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Resumen del libro

¡Si lo sé, no lo digo!

Por: Marcelo Castelo

12 antídotos para evitar respuestas suicidas a preguntas envenenadas
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Introducción

¿Alguna vez te has arrepentido de algo que has dicho? Seguramente sí. Todos lo hemos hecho. Estoy seguro de que todos los que estamos aquí nos hemos preguntado más de alguna vez: «¿Por qué habré dicho eso?».

Y esa sensación de haber cometido un error con tus palabras suele ocurrir unos segundos después de haber contestado una pregunta, digamos, complicada. Y también apostaría a que te has encontrado con muchas de ellas a lo largo de tu vida.

«Cariño, ¿este vestido me hace ver gorda?» o «¿Me consideras un jefe o un líder?» son algunas de ellas. Sin embargo, lo más probable es que tus respuestas a estas preguntas no trascendieron a más que a una situación incómoda con tu interlocutor, y lo más probable es que tu imagen personal no haya salido con una mancha imborrable.

Pero, ¿y si fueses un político o un profesional que participa en ruedas de prensa o congresos? Estos son los ambientes en los que es más probable que te topes con preguntas maliciosas, o que denomino «preguntas envenenadas».

En esos entornos es muy probable que una respuesta impulsiva a una pregunta envenenada te saque algo más que un susto o un mal rato, sino que puede manchar tu imagen pública por un largo tiempo o, peor aún, podría ocasionar tu despido.

Y lo cierto es que todos aquellos que aspiramos a convertirnos en referentes en nuestros campos laborales sabemos que la apertura a la charla pública mediante conferencias o ruedas de prensa no es solo importante, sino esencial.

Por lo tanto, estar bien preparado para esas futuras situaciones en las que serás el blanco de algún dardo con una pregunta envenenada es vital. Y, sin embargo, no hay mucha gente que te lo dice.

Créelo, por ahí afuera casi no existen o no hay consejos que te orienten acerca de cómo gestionar las preguntas envenenadas y, mucho menos, de cómo responderlas. Hasta ahora.

Aquí te enseñaré el antídoto a esas preguntas envenenadas. Te contaré las distintas técnicas que utilizo para que tú también las puedas usar cuando te veas atacado por la suspicacia de una persona.

Tanto si eres alguien en la mira de la opinión pública, si aspiras a ella, o si tan solo quieres salir bien parado de las preguntas incómodas que sufrimos día con día de parte de nuestros seres queridos (o no tan queridos), esta es tu guía.

Las preguntas envenenadas están por todas partes, y, cuando te encuentres con alguna, mejor que tengas el antídoto adecuado para contrarrestarla. Así que vamos a por ellos.

Antes de empezar

Tengo algo muy importante que decirte antes de continuar, y es un tema que la gente suele preguntarme. Me dicen: «A ver, Marcelo, todo bien con tus técnicas, pero, ¿dónde queda la espontaneidad y mi creatividad a la hora de responder las preguntas?».

¡Leches! Lo cierto es que no sé a dónde mandar a las personas cada vez que me preguntan eso.

A ver. No estoy en contra de la creatividad, ni mucho menos. Diría que todo lo contrario. Pero déjame ser franco contigo.

¿Cuando vas a un concierto no ha ensayado antes el cantante? ¿Cuando vas al médico este no ha estudiado muchos años? ¿Cuando vas al estadio a ver un partido acaso los jugadores no han entrenado? ¿No lo han hecho los músicos de la sinfónica? ¿O el actor de Hollywood?

Por favor, que alguien me diga alguna profesión que se base en la pura espontaneidad. O mejor dicho, en la no preparación.

Lo cierto es que todo el mundo necesita algo de preparación, y quizá no te has puesto a pensarlo, pero la técnica está en todas partes.

Por supuesto que existen personas cuya imagen les permite ser irreverentes y bocazas. Si te lo pudieras permitir, entonces no estarías aquí. Si eres como el resto de los mortales, entonces quédate.

Lo que te voy a presentar es simplemente una estructura. Te brindaré la forma, pero tú le darás el contenido. Y ahí es donde tu creatividad entra en juego.

No pretendo convertirte en un robot insulso que da respuestas automáticas sin personalidad, sino en una persona que estará preparada para la realidad, porque afrontémoslo, lo que dicen de nosotros importa tanto (o más) que lo que hacemos.

Sobre todo si te desenvuelves por el mundo y la opinión pública te afecta. Improvisar es atraer a la impulsividad, al mal comentario y a su posterior arrepentimiento. Y ya sabemos que nos puede costar caro.

Con el panorama claro, y sin más dilación, vayamos a por los antídotos.

Primer antídoto: Sí, pero no

¿Sabes qué son las falacias? Aristóteles indagó mucho en ellas. Descubrió decenas y, posteriormente, se descubrieron cientos. Si no las conoces te las explico: una falacia es un argumento que parece válido, pero no lo es.

El primer antídoto viene fuerte, ya que implica una verdad incómoda en el mundo de la comunicación. Verás, en este arte tener la razón no es suficiente. Vamos, a veces ni siquiera es relevante. Esto sugiere que, de vez en cuando, deberás ser capaz de librarte de una pregunta apelando a una falacia. A mentir, a divagar.

No me tomes por manipulador, solo estoy siendo franco contigo. Las cosas son como son. Mi intención es solo explicarte las reglas tácitas del juego.

Por lo tanto, saber dominar las falacias es muy importante cuando te lancen un dardo con una pregunta envenenada. Por supuesto que no te explicaré todas, me limitaré a contarte las que, a mi parecer, son las que más pudieran ayudarte.

La primera es la falacia ad hominem. Esta falacia se centra en desacreditar la fuente cuando no somos capaces de responder directamente a la pregunta. Es atacar a la persona en lugar de atacar a su argumento. Por ejemplo:

Dardo: «Cariño, ya no fumes porque es malo para tu salud».

Antídoto: «Y tú comienza a hacer ejercicio porque estás engordando».

Ya sé. Es una falacia algo hipócrita. Puedes o no usarla, solo la pongo sobre la mesa.

La segunda falacia es la ad ignorantiam. Esta falacia consiste en defender una idea argumentando que no existe prueba de lo contrario. Por ejemplo:

Dardo: «¿Crees que haya vida en Marte?».

Antídoto: «¡Por supuesto! Nadie ha podido demostrar que no la haya».

Otro antídoto contrario también podría ser: «¡Claro que no! No hay vida en Marte porque nadie ha podido comprobar que la haya».

La siguiente falacia es la del hombre de paja. Esta falacia consiste en ridiculizar las palabras del interlocutor mediante la exageración o la tergiversación de su argumento. Por ejemplo:

Dardo: «¿Qué opinas de que en España las mujeres ganen menos que los hombres haciendo el mismo trabajo?».

Antídoto: «Si consideramos la tasa de desempleo que tenemos, que los hombres tengan más oportunidades que las mujeres solo significa que no hay trabajo ni para los unos ni para los otros».

Este antídoto contesta a un argumento que el interlocutor jamás formuló, para después atacar esa misma posición como si fuera la de su adversario.

Y, por último, la falacia de autoridad. Esta falacia defiende un argumento como verdadero porque quien lo dice es considerado una autoridad en la materia. Por ejemplo:

Dardo: «¿Por qué bajarán los sueldos de los trabajadores si se sabe que esto es malo para la economía?».

Antídoto: «Porque el Fondo Monetario Internacional así lo aconseja».

Este antídoto afirma de manera implícita que el Fondo Monetario Internacional nunca se ha equivocado en sus indicaciones.

Recuerda que te expliqué las falacias que considero son las más comunes ahí fuera. Vimos la ad hominem, la ad ignorantiam, la del hombre de paja y la de autoridad. También recuerda que hay muchas más. Sería muy bueno que indagues en ellas también.

Segundo y tercer antídoto: crear alianzas y neutralizar al destroyer

¿Y si te dijera que hay un antídoto que no contrarresta las preguntas envenenadas, sino que las elimina de una vez por todas antes incluso de que se digan? Lo hay. Y es el segundo antídoto.

Una palabra: alianzas. ¡No sabes la de veces que me he librado de una ronda de preguntas difíciles solo por haber creado alianzas con el auditorio antes de mi presentación!

Dentro del ámbito de las presentaciones profesionales, lo más inteligente que puedes hacer es crear alianzas antes de que comience el turno de preguntas. ¿Por qué? Porque si agradamos al auditorio antes de nuestra conferencia, el auditorio nos verá como parte de su manada. No como un lobo solitario.

Imagina que hoy, en unas horas, darás una conferencia. Serás ponente en un congreso importante. Tienes preparada toda tu presentación, pero te preocupa la ronda de preguntas porque no sabes si, en ese ambiente conocedor, no faltará el típico pretencioso que haga una pregunta envenenada y vuelva hostil el entorno.

Por lo tanto, decides aplicar el antídoto de crear alianzas, así que llegas con varios minutos de antelación al lugar donde te presentarás. Lo más recomendable sería que les pidieras a los organizadores del evento que por favor te introduzcan con algunos de los asistentes antes de que comience todo.

Charla con los más que puedas. Muéstrate cortés y accesible. Una buena estrategia es que te presentes como un aprendiz dispuesto a interactuar y no como un erudito que va a iluminarlos con su conocimiento.

Después, cuando tu conferencia esté por comenzar, recibe en la puerta de ingreso a los asistentes (o a los más que puedas). Finalmente, cuando hayas terminado tu charla, y antes de empezar la ronda de preguntas, aclara que no esperas debatir, sino deliberar.

Esto debería de bastar para que el auditorio te vea como su amigo y no como el experto pedante que sabe más que todos. Si lo haces bien, lo más probable es que no tengas incidentes.

Sin embargo, puede que, a pesar de tus esfuerzos para crear alianzas, aparezca en la ronda de preguntas el arrogante aquel que tanto temías y te lance una pregunta envenenada. Si eso sucede, el tercer antídoto te ayudará a lidiar con este tipo de persona a la que denomino destroyer.

Lo peor que podrías hacer en esta situación es entablar un diálogo con el destroyer. Tú no estás ahí para él, sino para todo el auditorio. No permitas que tenga su minuto de gloria (que es justamente lo que quiere) y córtale su inspiración de tajo. Neutralízalo. Por ejemplo:

Dardo: «Pero, ¡¿qué dices?! Qué opinión tan absurda. Se nota que no tienes ni idea del trabajo que haces».

Antídoto: «No. Esa no es mi opinión. Te has precipitado. Aún no termino de exponer la sección. Te pido que esperes hasta la ronda de preguntas, momento en el que todos podrán expresar sus opiniones».

Si te llega a interrumpir (cosa que no suele suceder) y su duda se resuelve en los siguientes apartados de tu conferencia, podrías decirle:

Antídoto: «Esa duda se resuelve justo en las siguientes diapositivas».

Si, por el contrario, la participación del destroyer no es una pregunta, sino una opinión, es tan fácil como lo siguiente:

Dardo: «No estoy de acuerdo en nada de lo que dices. Creo que toda tu información carece de fundamento».

Antídoto: «Cada uno tiene su opinión. Siguiente pregunta».

¿Lo ves? No se trata de darle la razón ni entablar un diálogo. Es simplemente neutralizarlo para dar paso a preguntas que enriquezcan tu conferencia.

A pesar de que ahora sabes cómo neutralizar al destroyer, siempre te recomiendo utilizar el segundo antídoto y crear alianzas antes de que la situación incómoda se presente.

Cuarto y quinto antídoto: frenar a tiempo y se vale no saber

Una vez en una rueda de prensa presencié cómo un directivo encargado del área de comunicación de una empresa importante fue víctima de una pregunta envenenada, o mejor dicho, fue víctima de su respuesta.

El dardo fue el siguiente:

«Usted, que es un alto directivo de una empresa nacional importante, ¿qué opina acerca del nuevo Papa?».

El pobre cayó redondito y respondió lo siguiente:

«Respondo de manera personal, ya que la empresa no tiene una posición al respecto. Pero yo creo que está bien porque la Iglesia no había tenido un cambio desde blah… blah... blah».

Sí, fue lo suficientemente cuidadoso para aclarar que no hablaba en nombre de la empresa, pero no lo suficientemente prudente para evitar hacerlo de todos modos.

No digo que lo correcto hubiese sido no contestar. No promulgo con esa práctica, con esa típica frase de «El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras», puesto que ha habido grandes problemas en la historia de la humanidad que se desencadenaron precisamente por la existencia de un silencio que no debió haber sido tolerado.

Pero sí promulgo con la idea de que yo no tengo que dar mi opinión solo porque alguien me la haya pedido, y mucho menos si esta tiene que ver con temas que me son ajenos en mi campo profesional o en un escenario público donde el tema no tiene relación.

¿Qué debió haber hecho aquel directivo? Sencillo. Debió haber utilizado el cuarto antídoto. Debió haber frenado a tiempo. Por ejemplo:

Antídoto: «No estoy aquí a título personal, estoy como representante de la empresa en la que trabajo. Por lo tanto, solo tengo criterio sobre los productos y servicios que ofrecemos. Discúlpeme, pero no tenemos nada que opinar sobre lo que está preguntando».  

Frenar a tiempo evitará que divagues o sueltes información importante. Recuerda que en determinados lugares no estás ahí para dar una opinión moral, sino una profesional. Saber cuándo darse cuenta de ello evitará que seas catalogado como el bocazas o, peor aún, como alguien en quien no se puede confiar.

En la misma línea de preguntas envenenadas, existe una que puede no ser considerada como tal, pero que me parece pertinente incluir, y son las preguntas de las que desconocemos su respuesta.

Ahora imagina que eres un político. Eres la máxima autoridad de la Secretaría de Fomento a la Cultura de tu estado, y durante una rueda de prensa en una localidad rural una persona te lanza el siguiente dardo:

Dardo: «Señor secretario, ¿cuánto va invertir su Secretaría en la cultura este año en nuestra ciudad?».

Te agarró en curva. No sabes la respuesta. Por supuesto que podrías mentir, pero en esta situación vamos a descartar esa opción. Y eso por una razón muy sencilla: si mientes en tu respuesta, más temprano que tarde se sabrá que lo hiciste. Y perder credibilidad en tu área, te lo aseguro, es lo peor que te podría pasar.

Por lo tanto, optas por el quinto antídoto: decir «lo desconozco». Con esto en mente tu respuesta puede ser la siguiente:

Antídoto: «Escuchando su pregunta me doy cuenta de que debería saber la respuesta, sin embargo, en estos momentos desconozco la cifra exacta. Discúlpeme por no poder darle una respuesta, pero prefiero reconocer mi ignorancia a mentirle».

Este antídoto puede no ser el más oportuno, pero si alguna vez te encuentras en esa situación considero que es lo mejor que podrías hacer. Transmitirás seguridad y a la vez humildad. Pero ojo, el abuso de esta técnica puede, por obvias razones, afectar tu imagen y credibilidad.

Sexto y séptimo antídoto: evasión y victoria, y de profundis

¿Qué haríamos sin las evasivas? Admitámoslo, son maravillosas. A todos nos han sacado de un lío. A unos más que otros, claro está. Por ejemplo a los políticos. Al parecer las evasivas son su recurso favorito cuando de evitar contestar preguntas envenenadas se trata.

La evasiva es, sin duda, el antídoto más utilizado en el día a día. Sin embargo, he de decir que no suele ser del agrado ni del emisor ni de los receptores. Suele ser un último recurso, un desliz creativo. No es cómodo utilizarlas.

Pero primero expliquémoslas. Una evasiva consiste en dar la impresión de que se está contestando a la pregunta que se ha formulado, pero que, en lugar de responderla directamente, se contesta dando un giro hacia otro tema hasta que, eventualmente, el nuevo tópico juegue a nuestro favor.

Por ejemplo, imagina nuevamente que eres un político que ama las evasivas (¿quién más si no?) y alguien te lanza la siguiente pregunta:

Dardo: «Señor ministro, ¿qué opina usted del aumento en la cantidad de desempleados en el país durante el mes pasado?».

Un error en el que podrías caer sería decir lo siguiente: «Ha habido peores estadísticas. De hecho, la tasa de desempleo ha disminuido con respecto al mismo mes del año pasado».

Por otra parte, si implementas el antídoto de «evasión y victoria», tu respuesta podría ser algo más o menos como la siguiente:

Antídoto: «Históricamente este mes siempre ha sido malo para el empleo. Sin embargo, le invito a ver las estadísticas que muestran la tendencia anual, que es la cifra que realmente importa en términos de progreso. Si la observa verá que es claramente positiva, lo que significa que las medidas implementadas…».

En este caso has utilizado una evasiva que consiste en ir de lo concreto a lo genérico, sin embargo, también puede ser al revés, ir de lo genérico a lo concreto. Por ejemplo:

Dardo: «Señor ministro, ¿qué opina usted del aumento en la cantidad de desempleados en el país durante el año pasado?».

Antídoto: «Lo fundamental es que en este mes ha habido un incremento considerable en la tasa de empleo. Lo que demuestra que las medidas implementadas…».

Las evasivas nos permiten salir del paso. Son muy útiles cuando la respuesta a una pregunta puede generar incertidumbre o controversia. No obstante, existen otro tipo de preguntas cuya respuesta puede generar aún más polémica debido a la temática que aborda. Por lo general suelen ser temas éticos.

Y cuando somos víctimas de una pregunta envenenada de este estilo, el séptimo antídoto puede serte muy útil, el llamado de profundis.

El antídoto de profundis consiste en argumentar que el tema que se está abordando en la pregunta envenenada es demasiado profundo y complejo como para responderlo adecuadamente con el tiempo del que se dispone.

Pongamos el ejemplo de un reconocido profesional de la medicina que acaba de finalizar su conferencia y ha llegado el momento de pasar a la ronda de preguntas. La primera mano levantada es la de un periodista especializado con ganas de un poco de salseo. Y lanza la siguiente pregunta:

Dardo: «Usted es uno de los médicos privados más reconocidos, pero también es jefe de uno de los servicios hospitalarios más relevantes de la ciudad. Por lo tanto, tiene una visión más general que cualquier otro profesional de la salud que ejerza en un solo campo. Con esto como precedente, ¿qué opina usted de la privatización de los servicios médicos dentro de la sanidad pública?».

No importa la respuesta que el médico dé. Si está de acuerdo será criticado, si está en desacuerdo también. La pregunta es un dilema del que parece imposible no salir perjudicado. Pero nuestro médico es listo y utiliza acertadamente el séptimo antídoto. A lo que responde.

Antídoto: «El tema que aborda con su pregunta es uno muy amplio y complejo. Y para poder hablar de ello adecuadamente necesitaríamos de un tiempo del que no disponemos el día de hoy. Siguiente pregunta, por favor».

Tan sencillo como eso. Lo maravilloso de este antídoto es que la falta de una respuesta adecuada se debe a la carencia de tiempo y no al desconocimiento de quien responde, por lo que evitas ser catalogado como ignorante a la vez que no te posicionas en ninguno de los bandos políticos que aprueban o desaprueban el tema.

Octavo y noveno antídoto: el búmeran y vanitas vanitatis

El siguiente antídoto es uno muy dinámico. Promueve la charla y hace que los asistentes que se hayan podido cansar vuelvan a interesarse por tu conferencia. Aunque claro, las ocasiones en las que lo puedes utilizar son muy pocas.

Al octavo antídoto se le denomina el búmeran porque, como su nombre lo dice, la pregunta envenenada se le redirige al público para que alguno de los asistentes la conteste. Hace partícipes a los miembros del auditorio y te libra de la comprometida situación de contestar.

Hace algún tiempo estaba clausurando una jornada de conferencias acerca de la diversidad en el entorno educativo. Cuando, de pronto, una asistente se levanta de su lugar y me interrumpe. Argumentaba que los datos que estaba exponiendo correspondían a la sociedad estadounidense. Y tenía razón.

Expuse los datos de aquel país para brindar contexto al auditorio. Dar a entender que el tema no le es ajeno a otras naciones y que, por lo tanto, tampoco debería serlo a la nuestra.

¿Y sabes qué fue lo más gracioso? Que la siguiente diapositiva de mi presentación justamente mostraba los datos nacionales, lo que provocó una carcajada general, incluyendo la de la mordaz asistente.

Igual que cuando utilizas el antídoto lo desconozco, o el de profundis. Una forma de responder a una pregunta (o interrupción) envenenada es utilizar el antídoto búmeran. Volvamos al ejemplo de nuestro amigo el médico del capítulo anterior.

Te recuerdo que el periodista le preguntó acerca de su opinión respecto a la privatización de los servicios médicos dentro de la sanidad pública. En esa ocasión el médico utilizó el antídoto de profundis, pero si hubiese utilizado el búmeran su respuesta pudo haber sido la siguiente:

Antídoto: «Pues mira. Yo opino que… después de haber hablado tanto tiempo, lo que me gustaría ahora es escuchar al auditorio y saber qué opina. Por lo tanto, ¿quién quiere responder a la pregunta del compañero?».

Pero atención. En caso de que nadie responda, deberías de pasar a alguno de los otros antídotos para salir del brete.

He de confesarte que este antídoto no es de mis favoritos porque de una u otra forma estás metiendo a terceros en una situación en la que tú no quisieras estar. Y no considero que sea muy bueno ni para tu imagen ni para el pobre valiente que se anime a responder.

Aun así considero que es mi deber hacer de tu conocimiento todos los antídotos existentes. Te doy la herramienta, pero tú decides cuándo y cómo utilizarla.

Sin embargo, sí que me gusta mucho el noveno antídoto cuando surgen situaciones igual de comprometedoras.

El llamado vanitas vanitatis es un antídoto especial y exclusivo. Solo está al alcance de las personas que poseen un autocontrol formidable, ya que permite que se luzca aquella persona que ha querido desprestigiarte con su pregunta.

La técnica consiste en devolver la pregunta envenenada al majo que te la ha lanzado. Nuestro amigo el médico podría utilizarla para que el preguntón alimente su necesitado ego, pero cambiemos un poco el entorno, vayámonos a un escenario más cotidiano.

Imagina que una persona no muy agradable de la oficina te pregunta sobre el comportamiento de la pareja de un compañero de trabajo con quien te llevas muy bien. Por ejemplo:

Dardo: «¡Oye! ¿Qué te ha parecido el comportamiento de la pareja de Guillermo el otro día durante la fiesta de la oficina?».

Si tu respuesta es que te ha parecido una persona divertida y no es verdad, quedarás como un hipócrita. Y si tu respuesta es que te ha parecido una persona impresentable, puede que tu colega Guillermo termine sabiendo tu opinión, lo que podría comprometer tu amistad con él.

En cambio, con el noveno antídoto tu respuesta puede ser la siguiente:

Antídoto: «Déjame ser franco contigo, yo no me dejo llevar por primeras impresiones, no soy capaz de emitir un juicio de nadie hasta que no lo conozca primero. Pero al parecer tú sí que eres capaz de tener una primera impresión, ¿qué opinas tú?».

En realidad, lo correcto sería no preguntarle su opinión, ya que si bien puede sentirse aludido con lo primero que le dices, también puede que no, lo que ocasionaría que le dé rienda suelta a su venenosa opinión, que evidentemente perjudicaría a tu colega.

Sin embargo, cuando no hay terceros que puedan salir heridos, aplícala sin ningún remordimiento. Lo mejor es hacer que el pobre malévolo termine suicidándose tragándose algo de su propia medicina. Creo firmemente que tolerar ese tipo de cotilleo es también permitirlo.

Finalmente, darle su minuto de gloria al maloso puede ser una buena estrategia tanto en entornos profesionales como cotidianos. Como siempre, es decisión tuya determinar en cuál lo implementarás.

Décimo y undécimo antídoto: sin comentarios y a la gallega

El antídoto sin comentarios es, sin duda, el más contundente de todos.

Como dicen por ahí: «el silencio dice mucho». Y es cierto. Admitir que no se quiere responder a algo ya transmite mucho, por lo que yo te recomendaría utilizarlo cuando efectivamente no tengas nada que decir al respecto.

¡Pero mucho cuidado! En el ámbito personal puede no ser muy efectivo. Por ejemplo:

Dardo: «Cariño, ¿tú me quieres?».

Antídoto: «¡Sin comentarios!».

¿Te imaginas? Las consecuencias serían devastadoras. Y es que no responder es, en sí misma, una respuesta que está aportando mucha información. Pongamos otro ejemplo:

Dardo: «¿Qué tiene que decir acerca de la acusación que se le hace de haberse enriquecido de manera ilícita?».

Lo mismo. El antídoto no aplica. Por lo tanto, lo mejor que puedes hacer es enlazarlo con el antídoto de profundis.

Antídoto: «Ese es un tema muy delicado, y para contestarle y evitar dejar al aire oportunidades para especular o interpretar mis palabras, necesito de un tiempo del que no disponemos. Por lo que ese es un tema del que no hablaré hoy. Siguiente pregunta».

Combinando los antídotos brindas una respuesta que no se presta a malinterpretaciones y que, al mismo tiempo, deja abierta la posibilidad de contestarla en otro momento.

El siguiente y penúltimo antídoto, a diferencia del anterior, sí que puede utilizarse en situaciones personales, ya que la técnica a la gallega consiste en responder la pregunta envenenada resituando el contexto hacia un lugar más cómodo para nosotros.

Lo que se hace es introducir un escenario alternativo con una pregunta que nosotros mismos formulamos. Por ejemplo:

Dardo: «¿Te parece bien que salgas con tus amigos el viernes y me dejes sola?».

Antídoto: «¿Te parece sana una relación en la que uno no confíe en el otro y en la que ambos no tengan su espacio personal?».

¡Vamos! Que en este ejemplo se ilustra de manera magnífica. Pero, ¿en un escenario más comprometedor cómo quedaría?

Dardo: «Señor diputado, ¿qué opina de la imputación directa del Tesorero de su partido?».

Antídoto: «¿Qué opina usted de un estado democrático cuya legislación no promueve la presunción de inocencia? ¿Cree que sigue siendo una democracia?».

Cabe aclarar que este antídoto no deja de ser una evasiva, por lo que, además de tener, como absolutamente todos, sus momentos clave para utilizarlo, no es recomendable usarlo

Duodécimo antídoto: el aikidoka

Finalmente hemos llegado al último antídoto. La técnica que te voy a presentar es, sin duda, la más adecuada para la mayoría de las ocasiones.

El aikidoka busca neutralizar la pregunta envenenada sin dañar al emisor de la misma, y se compone de dos fases.

La primera fase es el amortiguador. Aquí se busca ganar tiempo para desarrollar la respuesta. También busca contrarrestar toda la hostilidad que la pregunta envenenada tiene mediante la comprensión de los factores que la motivan.

La segunda fase busca resituar el contexto para introducir un mensaje propio, mensaje que resaltará nuestras virtudes y nos permitirá salir victoriosos. Veamos un ejemplo más claro.

Dardo: «Señora diputada, ¿considera que su falta de educación formal sea un problema para que sea elegida como la presidenta de una nación tan grande y compleja como la nuestra?».

Antídoto (primera fase): «Sí. También me he hecho esa pregunta cuando me siento triste».

Lo ideal sería acompañar la respuesta con un lenguaje corporal muy dramático para dar a entender que estamos siendo irónicos y bromistas. Lo importante aquí es que has neutralizado la hostilidad. Por lo tanto, continúas con la segunda fase:

Antídoto (segunda fase): «En no pocas ocasiones me he visto como una persona relativamente ignorante. Es una pregunta adecuada dada mi situación».

Aquí has aceptado una parte de la crítica. Pero solo lo has hecho para apuntar hacia tu mensaje personal que te hará salir victorioso.

Antídoto (mensaje personal): «Sin embargo, a lo largo de toda mi vida he podido alcanzar cargos políticos importantes por mi propio mérito. Muchas personas del partido con todos los estudios académicos posibles me han convencido de que lo que necesita este país es un líder honesto y de confianza. Y, sorprendentemente, el partido ha visto esas cualidades en mí. Ahora toca al pueblo decidir si también las ve».

Ahora vayamos a un escenario más personal.

Dardo: «Cariño, ¿no crees que ya es tiempo de irnos a vivir juntos?».

Antídoto (primera fase): «Sí. Ya lo había considerado en varias ocasiones».

No has mostrado desagrado, sino empatía. Neutralizaste la hostilidad.

Antídoto (segunda fase): «Pero tengo miedo de arriesgarlo todo. Lo nuestro es muy importante para mí y no quiero que cometamos un error al precipitarnos».

Antídoto (mensaje personal): «Sigamos dando pasos firmes, pero seguros».

El antídoto aikidoka es el recurso que mejor encaja en casi todos los escenarios posibles, además puede combinarse con todos los antídotos anteriores. Es, sin duda, el más recomendable de ensayar a la hora de prepararte para una futura (e inevitable) ronda de preguntas.

Conclusión.

Antes de finalizar, debo decirte que no hay antídoto que funcione en absolutamente todos los escenarios.

Las situaciones en las que puedes verte comprometido con una pregunta envenenada, tanto en el ámbito personal como en el profesional, son prácticamente infinitas e impredecibles.

Lo único que puede ayudarnos es conocer, si bien no todas, sí algunas de las técnicas que te acabo de mostrar. Recuerda que, cuantas más sabes, menos serán las probabilidades de que alguien te intente desprestigiar o, mejor dicho, que tú solito lo hagas.

Porque recuerda que, al final de todo, el que determina si tu imagen sale perjudicada no será el emisor de la pregunta, aunque esa sea su intención, sino tú. Tú tienes toda la responsabilidad y, por lo tanto, prepararte es, como siempre, decisión tuya.

Si con algo debo terminar, será con la esperanza de que ya sabes que el silencio también habla. Y que el que mejora o empeora todo cuando de una pregunta envenenada se trata siempre serás tú. Porque eres mucho más dueño de tus palabras que de tus silencios.

Fin del resumen

Biografía del autor

Marcelo Castelo Marcelo Castelo es considerado un «arquitecto de comunicación persuasiva». Es escritor, conferencista y profesor especializado en temas de liderazgo y comunicación. Además, es el autor del libro El cliente ha muerto. ¡Viva el cliente!, centrado en cómo un profesional debería enamorar a sus clientes. Castelo crea y enseña estrategias de comunicación encaminadas a lograr cambios en organizaciones.

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Ficha técnica

Editorial: Empresa Activa

ISBN: 9788417312145

Temáticas: Comunicación e influencia Hablar en público y hacer presentaciones Resolver conflictos Gestionar situaciones de crisis

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