¡No te vuelvas loco!

Resumen del libro

¡No te vuelvas loco!

Por: Edward M. Hallowell

8 técnicas para superar los agobios del mundo moderno y reducir el estrés
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Introducción

 

Cuando se deposita una rana viva en un recipiente con agua caliente, la rana inmediatamente reacciona al calor, salta fuera y salva su pellejo. Cuando, por el contrario, se pone una rana en un recipiente con agua fría y ésta se va calentando poco a poco, la rana no es capaz de notar la diferencia de temperatura, no reacciona y muere.
Hace veinticinco años, nadie andaba por ahí consultando su página de Internet en un ordenador portátil, o manteniendo una conferencia a través de un teléfono móvil o enviando mails a través de su BlackBerry. Pero en un par de décadas el agua parece haberse calentado y hoy nos enfrentamos, siempre apurados, a un mundo en el que el tiempo no da para todas las cosas que debemos hacer. Se nos ve correr de un lado a otro, siempre impacientes y apresurados, incapaces de mantener la atención, saturados de ideas brillantes pero incapaces de implementarlas, sintiéndonos increíblemente ocupados mientras somos ridículamente improductivos. Y mientras algunos afirman con orgullo que la tecnología les permite mantenerse en contacto desde cualquier parte y en cualquier momento, otros empiezan a notar, no sin horror, que esa misma tecnología les obliga a estar en contacto siempre y en todo lugar.
A mediados de los años noventa, el número de personas que acudían a la consulta del doctor Hallowell creyendo que padecían un trastorno por déficit de atención (TDA) se incrementó de forma espectacular, pues en la generación de la adrenalina y la cafeína, todos parecían preocupados por sus hábitos y sus comportamientos. Al estudiar el fenómeno, este psiquiatra encontró que eran muy pocos los que realmente padecían esa condición, pero se dio cuenta de que se encontraba frente a un severo problema de la vida moderna.
A la vez que nos lo ofrece todo, el mundo moderno nos despoja del tiempo para no hacer nada. Piense, si no, cuándo fue la última vez que le dedicó dos días seguidos a respirar, contemplar, descansar y sentir su existencia. Quien se deje llevar por esta marea y no tome las debidas precauciones, puede que esté siempre tan ocupado que no tenga tiempo para pensar y sentir o, en cualquier caso, carezca del tiempo necesario para desarrollar emociones o pensamientos complejos.
Como experto en el funcionamiento de la mente, el doctor Hallowell ha abordado las preguntas sobre el modo en que la vida moderna afecta la manera en que pensamos, sentimos y actuamos. A su juicio, el estado de frenesí al que nos arroja el mundo contemporáneo hace que nuestros cerebros corran desenfrenados y, al hacerlo, reduzcan considerablemente su eficacia. Como los síntomas son muy semejantes a los del TDA, Hallowell ha encontrado que muchas de las técnicas y métodos que se utilizan para enfrentar este trastorno son adecuados para abordar las patologías del mundo moderno. Saber aplicar los frenos a nuestras mentes nos puede permitir pasar de ese estado de fragmentación, frustración y frenesí -que el autor denomina “estado F”- a un apacible “estado C”, en el que cultivamos grandes ideas, cuidamos lo importante, eliminamos lo inútil, controlamos nuestras vidas y nos conectamos con la existencia.
Equipados con un motor de altísima cilindrada, la vida moderna nos enfrenta al enorme desafío de saber utilizar el freno. La tecnología y las nuevas formas de relación humana permiten acortar distancias, facilitar el acceso a la información, mejorar las condiciones de vida y ampliar nuestras oportunidades. Basta con saber convertir todo el desenfreno en una ventaja para comprender que, en realidad, la vida nunca ha sido tan buena. A continuación se recogen los principios básicos que el autor propone para navegar con sabiduría en las aguas del mundo moderno.

 

1- Reduzca la velocidad

Instantes antes de que la luz verde de un semáforo se encienda, los primeros en la fila ya han iniciado la marcha, respondiendo a una señal que parece haberse incorporado en sus cerebros y que les dice que nunca deben esperar. Tras habernos criado con unos exámenes escolares con tiempo limitado que nos forzaban a ir tan rápido como pudiéramos, hoy en día no podemos reprimir el impulso de oprimir el botón que cierra la puerta cada vez que entramos en un ascensor, de encender el teléfono móvil apenas aterriza nuestro avión o maldecir los segundos que tarda el ordenador en encenderse o en apagarse. Convencidos de que esperar es tóxico, forzamos a los árboles para que crezcan más rápido y al mañana para que llegue hoy.
El problema es que cuanto más apresurados vayamos, más cosas intentaremos llevar a cabo y, como en un círculo vicioso, cuando hacemos más cosas aumenta el número de aquellas que juzgamos necesario hacer. Adoramos la velocidad y la excitación que nos produce, mientras sometemos a nuestros cerebros a una efusión sin precedentes y a un volumen de datos que ninguna mente estaría en condiciones de procesar. Tomamos decisiones sin perder un sólo instante y difícilmente les damos un segundo pensamiento a nuestros instintos o una segunda oportunidad a las cosas o a las personas, en aras de poder replantearnos la primera impresión que nos producen. Es sencillo: no tenemos tiempo para nada de ello.
¿Por qué en el pasado lo que hoy nos parece urgente sí podía esperar? ¿Es realmente necesario que todo lo hagamos ahora mismo? La cultura moderna asocia el ir rápido con ser más feliz y con ser más inteligente. Basta con darle una segunda consideración a estas ideas -aunque el apremio nos lo intente impedir- para comprobar que ni lo uno ni lo otro tiene mayor sentido. De hecho, un procesador rápido puede ser divertido y simplista, pero difícilmente será profundo u original. El lento, en cambio, que observa todo detalladamente y desde distintos ángulos, suele ser el más profundo y el más original.
Paradójicamente, este mundo de altas velocidades, en el que adulamos a quienes corren y en el que veneramos los artefactos que hacen en segundos lo que antes tardaba días enteros, no parece darnos más tiempo libre, sino menos. De acuerdo con una reciente investigación de Juliet Schor, el norteamericano medio trabaja actualmente 160 horas más al año que en 1960. La prisa no nos ha llevado a tener más tiempo de ocio, sino a tener que hacer más cosas en un tiempo menor y, en consecuencia, a permanecer sobrecargados y bajo el agobio del estrés, incapaces de comprender que nuestra dificultad para concentrarnos no es una enfermedad congénita, sino un subproducto de nuestro estilo de vida.
En todo caso, no sería justo negarle a la prisa y a la efusión sus facetas positivas. Ellas crean un mundo de creciente efectividad y ponen al alcance de todos una ciberbiblioteca de información jamás siquiera imaginada. Pero hemos de reconsiderar su influjo en nuestras vidas y establecer hasta qué punto la velocidad se nos ha impuesto y nos niega placeres, reflexiones profundas y mejores posibilidades.  

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Biografía del autor

Edward M. Hallowell

Edward M. Hallowell , profesor de la Facultad de Medicina de Harvard durante más de 20 años, es un psiquiatra especializado en el trastorno por déficit de atención. Autor de varios libros sobre psiquiatría, actualmente dirige el Hallowell Center for Cognitive and Emotional Health en Sudbury, MA.

Ficha técnica

Editorial: VíaMagna

ISBN: 9788496692299

Temáticas: Habilidades directivas

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Comentarios

Es una guía básica para las personas que sienten que el tiempo no les alcanza o que se mantienen ocupados todo el día todos los días, personas hace rato dejaron de saber que era lo más importante para ellos y lo han dejado de hacer ya sea por falta de tiempo, planificación u sobrecarga.