A corto plazo, John puede limitar las multitareas hasta que de nuevo pueda pasar al estilo de vida ideal para él, el de “separador - primarista del trabajo”. También los pequeños descansos o períodos de alejamiento del trabajo y de la vida privada le ayudarán a reforzar el control sobre su vida.
La segunda estrategia consiste en ensayar nuevos comportamientos que minimicen las desventajas del estilo de vida actual. En el ejemplo particular de John, esto significaría reducir los efectos negativos que produce la integración de la vida familiar con la profesional. Debería dejar de verse como un “héroe” y tratar de asumir toda la carga del cuidado de los hijos y de su mujer. Para ello le vendría bien contratar a una cuidadora de confianza que le hiciera posible tomarse un respiro. En cuanto a las exigencias de su trabajo, John no debería leer sus emails, excepto en casos excepcionales. Lo mismo debería ser válido para las llamadas, tanto del trabajo como desde casa.
Cuando las estrategias para reconducir el estilo de vida actual o de minimizar sus consecuencias negativas resultan insuficientes, la tercera opción es intentar transformarlo radicalmente para comprobar si así es posible encontrar de nuevo el equilibrio. Tras constatar que la situación actual de su familia le obliga a integrar más el trabajo con su vida privada, y que integrarlos no es su “manera de ser flexible” ideal, John podría, al menos, experimentar con diferentes maneras de integración forzosa que resultaran más beneficiosas para él y su familia. A largo plazo, podría intentar separar más y volver a su estilo de vida ideal, el de “separador - primarista del trabajo”.

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Negociar un nuevo estilo de vida

La negociación de un nuevo estilo de vida es la mejor opción para todas aquellas personas que se sienten insatisfechas con el que actualmente siguen. La negociación es un proceso en el cual las dos partes tratan de superar las diferencias hasta llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas. En la negociación las partes presentan ofertas y contraofertas, hacen concesiones y alcanzan compromisos para resolver sus desencuentros.
Las dos condiciones principales para negociar un nuevo estilo de vida son la preparación y la colaboración. El tiempo dedicado a la preparación ayuda a superar la ansiedad y las vacilaciones que se sienten ante una negociación. La actitud colaboradora, por su parte, mediante la que no sólo consideramos nuestras necesidades, sino que tratamos además de proponer un acuerdo que satisfaga a la otra parte, es la que mejor funciona en la mayoría de los casos a la hora de conseguir un resultado positivo.
La preparación. Esta es la fase de conocimiento y exploración de nuestras necesidades y las posibilidades de satisfacerlas. En el tema concreto de la negociación de un nuevo estilo de vida profesional, que implique poner por delante la vida laboral de la familiar, esto significaría: imaginarse nuestra manera ideal de gestionar las prioridades profesionales y personales (por ejemplo: “ahora mismo quiero concentrarme lo suficiente sobre mi carrera profesional como para aprovechar la oportunidad de promoción que me ofrece mi empresa”); los cambios que necesitamos hacer para poder practicarla (“tendré que trabajar hasta altas horas de la noche en los próximos seis meses para estar a la altura de mis nuevas responsabilidades”); el mínimo de los cambios que podamos asumir (“como mínimo, tendré que trabajar hasta muy tarde dos noches a la semana para llegar a dominar los nuevos proyectos”); nuestras mejores opciones en el caso de que la otra parte (mi esposa) se muestre en desacuerdo con mi plan para el cambio (“tal vez, podría utilizar mi nuevo aumento de sueldo para contratar más servicio doméstico o cenar más veces fuera para no tener que cocinar en casa”).
La misma receta puede aplicarse a otros estilos de vida profesionales o personales. Un “luchador del trabajo”, obligado a viajar a menudo, y que quiere pasar más tiempo en el trabajo y en casa durante el año, puede tratar de llegar a un acuerdo con su jefe o clientes para no viajar en agosto y proponerle a su jefe estar disponible para los clientes, en ese tiempo, a través del teléfono. Con este pequeño cambio no sólo conseguiría lo que desea, sino que además reafirmaría su condición de persona completamente disponible durante todo el año.
La colaboración. Una vez hayamos reflexionado sobre lo que buscamos en una negociación y cómo el plan propuesto afectará a la otra parte, debemos iniciar la conversación sobre los reajustes que queremos introducir en nuestro estilo de vida. En el mundo de la negociación normalmente se utilizan dos tácticas principales: la negociación distributiva y la negociación integradora. La primera es un proceso en el cual participan dos adversarios, de los cuales uno está destinado a perder. Los participantes ocultan o enmascaran sus verdaderos intereses y tratan de obtener el máximo para sí a costa de la otra parte. La segunda táctica, en vez de ver en la negociación un proceso donde una parte gana a costa de otra, consiste en intentar colaborar entre las dos para encontrar soluciones que beneficien a ambas.
Por ejemplo, imaginemos una situación en la cual queremos dejar de trabajar los fines de semana, o las tardes durante los meses de verano, para participar en un entrenamiento para un maratón, incluso si la mayoría de nuestros compañeros de trabajo tienen que trabajar en esos meses. Negociar esta posibilidad, sin tener en cuenta los intereses de los demás, hará pensar a la otra parte que utilizamos la primera táctica de negociación, en la cual ella pierde y nuestras posibilidades de lograr algo son muy escasas. Sin embargo, si nos ofrecemos a trabajar horas extra en las fechas previas a las fiestas, como la Semana Santa o Navidad, a cambio del tiempo de verano que deseamos, la solución puede ser satisfactoria para ambas partes.

Conclusión

El conflicto entre la vida profesional y la personal se agudiza cada vez con mayor intensidad y, en consecuencia, aumenta el número de personas que tratan desesperadamente de encontrar nuevas “maneras de ser flexibles”: estilos de vida que les permitan superar ese conflicto y sentirse mejor en sus vidas personales y laborales.
Si los padres no pueden cumplir bien su papel con los hijos, las empresas y la economía en general pagarán el precio por el subdesarrollo de la próxima generación de trabajadores. Así, por ejemplo, las tasas de natalidad continuarán bajando en los países desarrollados en la medida en que las mejores personas en edad laboral sigan percibiendo que la inversión simultánea en la familia y el trabajo, por los esfuerzos y las tensiones que implica, resulta cada vez más difícil. En ese sentido, es urgente encontrar ideas de flexibilidad que garanticen una vida profesional y personal sana.
Como todos los esfuerzos importantes, el movimiento hacia la diversidad de los horarios laborales es un trabajo en progreso. Por este motivo, experimentar con nuevas ideas y enfoques, como las prácticas o sugerencias expuestas en el presente libro, aumenta nuestras posibilidades de crear un mundo en el cual las personas ya no tengan que elegir entre progresar en sus carreras profesionales o dedicar el tiempo necesario a la familia, la casa o la sociedad.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de los autores
Ellen Ernst Kossek es profesora en la Escuela de Trabajo y Relaciones Laborales de la Universidad Estatal de Michigan. Es una de los principales expertos en investigación sobre la mejora de las relaciones entre el trabajo, la familia y la vida personal en las empresas, en las nuevas modalidades de trabajo relacionadas con la flexibilidad (teletrabajo, horario flexible, carga de trabajo reducida), en la gestión del talento y la diversidad en la empresa global.
Brenda A. Lautsch, doctora en relaciones laborales y gestión de recursos humanos por la Escuela de Gestión Empresarial MIT Sloan, es profesora asociada en la Universidad Simon Fraser en Canadá. Su investigación está dedicada a las implicaciones que las nuevas modalidades de trabajo, incluidas las formas de trabajo contingentes y flexibles, tienen sobre el capital y la vida laboral y personal.
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