Charlas TED
Resumen del libro

Charlas TED

por Chris  Anderson

La guía oficial TED para hablar en público

Los fundamentos

 

Casi todo el mundo ha experimentado el miedo a hablar en público alguna vez, y para muchos este miedo es incluso mayor que la muerte. Pero ¿cómo es posible? No hay ninguna tarántula oculta tras el micrófono, ni el público te atacará con lanzas si lo haces mal. ¿Por qué, entonces, tanta angustia?
Pues porque hay mucho en juego, no solo en la experiencia del momento, sino en nuestra reputación a largo plazo. Y esto era lo que más temía Monica Lewinsky.
Resulta que hace unos años salió a la luz un escándalo entre el presidente estadounidense de entonces, Bill Clinton, y Monica Lewinsky. Monica fue criticada y humillada en público por la aventura que tuvo con el presidente, pasando por una experiencia tan intensa que a punto estuvo de destruirla. Diecisiete años más tarde, Monica se encontraba en el escenario de TED para dar su charla.
Como te imaginarás, “nerviosa” es poco para describir cómo se sentía Monica. Temía quedarse en blanco frente al escenario, no saber transmitir lo que pretendía… y lo peor: que la gente la juzgara de la misma forma que había hecho años atrás.
Monica estaba aterrada, pero sabía que lo que tenía que decir era algo valioso. Tras prepararse mentalmente, subió al escenario y usó ese miedo como motivación para dar su charla.
Al día siguiente, la charla de Monica tenía más de un millón de visualizaciones en internet, llena de comentarios entusiastas sobre su actuación. Muchas personas recibieron la charla como un regalo, e incluso gente que la había criticado hacía años le pidió disculpas por juzgarla.
Monica solo tomó algo que le importaba profundamente y lo reconstruyó en las mentes de sus oyentes. Y esa es precisamente tu misión como conferenciante.
Ese algo que debes transmitir es una idea: una construcción mental con la que los demás pueden quedarse, de la que pueden apartarse, que pueden valorar, y que en ciertos aspectos puede cambiarlos.
Una idea puede cambiar la visión del mundo de la gente. Si logras invocar una idea poderosa en la mente de las personas, habrás hecho algo asombroso. Les habrás ofrecido un regalo de valor incalculable. En un sentido muy real, un trocito de ti se habrá convertido en parte de ellos.
Lo más probable es que haya en ti muchas más cosas dignas de compartir de lo que tú mismo eres consciente. Has vivido una vida que es tuya y solo tuya. Hay experiencias que has tenido solo tú. Hay visiones que puedes extraer de algunas de esas experiencias y que merece la pena compartir. Solo hace falta averiguar cuáles son.
Piénsalo un momento: ¿cuál es la idea que más te gustaría esparcir en la mente de los demás? La posibilidad de hablar en público puede ser el empujón que necesitas para comprometerte con un proyecto de investigación serio, y aprender de aquello que en el futuro te gustaría transmitir.
Ten en cuenta que, para que al público le merezca la pena el tiempo que dedica a tu charla, lo que digas tiene que basarse en algo con cierta profundidad. El estilo sin sustancia es espantoso; y, al igual que el público nos está prestando su atención, nosotros hemos de darles algo de valor.
Recuerda que lo más importante es acabar creando ese patrón en la mente de tus oyentes, y que el lenguaje que utilices debe ser compartido por quien habla y quien escucha.
Si empiezas solo con tu lenguaje, tus conceptos, tus ideas preconcebidas y tus valores, fracasarás. Empieza con los suyos. Solo a partir de ese territorio en común, quienes escuchan podrán empezar a construir tu idea en el interior de su mente y abrirás la posibilidad a que se inspiren para cambiar el mundo.

 


La línea argumental

El sentido de una charla no deja de ser más que decir algo con sentido. Para ello es fundamental que identifiquemos nuestra línea argumental, el hilo conductor que une todos los elementos de la narración y hace que cada idea esté conectada.
Fíjate por ejemplo en este libro. Hemos empezado con una historia que nos ha servido para introducir el poder de las charlas. Luego, hemos hablado del valor de las ideas y lo que tus experiencias pueden ofrecer, y los estamos usando como base para introducir el hilo argumental.
No tendría sentido que te hablara del hilo argumental sin primero convencerte de por qué has de hablar en público. Cada elemento tiene su función, y la línea argumental nos permite ordenarlos de forma que todos estén conectados.
Esta línea debería ser visible desde el principio para que la charla despierte el interés del público. Plantéate el ejercicio de encapsular el hilo argumental en una frase que no supere las quince palabras, pero que proporcione un contenido potente.
¿Cuál es la idea precisa que quieres construir en el interior de la mente de quienes te escuchan? ¿Cuál es la idea clave de tu charla? Habitualmente esta será la que definirá tu línea argumental, y los demás elementos le servirán de apoyo.
Ten en cuenta que solo se puede regalar una idea a una mente dispuesta a recibir ese tipo de idea. El público tiene que saber adónde te diriges, y así podrá seguirte.
Suena fácil, ¿verdad? O quizás no tanto. Construir una línea argumental a veces puede ser un trabajo difícil, y es habitual que los conferenciantes lo hagan de la manera equivocada.
La forma equivocada de condensar una charla es incluir en ella todo lo que uno cree que debe decir, pero recortando cada uno de sus elementos para que parezcan más breves. Déjame decirte que las líneas argumentales que conectan un número elevado de conceptos no funcionan.
Cuando uno pasa rápidamente de un tema a otro de forma resumida se produce una consecuencia drástica: los temas no impactan con fuerza. Tú conoces el trasfondo y el contexto de lo que estás diciendo, por lo que las ideas que aportas te pueden parecer profundas. Pero para el público que llega a tu trabajo virgen es muy posible que la charla le resulte conceptual, árida o superficial.
En realidad, se trata de una ecuación muy simple: una charla llena de conceptos equivale a una charla en la que esos conceptos están poco explicados.
Para decir algo interesante debes dedicar cierto tiempo a ocuparte de, primero, demostrar por qué importa lo que estás contando y, segundo, complementar todos los argumentos que aportas con ejemplos, historias y datos reales.
El problema es que explicar el porqué y acto seguido proporcionar ejemplos es algo que requiere su tiempo. Para ello debes reducir el conjunto de temas que abordar y limitarlo a un solo hilo conectado. En cierto sentido cubres menos, pero la repercusión será significativamente mayor.
Recuerda que el secreto del éxito de una charla depende a menudo de lo que se deja fuera de ella. Como en muchos otros ámbitos de la vida, menos puede ser más, y con la línea argumental filtraremos lo que de otro modo acabaríamos diciendo.
Al final, podemos ver una charla como si de un viaje se tratara, una aventura que emprenden juntos el que habla y su público. La línea argumental traza el sendero que sigue el recorrido, y el conferenciante es el guía del viaje.
Como cualquier guía turístico, el conferenciante debe empezar allí donde se encuentra el público, evitando dar saltos imposibles o cambios inexplicables de dirección. Tener claros todos los pasos del viaje te permitirá llegar al destino, un lugar nuevo y hermoso que tu público ha tenido la oportunidad de descubrir contigo.

Herramientas para las charlas

Hay un fallo que muchos conferenciantes cometen a la hora de dar sus charlas. Se preparan bien su guion, estructuran sus ideas con sentido, pero se olvidan de que les están hablando a personas.
Veo con demasiada facilidad a conferenciantes que sueltan su charla de forma robótica, sin llegar a conectar con quienes los escuchan. Se percibe en su tono de voz y en la falta de pasión por transmitir sus ideas; el resultado final es que el público no sale convencido de lo que ha escuchado.
Fíjate en que el conocimiento no puede meterse a la fuerza en los cerebros ajenos, sino que se le debe dejar entrar. Antes de poder construir una idea en la mente de otra persona hace falta contar con su permiso. Y la manera de lograrlo es hacer visible al ser humano que se agazapa, acobardado, en tu interior.
Piensa en la última vez que asististe a una charla, ¿pudiste conectar con el conferenciante? Estoy seguro de que las charlas que más te impactaron fueron aquellas en las que estableciste una conexión humana, que fue capaz de echar abajo las barreras y dudas que tenías con el hablante.
Las personas no somos ordenadores, y hemos desarrollado armas para protegernos de conocimientos peligrosos que contaminan la visión del mundo de la que dependemos. Estas armas llamadas escepticismo, desagrado, desconfianza o aburrimiento son de un valor incalculable, pero debes desactivarlas si quieres que tus ideas lleguen a su mente. Y ¿cómo lo hacemos entonces?
La forma más sencilla de conectar con las personas es a través del contacto visual con los integrantes, y de sonreír un poco. Si das una charla frente a un gran público será imposible mirar a todos los ojos, pero puedes escoger tres o cuatro caras amigables que te den confianza mientras hablas.
Otra herramienta interesante es empezar bajando tus defensas. Si empiezas mostrando tu propia vulnerabilidad, conseguirás desarmar rápidamente al público. No hay nada de malo en decir que estás un poco nervioso o compartir alguna historia personal para conectar.
Pero ¡ojo! Mostrarse vulnerable no significa compartir en exceso; la vulnerabilidad sin límites no es vulnerabilidad. Hazte la siguiente pregunta: ¿compartes algo al servicio del trabajo que estás haciendo en el escenario, o lo haces como manera de solucionar tus propios problemas?
Debes ser dueño de tus historias antes de que compartirlas con los demás sea algo que se perciba como un regalo. Recuerda: una historia solo está lista para compartirse cuando la curación y el crecimiento de quien la cuenta no dependen de la reacción del público.
Una vez superado esto, el público siempre preferirá ver a un conferenciante vulnerable e imperfecto, que a otro que trata de engañarles con una perfección que no consigue. Las peores charlas son aquellas en las que alguien intenta ser quien no es, así que, si tienes buenas intenciones y tu misión es servir al público, sé tú mismo.
De todas formas, sé que crear una buena historia no es fácil. Toda narración que se precie ha de seguir una estructura simple y fácil de entender, que permita empatizar con las experiencias de los personajes. Una estructura que nos haga preocuparnos por el desenlace y que, sobre todo, mantenga nuestra atención.
Vamos a hacer un ejercicio. Voy a contarte a continuación una gran historia y, después, la vamos a trastocar un poco manteniendo las mismas ideas. A ver si notas la diferencia:
 
Una vez, cuando tenía once años, mi padre me llevó a pescar. Estábamos los dos en una barquita muy pequeña, a ocho kilómetros de la costa, cuando se desencadenó una gran tormenta. Papá me puso un chaleco salvavidas y me susurró al oído: “¿Confías en mí, hijo?”. Yo asentí. Él me lanzó por la borda. [Pausa]. Lo digo en serio. Me tiró al mar, así, sin más. Caí al agua y me quedé flotando en la superficie, haciendo esfuerzos por respirar. El agua estaba helada. Las olas me aterraban. Eran monstruosas. Entonces… papá se lanzó al agua y vino a por mí. Observamos con horror que la barquita volcaba y se hundía. Pero él me sostenía todo el rato, me decía que todo saldría bien. Quince minutos después llegó el helicóptero de los guardacostas. Lo que ocurrió fue que mi padre sabía que la barca estaba dañada y que iba a hundirse, y había comunicado nuestra localización exacta. Supuso que era mejor lanzarme a mar abierto que arriesgarse a que me quedara atrapado en la barca cuando esta volcara. Así fue como aprendí el verdadero significado de la palabra “confianza”.
 
Y ahora, vamos a ver cómo no hay que contar una historia.
 
Aprendí qué significaba confiar en mi padre cuando tenía once años y nos vimos en medio de una tormenta mientras pescábamos caballas. Antes de que se formara la tormenta, no habíamos logrado pescar ni una. Papá sabía que la barca iba a hundirse, porque era una de aquellas hinchables de la marca Saturn que, aunque suelen ser bastante resistentes, ya se había pinchado en una ocasión, y papá temía que pudiera volver a ocurrir. En todo caso, aquella tormenta era demasiado fuerte para una barca hinchable, y ya empezaba a hacer aguas. Así que llamó al servicio de rescate de los guardacostas, que en aquella época estaba disponible las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, no como ahora. Les comunicó nuestra posición y entonces, para evitarnos el riesgo de quedar atrapados debajo si la barca volcaba, me puso un chaleco salvavidas y me lanzó por la borda antes de tirarse él al agua. Entonces los dos esperamos a que llegaran los guardacostas, y sí, quince minutos después apareció el helicóptero (creo que era un Sikorsky MH-60 Jayhawk) y no tuvimos ningún problema.
 
¿Has notado la diferencia? La primera historia cuenta con un personaje por el que nos preocupamos y transmite un dramatismo que crece hasta el punto de generar incredulidad, antes de resolverse de una manera preciosa.
La segunda versión es un lío. El dramatismo desaparece al revelarse demasiado pronto las intenciones del padre, con numerosos detalles irrelevantes que hacen que los que sí importan se ignoren por completo. Si piensas en una historia, asegúrate de por qué la cuentas, y de que estás dando una experiencia valiosa que hará que tu idea se transmita mejor.
Recuerda que estábamos hablando sobre herramientas para dar charlas, y que hemos hablado sobre cómo conectar y contar historias. Ahora vamos a comentar una herramienta clave para transmitir nuestras ideas con eficacia: la explicación.
Piensa que, cuando las personas acuden a una charla, no acuden vacías. Estos individuos tienen modelos mentales sobre cómo funciona el mundo, una serie de ideas que dan sentido a lo que ocurre. La explicación no deja de ser más que el acto de incorporar una nueva idea a ese modelo, reordenar las que ya existen, actualizando la visión del mundo de esas personas para que refleje mejor la realidad.
Sin embargo, explicar un concepto abstracto puede ser algo difícil y, si no somos capaces de que los oyentes nos comprendan, no podremos actualizar su modelo mental. Para ello hay un recurso muy útil que cualquier profesor universitario que se precie ha utilizado alguna vez: la metáfora.
Fíjate: en lo que llevamos de libro, ya hemos utilizado algunas metáforas. Hemos hablado sobre que las personas no somos ordenadores y nos protegemos de conocimientos peligrosos, al igual que antes hemos comparado la línea argumental con un viaje. Las metáforas son formas de hacer más sencillos conceptos complejos y volverlos comprensibles para las mentes que los intentan incorporar.
Para saber qué conceptos requieren de metáforas y más explicación vas a necesitar conocer a tu público. No es lo mismo explicar la filosofía de Immanuel Kant a universitarios que a niños de siete años. Tu nivel de explicación va a ser diferente, y cambiarás la forma en la que transmitirás los mismos conceptos.
La clave para explicar con eficacia está en encontrar un punto medio entre lo que sabe y desconoce tu público. Si asumes demasiado, puedes caer en lo que se conoce como “maldición del conocimiento”, hablando con tecnicismos y palabras que nadie va a entender. Y si asumes poco, puedes llegar a sonar condescendiente y hacer sentir a los oyentes que estás insultando su inteligencia.
No hace falta explicar las cosas en exceso, ni muy poco. Las personas que explican mejor son las que dicen lo justo para que los oyentes sientan que las ideas se les ocurren a ellos. Apenas lo bastante para que las mentes preparadas de los asistentes a una charla las coloquen en su sitio ellas solas.
Hay una última herramienta que quiero comentar y que te va a servir sobre todo cuando trates temas difíciles. En temas morales o con cierta emocionalidad, las personas tendemos a mostrar resistencia, y la persuasión es una forma de demoler esas barreras.
Persuadir implica convencer a un público de que su manera de ver el mundo no es del todo correcta. Implica desmontar las partes que no funcionan, así como reconstruir algo mejor.
A nuestra mente hay que predisponerla antes de poder persuadirla. Si envías un mensaje fuerte demasiado pronto, la gente no lo comprará. Lo fundamental para suscitar un cambio de visión es hacer el viaje paso a paso, predisponiendo nuestra mente de distintas maneras antes de llegar a la argumentación final.
Para lograrlo existen técnicas como la “bomba de intuición”, en la que utilizamos metáforas o historias como las que hemos visto antes para predisponer a la gente. Voy a ponerte un ejemplo para que lo entiendas.
Hace un tiempo, el psicólogo Barry Schwartz vino a TED para dar una charla sobre la libertad de elección. En ella pretendía persuadirnos del argumento de que un exceso de elección nos hace, de hecho, desgraciados. Sin embargo, no empezó directamente con este mensaje tan fuerte, sino que nos predispuso con una historia.
Barry nos contó que hubo una época en la que solo había un modelo de pantalones vaqueros, que sentaban fatal, pero que, una vez usados un tiempo, empezaban a quedar bien. Al cabo de unos años de llevar unos viejos, se fue a comprar otros vaqueros, y le comentó al dependiente su talla. Entonces, para sorpresa de Barry, el dependiente le preguntó: “¿De corte estrecho? ¿Recto? ¿Ancho? ¿Con bragueta de cremallera o de botones? ¿Lavados al ácido o a la piedra? ¿Los quiere rotos? ¿De pitillo? ¿Acampanados?”. Y bla, bla, bla…
A medida que Barry nos contaba esta anécdota, nosotros sentíamos su agobio y recordábamos las veces que también nos hemos sentido agobiados en nuestras interminables jornadas de compras. A pesar de que su historia es una historia concreta de un hombre concreto, entendemos hacia dónde se dirige. De pronto, la idea que defiende nos parece mucho más plausible, y su bomba de intuición ya ha hecho efecto en nosotros.
Sin embargo, a la hora de persuadir, hay una técnica tanto o más importante que las bombas de intuición. Por extraño que parezca, la razón es la herramienta más potente que existe para influir en los demás, puesto que permite implantar una idea que ya no se moverá en la mente de alguien.
Para utilizar la razón de forma adecuada hemos de partir de unas premisas iniciales que sean verdaderas. El punto de arranque debe ser algo cuya verdad el público entienda con claridad, y hemos de ir dando pequeños pasos que resulten totalmente convincentes.
Sin embargo, para que una charla resulte realmente persuasiva no basta con construirla a partir de unos pasos lógicos estancos. Estos son necesarios, sin duda, pero no son suficientes. La mayoría de la gente es capaz de dejarse convencer por la lógica, pero esta no siempre les infunde energía. Y sin energía, es posible que olviden el argumento y pasen a otra cosa.
Cuando quieras persuadir a alguien piensa en que debes pasar una puerta. La emoción abre la puerta de la mente, y la lógica adapta el mensaje al hueco de entrada. Ambas deben trabajar en conjunto para hacer que nuestras ideas tengan un verdadero impacto en los demás.
Aun así, debo confesarte que las charlas más importantes de TED han sido las que se han basado en la razón de forma robusta.
Por lo general, son más difíciles de procesar que otras, y es posible que no susciten un éxito inmediato ni sean tan populares. No obstante, la razón es la mejor manera de construir saber a largo plazo.
Un argumento potente, aunque no sea inmediatamente aceptado por todo el mundo, va ganándose adeptos de manera gradual hasta que se hace imparable, creando movimientos que perduran en el tiempo.

El guion

En una reciente conferencia TED habíamos invitado a un físico brillante y muy prometedor, para que diera una charla sobre algunos hallazgos destacables en su campo. Tenía fama de ser el mejor conferenciante científico de su universidad, con un don para simplificar lo complejo y convertir lo abstracto en emocionante. Durante el ensayo nos impresionó con su pasión y elocuencia, y yo esperaba impaciente su gran momento.
Empezó bien, paseándose por el escenario y ofreciéndonos una metáfora intrigante que el público, que llenaba la sala, disfrutaba intentando entender. Entonces… el primer titubeo. Durante un momento perdió la concentración. Sonrió y pidió un segundo, se sacó el iPhone del bolsillo y recordó dónde estaba.
Siguió adelante. Ningún problema. Pero lo mismo volvió a ocurrirle cuarenta segundos después. La metáfora empezaba a hacerse excesivamente complicada. La gente, desconcertada, empezaba a rascarse la cabeza y a sentirse estresada por él. Se le notaba la voz tensa. Tosió. Yo le acerqué una botella de agua. Por un momento pareció ayudarle. Pero no. Espantosamente, a cámara lenta, la charla se desmoronó delante de todo el mundo.
Sacó el teléfono dos, tres, cuatro veces más, y empezó a leer. Parecía estar a punto de ahogarse. No sé bien cómo, consiguió terminar y fue despedido con una ovación tímida, incómoda, comprensiva.
Su charla fue la más comentada de la conferencia. Pero no por lo que él había soñado que lo fuera.
Y el caso es que la culpa no fue suya, sino mía. Mientras la preparaba, lo animé a crear un bombazo de charla, a estructurarlo todo por adelantado, en forma de guion. Es el enfoque que usaban casi todos los conferenciantes de TED, y durante el ensayo parecía haber funcionado. Pero aquel no era su estilo natural a la hora de hablar y había impedido que su lenguaje fluido y espontáneo brotara de su privilegiado cerebro.
Lo cierto es que hay muchas maneras de preparar y dar una charla, y es importante encontrar la que a cada uno le vaya bien. Para ello tienes que empezar por saber cómo piensas dar la charla, preparándotela a conciencia, y según el conferenciante el enfoque puede ser muy distinto.
Simplificándolo mucho podríamos decir que existen dos formas de preparar tu charla: una, escribiendo la charla como guion completo y memorizándola; y la otra, solo con una estructura clara en la que hables de cada uno de sus puntos. Curiosamente, existen argumentos poderosos a favor de las dos estrategias.
Vamos a empezar por las charlas escritas en su totalidad. La gran ventaja de este método es que te permite aprovechar al máximo el tiempo disponible. Puedes incluir explicaciones de cierta complejidad que sabes que abordarás, perfeccionando al máximo cada frase, cada párrafo, sin dejarte nada en el tintero.
Sin embargo, la gran desventaja del guion con el texto íntegro es que, a menos que se pronuncie de la manera adecuada, la charla puede parecer poco espontánea. Oír a alguien hablar y oírlo leer son dos experiencias muy distintas, y por lo general el público reacciona mejor a lo primero.
La comunicación entre humanos es un proceso dinámico, que se despliega en tiempo real. El hecho de poder percibir que crees de verdad en lo que estás diciendo, en el momento de decirlo, nos ayuda a darnos permiso para aceptar eso que tú crees. Y para ello es fundamental prepararse la charla a conciencia.
Piensa que, cuando sales al escenario, lo que menos te interesa es pasarte el rato haciendo esfuerzos por recordar un texto. Se trata de un problema que tiene solución, pero requiere cierto esfuerzo.
Imagina que observas a un amigo que, en el curso de una semana, aproximadamente, intenta memorizar su charla. Digamos que le pides cada día que te ofrezca la mejor versión que pueda sin usar notas. Si lo haces, te darás cuenta de algo raro: al inicio del proceso resultará bastante convincente. Todavía no sabe casi nada de memoria, por lo que se esfuerza al máximo por transmitirte la información que conoce en el orden aproximado que ha planeado.
Pero, transcurridos unos días, te percatas de un cambio. Ha llegado al punto en que se sabe de memoria bastantes partes de la charla, por las que las pronuncia en forma de párrafos. Pero tú no percibes la misma frescura cuando los oyes. Notas su tensión, escuchas muletillas, y esos párrafos te llegan de forma algo mecánica.
Esas pistas indican que la charla está siendo recitada en lugar de pronunciada con sentido. A esa fase de la preparación yo la llamo el “valle inquietante”. Si el amigo que te hable sale al escenario en esa fase, su charla, probablemente, no será un éxito. Sería mejor que se olvidara de pronunciar el texto que ha preparado y se limitara a anotar siete puntos y a hablar de cada uno de ellos.
Sin embargo, si persiste en el proceso de memorización, hacia el sexto o séptimo día te darás cuenta de que se produce un cambio emocionante. De pronto el conferenciante se sabe el texto. Se lo sabe tan bien que recordarlo le resulta facilísimo. De pronto tu amigo puede dedicar su atención consciente a concentrarse de nuevo en el significado de las palabras.
Y esto último es muy importante. No habrás memorizado tu charla del todo hasta que seas capaz de compaginarla con otra actividad totalmente distinta, que exija energía mental mientras pronuncias la charla. Si eres capaz de pronunciarla mientras tu mente está sometida a tanta presión, seguro que la darás muy bien cuando tu concentración en el escenario sea alta.
No pienses en que estás “recitando” la charla. Se supone que tienes que “vivirla”.
Con todo, el segundo tipo de charlas, las no escritas, también pueden funcionar muy bien. Lo que todas ellas tienen en común es que, en el momento de pronunciarlas, no intentas recordar una frase escrita previamente, sino que piensas en el punto en el que te encuentras y buscas la mejor forma de expresarlo.
Si se trata del estilo con el que te sientes más cómodo, y si tocas un tema que te resulta muy conocido, tal vez sea tu mejor opción. Pero es importante distinguir no escrito de no preparado. En una charla relevante no hay excusas para esto último.
La clave para que este tipo de charlas sea un éxito es creer en lo que estás diciendo en el momento, lo cual ejerce un impacto mucho mayor que decir solamente las palabras exactas. De esta forma hablarás con la gente y no a la gente, y serás auténtico al hacerlo.
Aun así, es posible coger lo mejor de ambos mundos, tanto de las charlas memorizadas como de las más espontáneas.
Muchos conferenciantes optan por escribir un texto para sus charlas que les permite identificar lagunas, preocupándose sobre todo de utilizar un estilo hablado. Están convencidos de que las grandes charlas están a la vez escritas e improvisadas.
Este enfoque se asemeja mucho a una actuación de jazz. La apertura y el cierre de la música están absolutamente pautados, y la estructura general viene determinada antes del sonido de la primera nota. Pero lo que hace que el jazz resulte cautivador es que, en medio de la melodía, hay siempre un punto en que el intérprete puede salirse del guion, y crear de manera espontánea algo que capta el estado de ánimo de ese público en concreto.
Al final, la atención del público es un bien muy preciado, y lo que importa es convencerlo de que no debe atreverse a desconectar ni una fracción de segundo. La apertura y el cierre son momentos clave que deberían prepararse con fuerza, pero, más allá de esto, lo importante es encontrar la modalidad que te resulte más cómoda.
A medida que empiezas a ensayar, la diferencia entre las dos modalidades va difuminándose. Los puntos de partida pueden ser distintos, pero en ambos casos terminas con una charla que, a la vez que está meticulosamente preparada, se pronuncia con pasión.

El proceso preparatorio

En el siglo XXI ya contamos con los medios que nos permiten complementar la palabra hablada con una gran variedad de tecnologías que, si se utilizan correctamente, pueden llevar una charla a otro nivel.
Fotos, animaciones, gráficos, vídeos… todo esto puede contribuir a mejorar tanto la fuerza de una charla como su atractivo. Sin embargo, debes preguntarte a ti mismo si en realidad necesitas esas cosas.
Las diapositivas alejan, aunque sea un poco, la atención del conferenciante y la desplazan hasta una pantalla. Si toda la fuerza de una charla está en la conexión entre quien habla y escucha, las imágenes pueden suponer una interferencia. Recuerda: no incluir imágenes siempre es mejor que incluir imágenes malas que distraigan.
Con mucha frecuencia, las mejores explicaciones solo se darán cuando las palabras y las imágenes funcionen en conjunto.
Seguro que te suenan las clásicas presentaciones de PowerPoint en las que aparecía un titular seguido de muchos puntos, con frases larguísimas, que te apartaban de lo que decía el hablante. Esta es la vía más directa de perder toda la atención del público, así que, si vas a usar diapositivas, evítalo a toda costa.
La idea central es que no sirve de nada repetir en texto lo que ya estás diciendo en el escenario. El propósito principal de los elementos visuales no puede ser comunicar palabras, para eso ya está la boca. El propósito principal es compartir cosas que a tu boca no se le dan tan bien, explicando con una imagen lo que de otro modo llevaría horas.
Una vez que hemos preparado el guion, decidido si necesitamos diapositivas y ensayado a conciencia, solo queda una cosa: salir al escenario. Este es el punto de inflexión para el que tanto nos hemos preparado, y con frecuencia los nervios y el miedo a hablar en público pueden ser nuestra mayor barrera.
¿Te acuerdas al principio de cuando hablamos de Monica Lewinsky? Ella estaba aterrada de dar su charla, y tuvo que sacar todo el valor de su interior para lograrlo.
Cuando hablé con ella después de la charla, hubo algo que me llamó la atención. Le pregunté que cómo había sido capaz de superar su miedo, y aparte de los típicos consejos como beber agua, respirar o encontrar caras amigas, Monica dijo algo que me dejó marcado.
Me dijo que lo que más le había ayudado era saber que lo que tenía que decir importaba. Monica se había aferrado al significado y al propósito de su charla como una tabla de salvación, concentrándose en el mensaje y no en la mensajera. Sabía que tenía algo valioso que transmitir, que el público no estaba ahí para juzgarla, sino para ayudarla. Monica les estaba haciendo un favor.
Si conseguía llegar aunque fuera a una sola persona con su mensaje, y la ayudaba a sentirse menos sola en su experiencia de vergüenza y humillación por internet, para Monica ya habría merecido la pena. Su charla supuso un cambio en su vida a varios niveles, y estoy seguro de que lo mismo ocurrió con los millones de personas que la vieron.
Lejos de suponer un impedimento, tus nervios y tu miedo pueden servirte de motivación para dar una charla increíble. De hecho, en ocasiones, salir al escenario nervioso puede ser un arma que juegue a tu favor y te permita conectar con el público gracias a una vulnerabilidad auténtica.
Eso es lo que ocurrió precisamente en una conferencia a la que asistí hace quince años, en la que presencié cómo una famosa novelista se quedaba paralizada en el escenario.
Estaba ahí de pie, temblorosa. Nada más. No podía hablar. Ella creía que iban a hacerle una entrevista sobre su libro, pero en el último momento le informaron de que tendría que hablar. El miedo le salía por todos los poros del cuerpo. Pero entonces, ocurrió algo extraordinario.
El público empezó a aplaudir, a vitorear. Ella comenzó vacilante, se detuvo. Más aplausos. Y entonces empezó a compartir sus ideas más elocuentes, más íntimas, sobre su pensamiento, sobre su proceso. Fue la charla más memorable de la conferencia. Si hubiera llegado cargada de confianza y hubiera empezado a hablar, nosotros no la habríamos escuchado con tanta atención, ni nos hubiéramos preocupado tanto por ella.
Los nervios no son ninguna maldición. Pueden transformarse en una gran ventaja. Hazte amigo de tu nerviosismo, ármate de valor, y cambia las mentes de las personas que te están escuchando.

Conclusión: el poder de hablar en público

He aquí una pregunta radical: ¿por qué molestarse en dar una charla? ¿Por qué no limitarse a enviar el texto por correo a todos los miembros potenciales del público? Después de todo, una charla de dieciocho minutos se podría leer en la mitad de tiempo, y nos ahorraríamos todos los costes del auditorio, desplazamiento y la posibilidad de equivocarnos. ¿Por qué no lo hacemos así?
Pues porque las charlas, cuando se dan bien, ofrecen algo que no puede dar la palabra impresa. Es la cobertura humana que convierte la información en inspiración, algo que solo puede ocurrir cuando observamos a alguien hablar y oímos su voz.
Conexión, implicación, curiosidad y confianza: todo eso sumado es la inspiración. Es la fuerza que le dice al cerebro qué hacer con una nueva idea, la que hace que atendamos y cambie nuestra visión del mundo.
Pero me gustaría persuadirte de algo más: aunque las habilidades a la hora de hablar en público sean importantes ahora, lo serán aún más en el futuro.
Cada vez más, el conocimiento especializado se está viendo reemplazado por el de los ordenadores. No se salva casi ninguna profesión y, llegados a este punto, la gente empieza a deprimirse y a preguntarse para qué sirven los humanos.
Se trata de una pregunta importante y, de hecho, la respuesta es bastante emocionante.
Los seres humanos quedamos para ser más humanos que nunca. Más humanos en nuestra manera de trabajar. Más humanos en nuestra manera de aprender. Y más humanos en nuestra manera de compartir ese conocimiento unos con otros.
Tal vez sea posible desarrollar un barbero robótico, pero ¿será su servicio suficiente para reemplazar la conversación que da un peluquero que hace las veces de psicólogo?
En un mundo donde el conocimiento especializado es cada vez más accesible, lo que vamos a necesitar es conocimiento del contexto, conocimiento creativo, y una comprensión más profunda de nuestra propia humanidad. Se trata de un conocimiento que solo puede obtenerse a partir de una inmensa variedad de fuentes. Y es ahí mismo donde reside el poder de hablar en público.
Estamos iniciando una era en la que todos debemos pasar mucho más tiempo aprendiendo unos de otros. Y eso te incluye a ti.
Si encontramos la manera de escucharnos de verdad los unos a los otros, y de aprender entre nosotros, el futuro resplandece lleno de promesas. Un futuro que aún no está escrito, y que todos, colectivamente, nos encontramos en el proceso de escribir.
El mundo necesita oír tu voz. Hay una página en blanco y un escenario vacío esperando tu aportación.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Chris  Anderson

Chris Anderson dirige TED desde 2001, una fundación sin ánimo de lucro que cada año celebra charlas de todo tipo. Tras haber estudiado filosofía, política y economía en la Universidad de Oxford, y trabajar como periodista, Chris ha dedicado su vida a expandir la influencia que TED tiene en el mundo, ayudando a miles de personas a transmitir ideas que merecen la pena compartir.

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