El poder de la autoestima
Resumen del libro

El poder de la autoestima

por Nathaniel Branden

Cómo potenciar este importante recurso psicológico

La importancia de la autoestima

Cada día existe una mayor concienciación sobre la importancia de la autoestima. Reconocemos que así como un ser humano no puede esperar realizarse en todo su potencial sin una sana autoestima, tampoco puede hacerlo una sociedad cuyos miembros no se valoran a sí mismos y no confían en su mente.
La autoestima es la experiencia de ser aptos para la vida y para las necesidades de la vida. Más específicamente, consiste en lo siguiente:
  1. Confianza en nuestra capacidad de pensar y de afrontar los desafíos básicos de la vida.
  2. Confianza en nuestro derecho a ser felices, el sentimiento de ser dignos, de merecer, de tener derecho a afirmar nuestras necesidades y a gozar de los frutos de nuestros esfuerzos.
La autoestima es una necesidad muy importante para el ser humano. Es básica y efectúa una contribución esencial al proceso de la vida; es indispensable para el desarrollo normal y sano; tiene valor de supervivencia. El no tener una autoestima positiva impide nuestro crecimiento psicológico. Cuando se posee actúa como el sistema inmunológico de la conciencia, dándole resistencia, fortaleza y capacidad de regeneración. Cuando es baja, disminuye nuestra resistencia frente a las adversidades de la vida. Nos derrumbamos ante vicisitudes que un sentido más positivo del uno mismo podría vencer. Tendemos a estar más influidos por el deseo de evitar el dolor que de experimentar la alegría. Lo negativo ejerce más poder sobre nosotros que lo positivo.
Una autoestima baja no significa que necesariamente seamos incapaces de alcanzar metas. Algunas personas tienen el talento y el impulso para lograr mucho, a pesar de poseer una autoimagen pobre: por ejemplo, el adicto al trabajo altamente productivo que se siente impulsado a probar sus méritos a alguien que predijo que no llegaría a nada. Pero sí significa que seremos menos eficaces —menos creativos— de lo que podemos llegar a ser, y que nos veremos impedidos de gozar de nuestros logros. Nada de lo que hagamos nos parecerá “suficiente”.
Si tenemos confianza objetiva en nuestra mente y valor, si nos sentimos seguros de nosotros mismos, es probable que pensemos que el mundo está abierto para nosotros y que respondamos apropiadamente a sus desafíos y oportunidades. La autoestima fortalece, da energía, motiva. Nos impulsa a alcanzar logros y nos permite complacernos y enorgullecernos de nuestros logros: experimentar satisfacción.
Según esto, podría parecer que lo único que necesitamos para asegurar la felicidad y el éxito es un sentido positivo de autovalía. El tema es más complejo. Tenemos más de una necesidad y no hay una solución única a todos los problemas de nuestra existencia. Un sentido bien desarrollado del uno mismo es una condición necesaria pero no suficiente para nuestro bienestar. Su presencia no garantiza satisfacción, pero su falta produce indefectiblemente algún grado de ansiedad, frustración, desesperación. La autoestima se proclama como necesidad en virtud de que su ausencia (relativa) traba nuestra capacidad para funcionar. Por eso decimos que tiene valor de supervivencia.
Dentro de una persona, habrá fluctuaciones inevitables en los niveles de autoestima, así como las hay en todos los estados psicológicos. Necesitamos pensar en términos del nivel promedio de autoestima de una persona.
¿Es posible tener demasiada autoestima? No, no lo es; no es más posible que tener demasiada salud física. A veces se confunde autoestima con vanagloria, jactancia o arrogancia; pero estos rasgos no reflejan demasiada autoestima sino demasiado poca. Las personas con una autoestima alta no se ven impulsadas a mostrarse superiores a los demás; no buscan probar su valor midiéndose según un estándar comparativo. Se alegran de ser como son, no de ser mejores que otra persona.


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¿Por qué necesitamos la autoestima?

Nuestra necesidad de autoestima es el resultado de dos hechos básicos, ambos inherentes a nuestra especie. El primero es que la supervivencia, el dominio del medioambiente y nuestro bienestar dependen de nuestra capacidad de pensar, es decir, del uso apropiado de nuestra conciencia. El segundo es que el uso correcto de esta capacidad de pensar no es automático. Existe un elemento crucial de elección en la regulación de su actividad y, por lo tanto, de responsabilidad personal.
Aprender a construir un puente, aprovechar la electricidad o hallar recursos para elevar la productividad al máximo requieren de un proceso de pensamiento. Incluso saber cuándo se deben abandonar los esfuerzos conscientes para resolver problemas y trasladar la tarea al subconsciente o cuándo prestar una atención más estrecha a los sentimientos o a la intuición también requieren de un proceso de pensamiento, un proceso de conexión racional. Nuestra mente no bombea conocimientos como nuestro corazón sangre, cuando y según se la necesite.
Y, como consecuencia de todo lo anterior, somos la única especie capaz de formular una visión de qué valores merecen perseguirse y luego elegir lo contrario. Si sé que el alcohol es peligroso para mí y, sin embargo, bebo, primero debo apagar la luz de la conciencia.
Por eso, las elecciones que realizamos en relación con las operaciones de nuestra conciencia tienen consecuencias importantes para nuestras vidas en general y para nuestra autoestima en particular. Piense en el impacto sobre nuestras vidas y sobre nuestro sentido del uno mismo de las siguientes opciones:
  • Pensar versus no pensar.
  • Respeto a la realidad versus evasión de la realidad.
  • Respeto a los hechos versus indiferencia ante los hechos.
  • Perseverancia en el esfuerzo por comprender versus abandono del esfuerzo.
  • Receptividad a nuevos conocimientos versus aislamiento.
El hecho de tener opciones como las descritas, de enfrentarnos a elecciones que no encontramos en ningún otro aspecto de la naturaleza, de ser la única especie capaz de traicionar y actuar contra nuestros medios de supervivencia crea nuestra necesidad de autoestima, que es la necesidad de saber que estamos funcionando como lo exigen nuestra vida y nuestro bienestar.

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Autoestima y logro

La autoestima tiene dos aspectos interrelacionados:
  1. Un sentido de eficacia personal (autoeficacia).
  2.  Un sentido de mérito personal (autodignidad).
Como experiencia psicológica realizada plenamente, es la suma integrada de estos dos aspectos.
Autoeficacia significa confianza en el funcionamiento de mi mente, en mi capacidad de pensar, en los procesos por los cuales juzgo, elijo, decido; confianza en mi capacidad de comprender los hechos de la realidad que entran en la esfera de mis intereses y necesidades; confianza cognoscitiva en mí mismo.
Autodignidad quiere decir seguridad de mi valor; una actitud afirmativa hacia mi derecho de vivir y de ser feliz; comodidad al expresar apropiadamente mis pensamientos, deseos y necesidades; sentir que la alegría es mi derecho natural.
Para ser auténtica autoestima, la experiencia que estoy describiendo debe basarse en la realidad. Es algo más que una simple cuestión de “sentirse bien con uno mismo”, un estado que, al menos temporalmente, puede conseguirse de diferentes maneras: desde tener relaciones sexuales placenteras hasta comprar un traje nuevo, recibir un cumplido o tomar drogas.
La autoestima corresponde a aquello que depende única y exclusivamente de nuestra elección volitiva. No puede estar en función de la familia en la que nacimos, o de nuestra raza o del color de nuestra piel, o de los logros de nuestros ancestros. Estos son valores a los cuales a veces las personas se aferran para eludir la responsabilidad de lograr una autoestima auténtica. Son fuentes de lo que yo denomino pseudoautoestima. ¿Se puede experimentar placer legítimo con alguno de estos valores? Por supuesto. ¿Pueden brindar apoyo provisional a egos frágiles y en desarrollo? Probablemente. Pero no reemplazan a la conciencia, responsabilidad o integridad. No son fuentes de autoeficacia o autodignidad. Incluso pueden convertirse en fuentes de autoengaño.
La pseudoautoestima es la ilusión de la autoeficacia y autodignidad sin la realidad. Por ejemplo, en lugar de buscar la autoestima a través de la conciencia, responsabilidad e integridad, podemos hacerlo a través de la popularidad, prestigio, adquisiciones materiales o proezas sexuales. En lugar de valorar la autenticidad personal, podemos valorar el hecho de pertenecer a los clubes adecuados, a la iglesia adecuada o al partido político adecuado. En vez de practicar la autoafirmación apropiada, podemos sustituirla por una lealtad ciega a un grupo en particular. En vez de buscar la autodignidad a través de la honestidad, podemos hacerlo a través de la filantropía (“Debo de ser una buena persona, realizo ‘buenas obras’”). En lugar de luchar por obtener capacidad, podemos perseguir el “poder” de manipular o controlar a otras personas.
Pueden quererme mi familia, mi pareja y mis amigos, y a pesar de ello no quererme yo mismo. La autoestima es una experiencia íntima; habita en mi alma. Es lo que yo pienso y siento respecto a mí mismo, no lo que otra persona piensa o siente respecto a mí.
Alcanzar el “éxito” sin alcanzar una autoestima positiva es condenarse a sentirse un impostor que vive con la ansiedad de ser descubierto en cualquier momento. Porque cabría preguntarse: ¿el logro siempre produce orgullo? No necesariamente, como lo muestra el siguiente relato.
El presidente de una empresa mediana me consultó porque, a pesar de haber tenido un enorme éxito con su empresa, se sentía deprimido y desdichado sin comprender el motivo. Descubrimos que él siempre había querido ser investigador científico, pero renunció a su deseo por deferencia a sus padres, que lo impulsaron hacia una carrera en el mundo de los negocios. No solo no podía sentir más que un orgullo superficial por sus logros, sino que su autoestima estaba dañada. No era difícil identificar el motivo. En la cuestión más importante de su vida había subordinado su mente y valores a los deseos de los demás, por su deseo de sentirse “amado” y de “pertenecer”. Está claro que un problema de autoestima anterior motivó dicha capitulación.
Su depresión reflejaba una vida con una trayectoria brillante, pero que obviaba sus necesidades más profundas. Mientras él actuaba dentro de ese marco, el orgullo y la satisfacción estaban fuera de su alcance. Hasta que no estuviera dispuesto a desafiar esa situación y a enfrentarse al temor de hacerlo, no habría solución posible.

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Obstáculos para el crecimiento de la autoestima

Son muchos los obstáculos que pueden hacer que una persona no desarrolle la autoestima o que impidan su crecimiento. Podríamos destacar los siguientes:
  • Obstáculos en la infancia.
  • Relaciones desastrosas.
  • Dependencia de la opinión de los demás.
  • Adicciones.
Obstáculos en la infancia. Es evidente que el medio familiar puede producir un profundo impacto para bien o para mal. Los padres pueden alimentar la confianza y el amor propio o colocar enormes obstáculos en el camino del aprendizaje de tales actitudes; transmitir que creen en la capacidad y bondad de su hijo o bien lo contrario; crear un ambiente en el cual el niño se sienta seguro, o uno de terror; fomentar el surgimiento de una buena autoestima o hacer todo lo concebible para subvertirla.
Los padres crean importantes obstáculos para el crecimiento de la autoestima de su hijo cuando...
  • Transmiten que el niño no es “suficiente”.
  • Le castigan por expresar sentimientos “inaceptables”.
  • Le ridiculizan o humillan.
  • Transmiten que sus pensamientos o sentimientos no tienen valor o importancia.
  • Intentan controlarle mediante la vergüenza o la culpa.
  • Le sobreprotegen y en consecuencia obstaculizan su normal aprendizaje y creciente confianza en sí mismo.
  • Educan al niño sin ninguna norma, sin una estructura de apoyo o con normas contradictorias, confusas, indiscutibles y opresivas.
  • Niegan la percepción de su realidad e implícitamente le alientan a dudar de su mente.
  • Tratan hechos evidentes como irreales, alterando así el sentido de racionalidad del niño; por ejemplo, cuando un padre alcohólico se tambalea hasta la mesa, no acierta a sentarse en la silla y cae al suelo mientras la madre continúa comiendo o hablando como si nada hubiera sucedido.
  • Aterrorizan al niño con violencia física, sexual o con amenazas, inculcando agudo temor como característica permanente en el alma del niño.
  • Le enseñan que es malvado, indigno o pecador por naturaleza.
Hoy, millones de hombres y mujeres que han tenido experiencias similares en la infancia buscan cómo curar sus heridas. Reconocen que han ingresado a la vida adulta con una desventaja: un déficit de autoestima. Cualesquiera que sean las palabras que utilicen para describir el problema, saben que sufren algún sentido inefable de no ser “suficiente”, o algún sentimiento perturbador de vergüenza o culpa, o una desconfianza generalizada en sí mismos, o un sentimiento difuso de indignidad. Sienten su falta aun cuando no saben con precisión qué es la autoestima, y, menos aún, cómo alimentarla o fortalecerla en su interior.
Ahora bien, algunas personas parecen haber sido excelentemente educadas según las coordenadas anteriores y, sin embargo, son adultos inseguros que dudan de sí mismos. Y otras personas, en cambio, han emergido de terribles antecedentes y han sido educadas por adultos que lo hicieron todo mal y, a pesar de ello, les va bien en la escuela, tienen relaciones estables y satisfactorias, poseen un fuerte sentido de su propio valor y dignidad, y como adultos satisfacen todos los criterios racionales de la autoestima positiva. Es como si estuvieran en la Tierra para desconcertar y confundir a los psicólogos.
Relaciones desastrosas. Según un importante principio de las relaciones humanas, tendemos a sentirnos más cómodos, más “como en casa”, con personas cuyo nivel de autoestima es similar al nuestro. Los individuos con una autoestima alta tienden a sentirse atraídos por individuos con alta autoestima. Los individuos que la poseen de un nivel medio lo son por aquellos con autoestima media. La baja autoestima busca baja autoestima en los demás. Las relaciones más desastrosas son aquellas que se dan entre dos personas que se subestiman; la unión de dos abismos no formará una cima.
Dependencia de la opinión de los demás. Recuerdo haber asistido a una conferencia de un hombre que imparte seminarios sobre la autoestima. Anunció que una de las mejores maneras de elevarla es rodearnos de personas que tengan un alto concepto de nosotros. Pensé en la pesadilla de la baja autoestima para las personas que están rodeadas de alabanzas y adulaciones, como es el caso de las estrellas de rock que no tienen idea de cómo llegaron a donde están y que no pueden sobrevivir un día sin drogas; en la futilidad de decirle a una persona que tiene un bajo concepto de sí misma que se sienta afortunada si cualquier persona la acepta, que la forma de elevar la autoestima es buscar solo la compañía de admiradores.
Es mucho más inteligente buscar compañías que sean amigas en lugar de enemigas de nuestra autoestima. Pero es peligroso ver en los demás una fuente primaria de autoestima: en primer lugar, porque no funciona; en segundo, porque corremos el riesgo de convertirnos en adictos a la aprobación, algo nefasto para el bienestar mental y emocional.
No deseo sugerir que una persona psicológicamente sana no se vea afectada por la realimentación que recibe de los demás. Somos seres sociales y con certeza los demás contribuyen a nuestras autopercepciones. Pero hay enormes diferencias entre las personas en cuanto a la importancia relativa de la realimentación que reciben: para algunas personas es casi el único factor de importancia, mientras que para otras es mucho menor.
Después de haber trabajado durante más de treinta años con pacientes que están lamentablemente preocupados por las opiniones de los demás sobre ellos, estoy convencido de que el medio más eficaz para liberarse es elevar el nivel de conciencia en nuestros actos; cuanto más aumentamos el volumen de nuestras señales internas, más tienden a equilibrarse las señales externas. Esto implica aprender a escuchar al cuerpo y a las emociones, y a pensar por nosotros mismos.
Adicciones. Cuando nos volvemos adictos al alcohol o a las drogas o a relaciones destructivas, la intención inconsciente es invariablemente aliviar la ansiedad y el dolor. Nos volvemos adictos a tranquilizantes y calmantes. Los “enemigos” de los que intentamos huir son el temor y el dolor. Cuando los medios elegidos no funcionan y empeoran nuestros problemas, nos vemos impulsados a tomar cada vez más del veneno que nos está matando. Los adictos no son menos temerosos que otros seres humanos, lo son más. Su dolor no es más leve, es más severo. Al igual que no podemos comprar la felicidad con relaciones nocivas, tampoco podemos conseguir nuestra autoestima con la bebida o la droga, porque son prácticas que evocan odio hacia uno mismo. Si no creemos en nosotros mismos —ni en nuestra capacidad ni en nuestra bondad—, el universo es un lugar atemorizante.

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Las fuentes de la autoestima

Son muchas las fuentes de las que puede brotar la autoestima. Pero podríamos destacar las siguientes:
  • La voluntad de comprender.
  • La voluntad de ser eficaz.
  • El pensar de forma independiente.
  • La autoaceptación.
  • La responsabilidad del uno mismo.
La voluntad de comprender. Como ya he resaltado, deberíamos juzgarnos según lo que se encuentra bajo nuestro control volitivo; hacerlo según aquello que depende de la voluntad o las elecciones ajenas es muy peligroso para nuestra autoestima. La tragedia de millones de personas es que hacen precisamente esto.
Cada vez que vemos hombres y mujeres con una autoestima positiva, vemos que viven conscientemente. Les interesa saber qué están haciendo cuando actúan, comprenderse a ellos mismos y al mundo que los rodea. También analizan la realimentación que reciben para saber si están o no en el buen camino con respecto a sus metas y fines. En definitiva, responden a la vida de forma activa y no pasiva.
Una persona que vive atrapada en un medio particularmente cruel, frustrante e irracional, sin duda se sentirá legítimamente alienada por muchas de las personas del mundo que la rodean. Aunque no por la realidad; no se creerá, en el nivel más profundo, incompetente para vivir, o al menos tiene posibilidades relativamente buenas de evitar este destino.
El individuo en desarrollo que mantiene un compromiso con la conciencia aprende cosas, adquiere aptitudes, cumple tareas, alcanza metas. Y por supuesto estos éxitos convalidan y reafirman la elección de pensar. La sensación de ser apto para la vida resulta natural. Un compromiso con la conciencia —un compromiso con la racionalidad, el respeto a la realidad, como modo de vida— es, en consecuencia, una fuente y expresión de autoestima positiva. Solemos asociarla solo con el resultado —con el conocimiento, el éxito, la admiración y el aprecio de los demás— y omitir la causa: todas las acciones que, de forma acumulativa, implican lo que denominamos compromiso con la conciencia, la voluntad de comprender.
La voluntad de ser eficaz. El concepto de la voluntad de ser eficaz es una ampliación de la de comprender. Pone el énfasis en la perseverancia frente a las dificultades: continuar intentando comprender cuando resulta difícil; querer llegar a dominar una aptitud o la solución de un problema frente a las derrotas; mantener un compromiso con las metas aunque se encuentren muchos obstáculos en el camino.
Tener la voluntad de ser eficaces no significa que neguemos los sentimientos de ineficacia cuando surjan, sino que no los aceptamos como permanentes. Nos sentimos impotentes temporalmente sin definir nuestra esencia como impotencia. Podemos sentirnos durante algún tiempo derrotados, desesperanzados o abrumados sin definir nuestra esencia como fracaso y saber que tras un descanso recogeremos los pedazos lo mejor que podamos y comenzaremos a avanzar nuevamente. La visión que tenemos de nuestra vida se extiende más allá de los sentimientos del momento. Nuestro concepto del uno mismo puede alzarse por encima de la adversidad actual.
De alguna manera, las personas que actúan así saben que hay una alternativa mejor en algún lugar y que algún día encontrarán el camino hacia ella. Perseveran en esa idea. Saben que todos los hombres no son papá, que su familia no agota las posibilidades de relaciones humanas, o que hay vida más allá de su barrio o de su entorno de trabajo. Esto no les ahorra sufrimiento en el presente, pero permite que este no los destruya. El distanciamiento estratégico no garantiza que no experimentarán sentimientos negativos, pero los ayuda a no hundirse en ellos.
Nadie puede sentirse eficaz de una manera adecuada (es decir, capaz de enfrentarse a los desafíos de la vida) si no ha aprendido a diferenciar los hechos de los deseos por una parte, y los temores por otra. La tarea es a veces difícil porque los propios pensamientos están siempre teñidos o incluso saturados de sentimientos. Sin embargo, en muchas ocasiones podemos reconocer que el deseo de realizar alguna acción no prueba que deberíamos realizarla. Salir corriendo de una habitación en medio de una discusión cuando estamos disgustados, por ejemplo. Y el hecho de que temamos realizar alguna acción no prueba que deberíamos evitar realizarla. Ir al médico para someterse a una revisión cuando hay síntomas de enfermedad es otro ejemplo. Si efectuamos una compra que sabemos que no podremos costearnos y evitamos pensar en las facturas pendientes que no podremos pagar, hemos subordinado nuestra conciencia a nuestros deseos. Si ignoramos las señales de peligro en un matrimonio y luego admitimos estar perplejos y consternados cuando el matrimonio finalmente explota, hemos pagado el precio por sacrificar la conciencia al temor.
El pensar de forma independiente. La independencia intelectual está implícita en el compromiso con la conciencia o la voluntad de comprender. Una persona no puede pensar con la mente de otra. Podemos aprender unos de otros, pero el conocimiento implica comprensión, no meramente repetición o imitación. Podemos ejercitar nuestra propia mente o transferir a otros la responsabilidad del conocimiento y evaluación, y aceptar sus veredictos más o menos sin reservas. La elección que efectuemos es crucial para nuestra autoestima.
Pensar con independencia —en nuestro trabajo, nuestras relaciones, los valores que guiarán nuestra vida, las metas que nos fijaremos— es un generador de autoestima. Y de la autoestima positiva surge una inclinación natural a pensar de forma independiente.
Al igual que en el resto de rasgos psicológicos, hay grados de independencia. Aunque nadie es del todo independiente ni nadie es dependiente siempre, cuanto más alto sea el nivel de nuestra independencia y más deseemos pensar por nosotros mismos, más alto tenderá a ser el nivel de nuestra autoestima.
La autoestima no se da, se adquiere. Esto puede conseguirse pensando independientemente cuando no es fácil, cuando puede incluso producir temores, cuando la persona que está pensando lucha contra sentimientos de incertidumbre e inseguridad y opta por perseverar a pesar de ello. No siempre es fácil mantener nuestro juicio, y si se ha vuelto fácil, en sí también es una victoria psicológica, ya que en el pasado hubo seguramente ocasiones en las que no lo fue, en las que las presiones contra el pensamiento independiente eran considerables, en las que tuvimos que enfrentar y sobrellevar la ansiedad.
Cuando un niño descubre que sus percepciones, sentimientos o juicios están en conflicto con los de sus padres u otros miembros de la familia y surge la cuestión de escuchar la voz del uno mismo o negarla en favor de la de los otros. Cuando una mujer cree que su marido está equivocado en algún tema importante y surge la cuestión de expresar sus pensamientos o reprimirlos y en consecuencia proteger la “estabilidad” de la relación. Cuando un artista o científico ve de repente un camino que puede alejarlo de las teorías y valores consensuales de sus colegas de las principales corrientes de orientación y opinión contemporáneas, y surge la cuestión de seguir ese camino solitario adondequiera que conduzca o volver atrás. El tema y el desafío en todas estas cuestiones son el mismo. ¿Deberíamos respetar las señales internas o negarlas? Independencia versus conformidad, autoexpresión versus autorrepudio, autoafirmación versus autorrendición.
Autoaceptación. La autoaceptación está implícita en la autoestima. Según mi experiencia, la autoaceptación no es un concepto fácil de comprender para la mayoría de las personas. Suele considerarse la autoaceptación como equivalente a la aprobación de todas las facetas de nuestra personalidad (o aspecto físico) y negar que sea necesario algún cambio o perfeccionamiento.
Autoaceptarnos no significa que no se desee cambiar, mejorar o evolucionar. Significa no estar en guerra con nosotros mismos, no negar nuestra realidad actual, en este momento de nuestra existencia. Aceptar lo que soy me exige contemplar mi propia experiencia con una actitud que haga irrelevantes los conceptos de aprobación o desaprobación: el deseo de ser consciente.
La responsabilidad del uno mismo. Al trabajar con pacientes en psicoterapia, me interesa captar el momento en que parece producirse un crecimiento repentino. Suelo ver que la transformación más radical ocurre cuando el paciente advierte que nadie vendrá a rescatarlo. “Finalmente, llegó el momento en que me permití enfrentar plenamente mi propia responsabilidad por mi vida —me ha dicho más de un paciente—, comencé a crecer, a cambiar. Y mi autoestima empezó a aumentar”.
En realidad, somos responsables de nuestras elecciones y acciones. No como sujetos de censura o culpa, sino como principales agentes causales en nuestras vidas y comportamiento. No quiero decir que una persona no sufra nunca por accidente o por culpa de otros, ni que sea responsable de todo lo que pueda sucederle en su vida. No somos omnipotentes. Pero la responsabilidad de nosotros mismos es claramente indispensable para la autoestima positiva.
Si eludimos ese compromiso nos transformamos en víctimas de nuestras propias vidas. Nos deja impotentes. Muchas personas necesitan emanciparse de esta actitud, si alguna vez han de evolucionar hacia un sentido de la vida que no sea trágico.
Fortalece a uno mismo el declarar (¡y proponérselo!):
  • Soy responsable del cumplimiento de mis deseos y metas.
  • Soy responsable de mis elecciones y acciones.
  • Soy responsable de cómo me relaciono con las personas.
  • Soy responsable del nivel de conciencia y atención con que afronto mi trabajo.
  • Soy responsable de las decisiones según las cuales vivo.
  • Soy responsable de mi felicidad personal.

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El poder de la autoestima en el lugar de trabajo

La autoestima puede ser el recurso psicológico más importante que tenemos para ayudarnos a afrontar los desafíos del futuro. Estos son especialmente evidentes en el lugar de trabajo, donde empieza a verse claramente que la autoestima no es un lujo emocional sino un requisito para la supervivencia.
La autoestima desempeña un papel importante en nuestra capacidad para:
  • Tomar decisiones.
  • Cooperar y transmitir entusiasmo y consenso.
  • Sentir que se marca una diferencia.
  • Marcar las propias metas.
  • Aprender.
  • Aceptar los desafíos.
Tomar decisiones. Estudios realizados entre ejecutivos sugieren que una de las principales causas del fracaso en entornos directivos es la incapacidad para tomar decisiones debido a una autoestima con problemas. Como hemos visto, el significado más importante de la autoestima es la confianza en la propia mente, en la propia capacidad de aprender, juzgar y decidir. Una persona que desconfía de su propia mente está en grave desventaja para enfrentarse a las elecciones y opciones que se dan en la vida laboral.
Esto se relaciona también con el componente de dignidad de la autoestima, esa convicción de que somos dignos y merecemos éxito, felicidad, confianza, respeto y amor. Si en mi interior no me siento digno de éxito o felicidad, lo más probable es que no los alcance y, si lo hago, seguramente no los disfrute. Solemos ver a personas que trabajando se sienten capaces, pero no dignas. En consecuencia, trabajan y trabajan y nunca se sienten con derecho a descansar y disfrutar de lo que han hecho. Los que dudan de su eficacia y dignidad tienden a experimentar temor hacia otras personas y, en consecuencia, pueden llegar a caer en relaciones de enemistad con ellas. Perciben a los demás como una amenaza.
Cooperar y transmitir entusiasmo y consenso. Las personas que están felices de ser como son, que confían en sí mismas y que están en paz consigo mismas, son libres emocional y psicológicamente para acercarse a los demás con espíritu benevolente. Quienes tienen una autoestima positiva tienden a generar cooperación, entusiasmo compartido y consenso más fácilmente que aquellos que dudan más de sí mismos, son inseguros y piensan en términos de un modelo de relaciones humanas del tipo ganador/perdedor.
Las personas con autoestima alta no se ven impulsadas a ser superiores a los demás; no intentan probar su valor midiéndose según un estándar comparativo. Se alegran de ser quienes son, no de ser mejores que otra persona.
Sentir que se marca una diferencia. En una ocasión trabajé con un equipo bastante improductivo. Una de las principales causas era que muchos de sus miembros no sentían que su contribución fuera relevante. A medida que comenzaron a creer que su aporte valía la pena, cooperaron más fácilmente unos con otros. Se trataba claramente de un tema de autoestima. Es un deseo humano básico ser visible para los demás, ser visto y apreciado por ser quien se es. Y es natural querer trabajar en un ambiente que nos apoye a nosotros, a nuestra autoestima, que nos haga ver que nuestro aporte puede marcar y marcará una diferencia.
Como los ciclos económicos cambian, hay períodos en los cuales las personas pierden su empleo o temen que lo perderán. Los momentos difíciles pueden sobrellevarlos mejor aquellos cuya autoestima y sentimientos de competencia y autovalía no derivan exclusivamente de sus empleos. Hace ya tiempo impartí un seminario sobre la autoestima en Detroit cuando el Gobierno se hallaba aún en el proceso de decidir el futuro de Chrysler. Había varios ejecutivos de Chrysler en el curso y les dije: “He aquí lo que tiene de malo basar su autoestima en el desempeño per se o en la capacidad de ganar dinero per se. Ahora mismo algunas personas a quienes ustedes ni siquiera conocen están intentando decidir el futuro de Chrysler. ¿Tiene sentido que ustedes deseen poner su autoestima en manos de ellas? Si la idea los ofende, bien; me ofende a mí también. No tiene ningún sentido que su autoestima esté a merced de factores sobre los cuales ustedes no ejercen absolutamente ningún control”.
Marcar las propias metas. Siempre que sea posible es deseable tener un equipo que establezca sus propias expectativas y metas dentro del marco de los objetivos de la organización. Esto fortalece la experiencia de la autonomía personal. Y según algunas investigaciones, cuando los grupos fijan sus propias metas tienden a ser más altas que cuando lo hacen otros. Los gerentes con autoestima positiva tienen menos dificultades para entregar el control del establecimiento de metas y otras tareas. Para poner en práctica técnicas de administración como esta, probablemente valga la pena incorporar a un experto en autoestima que realmente pueda aclarar qué diferencias puede marcar en el lugar de trabajo y por qué.
Aprender. Debido a que el conocimiento se está expandiendo tan rápidamente, todos nosotros, para seguir siendo eficaces, necesitamos comprometernos con el aprendizaje permanente. Para muchos, esto implica un cambio significativo de actitud. No es fácil lograr un enfoque más abstracto en el cual la autoestima no está basada en lo que tenemos o sabemos sino en nuestra capacidad de aprender. Esto no solo es importante en períodos de inestabilidad económica. Cualquier cambio impredecible puede forzar la necesidad de aprender algo nuevo y una persona debería pensar en términos de sus propios procesos, no de las aptitudes per se. Por ejemplo, es más útil preguntar: “¿Cómo llegué de no saber nada de ingeniería (o ventas o enseñanza, etcétera) a saber bastante de ello? ¿Qué es lo que ya sé sobre aprender cosas desconocidas que puedo incorporar a este nuevo desafío?”.
Aquellos que se hallan en posición de enseñar o capacitar a otros, necesitan cultivar un aprecio a la capacidad de aprender. En el lugar de trabajo, los gerentes necesitan mantener expectativas de éxito elevadas en ellos mismos y en aquellos a quienes dirigen, y al mismo tiempo crear un ambiente donde sea seguro cometer errores responsables. Es muy difícil crear un ambiente disciplinado, audaz, no punitivo. No es una contradicción exigir a las personas elevados niveles de rendimiento y al mismo tiempo permitirles crecer y aprender.
Aceptar los desafíos. Los estudios sugieren que obtenemos lo mejor de las personas cuando les pedimos algo más de lo que piensan que pueden dar. En otras palabras, les exigimos. Por cada individuo cuyo problema es que sobreestima sus capacidades, hay cien personas que subestiman las suyas.
Fijemos nuestras miras altas, pero no tanto que resulten paralizantes. Si yo fuera el director ejecutivo de una empresa, pondría mucho énfasis en fomentar en mí mismo y en mis empleados el saber que las personas pueden hacer todo tipo de cosas que no creen que pueden hacer. La expectativa positiva puede ayudar a las personas a ver más allá de sus propias limitaciones.

Conclusión

En un mundo en el que hay más elecciones y opciones que nunca y en el que nos enfrentamos con posibilidades ilimitadas en cualquier dirección hacia donde miremos, necesitamos un nivel más elevado de autonomía. Esto implica una mayor necesidad de ejercer un juicio independiente, de cultivar nuestros propios recursos y de asumir responsabilidades sobre las elecciones, valores y acciones que dan forma a nuestras vidas; una mayor necesidad de confiar, de creer en nosotros mismos desde un punto de vista objetivo.
Cuantas más elecciones y decisiones necesitemos tomar conscientemente, más urgente será nuestra necesidad de autoestima. En la medida en que confiemos en la eficacia de nuestras mentes —en nuestra capacidad de pensar, aprender, comprender— tenderemos a perseverar cuando nos enfrentemos a desafíos difíciles o complejos. Si somos constantes, seguramente obtendremos más triunfos que fracasos confirmando y reafirmando así nuestro sentido de eficacia. Por el contrario, cuanto más dudemos de la eficacia de nuestras mentes y desconfiemos de nuestro pensamiento, en vez de perseverar seguramente nos rendiremos. En consecuencia, será más frecuente el fracaso que el triunfo, con lo que confirmaremos nuestra autoevaluación negativa.
La autoestima positiva busca objetivos exigentes que la estimulen y el lograrlos la alimenta. La baja autoestima busca la seguridad de lo conocido y poco exigente; limitarse a ello debilita la autoestima. Cuanto más alta sea nuestra autoestima, mejor equipados estaremos para enfrentarnos a la adversidad en nuestras profesiones y en nuestras vidas personales; cuanto más rápido nos levantemos después de una caída, más energía tendremos para comenzar de nuevo; seremos más ambiciosos, no necesariamente en sentido profesional o económico, sino en cuanto a lo que esperamos experimentar en la vida: emocional, creativa, espiritualmente. Cuanto más baja es nuestra autoestima, a menos aspiramos y menos logros obtenemos. Los dos caminos tienden a reafirmarse y a perpetuarse. Si nuestra autoestima es alta, más dispuestos estamos a entablar relaciones positivas y a rechazar las nocivas. Los similares se atraen, la salud atrae a la salud, y la vitalidad y la apertura a los otros son naturalmente más atractivas para las personas con una autoestima positiva que la vacuidad y la dependencia.
Realmente no hay atajos hacia la autoestima positiva; no podemos engañar a la realidad. Si no vivimos de forma consciente, auténtica, responsable y con integridad, podremos tener éxito, ser populares, ricos y pertenecer a todos los clubes adecuados, pero solo tendremos pseudoautoestima. La autoestima es siempre una experiencia íntima; es lo que pensamos y sentimos con respecto a nosotros mismos, no lo que otra persona piensa y siente con respecto a nosotros. La autoestima es realmente la reputación que obtenemos ante nosotros mismos.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Nathaniel Branden (Ontario, 1930-California, 2014) fue un psicoterapeuta canadiense especialista en la psicología de la autoestima.
Doctorado en Psicología en el California Graduate Institute, Branden escribió más de veinte libros y estuvo vinculado a la corriente objetivista de Ayn Rand, filósofa con la que Branden colaboró estrechamente a lo largo de dieciocho años.
Ejerció de psicoanalista en Los Ángeles, donde reimpulsó el método de completar frases para hacer conscientes pensamientos subconscientes. Fue destacada su carrera como consultor empresarial especializado en ayudar a las organizaciones en el empleo de los principios de la autoestima como uno de los pilares de la gestión.
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