Eso lo explica Todo
Resumen del libro

Eso lo explica Todo

por John Brockman

Ideas bellas, profundas y elegantes sobre cómo funciona el mundo

Introducción

Pueden venir de la nada, como un chispazo. O pueden aparecer tras años de búsqueda, dándole respuesta a algo que, hasta entonces, parecía imposible de resolver. Todo el mundo las tiene y, en la mayoría de las ocasiones, lo que diferencia a unas personas de otras es la capacidad de sacarlas de su cabeza para aplicarlas en la realidad. Sí, estoy hablando de las ideas y, en consecuencia, de sus mejores amigas: las preguntas.
Para nuestra asociación, formada por las principales figuras culturales del momento, las preguntas son el paso previo a cualquier idea. Por ello nos reunimos una vez al año, con el objetivo de buscar una cuestión que nos haga reflexionar incluso más que de costumbre.  Pensar una pregunta no es fácil. Buscamos preguntas que inspiren respuestas impredecibles, que provoquen a las personas a generar ideas que normalmente no se les ocurrirían.
Tal vez el mayor placer de la ciencia proviene de las teorías que, de manera sorprendente, solucionan algún rompecabezas profundo a través de un conjunto de principios simples. Estas explicaciones se etiquetan como “bellas” o “elegantes”. Como dijo el gran físico teórico Dirac: “Es más importante que tus ecuaciones sean bellas a que se ajusten a tu experimento”.
De acuerdo con los valores de nuestro movimiento, la pregunta de este año es «¿Cuál es tu explicación bella, profunda o elegante preferida?». Y la respuesta online ha sido enorme: unas doscientas discusiones provocativas y, a menudo, interminables. Lo que viene a continuación es una selección de las mejores aportaciones provenientes de los grandes pensadores de nuestros días.
La filosofía, la economía, la historia, la lingüística y el comportamiento humano son solo algunos de los temas en los que estás a punto de sumergirte. Prepárate para recorrer los asuntos más fascinantes de la humanidad a lo largo de los próximos minutos. Bienvenido al paseo más asombroso por las fronteras del conocimiento.


Los conflictos de la vida social humana y las implicaciones de la epigenética

La vida es producto de la selección natural, que está impulsada por la competición entre reproductores. El resultado depende de los reproductores más eficientes para copiarse a sí mismos, y de la rapidez con la que sus copias puedan replicarse. El primer aspecto de competición puede llamarse supervivencia y el segundo replicación.
Uno de los dilemas de la vida es si otorgar recursos para producir el mayor número posible de cachorros y dejar que se valgan por ellos mismos, o bien producir menos descendientes y potenciar las probabilidades de supervivencia y reproducción de cada uno de ellos. Puesto que la implicación del macho es limitada, los progenitores se enfrentan a un segundo dilema: invertir recursos en un cachorro determinado o bien conservar estos recursos para invertirlos en el resto de las crías.
Curiosamente, los seres humanos nos enfrentamos a los enigmas de la vida sin limitarnos a las adaptaciones fijadas por la evolución. También lo hacemos mediante la adaptación de facultades más flexibles, como el conocimiento, el lenguaje y la socialización, que desplegamos en nuestras vidas y cuyos resultados compartimos a través de la cultura.
A partir de estos principios sobre el proceso evolutivo, uno puede deducir muchísimas cosas sobre la vida social de nuestra especie. La primera es que el conflicto es una parte de la condición humana: todas las sociedades tienen cierto grado de desigualdad de poder y de riqueza, hostilidad hacia otros grupos y conflictos dentro del propio grupo. En el mundo real, nuestras historias vitales son, en buena parte, historias de conflictos: las heridas, culpabilidades y rivalidades causadas por amigos, parientes y rivales.
El principal refugio de este conflicto es la familia. Así, vemos que las sociedades tradicionales están organizadas alrededor del parentesco, y que los líderes políticos, desde los grandes emperadores hasta los tiranos, persiguen transferir el poder a sus descendientes. Esta circunstancia amenaza constantemente a las instituciones sociales, tanto religiosas como las de gobiernos o empresas, que compiten con los vínculos instintivos de la familia.
No obstante, ni siquiera las familias son santuarios perfectos protegidos del conflicto. Así como un descendiente tiene interés en el bienestar de sus hermanos, puesto que comparte la mitad de sus genes con cada uno de ellos, también comparte todos sus genes consigo mismo, con lo cual tiene un interés desproporcionado en su propio bienestar. El conflicto se desarrolla a lo largo de toda la vida en problemas tan dispares como la depresión posparto, la rivalidad entre hermanos o las peleas por la herencia.
En consecuencia, una gran cantidad de nuestros conflictos surgen de un pequeño número de rasgos del proceso que hizo posible la vida. Esto no significa que las personas seamos robots controlados por la genética o que la gente sea inmune a las influencias de su cultura, por supuesto. De hecho, una de las explicaciones más monumentales que ha surgido en los últimos tiempos en las ciencias sociales y biológicas así lo corrobora.
La epigenética se basa en el concepto de que las fuerzas medioambientales pueden afectar al comportamiento de los genes, ya sea encendiéndolos o apagándolos. Los científicos proponen la hipótesis de que los factores epigenéticos desempeñan una función en el origen de muchas enfermedades, trastornos y variaciones humanas, desde el cáncer hasta las enfermedades mentales, pasando por alteraciones en la conducta de las personas.
Pongamos como ejemplo a los bereberes marroquíes, personas con perfiles genéticos muy similares que actualmente residen en tres entornos distintos: algunos recorren el desierto como nómadas, otros desempeñan actividades agrícolas en las laderas de las montañas, y el resto habita en los pueblos y ciudades de la costa marroquí. Dependiendo del lugar en el que viven, hasta un tercio de sus genes tienen una expresión diferenciada.
El filósofo del siglo XVIII John Locke estaba convencido de que la mente humana es una tabla rasa en la que el entorno inscribe la personalidad. Con la misma seguridad, otros han afirmado convencidos que los genes orquestan nuestro desarrollo, nuestras enfermedades y nuestro estilo de vida. Ninguno estaba en lo cierto. Podríamos decir que los genes contienen las instrucciones, y los factores epigenéticos dirigen cómo se desarrollan estas instrucciones. Los genes no son el destino; pero tampoco lo es el entorno.

El poder de lo absurdo y la importancia del individuo

Hablemos de esa fuerza que mueve el universo y la historia. Que determina lo que está bien y lo que está mal. Aquella cuya existencia básicamente escapa a la razón y es totalmente inmune a la lógica. Llamémoslo amor de Dios o devoción por una causa, al final eso es lo de menos. Se trata del “privilegio de la absurdidad, a la cual no está sujeta ninguna criatura viviente, excepto la humana”, de la cual escribió Hobbes en Leviatán.
A diferencia del resto de seres, los humanos definimos nuestras tribus en términos abstractos. A menudo, luchamos por lograr un largo vínculo emocional e intelectual con otros humanos anónimos. Y buscamos matar y morir heroicamente, no con el fin de preservar nuestras propias vidas o las de las personas que nos conocen, sino en nombre de una idea. Ese concepto que nos hemos formado de nosotros mismos de “quiénes somos”.
Los valores sagrados y las ideas religiosas son culturalmente universales, aunque su contenido varía de manera notable entre las distintas culturas. Los occidentales consideran a las personas que venden a sus hijos o traicionan a su país sociópatas. Otras sociedades consideran inmoral el adulterio o el desprecio por los pobres. Sin embargo, no ven necesariamente indecente la venta de niños o la negación de la libertad de expresión.
Los valores sagrados solo acostumbran a adquirir una fuerte relevancia cuando se desafían, de la misma manera que los alimentos adquieren un mayor valor cuando no se tiene acceso a ellos. Las personas de un medio cultural suelen ignorar lo que es sagrado para otro medio y, al hacerse conocedores de los valores del otro, los encuentran inmorales y absurdos. Los proabortistas y sus detractores son un buen ejemplo de ello.
Cuanto más inexplicables resultan la propia devoción y el compromiso por una causa sagrada, mayor es la fe que otros depositan en ella y más compromiso genera esta fe por parte de sus seguidores. Si algo nos enseña la evolución es que los humanos somos criaturas con pasión y que la razón está principalmente dirigida al interés particular y a la persuasión política, y no tanto a la verdad filosófica o científica.
Insistir en que la racionalidad es el mejor medio y la mejor esperanza para triunfar sobre la irracionalidad desafía todo aquello que la ciencia nos enseña sobre nuestra naturaleza apasionada. El tema se acerca tanto a lo que queremos o no queremos ser que llega a asustar. Como escribió Lord Acton en una carta desde Nápoles en 1887: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe de manera absoluta”.
Encuentro que la frase explica que un pintor fracasado como Adolf Hitler y un seminarista fallido como Joseph Stalin pudieran acabar con la sangre de millones de personas en sus manos. O que los emperadores chinos, los papas de Roma y la aristocracia francesa fueran incapaces de resistirse a los encantos del poder. Cuando una religión o ideología se vuelve dominante, la falta de control lleva a la degradación y la corrupción.
Pero, como reacción a estos individuos, a veces surgen figuras mucho más dignas de admiración: Konrad Adenauer en Alemania, Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética o Den Xiaoping en China. A pesar de los esfuerzos científicos por averiguar nuestros patrones de conducta, sigue siendo impresionante el impacto de los individuos y de los pequeños grupos que luchan a contracorriente.
No se pueden pasar por alto este tipo de ejemplos, ya que son los que marcan la diferencia aunque no estén sujetos a las pautas académicas. Debemos tener presente el famoso mandato de la antropóloga Margaret Mead: “No dudéis nunca de que un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos es capaz de cambiar el mundo; de hecho, es lo único que ha sido capaz de hacerlo”.

Compromiso: el dilema del prisionero y la influencia del grupo

A mediados del siglo XX, una neoyorquina llamada Kitty Genovese fue asaltada y asesinada mientras decenas de personas decidían no intervenir. Un colaborador del New York Times denunció la insensibilidad de los neoyorquinos y los expertos afirmaron que la vida en la ciudad había vuelto despiadados a sus residentes. No se entendía cómo tantos individuos aparentemente normales habían rechazado ayudar a otra persona a la que estaban matando.
A los psicólogos sociales se les enseña a superar la tendencia natural de culpar a la gente por la conducta aparentemente condenable y a buscar, en cambio, explicaciones en el entorno. En una serie de estudios brillantes, dos psicólogos grabaron en vídeo a alumnos que estaban sentados en una sala que iba llenándose de humo. Los autores del estudio bombearon humo en la sala con una máquina oculta tras una ventana, con un efecto que sugería que podía haber un incendio cerca. Cuando un sujeto estaba solo en la sala, normalmente salía corriendo y avisaba a los experimentadores de que algo iba mal. Pero, cuando el sujeto estaba rodeado de dos o tres personas compinchadas con el experimento, a menudo permanecía sentado, incluso cuando perdía de vista a los otros por la densa humareda. Cuando luego se les preguntaba, estos estudiantes declaraban que habían elegido no actuar porque habían deducido que el humo era benigno. La elegante aportación de este experimento fue que las reacciones humanas no funcionan de la misma manera que los objetos. Así como cuatro bombillas son más eficaces para iluminar una estancia que tres, y tres altavoces llenan una sala de ruido con mayor efectividad que dos, dos personas son a menudo menos efectivas que una sola. Pero ¿qué ocurre en el caso de que se produzca una interacción de grupo? ¿Empuja a correr riesgos o a ser precavidos?
En otro experimento, estudiantes con relativos prejuicios y otros con más bien pocos se separaron por grupos y se les pidió que reaccionaran, antes y después de comentarlo entre ellos, a dilemas raciales. La discusión con compañeros de mentalidades parecidas aumentó la brecha de actitud entre los grupos con muchos y con pocos prejuicios. De experimentos como este surgió un principio profundo y de elegancia sencilla: “La interacción de grupo tiende a amplificar las inclinaciones iniciales de la gente”.
Hoy en día abundan ejemplos similares. Con el aumento de la movilidad, las comunidades conservadoras atraen a los conservadores y las progresistas, a los progres. En Estados Unidos, los condados en los que más de un 60 % de los habitantes vota por un mismo candidato casi se dobló entre 1976 y 2008. Llevada al extremo, esta polarización de grupo nos lleva al terrorismo.
No suele surgir de manera repentina, como acto personal en solitario, sino que los impulsos terroristas aparecen más bien entre personas que se juntan por el hecho de compartir enemigos. Aislados de influencias moderadoras, la interacción de grupo se convierte en un amplificador social.
Internet acelera las oportunidades tanto para los pacifistas como para los neonazis. Cuando se organizan en redes sociales, los gatos del mismo pelaje encuentran magnificados sus intereses compartidos, sus actitudes y sus desconfianzas. La segregación de opiniones más la conversación solo tiene un resultado posible: polarización.
La única receta que tenemos ante esta situación es la tolerancia y colaboración entre personas que piensan diferente. Juegos como “el dilema del prisionero” son un buen ejercicio para ello. En este juego, la policía arresta a dos sospechosos. Si uno confiesa y el cómplice no, el cómplice será condenado a diez años y el primero será liberado. En el caso opuesto, con el cómplice confesando y el otro callando, sería el cómplice el que saldría libre, mientras que el otro recibiría la pena de diez años.
Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, ambos serán encerrados únicamente un año. Esta última es la mejor opción para los dos, pero, si tu compañero te traiciona, te arriesgas a quedarte con la peor condena mientras él no pisa la cárcel. Si no confías en la otra persona, confesar siempre será más rentable. Pero si los dos jugadores confiesan, a ambos les irá peor que si hubiesen cooperado.
De un amplio abanico de disciplinas, hicieron cientos de pruebas del dilema del prisionero con una máquina. Al final, la estrategia que obtuvo más puntos fue también la más sencilla. El clásico ojo por ojo, una estrategia en la que el jugador cooperaba en la primera jugada y a partir de ahí hacía lo mismo que su contrincante fue la ganadora.
Esta explicación se documentó, entonces, con seres vivos mediante un elegante experimento. Los peces espinosos, al acercarse por parejas a un depredador, desarrollan cuatro comportamientos distintos. Pueden nadar juntos, ponerse uno en cabeza mientras el otro lo sigue de cerca y viceversa, o pueden ambos optar por retirarse. Estas cuatro posibilidades satisfacen las cuatro desigualdades que definen el dilema del prisionero.
Al ser imposible entrenar a los peces, los expertos pusieron en el acuario un solo espinoso y un juego de espejos que actuarían como dos tipos distintos de compañeros. En el primer tratamiento se usó un espejo paralelo para simular un compañero colaborador que nadara al lado del espinoso paciente. En el segundo, un sistema de espejos simulaba un socio traicionero, es decir, a medida que el espinoso se acercaba al depredador, el compañero parecía quedarse cada vez más atrás.
Cuando los espinosos se asociaban a un traicionero, preferían el lado más seguro del acuario, más lejos del depredador. Pero, en las pruebas con el espejo de colaborador, los espinosos tenían el doble de posibilidades de aventurarse al lado más cercano al depredador. Los espinosos se mostraban más osados si tenían un compinche. En la naturaleza, la conducta colaboradora se traduce en más comida y más espacio y, por lo tanto, en un mayor éxito reproductivo individual.
Muchos de los problemas más espinosos de la sociedad, desde el cambio climático hasta los conflictos en Oriente Próximo, podrían resolverse si las partes involucradas pudieran encontrar la forma de comprometerse sobre la manera de proceder en el futuro. Para ello es necesario que muchas personas colaboren entre sí y, en consecuencia, que sus cerebros encuentren la manera de ponerse de acuerdo.

Nuestra racionalidad limitada y el subconsciente

La elegancia del cerebro está en su falta de elegancia. Durante siglos, la neurociencia ha intentado asignar claramente etiquetas a las distintas partes del cerebro: esta es el área del lenguaje, esta es la de la moralidad o esta es la del uso de herramientas. El truco profundo y bello del cerebro es más interesante: posee múltiples maneras de enfrentarse al mundo. Es una democracia representativa en la que todas las partes creen saber la manera correcta de resolver el problema.
Como resultado, nos podemos enfadar, discutir y pactar con nosotros mismos. Nos podemos sentir en conflicto. Este tipo de batallas neuronales se encuentran detrás de las infidelidades, adicciones, trampas con las dietas o nuestra poca rigurosidad con los propósitos de Año Nuevo: todas ellas situaciones en las que hay partes de la persona que quieren una cosa y otras que quieren otra.
A una escala mayor, los dos hemisferios del cerebro, el izquierdo y el derecho, se pueden entender como sistemas que compiten entre ellos. Lo sabemos por pacientes cuyos hemisferios están desconectados: básicamente, funcionan con dos cerebros independientes. Por ejemplo, les pones un lápiz en cada mano y pueden dibujar simultáneamente figuras incompatibles, como un círculo y un triángulo.
Los dos hemisferios funcionan de manera distinta en terrenos tan diversos como el lenguaje, el pensamiento abstracto, la construcción de historias o la memoria. Constituyen un equipo de rivales: agentes con los mismos objetivos, pero maneras ligeramente distintas de conseguirlos. Esto provoca que todas las personas vivan con los conflictos entre lo que quieren y cómo viven.
Aristóteles definió al hombre como un animal racional, pero nuestras contradicciones permanentes demuestran que no lo somos. Durante la mayor parte de nuestra historia, no hemos tenido manera de explicar esta paradoja hasta que Freud expuso su descubrimiento del inconsciente. Antes de él, cuando buscábamos respuestas relativas a lo que sabíamos y sentíamos, estábamos limitados a nuestro conocimiento consciente. El subconsciente también explica por qué personas presumiblemente racionales viven vidas irracionales.
Esto concuerda con la idea de que los seres humanos son listos comparados con otras especies, pero no lo bastante listos según su propio rasero. La visión de la naturaleza humana que ha evolucionado a lo largo de las últimas décadas ha cambiado la explicación de quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos.
Tenemos tendencia al error, no porque tengamos intenciones maliciosas, sino por la base evolutiva de nuestra arquitectura mental. El motivo por el que somos limitadamente racionales es porque la cantidad de información que procesamos es superior a la capacidad que tenemos para ello. El problema no es la intención de hacer daño. La explicación se encuentra más bien en alguna información que tiene un papel desproporcionado en nuestras decisiones, la capacidad de generalizar o los malos hábitos normalizados día tras día. He aquí la razón principal de las malas prácticas tanto de los individuos como de las instituciones.
La idea de que los malos resultados son consecuencia de la incapacidad de nuestras mentes es una explicación radicalmente distinta de nuestra naturaleza. No existe nada especial ni motivaciones maliciosas tras ello; es tan simple como que no podemos adaptarnos a las exigencias de nuestro entorno porque es amplio comparado con lo que tenemos. Cuanto antes lo aceptemos, antes podremos entender mejor a los demás y a nosotros mismos, con el potencial que eso conlleva.

Una ley ante la incertidumbre

Toda esta información sobre la manera en la que funciona nuestro cerebro nos debe servir para practicar la precaución y la humildad. La ley de las consecuencias no intencionadas no es más que otro ejemplo de lo poco que controlamos. Esta se basa en que cuando las personas intervienen en los sistemas con muchos elementos y relaciones complejas, su intervención tendrá efectos más allá de los que pretendían.
Los ejemplos abundan. Uno de los más conocidos es el caso de las liebres en Australia, que se dejaron en libertad para cazarlas y se dio la consecuencia no intencionada de que la población de liebres creció hasta proporciones asombrosas, lo que provocó una devastación ecológica sin precedentes. Esto, a su vez, llevó a la implantación de medidas para controlar las liebres, incluyendo una larga verja, que en la década de los treinta provocó la consecuencia no intencionada de guiar a tres niñas hasta su casa. Esta circunstancia tuvo a su vez la consecuencia de inspirar una película premiada llamada Generación robada.
Como puede observarse, los tipos de consecuencias son realmente variados. Otro ejemplo interesante es el de algunas localidades que cambiaron las leyes del consumo de marihuana, lo que facilitó su obtención para fines médicos. Inesperadamente, los datos derivados de los accidentes de tráfico sugieren que el cambio en la legislación redujo los accidentes mortales de carretera en un 9 %. Salvar vidas de conductores no había sido la intención de la ley, pero sí fue el efecto.
Por desgracia, nuestros métodos para gestionar estos imprevistos no suelen tener en cuenta la ley de las consecuencias no intencionadas. La práctica habitual actual consiste en mirar al pasado, buscar el peor de los casos y hacer los ajustes correspondientes. No hacemos el ejercicio mental de ver lo obvio: que el peor acontecimiento del pasado por sí mismo no tuvo un predecesor de igual magnitud. Es lo que se llama la “subestimación de Lucrecio”, por el poeta y filósofo romano que decía que el bobo cree que la montaña más alta que hay tiene que ser igual a la más alta que él ha visto.
La incertidumbre es un fin que a menudo se ve como el principio. Implica un mundo material probabilístico, en el que no podemos saber nada con certeza, sino solo como posibilidad. El propio Einstein, a pesar de no rechazar la teoría, se resistía a aceptar la falta de razón de un hecho. En una carta a Max Born dijo su famosa frase: “En cualquier caso, estoy convencido de que Dios no juega a los dados”.
Posteriormente, sería Stephen Hawking el que haría alusión a Dios y a los dados, pero en unos términos algo diferentes a los que utilizó Einstein: “No solo Dios juega a los dados, sino que a veces los echa donde no pueden verse”. Intencionadamente o no, esta frase dice algo sobre la naturaleza del sistema entero: la ausencia de verdades absolutas y los límites a nuestro conocimiento.

La presión y la perspectiva del tiempo

El ritmo de vida está aumentando. La gente trabaja más y se relaja menos de lo que hacía cincuenta años, al menos según la prensa popular. Vamos a echarles un vistazo a los datos. Lo cierto es que hay pocas pruebas de que la gente actualmente trabaje más y se relaje menos que unas cuantas décadas atrás. De hecho, algunos de los mejores estudios sugieren exactamente lo contrario. Entonces, ¿por qué la gente dice sentirse tan presionada por el tiempo?
Una bella explicación de este desconcertante fenómeno afirma que, a medida que el tiempo vale más y más dinero, se percibe como más escaso. La escasez y el valor se perciben como gemelos siameses. Cuando un recurso escasea, aumenta de valor y viceversa. Así, cuando tu tiempo se vuelve más valioso, sientes que tienes menos disponible.
En un experimento controlado para poner a prueba la explicación, se les pidió a 128 estudiantes universitarios que declararan la suma total de dinero que tenían en el banco. Todos los alumnos respondieron a la pregunta mediante una escala de 11 puntos, pero, mientras que para la mitad de ellos la escala estaba dividida en incrementos de 50 dólares, para el resto la escala se dividió en incrementos de 500. La mayor parte de los estudiantes que empleó la escala de incrementos de 50 indicaron una cifra cercana al máximo, lo que les dejaba con una sensación de que eran relativamente ricos. Y esta manipulación aparentemente trivial los llevó a sentir que estaban apresurados y estresados.
Si la escasez del tiempo radica en parte en la sensación de que el tiempo tiene un alto valor, entonces una de las mejores cosas que podemos hacer para reducir esta sensación de presión puede ser regalar nuestro tiempo. Empresas como Home Depot ofrecen a sus empleados oportunidades de voluntariado para ayudar a los demás, lo que potencialmente reduce su sensación de estrés y agotamiento. Y Google anima a sus empleados a dedicar un 20 % de su tiempo a sus propios proyectos favoritos, tengan o no un beneficio potencial.
Esto puede ayudar a explicar importantes tendencias culturales. A lo largo de los últimos cincuenta años, la sensación de presión temporal ha aumentado de forma espectacular en América del Norte, a pesar del hecho de que las horas de trabajo semanal se han mantenido relativamente iguales y las horas semanales de ocio han aumentado. Esta aparente paradoja podría explicarse en buena parte por el hecho de que los sueldos han subido de forma sustancial en este mismo periodo. Este efecto causal contribuye a explicar asimismo por qué las personas caminan más rápido en ciudades ricas como Tokio o Toronto que en ciudades como Nairobi o Yakarta. Y en todo el mundo, esta explicación sugiere que, a medida que la remuneración crece a lo largo de la propia vida, el tiempo parece cada vez más escaso.
Además, hablando del tiempo, su importancia no se reduce solo a la presión, sino también a la perspectiva. Me refiero a la sensación de tiempo psicológico, de cómo la mayoría desarrollamos una orientación temporal que nos inclina excesivamente al pasado, al presente o al futuro en nuestra toma de decisiones. Esto es algo que se aprende desde la niñez y depende casi por completo de nuestras experiencias.
Por lo tanto, a la hora de decidir nuestras acciones, algunos estamos totalmente condicionados por lo inmediato: lo que otros hacen, dicen, desean y nuestras propias necesidades personales. Otros se enfrentan al mismo tipo de decisiones ignorando lo que ocurre en el presente y se centran, en cambio, en el pasado: comparan las situaciones actuales y las previas, recordando lo que se ha hecho y sus efectos. Por último, un tercer grupo de personas no tiene en cuenta ni el presente ni el pasado, y se centra básicamente en las consecuencias que tendrán sus acciones actuales en el futuro, calculando los costes frente a los beneficios.
Uno de los descubrimientos más sorprendentes respecto a esta teoría de la orientación temporal es su aplicación para curar el trastorno de estrés postraumático. Básicamente, el tratamiento sustituye los pensamientos negativos sobre el pasado y la visión fatalista sobre el presente de los afectados por una perspectiva temporal equilibrada. Muestra un futuro lleno de esperanza, los anima a disfrutar del presente y les recuerda hechos positivos del pasado que los ayudan a superar sus traumas. Patrones que cambian la manera en la que piensan los individuos y, en consecuencia, sus acciones.

Ser lo que hacemos o cómo adaptarlo al mundo que viene

¿Se convierte la gente en lo que hace? A priori, las personas actúan según sus rasgos de personalidad y sus actitudes. Devuelven a su dueño la cartera porque son honestas y reciclan la basura porque se preocupan por el medio ambiente. Es evidente que la conducta proviene de nuestras disposiciones interiores, pero, además, lo contrario también es cierto. Cuando acabamos de llevar la basura reciclada hasta el contenedor adecuado, deducimos que el medio ambiente nos preocupa. Es la llamada “teoría de la autopercepción”, que pone patas arriba la sabiduría popular.
Lo primero que supone es que somos desconocidos para nosotros mismos. Al fin y al cabo, si conociésemos nuestras mentes, ¿por qué deberíamos adivinar cuáles son nuestras preferencias a partir de nuestra conducta? Lo segundo es que nuestra conducta, en ocasiones, está modelada por presiones sutiles de nuestro alrededor que no somos capaces de reconocer. Tal vez reciclemos porque el municipio nos lo pone fácil o porque nuestra pareja nos regañaría si no lo hiciéramos. Sin embargo, en vez de reconocer estos motivos, asumimos que podríamos ser nominados para el premio Vecino Verde del Mes.
Como todas las buenas explicaciones psicológicas, la teoría de la autopercepción tiene aplicaciones prácticas. Se ha empleado para evitar embarazos en la adolescencia, al conseguir que menores de veinte años presten servicios a la comunidad. El trabajo voluntario desencadena un cambio en la imagen que tienen de ellas mismas: las hace sentir más parte de su comunidad y a que se inclinen menos hacia conductas de riesgo. Así, acciones que estas chicas nunca hubiesen hecho por ellas mismas modifican su comportamiento futuro de manera notable.
Como vemos, muchas de nuestras conductas ni siquiera las hemos elegido nosotros, a pesar de que tendamos a pensar lo contrario. De hecho, hay muchas pruebas que sugieren que incluso la elección de una pareja depende de las experiencias al principio de la vida. Los individuos tienden a elegir a aquellas personas que son un poco distintas, pero no demasiado, de los miembros de su familia o parientes cercanos.
El papel de la niñez en la elección de nuestras preferencias sexuales y sociales está relacionado con un hecho bien conocido: los humanos son extremadamente leales a los miembros de su propio grupo. Hasta están dispuestos a renunciar a su propia vida para defender a otros con los que se identifican. Como contraste brutal, pueden actuar con una agresividad letal con aquellos que no les resulten familiares. Eso sugiere, además, una resolución esperanzada del racismo y la intolerancia que atormenta a muchas sociedades.
A medida que personas de distintos países y etnias se vayan conociendo mejor entre ellas, tendrán tendencia a un mejor trato, sobre todo si su familiaridad empieza a una edad temprana. Esto supone que el fenómeno de los refugiados, que no es una crisis, sino que está aquí para quedarse, puede enfocarse de una manera positiva si miramos a largo plazo. Y mientras los acogemos de una manera lógica entre los países con una situación más desahogada, sería interesante plantearse qué podemos hacer para cortar esta hemorragia, teniendo en cuenta que la mayoría de estos refugiados no vienen por guerras o regímenes dictatoriales: son refugiados climáticos. Creamos o no creamos en el cambio climático… ¿de verdad no merece la pena abordarlo?
Para actuar, no necesitamos estar seguros de que los peores temores de los científicos sean correctos. Lo único en lo que necesitamos pensar es en las consecuencias de equivocarnos. Supongamos por un momento que no exista un cambio climático provocado por el ser humano o que sus consecuencias no sean nefastas, y que hayamos hecho grandes inversiones para evitarlo. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir?
Habremos hecho grandes inversiones en energías renovables. Este es un tema urgente hasta en ausencia de calentamiento global, puesto que al petróleo no le queda mucho tiempo. Además, habremos invertido en una potente fuente de creación de empleo y habremos renovado nuestra base industrial, invirtiendo en nueva industria en vez de apoyar la antigua. A los escépticos del clima les gusta citar los costes de enfrentarnos al calentamiento global, pero estos costes son parecidos a los de la industria discográfica al adoptar la distribución digital o a los de los periódicos ante la irrupción de internet.
Todavía no he visto ninguna argumentación convincente de que los costes de enfrentarnos al cambio climático no sean principalmente los costes de proteger a las viejas industrias. Por el contrario, presupongamos que los escépticos del cambio climático se equivoquen. Nos enfrentamos al desplazamiento de millones de personas, sequías e inundaciones, extinción de especies y pérdidas económicas que nos harán anhelar los viejos tiempos de la actual crisis financiera e industrial. Son nuestras acciones las que pueden cambiar el rumbo de nuestro planeta y lo de menos es lo que creamos o no creamos por nuestras tendencias. Como decía el escritor estadounidense Kurt Vonnegut: “Somos lo que fingimos ser, de modo que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser”. Esperemos que, esta vez sí, finjamos por una vez ser humanos.

Conclusión: la clave está en las ideas

«¿Cuál es tu explicación bella, profunda o elegante preferida?». La pregunta era amplia y, como tal, las respuestas han venido de campos de lo más diverso. Sociólogos, matemáticos, físicos, psicólogos, economistas… Las mejores mentes del momento, de estas y otras muchas disciplinas, han contestado a nuestra cuestión. Y no podemos más que agradecérselo. Gracias a Nassim Nicholas Taleb, Steven Pinker, Martin Rees, Jared Diamond y todo el conjunto de personalidades que han colaborado para hacer esto posible.
Se nos han quedado por el camino ideas tan inmensas como la teoría de la evolución o la de la doble hélice del ADN. La teoría de cuerdas o del multiverso, el origen del dinero o cómo las metáforas nos ayudan a comprender la realidad tal y como lo hacemos. Ha sido un largo camino por los límites de nuestra sabiduría y ha sido un inmenso placer compartirlo contigo. Ahora es el momento de que actúes, de que reflexiones sobre todo lo aprendido y empieces a aplicarlo en tu vida.
Comienza a hacer como nuestros expertos, empieza a tener ideas y compartirlas para mejorar el mundo. ¿Cómo puedes hacer esto? Para tener una buena idea, deja de tener una mala. Deja atrás los instintos fáciles, obvios pero inefectivos, y permite que aparezca una solución mejor. En vez de juguetear con el inútil y obvio plan A, deja aparecer al plan B. Y si la segunda solución no funciona, recurre a la tercera y así sucesivamente. No existe otra manera.
Para los recién llegados, una buena idea puede parecer magia, un salto de iluminación intelectual. Pero lo más probable es que sea el resultado de un proceso como el antes descrito, con la experiencia suficiente para ayudar a rechazar premisas seductoras pero engañosas. Así, lo extraordinario se hace realidad, paso a paso, a partir de lo ordinario.
Cuando las mejores mentes no logran resolver un problema clásico después de décadas o siglos de intentos fallidos, lo normal es que estén atrapados por unos prejuicios tan asentados que no se les haya ocurrido desafiarlos. Pero el contexto cultural cambia, y lo que ayer parecía obvio, hoy o mañana parecerá dudoso. Tarde o temprano, alguien de no más talento que sus predecesores encontrará la solución con relativa facilidad. ¿La clave? Habrá sido capaz de escapar de las cadenas de algún principio básico que estaba equivocado.
Las mentes más brillantes de nuestro tiempo han puesto a tu disposición un conocimiento valiosísimo que debes decidir cómo utilizar. Ideas que pueden inspirarte para tu vida personal, profesional o espiritual. Eres el dueño de tu tiempo y aquí tienes herramientas suficientes para invertirlo como quieras. Todos nosotros nos enfrentamos a un siglo XXI de retos claves para la humanidad, y toda ayuda es bienvenida. ¿Te atreves a tener una idea?


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de los autores
John Brockman es un empresario cultural con una amplia trayectoria en el mundo del arte de vanguardia, la ciencia, el software e internet. En 1997 fundó Edge.org, un sitio web dedicado a discusiones científicas en las que participan los pensadores más brillantes del mundo, los líderes de lo que él ha llamado la “tercera cultura”.
Nota: Este libro está escrito por múltiples autores y John Brockman es el editor principal.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí