Ahora, YO
Resumen del libro

Ahora, YO

por Mario Alonso Puig

Una llamada a creer en nosotros mismos y en el potencial que albergamos y que aflora cuando la vida nos desafía

Introducción

 

La manera en la que vemos el futuro afecta a la forma en la que vivimos el presente. Por eso hemos de alcanzar la perspectiva que nos permita ver el futuro como algo que nos haga sentir la alegría y el entusiasmo de lo que ha de venir. No cabe duda de que esto es especialmente desafiante cuando una persona se encuentra en unas circunstancias difíciles, como haciendo frente a una enfermedad, viéndose desempleada o teniendo un trabajo en el que no ve ningún futuro de mejora. Pero solo un cambio radical en nuestra actitud frente a lo que nos sucede puede favorecer que salga de nosotros lo mejor.
En el mundo, muchas empresas, muchas sociedades hablan de cambio y liderazgo; sin embargo, los resultados positivos que producen son únicamente económicos. Los procesos de cambio cultural sin duda han de buscar resultados económicos “sanos”, pero además han de comprometerse firmemente en crear un clima donde las personas se sientan ilusionadas y sepan que lo que hacen tiene para ellas un verdadero propósito y un claro sentido. Todos sabemos que, cuando alguien experimenta ilusión por lo que hace, su productividad aumenta, como también aumentan su longevidad y su vitalidad. Si esto es tan obvio y deseable, ¿por qué resulta tan difícil lograrlo?
A lo largo de las siguientes páginas, el Dr. Mario Alonso Puig nos desvela algunas propuestas para conseguir desarrollar nuestros talentos dormidos y crear una estrategia que nos haga ver el futuro como un desafío ilusionante lleno de posibilidades. Esta estrategia supone desarrollar el potencial de nuestra imaginación creadora, muchas veces escasa por el modo en el que nos instalamos en el “hacer” sin fomentar la inteligencia reflexiva. Supone, además, vencer el miedo y las creencias limitantes que provocan que no podamos actuar de una manera diferente a la que estamos acostumbrados. Utilizando el símil del ser humano como máquina biológica altamente sofisticada y haciendo uso de nuestra libertad interior, Alonso Puig propone que creemos un horizonte nuevo y abramos el espacio apropiado en el que emerjan el ser y la consciencia que definen nuestra esencia como seres humanos.

Publicidad

Inventando el futuro

La imaginación es una de las facultades más sobresalientes que tiene el ser humano y ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia. Desde el primer hombre que hace dos millones y medio de años miró una simple piedra y la vio como una posible arma para cazar y defenderse, hasta las grandes construcciones e inventos del mundo actual, la imaginación es, junto con la motivación, uno de los ingredientes básicos del proceso creativo y evolutivo de nuestra especie.
Cualquier artefacto creado por el hombre precisó inicialmente de la puesta en marcha de su imaginación. En cualquier momento en el que cerramos los ojos e imaginamos el olor de una rosa o la vista del mar, estamos utilizando nuestros sentidos internos. Estos sentidos no existirían si no tuviéramos imaginación. Sin embargo, de una capacidad tan potente que Albert Einstein la consideraba más importante que el conocimiento, las personas en general hacemos un uso muy pobre.
Muchas personas están muy habituadas solo a hacer y hacer, a producir y producir. Esta es la dimensión del homo faber, del hombre que hace, que produce y que no deja espacio alguno para pensar, para reflexionar, para investigar por dónde hay que ir. En la soledad, el silencio y la reflexión es donde muchas veces surge el acto del descubrimiento y la creación. Ocasionalmente nos ocurre que, cuando buscamos la quietud, el silencio y la reflexión, empezamos a sentirnos inquietos e incluso culpables por tener la sensación de no estar aprovechando más eficientemente el tiempo, con el poco que tenemos. Es como si nos preguntáramos: ¿para qué voy a parar con todo lo que tengo que hacer?
Esta situación refleja dos cosas: la primera es que cualquier espacio de quietud, silencio y reflexión es un espacio que está situado completamente fuera de nuestra zona de comodidad, de lo que a veces se denomina “nuestra caja”. Lo segundo que revela es que, aunque tengamos la intención de explorar ese espacio “fuera de la caja”, no somos competentes para mantenernos ahí. Es un verdadero desafío mantenerse fuera de lo conocido, porque se experimenta una intensa frustración que nos empuja al abandono y la huida. Solo el verdadero compromiso, la determinación, la persistencia y la paciencia pueden abrir la ventana de la creatividad y la inteligencia para ver lo que desde “nuestra caja” ni tan siquiera se puede vislumbrar.
Entrenarse en salir del área de confort y adentrarse en esa área de quietud, silencio y reflexión es un enorme desafío para el homo faber, que hace tiempo que se olvidó de que también tenía una inteligencia especulativa, una inteligencia reflexiva. Con la inteligencia práctica, el hombre puede crear artefactos que le permiten vivir con comodidad. Con la inteligencia especulativa, el hombre puede adentrarse en la comprensión de la realidad y, por lo tanto, en el camino a la felicidad.
Es esta inteligencia especulativa la que se entrena con la quietud, el silencio y la reflexión. Es esta inteligencia la que permite captar la verdadera esencia de las cosas y ponerse en contacto con el ser que mora dentro de ellas. Es un entrenamiento progresivo gracias al cual, al igual que la musculatura, nuestra inteligencia reflexiva se va haciendo más robusta. Los estudios realizados mediante electroencefalografía han arrojado datos muy curiosos. Cuando estamos en ese espacio de silencio interior, las ondas cerebrales se hacen más lentas y el cuerpo se relaja. El sistema inmunológico mejora y se libera óxido nítrico, que es una molécula sumamente beneficiosa para la salud. Además, en estos ritmos más lentos, el cerebro se vuelve más eficiente y creativo. Muchas personas han comentado que tras este entrenamiento han encontrado de manera “espontánea” la solución a problemas que les tenían muy agobiados.
Otro de los factores que evita que utilicemos el extraordinario papel de nuestra imaginación creadora es la facilidad con la que nos instalamos en la queja. Esta es una actitud muy limitante, porque evita que empecemos a buscar la manera de mejorar las cosas de una forma responsable. Cuando pensamos que la solución de los problemas corresponde a otros y no ponemos nuestro grano de arena para encontrar esa solución, entonces nuestra imaginación se echa a dormir. La puesta en marcha de la imaginación creadora nos exige tomar responsabilidad a la hora de buscar nuevas soluciones y alternativas.
El miedo es otra de las grandes barreras que hay que superar para poner en marcha la potencia de nuestra imaginación creadora. Nuestra ignorancia sobre nuestro verdadero potencial hace que nos asustemos con facilidad ante los retos. Cuando nos asustamos frente a los desafíos, podemos tender a renunciar a hacerles frente y eso impide que se puedan estirar nuestras capacidades. De manera automática, bajamos la talla de esos desafíos al tamaño de nuestras aparentes capacidades.
Cuando las personas nos atrevemos a pensar en grande, nos enamoramos de los proyectos y los hacemos nuestros, se empieza a desplegar en nosotros un potencial asombroso. Lo que evita que pensemos en grande y nos enamoremos de nuevos proyectos extraordinarios no suele ser otra cosa que nuestras dudas acerca de nuestra capacidad y nuestro miedo al fracaso, al creernos a veces muy pequeños e insignificantes ante la talla del desafío. Nuestro miedo se refleja en forma de todo tipo de excusas y justificaciones. Rechazamos, criticamos, ignoramos y nos rebelamos porque no somos conscientes de nuestra auténtica talla.
Muchas veces, cuando miramos atrás, lo que vemos son resultados pobres y pensamos que esos resultados lo que reflejan son capacidades pobres, cuando en realidad no es así. No suele ser la falta de conocimientos o de inteligencia lo que impide que superemos las cosas. Lo que habitualmente evita que superemos las cosas y alcancemos las metas es nuestra escasa eficiencia para aflorar ciertos recursos emocionales cuando más los necesitamos. Para ello lo primero y fundamental es tener fe en nosotros mismos y en nuestras posibilidades. Lo segundo es crear, inventar un proyecto apasionante, y lo tercero es comprometernos firmemente en hacer de ese proyecto una realidad.
Construir desde el pasado hacia el futuro es una forma muy limitante de inventar el futuro, porque sin darnos cuenta estamos asumiendo que lo que no pudo ser en el pasado tampoco podrá ser en el futuro. Sin embargo, construir en el futuro y desde ahí retroceder hasta el presente es la manera de generar algo que no pueda ser predecible desde el pasado.
Las limitaciones que experimentamos en el pasado no tienen por qué proyectarse en nuestro futuro. Solo si pensamos así podremos ser artífices de nuestro destino. Por eso, para utilizar sabiamente el pasado necesitamos dos cosas: 1. Entender la manera en la que imponemos restricciones en nuestra vida. 2. Descubrir algunas estrategias, no fórmulas mágicas, que permitan trasladar esa nueva comprensión adquirida a una acción precisa y efectiva que nos ayude a diferenciar algún aspecto importante de nuestras vidas y a influir positivamente en las personas con las que interactuamos cada día.

Publicidad

De la actitud a la altitud

La actitud lleva a la altitud y, por eso, acercarnos al cambio y a la incertidumbre con un espíritu de confianza, curiosidad y fascinación es lo que nos permite encontrar la oportunidad dentro del problema y el crecimiento dentro del desafío. Las emociones dolorosas pueden llevar consigo un regalo que, con frecuencia, nos cuesta mucho descubrir.
Cuando entramos en este mundo con nuestro “gemelo”, el miedo, se forma una serie de creencias muy curiosas. La primera de estas creencias la experimentamos como si hubiera algo que fuera profundamente inadecuado en nosotros; la segunda sería que el mundo es un lugar peligroso; y la tercera y última es que estamos completamente solos.
Dado que la realidad es un conjunto infinito de posibilidades, yo puedo relacionarme preferentemente con aquello que es difícil, incómodo y molesto, y sentirme continuamente expuesto a peligros y por lo tanto vulnerable, o puedo relacionarme con aquello que me invita a crecer y evolucionar. Cada uno de nosotros puede ser en cada instante de su vida una persona que, con las cartas que le han tocado, juega su mejor juego o también podemos ser una persona que, le toquen las cartas que le toquen, siempre jugará una mano pobre.
Una de las creencias más dañinas que puede poner en marcha nuestra mente cuando no está iluminada por nuestra consciencia es la que da lugar a la percepción de “la botella medio vacía”. Este hábito mental pernicioso tiene muchas consecuencias negativas y la principal es que no hay un reconocimiento sano de lo que se va logrando en la vida. Ello lleva a experimentar la sensación de que, se haga lo que se haga, nunca va a ser suficiente. Se trata, por tanto, de una creencia que genera a su vez un hábito de pensamiento, que va metiéndonos en una espiral negativa que puede finalmente conducirnos a la desesperanza.
La persona cautivada por esta percepción que hace ver “la botella medio vacía” está fundamentalmente resentida y por eso no suele ser agradecida. La cura para el resentimiento es el agradecimiento. Pero, si reflexionamos un poco, ¿de qué va a estar agradecida esa persona, si la botella que ve está siempre medio vacía? No hay límite para el nivel de insatisfacción al que puede llevar esta tendencia, porque estas personas siempre se están comparando con aquellas que tienen más que ellas y todos sabemos que, llevado al extremo, esto nunca tiene fin. Hasta un yate de lujo puede tener siempre un metro más de eslora.
Cuando intentamos cubrir con lo que hacemos la sensación de deficiencia de lo que somos, no hay forma de tener éxito. No pensemos que ver la botella medio vacía es el camino para superarse porque no lo es. Es cierto que, al comienzo, es un buen acicate para conseguir las cosas, pero con el tiempo uno se acaba agotando hasta darse por vencido. La visión de la botella medio vacía no lleva al logro sostenido y mucho menos al disfrute mientras se actúa. Convencida de que no triunfará, la persona no hace verdaderos esfuerzos transformadores ni mantiene el ánimo elevado, confiando en que está creciendo y evolucionando como ser humano.
Encontrar una salida es algo muy diferente de encontrar una solución. Por eso, cuando se producen en nosotros reacciones emocionales y psicológicas que hacen que no pensemos con claridad y que nos sintamos tensos y perdidos, es porque se han activado creencias internas limitantes. Por eso, esto nos da una gran oportunidad, la de hacernos una pregunta: ¿qué creencia limitante está aflorando para tener una reacción tan intensa? Es el momento para hacer un gran avance en el propio autoconocimiento. Todo proceso de reinvención es un proceso de superación de uno mismo. Cuando nos sobrepasamos a nosotros mismos es cuando empezamos a darnos cuenta de que la visión que teníamos sobre lo que éramos capaces de hacer y lo que no era muy limitada.
A lo largo de nuestras vidas también se han ido plantando en el rico jardín de nuestra mente algunas semillas de esclavitud. Los sembradores han ido esparciendo en nuestras mentes, desde su propia ignorancia y su voluntad de dominio, ideas sobre nuestra insuficiencia y nuestra incapacidad, y nosotros hemos hecho estas semillas nuestras. No es momento de culpar a nadie, porque eso nos coloca inmediatamente en una posición de víctima y de justificar las desgracias de nuestra vida porque alguien las causó. Es tiempo de tomar responsabilidad sobre las cosas. Si no lo hacemos, estamos admitiendo que no somos libres.

Publicidad

El hombre como máquina

Posiblemente, pocas personas tienen realmente una idea clara de hacia dónde y hasta dónde evolucionarán las máquinas en el futuro. Muchos de nosotros tal vez hayamos visto películas de ciencia ficción en las que aparecen máquinas de aspecto humano que parecen tener muchos puntos en común con nosotros. En países muy evolucionados en robótica, como podría ser Japón, se estudia el impacto que tienen los robots de aspecto humano entre la población.
Sabemos que a muchas personas les inquieta ver máquinas que se parecen tanto a nosotros. Muchas personas aceptan que podrían crearse máquinas muy inteligentes, pero que carecerían de emociones y también de libertad interior. ¿Y si las máquinas estuvieran más cerca de nosotros de lo que imaginamos? ¿Y si nosotros actuáramos muchas veces como si solo fuéramos máquinas muy sofisticadas a las que ni siquiera se les pasara por la cabeza que lo son? Para ahondar en este curioso asunto, tenemos que reflexionar sobre un aspecto fundamental, el de la libertad interior del hombre.
Siempre ha existido una gran controversia acerca de si el hombre es realmente libre o no. El hombre sí tiene libertad interior, lo que ocurre es que muchas veces no actúa como si fuera realmente libre. Cuando hablamos de libertad no nos estamos refiriendo a la libertad operativa, que es la que nos permite hacer lo que queremos, sino a la libertad interior, que es la que nos lleva a hacer lo que debemos. Es esta libertad la que, por ejemplo, nos permite elegir lo que es ético y lo que no lo es. Es también la que nos permite hacer lo correcto, aunque no sea cómodo ni nos beneficiemos de ello.
Nelson Mandela estuvo físicamente encerrado más de un cuarto de siglo en Roben Island y, por lo tanto, no era libre para salir de su prisión y volver a su casa. Sin embargo, él sí fue libre para decidir cómo quería relacionarse con sus circunstancias. Él no solo decidió no odiar, sino que además decidió buscar cómo reconciliar a aquellos que someten con los que se encuentran sometidos. Nelson Mandela actuó, por tanto, como un ser sin libertad operativa, pero con libertad interior. Él demostró no con sus palabras, sino con su vida, que nuestra biografía no tiene por qué ser nuestro destino. En aquellas personas que reclaman su libertad interior, su pasado no predice su futuro, precisamente porque su futuro lo van creando a partir de las decisiones que eligen tomar en el presente. Son estas decisiones las que van conformando nuestro destino.
Sin darnos cuenta, ante determinados desencadenantes externos o internos, todos nosotros podemos quedar atrapados en una dimensión puramente biológica y fundamentalmente instintiva. Igual que la conducta de los animales la dirigen sus instintos, cuando estamos anclados exclusivamente en el plano biológico y nos olvidamos del plano de los valores, de los principios y del verdadero sentido de la vida, entonces nuestro comportamiento se convierte en una serie de reacciones automáticas. Es como si ya solo fuéramos simples máquinas biológicas, eso sí, muy sofisticadas. Seríamos como robots de aspecto humano, pero que no tienen verdadera libertad interior, porque lo que mueve sus decisiones no es la libre elección, sino su propia programación.
Cuando renunciamos a la faceta espiritual, a la faceta trascendente en nuestra vida, esa que nos conecta con los demás y con la naturaleza, nos movemos únicamente en el plano biológico. Cuando estamos solo situados en este plano, lo único que dirige nuestra vida es buscar el placer y huir del dolor. Estas son las reacciones características de esa máquina biológica ultrasofisticada que somos. Cuando solamente nos movemos en este plano biológico, nos comportamos como robots y todo lo que pensamos, sentimos, decimos o hacemos son puras reacciones automáticas, aunque no seamos conscientes de ello.
Por eso, cuando prescindimos de esa dimensión de nuestra humanidad, de forma automática nos sentimos profundamente separados de los demás e incluso amenazados por ellos. Desde la dimensión de máquina biológica, los demás no cuentan, porque cuando uno se siente amenazado, solo cuenta él mismo. Nos creamos por ello una especie de armadura que nos permite esconder nuestra percepción de vulnerabilidad. Sin embargo, esta misma armadura nos aísla aún más de los demás y hace que no podamos movernos con ligereza.
Cuando estamos atrapados en nuestra dimensión de máquina biológica, todo lo que hacemos en el presente y lo que podemos hacer en el futuro no es que esté influido por el pasado, sino que está completamente determinado por él, ya que responde a una programación. Si nos damos cuenta, esta es la razón por la que repetimos una y otra vez los mismos hábitos que tantas veces nos consta que son contraproducentes y que nos cuesta tanto eliminar.
Por su propia definición, cuando somos solo máquinas biológicas, la única inteligencia que podemos mostrar es la que corresponde a la inteligencia de la máquina, que es bastante limitada. Por ello, ni existe la claridad mental para tomar decisiones efectivas, ni existe la capacidad para asociar distintos conceptos aparentemente no relacionados, algo que está en la base misma del pensamiento creativo. Las máquinas no son creativas aunque puedan parecerlo. Esta es una de las consecuencias fundamentales: la reducción de nuestra capacidad para relacionarnos creativamente con nuestro entorno.
La dimensión de maquina biológica no es mala en sí misma; sin embargo, cuando esta dimensión es la única que existe en un momento determinado, sencillamente nos priva de lo que verdaderamente define nuestra esencia como seres humanos. No puede haber una adecuada gestión emocional desde la dimensión de máquina, porque la máquina solo es capaz de movilizar ante determinados eventos una serie de emociones y no otras, pues así se lo dicta su programación en parte mental y en parte biológica. Así, por ejemplo, frente a la persona poco amable, desde la sola dimensión de máquina, no es posible que aflore ni la compasión, ni el perdón, sino tan solo el resentimiento o la respuesta airada.
Cuando usted vea que darle vueltas y vueltas a algo solo le produce irritación y desesperanza, es inútil que siga pensando una y otra vez sobre lo mismo, porque está usted dentro de su plano de máquina biológica, completamente englobado por ella, y por lo tanto es incapaz de pensar creativamente. Cuando usted se desespera porque después de hacer esfuerzos durante años por cambiar ve que no ha cambiado, es importante que se dé cuenta de que lo que usted ve no es la única realidad que existe. Sin embargo, es la única que va a poder ver si no se eleva de plano y alcanza una nueva perspectiva.
Cuando usted no comprende ciertas cosas, no aprende lo suficientemente rápido o no se siente capaz de alcanzar sus metas, no es porque carezca de la capacidad para poder hacerlo, sino porque los talentos y capacidades que necesita están en otro plano, en otra dimensión. Esos talentos y capacidades no se encuentran en el plano o dimensión de la máquina biológica, que es esencialmente la dimensión gobernada por nuestro yo superficial, nuestro ego. Lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a experimentarnos a nosotros mismos desde esta única dimensión, que no se nos pasa por la cabeza que haya algo más.
Vamos a ver ahora algunas características de nuestro comportamiento cuando actuamos exclusivamente como máquinas biológicas programadas. La máquina biológica, el robot humano, ha de estar experimentando de manera continua que controla lo que sucede, que puede predecir las cosas, que está al mando de lo que pasa. Esto es así porque ve lo exterior como distante y ajeno, es decir, como una amenaza potencial. Cuanto menor sea esta sensación de control, la máquina biológica más se va a encerrar dentro de sí misma.
Por otra parte, la máquina biológica ha de sentir que los demás la valoran, la reconocen, le prestan atención, de la manera en la que ella considera que hay que expresar esa valoración, ese reconocimiento y esa atención. La máquina ha de percibir que es admitida, que se cuenta con ella, que no se la deja de lado. Todo ello responde a una concepción que se tiene del mundo y a una programación previa. Nuestra gran oportunidad es la de despertar nuestra consciencia para darnos cuenta de cómo está operando la máquina. Si podemos contemplarnos como si estuviéramos fuera, observando curiosos el comportamiento de la máquina, es porque ya no sólo somos máquinas.
Desde la dimensión exclusiva de máquina biológica programada, sólo se ve a los demás como simples máquinas, como simples objetos materiales, y por eso se los utiliza. El valor de las otras personas radica en su utilidad para mí y en lo que pueden ayudarme a alcanzar. No tiene sentido que nos importe la dimensión humana de otra persona, cuando nuestra propia dimensión humana ha desaparecido. ¿Cómo voy a reconocer otra dimensión en los demás si soy incapaz de reconocerla en mí mismo? Vamos a dedicarnos ahora a conocer un poco mejor la naturaleza de esa programación que se entrelaza con nuestra biología y nos hace comportarnos como robots con aspecto humano.
El primer elemento clave que tenemos que considerar es lo que se denomina la cosmovisión. Es una representación mental que todos tenemos de cómo es el mundo y de cómo somos nosotros. Esta cosmovisión marca todas nuestras referencias de comprensión, de interrelación y de aprendizaje. El segundo factor que constituye la esencia de la programación de la máquina es su sistema de interpretación y valoración. El tercer factor clave en la programación son las emociones, es decir, los cambios físicos asociados a sentimientos, que se producen cuando vivimos ciertas experiencias.
Si comprendemos la manera en la que interactúan esos tres elementos, podemos entender mucho mejor cómo funciona la máquina humana y es entonces cuando podemos gestionarla de una manera mucho más efectiva. La programación que se entrelaza con nuestra biología funciona como si fuera una narrativa, un guion de vida. La máquina humana reacciona de acuerdo a esa historia que nos contamos a nosotros mismos, y en esa historia ya está descrito y bien definido quiénes somos. Es como si fuera el guion de un actor, en el que están perfectamente descritos la manera en la que ha de reaccionar ante determinados eventos, la forma en la que ha de pensar en relación con ciertas cosas y lo que tiene que sentir cuando viva ciertas experiencias.
El problema es que a este actor se le olvida que tan solo está representando un guion, una narrativa, un papel. Para este actor que olvida que solo está representando un papel, pedirle que salga de su papel es como pedirle que vaya más allá de lo que le parece posible. Sin embargo, si no lo hace, nunca sabrá que él es mucho más que el papel que está representando. Lo que nos priva de ser felices no es la propia vida, sino que muchas veces, en el papel que estamos representando, la felicidad no existe ni tan siquiera como una posibilidad.

Publicidad

Un horizonte nuevo

No podemos despertar nuestra consciencia, nuestra alma, a voluntad. Lo único que podemos hacer, y ya es mucho, es reconocer con humildad que muchas veces vamos por la vida como si estuviéramos dormidos. Es a partir de aquí cuando podemos poner las condiciones adecuadas para que se produzca ese despertar. Cuando el alma despierta de su sueño, descubre que es la propia dimensión de máquina la que la tenía dormida. Quien se cree despierto jamás se planteará la necesidad de despertar, porque simplemente resultaría absurdo.
Cuando Marianne Williamson dice que “El ser humano no tiene miedo a su oscuridad, sino a su luz”, sus palabras contienen un gran sentido. Desde la dimensión de hombre máquina, lo único a lo que se puede tener miedo es a que despierte el alma, la consciencia, porque eso implica que la máquina ha de ponerse de inmediato al servicio de la consciencia. Solo cuando nuestra alma despierta vemos las cosas de otra forma porque ahora somos distintos.
Las dos palabras clave para crear un horizonte nuevo son fe y compromiso. Solo la plena convicción de que se puede crear una nueva realidad puede llevarnos a superar toda duda y escepticismo. Nadie va a embarcarse en el proceso de crear una nueva realidad si no se cree que ello pueda ser posible. Solo del creer puede nacer un crear. Nuestro verdadero reto no es dedicar nuestra vida a resolver uno a uno todos los problemas que van apareciendo, sino disponernos a crear una nueva realidad que no sea predecible desde el pasado, desde nuestro papel, desde nuestro guion, desde nuestra narrativa personal.
La renuncia, el abandono a seguir tras el error, no refleja para nada nuestra incapacidad para triunfar, sino tan solo la debilidad tanto de nuestra fe como de nuestro compromiso. Si de verdad creyéramos que es posible triunfar y fuéramos verdaderamente conscientes de la importancia que ese triunfo puede tener en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos, no cabe ninguna duda de que no abandonaríamos. Es en estos momentos de caída en los que uno ha de retirarse a un lugar tranquilo y entrar en un proceso de recogimiento y de reflexión, si quiere aprender lo que el error tiene que enseñarle. Si nos dejamos llevar por la conversación de máquina, notaremos rápidamente que empiezan a aparecer la culpa y la vergüenza y desaparece de inmediato la posibilidad de aprendizaje.
Incluso ante las circunstancias más complejas, el ser humano siempre tiene libertad para elegir la forma en la que va a relacionarse con esa realidad. Cuando cambiamos el tipo de relación que establecemos con la realidad, cambia por completo la forma en la que esa realidad nos afecta. Cuando se ve algo como un reto y no como un problema, se movilizan energías radicalmente diferentes y uno se acerca a dicho reto con ilusión y entusiasmo. La ilusión y el entusiasmo hacen que nuestra inteligencia, nuestra memoria, nuestra imaginación y nuestra voluntad se muevan en un plano de actuación totalmente diferente de aquel en el que se mueven cuando hacemos las cosas de forma rutinaria y sin especial interés.
Los recursos más valiosos de la persona no están en la dimensión de la máquina. Las grandes potencialidades del hombre están en esa otra dimensión, mucho más profunda, que es el espacio del ser. No estamos conectados habitualmente a ese espacio porque no sabemos que existe, ya que se trata de un espacio virtual, de algo que, aunque existe, mantiene su existencia oculta. Para explicar qué es un espacio virtual voy a poner un ejemplo del mundo de la medicina:
El espacio pleural es, valga la redundancia, un espacio que existe entre los pulmones y la caja torácica. Para la persona que no lo conoce, parece que no hay espacio y que los pulmones y la caja torácica están pegados. Sin embargo, ese espacio es muy real, pero está ocluido. Es un espacio entre una hoja llamada la pleura visceral, que está adherida al pulmón, y otra hoja, que se llama la pleura parietal y está pegada por dentro a la caja torácica. Entre ambas hay una pequeña cantidad de líquido que favorece el deslizamiento de ambas hojas pleurales. Cuando, por ejemplo, se produce un accidente, se fractura una costilla y esta pincha el pulmón, entonces el aire que está dentro del pulmón entra en el espacio pleural, abriéndolo. Esto origina lo que se llama un neumotórax y en él se produce un colapso del pulmón. Por eso, los médicos tenemos que colocar un tubo con lo que se llama un sello de agua, para aspirar ese aire y permitir que el pulmón se expanda de nuevo.
Este es un ejemplo de cómo un espacio virtual se transforma en un espacio real. También para que nuestra alma despierte tenemos que transformar el espacio virtual de la consciencia en uno real. El trabajo de abrir ese espacio es un trabajo de quitar obstáculos, para que puedan abrirse de esta manera las puertas del alma. Para lograr esto, hay que eliminar todas las razones y justificaciones que intentan convencernos de que ese nuevo horizonte que queremos crear en nuestra vida es sólo una idea absurda, utópica e inalcanzable. Solo la fe, es decir, creer sin evidencias, puede abrirnos el camino hacia lo que de verdad es posible. Finalmente hay que asumir que vamos a cometer muchos errores y que vamos a tener importantes fracasos. Por eso es tan importante diseñar un plan estratégico donde establezcamos el apoyo que vamos a necesitar y lo que vamos a hacer para aprender, cuando dichos fracasos se produzcan.

Publicidad

Conclusión

La fe y el compromiso son dos aspectos que necesitamos si queremos avanzar en la consecución de una nueva realidad que nos eleve de una dimensión de máquina biológica a un espacio donde el ser y la consciencia sean protagonistas. Esta fe nos obliga a abandonar todas esas conversaciones donde nos atacamos a nosotros mismos y donde llenamos nuestro camino de dudas y desconfianza. Si cambiamos el tipo de conversaciones que tenemos con nosotros mismos, también acabaremos cambiando la realidad en la que vivimos.
Es esencial recuperar esa fe, esa confianza en que nosotros podemos crear nuestra forma de relacionarnos con nuestras circunstancias. En este nuevo espacio en el que uno entra cuando se sale de su guion personal, las acciones que se toman generan resultados mucho más positivos. Cuando no consigamos nuestras metas y solo conozcamos el fracaso durante nuestro caminar, es esencial resistir, seguir adelante, no tirar la toalla. La mente es un instrumento que hay que gestionar, porque de lo contrario ella nos va a dominar.
En esos difíciles momentos, es importante resistir la tendencia a enfocarse en la búsqueda de las causas que han generado resultados pobres. Lo que podríamos hacer es diferente, lo esencial es reflexionar sobre cuál ha sido el nivel de fe y compromiso que se han mantenido cuando se emprendieron esas acciones y, también, quién he sido yo como persona en aquellos momentos. Si no queremos crear una nueva realidad, está bien, pero entonces tenemos que dejar de quejarnos. Si no queremos comprometernos en generar una nueva realidad, no vale la pena enfadarse por la que hay.
La transformación personal suele tener lugar después de un período intenso de lucha y aguante, muchas veces en medio de la confusión y el dolor. No cabe duda de que aflorar esos talentos y capacidades que todos tenemos y que no sabemos que tenemos es una gran meta. Sin embargo, es importante recordar que lo importante no está en obsesionarse con conseguir esa meta, sino en el tipo de transformación que se va obrando en nosotros a lo largo del camino. Se trata de ejercitar el “músculo de la reflexión” o, lo que es lo mismo, la inteligencia reflexiva, para que no nos quedemos atrapados de forma permanente en un pensamiento algorítmico, más típico de seguir mecánicamente un protocolo que de encontrar una respuesta creativa.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Mario Alonso Puig, médico especialista en Cirugía General y del Aparato Digestivo, fellow en Cirugía por la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, en Boston, y miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York y de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, ha dedicado gran parte de su vida a explorar el impacto que tienen los procesos mentales en el despliegue de nuestros talentos y en los niveles de salud, energía y bienestar que experimentamos. Ponente de HSM Talents, ha sido invitado por instituciones como el MD Anderson Cancer Center de Houston (Estados Unidos), el Global Leadership Center en INSEAD (Francia) y la Universidad Pitágoras de Sao Paulo (Brasil). Actualmente imparte conferencias y cursos sobre liderazgo, comunicación, creatividad y gestión del estrés tanto nacional como internacionalmente.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí