China: conflicto a la vista
Resumen del libro

China: conflicto a la vista

por Peter Navarro

La cara oculta del gigante asiático

Introducción

 

La fuerte industrialización y el crecimiento económico imparables de China hacen que el resto del mundo mire al gigante asiático con notable preocupación. Cada vez con mayor frecuencia presenciamos terremotos económicos, financieros, medioambientales, políticos o militares ocasionados por el estilo del “capitalismo vaquero” imperante en dicho país.
Estos trastornos se originan por un modelo de crecimiento económico rápido e insostenible unido a la indiferencia por la vida humana y la propiedad intelectual. Los fenómenos de los medicamentos falsos, de algunas drogas, de las tasas de interés al alza y el precio ascendente de la gasolina, además de otros muchos, han sido provocados directa o indirectamente por la economía o la política chinas.
La China de hoy se ha convertido en una inmensa planta industrial que ha declarado múltiples guerras económicas, al mundo en general, y a los países desarrollados en particular. Así nos enfrentamos, entre otras, a:
  1. La guerra del “precio chino”, con la que se pretende conquistar el mercado mundial de exportación con las “armas de producción masiva”.
  2. La nueva guerra de la piratería. Los “piratas modernos” chinos no se limitan a robar el software o las películas de Hollywood, sino que falsifican todos los productos imaginables: automóviles, maquinillas de afeitar, frigoríficos, medicamentos, etc.
  3. La guerra de la contaminación y el calentamiento global. China es el país más contaminado del mundo, con 16 de las 20 ciudades con mayor nivel de polución del mundo. Su rápida industrialización y la ausencia de un control gubernamental sobre la contaminación medioambiental han hecho que las emisiones tóxicas que produce el país se extiendan mucho más allá de sus fronteras.
  4. La guerra del petróleo. El desarrollo de su economía ha convertido a China en el segundo mayor consumidor mundial de petróleo después de los Estados Unidos. El crecimiento de su demanda puede provocar que el precio del barril alcance los 100 dólares, con todos los efectos devastadores que eso supondría para la economía mundial.
Si el crecimiento económico de China sigue adelante, la combinación explosiva del “capitalismo salvaje” con un régimen totalitario y represivo se convertirá en uno de los mayores peligros para la integridad y la supervivencia de las sociedades humanas tal y como las conocemos.
Se necesitarán reformas y soluciones radicales para impedir que el caos se adueñe del país y afecte gravemente al resto del mundo. Pero no será posible llevarlas a cabo si previamente no se comprenden las fuerzas económicas básicas que subyacen a esta actividad descontrolada que amenaza con desencadenar el mencionado caos. Conocer la complejidad de estas fuerzas debería llevar a la resolución pacífica de los conflictos que China mantiene con el mundo.

 


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La guerra del “precio chino”

El crecimiento de la economía china desde los años 80 ha registrado una tasa anual del 10%, superando no sólo el “milagro económico japonés”, sino también los mejores resultados de los famosos “tigres asiáticos” (Taiwán, Corea o Singapur).
Esta tasa de hipercrecimiento se debe fundamentalmente a su orientación hacia el exterior y a una conquista rápida de los mercados de exportación. La facilidad de las empresas chinas para conseguirlo tiene su explicación en el famoso “precio chino”: los fabricantes y proveedores chinos de multitud de productos y servicios pueden permitirse rebajar significativamente los precios frente a sus competidores extranjeros. Como resultado, el 70% de la producción mundial de los DVDs y juguetes, el 50% de las bicicletas, las cámaras, el calzado y los teléfonos, y más del 30% de los televisores, microondas y maletas se desarrolla en China.
El “precio chino” es la mayor “arma de producción masiva” de que disponen estas empresas y lo que les permite ganar batalla tras batalla en los mercados mundiales de bienes y servicios. Esta arma la conforman varios dispositivos que garantizan su eficacia:
Un trabajo de alta calidad realizado por una fuerza laboral barata, muy disciplinada, bien formada y no sindicada. El promedio del salario de un trabajador chino es inferior a un dólar por hora. Aunque existen países donde este salario es aún más bajo (Bangladesh, Vietnam, Camboya, etc.), ninguno de ellos puede equipararse con los trabajadores chinos por su nivel de formación y disciplina. A pesar del crecimiento económico constante, los salarios chinos no suben. Esta paradoja se debe a la existencia de la mayor “reserva de desempleados” en el mundo que, irónicamente, confirma la tesis marxista de que lo que posibilita la explotación de los trabajadores es la existencia de un significativo nivel de desempleo en una sociedad, pues rebaja el precio del trabajo y permite al capitalista, además, un ahorro considerable en las condiciones laborales. Cuatro elementos explican la mencionada paradoja: un crecimiento poblacional continuo; la privatización masiva de la fuerza laboral, que ha arrojado a decenas de millones de trabajadores industriales al mercado libre sin ninguna protección; una urbanización rápida que empuja a millones de campesinos a las fábricas y un sistema de trabajo en condiciones de semiesclavitud gracias a que los sindicatos están prohibidos.
Una regulación mínima de las condiciones de salud y seguridad de los trabajadores y una regulación medioambiental permisiva y no aplicable. El gobierno chino impone muy pocos requisitos legales de seguridad y respeto al medio ambiente. Por otra parte, la legislación existente casi no se cumple o, simplemente, resulta ignorada. Semejante situación es contemplada como una gran ventaja por las empresas extranjeras, que se están implantando de manera masiva en China. Dado que los trabajadores chinos no gozan de protección sanitaria ni tienen derecho a compensaciones por accidentes laborales, las compañías chinas y las multinacionales que los emplean se benefician de una importante ventaja competitiva respecto a las empresas de aquellos países en los que los trabajadores sí están protegidos.
El papel catalizador de la inversión extranjera directa. Una mano de obra barata y una legislación laboral y medioambiental permisivas atraen un flujo masivo de inversión extranjera directa que, desde los años ochenta, ha crecido exponencialmente y que pronto alcanzará, se calcula, los cien mil millones de dólares anuales. En su mayoría procede de Hong Kong, Estados Unidos, Japón, Corea y Taiwán. Para las empresas chinas, esta inversión foránea proporciona dos sólidos catalizadores de su ventaja competitiva: por un lado, la inversión se utiliza para introducir los procesos de fabricación más sofisticados y técnicamente avanzados, y por otro, ha traído con ella a los mejores talentos y las mejores prácticas de gestión en el mundo.
Una forma muy eficaz de organización industrial conocida como “aglomeración de red”. Para la producción de un gran número de bienes de exportación, algunas empresas chinas ubicadas muy cerca una de la otra han desarrollado redes de producción en las cuales se complementan mutuamente. Por ejemplo, cada componente necesario en la fabricación de juguetes se elabora en plantas muy próximas. Así, coexisten en una misma área plantas que se dedican a producir las piezas de plástico, los colores, las etiquetas impresas, los tornillos, el pelo sintético, etc. Existen ciudades enteras que se han especializado en determinadas industrias o sus segmentos. Por ejemplo, la ciudad de Huizou es el mayor productor mundial de diodos de láser y uno de los principales de DVDs. Por su parte, las fábricas en Hongmei se centran en la producción textil y el cuero, mientras que Yanbun es la capital mundial de la producción de ropa interior.
Un sistema de falsificación y piratería muy elaborado e impune. Estas prácticas están tan extendidas entre las empresas chinas que permite una enorme reducción de costes para los productos falsificados respecto de los países donde se respetan los derechos de propiedad intelectual e industrial. La piratería y la falsificación imperantes en China se deben en su mayor parte a la pasividad y tácita aprobación de las autoridades. Estas hacen la vista gorda porque la venta de productos falsificados en el mercado nacional mantiene baja la inflación y su venta en el exterior genera empleo y beneficios.
Una divisa extremadamente devaluada que mina las divisas de los países vecinos. Zonas desarrolladas como Estados Unidos, Japón o la Unión Europea respetan unas “tasas de cambio fluctuantes”, según las cuales el valor de la divisa lo determina el libre mercado, de forma que si el déficit comercial de Estados Unidos aumenta con respecto a Japón o Europa, el dólar se devalúa, con lo cual las importaciones a Estados Unidos se vuelven más caras y las exportaciones de ese mismo país más competitivas. China, en cambio, ha establecido el sistema de “tasa de cambio fija”, según la cual el valor del yuan respecto al dólar no cambia. Como resultado, las importaciones procedentes de China han inundado el mercado norteamericano, mientras que la devaluación real del yuan ha sido enorme. Gracias a este tipo de tasa, el dólar nunca puede devaluarse respecto al yuan, lo cual permite a China adquirir una enorme ventaja respecto al resto de los países a la hora de acceder al lucrativo mercado norteamericano.
Grandes subsidios estatales a numerosas industrias prioritarias. La estrategia comercial china se apoya en un acusado proteccionismo sobre determinados sectores de producción considerados prioritarios, como el sector agrícola y el industrial. Esta estrategia es doble: por un lado, se subvenciona directa o indirectamente a estos sectores, mientras por el otro se imponen una serie de complejas barreras comerciales a las empresas extranjeras con el objetivo de proteger a las industrias nacionales más vulnerables.

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La nueva guerra de la piratería

La piratería es la producción, distribución o utilización no autorizada de un producto o servicio. El objetivo de la piratería es fabricar la copia de un producto y venderla como original. Por su parte, la falsificación significa hacer pasar productos pirateados por reales.
China no es el único país en el que una parte significativa de su actividad económica se basa en la piratería y la falsificación, pero sí es el más grande. En concreto, las dos terceras partes de todos los bienes pirateados o falsificados en el mundo proceden de China.
El gobierno chino consiente ambas prácticas porque, desde una perspectiva económica, los dos fenómenos se han convertido en una poderosa herramienta para controlar la inflación, crear empleo, expandir el número de contribuyentes y, en definitiva, elevar el nivel de vida de la población.
Contrariamente a lo que se piensa, el robo de la propiedad intelectual e industrial practicado en China no se limita tan sólo a artículos de lujo como los bolsos de Prada o los relojes Rolex, sino que se extiende a muchos otros artículos como alimentos para bebés, refrescos, teléfonos móviles, champús, frigoríficos, automóviles, ascensores, CDs vírgenes, diversos componentes de hardware y muchos otros.
Uno de los mayores sectores y más lucrativos de esta economía pirata son los repuestos para automóviles, que alcanzan el 70% de la producción mundial de repuestos falsificados. Es un mercado muy organizado donde se encuentra todo tipo de elementos (frenos, filtros de aceite, cinturones de seguridad, motores, neumáticos, etc.). Esta actividad perjudica seriamente a la industria automovilística legítima, que no consigue hacerse un hueco en el mercado de repuestos.
El otro gran negocio de la falsificación en China lo representan los medicamentos, de los que es el mayor productor mundial. Los fabricantes chinos se han ganado este primer puesto de dudosa reputación no sólo por su enorme capacidad de producción, sino porque sus piratas, altamente cualificados, son capaces de reproducir exactamente la composición de los fármacos, algo que solo se puede detectar después de complejas pruebas de laboratorio. El factor que ha hecho posible la gran calidad de la falsificación china es la inversión directa extranjera, que introdujo en el país una sofisticada maquinaria con la que es posible falsificar cualquier medicamento o producto del que extraer beneficios.
Los medicamentos falsificados encuentran su camino hasta el usuario final por diferentes vías. Se dan casos en los que algunas grandes cadenas de venta, como Rite Aid en Estados Unidos, se ven engañadas por sus proveedores o alguna pequeña farmacia local intenta reducir sus costes comprando lotes desparejados a los mayoristas. Más frecuentemente aún es la web la que posibilita que estas falsificaciones lleguen hasta el domicilio mismo de los compradores.
Desde China, y vía Internet, no se venden únicamente medicamentos de esta especie, sino también productos falsificados como música, películas, software, etc. Se estima que más de las dos terceras partes de todo el tráfico de Internet está dedicado a la distribución de contenido pirateado o falsificado.
La piratería es un negocio muy lucrativo para los que lo practican por varias razones. Los piratas no necesitan dedicar esfuerzo ni dinero a la investigación, diseño y desarrollo de un producto, sino que se adueñan directa e inmediatamente de la propiedad intelectual; tampoco tienen necesidad de invertir grandes cantidades de dinero en publicidad, en mantener un nombre de marca o abrirse nuevos mercados. No se ven obligados a respetar las condiciones laborales o medioambientales exigidas por la legislación dado que ésta es, en la mayoría de los casos, inexistente.
Los fabricantes piratas chinos operan según guiones muy diferentes. Uno de esos guiones es la llamada “cadena de abastecimiento global” de piratería y falsificación, y tiene lugar de la siguiente manera: una multinacional firma un contrato con una fábrica china para que elabore mil unidades por día de tal producto. Además de dos turnos regulares para conseguir la cantidad estipulada, la fábrica mantiene operativo un tercer turno, por la noche, y luego exporta 500 unidades “por la puerta trasera”. Una variante de este fenómeno la representa la ingeniería revertida de la tecnología occidental. A través de esta ingeniería se falsifica todo tipo de productos, desde motocicletas Suzuki hasta equipos de golf Callaway, que aparecen en el mercado tan sólo unas semanas después que sus originales.
Cuando los productos de contrabando abandonan el territorio chino son introducidos en la cadena mundial de abastecimiento de mil maneras diferentes, muchas de ellas controladas por la mafia. Lo más preocupante es que estas redes criminales han conseguido un grado de sofisticación igual o superior al que poseen las empresas. Ya no se dedican a traficar con droga o mantener redes de prostitución, sino a la piratería de medicamentos o de alta tecnología, que les reportan unos beneficios mucho mayores.
A pesar de que cada año el gobierno chino incrementa la presión sobre la piratería y la falsificación, estas continúan en aumento. Detrás de una política oficial aparentemente contundente contra la piratería, se oculta un sistema de leyes y regulaciones que más bien la fomentan en lugar de combatirla. Con ello, China viola las reglas de la Organización Mundial del Comercio y muchos otros tratados y acuerdos internacionales. El más escandaloso ejemplo de esta actitud es el hecho de que la exportación de bienes pirateados o falsificados no se considera ilegal. Por más equipos de investigación que Louis Vuitton, Pfizer o Boss destinen a detectar los cargamentos de productos falsificados, el gobierno chino no impedirá su exportación. Una vez que entran en las redes de distribución, es ya muy difícil seguir la pista de estos productos.
La protección de las marcas en China es a menudo un juego en el que jueces y administradores corruptos dictan sentencias contra las grandes corporaciones multinacionales, dejándolas sin protección alguna frente a los falsificadores.
Es probable que China continúe tolerando la existencia de empresas dedicadas a la piratería y la falsificación mientras esté en su interés hacerlo, o quizá, hasta que la comunidad internacional se decida a ejercer una presión suficiente como para obligarla a eliminar estas prácticas.

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La guerra de la contaminación y del calentamiento global

China se encuentra en plena crisis de contaminación de su medio ambiente, cuyas razones son, principalmente, de origen endógeno. Se trata de una contaminación consentida porque ofrece a la economía del país una considerable ventaja competitiva sobre otros países con una legislación medioambiental mucho más rigurosa. La polución de origen chino se extiende a los países limítrofes, Japón, Corea y Taiwán. Incluso es posible establecer una conexión entre el aumento de la misma con el cada vez mayor número de huracanes e inundaciones porque la contaminación contribuye al calentamiento global de manera directa.
Para comprender las causas de la contaminación en China hay que tener en cuenta primero su extraordinario alcance, y segundo, que no se trata de una situación conscientemente provocada. En la raíz de este problema se encuentra la alta dependencia del país de un carbón de baja calidad, utilizado como fuente de energía para generar la electricidad, garantizar la producción industrial y ser usada en el ámbito doméstico. El carbón cubre el 75% de todas las necesidades energéticas del país y marca la diferencia con el resto del mundo, cuyo principal recurso en este ámbito es el petróleo.
El resultado de esta dependencia tan acusada del carbón, unida a la casi completa ausencia de tecnologías de control de la contaminación, es un aire que contiene partículas de materia fina que son las más peligrosas para la salud respiratoria de la población. Incluso si el problema del carbón se erradicara, la explosión en la venta de automóviles y camiones se convertiría en un nuevo factor de contaminación igual de potente que el anterior.
Otro efecto de la polución medioambiental lo representan las lluvias ácidas, que pueden llegar a afectar a un tercio del territorio chino y la mitad de sus ciudades. Frente a este fenómeno, y con la esperanza de protegerse a sí mismos, algunos países como Japón han intentado subvencionar la utilización de tecnologías anticontaminantes en China.
Aunque normalmente no se la asocia con paisajes desérticos, China posee una extensión de estos de entre las más altas del mundo. Un cuarto de su superficie está ocupada por los desiertos y, para dentro de veinte años, se calcula que esta cifra alcanzará el 40%. Lo más preocupante de este proceso de desertización es su rapidez: cada año se pierden unos 4.000 kilómetros cuadrados, a pesar de los intensos esfuerzos del gobierno central para impedirlo.
También ha aumentado la frecuencia de las tormentas del desierto desde los años noventa. Estas tormentas ya no se limitan al territorio chino, sino que alcanzan a países como Corea y Japón, que en muchas ocasiones se han visto obligados a cerrar sus aeropuertos o se han encontrado con sus ríos atascados por la proliferación de algas.
La desertización tiene tres causas principales: el sobrecultivo, la superpoblación de ganado ovino y caprino y la deforestación. El sobrecultivo es un fenómeno propio del interior: tenía por objetivo cultivar trigo en las zonas semidesérticas del oeste y el norte del país, como parte del proceso general del aumento de la producción en los primeros años del régimen comunista. No obstante, el efecto ha resultado ser el contrario, ya que los campos sembrados pronto se convirtieron en desierto aún más arenoso y polvoriento.
Por su parte, la superpoblación ovina y caprina supone otro gravísimo problema. En la actualidad, China cuenta con una cabaña de 290 millones de ovejas y cabras, capaces de acabar con inmensas extensiones de pastos especialmente en la región de la Mongolia interior. Se trata de una catástrofe de proporciones históricas que hasta el momento el gobierno no ha sabido cómo atajar.
El otro gran factor de desertización es la deforestación acelerada, de consecuencias nefastas para la biodiversidad y responsable de la reducción en la frecuencia de las lluvias.
Todos estos elementos han contribuido al aumento tanto de la intensidad como de la frecuencia de las tormentas del desierto, como queda dicho, y a la aparición de una peculiar niebla o smog de origen chino llamado “chog”, un hecho con repercusiones globales. Este humo no se detiene en las ciudades chinas, sino que continúa su expansión por Corea o Japón y donde afecta a aeropuertos, carreteras, comercios y colegios. Se calcula que ocasiona unas pérdidas a la economía regional de unos 6.000 millones de dólares anuales. Algunas de estas nubes tóxicas ya alcanzan las costas occidentales de Estados Unidos, donde contaminan indiscriminadamente el cielo de ciudades ya de por sí degradadas como Los Ángeles, o de algunas todavía libres de polución, como Aspen.
Las razones por las cuales China se ha convertido en el pulmón negro del planeta tienen que ver con una serie de incentivos económicos perversos, que han conseguido frustrar cualquier intento del gobierno central para controlar la contaminación. En ese sentido, aunque China posee una legislación casi tan rígida como la de Estados Unidos o Japón en lo que se refiere al cuidado del medio ambiente, las autoridades locales encargadas de ponerla en práctica son muy autónomas a la vez que están profundamente corrompidas. Los funcionarios locales suelen aliarse con empresas locales corruptas o son de la opinión de que nada debe impedir el crecimiento económico.
En ese ambiente tan permisivo, los directores de empresa y ejecutivos chinos ignoran la legislación sobre protección medioambiental o buscan maneras de burlarla. Una de las maneras más frecuentes de hacerlo, practicada por un tercio de las grandes compañías chinas, consiste en activar las tecnologías de control de la contaminación únicamente cuando se llevan a cabo las inspecciones gubernamentales.
La falta de protección del medio ambiente en la práctica hace de China un país atractivo para que las multinacionales implanten allí algunas de sus industrias más contaminantes, principalmente de Japón y Corea. Resulta irónico que este sistema de protección medioambiental tan disfuncional actúe como uno de los principales imanes para la inversión extranjera.

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La guerra del petróleo

Desde el ataque japonés a Pearl Harbour, el petróleo y las guerras han estado estrechamente relacionados entre sí. Desde entonces, el petróleo ha sido el motor de la economía moderna y la protección de su red de abastecimiento el motivo de más de un conflicto bélico. La novedad del momento actual es la necesidad de petróleo que China está experimentando y sus consecuencias para el equilibrio en los escenarios económico, político y militar. Hoy en día, China es el mayor consumidor mundial de petróleo por detrás de los Estados Unidos. Es además un país muy dependiente de su importación (un 40% en la actualidad y un 60% en el futuro cercano), ya que no dispone de reservas sustanciales del mismo (apenas llega a 10 días, frente a los 60 de Estados Unidos o los 100 de Japón).
Así, en el escenario económico, se presenta el hecho de que la demanda creciente de China provoca choques de precios persistentes y significativos, unidos a una volatilidad de cada vez mayores proporciones en los mercados mundiales del petróleo. El Fondo Monetario Internacional advierte del “choque permanente del petróleo” y de una posible recesión global sostenida en las próximas décadas, provocados precisamente por el aumento de esta demanda, lo cual augura un complicado futuro económico para el mundo.
Unos precios elevados del petróleo aumentan los costes de producción de los bienes y servicios, disminuyen la inversión de capital y disparan la inflación. También actúan como una especie de “impuesto” que reduce la demanda de otros bienes distintos a él y así se obtiene el típico resultado de la recesión, el aumento del déficit público y una presión creciente sobre los tipos de interés.
Además de efectos como los descritos, que pueden derivarse de la participación creciente de China en los mercados mundiales del petróleo, existen otras consecuencias de carácter geopolítico que pueden resultar aún más peligrosas para la estabilidad económica y política, dadas las estrategias altamente provocadoras de China en este ámbito.
El enfoque estratégico chino para asegurar sus reservas de petróleo es radicalmente distinto del de los Estados Unidos, por ejemplo. Mientras que este país se preocupa principalmente de garantizar la seguridad en el mercado mundial del petróleo, China intenta asegurarse las reservas de crudo en los países productores. Esta táctica pretende obtener un control físico, más que financiero, sobre el petróleo antes de que éste llegue al mercado; su materialización se plasma en los acuerdos bilaterales que China firma con un número progresivamente mayor de países productores de crudo, que establecen el intercambio de armas de destrucción masiva o de recursos nucleares por petróleo. Una variedad de esta estrategia es el veto chino en las Naciones Unidas, destinado a proteger a diversos regímenes dictatoriales o “estados canalla”, cuando estos se ven amenazados, a cambio de petróleo. En ese sentido, China ya posee acuerdos bilaterales con países como Irán, Sudán o Angola.
El apoyo chino a Irán tiene tres efectos desafortunados. En primer lugar, perpetúa un régimen que, sin dicho apoyo, ya se habría desmoronado dada su gran impopularidad entre la población iraní. En segundo lugar, la indiferencia que China demuestra hacia la política de bloqueo estadounidense contra Irán ha animado a Europa y Japón a hacer lo mismo, con el argumento de que no pueden permanecer de brazos cruzados mientras el país asiático se asegura las mejores reservas de petróleo existentes en el mundo. Por último, a cambio del crudo, China suministra a Irán la tecnología nuclear más sofisticada y armamento de última generación -incluida la capacidad de producir armas químicas-, elevando así el riesgo de desestabilización de una región ya de por sí muy inestable.
En el caso del Sudán, el intento estadounidense de aislar a este país por su apoyo al terrorismo islámico, las guerras de exterminio y el genocidio en las regiones del oeste y del sur, prohibiendo toda importación, exportación e inversión en el país africano, parece que sólo consigue convertir sus reservas de petróleo en una presa fácil para China. El veto chino en las Naciones Unidas protege a Sudán de estas sanciones a cambio del acceso a sus reservas de petróleo.
Angola es el país más rico en petróleo del África subsahariana después de Nigeria y, como muchos otros, ha sido víctima de la “maldición de los recursos”, que a menudo convierte a los países con más recursos naturales en los más pobres, al ejercer esta riqueza unos efectos perversos sobre sus élites, que la utilizan en beneficio propio y no en el público. Así, los oficiales angoleños corruptos conceden los derechos de explotación del petróleo a China a cambio de préstamos poco transparentes e ingresan el dinero en paraísos fiscales en vez de invertirlos en el país. Como resultado, Angola se ha convertido en uno de los principales abastecedores de petróleo para China, mientras un tercio de su renta anual acaba en las cuentas de algún paraíso fiscal. 
China cuenta con otra apreciable reserva de petróleo en torno a las islas Spratlys y Paracelsas. Según la Agencia Estatal de Información Energética de Estados Unidos, el mar austral de China guarda en su interior unas reservas de unos 7.000 millones de barriles confirmados más unos 20.000 millones más por descubrir. Si esto finalmente se confirma, es posible que el país asiático llegue a un conflicto incluso militar con alguno de sus vecinos. Los estrategas militares chinos plantean garantizar su seguridad energética construyendo una potente armada capaz de desafiar a la flota estadounidense, que controla los estrechos de Ormuz y Malaca por los que discurre la mayor parte del tráfico petrolífero mundial. Esta estrategia opera a distintos niveles, alguno de los cuales incluye objetivos políticos más amplios.
Así, por ejemplo, en algunos casos China venderá armas a Pakistán para obligar a India a destinar más recursos a su frontera con ese país y distraer su atención de la frontera con China. La misma estrategia se emplea para tener acceso a las bases navales de Birmania en el Océano Índico. Los recursos petrolíferos existentes en el mar de la China oriental son la causa de un posible enfrentamiento con Japón. La línea de demarcación que divide en partes iguales el mar que separa a ambos países, propuesta por Japón, es rechazada por China, y es probable que en el futuro se llegue a una tensión cada vez más acelerada de carácter económico o incluso militar. Esto implicaría un probable rearme nuclear de Japón y su remilitarización, todo lo cual provocaría unas nefastas e incalculables consecuencias para la estabilidad de la economía mundial.
Todo ello demuestra que China está dispuesta a utilizar cualquier arma que tenga a su disposición, sea económica, política o militar, para conseguir cualquiera de sus numerosos objetivos político-económicos, entre los cuales figura como prioritario el de su seguridad energética.

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Conclusión: Cómo luchar y ganar en las nuevas guerras de China

Aunque parezca que no hay nada que hacer para impedir las futuras “guerras” con China, sí existen algunas iniciativas que, aunque complicadas, podrían ponerse en marcha a condición de que los principales actores, incluida China, entiendan la importancia de llevarlas a cabo.
Tales actuaciones consisten en aplicar una serie de preceptos tajantes. Por ejemplo, en lo que respecta a la piratería y las falsificaciones, la política obvia es luchar de forma legal y rotunda contra el robo de la propiedad intelectual e industrial. Cualquier país que tolere este tipo de prácticas debería ser castigado con severidad en organizaciones internacionales como la Organización Mundial del Comercio. Las políticas de prevención de la piratería se beneficiarían enormemente del refuerzo de la seguridad fronteriza, además de comportar otra serie de ventajas como frenar los avances del terrorismo o el tráfico de estupefacientes.
De manera similar, la degradación ambiental de China debería combatirse con la estipulación de una serie de estándares mínimos en cada acuerdo comercial multinacional o bilateral. Algo similar ya se hizo con éxito, aunque limitado, en el Tratado de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA). Para una lucha todavía más eficaz contra la contaminación proveniente de China, los gobiernos de los países limítrofes, y otros, deberían impedir que sus empresas establezcan plantas en China cuando buscan esquivar las restricciones medioambientales de sus países de origen.
El uso inmoral y oportunista del poder de veto que China ejerce en las Naciones Unidas es algo reprobable e intolerable. Es este veto el que permite que países como Sudán, Zimbabue o Irán ejerzan la represión sobre sus respectivas poblaciones y hagan crecer la venta de armamento a escala mundial. Además, su existencia pone en cuestión la propia viabilidad de la organización. Por ello, el paso obvio que Estados Unidos, Europa y los principales países asiáticos deberían dar es condenar tajantemente los abusos de poder chinos y buscar fórmulas que hiciesen posible la revocación de su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Por otro lado, la agresiva política china en lo que respecta al petróleo necesitaría contrarrestarse con un compromiso, por parte de Estados Unidos y Europa, y similar al que existía con el Proyecto Manhattan, de desarrollar carburantes alternativos. Además, una reducción de la “petro-dependencia” permitiría a la vez conseguir otros objetivos como la erradicación progresiva de los conflictos militares y políticos en Oriente Medio y la ralentización del calentamiento global.
Todas estas acciones son muy costosas de emprender principalmente porque requieren la voluntad política y económica de enfrentarse a China. También, en muchos casos, supondrían unos costes económicos a corto plazo. Por ejemplo, elevar los estándares medioambientales a nivel global aumentaría el coste de fabricación de los productos, la seguridad fronteriza supondría un peso adicional para los presupuestos estatales ya sobrecargados, mientras que reducir la dependencia del petróleo requeriría una realineación industrial masiva.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Peter Navarro es doctor en Economía por la Universidad de Harvard. Imparte clases en la Escuela de Negocios Paul Merage de la Universidad de California, en la ciudad de Irving. Navarro es un reconocido experto mundial en traducir sofisticados análisis macroeconómicos sobre negocios, finanzas e inversión a un lenguaje accesible para el público general. Colabora habitualmente en Business Week, Los Angeles Times, The Wall Street Journal, The New York Times y muchos otros medios.
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