Con ganas, ganas

Resumen del libro

Con ganas, ganas

Por: Santiago Álvarez de Mon

Una reflexión sobre el talento y el esfuerzo
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Introducción

 

La presente obra constituye una reflexión lúcida sobre la alquimia que surge entre el talento y el esfuerzo. En un mundo presidido por la incertidumbre, la diversidad y el cambio, el ser humano se interroga por su definición y señas identidad. Trascendiendo el efecto tribu, el autor nos propone un viaje gradual de descubrimiento personal desde dentro hacia fuera, desde el yo al nosotros, desde la peculiaridad de cada persona a su dimensión comunitaria. Desde su propia experiencia personal como profesor del IESE y consultor de empresas en temas de coaching, gestión de equipos y liderazgo, Santiago Álvarez de Mon nos desgrana las claves del desarrollo de las aptitudes de cada uno, rastrea las fuentes de energía y pasión, y explica las razones en las que en última instancia se sustenta el éxito.
Con ganas, ganas es además un canto a la libertad, a la propia responsabilidad, a los placeres del alma y a la esperanza, ingredientes mediante los cuales la vida cobra todo su sentido. Este partido mental interior es el que reclama la atención del autor; como él mismo señala: “Toda persona, enfrentada a los continuos dilemas que la vida le presenta, ha de elegir qué actitud tomar. En este concepto esquivo e inquietante, en su lúcido manejo, nos jugamos la partida de la vida”.

 

Claves de una sociedad paradójica: la educación, única salida

De entre las tendencias socioculturales que afectan profundamente a la sociedad actual cabe destacar, en primer lugar, el progresivo e imparable envejecimiento de la población. Aunque el deterioro perturbador de las tasas de natalidad en los países occidentales parece haberse detenido, los avances de la ciencia en su lucha contra las enfermedades siguen alargando la vida humana. Las implicaciones que esto tiene, no solo para la creación, desarrollo y seguimiento de nuevos servicios para la vejez, sino para la salud y robustez de los presupuestos estatales, son enormes. Contrario a ciertas medidas de jubilación que desafían la inteligencia y la justicia, la situación insostenible de las arcas públicas aconseja estirar o retrasar la edad de jubilación. Unos países lideran ese cambio; pero todos, unos detrás de otros, tendrán que ir por ese camino.
Una segunda característica es que la inmigración es un fenómeno que ha llegado para quedarse. España, tradicionalmente un país de emigrantes, se ha convertido en un país receptor de inmigración y lo seguirá siendo en el futuro.
El tercer factor es la tardía e imparable incorporación de la mujer al mundo profesional. Este hecho nos va a obligar a todos, y especialmente a los hombres, a trabajar de un modo más inteligente y razonable. Por ejemplo, no es casual que sean precisamente las mujeres quienes más presionan para que la típica reunión eterna, convocada a las seis de la tarde, se abrevie y agilice. Su extraordinaria sensibilidad para el tiempo y otras dimensiones de su personalidad irán salpicando a varones acostumbrados a hacer del trabajo el centro de su jornada. El corolario natural de estos movimientos irreversibles es una realidad crecientemente diversa y heterogénea. Sin embargo, reducir la diversidad a una cuota representativa es una afrenta al sentido común. Imponer a la fuerza presencias mínimas del otro sexo, de espaldas a criterios como talento, experiencia y potencial, es reducir el problema a su mínima expresión. Lo que habría que hacer es eliminar todas las barreras y discriminaciones que encuentra la mujer en su carrera profesional, castigar al infractor, promover mecanismos de dirección y evaluación más justos e innovadores, hacer un uso más sensato del tiempo, implantar horarios flexibles, favorecer la autonomía individual, diseñar e implantar indicadores de control relacionados con la contribución objetiva al proyecto común —no al número de horas de oficina consumidas—, y así permitir que cada persona se desarrolle en la dirección cuyo talento, motivación y esfuerzo le permitan.
En este repaso de tendencias no puede faltar la revolución que conllevan las nuevas tecnologías. Nuestras formas de trabajar, convivir o relacionarnos están viéndose afectadas por ellas de manera directa. Para algunos, Internet es la forma alternativa de vivir y comunicarse de personas solitarias y problemáticas incapaces de charlar con quien tienen al lado. Para otros, Internet es un sitio donde nuestro intrínseco afán de comunidad y relación encuentra una cálida tribuna. La maldad o la bondad de la tecnología depende del uso que de ella haga el hombre: igual que podemos leer un periódico digital, cultivarnos con una obra del arte, preparar una presentación divertida o montar un reportaje fotográfico, podemos arrastrarnos en el lodazal de una pornografía degradante, chatear de manera compulsiva o utilizar la violencia para crear adicción en nuestros jóvenes.
Siendo todos, no obstante, ciudadanos de la sociedad de la información, no todos pertenecemos a la sociedad del conocimiento. Sufrimos de superávit de información y de déficit de orden, precisión e inteligencia. Para llegar a pertenecer a esa sociedad se requiere ser dueño de los conocimientos, las habilidades y las actitudes necesarios para saber cuándo enchufar y apagar la máquina. Recibir, buscar, almacenar, ordenar, priorizar la información y decidir conforme a ella, distinguiendo el heno de la paja, es el paso que nos permite obtener la carta de la ciudadanía de la sociedad del saber.
La actual crisis aconseja el cambio de los tiempos verbales: el futuro ya llegó y ofrece un panorama delicado. Los administradores irresponsables de la abundancia de estas últimas décadas, los países y los ciudadanos de la órbita occidental, nos empobrecemos sin que se tomen medidas correctoras. La pobreza material que nos espera no será lo peor: nuestra atrofia psicológica y espiritual puede ser mucho más grave. Frente a ello, conviene recuperar un concepto, la disciplina, aunque tenga para algunos un cierto tufillo militar, pero que resulta indispensable para cultivar y explotar todo el caudal de la mente humana. Precisamos de mucho trabajo y disciplina para imaginar, innovar, emprender y consolidar proyectos que posibiliten una creativa y justa generación de riqueza.
Los tiempos actuales que corren son de escasez, pero favorables para una nueva, sobria y elegante abundancia. Del exceso consumista, hortera y presumido, hemos de pasar a una personalidad más comedida, austera y disciplinada. Sin ellas, la creatividad y el ingenio serán los primeros damnificados.
Howard Gardner, prestigioso pedagogo de Harvard, en su obra Five Minds for the Future, indica: “Una persona es disciplinada cuando desarrolla hábitos que le permiten progresar de un modo sostenible y firme en el dominio de una habilidad, una destreza, un arte manual o un conocimiento”. Una vez institucionalizadas sanas costumbres por medio de la repetición y automatizados ciertos movimientos, “a través de la educación tenemos que ayudar a nuestros estudiantes a encontrar placer en lo que aprenden”. Disciplina y placer en absoluto deben ser excluyentes y antitéticos, por más que sea una idea muy arraigada en la cultura hedonista y cortoplacista.
Aquí, el papel del profesor es crucial. No se aborrecen las materias, tampoco los libros, sino a aquellos docentes que secuestran la maravillosa aventura de aprender en rancias escuelas de pensamiento o en crisis personales de desafecto y desmotivación. Un buen profesor se caracteriza por sentir pasión por la materia que imparte, un profundo conocimiento de esta, una permanente actualización de la información relevante, un estilo personal para acercarse a cada alumno, beligerancia contra la desidia y las actitudes de los gandules, puntualidad y cuidado de los detalles, un sentido de humor que linda con la fina ironía pero que no se envilece en el sarcasmo, integridad moral para decir lo que ve y no bajar el listón, y una pasión inextinguible por la verdad.
El profesor vocacional y entregado no se escuda en la lentitud del sistema, en la burocracia, en los recursos limitados, en la presión estatal, en un esquema retributivo igualitario o en la abulia de los alumnos, aunque sean todas ellas circunstancias ciertas. Por el contrario, es un experto jardinero que crea un microclima en que el alumno se ve transportado a un lugar donde se le invita a redescubrirse, a pensar, a trabajar y a disfrutar. Eso se puede propiciar únicamente con fe y confianza en las posibilidades ilimitadas de los alumnos, pese a las apariencias y datos arrojados por una realidad difícil. Se habla mucho del éxito de Finlandia en el entorno educativo internacional y no se repara en que su gran secreto no está en ordenadores, diseño de las aulas, instalaciones deportivas o número de alumnos por clase, sino en preparación, excelencia, compromiso, seguimiento-evaluación y prestigio del maestro como figura central de una sociedad que necesita aprender.

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Biografía del autor

Santiago Álvarez de Mon

Santiago Álvarez de Mon es profesor del IESE, licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Pontificia de Salamanca y máster en Economía y Dirección de Empresas por el IESE. Ejerce, además, como consultor de empresas en temas de coaching, gestión de equipos y liderazgo.
Es autor de varios libros, entre ellos El mito del líder (Prentice Hall, 2009), No soy Superman (Prentice Hall, 2007), La lógica del corazón (Deusto, 2005) o Desde la adversidad: liderazgo, cuestión de carácter (Prentice Hall, 2003); también ha escrito numerosos artículos y documentos de investigación. Es, asimismo, colaborador habitual del diario Expansión.

Ficha técnica

Editorial: Plataforma

ISBN: 9788496981676

Temáticas: Habilidades directivas

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Comentarios

Un libro que me sorprendió gratamente, incluso más de lo que hubiera imaginado.