Grit
Resumen del libro

Grit

por Angela Duckworth

El poder de la pasión y la perseverancia

Bestseller en The New York Times

El esfuerzo cuenta el doble

 

No transcurre un día sin que lea u oiga la palabra talento. En todas las secciones del periódico —desde la página de Deportes hasta la de Negocios— abundan las alusiones al talento. Por lo visto, cuando alguien realiza una hazaña sobre la que vale la pena escribir, lo calificamos al instante de “sumamente talentoso”. Pero cuando le damos demasiada importancia al talento, estamos infravalorando todo lo demás.
Hace varios años leí “La mundanidad de la excelencia” un estudio sobre nadadores de competición. El título del artículo resume su principal conclusión: los logros humanos más deslumbrantes proceden en realidad de la combinación de innumerables elementos individuales que por separado son, en cierto sentido, corrientes.
Dan Chambliss, el sociólogo que realizó el estudio, escribió: “Un rendimiento prodigioso se debe en realidad a la confluencia de un montón de pequeñas habilidades o actividades adquiridas o descubiertas que se han estado practicando, hasta convertirse en hábitos y transformarse más tarde en un todo sintetizado. Ninguna de esas acciones tiene nada de extraordinario ni de sobrehumano, lo único es que al ejecutarlas correctamente de manera sistemática generan la excelencia”.
Aunque sea un error suponer que el talento es la explicación perfecta para un rendimiento deportivo impresionante, es lógico que la gente lo cometa. “Es fácil hacerlo —me contó Dan—. Sobre todo si solo observamos atletas de élite una vez cada cuatro años al ver las Olimpiadas por la televisión en lugar de presenciar cómo se entrenan a diario”.
Si el talento no basta para explicar los logros, ¿qué elemento falta?
Mi teoría de la psicología de los logros se basa en dos sencillas ecuaciones. Son las siguientes:
talento x esfuerzo = habilidad
habilidad x esfuerzo = logros
El talento es la rapidez con la que tus habilidades mejoran cuando te esfuerzas en ello. Los logros son lo que ocurre cuando aplicas las habilidades adquiridas. Por supuesto, las oportunidades que se te presentan —por ejemplo, tener un gran entrenador o profesor, o la suerte— cuentan también muchísimo y tal vez sean más importantes incluso que cualquier otra cosa en el plano individual. Aun así, mi teoría creo que es útil. Lo ilustraré con un ejemplo.
Warren MacKenzie es un famoso ceramista que vive en Minnesota. Ahora tiene noventa y dos años, pero ha estado trabajando sin parar en su oficio prácticamente toda su vida adulta. Según MacKenzie, “un buen ceramista hace cuarenta o cincuenta vasijas al día. Algunas son excelentes y otras son mediocres o malas”. De entre todas las piezas, solamente unas pocas se podrán poner a la venta y, de entre las seleccionadas, solo una pequeñísima cantidad “seguirá siendo un regalo para los sentidos después de usar las piezas a diario”.
MacKenzie sigue trabajando en el torno todos los días y a golpe de esfuerzo su habilidad como ceramista ha aumentado: “Cuando pienso en algunas de las vasijas que modelaba al principio, me doy cuenta de que eran horribles. Me costó mucho hacer las diez mil primeras vasijas —admitió—. Pero a partir de esa cantidad ya me resultó más fácil”:
talento x esfuerzo = habilidad
Al mismo tiempo, aumentó la cantidad de piezas de buena calidad que creaba:
habilidad x esfuerzo = logros
Alguien con el doble de talento y la mitad de esfuerzo que otra persona alcanzará el mismo nivel de habilidad, pero a la larga rendirá mucho menos, porque mientras la habilidad de un luchador mejora, también la está usando moldeando vasijas, escribiendo libros, dirigiendo películas, dando conciertos. Si lo que cuenta es la calidad y la cantidad de esas vasijas, libros, películas y conciertos, en este caso el luchador que iguala a otra persona con un talento innato al ponerle más esfuerzo llegará más lejos a la larga.

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Persevera hasta el final

El proceso de admisión para ingresar en West Point, la academia militar de Estados Unidos, es al menos tan riguroso como el de las universidades más selectas. Requiere haber sacado una nota muy alta en el SAT (la prueba de aptitud para entrar en la universidad) o en el examen exigido al terminar los estudios secundarios. Pero cuando solicitas ingresar en la Universidad de Harvard no tienes que empezar los trámites en el penúltimo año del bachillerato ni conseguir el aval de un congresista, un senador o del propio vicepresidente de Estados Unidos. Ni tampoco debes superar con resultados superlativos una prueba física durísima.
Todos los años, en el penúltimo curso del instituto, más de catorce mil solicitantes empiezan el proceso de admisión. De este número, solo cuatro mil conseguirán obtener el aval que necesitan. Poco más de la mitad de solicitantes —cerca de dos mil quinientos— lograrán superar las duras pruebas académicas y físicas de West Point, y de este grupo selecto solo mil doscientos serán admitidos como cadetes.
Y, sin embargo, uno de cada cinco cadetes dejará West Point antes de la graduación. Lo más chocante es que, históricamente, una gran cantidad de abandonos se da en el primer verano, durante un intenso programa de entrenamiento de siete semanas llamado Beast Barracks. O simplemente “Beast” (Bestial).
¿Por qué alguien que se pasa dos años intentando ingresar en un centro de estudios abandona durante los dos primeros meses?
¿Quiénes consiguen superar Beast?
En 2004, a los dos años de haberme licenciado en Psicología, decidí responder a esta pregunta, aunque durante décadas el ejército estadounidense se ha estado preguntando lo mismo. Varias generaciones de psicólogos se dedicaron a resolver el problema del desgaste, pero ninguno fue capaz de afirmar con absoluta certeza por qué algunos de los cadetes más prometedores abandonaban sistemáticamente la academia en los primeros meses.
Al poco tiempo de enterarme de cómo era el Beast, fui a ver a su despacho a Mike Matthews, un psicólogo militar que lleva años siendo profesor en West Point. Mike me explicó que los encargados del proceso de admisión calculan para cada solicitante la Puntuación Total del Candidato: la media ponderada de la nota del SAT o de la prueba exigida al terminar los estudios secundarios, de la posición en la que quedó dependiendo de la cantidad de alumnos de su clase que acabaron el bachillerato, de la valoración hecha por expertos sobre su potencial de liderazgo y del rendimiento basado en los indicadores objetivos de una buena forma física.
La Puntuación Total del Candidato es el factor más importante para ser admitido en West Point y, sin embargo, no prevé con fidelidad quiénes se graduarán. A decir verdad, los cadetes con la Puntuación Total del Candidato más alta tienden a abandonar West Point en la misma medida que los que sacan la más baja. Y por esta razón Mike estaba dispuesto a abrirme las puertas.
Lo que más le chocaba a Mike era que estar a la altura de la situación no tenía nada que ver con el talento. Los que dejaban la carrera militar raras veces lo hacían por falta de habilidades. Lo más importante para no tirar la toalla era la actitud de “no rendirse nunca”.
En aquella época no solo era Mike Matthews el que me hablaba de lo importante que era la actitud de perseverar ante un reto. Como estudiante de posgrado que estaba empezando a ver el alcance de la psicología del éxito, yo entrevistaba a líderes del mundo de los negocios, el arte, el atletismo, el periodismo, la universidad, la medicina y el derecho. ¿Quiénes destacan en su profesión? ¿Cómo son? ¿Qué cree que tienen de especial?
Fuera cual fuese el ámbito, los grandes triunfadores eran afortunados y talentosos. Pero la historia del éxito no se acaba aquí. Muchas de las personas con las que hablé me podían contar también historias de jóvenes promesas que, para sorpresa de todos, se rindieron o perdieron interés antes de poder manifestar su potencial. La combinación de pasión y perseverancia era lo que distinguía a los grandes triunfadores. En otras palabras, tenían grit. (Grit, palabra inglesa equivalente a pasión y perseverancia ante las metas a largo plazo).
A lo largo de mi investigación en West Point me preguntaba a mí misma: ¿cómo se podría medir algo tan intangible? Algo que psicólogos militares han sido incapaces de medir durante décadas. Algo que algunos de los triunfadores a los que había entrevistado me dijeron que reconocían a simple vista, aunque no supieran cómo medirlo.
Consulté las anotaciones tomadas en mis entrevistas. Y empecé a escribir una serie de preguntas que reflejaban, a veces literalmente, las descripciones de lo que significaba para ellos tener grit.
La mitad de las preguntas estaban vinculadas con la perseverancia. Planteaban hasta qué punto uno estaba de acuerdo con afirmaciones como “He superado reveses para vencer un reto importante” y “Acabo todo lo que empiezo”.
La otra mitad tenía que ver con la pasión. Preguntaban: “¿Tus intereses cambian de un año para otro?” y “¿Has estado obsesionado con una cierta idea o proyecto que ha dejado de interesarte al poco tiempo?”.
Lo que salió de estas preguntas fue la Escala del Grit, un test que al responderlo con sinceridad evalúa hasta qué punto abordamos la vida con grit.
En julio del 2004, en el segundo día de Beast, 1218 cadetes de West Point se sometieron al test de la Escala del Grit. Al cumplirse el último día de Beast, 71 cadetes habían dejado ya la academia. El grit resultó ser un factor predictor asombrosamente fiable de los que perseverarían hasta el final y de los que se rendirían. Al año siguiente volví a West Point para realizar el mismo estudio y los resultados fueron equivalentes.
¿Qué era entonces lo más importante para superar el Beast?
Sin duda, no era la nota del SAT, las notas del instituto, la experiencia en liderazgo ni las habilidades atléticas.
Ni tampoco la Puntuación Total del Candidato.
No era el talento.
Lo más importante era el grit.

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¿Cuánto grit tienes?

¿Cuán apasionado y perseverante eres? A continuación, encontrarás la Escala del Grit creada para el estudio que realicé en West Point. También la he usado en otros estudios que han corroborado su validez. Lee cada frase y elige la casilla de la derecha con la que más te identifiques. No pienses en exceso en las preguntas. Pregúntate simplemente cómo eres en comparación —no solo con tus compañeros de trabajo, amigos o familiares—, sino con la “mayoría de la gente”.
 

 
Para calcular tu puntuación total del grit, suma los puntos de las casillas y divide la cantidad entre 10. La puntuación máxima de esta escala es 5 (un grit alto) y la más baja posible es 1 (sin grit).
Ten en cuenta que tu puntuación es un reflejo de cómo te ves ahora. El grit que tienes en este momento de tu vida puede ser distinto del que tenías cuando eras más joven. Y si vuelves a hacer el test de la Escala del Grit más adelante, tal vez obtengas una puntuación distinta. Como veremos más adelante, hay muchos motivos para creer que el grit puede cambiar.
En conjunto, mi investigación revela que las cualidades psicológicas que los modelos consumados del grit tienen en común son cuatro.
Primero surge el interés. Cada persona con pasión y perseverancia que he estudiado puede señalar aspectos de su trabajo que le gustan menos que otros, y la mayoría tiene que aguantar al menos una o dos tareas que le desagradan. Sin embargo, por lo general su trabajo les cautiva y les parece importante.
Después aparece la capacidad de practicar. Tras haber descubierto un área en particular y sentir interés por ella, se dedican en cuerpo y alma a practicar la habilidad para llegar a dominarla, cueste lo que cueste. El grit consiste en no entregarse a la autocomplacencia.
En tercer lugar aparece el propósito. Su pasión aumenta al estar convencidos de que su trabajo es importante. Para unos pocos, la sensación de propósito surge enseguida, pero para muchos la motivación de servir a los demás va aumentando después de adquirir un interés y de irlo practicando de forma disciplinada durante años.
Y, por último, aunque no menos importante, surge la esperanza. La esperanza es estar a la altura de la perseverancia. Desde el principio hasta el final, es sumamente importante aprender a seguir adelante incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Las cuatro cualidades psicológicas del grit —el interés, la práctica, el propósito y la esperanza— no son dones que tengas o no y punto, sino que se pueden desarrollar.
Si quieres saber cómo conseguirlo, sigue leyendo.

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Interés

“Haced lo que os apasiona” es una frase popular con la que suelen arrancar las charlas. Lo he comprobado por mí misma al escucharla en mi época de estudiante o pronunciarla como profesora en muchas ocasiones. ¿Por qué es tan importante dedicarte a lo que de verdad amas en la vida?
En la última década los científicos que han estudiado el interés llegaron a una respuesta definitiva. En primer lugar, la investigación revela que nos sentimos mucho más satisfechos cuando trabajamos en algo que coincide con nuestros intereses personales. Es la conclusión de un metaanálisis realizado con la información de casi cien estudios distintos que incluían colectivamente a adultos en activo de prácticamente cualquier profesión concebible. Por ejemplo, las personas que gozan interactuando con la gente no son felices si tienen que trabajar solas frente a un ordenador el día entero, y se sentirán mejor dedicándose a otra cosa, como las ventas o la docencia.
En segundo lugar, cuando el trabajo nos interesa rendimos más. Es la conclusión de otro metaanálisis de sesenta estudios llevado a cabo a lo largo de los últimos sesenta años. Los empleados con una ocupación afín a sus intereses personales rinden más, son más serviciales con sus compañeros y conservan el trabajo más tiempo.
Sin duda es cierto que no te saldrá un trabajo en el que te guste todo lo que hagas. Y hay mucha gente en el mundo que no se puede permitir el lujo de elegir entre una gran diversidad de trabajos. Nos guste o no, hay limitaciones muy reales en cuanto a las posibilidades que tenemos para ganarnos la vida.
Sin embargo, como William James predijo hace un siglo, estos nuevos hallazgos científicos confirman las sabias palabras de apertura de un discurso de graduación: la manera “decisiva” de prever lo bien que nos irá en cualquier actividad depende del “deseo y la pasión, de la intensidad de nuestro interés…”.
Dicho esto, no creo que a la mayoría de los jóvenes se le tenga que animar a dedicarse a lo que les gusta. La mayoría haría justamente esto… si supiera lo que le gusta.
Cuando empecé a entrevistar a gente con un grit elevado, supuse que todos tendrían historias sobre el momento único en el que de repente descubrieron cuál era su vocación. Pero, en realidad, me contaron que se pasaron años explorando intereses diversos y que no fue hasta al cabo de un tiempo cuando se dieron cuenta de que aquel al que acabarían dedicando sus horas de vigilia era su verdadera vocación.
Mi colega Barry Schwartz ha estado aconsejando a jóvenes adultos angustiados durante mucho más tiempo que yo. Lleva cuarenta y cinco años enseñando psicología en la Universidad de Swarthmore.
Barry cree que lo que les impide a muchos jóvenes interesarse en serio por una carrera son sus expectativas poco realistas. “Es el mismo problema que tienen muchos jóvenes para encontrar pareja —observó—. Buscan a una persona muy atractiva y lista que sea además amable, empática, considerada y divertida… Están obsesionados con la perfección”.
La pasión por tu trabajo se parece un poco a un descubrimiento, seguido de mucho desarrollo y de toda una vida de profundización.
Al pasar revista a un estudio tras otro a gran escala, he descubierto que cuanto mayor es el grit de una persona, menos cambios en su carrera suele hacer.
En cambio, todos conocemos a gente que se lanza de cabeza a un nuevo proyecto, lo desarrolla con un vigoroso interés y, a los tres, cuatro o cinco años, lo cambia por otro totalmente distinto. Aunque no haya nada malo en tener varias aficiones, tener innumerables citas con nuevas ocupaciones sin optar nunca por una no es demasiado aconsejable que digamos.
En realidad, es normal sentir un cierto hastío después de dedicarnos a lo mismo durante un tiempo. A todos los seres humanos, incluso desde la infancia, nos gusta dejar de lado lo conocido para descubrir otras cosas nuevas y sorprendentes.
Si bien es corriente hartarnos de las cosas al cabo de un tiempo, no es algo inevitable. El secreto es que los principiantes ven lo nuevo de una manera y los expertos de otra. Para el principiante lo nuevo es cualquier cosa que no conozca. Para el experto, lo nuevo son los matices.
Pongamos, por ejemplo, el arte moderno. Muchas piezas que a un novato le resultan similares son muy distintas para un experto. Los novatos no tienen el bagaje de conocimientos necesario. No ven más que colores y formas. No están seguros de lo que significan. Pero el experto en arte posee en comparación conocimientos enormes. Ha desarrollado una sensibilidad para los detalles que el resto ni siquiera percibimos.
Así que, si lo que quieres es dedicarte a lo que te apasiona, pero aún no sabes qué es, el primer paso para lograrlo es descubrirlo.
Hazte varias sencillas preguntas. “¿En qué me gusta pensar?”. “¿En qué me gusta emplear el tiempo?”. Si te cuesta responder a estas preguntas, intenta recordar tu época de adolescente, la etapa de la vida en la que habitualmente nos empezamos a interesar por algo.
En cuanto tengas una cierta idea de lo que es, estimula tus intereses nacientes. Hazlo llevando a cabo algo en el mundo. Yo les aconsejo a los jóvenes que han acabado el instituto y que me preguntan retorciéndose las manos de angustia a qué pueden dedicarse: “¡Experimenta! ¡Prueba! Así tendrás más posibilidades de saberlo que si no haces nada”.
No te olvides de estimular tus intereses una y otra vez. Encuentra la forma de avivarlos. Y ten paciencia. Desarrollar un interés lleva su tiempo. Sigue haciéndote las preguntas y deja que las respuestas te conduzcan a otras preguntas. Sigue ahondando. Busca a otras personas que compartan tus mismos intereses. Recurre a un mentor estimulante.
Y si ya llevas varios años haciendo lo que te gusta y aún no sabes si verdaderamente es tu pasión, intenta profundizar tus intereses. Como a tu cerebro le gusta lo nuevo, puedes sentirte tentado a dejarlo por otra actividad nueva y quizá sea lo más sensato. Sin embargo, si quieres dedicarte a algo muchos años, encuentra la manera de disfrutar de los matices que solo un verdadero experto sabe apreciar. “Lo viejo en lo nuevo es lo que nos llama la atención —afirmó William James—. Lo viejo visto bajo una luz ligeramente distinta”.

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Práctica

Dado que todos los estudios revelan que las personas con más grit son las que suelen perseverar en algo más que el resto, parece ser que la mayor ventaja del grit sea simplemente dedicarse durante más tiempo a una tarea. Pero a la vez, me vienen a la cabeza muchas personas que, pese a contar con años de experiencia en su trabajo, se han quedado estancadas en la mediocridad.
Anders Ericsson ha dedicado su carrera a estudiar cómo los expertos adquieren sus extraordinarias habilidades. Según él, si se le hiciera un seguimiento al progreso de figuras de talla mundial, se vería que su habilidad ha ido mejorando gradualmente a lo largo de los años. A medida que mejoran, progresan a un ritmo más lento. Esto nos pasa a todos. Cuanto más dominamos un campo, más pequeños serán los progresos que hagamos de un día a otro.
No es de extrañar que en el desarrollo de una habilidad se dé una curva de aprendizaje. Pero la escala de tiempo en la que tiene lugar sí que es sorprendente. En uno de los estudios de Ericsson, los mejores violinistas de un conservatorio alemán acumularon unas diez mil horas de práctica a lo largo de diez años antes de alcanzar niveles de experiencia de élite. En comparación, otros alumnos menos destacados acumularon la mitad de horas de práctica durante el mismo espacio de tiempo.
Diez mil horas de práctica a lo largo de diez años no es más que un promedio aproximado, pero nos da una sensación visceral de la escala de la inversión requerida. No obstante, el descubrimiento más importante de Ericsson no es que los expertos acumulen más horas de práctica, sino que practican de distinta forma. A diferencia de la mayoría de la gente, acumulan miles y miles de horas de lo que Ericsson llama “práctica deliberada”.
En la práctica deliberada, los expertos se fijan un objetivo de autosuperación, centrándose en un aspecto de su rendimiento general. En lugar de concentrarse en lo que ya hacen bien, intentan mejorar sus puntos débiles, averiguando lo antes posible si han progresado. Significa que están más interesados en lo que han hecho mal —para solucionarlo— que en lo que han hecho bien. Después de alcanzar su objetivo de autosuperación van a por otro, y empiezan de nuevo. Uno a uno, estos sutiles perfeccionamientos los van llevando a una maestría excepcional.
Si no eres ajedrecista, músico o atleta, tal vez te preguntes si estos principios de la práctica deliberada te servirán a ti. Te puedo contestar sin reservas que la respuesta es sí. Cualquier habilidad humana se puede descomponer en las habilidades que la forman para poder practicar, practicar y practicar cada una de ellas.
Intentar llevar nuestra habilidad lo más lejos posible con una concentración total es extenuante. Ericsson señala que incluso las figuras de primera en la cúspide de su carrera aguantan como máximo una hora de práctica deliberada antes de necesitar un descanso, y en total solo pueden dedicarle de tres a cinco horas diarias.
Un año después de que Ericsson y yo empezáramos a trabajar juntos, Mihaly Csikszentmihalyi pasó el verano en mi universidad como profesor residente. Csikszentmihalyi es un psicólogo tan eminente como Ericsson, y ambos han dedicado su carrera al estudio de los expertos. Pero sus relatos sobre la experiencia del más alto nivel no podrían ser más distintos.
Para Csikszentmihalyi, la marca de la experiencia de los expertos es el fluir, un estado de concentración absoluta “que produce una sensación de espontaneidad”. Por ejemplo, un director de orquesta le comentó a Csikszentmihalyi:
“Entras en un estado de éxtasis tan profundo que te sientes casi como si no existieras… Las manos parecen tener vida propia y todo tiene lugar sin que yo haga nada. Simplemente estoy sumido en un estado de maravilla y asombro. Y la música fluye por sí sola”.
Práctica deliberada y fluir no son experiencias antagónicas en los expertos. La práctica deliberada se planea minuciosamente; en cambio, el estado de fluir es espontáneo. La práctica deliberada requiere trabajar en retos que superan las habilidades de uno, mientras que el fluir surge cuando el reto está a la altura de las propias habilidades. La gente con más grit hace más práctica deliberada y entra con mayor frecuencia en un estado de fluir. Podríamos decir que la práctica deliberada es para la preparación, y el fluir para la actuación.
Aparte de conseguir un entrenador, mentor o profesor excepcional, ¿cómo puedes dar lo mejor de ti con la práctica deliberada y entrar —al habértelo ganado— en un estado de fluir más a menudo?
Los requisitos básicos de la práctica deliberada son los siguientes:
· Un objetivo de autosuperación claramente definido.
· Una absoluta concentración y esfuerzo.
· Una información inmediata y reveladora.
· Una repetición reflexiva y perfeccionadora.
Pero ¿cuántas horas de práctica dedica la mayoría de la gente a estos cuatro puntos? Supongo que mucha gente va por la vida sin hacer una sola hora de práctica deliberada al día.
Incluso los supermotivados que trabajan hasta el agotamiento tal vez no estén realizando una práctica deliberada, sino simplemente “calentando la silla”. Esto me lleva a mi segunda sugerencia para sacarle todo el jugo a la práctica deliberada: conviértela en un hábito.
Me refiero a que averigües cuándo y dónde te sientes más cómodo haciéndola. En cuanto lo sepas, ejecútala a esa hora a diario. ¿Por qué? Porque las rutinas son un don del cielo cuando se trata de llevar a cabo algo difícil. Lo haces sin más. “No hay ser humano más desdichado”, observó William James, que aquel que debe decidir de nuevo cada día “cómo empezará cada pequeña parte de su trabajo”.
Mi tercera sugerencia para sacarle el mayor partido a la práctica deliberada es cambiar el modo de experimentarla. Se trata de ser consciente del momento sin juzgar. De desprenderte de los juicios que te impiden disfrutar del reto. Cometerás un error tras otro, un fallo tras otro, porque estás ante retos que superan tus habilidades y eso exige una gran concentración, observar la información recibida y mucho aprendizaje. Lo importante es no sentirte atormentado por intentar hacer lo que aún no sabes hacer.
No sé si conseguirás que la práctica deliberada te extasíe como el fluir; sin embargo, creo que puedes decirte a ti mismo y a los demás: “¡Ha sido duro! Pero ¡me lo he pasado fenomenal!”.

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Propósito

Cuando hablo con personas con mucho grit y me cuentan que lo que persiguen tiene un propósito, se refieren algunas veces a alguien en particular (“mis hijos”, “mis pacientes”, “mis alumnos”) y otras, a algo abstracto (“este país”, “el deporte”, “la ciencia”, “la sociedad”). Pero lo expresen como lo expresen, el mensaje es el mismo: las largas mañanas y tardes de duro trabajo, los reveses, las decepciones, las luchas y sacrificios… todo esto ha valido la pena porque al final sus esfuerzos han beneficiado a otros.
El propósito es importante, pero ¿hasta qué punto lo es comparado con otras prioridades en la vida?
Los seres humanos buscamos el placer porque, en general, lo que nos da placer es aquello que aumenta nuestras posibilidades de sobrevivir. Si nuestros antepasados no hubieran anhelado la comida y el sexo, por ejemplo, no habrían vivido demasiado tiempo o no habrían tenido demasiados retoños.
Por otro lado, somos seres sociales en el sentido más profundo, porque el impulso de conectar y ayudar a los demás también fomenta la supervivencia. La sociedad depende de unas relaciones interpersonales estables y en muchos sentidos nos sustenta, nos guarece de los elementos y nos protege de los enemigos. El deseo de conectar es una necesidad humana tan básica como el deseo de placer.
En lo que se refiere a la búsqueda del placer, las personas con más grit son como cualquier otra persona: el placer tiene una cierta importancia en su vida, por más grit que tengan. Pero la diferencia estriba en que están mucho más motivadas que el resto para buscar una vida significativa centrada en los demás. La alta puntuación ligada con el propósito está relacionada con la puntuación más alta en la Escala del Grit.
Los que tienen una meta del nivel superior tan coherente con el mundo que le da sentido a todo cuanto hacen, por pequeño o tedioso que sea, son muy afortunados. Como lo ilustra la parábola de los albañiles:
“¿Qué estáis haciendo?”, les preguntaron a tres albañiles. “Estoy construyendo una pared de ladrillos”, contestó el primero. “Estoy creando una iglesia”, afirmó el segundo. “Estoy levantando la morada de Dios”, respondió el tercero.
El primer albañil tiene un trabajo. El segundo una carrera. El tercero una vocación. A muchos les gustaría ser como el tercer albañil, pero se identifican con el primero o el segundo. Me gustaría señalar que no hay nada “malo” en ver el trabajo simplemente como un medio de vida honrado. Pero la mayoría de las personas anhelan algo mejor.
Las vocaciones tienen muy poco que ver con la descripción oficial de los trabajos. En realidad, cualquier ocupación puede ser un trabajo, una carrera profesional o una vocación. Lo que cuenta es si creemos que construir paredes de ladrillos es simplemente algo necesario, una carrera con futuro o un trabajo que nos conectará con algo más importante que nosotros mismos. La forma de ver nuestro trabajo es más importante que la definición de la ocupación en sí.
La investigación de Adam Grant, colega mío y profesor en la Escuela de Negocios Wharton, demuestra que a los jefes y empleados que tienen en cuenta tanto sus intereses personales como sus intereses prosociales (los dos a la vez), les van mejor las cosas a la larga que a los que tienen una motivación puramente egoísta.
Por ejemplo, Adam le preguntó a un grupo de bomberos municipales: “¿Qué te motiva para hacer tu trabajo?”. Después averiguó las horas extras que estuvieron haciendo durante los dos meses siguientes, esperando que los más motivados para ayudar a la gente demostraran tener más grit que el resto. Pero muchos de los motivados para ayudar a la gente hacían menos horas extras. ¿Por qué?
Había pasado por alto una segunda motivación: sentirse atraído por el trabajo. Solo cuando disfrutaban con su trabajo el deseo de ayudar a los demás les hacía esforzarse más. En realidad, los bomberos que afirmaron tener una motivación prosocial (“Porque quiero ayudar a los demás con mi trabajo”) y un interés intrínseco en su trabajo (“Porque me gusta”) solían hacer más de un 50 por ciento de horas extras adicionales a la semana que el resto.
Tengas la edad que tengas, nunca es demasiado pronto o demasiado tarde para empezar a cultivar una sensación de propósito en la vida. Tengo tres sugerencias para ello:
1. Reflexiona sobre cómo el trabajo al que te dedicas puede contribuir positivamente al progreso de la sociedad.
2. Piensa en cómo, de pequeñas aunque importantes formas, puedes modificar el trabajo que haces para mejorar la relación que tiene con tus valores esenciales.
3. Encuentra la inspiración en un modelo de conducta que tenga un propósito en la vida. ¿Se te ocurre alguien cuya vida te inspire para ser mejor persona? ¿Quién es? ¿Por qué?

Esperanza

¿Qué es la esperanza?
Tengo la sensación de que “Mañana será otro día” es distinto de “Estoy decidido a que mañana las cosas me vayan mejor”. La esperanza de las personas con grit no tiene nada que ver con la suerte y sí todo con volver a levantarse del suelo.
En 1964, Marty Seligman y Steve Maier realizaron una serie de experimentos que fueron el inicio de los estudios que demuestran que no es el sufrimiento lo que lleva a la desesperanza, sino el sufrimiento que creemos no poder controlar.
Las personas optimistas viven las mismas situaciones negativas que las pesimistas. Pero las interpretan de distinta manera: los optimistas, en general, intentan descubrir las causas temporales y concretas de su sufrimiento; en cambio, los pesimistas lo achacan a causas permanentes y omnipresentes.
Las explicaciones permanentes y omnipresentes para la adversidad transforman las pequeñas complicaciones en grandes catástrofes. Hacen que te parezca lógico rendirte. Pero si eres un optimista, tal vez te digas: “No he organizado bien mi tiempo” o “No he trabajado bien a causa de las distracciones”. Estas explicaciones son temporales y concretas, y al ser “resolubles” te motivan a quitarte estos problemas de encima.
A mí me gusta interpretar la mentalidad de crecimiento de las personas con grit de esta forma: algunas personas creen, en el fondo, que podemos cambiar. Al tener una mentalidad de crecimiento suponen que es posible, por ejemplo, volvernos más inteligentes si disponemos de las oportunidades y el apoyo necesarios, si nos esforzamos lo bastante y si creemos poder hacerlo. En cambio, otras creen que podemos aprender habilidades, como montar en bicicleta o expresar un buen argumento comercial, pero que nuestra capacidad de aprendizaje —nuestro talento— no se puede mejorar. El problema de esta mentalidad fija —y muchas personas que se consideran talentosas la tienen— es que no hay un camino sin baches. Al final nos toparemos con uno. En ese momento una mentalidad fija es una desventaja enorme. Es cuando un suspenso, una carta de rechazo, un informe decepcionante sobre el progreso realizado en el trabajo o cualquier otro revés nos hunde.
Creo de verdad que todos creamos en nuestra mente teorías sobre nosotros mismos y el mundo, y que esto determina lo que hacemos.
Al mismo tiempo, no se puede negar que lo que no nos mata a veces nos debilita más aún. La pregunta más apremiante es “¿Cuándo?”. ¿Cuándo una dificultad lleva a la esperanza y cuándo, a la desesperanza? Las investigaciones científicas revelan claramente que vivir un trauma sin poder controlar la situación es debilitante, sobre todo si ocurre a edades tempranas. Pero también me preocupan las personas que van por la vida sin sufrir el menor revés durante mucho tiempo, hasta que de pronto se enfrentan a su primer fracaso. Apenas tienen práctica en caerse al suelo y volver a levantarse. Tienen muchas razones para adquirir una mentalidad fija.
Veo a muchos estudiantes brillantes con una vulnerabilidad, que no se aprecia a simple vista, perder el equilibrio e intentar levantarse de nuevo. Los llamo los “frágiles perfectos”. A veces me los encuentro en mi despacho después de un examen de mitad de trimestre o del examen final. Enseguida se hace patente que estos estudiantes tan brillantes y maravillosos saben triunfar, pero no saben fracasar.

Conclusión

En este libro he hablado del poder del grit para ayudarte a desarrollar tu potencial. Lo he escrito porque lo que alcancemos en la maratón de la vida dependerá enormemente de nuestro grit: de nuestra pasión y perseverancia ante las metas a largo plazo. Obsesionarnos con el talento nos impide ver esta sencilla verdad.
Me gustaría concluir con la idea de que tu grit puede aumentar.
Veo dos formas de conseguirlo. Una consiste en hacerlo por ti mismo, “de dentro afuera”, al cultivar tus intereses. Adquiere la costumbre de ponerte retos a diario para sobresalir en alguna habilidad. Puedes vincular tu trabajo con un propósito que vaya más allá de ti. Y aprender a tener esperanza cuando la situación parezca no tener remedio.
Y la otra es aumentar tu grit “de fuera adentro”, con la ayuda de los padres, los entrenadores, los profesores, los jefes, los mentores, los amigos… Para desarrollar tu grit es fundamental la ayuda de otras personas. Si estoy rodeado de personas que escriben artículos, dan conferencias y trabajan duro, suelo imitarlas. Si estoy rodeado de un montón de gente que hace las cosas de una determinada forma, yo también lo hago. El impulso de encajar —de integrarte en el grupo— es muy poderoso. Algunos de los experimentos más importantes de psicología en la historia han demostrado la rapidez con la que un individuo se amolda, a menudo sin advertirlo, a un grupo que actúa o piensa de distinta forma que él. Si estás rodeado de personas con grit, actúas con más grit
Con frecuencia me preguntan si cuando fomentamos el grit en nuestros hijos no les estamos haciendo un flaco favor al esperar demasiado de ellos. “Tenga cuidado, doctora Duckworth, o nuestros hijos crecerán creyendo que pueden ser un Usain Bolt, un Wolfgang Amadeus Mozart o un Albert Einstein”.
Si no podemos ser un Einstein, ¿vale la pena estudiar física? Si no podemos ser un Usain Bolt, ¿debemos salir a correr hoy por la mañana? ¿Tiene algún sentido correr un poco más rápido o durante un poco más de tiempo de lo que corrimos ayer? En mi opinión, son preguntas absurdas. Si mi hija me dijera: “Mamá, hoy no debería seguir tocando el piano porque nunca llegaré a ser un Mozart”, le respondería: “No lo estás tocando para ser un Mozart”.
Todos nos enfrentamos a límites no solo en lo que se refiere al talento, sino también a las oportunidades. Pero más a menudo de lo que creemos, somos nosotros mismos los que nos los ponemos. Intentamos algo, fracasamos y concluimos que nos hemos dado un cabezazo contra el techo de las posibilidades. O quizá después de dar unos pocos pasos, cambiamos de dirección. En cualquiera de los casos, nunca nos aventuramos a ir tan lejos como podríamos haber ido.
Tener grit es seguir dando un paso tras otro. Perseverar en una meta interesante y llena de sentido. Es dedicarnos, día tras día y año tras año, a una práctica que supone un reto. Es caernos al suelo siete veces y levantarnos ocho.
Recientemente un periodista me entrevistó. Mientras recogía sus notas, comentó: “Es evidente que podrías haber seguido hablando todo el día. Este tema te apasiona”. “¡Vaya!, ¿acaso hay algo más importante que esto?”, repuse. El periodista soltó unas risitas. “A mí también me encanta lo que hago —afirmó—. Conozco a un montón de gente que a los cuarenta todavía no les atrae nada en la vida. Parece mentira, ¿no? No saben lo que se están perdiendo”.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de la autora
Angela Duckworth
Angela Duckworth obtuvo la beca MacArthur en 2013 y actualmente es profesora de Psicología en la Universidad de Pensilvania. Ha asesorado a la Casa Blanca, al Banco Mundial, a equipos de la NBA y de la NFL, y a ejecutivos de la lista Fortune 500. Antes de dedicarse a la investigación, fue una premiada profesora de Matemáticas y Ciencias.
Duckworth se licenció en Neurobiología en la Universidad de Harvard, obtuvo un máster en Neurociencia en la Universidad de Oxford y se doctoró en Psicología en la Universidad de Pensilvania.
Ficha técnica
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