El viaje a la felicidad
Resumen del libro

El viaje a la felicidad

por Eduardo Punset

Las claves para alcanzar una vida plena

Introducción

 

Con excepción del neocórtex, esto es, la parte del cerebro que se desarrolló más tardíamente en los primates y homínidos, en la que tienen lugar los procesos de lo que asociamos con el pensamiento racional, es muy difícil distinguir a simple vista las diferencias anatómicas entre el cerebro de un cerdo y el de un ser humano. Compartimos la estructura del cerebro reptiliano responsable de las funciones básicas para la supervivencia, y la del paleomamífero, que se superpone al anterior y en el que se gestan las emociones.
Los hallazgos de la neurología le dan así una significación novedosa a la pregunta por la felicidad, pues no tiene mucho sentido seguir pretendiendo que esta sea patrimonio exclusivo de una rama particular de homínidos, tal como lo ha asumido el pensamiento imperante hasta hace no muchos años. Los animales, se pensaba, no tienen ni emociones, ni inteligencia, ni conciencia: únicamente comportamientos inducidos por recompensas o castigos impuestos por el entorno.
Pues bien, el estudio del cerebro humano y su comparación con el de otras especies les ha permitido a las ciencias neurológicas abrir nuevos caminos para comprender la felicidad. Basta con explorar un poco para notar que, en el estudio comparativo de la vida emocional de los animales, hay más pistas para el viaje a la felicidad de los humanos que en todos los manuales de autoayuda disponibles en las librerías. Y, de forma más general, las diversas disciplinas científicas han ido aportando todo tipo de luces para poder entender mejor la felicidad y contribuir a que todos la consigamos.
Aparte del Preámbulo de la Constitución de Estados Unidos, que establece el derecho de los ciudadanos a buscar su felicidad, son muy pocas o incluso nulas las incursiones del pensamiento tradicional que buscan promover la felicidad de las personas. De hecho, la política y la religión, dos invenciones sofisticadas de la especie humana para proteger a los homínidos del miedo y abrirle paso a la felicidad, se han convertido en fuentes de terror.
Pero la ciencia, esa otra gran construcción humana, se viene planteando desde hace algunos años el reto de iluminar ese camino. Este libro intenta poner a nuestro alcance los descubrimientos científicos más recientes sobre la búsqueda de la felicidad, y los presenta bajo el modelo de una fórmula en la que se recogen y sintetizan diversos hallazgos científicos, respaldados por todo un caudal de investigaciones empíricas.

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La fórmula de la felicidad

El clásico debate entre nature vs. nurture, o entre la importancia relativa de las características innatas frente a las adquiridas como forma de explicar los rasgos físicos o de comportamiento que diferencian a los individuos, conduce con facilidad a posiciones simplistas que, en un extremo, limitan la felicidad al equipamiento genético con que cada persona viene al mundo y, en el otro, asumen que la felicidad depende solamente de los ambientes y experiencias en que se desarrolla el individuo.
Los adelantos y descubrimientos de la ciencia permiten poner en perspectiva estas dos posiciones y observar que, en realidad, la felicidad es más compleja que eso y que, aunque la carga hereditaria juega un papel trascendental, son muchos más los factores que entran en juego para configurar lo que podría llamarse la “fórmula de la felicidad”, que, de modo sintético, podría expresarse de la siguiente manera:

 
Las emociones son el multiplicando del numerador. Si la emoción es cero, todo lo demás también será cero. Ellas, a su vez, se multiplican por la suma de otros tres factores: la capacidad para invertir la energía en un mantenimiento adecuado de la vida, la habilidad para buscar la felicidad y el poder para establecer relaciones personales positivas. Como veremos, estos factores responden a la configuración misma de nuestra especie, pero dependen al mismo tiempo de nuestra habilidad para canalizarlos provechosamente. Ahora bien, en la parte inferior de la división se ubican los obstáculos para la felicidad; aquellos elementos que actúan en sentido contrario, limitando o impidiendo que alcancemos cotas altas de felicidad. Entre los factores reductores se destaca el miedo, cuya presencia socava directamente la capacidad de ser feliz; no en vano, algunos han aventurado que la felicidad es, ni más ni menos, la ausencia de miedo. Por último, el divisor de la felicidad se compone también por la carga hereditaria que el mundo nos impone, y que no se limita a la genética del individuo, sino que incorpora también el influjo de cargas culturales que vienen de tiempo atrás y ante las cuales nuestra capacidad de incidencia es infinitamente limitada.
Veamos con detalle cada uno de estos elementos, para que la fórmula de la felicidad deje de ser una ecuación ininteligible.

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Emociones

En el inicio y el final del viaje a la felicidad, como en todo proyecto, siempre hay una emoción. La cultura occidental, apoyada en el pensamiento aristotélico, ha cometido un gran error al censurar las emociones por considerarlas irracionales y perversas. Ese arquetipo recurrente de una criatura carente de emociones a la que se le atribuye una inteligencia superior, ese motivo antiguo de la cultura occidental que se encuentra plasmado en el vulcaniano Spock de la serie Star Treck, no es más que una quimera. Si en el curso de la evolución las ventajas de poseer emociones no hubiesen superado a las desventajas de carecer de ellas, nuestra especie se habría extinguido hace ya muchísimo tiempo. Hoy en día, los avances de la neurociencia permiten afirmar que una persona sin emociones no sería más inteligente que las demás, sino que lo sería en menor medida. Tan contraproducente como no saber controlar las emociones es no tenerlas.
La sede oficial de las emociones está en el barrio primitivo del cerebro, en la estructura cerebral que compartimos con reptiles y mamíferos, y que pertenece a nuestra especie desde mucho antes de que se desarrollara la región asociada al pensamiento lógico o racional, conocida como neocórtex. Nuestro cerebro, pues, cuenta con un conjunto de estructuras nerviosas que configuran el llamado sistema límbico, presidido por la amígdala, que es la principal intermediaria de las emociones. Una lesión en la amígdala, tal como se ha constatado en muchos casos, constituye el camino más corto para aniquilar la capacidad emocional de una persona y, en consecuencia, para provocar comportamientos irracionales.
Es absurdo pensar que los reptiles o, incluso peor, que los demás mamíferos no tengan emociones. La felicidad, ese estado emocional activado por el sistema límbico y ante el cual nuestro cerebro consciente tiene poco que decir, se articula en torno a esa pequeña amígdala que compartimos con tantos animales.
Las emociones tienen una presencia bipolar en todos los procesos, pues están tanto en la fase inicial como en la culminación. Los proyectos que se ciñen al cumplimiento estricto de intereses materiales y personales a corto plazo, pero que carecen de un elemento trascendente, están condenados al fracaso. Dylan Evans, científico de la University of the West of England en Bristol, demostró que todas las decisiones son emocionales. En el inicio hay una emoción, luego se lleva a cabo un proceso de cálculo racional para ponderar la información disponible, pero, como son tantos los argumentos y los caudales de información, la lógica de la razón no acabaría jamás de exponerse. Por eso las emociones entran de nuevo en juego. Es tal la complejidad de evaluar correctamente en una selva de datos, que las emociones nos permiten inclinar la balanza y decidir. Sin ellas, nunca tomaríamos decisiones. Es por esto por lo que muchos especialistas en robótica están explorando la posibilidad de crear un robot con emociones, para que pueda tomar decisiones en igualdad de condiciones que los seres humanos.
Las emociones determinan igualmente nuestra memoria y, por ende, las respuestas emocionales ante los nuevos acontecimientos, pues la amígdala se apoya en los recuerdos en el momento de emitir decisiones. Y en este punto hay que subrayar un hallazgo importante de la neurociencia: más que el recuerdo, lo que la amígdala toma es el fruto de una elucubración a partir de un dato real o inventado. Como nuestro cerebro es el escenario permanente de cambios estructurales, producidos en las relaciones sinápticas o en las neuronas, la única alternativa que le queda para conservar la información es reconstruirla todo el tiempo. Así, aunque muchos recuerdos nos parezcan frescos y vívidos, en realidad no son más que el recuerdo modificado de otro recuerdo. Para que la memoria subsista a pesar de los cambios incesantes, la mente no almacena bits de información, sino que se relaciona directamente con el significado. En consecuencia, cada vez que se reaviva un recuerdo, se reconstruye biológicamente.
Es por esto por lo que Oliver Sacks, el neurólogo que escribió Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, se sorprendió tanto cuando le demostraron que él no había estado presente en un bombardeo que durante la Segunda Guerra Mundial destruyó la casa de sus vecinos, a pesar de que, por lo intenso y claro que era el recuerdo de esos hechos en su mente, él mismo aseguraba que sí había estado presente. En efecto, todos podemos tener recuerdos muy fieles de acontecimientos que realmente no vivimos, porque cuando recordamos algo en realidad estamos volviendo a recordar. Y de este material o, mejor, de esta quimera, es de lo que se alimenta la amígdala en el momento de generar las reacciones emocionales. Es de este hilo fantasioso y poco consciente del que pende, en gran medida, nuestra posibilidad de ser felices.

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Mantenimiento

Todos los seres vivos se enfrentan a una disyuntiva trascendental: deben escoger qué parte de sus recursos limitados invierten en acciones que garanticen la perpetuación de su especie y qué parte dedican al puro mantenimiento del organismo, es decir, a mantenerse vivos y saludables. En la carrera evolutiva, todo error en esta elección se paga con la extinción de la especie.
Como sugiere el gerontólogo Tom Kirkwood, de la Universidad de Newcastle, la selección natural se juega en ese equilibrio entre la energía invertida en mantenimiento y en reproducción. Por eso cada especie tiene una longevidad distinta. Si los riesgos a los que se enfrenta un animal son altos, invertirá menos en mantenimiento y más en reproducción, mientras que si son bajos hará lo contrario.
Así, por ejemplo, los ejemplares macho de la rata marsupial australiana Antechinus stuartii emprenden batallas de hasta doce horas con sus adversarios para conseguir hembras con las que copular. En estas gestas consumen la salud de sus órganos principales y, por lo tanto, dan la vida en el curso de un solo periodo de apareamiento, haciendo breve su existencia. Las tortugas, en cambio, reducen sus costes de mantenimiento gracias a la hibernación, lo que les permite aumentar su longevidad y, de esa manera, están habilitadas para tomarse los prolongados espacios de tiempo que requieren para recorrer el hábitat, encontrar pareja y aparearse.
Los homínidos, por su parte, se caracterizan por tener un sistema reproductivo tremendamente ineficaz y, por ende, altamente oneroso. Además de sortear los costes de buscar pareja de forma aleatoria, enfrentándose a otras tribus y familias, los homínidos han tenido que hacer frente a unos breves periodos de fertilidad femenina, a unos procesos de gestación muy prolongados y al hecho de que las crías no nacen preparadas para vivir de forma autónoma y deben enfrentarse a una infancia larguísima en la que demandan un exigente cuidado.
Para la especie humana, abocada a concentrar sus energías en superar todos esos obstáculos, las inversiones en mantenimiento resultaban contraproducentes y, por lo tanto, la longevidad era reducida. Esas fueron las condiciones en las que vivimos durante miles de siglos y por eso nuestra especie no solía superar los treinta años de vida. La fijación de objetivos, como el de mantener la salud o conquistar la felicidad, no tenía cabida en los cálculos evolutivos de ese diseño biológico. Se trataba de vidas efímeras, con un bajo presupuesto dedicado al mantenimiento o, dicho de otra forma, con poca energía destinada al bienestar y la felicidad.
Pero hemos asistido en los últimos siglos a una revolución trascendental que alteraría el curso de la cosas. En menos de doscientos años, la esperanza de vida en los países desarrollados se ha triplicado. Se trata del acontecimiento más singular y trascendente de toda la historia evolutiva, aunque pocos hayan reparado en él. Nunca había ocurrido algo semejante a ninguna especie y mucho menos en tan poco tiempo. Ya cumplida la función reproductora, los humanos contamos con energías libres y recursos abundantes para invertirlos en nuestro mantenimiento.
Como especie, pues, nuestra felicidad se cifra en la habilidad para reducir drásticamente los recursos destinados a la perpetuación y aumentar en forma correlativa los asignados a las tareas de mantenimiento. Quizá, por imposiciones de nuestra naturaleza, nunca volvamos a ser tan felices como cuando estábamos en el útero materno, donde todas las energías se enfocaban a nuestro cuidado y mantenimiento. Pero el reto de la felicidad, ahora que nuestra existencia rebasa los reducidos límites de antaño, es el de establecer en vida un estado semejante de bienestar. Tal como lo viene trazando la investigación en diferentes escenarios como el de la psicología positiva, a manos de personajes como Martin Seligman o Mihaly Csikszentmihalyi, el bienestar o la felicidad no radican en la inversión excesiva en bienes materiales, sino en algo mucho menos tangible que, retornando a los términos de la biología, podría entenderse como las actitudes y los valores vinculados al mantenimiento de la especie en condiciones sostenibles.

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Búsqueda

Quienes tienen un perro y le dan con regularidad su plato de comida pueden dar fe de la emoción que sienten estos animales durante los instantes previos a aquel en el que comen. Es frecuente verlos iniciar una danza alucinante de alegría y felicidad en torno a la persona que les servirá la comida. Es normal verlos mover la cola, saltar, agitarse y hacer ruidos. Pero, una vez frente al plato, su estado anímico suele cambiar. La emoción que les invadía parece desvanecerse. Entonces ponen su hocico en el plato y comen inmutables, dedicándole poco o nada de tiempo a degustar lo que tanto han ansiado. Al parecer, les emociona más la inminencia de la comida que la comida misma.
La razón de esto se esconde en su hipotálamo. Allí se encuentra lo que los científicos denominan el circuito de la búsqueda. Un mecanismo del cerebro que, valga bien decirlo, no es patrimonio exclusivo de los perros y forma también parte de nuestras redes neuronales. En los perros, este circuito que pone en alerta a los resortes del placer y la felicidad únicamente se enciende durante la búsqueda del alimento y no en el acto de comer. Es en la búsqueda y en la expectativa donde radica la mayor parte de la felicidad.
Los flujos de la hormona dopamina, considerada esencial en los mecanismos de placer, se ponen en marcha con la simple expectativa del gozo, aun cuando este luego no se materialice. En otras palabras, la dopamina está más relacionada con el deseo, con la anticipación, que con el placer en sí mismo. Se ha determinado, en consecuencia, que ciertos fármacos que reducen la secreción de dopamina, como los antipsicóticos, no afectan a la capacidad de gozo, pero sí a la iniciativa para buscar estímulos placenteros; en concreto, reducen la intensidad del deseo, pero no merman el placer que este genera cuando llega.
Por otra parte, y en oposición a lo que les sucede a los demás animales, nuestro sistema de percepción visual solamente se activa con lo que está acostumbrado a ver. En otras palabras, los humanos solo vemos aquello que esperamos ver. El director del Laboratorio de Visión Cognitiva de la Universidad de Illinois, Daniel Simon, realizó un experimento muy ilustrativo en ese sentido. Le pidió a un grupo de estudiantes que observaran la grabación de un partido de baloncesto y que contaran el número de pases de balón realizados por un equipo. En la mitad de la grabación, aparecía la imagen de una persona disfrazada de gorila, que se detenía en el medio de la pantalla, se golpeaba el pecho con los puños y luego desaparecía por un lateral. Cuando al final de la sesión se les preguntó a los estudiantes si habían observado algo raro durante el partido, solo la mitad declaró haber visto el gorila.
En efecto, la mayoría de las personas, a diferencia de los demás animales (y de los autistas), no ve los detalles. Únicamente les importa el conjunto, el esquema o la idea que se tiene de las cosas. Ven el bosque, pero no el árbol. Tal vez, entonces, la felicidad consista en activar los resortes del placer asociados a la búsqueda, en la tarea de invertir esa tendencia hacia observar la situación global y poder atender a las particularidades que la conforman, recordando, además, que la felicidad está en la búsqueda, porque en ella se esconde la antesala de la felicidad.

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Relaciones personales

Nuestra cultura ha creado y difundido grandes mitos en torno a la felicidad. Se tiende a pensar que el secreto de una vida feliz radica en aspectos externos a la propia persona, como el trabajo, la salud, la familia, el dinero o las relaciones interpersonales. Pero el filtro de la evidencia científica ha desmentido casi todos estos mitos, dejando en pie un único factor que, aun siendo exterior al individuo, resulta determinante en los índices de felicidad: el de las relaciones personales. Por lo demás, las circunstancias materiales o externas son apenas el marco en el que se despliega el potencial interno de felicidad.
En lo que alude al trabajo, se ha encontrado que, salvo situaciones extremas como la de no tener ninguno, su incidencia en los niveles de felicidad es mucho menor de lo que se piensa. Se ha observado que frente a trabajos poco satisfactorios, las personas pueden aplicar sus cualidades innatas o adquiridas, e impedir que el trabajo afecte a sus índices de felicidad.
En cuanto a la salud, son abundantes los experimentos que demuestran que solo las enfermedades particularmente graves tienen un efecto directo en las tasas de felicidad. Es lógico que, por nuestra historia como especie, con una esperanza de vida tan corta, la prioridad fuera la vida y no la salud, a efectos de dirigir a ella los escasos recursos disponibles. En consecuencia, nuestro sistema emocional no incorpora resortes para proteger la salud, sino la vida.
En cuanto a la familia, se suele creer que los niños son la alegría de la vida, pero las investigaciones han encontrado que cuidar a los niños, por lo general, no es una fuente de placer y su incidencia en los niveles de felicidad se inclina más hacia la baja que hacia el alza. También existe el mito de que el divorcio hace más felices a las personas, pero, como constató un estudio realizado por la Universidad de Chicago, el divorcio no reduce los síntomas de depresión ni mejora la autoestima; de hecho, únicamente la mitad de los divorciados dicen ser felices cinco años después de la separación, mientras que dos tercios de quienes logran aguantar una fuerte crisis matrimonial expresan ser felices después del mismo intervalo.
En lo que se refiere al dinero, existe un abundante caudal de investigaciones que conduce a una misma conclusión: por debajo de los niveles de ingresos mínimos para sobrevivir, el dinero compromete la felicidad, pero por encima de ellos, su incidencia es muy limitada, nula o se mueve incluso en sentido contrario. Cuanto más se tiene, más se quiere tener y, al aumentar los ingresos reales, aumentan también los que la persona estima necesarios para ser feliz. Como dice Richard Layard, de la London School of Economics: “La subida de un dólar en mis ingresos empuja hacia arriba en cuarenta centavos mi ingreso deseable de manera que si ganó un dólar extra ese año, me hace más feliz, pero al año siguiente compararé mi ingreso con una meta que es cuarenta centavos superior. En ese sentido, por lo menos el cuarenta por ciento de la ganancia de este año desaparece al año siguiente”. Además, según los estudios adelantados por Daniel Gilbert de Harvard, la ampliación en la gama de elecciones que se produce con el aumento del poder adquisitivo genera mayores ansiedades a la hora de escoger, y frustraciones después de haber elegido.
Todos esos factores mencionados llevan a pensar que, en efecto, y a pesar de la creencia popular, la felicidad no tiene tanto que ver con los factores externos. Existe, sin embargo, una excepción significativa, que está dada por las formas de interacción social.
Sus investigaciones en biología han llevado a Lynn Margulis a postular que en la historia de la evolución ha imperado la cooperación por encima de la competencia y que la supervivencia de las especies no se debió a su lucha salvaje y despiadada por vencer a sus rivales, sino a la capacidad de cooperar con otros organismos para lograr objetivos comunes. “A menudo —dice ella— nos olvidamos de hasta qué punto la vida en la Tierra es interdependiente”.
Esas situaciones de interdependencia positiva que se encuentran ya presentes en las formas de vida microbiana, a las que Margulis denomina endosimbiosis, son una característica inherente de la vida social, en la que el resultado de las acciones individuales está supeditado al comportamiento de los demás individuos y en la que se generan situaciones paradójicas en las que el empeño absoluto de cada parte por ganar conduce a la catástrofe colectiva. Esa interacción es, precisamente, el objeto de estudio de la teoría de juegos.
Los experimentos de teoría de juegos han puesto en evidencia que el comportamiento de los seres humanos no siempre es tan egoísta como se pretende y que, muchas veces, existe la inclinación a cooperar. Pero lo más interesante es que estos mismos experimentos han demostrado que la disposición de las personas a colaborar con otras se incrementa radicalmente cuando ellas han tenido la oportunidad de discutir y comunicarse de forma transparente sus argumentos, es decir, cuando se ha creado confianza entre las partes.
En ese sentido, el sistema educativo ofrece una oportunidad invaluable para generar adultos que sepan colaborar. Por eso resulta tan frustrante y paradójico que el modelo educativo imperante se base en la competencia recíproca, que deje de lado la empatía por las emociones ajenas y que, en lugar de adoptar una escala de valores, imponga una escala de resultados. Tal vez sea hora de escuchar mejor a la naturaleza, que se empeña en decirnos que la supervivencia, la armonía, el aprendizaje y la felicidad fluyen mejor en un contexto de interacciones positivas.
Eso también lo sabe muy bien Irene Pepperberg, la investigadora estadounidense que hizo célebre a Álex, un loro gris africano, por su capacidad de aprender observando a otros. Al tratar con sus aves, Irene no quiso adoptar el modelo clásico de estímulo-respuesta o prueba y error, pues le resultaba evidente que ese no podía ser el único modelo de aprendizaje para las especies en la vida salvaje, ya que si cada individuo hubiera tenido que vivir en carne propia el error letal para poder aprender de él, ninguno habría llegado a subsistir. Por eso, en lugar de preguntarle directamente a Álex por el color de un objeto y recompensarlo en caso de acierto, Irene le formuló estas preguntas a su asistente en presencia del loro. A Álex le bastó con mirar la forma en que su contrincante aprendía para llegar a definir conceptos tan abstractos como el color o la forma geométrica de las cosas. De esta manera, utilizando un método observacional de aprendizaje, Irene Pepperberg logró constatar el influjo de las interacciones en el proceso individual de aprendizaje.
Las relaciones provechosas con los otros y la existencia de formas de interdependencia positiva no sólo son fuentes invaluables de conocimiento, sino uno de los factores clave para la propia felicidad.

Factores reductores

La depresión constituye el símbolo más emblemático de la infelicidad. Sus causas, que son diversas, no hay que buscarlas en el entorno o en las otras personas, sino dentro de uno mismo. Entre dichas causas, el miedo ocupa un lugar privilegiado, al lado de otros aspectos que las ciencias neuronales han desenmascarado, como el hecho de que las emociones primen sobre la razón, la interferencia de decisiones conscientes en procesos que podrían funcionar de forma automática, la idealización de personas y objetos que se produce como resultado de un desfase entre las expectativas que la mente produce y la banalidad de la realidad a la que se debe hacer frente, o la sensación de no tener el control de las circunstancias.
A pesar de ser autista, o mejor, gracias a ello, Temple Grandin es quizá la científica que mejor ha entendido la forma de pensar de los animales. Esta profesora de la Colorado State University ha comprendido que el miedo, aunque esencial para la supervivencia, afecta al funcionamiento de todas las especies, incapaces de calibrar con precisión las respuestas emocionales que corresponderían de forma lógica al grado de una amenaza.
Algunas especies cuentan con sistemas sensoriales muy sofisticados para tratar de contrarrestar esto y evitar así que la zozobra se apodere de ellas todo el tiempo. Es el caso de las ratas, que tienen dos sistemas olfativos. Uno de ellos les permite barruntar un gato en la distancia, sin inmutarse por ello, mientras que el otro, que es como un zoom y está conectado directamente a la emoción del miedo, les permite oler la presencia cercana de ese mismo gato. Las personas hipocondríacas sufren un desarreglo que las ratas evitan con ese doble sistema olfativo: su sistema perceptor no les permite diferenciar los estímulos cercanos o distantes, ni los reales e imaginarios, y todos ellos, por lo tanto, desencadenan la emoción del miedo.
Pero, aunque no llegamos a ese extremo, todos los demás humanos y todas las demás especies animales nos enfrentamos a dificultades cuando tenemos que evitar que el miedo injustificado se apodere de nosotros. Los humanos, sin embargo, tenemos una capacidad ligeramente mayor que las otras especies para controlar el miedo, lo cual, al parecer, obedece a un cierto desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro y se paga con una mayor sensibilidad al dolor. Aun así, el factor que ejerce la mayor influencia negativa sobre nuestros índices de felicidad es el miedo.
Un segundo factor reductor de nuestra felicidad es la injerencia de la mente consciente en los procesos automatizables. La historia de la civilización es la historia de la progresiva automatización de los procesos. Aquello que les sucedió en algún momento a los procesos biológicos como la respiración o la circulación, ocurre en muchas otras esferas de la vida humana, como en las de los procesos cognitivos, sociales o administrativos. Al automatizar un proceso, se libera tiempo y energía que pueden invertirse en otras acciones. En el mundo administrativo, por ejemplo, las trabas burocráticas que impiden la automatización de procesos simples como el de la expedición de un documento o de una autorización, pueden redundar en ineficacias tremendas y costes elevadísimos para las empresas. En términos más generales, la interferencia de las decisiones conscientes en los procesos automatizados o automatizables puede generar grandes costes que van en detrimento de los índices de felicidad.
Un tercer factor reductor viene dado por la incompatibilidad entre las ideas que se forja la mente y la realidad que le ofrece el mundo. Rodolfo Llinás, el prestigioso neurólogo de origen colombiano, afirma que, como el cerebro está absolutamente a oscuras, su única manera de elucubrar lo que sucede en su exterior es interpretando los mensajes codificados que le llegan a través de los órganos de los sentidos, con todas las deficiencias que esto puede acarrear. Ante eso, no es de extrañar que el cerebro altere la realidad, magnificando o subestimando los hechos externos, y que, en consecuencia, desencadene respuestas emocionales y conductuales poco ajustadas. En efecto, como acostumbran a decir los físicos, un noventa por ciento de la realidad es invisible. Y, como sostiene el neurocientífico Semir Zeki, frente a las realidades inabarcables el cerebro crea modelos abstractos y casi perfectos de las cosas, que contrastan con su verdadera trivialidad. Esta falta de adecuación entre la idea arquetípica que se crea el cerebro y la realidad vulgar y defectuosa que le ofrece el mundo está en la base de la depresión generalizada.
Condenado a las tinieblas, confinado a no percibir directamente el mundo exterior, el cerebro necesita sentir continuamente que está teniendo el control de los acontecimientos. Tal vez esto explique los efectos devastadores de la impotencia en los seres humanos, así como los resultados de aquel experimento adelantado por Martin Seligman en el que puso a cinco ratones en cubículos separados y los sometió a todos a intensas descargas eléctricas aleatorias, con la salvedad de que a uno de ellos le incluyó una palanca que si era maniobrada con habilidad, tenía la capacidad de controlar la situación. Aunque todos ellos sufrieron efectos catastróficos tras estos episodios, al cabo de seis semanas los cuatro que no tenían la palanca para controlar la situación murieron, tras una depresión intolerable que había hecho añicos sus sistemas inmunitarios; únicamente el ratón que disponía de la palanca y que, por ende, pudo tener la sensación de ejercer algún control sobre lo que se le venía encima, pudo sobreponerse al experimento y, si bien padeció fuertes secuelas emocionales, permaneció vivo durante varios meses.
No controlar los acontecimientos irrita sobremanera el cerebro y lo sume en la depresión. Ahora bien, para tener un control parcial o total hay una serie de requisitos imprescindibles: haber alcanzado ciertas cotas de competencia en la tarea que se quiere controlar, tener una autoestima suficiente para creerse capaz de controlar la situación, tener la capacidad de imaginar situaciones distintas y más felices, y tener una inclinación a buscar soluciones constantemente.
Uno de los principios más importantes de la felicidad está dado por los sentimientos de competencia y autonomía. En ese sentido, se ha encontrado que los individuos capaces de apreciar el arte pueden acceder a la experiencia de superar sus limitaciones, pues el arte provee la oportunidad de vivir una experiencia. Al observar una manifestación artística como el movimiento de una danza, se activan en el cerebro las sensaciones motoras propias de esta, lo que explica por qué ver bailar crea la necesidad de bailar, pero también permite inferir que el movimiento se experimenta mentalmente, por lo que la sola contemplación de la danza o de otra manifestación artística permite transgredir las limitaciones personales. Las drogas proveen algo semejante, pero sus efectos no se controlan con facilidad y, además de las secuelas irreversibles, el viaje puede tornarse amenazante, peligroso e incluso mortal.

Carga heredada

Así como nacemos con una estatura heredada y un punto límite de inflexión en el peso, también tenemos prefigurado un marco para nuestros niveles de felicidad. En su conjunto, los factores genéticos constituyen cerca de la mitad de las variables que determinan los índices de felicidad de una persona. Esto, en principio, puede sonar bastante elevado, pero si se compara con la incidencia de la genética en otros asuntos como la estatura o el peso, podremos notar que, por el contrario, nuestro margen de maniobra es bastante alto en lo que se refiere a la felicidad. Cada uno de nosotros tiene el control de la mitad de los factores determinantes en su propia felicidad.
Las herencias que inciden en el nivel de felicidad de un individuo no son solamente de tipo biológico. También hay cargas sociales y culturales que pesan sobre él, limitando su libertad, y ante las cuales su capacidad de acción es nula o ínfima. En tal sentido, diversos estudios han encontrado que la persistencia de gobiernos corruptos y de sistemas no democráticos incide muy significativamente sobre los niveles de felicidad.
En lo que se refiere a las cuestiones biológicas, la manifestación más acuciante de la infelicidad está dada por el influjo negativo de algunas emociones, que conducen a lo que algunos han llamado la “tristeza maligna”. Efectivamente, la depresión limita o anula la capacidad de una persona para ser feliz y, junto con las enfermedades mentales, es fuente del 15% de las demás enfermedades en los países desarrollados y constituye la principal causa de incapacidad laboral en todo el mundo.
Su origen, nuevamente, se remonta a la historia de nuestra evolución. Existen emociones especializadas, como el miedo y la repulsión, que poseen un estatus privilegiado en la historia de nuestra especie, porque permitieron asegurar que nuestros ancestros reaccionaran frente a situaciones amenazantes, como la presencia de un depredador, o ante realidades peligrosas, como el estado de putrefacción de un alimento; pero, a medida que nuestros cerebros se hicieron capaces de realizar operaciones de mayor complejidad, esas emociones fueron adquiriendo unas dimensiones insospechadas.
De la investigación adelantada por la primatóloga inglesa Jane Goodall, quien hizo el seguimiento a una guerra territorial de más de cuatro años entre dos tribus de chimpancés, se deriva una imagen muy reveladora: la de un chimpancé sacudiéndose el brazo después de haber sido tocado por un espécimen de la tribu enemiga que le imploraba gracia antes de ser descuartizado. En la sofisticación de este cerebro, el asco o repulsión ya no son una mera respuesta instintiva ante los peligros inminentes. Algo semejante sucede con el miedo en los homínidos. Hoy sabemos que el cerebro procesa información relativa a amenazas incluso cuando el individuo no las percibe y no recuerda haber visto una señal de peligro. Se puede, entonces, ser presa de los condicionamientos del miedo y desencadenar toda una serie de reacciones inconscientes, sin ni siquiera darse cuenta de ello.
A diferencia de otras especies, a los homínidos nos basta con imaginar la amenaza para desencadenar un impacto idéntico al que suscita la amenaza real y, en consecuencia, pasarlo muy mal. Si una cebra ve un león que se acerca, su reacción es inmediata: activa todos sus flujos hormonales, dedica todas sus energías a huir y, si cuenta con suerte, llega a salvar su vida. Pero una vez disipada la amenaza, la cebra volverá a divagar libre y feliz por las praderas. Al ser humano, en cambio, la sola imagen de ese león puede activarle intensas descargas emocionales, así se trate de un recuerdo que evoca en pleno centro de Nueva York. En efecto, el único primate capaz de sentirse impotente y desesperado por algo que está ocurriendo en el otro extremo del planeta, o por algo que ocurrirá dentro de varios años, es el ser humano.
En palabras de Robert Sapolosky, neurólogo de la Universidad de Stanford, nuestro sistema de alerta de respuestas hormonales puede ser muy útil para responder a amenazas inmediatas, pero es un verdadero desastre si lo usamos para pensar cosas como “puede haber un terremoto” o “¿cómo voy a pagar las facturas del próximo mes?”. Se trata del estrés por situaciones imaginadas, un estado psicológico de anticipación que genera un estado emocional de emergencia perpetua y que, al ir repitiéndose y prolongándose, puede lesionar el hipocampo del cerebro, especialmente en las regiones asociadas a los procesos de memoria y aprendizaje. No es de extrañar que el mal manejo del estrés esté en la base de las enfermedades psiquiátricas más comunes y que, nuevamente, sea una fuente directa de infelicidad.

Conclusión

Por la configuración de nuestro cerebro, donde son muchos más los circuitos celulares que van desde la amígdala hacia el córtex prefrontal que los que discurren en el sentido contrario, es mucho mayor la influencia de las pasiones sobre la razón, que la de esta sobre aquellas. Por eso, cuando una emoción se ha disparado, es muy difícil apaciguarla mediante el pensamiento lógico. Mientras que, por ejemplo, una admonición del estilo “no bebas” recorre un camino tortuoso, los impulsos en busca de bebida discurren por autopistas muy bien señalizadas.
Este condicionamiento genético, junto con muchos otros como el de sentir miedo por situaciones imaginadas, constituye un obstáculo en el camino de la felicidad. Pero la fórmula que se ha presentado aquí pone de relieve que los factores que inciden en esa ruta son diversos, y que muchos de ellos son susceptibles de nuestro control. Es por esto por lo que las ciencias han dedicado copiosos esfuerzos en las últimas décadas para comprender la naturaleza de la felicidad, y así poder contribuir a que todos puedan alcanzarla.
Los hallazgos científicos presentados anteriormente, y que han sido corroborados de forma empírica con animales y con seres humanos, ofrecen importantes claves para la consecución de la felicidad. De forma sintética, se podría concluir diciendo que este camino implica alejar el miedo, manifestado de muchas formas diferentes, y potenciar las emociones, la inversión en el propio bienestar, la búsqueda de actividades placenteras y el establecimiento de relaciones interpersonales positivas.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Eduardo Punset nació en Barcelona y es abogado, economista y profesor de Ciencia, Tecnología y Sociedad en varias instituciones universitarias. Ha sido redactor económico de la BBC, director económico de la edición para América Latina del semanario The Economist y economista del Fondo Monetario Internacional. También es director y presentador del programa de divulgación científica Redes, presidente de la productora de contenidos audiovisuales científicos Smartplanet y autor de diversos libros sobre análisis económico, reflexión social y divulgación del conocimiento científico.
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