Con ganas, ganas
Resumen del libro

Con ganas, ganas

por Santiago Álvarez de Mon

Una reflexión sobre el talento y el esfuerzo

Introducción

 

La presente obra constituye una reflexión lúcida sobre la alquimia que surge entre el talento y el esfuerzo. En un mundo presidido por la incertidumbre, la diversidad y el cambio, el ser humano se interroga por su definición y señas identidad. Trascendiendo el efecto tribu, el autor nos propone un viaje gradual de descubrimiento personal desde dentro hacia fuera, desde el yo al nosotros, desde la peculiaridad de cada persona a su dimensión comunitaria. Desde su propia experiencia personal como profesor del IESE y consultor de empresas en temas de coaching, gestión de equipos y liderazgo, Santiago Álvarez de Mon nos desgrana las claves del desarrollo de las aptitudes de cada uno, rastrea las fuentes de energía y pasión, y explica las razones en las que en última instancia se sustenta el éxito.
Con ganas, ganas es además un canto a la libertad, a la propia responsabilidad, a los placeres del alma y a la esperanza, ingredientes mediante los cuales la vida cobra todo su sentido. Este partido mental interior es el que reclama la atención del autor; como él mismo señala: “Toda persona, enfrentada a los continuos dilemas que la vida le presenta, ha de elegir qué actitud tomar. En este concepto esquivo e inquietante, en su lúcido manejo, nos jugamos la partida de la vida”.

 


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Claves de una sociedad paradójica: la educación, única salida

De entre las tendencias socioculturales que afectan profundamente a la sociedad actual cabe destacar, en primer lugar, el progresivo e imparable envejecimiento de la población. Aunque el deterioro perturbador de las tasas de natalidad en los países occidentales parece haberse detenido, los avances de la ciencia en su lucha contra las enfermedades siguen alargando la vida humana. Las implicaciones que esto tiene, no solo para la creación, desarrollo y seguimiento de nuevos servicios para la vejez, sino para la salud y robustez de los presupuestos estatales, son enormes. Contrario a ciertas medidas de jubilación que desafían la inteligencia y la justicia, la situación insostenible de las arcas públicas aconseja estirar o retrasar la edad de jubilación. Unos países lideran ese cambio; pero todos, unos detrás de otros, tendrán que ir por ese camino.
Una segunda característica es que la inmigración es un fenómeno que ha llegado para quedarse. España, tradicionalmente un país de emigrantes, se ha convertido en un país receptor de inmigración y lo seguirá siendo en el futuro.
El tercer factor es la tardía e imparable incorporación de la mujer al mundo profesional. Este hecho nos va a obligar a todos, y especialmente a los hombres, a trabajar de un modo más inteligente y razonable. Por ejemplo, no es casual que sean precisamente las mujeres quienes más presionan para que la típica reunión eterna, convocada a las seis de la tarde, se abrevie y agilice. Su extraordinaria sensibilidad para el tiempo y otras dimensiones de su personalidad irán salpicando a varones acostumbrados a hacer del trabajo el centro de su jornada. El corolario natural de estos movimientos irreversibles es una realidad crecientemente diversa y heterogénea. Sin embargo, reducir la diversidad a una cuota representativa es una afrenta al sentido común. Imponer a la fuerza presencias mínimas del otro sexo, de espaldas a criterios como talento, experiencia y potencial, es reducir el problema a su mínima expresión. Lo que habría que hacer es eliminar todas las barreras y discriminaciones que encuentra la mujer en su carrera profesional, castigar al infractor, promover mecanismos de dirección y evaluación más justos e innovadores, hacer un uso más sensato del tiempo, implantar horarios flexibles, favorecer la autonomía individual, diseñar e implantar indicadores de control relacionados con la contribución objetiva al proyecto común —no al número de horas de oficina consumidas—, y así permitir que cada persona se desarrolle en la dirección cuyo talento, motivación y esfuerzo le permitan.
En este repaso de tendencias no puede faltar la revolución que conllevan las nuevas tecnologías. Nuestras formas de trabajar, convivir o relacionarnos están viéndose afectadas por ellas de manera directa. Para algunos, Internet es la forma alternativa de vivir y comunicarse de personas solitarias y problemáticas incapaces de charlar con quien tienen al lado. Para otros, Internet es un sitio donde nuestro intrínseco afán de comunidad y relación encuentra una cálida tribuna. La maldad o la bondad de la tecnología depende del uso que de ella haga el hombre: igual que podemos leer un periódico digital, cultivarnos con una obra del arte, preparar una presentación divertida o montar un reportaje fotográfico, podemos arrastrarnos en el lodazal de una pornografía degradante, chatear de manera compulsiva o utilizar la violencia para crear adicción en nuestros jóvenes.
Siendo todos, no obstante, ciudadanos de la sociedad de la información, no todos pertenecemos a la sociedad del conocimiento. Sufrimos de superávit de información y de déficit de orden, precisión e inteligencia. Para llegar a pertenecer a esa sociedad se requiere ser dueño de los conocimientos, las habilidades y las actitudes necesarios para saber cuándo enchufar y apagar la máquina. Recibir, buscar, almacenar, ordenar, priorizar la información y decidir conforme a ella, distinguiendo el heno de la paja, es el paso que nos permite obtener la carta de la ciudadanía de la sociedad del saber.
La actual crisis aconseja el cambio de los tiempos verbales: el futuro ya llegó y ofrece un panorama delicado. Los administradores irresponsables de la abundancia de estas últimas décadas, los países y los ciudadanos de la órbita occidental, nos empobrecemos sin que se tomen medidas correctoras. La pobreza material que nos espera no será lo peor: nuestra atrofia psicológica y espiritual puede ser mucho más grave. Frente a ello, conviene recuperar un concepto, la disciplina, aunque tenga para algunos un cierto tufillo militar, pero que resulta indispensable para cultivar y explotar todo el caudal de la mente humana. Precisamos de mucho trabajo y disciplina para imaginar, innovar, emprender y consolidar proyectos que posibiliten una creativa y justa generación de riqueza.
Los tiempos actuales que corren son de escasez, pero favorables para una nueva, sobria y elegante abundancia. Del exceso consumista, hortera y presumido, hemos de pasar a una personalidad más comedida, austera y disciplinada. Sin ellas, la creatividad y el ingenio serán los primeros damnificados.
Howard Gardner, prestigioso pedagogo de Harvard, en su obra Five Minds for the Future, indica: “Una persona es disciplinada cuando desarrolla hábitos que le permiten progresar de un modo sostenible y firme en el dominio de una habilidad, una destreza, un arte manual o un conocimiento”. Una vez institucionalizadas sanas costumbres por medio de la repetición y automatizados ciertos movimientos, “a través de la educación tenemos que ayudar a nuestros estudiantes a encontrar placer en lo que aprenden”. Disciplina y placer en absoluto deben ser excluyentes y antitéticos, por más que sea una idea muy arraigada en la cultura hedonista y cortoplacista.
Aquí, el papel del profesor es crucial. No se aborrecen las materias, tampoco los libros, sino a aquellos docentes que secuestran la maravillosa aventura de aprender en rancias escuelas de pensamiento o en crisis personales de desafecto y desmotivación. Un buen profesor se caracteriza por sentir pasión por la materia que imparte, un profundo conocimiento de esta, una permanente actualización de la información relevante, un estilo personal para acercarse a cada alumno, beligerancia contra la desidia y las actitudes de los gandules, puntualidad y cuidado de los detalles, un sentido de humor que linda con la fina ironía pero que no se envilece en el sarcasmo, integridad moral para decir lo que ve y no bajar el listón, y una pasión inextinguible por la verdad.
El profesor vocacional y entregado no se escuda en la lentitud del sistema, en la burocracia, en los recursos limitados, en la presión estatal, en un esquema retributivo igualitario o en la abulia de los alumnos, aunque sean todas ellas circunstancias ciertas. Por el contrario, es un experto jardinero que crea un microclima en que el alumno se ve transportado a un lugar donde se le invita a redescubrirse, a pensar, a trabajar y a disfrutar. Eso se puede propiciar únicamente con fe y confianza en las posibilidades ilimitadas de los alumnos, pese a las apariencias y datos arrojados por una realidad difícil. Se habla mucho del éxito de Finlandia en el entorno educativo internacional y no se repara en que su gran secreto no está en ordenadores, diseño de las aulas, instalaciones deportivas o número de alumnos por clase, sino en preparación, excelencia, compromiso, seguimiento-evaluación y prestigio del maestro como figura central de una sociedad que necesita aprender.

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La vida, un juego incierto: el partido interior

El diagnóstico de la falta de pasión, compromiso, energía, constancia, esfuerzo o, en definitiva, ganas que podemos hacer a la sociedad actual es asimismo, paradójicamente, el que nos indica el camino que se debe seguir.
La importancia de la actitud personal como idea decisiva para afrontar los acontecimientos, oportunidades, inconvenientes y retos que la vida nos plantea no se ha enfatizado lo suficiente. Frente a cualquier evento o circunstancia podemos reaccionar de manera mecánica e impulsiva, u optar por una respuesta guiada por la observación, la reflexión y el dominio de la situación.
Cuando renunciamos, cuando arrojamos la toalla, cuando desistimos de perseverar en una causa noble y legítima, no solo pierde nuestro lado más sublime, sino que triunfan todos aquellos que esperan, desean y ya han pronosticado nuestra derrota. Aunque sea únicamente para no darles gusto, merece la pena seguir empeñándose.
Los parámetros de la gloria son individuales, los indicadores de control son internos y los criterios últimos de evaluación, personales. Nosotros decidimos, no la sociedad, si hemos triunfado o no, y para saberlo tendremos que mirar a un espejo insondable que nos retrata fielmente.
Según Inma Shara, una emergente y ya famosa directora de orquesta, “el éxito es algo irreal. No existe. El éxito está en uno mismo. Es hacer felices a los demás. Tener éxito es poder emocionar”. Éxito y servicio se complementan uno al otro.
Otro famoso director de orquesta, Jesús López Cobos, con relación a la idea de éxito, afirma en el mismo sentido: “Verdaderamente te evalúa el público, aunque, de hecho, la prensa puede hacer mucho. Evidentemente, si cosechas malas críticas con frecuencia, tienes un serio problema. A nosotros, los directores de orquesta, personalmente, la única crítica que nos interesa es la de la orquesta y esa la vemos rápidamente. Si una orquesta está contigo es que tienes éxito”. Ninguno de estos dos personajes deposita el éxito en las manos anónimas, caprichosas y volubles de la opinión pública: allí solamente se encuentra la fama, que es, por definición, efímera e ingobernable.
La idea que se deduce de todo esto es que, en lugar de vivir pendientes del aplauso y obsesionados por los resultados, debemos centrarnos en el proceso. Utilizando un símil turístico, no importa tanto la llegada o el destino de nuestro viaje, sino el gozo y aprendizaje de la vivencia acumulada o el disfrute de los paisajes contemplados.
Es un proceso que nos obliga a salir de nuestra zona de confort, inyecta unas ganas desconocidas a nuestra marcha y encuentra en nuestras creencias y valores más profundos una veta rica e inagotable. La llamada a realizar nuestros sueños se llama vocación. La vocación es encontrar el puesto donde la persona puede hacer aquello para lo que ha sido creada, encontrar el sitio donde puede comunicar el bien y el espacio donde puede transmitir belleza.
Con la vocación encontramos una profesión que nos envuelve, y en esa comunión es donde empezamos a respirar. Encontrar nuestro lugar es el modo más seguro de ayudar a que otros encuentren el suyo. Es entonces cuando la felicidad, ese bien que todos deseamos aunque no seamos conscientes de ello, nos regala momentos exquisitos, instantes plenos y puros donde el amor, la amistad y el compañerismo se hacen fuertes; son vivencias y recuerdos que nos serán de enorme utilidad cuando lleguen las pruebas, los nubarrones y los sinsabores de la vida. Sin ellos, el sol no sería tan apreciado y, sin el dolor y la tristeza, la felicidad sería imposible de acariciar y saborear. Incluso, según la expresión de Ramón y Cajal, “el dolor mismo nos será útil, porque el dolor es el gran educador de almas y creador de energías”.

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Talentos y posibilidades del ser humano: la figura del maestro/mentor

Todos tenemos talentos y todos, en algunas disciplinas y tareas, podemos ser obtusos y negados. Más allá de conseguir unos mínimos necesarios en todas las ramas del saber humano, el empeño educativo debería dirigirse a potenciar aquellas aptitudes a las que somos más proclives, sin menoscabo de trabajar en nuestras carencias y limitaciones. Todos tenemos algún talento, pero hemos de poner de nuestra parte el resto, que incluye una multitud de factores como el optimismo, un estado de alerta mental, interés, humildad, perseverancia, ayuda, trabajo, oportunidad y ganas.
La educación debería ser la brújula que nos ayudara a hallar el lugar de encuentro entre nuestras aptitudes naturales y nuestras pasiones más personales, en lugar de limitarse a instruirnos en nuestra mera aclimatación social. Con demasiada frecuencia, la educación únicamente sirve para ingresar en un club donde sus numerosos miembros se limitan a acomodarse en los asientos que les han sido previamente asignados. Es difícil darse de baja y fuera puede llegar a hacer mucho frío. También es verdad que no todos los clubes son iguales y lo mismo se puede decir de entrenadores y profesores. Los hay que trabajan nuestro cuerpo y nuestra mente con ilusión y compromiso, y quienes nos empujan a los últimos lugares de la cola.
Por lo general, las personas que logran su cenit personal y profesional arrancan pronto. Por este motivo, es difícil determinar cuánto hay de talento natural y cuánto de esfuerzo precoz y continuado. Según el tío y entrenador personal del tenista Rafael Nadal, Toni, el futuro campeón mostró su talento ya con tres años: la posición de las piernas que adoptaba al empuñar la raqueta era tan adecuada para el tenis, como inusual para un niño de su edad. Para Toni, “talento es tener las aptitudes naturales que te permiten desarrollar muy bien aquello que haces. Muchas veces se confunde talento con facilidad, pero yo he tenido chicos que tenían mucha facilidad a los que después la cabeza no les daba para más. El talento es la capacidad de aprender, de perfeccionar una habilidad […]. El talento no solo es dar con naturalidad los primeros pasos, también es la capacidad para dar los últimos, en cualquier materia de la vida”. De ahí la importancia de la práctica, la hermana gemela del talento y socia inseparable de Rafa, la única que puede explicar su continuo progreso hacia la cúspide. La conclusión es aleccionadora: sin necesidad de ser el más dotado, se puede ganar en las pistas más difíciles del mundo.
El talento no marcha solo. Bajo su sombra se esconde la autoestima, la juventud y la curiosidad mentales, la confianza en el ser humano, el atrevimiento para emprender y crear realidades nuevas, la disposición para la sorpresa, el sentido del gozo, la complicidad, el asombro ante el universo, la gratitud a la vida, el ansia y la voluntad de servir, la vivencia dichosa de la libertad, el sentido maduro de la responsabilidad individual, y las ganas y la ilusión de ganar, que son lo crucial. Sin lucha y esfuerzo, el talento se asusta, marchita y muere. Paciencia, error, humildad, miedo, valor, constancia, hábitos, coraje, sudor y humor son los canales por los que circula una práctica volcada hacia el saber y el aprendizaje: es la ruta de nuestra excelencia personal y la fuente prolífica e inextinguible de nuestras ganas.

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Fortaleza mental: la cultura del esfuerzo y la disciplina

La inteligencia es un elemento importante y natural con que las manos de cada persona han de trabajar. Sin embargo, existen otros factores decisivos que colorean la tonalidad de nuestra existencia; sin ellos, el talento se arruga y se asusta, hasta el punto de que permanece desconocido y ausente. El primer factor es el trabajo. Un deslumbrante talento, y cima prodigiosa del ingenio humano como Mozart, fue producto de causas laboriosas y mundanas. En su libro Fragmentos de genio, Michael Howe estima que Mozart, en su sexto cumpleaños, había estudiado o recibido 3500 horas de música de su padre-instructor, un dato que da testimonio de su impresionante memoria musical, pero que confirma también que esa habilidad natural fue asimismo producto de mucho trabajo. Conforme a los parámetros de los compositores maduros, las primeras obras de Mozart no son excepcionales; de hecho, se cree que sus piezas más tempranas las escribió su padre. Entre los conciertos que únicamente contienen música de Mozart, el más temprano de los que hoy se consideran obras maestras no lo compuso hasta los veintiún años. Hasta un artista tan excepcional como Mozart se formó y consolidó gracias a un trabajo diario intensivo.
Trabajo duro es una verdad silenciada, minimizada y secuestrada por un clima social y cultural que se dedica a vender humo, opta por lo fácil y evita todo lo difícil. Sin trabajo, la inteligencia se resiste a salir, se muestra cobarde y tímida; en cambio, si se la estimula a diario, es imparable.
Los talentos son tesoros naturales que nos han sido dados para provecho de toda la sociedad; por este motivo, el único modo de conservarlos es mediante su entrega generosa. Aquí, la importancia del carácter se revela como estratégica e insustituible. El carácter no es una habilidad, destreza o aptitud para la que se está naturalmente inclinado, sino un músculo que hay que ejercitar: es una fibra potente y flexible que gana en fuerza, resistencia, elasticidad y duración con el uso inteligente; con tiempo y paciencia, si se estira y potencia con asiduidad, puede adquirir una dimensión inédita. Así lo cree John Wooden, experimentado coach de la UCLA: “El profesor (entrenador) debe explicar y demostrar, conseguir que los alumnos lo imiten mientras son corregidos, y una vez que el rendimiento apetecido se logra, repetir, repetir, repetir hasta que se hace automático. Si se quiere aprender, no hay ningún sustituto para la repetición”. La repetición es la llave maestra del aprendizaje.
El entrenamiento deportivo es un ejemplo de laboratorio diario donde se perfecciona la técnica, se trabaja el físico, se corrigen los errores y se avanza en la aventura permanente del aprendizaje. Uno de los aspectos más sorprendentes del tenista Rafael Nadal es su manera de manejar los errores. En palabras de su entrenador Toni: “Cada vez que cometía un error, parábamos y le preguntaba: ‘¿Qué ha pasado? ¿Cuál es el movimiento correcto?’. Hablamos de los errores con toda naturalidad y sencillez. Cuando te hundes por un fallo, es una presunción exagerada de tu capacidad. Lo normal es que falles, eres humano. Si no lo ves así, eres un soberbio, un impaciente. Oyes a los jugadores decirse ‘qué malo soy’ y parece humildad, pero es todo lo contrario. Eres mucho más normal de lo que crees, solamente aceptando eso puedes mejorar”.
Los grandes entrenadores no bombardean a sus pupilos con una homilía interminable, sino que suelen ser claros, concisos y van directamente al grano del asunto que les concierne. En ellos prima la información sobre la opinión. No acosan a sus jugadores con juicios de valor más o menos fundados, sino con datos y hechos fácilmente contrastables. Si surge el error, que es lo más natural del mundo, se para y se pregunta qué ha pasado y cuál es el movimiento correcto. Por este motivo el entrenador se acompaña de vídeos, grabaciones del jugador, estadísticas irrefutables y números aplastantes. Con todo este arsenal informativo lo que busca no es abrumar ni producir un atasco importante de apatía y desilusión, sino trabajar sobre las virtudes y hábitos necesarios. Todo esto es muy distinto de lo que podemos observar en muchos procesos de evaluación y mejora personal. En ellos, sobre un feedback ajustado a los hechos, prevalecen filípicas y juicios subjetivos. Se habla más del actor y de su forma de ser, en sí opinables, que del acto analizado. Sin perder la deferencia y cortesía necesarias, un comentario breve, a tiempo, al grano y honesto, íntegro, hilvanado junto con datos y hechos fehacientes, es mucho más valioso que una charla extensa y repetitiva.
Por otra parte, el juego mental del jugador, esto es, la conversación interior que mantiene consigo mismo, explica una porción considerable del resultado final del partido. Su fortaleza mental no consiste en mantenerse frío e inalterable, cual Superman perfecto e imbatible, sino que es la conquista de una persona que se reconoce limitada y vulnerable, que no se escandaliza ante los obstáculos y las dificultades encontrados. En el diálogo personal e íntimo de un carácter vigoroso y granítico, los errores se procesan y aceptan, al igual que los bloqueos y miedos, legítimos y humanos. Ellos son los que imprimen crédito, honestidad y autenticidad a esa conversación intrapersonal.

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Lógica e intuición de momentos sublimes: el misterio de la felicidad

El hondo y personal pozo de la felicidad, allí donde residen nuestra energía y pasión, tiene una clara vocación expansiva. No se recoge sobre sí mismo de manera celosa y acaparadora, sino que se da resuelto y espontáneo. Lo más valioso solamente se conserva si se comparte. En las regiones del corazón, el aspirante a monopolista no solo es avaro y egoísta, sino necio. La puerta de la felicidad gira en el mismo sentido que la de la verdad, hacia fuera, y las dos remiten al servicio y la generosidad.
Según el psicólogo Tal Ben-Shahar, la búsqueda de la felicidad como objetivo último y la pasión que tenemos por alcanzarla pueden, paradójicamente, complicar el asunto. Además, para hacerlo aún más difícil, en una sociedad de abundancia material, donde no nos falta de nada mientras otros se pelean por un pedazo de pan, la felicidad se transforma en un deber y una exigencia que nos culpabilizan y agobian. La felicidad no hay que pensarla ni sentirla como un concepto binario. Primo Levi, desde su experiencia trágica de Auschwitz, nos avisa del efecto péndulo: “Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta”. Situar la felicidad en términos absolutos, soy o no soy feliz, nos puede hacer muy infelices, sobre todo si tenemos motivos para ser felices.
Nos guste o no, además de la felicidad, la vida cuenta con otros paisajes menos cálidos y subyugantes. En ella hay etapas en las que carretera se estrecha y empina; las curvas son cada vez más cerradas y peligrosas, y nos obligan a extremar la templanza. En esos momentos es fundamental no intentar escapar de la pena. Como dice Jorge Bucay: “Todos deberíamos tener el coraje de enseñar y la madurez de aprender que parte del camino que lleva a la felicidad implica, necesariamente, algún dolor”.
No obstante, si nos empeñamos en negar, reprimir o subestimar los acontecimientos o sucesos, estos tendrán más probabilidades de secuestrar nuestra energía. La persona que busca sufrir está moral y psicológicamente quebrada, ella misma se autorreceta una pócima siniestra para fustigarse y expiar sus culpas. Por este motivo es tan importante construir una relación con uno mismo asentada en la aceptación activa de la forma de ser. Se trata de una autoestima trabajada sobre el realismo, el respeto a los hechos, la flexibilidad y la disposición para cambiar, la responsabilidad y la propiedad de lo que nos ocurre, la autonomía y la independencia individuales: una vida consciente y mentalmente solícita a los acontecimientos que se suceden, que tenga un sentido y un propósito loables, genuina e íntegra, es la mejor plataforma para solventar las peores crisis. Esto explica que a las personas con un nivel bajo de aceptación y respeto hacia sí mismas les cueste tanto salir de los atolladeros que la vida les presenta. Llegan hasta negarse el derecho a ser felices; les da tanto vértigo, que buscan el sufrimiento de manera inconsciente.
Otra lección que el dolor deja es que la persona manda sobre el personaje, que es una cuestión de autenticidad, fondo y resistencia. El personaje está siempre sometido al vaivén tiránico de las victorias y las derrotas. Cuando gana, se siente un winner, y levita arrogante y endiosado por encima de todos. Cuando pierde, se siente un loser; deprimido, busca un lugar donde esconderse y no aguanta la mirada del espejo. Así son las agotadoras idas y vueltas de un personaje vencido ante los criterios y las capitulaciones de una sociedad cegada por el glamur del “éxito”. En cambio, la persona entrenada y cultivada en la sabiduría del dolor y de la pérdida, cambia el chip, harta de la inestabilidad emocional del personaje, y se dedica al amor, a la amistad, a hacer del mundo un lugar un poco menos inhóspito y agresivo para el hombre: es el triunfo de la dignidad, la belleza y la bondad. La persona se entrega al arte de vivir y se enfrenta a preguntas decisivas, aprovechando que todavía dispone de tiempo, que es el recurso más valioso y el más desaprovechado.

‘Carpe diem’, una visión circular del tiempo: el arte de vivir

Vivir el único tiempo que nos es dado, el presente, carpe diem, no significa desarraigarnos, eliminar nuestras huellas, ni tampoco dejar de pensar en el futuro. Vivir un tiempo de calidad significa vivir en un círculo en el que caben y se integran los tres tiempos: el presente, que es visitado por el pasado (recuerdos, fotos, viajes, conversaciones, despedidas, etc.) y sacudido y estirado por un futuro repleto de sugerencias, proyectos y apuestas. Un presente que debe ser despierto y vivo y que es la única forma de integrar sabiamente el pasado, crear nuestro futuro y sobrevivir las crisis severas.
El presente solo, por sí mismo, no puede tumbarnos. Cuando nuestro sentido de responsabilidad se dispara en exceso y se confunde con un sentimiento de culpa que nos machaca de manera inmisericorde, nuestra mente rehúye el pasado secuestrando nuestra energía y lucidez. Cuando la planificación se transforma en obsesión, cuando la incertidumbre deriva en angustia, cuando se aspira a eliminar el riesgo y la aventura, cuando el miedo nos domina… nuestra mente se escapa hacia un futuro efervescente que se ríe del intento de sofocar dudas e incógnitas vitales que únicamente él puede despejar. La mente estirada en dos direcciones acaba repercutiendo en un cuerpo que ha nacido para el presente. Si nos detuviéramos en el presente tendríamos delante un cúmulo de cosas que hacer: charlas, libros, amores, detalles hacia los demás. En vez de eso, preferimos entregarnos a una retahíla de recriminaciones o ensoñaciones sobre un pasado muerto o un futuro inexistente. El presente es el tiempo que debe ser protagonista y copar nuestra existencia si queremos que esta sea consciente y racional.
Estar en paz con el presente facilita atender otros frentes. En palabras del filósofo finlandés Pekka Himanen, autor de La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, “no es posible crear algo interesante si la premura del tiempo es constante o debe realizarse de una forma regulada de nueve a cinco”. Una de las curiosidades de la vida moderna es que en todos sitios se habla de creatividad e innovación, mientras se las empaliza y reduce al absurdo. Organizaciones burocráticas y endogámicas, profundamente arraigadas en torno a la jerarquía, protocolarias y convencionales, cantan loas a la capacidad de crear del ser humano; no obstante, las patadas que esta recibe son muchas y bastantes de ellas llevan el sello de la rigidez y el exceso de formalidad. De 8-15 h, de 9-18 h… son los horarios mentales de un creciente segmento de la población laboral que vive mirando que el tiempo pase deprisa. El funcionariado no es una categoría profesional, sino una actitud vital que aqueja a muchas personas que han hecho de la seguridad, la ausencia de riesgo y el orden temporal criterios preferentes de decisión. La creatividad también se retira si no se le trata bien al tiempo. Los emprendedores y visionarios más audaces detectan y aprovechan oportunidades de negocio donde los demás solamente vemos peligros y amenazas, porque hacen un diagnóstico fino de los errores y aciertos del pasado y escudriñan en todos los pliegues del presente. Ligeros de equipaje, no se pierden en manipulaciones y lecturas forzadas de lo acontecido. Si pensamos en ello, casi todos los momentos eureka tienen el sello común de una mente absorta y centrada en la tarea presente. Las mejores representaciones y hallazgos de muchos artistas, deportistas y científicos ocurren cuando el tiempo se detiene, la historia se para y se llega a un territorio mental en el que no existe otra cosa que el misterio de lo que estoy haciendo, aquí y ahora.

Epílogo. La aventura de ser persona

Miguel de Unamuno, en su breve ensayo Adentro, insta a uno de sus discípulos a ser él mismo, a indagarse y crecer desde la fuente pura de su verdadera identidad, con estas palabras: “No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia pon tu principal empeño”. Cada hombre y mujer deben perseverar en la maravillosa y difícil empresa de descubrir y llegar a ser la persona que solamente espera que llamen a su puerta. Encontrar y protagonizar nuestro verdadero talento, carácter e identidad esencial es una causa ambiciosa pero alcanzable. Cualquiera de nosotros tiene chispa, voluntad e ingenio para conducirse dignamente por la vida, para aportar un poco de belleza y paz, y para darle una oportunidad a la libertad y a la amistad.
Continúa Unamuno: “Vete al campo, y en la soledad conversa con el universo si quieres. En vez de decir, pues, ¡adelante!, o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar, deja llenarte para que rebases luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso”. Es en la intimidad de cada persona donde reside la causa de todos nuestros males, y también la llave maestra que permite resolver el intrincado jeroglífico en el que hemos convertido el arte de vivir. Es ahí dentro, en el silencio más impenetrable, donde ganamos o perdemos el partido más importante de nuestra vida. De las ganas que pongamos depende su resultado final.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Santiago Álvarez de Mon es profesor del IESE, licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Pontificia de Salamanca y máster en Economía y Dirección de Empresas por el IESE. Ejerce, además, como consultor de empresas en temas de coaching, gestión de equipos y liderazgo.
Es autor de varios libros, entre ellos El mito del líder (Prentice Hall, 2009), No soy Superman (Prentice Hall, 2007), La lógica del corazón (Deusto, 2005) o Desde la adversidad: liderazgo, cuestión de carácter (Prentice Hall, 2003); también ha escrito numerosos artículos y documentos de investigación. Es, asimismo, colaborador habitual del diario Expansión.
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