Aprender de las catástrofes

Resumen del libro

Aprender de las catástrofes

Por: Michael Useem Howard Kunreuther

Cómo anticiparse a acontecimientos poco probables pero de enormes consecuencias
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Introducción

Las catástrofes naturales o provocadas por el hombre, como huracanes, terremotos, crisis económicas o ataques terroristas, son acontecimientos poco probables pero de enormes consecuencias. Al analizar lo que funcionó y lo que no en desastres previos, estaremos en mejores condiciones para prevenir y mitigar calamidades futuras, puesto que no es posible aprender a gestionar el riesgo de manera eficaz sin asimilar las lecciones que nos enseñan estos fenómenos.
Si la ciudad de Nueva Orleans hubiera tenido sus diques en buen estado y los planes de evacuación bien diseñados, y si las aseguradoras hubieran podido cobrar primas que reflejasen el riesgo real, además de reducir el precio a aquellos clientes que hubiesen adoptado medidas de seguridad, la devastación provocada por el huracán Katrina habría sido mucho menor.
Si los legisladores federales de Estados Unidos hubieran exigido transparencia en las coberturas por riesgos crediticios, y si los directores de los bancos hubiesen insistido en que sus ganancias trimestrales cuadraran con las futuras, habríamos tenido apenas un ajuste del mercado y no un desastre económico.
Si somos conscientes de que, previsiblemente, no sabemos cuándo va a ocurrir la siguiente catástrofe, al menos podemos hacer algo con respecto a ella de antemano. Hemos de darnos cuenta de la importancia de reconocer el riesgo y prepararnos para enfrentarnos a él antes de que acabe en un nuevo Katrina o un crac financiero.
En el presente libro, los mayores expertos mundiales en gestión de riesgos nos presentan enfoques innovadores a la hora de prepararse, paliar y responder a las catástrofes. Nos demuestran cómo podemos mejorar considerablemente nuestra previsión y comunicación en lo que respecta a los grandes riesgos; utilizar los incentivos financieros para mejorar la adaptabilidad y la sostenibilidad; y tener una respuesta rápida y eficaz a los desastres. En un mundo cada vez más inestable e incierto, prepararse para el riesgo extremo es un imperativo, tanto si pertenecemos al sector privado, al público o al no gubernamental.

Principios y retos en la reducción del riesgo de las catástrofes

Con independencia del método de evaluación del riesgo que utilicemos, existen cuatro constantes que debemos tener en cuenta: el azar, el inventario, la vulnerabilidad y la pérdida.
El riesgo del azar puede estar relacionado, verbigracia en el caso de un terremoto, con su posible epicentro y magnitud, junto con otros parámetros significativos. El azar puede describirse como una serie de escenarios probables: por ejemplo, la probabilidad de que un huracán de magnitud 3, 4 ó 5 en la escala Saffir-Simpson golpee la ciudad de Miami en Florida, en 2010.
La segunda constante, el inventario, identifica las propiedades, las personas y el entorno físico que están en riesgo. Para un inventario completo de las estructuras, por ejemplo, se requiere la evaluación de su ubicación, sus dimensiones físicas y la calidad de la construcción. Tomadas en conjunto, las constantes del azar e inventario permiten calcular el valor de la tercera constante, la vulnerabilidad de las estructuras o personas en riesgo. A partir de esta se pueden calcular los daños en cuanto a la propiedad o las personas.
A la hora de evaluar las catástrofes conviene distinguir asimismo entre daños directos e indirectos. Los primeros incluyen lesiones, víctimas, perjuicios económicos y el coste de reparar o sustituir una estructura, restablecer un servicio o rescatar una empresa. Los segundos hacen referencia a los posibles ingresos futuros, el crecimiento ralentizado y otras consecuencias a largo plazo de los costes de evacuación, escolarización interrumpida o bancarrotas de empresas.
Durante muchos años, este modelo de evaluación de las catástrofes se utilizaba casi exclusivamente para valorar daños de propiedad y pérdida de vidas humanas. Sus estimaciones estaban limitadas por lo general al periodo inmediato tras un terremoto o inundación. Hoy en día, sin embargo, los modelos de estimación del riesgo contemplan periodos de tiempo más largos y consecuencias más diversas, como pueden ser los flujos comerciales interrumpidos o el estrés postraumático. Esto hace que la evaluación del riesgo sea mucho más compleja y la incertidumbre a la hora de tomar decisiones bastante mayor.
Las estrategias de gestión del riesgo. Para desarrollar estrategias eficaces de gestión del riesgo y reducir tanto los daños causados por desastres naturales como los provocados por el hombre, los líderes de organizaciones públicas y privadas necesitan conocer los factores que influyen en la percepción del riesgo y las decisiones que se toman partiendo de ella.
Son seis las áreas en las que se puede mejorar la gestión del riesgo:
  1. La previsión del riesgo. La mejora en la previsión de catástrofes es decisiva, tanto para evitarlas como para minimizar sus efectos. Por ejemplo, un pronóstico meteorológico más detallado sobre la ruta y la severidad de una tormenta tropical puede ser clave a la hora de decidir el mejor momento para evacuar a la población y evitar traslados innecesarios.
  2. La difusión de la información sobre el riesgo. Dado que la gente normalmente no cuenta con que pueda experimentar durante su vida acontecimientos poco probables, hablar de una catástrofe en un marco temporal más amplio puede generar más atención. Si, por ejemplo, tenemos una empresa interesada en contratar un seguro contra inundaciones durante los 25 años de vida útil de sus instalaciones, sus directivos tomarán el riesgo sobre una inundación que acontece una vez cada cien años más en serio si se les habla de que hay una probabilidad sobre cinco de que ocurra durante los próximos 25 años a una sobre cien, el año que viene.
  3. Incentivos económicos. Tanto los incentivos económicos negativos como los positivos influyen a la hora de que los individuos tomen medidas contra las catástrofes. Las multas, unidas a las regulaciones específicas o estándares de construcción, fomentan que los individuos se protejan, aunque también han de ir acompañadas de otras disposiciones que penalicen la negligencia de los individuos.
  4. Colaboración entre entes privados y públicos. Dado que los sectores privados, públicos y no gubernamentales comparten los costes y beneficios de la preparación contra las catástrofes, una colaboración anticipada entre ellos es decisiva para crear liderazgo y estrategias eficaces de enfrentamiento. Si se hubieran regulado de manera más estricta los productos derivados de las hipotecas subprime, los inversores bancarios estarían menos dispuestos a contribuir a los riesgos sistémicos que provocaron la crisis económica en 2008.
  5. Reaseguro y otros instrumentos financieros. La escasez de reaseguro (el seguro para las aseguradoras) tras varias catástrofes que golpearon Estados Unidos en los años noventa llevó a las instituciones financieras del país a lanzar al mercado nuevos instrumentos para ofrecer protección ante las megacatástrofes. Eran los llamados catastrophe bonds (bonos catastróficos), que se ofrecieron a un tipo de interés alto para superar las dudas de los inversores sobre la posibilidad de perder su capital en el caso de que ocurriera una gran catástrofe. El mercado para este tipo de bonos no ha parado de crecer desde el año 2000 hasta la actualidad.
  6. Resistencia y sostenibilidad. La adaptabilidad de una comunidad ante la catástrofe y su sostenibilidad a largo plazo son factores importantes a considerar en la estimación del daño y el desarrollo de las estrategias de gestión del riesgo. La adaptabilidad de una empresa, familia o comunidad depende de su comportamiento durante una catástrofe y su capacidad de anticiparse a la próxima. Así, las empresas pueden tener fuentes alternativas de energía en sus instalaciones; las familias, racionar sus reservas de agua; y las comunidades, abrir refugios para aquellos miembros que se ven obligados a abandonar sus viviendas. La sostenibilidad hace referencia a la viabilidad y la autosuficiencia a largo plazo de una comunidad frente a una catástrofe. Para garantizarla es importante que se integren las medidas de paliación dentro de la política general del desarrollo económico y que se eliminen las prácticas que aumentan la exposición de la comunidad a las catástrofes.
Los principios orientadores. Para la caracterización y desarrollo de las estrategias y el liderazgo necesarios en la detección, evaluación y gestión de los riesgos asociados a catástrofes, es útil contar con una serie de principios orientadores:
Primer principio orientador: ser consciente de la importancia de la estimación del riesgo y de la identificación de las incertidumbres que la rodean. Imaginemos en este sentido una empresa que tiene que decidir si invierte 100.000 $ en reformar sus instalaciones para que sean más resistentes a incendios. Una decisión informada al respecto dependerá de las estimaciones correctas de la frecuencia con que se producen incendios y de los probables daños. La dirección de la empresa estará más dispuesta a invertir dinero si sabe que las probabilidades de incendio el año siguiente son una de cada cien que si son una de cada mil, o que el daño alcanzaría 5.000.000 y no 500.000 $.
Segundo principio orientador: reconocer las interdependencias asociadas al riesgo y las incertidumbres dinámicas relacionadas con las interdependencias. El 21 de diciembre de 1988, el vuelo de la PanAm número 103 explotó cerca de la ciudad de Lockerbie, en Escocia. Los terroristas que provocaron la explosión habían facturado la maleta con la bomba en el aeropuerto de Malta, donde los controles de seguridad eran mínimos. El personal del aeropuerto de Fráncfort trasladó la maleta a un avión de carga de PanAm y el personal de Heathrow, a su vez, al vuelo 103 de la misma compañía. Lo que hicieron los terroristas fue aprovecharse de los procedimientos de seguridad, muy distintos entre sí, en los aeropuertos europeos. En este sentido, se puede concluir que las medidas de prevención de accidentes aéreos eran tan estrictas como su eslabón más débil.
Tercer principio orientador: comprender los prejuicios personales a la hora de diseñar las estrategias de gestión del riesgo. Muchos individuos, por ejemplo, no quieren invertir en medidas de seguridad a menos que crean poder recuperar su inversión a corto plazo, incluso si esas medidas siguen siendo útiles mientras dure la instalación. La gente a menudo contrata un seguro después de una catástrofe, no antes, y tiende a cancelar sus pólizas al cabo de unos años si no las ha cobrado.
Cuarto principio orientador: reconocer el impacto a largo plazo que tienen las catástrofes sobre la política, la cultura y la sociedad de una región o país. El gran terremoto que golpeó la zona suroriental de China en 2008 estimuló la solidaridad ciudadana, atrajo apoyo internacional y cambió la actitud de los políticos chinos hacia los colegios, casas y oficinas que no cumplían con las medidas de seguridad en su construcción.
Quinto principio orientador: reconocer los riesgos transfronterizos desarrollando estrategias de naturaleza global. Una estrategia muy importante de minimización del riesgo es conseguir que los países se comprometan en la lucha contra fenómenos como el calentamiento global o la contaminación atmosférica. Si una gran cantidad de países toman medidas en esa dirección, los beneficios pueden ser importantes, aunque el coste neto para un país que los adopte unilateralmente sería muy alto, como ha argumentado Estados Unidos en su negativa a firmar el Protocolo de Kioto.
Sexto principio orientador: superar las desigualdades en la distribución y efectos de las catástrofes. La experiencia de la ayuda internacional proporcionada tras el terremoto en la provincia china de Sichuán demuestra la importancia de que las agencias gubernamentales y organizaciones como la Cruz Roja estén preparadas para socorrer a los más necesitados en el momento más difícil.
Séptimo principio orientador: crear de antemano el liderazgo para evitar y responder a las catástrofes. Si las instituciones financieras y legisladores estadounidenses se hubieran preocupado más de comprender el crecimiento del riesgo sistémico en el mercado inmobiliario y de derivados de su país, y si hubieran creado entre sus líderes una mayor disposición a anticiparse a los descensos en esos mercados, la recesión de 2008 habría sido, con toda probabilidad, menos profunda.
Todas estas estrategias y principios orientadores han de fundamentar cualquier política pública o acción privada destinada a prevenir y reducir los daños de las catástrofes poco frecuentes pero de mayores consecuencias.

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Biografía del autor

Michael Useem

Michael Useem es profesor de la cátedra de gestión empresarial "William y Jacalyn Egan” en la Wharton School de la Universidad de Pennsylvania. También allí dirige el Centro de Liderazgo y Gestión del Cambio. El Profesor Useem es conocido por llevar a sus estudiantes hasta los confines del mundo (la Antártida, los Andes o el Himalaya) para ayudarles a conocer sus “momentos de la verdad” personales y profesionales. Useem ha publicado extensamente en prestigiosos diarios y revistas como Financial Times, Harvard Business Review, The New York Times, The Wall Street Journal, Fortune o Fast Company. Useem es además editor del Wharton Leadership Digest.

Howard Kunreuther

Howard Kunreuther da clases en la cátedra Cecilia Yen Koo y es profesor de Políticas empresariales y públicas en la Wharton School, donde, además, codirige el Centro de Gestión de Riesgo y Procesos en la Toma de Decisiones. Ha trabajado como consultor en el Departamento de Seguridad Ciudadana, el Foro Económico Mundial y la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo. 

Ficha técnica

Editorial: Wharton School Publishing

ISBN: 9780137044856

Temáticas: Liderazgo

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