4 segundos
Resumen del libro

4 segundos

por Peter Bregman

Cuatro segundos es el tiempo que necesitas para frenar los malos hábitos y obtener los resultados que deseas

Introducción

 

Estaba bajando por la calle Cuarenta y ocho, en el centro de Manhattan, cuando un hombre, vestido con un buen traje y unos zapatos relucientes, bien peinado y con un maletín de piel, me rozó al pasarme. Luego, le vi girar la cabeza y escupir un chicle.
Me fijé en el chicle para no pisarlo. Salió disparado más o menos a un metro frente a mí, rebotó contra un árbol y luego cayó rodando en la acera. Se detuvo justo debajo del siguiente paso que dio el hombre, que siguió caminando sin darse cuenta de que el brillante chicle azul se le había pegado a la suela de su zapato.
Me reí en voz alta.
Y luego me puse a pensar. ¿Cuántas veces nos ocurre lo mismo? ¿Cuántas veces hacemos algo creyendo que es en nuestro beneficio, pero al final se queda pegado a la suela de nuestro zapato, como un chicle? ¿Cuántas veces nos comportamos de una manera que es contraproducente?
Los objetivos básicos que todos queremos —relaciones satisfactorias, logros de los que enorgullecernos, éxito en el trabajo, ayudar a los demás, tener la mente en paz— son sorprendentemente fáciles de conseguir. Pero, en muchos casos, nuestros mejores esfuerzos para conseguirlos se fundamentan en hábitos y conductas que, dicho en pocas palabras, no funcionan.
No obstante, tengo buenas noticias: no es difícil solucionar este problema. De hecho, todo lo que necesitas, metafóricamente hablando, son cuatro segundos. Cuatro segundos es el tiempo que se requiere para respirar hondo. Esta breve pausa es todo lo que necesitas para darte cuenta de dónde te estás equivocando y cambiar de dirección un poco.
Y realmente quiero decir un poco. Las alternativas que voy a sugerirte en las siguientes páginas son increíblemente fáciles. Te proporcionarán los resultados que quieres y no deberás marear la perdiz incansablemente. Son formas de pensar, de hablar y de actuar —formas de ser— más sencillas que los comportamientos que probablemente has aplicado hasta ahora y mucho más eficaces. Requieren menos tiempo y energía.
Pero modificar nuestros hábitos no es algo fácil. Nuestras respuestas intuitivas son, por definición, intuitivas. Son hábitos que consideramos naturales y son difíciles de cambiar. Incluso si no funcionan, confiamos en ellos, porque es lo que conocemos. Cuando tenemos que hacer frente a una situación, es nuestra forma de reaccionar. Conocer una respuesta automática nueva y efectiva es haber ganado media batalla. La otra media es utilizarla en un momento de estrés. He escrito 4 segundos para ayudarte en ambos procesos.
Albergo la esperanza de que 4 segundos te ayude a superar todos aquellos comportamientos y hábitos perjudiciales. Aunque tal vez no desaparezcan completamente tus impulsos contraproducentes, espero que alguno de los consejos de estas páginas te ayuden a controlarlos y a desarrollar nuevos hábitos que favorezcan los objetivos que realmente quieres, para que tengas los resultados que buscas. Solo puedo suponer que el tipo con el chicle en la suela del zapato aún no se ha dado cuenta. Probablemente, todavía esté dejando una estela pegajosa y azul a su paso. Pero tú no tienes por qué.

 


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Sigue adelante

Tenemos la idea equivocada de que, si nos preocupamos suficientemente por algo, haremos algo al respecto. Pero no es cierto.
La motivación está en la mente, es conceptual; seguir adelante es una cuestión práctica. De hecho, la solución a un problema de motivación es exactamente lo contrario a la de uno de persistencia. La mente es esencial para la motivación. Sin embargo, para la persistencia, la mente es un obstáculo.
Todos hemos sentido cómo la mente sabotea nuestras aspiraciones. Decidimos ir al gimnasio después de trabajar, pero luego, cuando llega el momento de ir, pensamos: “Es tarde. Estoy cansado. Hoy no iré. Decidimos que tenemos que apoyar más a nuestros empleados y luego, cuando uno de ellos comete un error, pensamos: “Si no le canto las cuarenta, lo volverá a hacer. Decidimos que tenemos que hablar más en las reuniones, pero luego, cuando estamos sentados en la reunión, pensamos: “No sé si lo que voy a decir realmente aportará algo.
He aquí la clave: si quieres persistir en algo, deja de pensar. Silencia la conversación saboteadora que tiene lugar en tu cabeza antes de que empiece. No muerdas el anzuelo. Deja de discutir contigo mismo. Toma una decisión muy específica sobre lo que quieres hacer y no la cuestiones. Con muy específica, me refiero a decisiones como esta: “Me pondré a hacer ejercicio mañana a las seis de la mañana”, “Solo voy a resaltar las cosas que mis empleados hagan bien” o “En la próxima reunión al menos haré una intervención”.
Luego, cuando la mente empiece a discutir contigo —y te garantizo que lo hará—, ignórala. Eres más listo que tu mente. Puedes ver más allá de ella.
Una vez, un profesional me dio una clase de golf en la que me enseñó una manera diferente de golpear la bola. Después de la clase, me advirtió: “Cuando juegues con otros, tal vez quieran darte algún consejo. Escúchales con educación, dales las gracias por el consejo y, luego, ignóralo por completo y haz exactamente lo que te he dicho”.
Si te cuesta completar una tarea o una actividad, la causa podría ser la persistencia. Más que motivarte con una arenga interna, silencia tu mente: decide cómo vas a actuar en una tarea o acción específica y no permitas que se entrometan tus pensamientos.

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Primero, confía en ti mismo

Hace un tiempo preparaba una conferencia para el TEDx que debía dar en Flint (Michigan) y, aunque debía de llevar ya unas veinticinco versiones, aún no estaba satisfecho. Cada vez que escribía una nueva versión, se la enviaba a amigos de confianza y les pedía consejos y mejoras.
No obstante, cada vez que me enviaban sus respuestas, valiosas y reflexivas, me hallaba un poco más perdido y menos seguro de mi mensaje, de mis ideas y de mí mismo.
No es que me costara aceptar las críticas. Era justo lo contrario: aceptaba los cambios con demasiada rapidez, estaba deseando complacer a los demás y no ponía pegas a modificar lo que fuera con tal de que estuvieran contentos.
Existen muy buenas razones para confiar en el conocimiento de los demás, pero también comporta un coste: a medida que nos amoldamos a los deseos, preferencias y expectativas de los otros, corremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos. Nos quedamos estancados sin su orientación, incapaces de tomar nuestras propias decisiones y dejamos de confiar en lo que sabemos.
Hay un remedio muy sencillo contra la inseguridad que comporta ser nosotros mismos: dejar de preguntar a los demás.
En lugar de esto, dedica un rato con calma a decidir qué piensas. Así es como encontramos la parte de nosotros mismos que hemos abandonado. Así es como nos hacemos más fuertes, inteligentes, creativos y profundos. Así conformamos nuestra propia visión de las cosas.
Cuando decidí dejar de preguntar a los demás qué pensaban de lo que yo pensaba, me di cuenta de algo interesante: me esfuerzo más cuando no dependo de los otros. Soluciono cosas que, de otra forma, dejaría que solucionaran otros. Trabajo con más seriedad para asegurarme de que mi perspectiva es sólida.
No estoy diciendo que no tengamos en cuenta la opinión de los demás. Es útil saber cómo reaccionan a tu trabajo. Después de escribirla completamente, ensayé la conferencia varias veces frente a diferentes públicos.
Pero esta vez no les pedí que evaluaran mi mensaje, sino mi actuación. ¿Qué habían comprendido de mi conferencia? ¿El mensaje mostraba la pasión que yo sentía por él?
Y, cuando al final di la conferencia en Flint, esta fue clara, concreta y auténtica.
Fue mía.
La próxima vez que te sientas inseguro por una tarea o un proyecto y quieras compartirlo para buscar aprobación, pregúntate primero qué es lo que piensas tú. Tómate un tiempo con calma para escucharte a ti mismo y confía en tu mente y en tu corazón. A menudo, es bueno no pensar en qué piensan los demás.

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Mantente a distancia y no hagas nada

Tuve una tendinitis en el codo durante más de un año. Incluso algo tan simple como girar el pomo de una puerta hacía que me retorciera de dolor. Fui a ver a mi hermano Bertie, que además es mi médico de cabecera.
Mientras me examinaba el codo, le recordé todo lo que había hecho para intentar curarme: ibuprofeno, inyecciones, terapia muscular… “Puede que todos estos intentos para curarte el codo solo lo estén empeorando —dijo Bertie—. Es muy probable que después de seis meses sin hacer nada, el dolor desaparezca”.
Yo era escéptico, pero, en fin, no tenía nada que perder. Y, en efecto, seis meses después el dolor se había esfumado.
En algunas situaciones, no hacer nada —para siempre— es la solución adecuada. La estrategia es difícil de seguir porque tenemos tendencia a ser proactivos. Si hay un problema, nos sentimos mejor si lo abordamos de forma vehemente. Pero ten en cuenta que tal vez dedicamos mucho esfuerzo, tiempo y dinero a resolver problemas que, de hecho, no se solucionan con esfuerzo, tiempo o dinero.
¿Y respecto a las relaciones personales? Tiempo atrás me peleé con alguien cercano a mí. Intenté varias veces recuperar la relación —envié correos electrónicos, llamé por teléfono e incluso le envié un regalo—, pero nada de todo esto mejoró la situación. Al final tiré la toalla y di la relación por perdida. No hice nada durante un buen tiempo. Volví a ver a esta persona no hace mucho y, de alguna forma, tuve la sensación de que habíamos dejado atrás la pelea. Al menos, en gran parte. Nuestra relación no era la misma que antes, pero era mucho mejor que cuando tratábamos de arreglarla activamente.
Resiste la tentación de querer arreglarlo todo. A veces, no hacer absolutamente nada es mejor que hacer algo.

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Acepta la realidad. Cambia las expectativas

Mi amigo Rob no suele estresarse. Su trabajo diario pondría de los nervios a muchas personas: es un promotor inmobiliario cuya rutina es vérselas con un montón de problemas irritantes relacionados con inquilinos, bancos, demandas, gestión de la propiedad y tasaciones que varían de precio de la noche a la mañana. Sin embargo, Rob gestiona todo esto con calma y serenidad.
Un día, estando de vacaciones, Rob tenía que hacer una llamada importante y el móvil no funcionaba. Se puso muy nervioso. Estaba sufriendo la distancia entre lo que esperaba que iba a pasar y lo que realmente estaba pasando.
Esta es la causa subyacente del estrés, y nos afecta mucho más en estos tiempos porque nuestras expectativas no paran de aumentar, en parte gracias a las innovaciones exponenciales en la tecnología. Siempre esperamos más no solo de la tecnología, sino de los demás y de nosotros mismos.
En mi opinión, la mejor estrategia para reducir el estrés es cambiar las expectativas. En pocas palabras: acostúmbrate a no lograr lo que quieres. Sé que esto no concuerda con la actitud de “a por ellos” que nos han enseñado a la mayoría de nosotros. Pero, casi siempre, enfrentarse a la realidad no merece la pena. O no puedes cambiar lo que te rodea o el enfrentamiento es más estresante que la recompensa.
Si cambiar las expectativas es demasiado difícil, la segunda mejor táctica es tomar perspectiva.
Imagina una escala del uno al diez, siendo diez la peor realidad que puedes concebir, como vivir en zona de guerra. Tal vez nueve sea una enfermedad grave cuyo resultado más probable sea la muerte. Ocho podría ser algo que cambia tu vida para siempre, como ir a la cárcel o tener un accidente que te deje en una silla de ruedas. Digamos que siete es algo que temporalmente altera tu vida, como perder el trabajo o tener que mudarte porque ya no puedes pagar la casa en la que vives.
Casi todo lo que nos pone de los nervios se encuentra entre el uno y el dos de las expectativas frustradas. Es decir, los niveles de mal humor o estrés están provocados por situaciones que, de hecho, tienen muy poca importancia.
Podemos reducir nuestro estrés de forma sustancial reconociendo que, en muchas situaciones, nos hemos convertido en perfeccionistas en ámbitos donde la perfección no es necesaria, realista ni útil.
El estrés de Rob era mucho mayor al pensar que el problema era solo de su móvil. Pero después, cuando supo que se había perdido la cobertura en todas las Bahamas, cambió de expectativas. Se dio cuenta de que no había nada que hacer.
Cuando pudo tomar perspectiva, se habituó a la nueva realidad. ¿En qué punto de la escala estaba el no poder hacer aquella llamada? No superaba el uno.
Y así, quedándose sin cobertura durante más de doce horas, logró tener unas vacaciones de verdad.
Si no puedes cambiar la realidad —y normalmente no puedes—, entonces dale la importancia que realmente tiene. Cuando tu perspectiva cambia, también lo hace tu capacidad para reaccionar al mundo que te rodea de manera estratégica y productiva.

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Prepara cada día

Mi mujer Eleanor y yo hicimos una excursión en kayak durante tres semanas en Prince William Sound, en Alaska. Antes de ir a Alaska, leí todos los números que pude de Sea Kayaker para consultar los informes de accidentes. Estos informes identificaban aquellos errores o malas decisiones que habían tomado las personas que, más a menudo de lo que reconocí a mis padres, acabaron muriendo.
Un tipo sabía que no tenía que salir al mar porque el tiempo era malo y el oleaje, intenso; pero tenía una cita y no quería perder el ferry de vuelta a casa. Pues bien, cogió aquel ferry, pero nunca más volvió a tomar ninguno. Otro, en el último día de su viaje, no se preocupó de guardar su equipo en una bolsa impermeable porque no esperaba necesitarlo. No obstante, una ola impactó contra su kayak, volcó y se mojó todo. Logró llegar de nuevo a la orilla, pero, como no tenía nada seco con lo que taparse, murió de hipotermia.
Así que todas las mañanas, antes de meternos en el agua con los kayaks, dedicaba cinco minutos a pensar en lo que podía ocurrir ese día —el plan, el tiempo, el equipo, las contingencias, nuestra condición física, los obstáculos que pudiéramos encontrar— y luego me preguntaba si estábamos preparados.
Ahora, años después, desde la seguridad de mi despacho, sigo pensando que es la mentalidad idónea para enfrentarse a cualquier día.
Las preguntas que me hago hoy en día son ligeramente diferentes de las que nos hacíamos Eleanor y yo durante nuestro viaje en kayak, porque los riesgos son distintos. Pero la idea sigue siendo la misma: ¿estás preparado para este día?, ¿para las reuniones que tienes planificadas?, ¿has pensado seriamente en el trabajo que te espera?, ¿has anticipado los riesgos que pueden hacerte descarrilar?, ¿tienes claro qué es lo que debes conseguir?, ¿lo que has planificado para hoy logrará que estés más cerca de lo que te propones? No es una pérdida de tiempo, al contrario: hacerte estas preguntas te ayudará a ser más productivo.
No abordes tareas sin pensar bien en lo que estás haciendo. Todas las mañanas, reserva un poco de tiempo para hacerte esta pregunta: “¿Estoy preparado para el día de hoy?”. Puede que igualmente te equivoques, pero estarás mucho más preparado para ello si te haces esta pregunta.

Deja de rendir. Empieza a vivir

Gran parte de lo que hacemos parece una evaluación. Nos puntúan en el colegio y analizan nuestro trabajo. Ganamos carreras, nos otorgan títulos, recibimos halagos y a veces nos hacemos famosos, todo en función de nuestro rendimiento. Incluso las pequeñas cosas —dirigir una reunión, entablar una conversación en el pasillo, enviar un correo electrónico— suscitan la silente pero omnipresente pregunta: “¿Cómo ha ido?”.
Pero he aquí la paradoja: vivir la vida como una evaluación no solo es una forma de estresarse y ser infeliz, sino que también merma nuestro rendimiento. Si lo que quieres es mejorar en cualquier aspecto, debes vivirlo con la mente abierta, arriesgar y fracasar, aceptar y aprender de buena gana de cualquier resultado que obtengas. Y cuando logras un resultado aceptable, siempre tienes que darle una vuelta de tuerca más para encontrar algo diferente.
Quienes rinden mejor están toda la vida aprendiendo, y esto significa que constantemente están probando cosas nuevas. Gran parte del tiempo su rendimiento es bajo y, solo a veces, brillante, pero es algo que no puede predecirse. Cuando actúas como en una evaluación, el éxito dura muy poco. Tan pronto como logras un objetivo o recibes una ovación, la evaluación acaba y ya no es gratificante. La pregunta que nunca acaba de responderse es “¿Qué es lo siguiente?”.
Sin embargo, cuando estás experimentando, el quid de la cuestión no es el final, sino el momento. No buscas una sensación que tienes después de la acción, sino que la sientes durante la acción. No dependes de una medida externa y variable, sino que te motiva una medida interna y estable.
Así que… ¿cómo podemos desprendernos de la evaluación para abrazar la experiencia? He aquí algo que me ha ayudado. Varias veces al día, completo la siguiente frase: “Esto es lo que se siente cuando…”.
Esto es lo que se siente cuando te halagan. Esto es lo que se siente cuando estás enamorado. Esto es lo que se siente cuando te has atascado escribiendo una propuesta. Esto es lo que se siente cuando estás delante del director general. Esto es lo que se siente cuando te avergüenzas. Esto es lo que se siente cuando te aprecian.
Decir estar frase y sentir cualquier cosa que me esté ocurriendo me sume instantáneamente en la experiencia. La evaluación pierde la primacía y mi mente deja de preocuparse por el resultado. No tengo malas sensaciones: todas me enriquecen.
La próxima vez que seas el centro de atención, despréndete de la idea de que estás siendo “evaluado”. En vez de esto, déjate llevar y vive el momento, porque así le sacarás el máximo provecho.

Abraza el aburrimiento

Lo increíble de las nuevas tecnologías, como las tablets o los smartphones, es que son auténticos ordenadores que se pueden utilizar en cualquier lugar y a cualquier hora: en el metro, en el vestíbulo mientras esperas el ascensor, en el coche de camino al aeropuerto. Pero hay algo —además del sueño, que también es esencial— que se pierde en esta disponibilidad absoluta. Algo demasiado valioso como para perderlo: el aburrimiento.
Estar aburrido es un estado mental, algo que deberíamos promover. Una vez que se apodera de nosotros, empezamos a divagar, a buscar algo emocionante, algo interesante, a lo que dedicar nuestra atención. Y es entonces cuando surge la creatividad.
Tengo las mejores ideas cuando no soy productivo. Cuando estoy corriendo, duchándome, sentado sin hacer nada o esperando a alguien. Cuando estoy estirado en la cama y mi mente deambula antes de que la inunde el sueño. Estos momentos “desperdiciados”, que no dedicamos a nada en particular, son vitales. Son los momentos en los que, a menudo de forma inconsciente, organizamos nuestra mente, le damos sentido a nuestra vida, atamos cabos. Son los momentos en los que hablamos con nosotros mismos. Los momentos en los que nos escuchamos.
Perderlos, reemplazarlos por tareas y eficiencia, es un error. Lo peor es que no solo los perdemos, sino que los desechamos por completo.
Evita la manía de llenar con tareas cada momento del día, sobre todo si tienes que ser extraproductivo o creativo. Las mejores ideas surgen cuando no hacemos nada.

Imagina lo peor

A menudo, oímos que debemos visualizar el éxito, imaginarnos en una situación diciendo las palabras correctas y actuando como debe hacerse. Es una táctica que tiene su momento. Pero me gustaría sugerir una alternativa.
Intenta visualizar el fracaso.
Si tienes pendiente una conversación complicada, cierra los ojos e imagina que va terriblemente mal. Visualízate diciendo las palabras equivocadas. En tu mente, imagina que tu interlocutor responde de manera brutal. Observa la situación irse de las manos. No te limites a pensarlo, trata de sentirlo. Percibe que la adrenalina empieza a correr por las venas, el corazón a latir. Siente la decepción de ti mismo.
Perfecto. Ahora, abre los ojos y sé consciente de que has pensado la peor posibilidad. Lo más probable es que la conversación no degenere hasta el punto que has imaginado. Y, si lo hace, acabas de experimentar qué es lo que se siente y, ¿sabes qué?, has sobrevivido.
A partir de aquí, solo es cuesta arriba.
Mermer Blakeslee se adentra magníficamente en esta cuestión en su libro A Conversation with Fear (‘Una conversación con el miedo’). No te puedes desprender del miedo, y tampoco es algo que quisieras hacer. Pero meterte en él te ayuda a verlo tal cual es, lo que normalmente suele ser mejor de lo que imaginas.
También se favorece otra dinámica cuando visualizas el fracaso: instintivamente, te muestras a ti mismo qué es lo que no debes hacer, qué no debes decir, cómo recuperarte si sale mal, cómo reaccionar sin perder el control en el peor de los casos.
Y esta es la ironía: cuando visualizas el fracaso, de hecho, estás visualizando el éxito. Te estás imaginando gestionando, sobreviviendo y superando el fracaso. El fracaso no solo es un paso molesto más de camino al éxito, sino que forma parte de la vida tanto como el éxito. Así que lo mejor es acostumbrarse.
Visualizar el éxito puede ser contraproducente, porque te añades presión y no te preparas. Tal vez no parezca obvio, pero visualizar el fracaso como método para calmar los nervios y mantenerte con los pies en el suelo te ayudará a estar más tranquilo y preparado para los retos que te esperan.

Piensa en un proceso, no en una solución

Cuando mi amigo Sam invitó a su nueva novia, Robyn, a hacer un viaje en velero, era algo novato con los barcos. Se había formado razonablemente bien, pero no tenía experiencia. Robyn, por su parte, no tenía ni lo uno ni lo otro.
Esperaban que fuera una travesía larga —de unas siete horas— y se pasaron varios días preparándola. Consultaron mapas y decidieron la ruta. Tenían planeado costear por si necesitaban entrar en algún puerto, pero había algunos tramos en los que no podrían recurrir a ninguna ayuda. Compraron comida, víveres de emergencia y les comunicaron a otras personas la ruta que iban a recorrer.
El día de la salida, el cielo estaba nublado, pero decidieron partir de todas formas. Después de navegar varias horas —y, por avatares del destino, en uno de los tramos lejos de la costa—, el viento empezó a soplar con fuerza y se cernieron sobre ellos nubes negras. Frente a ellos, a menos de una milla, había una tormenta eléctrica. Quedaron a su merced, con los rayos cayendo a su alrededor.
Sam suele mantener la cabeza fría. Y lo que hizo —en medio de la tormenta, cuando en la mayoría de las personas hubiera cundido el pánico— fue sorprendente: se puso al pairo.
Colocó el barco proa al viento y las velas empezaron a flamear. Luego miró a Robyn y debatieron qué hacer. Podían intentar volver. O rodear la tormenta. O esperar a que amainara. O podían intentar atravesarla.
La conversación no fue muy larga porque el tiempo se les echaba encima. Sopesaron las opciones y los riesgos, y decidieron atravesar la tormenta. Había olas inmensas y Robyn se mareó, pero lograron salir de ella sanos y salvos.
Después de la travesía, nos reunimos para cenar, y le pregunté a Robyn si sabía cómo superar una tormenta en medio del mar. “No. Al contrario. Sabíamos que había demasiadas contingencias para que un plan las pudiera prever todas. Sabíamos que deberíamos tomar decisiones al momento”.
Lo que necesitaban —y lo que tenían— era un plan para gestionar todo aquello que no sabían cómo gestionar. Cómo ser inteligentes sin ser engreídos.
“Creo que lo mejor que hizo Sam —continuó Robyn— fue no fingir que sabía lo que estaba haciendo. Y le aprecio por eso. No simuló. No se precipitó a hacer cualquier cosa. Y no me empujó a hacer nada. Pero tampoco se quedó pasmado. Nos calmamos, hablamos y, aunque estábamos en una situación delicada y sin la información necesaria, tomamos rápidamente una decisión reflexiva”.
Esta es una de las mejores descripciones que puedo imaginar en el siglo XXI de un liderazgo consistente, y también de una forma de vivir.
Vivimos en un mundo con información imperfecta, con sorpresas garantizadas y contingencias impredecibles. Las tormentas, tanto metafóricas como reales, nos están esperando. Instintivamente, tratamos de predecirlas, pero es un propósito inútil. Tratar de erradicar los riesgos es una fantasía. Y aunque lo hubiéramos planeado de manera meticulosa, creer que estamos preparados para lo que nos pueda deparar el futuro es una locura. Las personas más efectivas son aquellas capaces de actuar en la incertidumbre.
Deshazte del hábito de planificar cada situación futura. En lugar de eso, siéntete cómodo gestionando la incertidumbre, y reacciona a lo inesperado respirando hondo, tomando decisiones basadas en la mejor información que tengas en ese momento y llevándolas a cabo.

Carga tú con la culpa

Estaba dirigiendo el plan estratégico de una empresa de alta tecnología con el director general y sus ayudantes. Analizábamos algunas cuentas problemáticas del trimestre anterior. Uno tras otro, cada empleado trataba de argumentar que, en última instancia, no era responsable de los resultados, y sugería que se debía buscar la causa en otros departamentos. Luego, Dave, el director de ventas, tomó la palabra. Empezó a enumerar los errores que creía haber cometido personalmente y todo aquello que quería cambiar en un futuro.
Sus colegas no se ensañaron con él. De hecho, hicieron justo lo contrario: trataron de liberarlo de las culpas. Uno tras otro, empezaron a asumir su responsabilidad en los problemas que estaba afrontando la empresa.
Asumir la culpa se convierte en un ejemplo. Cuando uno lo hace, los demás se sienten incómodos por no asumir sus responsabilidades. Cuando ven que no los van a fulminar, se envalentonan y asumen el riesgo.
E incluso si los demás no asumen sus responsabilidades por el papel que han desempeñado, al menos tú podrás evitar cometer los mismos errores del pasado, lo cual, en última instancia, es la clave para que tengas éxito en el futuro. Al aceptar la culpa, Dave cambió la dinámica de la reunión y, como se vio después, también la de la empresa.
En contra de la tentación de defendernos y disculpar nuestros errores, aceptar la culpa es un acto que te potencia y refuerza tu posición, en lugar de debilitarla.

Primero, muestra empatía. Luego, hazle sentir bien

Eleanor y yo estábamos visitando a unos amigos un sábado cuando su hija de nueve años, Dana, llegó a casa. Estaba el borde del llanto, apenas podía contenerse.
—Cariño —dijo su madre—, ¿qué ha ocurrido en la competición de natación?
—Me han descalificado —repuso.
Había nadado muy bien en la carrera, pero se había tirado a la piscina una fracción de segundo antes de que sonara el disparo: una salida en falso.
Estábamos en el vestíbulo de su casa, y ella se sentó en el escalón inferior, con la mochila aún en la espalda, mirando al vacío, inexpresiva.
—Cielo —susurró su padre—, hay muchas más competiciones esta temporada. Tendrás más oportunidades para ganar.
—Ya verás, el entrenador te ayudará a practicar las salidas antes de la siguiente competición —continuó su madre—, y sabrás exactamente cuándo saltar para no perder ni un segundo y tampoco quedar descalificada. Aprenderás a hacerlo.
Pero nada de lo que decíamos parecía mejorar la situación. Nada cambió su mirada inexpresiva. Nada funcionaba.
Entonces, apareció su abuela Mimi. Le pasó el brazo por encima del hombro y guardó silencio. Al final, la niña apoyó la cabeza en el hombro de su abuela. Después de un rato de silencio, Mimi le besó la cabeza y dijo: “Sé lo mucho que te esfuerzas con esto, cariño. Es triste que te descalifiquen”.
En ese momento, Dana rompió a llorar. Su abuela siguió allí durante varios minutos, rodeándola con el brazo, en silencio.
Y yo pensé: “Todos, ejecutivos y directores de equipo, deberían ver esto.
Excepto Mimi, ninguno de nosotros supo ver qué necesitaba Dana. Intentamos que se sintiera mejor mostrándole las ventajas del fracaso, poniendo el error en contexto, enseñándole cómo podía sacar una lección de ello y motivándola para que se esforzara más y lo hiciera mejor de forma que no le volviera a ocurrir.
Pero no necesitaba nada de esto. Ya lo sabía. Y si no lo sabía, ya lo comprendería por ella misma. ¿Qué era lo que necesitaba, lo que no se podía dar a sí misma, lo que Mimi entendió y satisfizo?
La empatía.
Normalmente, cuando alguien fracasa, lo culpamos. O tratamos de enseñarle algo, de hacerle sentir mejor. Lo que, paradójicamente, le hace sentir peor. También incita una actitud defensiva, como un acto de autoconservación. (Si no estoy bien después de un fracaso, me las arreglaré para explicármelo de tal forma que no sea mi fracaso).
Nuestras intenciones son buenas. Queremos que esa persona se sienta mejor, que no repita sus errores. Queremos proteger nuestros equipos y organizaciones. Pero el aprendizaje —poder evitar fracasos futuros— solo llega cuando pueden sentirse mejor consigo mismos después de fracasar. Y este sentimiento lo obtienen con la empatía.
Por suerte, expresar empatía es bastante sencillo. Cuando alguien comete un error o se descarrila, solo tienes que escucharle. No le interrumpas, no le des consejos, no le digas que todo se arreglará. Y no temas quedarte en silencio. Limítate a escuchar. Eso es todo.
Nuestras buenas intenciones para que los demás se sientan mejor no suelen funcionar. Es mejor empatizar porque transmite confianza, y las personas nos sentimos más seguras —y rendimos mejor— cuando confían en nosotros.

Recurre a la generosidad de la gente

Mi vuelo de Nueva York a París se había retrasado —incluso cabía la posibilidad de que lo cancelaran— y los pasajeros, esperando en la puerta de embarque, estaban molestos.
También había una pareja de franceses para quienes mascullar no era suficiente. Me acerqué con sigilo para comprender a qué se debía el alboroto. Si lo entendía bien, estaban enfadados porque tenían los billetes, pero no les habían asignado asiento y temían no poder volar. La empleada, quien después sí que pudo asignarles asiento, se negaba a hacerlo en aquel momento. Les aseguraba que estarían en el avión cuando —y en el caso de que— despegara, pero les decía que lo primero era lograr que el avión recibiera el permiso de despegue: “En este momento, nadie tiene asiento porque el avión no va a ninguna parte”.
Hubo un malentendido en la traducción; la pareja oyó: “Ustedes no tienen asiento y no van a ir a ninguna parte”, lo cual les hizo sentir mucho más angustiados e impotentes, como es natural. A esta falta de poder reaccionaron intentando ejercer su poder. Insistieron alzando la voz todavía más y dijeron que, de hecho, tenían asientos, pero que no se los habían asignado, que era precisamente lo que pedían. A lo que la empleada respondió (y cito literalmente): “¡No!”.
Sería bastante fácil dar algunos consejos a la empleada sobre cómo gestionar la situación de forma más efectiva. Pero es más interesante pensar en qué debería hacer la pareja francesa. Porque, si dejamos de lado quién tiene razón, y dejamos de lado la barrera de la lengua, lo que nos queda es una situación en la que nos encontramos una y otra vez: una pugna por el poder. La empleada tenía claramente el poder a su favor, porque podía decidir si les asignaba un asiento o no.
Tratar de ejercer el poder, especialmente cuando no lo tienes, provoca resultados impredecibles, no es positivo para ninguna de las partes y es intimidatorio. El daño que produce en la relación es importante. Debe existir una estrategia mejor para lograr lo que quieres cuando en una situación dada eres impotente.
Por suerte, existe: olvídate de la ilusión de que tienes poder alguno. Es una ilusión que te estorba. Cualquier persona, cuando se lo pides con respeto, estará dispuesta a hacer exactamente lo que rechaza hacer cuando siente que la presionas.
Tan pronto como oí a la empleada decir “¡No!”, intervine. Me coloqué entre ella y la pareja e interrumpí la conversación. Tenía un arma secreta. Hablo francés.
Le pedí a la empleada que me permitiera hablar un momento con la pareja para explicarles lo que ella les estaba diciendo. Luego me dirigí a la azafata de tierra y le transmití lo que la pareja pensaba que ella estaba diciendo.
Cuando se hubieron calmado, la pareja se disculpó y le dijeron a la empleada que comprendían lo difícil que era gestionar el retraso de un avión. Sabían que ella no tenía por qué asignarles un asiento, pero le explicaron que se sentían angustiados. Le preguntaron si, en aquella situación particular, y aunque se hacían cargo de lo ocupada que debía de estar para lograr que el avión despegara, estaría dispuesta a asignarles un asiento. Después de una breve conversación, les dio las tarjetas de embarque con asientos asignados.
A veces, es de una gran ayuda recurrir a la poderosa generosidad de una persona.
Si ves a dos personas enzarzadas en una pugna de poder, considera intervenir. No para inclinarte hacia uno de los dos lados, sino para hacer de puente. A veces necesitamos una interrupción momentánea para poder ver al otro como una persona y tocar su fuente de generosidad. Y lo que suele ocurrir es que estamos demasiado absortos en la discusión y somos incapaces de cambiar de postura. Que una tercera persona participe puede ayudar a que salgamos de nosotros mismos.
Cuando interactúes con alguien que tiene más poder que tú, no te enzarces en una pugna de poder esgrimiendo exigencias y amenazas. Al contrario: apela a su generosidad. Si se lo pides con respeto, cualquier persona hará de buena gana lo que rechaza hacer si siente que la presionas.

Olvídate de la fuerza de voluntad. Reestructura tu entorno

Es genial adoptar nuevos hábitos, pero, si queremos persistir en ellos, debemos cambiar nuestro entorno y mantenerlo durante el tiempo que decidamos.
Empezamos el día con buenas intenciones. Pero pronto recibimos llamadas y correos electrónicos, pedimos cosas y ordenamos otras, y muy pronto apenas podemos recordar en qué queríamos concentrarnos, si es que lo supimos alguna vez. Nuestras jornadas son frenéticas e intentamos encarrilarnos, pero avanzamos muy poco. Al final de la semana, ya hemos olvidado qué queríamos lograr al comienzo. Y, cuando acaba el año, nos frustra que no hayamos avanzado en las cuestiones que más nos preocupan.
La solución no es querer concentrarse mejor. Esto no funciona. La disciplina y el autocontrol son insostenibles, porque en la mayoría de nuestros entornos hay demasiadas distracciones, demasiadas cosas que los demás quieren que hagamos, demasiadas oportunidades y tentaciones que nos apartan de los valores y prioridades que queremos en nuestra vida. Es como tratar de perder peso viviendo en una tienda de caramelos.
Tenemos que estructurar el entorno para que sea más probable que podamos avanzar en nuestras prioridades.
A continuación, te propongo tres maneras de hacerlo:
1. “Vacía las estanterías de azúcar”. Identifica cinco cosas —ni una más— en las que quieras centrarte durante un año. A ellas deberás dedicar el 95 por ciento de tu tiempo. Cualquier cosa que no facilite estos cinco objetivos debe quedar fuera de tu lista de tareas. Yo he creado una lista de tareas con seis recuadros: uno para cada una de mis prioridades y un sexto que he llamado “el otro 5 por ciento”. Este último es como el azúcar: un poco está bien, pero en un día no deberías tener más del 5 por ciento de actividades que no se ajustan a tus prioridades anuales.
2. “Limita tu estómago”. Cada mañana, mira la lista con los seis recuadros y decide todo lo que tienes que hacer en franjas horarias. De esta manera, tomarás decisiones estratégicas para aprovechar el tiempo limitado del día en lo que más te importa.
3. “Establece un acuerdo formal con alguien sobre qué vas a comer”. Siéntate con una persona —tu director, un compañero, tu pareja— y enséñale tu lista de tareas con los seis recuadros y lo que vas a hacer aquel día. Explícales qué quieres conseguir y cómo encaja con tu plan para lograr tus objetivos anuales. Decirlo en voz alta y tener a una persona que lo escuche y te lo recuerde crea un nivel de compromiso y responsabilidad más profundo.
Confiar en la fuerza de voluntad es una batalla cuesta arriba interminable. En lugar de esto, estructura tu entorno y tu vida para que sea más probable que logres cumplir tus prioridades.

Conclusión

Nuestro anhelo por la solución, la fórmula que resolverá todos nuestros problemas, la panacea de nuestra angustia... es persistente. Pero también es una equivocación, porque no existe nada perfecto y nada dura para siempre. Así que es mejor considerar toda solución como algo temporal, y cada herramienta como potencialmente valiosa y probablemente efímera. Esto es cierto ya se trate de un cambio personal (como una nueva dieta) o empresarial (como una nueva herramienta de gestión, una nueva estructura organizativa o un nuevo programa de expansión).
Nosotros cambiamos. Las situaciones cambian. Los que nos rodean cambian. Y las herramientas que usamos también deberían cambiar.
Este 4 segundos está lleno de ideas, estrategias y tácticas que te pueden ayudar a tomar decisiones más inteligentes —y llevar a cabo acciones más efectivas— en un momento dado. Algunas de ellas te pueden funcionar ahora. Otras, tal vez más adelante. Sé flexible y pon en práctica lo que te funciona y hasta que te funcione. Cuando deje de ser efectivo, hojea de nuevo 4 segundos y deja que alguna otra idea te llame la atención. Recuerda respirar hondo, calmarte y tomar una decisión determinada que te lleve allí donde quieres ir.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Peter Bregman
Peter Bregman es el CEO de Bregman Partners, Inc., una empresa consultora especializada en reforzar el liderazgo en las personas y en las organizaciones.
Su libro más reciente, 4 segundos (Empresa Activa, 2015), fue elegido por el New York Post en 2015 como una lectura imprescindible para mejorar la propia carrera profesional. Su anterior libro, 18 Minutes (Business Plus, 2011), estuvo durante semanas como bestseller en las listas del The Wall Street Journal y fue el ganador de los premios Axiom Business Book y nombrado libro del año por NPR.
Bregman es colaborador habitual de Harvard Business Review, Psychology Today y Forbes, y sus artículos y comentarios han aparecido con frecuencia en Bloomberg BusinessWeek, Fast Company, Financial Times, CNN, NPR y FOX Business News.
Como consultor ha trabajado con CEO y directivos de multitud de empresas, entre otras, American Express, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Deutsche Bank, JPMorgan Chase, GE Capital, Merck, Nike o UNICEF.
Ficha técnica
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