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Resumen del libro

Amplitud

Por: David Epstein

Por qué los generalistas triunfan en un mundo especializado
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Introducción

¿Sabías que Tiger Woods comenzó a jugar al golf desde los dos años? Y eso no es todo. Cuando tenía solo cuatro años su padre podía dejarlo en un campo de golf a las nueve de la mañana y recogerlo ocho horas después. Hubo ocasiones en las que regresaba a casa con dinero que les había ganado a aquellos que jugaban contra él.

A los ocho años ya era famoso y lo entrevistaban. El chico era imparable. Parecía que había nacido para el golf. En la actualidad, Tiger Woods es considerado el mejor jugador de golf del mundo.

¿Y cómo no iba a serlo si la ventaja que tenía contra los de su generación era impresionante? Ya hacía hoyos bajo par mientras sus contemporáneos apenas aprendían a caminar. Ya ganaba torneos mientras sus futuros rivales no sabían siquiera de la existencia del golf.

Tiger es el ejemplo perfecto de lo que supuestamente se tiene que hacer para alcanzar el éxito: comenzar antes que todos y practicar más que nadie. Enfocarte en algo como un láser e ir a por todas. No es suficiente con especializarte en algo, debes hiperespecializarte.

Sin embargo, hay otro deportista con una historia igual de interesante que la de Tiger, pero con algunas diferencias importantes.

Te hablo de un chico que, en su infancia, jugaba squash cada domingo contra su padre. Probó el esquí, la lucha libre, la natación y el skateboard. Jugó al baloncesto, al balonmano, al tenis, al pimpón, al bádminton y al fútbol. No le importaba qué deporte fuera, siempre y cuando involucrara una pelota.

No fue hasta la adolescencia que comenzó a decantarse por el tenis. Entrenaba y jugaba de manera normal, y pronto se hizo bastante bueno.

Cuando decidió dejar de lado los otros deportes para centrarse en el tenis, los demás ya hacía años que trabajaban con entrenadores personales, psicólogos deportivos y nutricionistas. Pero eso no parece haber sido un inconveniente para su carrera.

Con treinta y cinco años, una edad a la cual los más célebres tenistas de la historia ya se han retirado, él se convirtió en el número uno del mundo. Te estoy hablando de Roger Federer.

Fíjate en que, a diferencia de Tiger, Roger no tuvo una ventaja inicial. Probó cada deporte que pudo. No jugaba tenis desde los dos años, sino que comenzó de adolescente. Y lo más importante, no se especializó hasta antes de entrar en las grandes ligas.

Como puedes ver, la hiperespecialización no es el único camino que te lleva al éxito. Y de hecho, tampoco es el mejor. ¡Qué va! Ni siquiera es el que más te conviene.

Los deportes, la música y el ajedrez son los ejemplos más comunes que se utilizan para comprender qué es lo que se tiene que hacer para triunfar. Y la mayoría coincide en lo mismo: especialízate lo más pronto posible.

Como puedes ver, Roger no entra en esa categoría. Y por si fuera poco, la historia de Roger no es la excepción, es la norma.

El cuento de la hiperespecialización se nos ha vendido por todos lados. Y lo cierto es que no es como la pintan. Las personas más exitosas, lejos de ser especialistas, son generalistas. Son curiosos, creativos, inquietos y multidisciplinares.

Son gente con amplitud.

Los entornos «buenos»

Susan Polgar jugaba al ajedrez desde que tenía cuatro años. Su padre la llevaba a clubes de ajedrez solo para verla ganar a cualquiera que se atreviera a jugar contra ella.

El padre de Susan, Laszlo Polgar, creía que los genios no nacen, sino que se hacen. Y decidió que su hija Susan sería una niña genio en el ajedrez, por lo que quiso hacer un experimento con ella; él deseaba que su hija se convirtiera en la campeona mundial.

Laszlo le enseñó a Susan todo acerca del ajedrez. La ponía a jugar horas y horas. Además, le enseñaba recortes de cientos de miles de partidas de ajedrez con el fin de que Susan las memorizara.

El tiempo pasó y Susan obtuvo el título de «gran maestro» en ajedrez cuando solo tenía veintiún años, y a los veintiséis ganó el campeonato mundial femenino.

El experimento de Laszlo Polgar funcionó. Su hija era considerada una genio en el ajedrez, por lo que en la década de los noventa sugirió que, si su sistema de especialización temprana se aplicaba a miles de niños, la humanidad podría solucionar problemas como el cáncer o el sida.

Y al igual que la historia de Tiger, la de Susan Polgar inundó revistas y diarios de todo el mundo y también fomentó debates sobre la importancia de tener una ventaja inicial y comenzar temprano para lograr el éxito en la vida.

La gran idea era que cualquier cosa en el mundo podía ser conquistada del mismo modo y se basaba en una muy importante, y nada precisa, asunción: que el golf y el ajedrez son representativos de todas las actividades que puedan realizarse.

Pero ¿cuánto de lo que existe en el mundo y cuántas de las cosas que los humanos quieren aprender y hacer son realmente como el ajedrez o el golf?

Gary Kasparov, quizás el mejor jugador de ajedrez de la historia, explica su proceso de toma de decisiones así: «Cuando juego, en mi mente veo una jugada, una combinación casi instantáneamente basada en patrones que ya ha visto anteriormente».

En ese sentido, el golf y el ajedrez son bastante parecidos. En ambos, una bola o pieza se mueve conforme a unas reglas y dentro de unos límites, sus consecuencias son fáciles de ver y desafíos similares ocurren con frecuencia.

Por lo tanto, estas actividades están llenas de patrones que se repiten una y otra vez en cada ocasión. Las respuestas son rápidas y precisas.

Pégale a una pelota de golf y puede que vaya más o menos lejos, con efecto a un lado o a otro. El jugador ve lo que ha sucedido e intenta corregirlo enseguida. Luego vuelve a intentarlo, y así durante años. Lo mismo ocurre con el ajedrez.

Este tipo de disciplinas, en las cuales el reconocimiento de patrones funciona poderosamente, forman parte de lo que hoy se conoce como un «entorno de aprendizaje bueno».

Se les denomina «buenos» porque el aprendiz mejora simplemente repitiendo la actividad e intentando hacerlo mejor cada vez.

Sin embargo, como seguramente habrás notado, el mundo no funciona así. La gran mayoría de las actividades que realizamos día a día no poseen una estructura compuesta de patrones ni de límites tan definidos.

De hecho, es todo lo contrario. Cada día nos enfrentamos a problemas nuevos. Pocas veces nos volvemos a encontrar con problemas que son exactamente iguales.

El mundo es lo opuesto a un «entorno bueno», es uno «malo».

Los entornos «malos»

En los entornos «malos», las reglas del juego no suelen ser muy equitativas ni claras o están incompletas. Pueden o no haber patrones repetitivos y pueden o no ser obvios, y las repuestas no siempre son inmediatas o precisas, o ninguna de las dos.

Este hecho supone malas noticias para los aficionados de las historias de Tiger Woods y de Susan Polgar y para aquellos que actúan conforme sus enseñanzas.

Comparado con el golf, el tenis es más dinámico, ya que tienes que adaptarte a distintos contrincantes, superficies y hasta a tus propios compañeros. Pero, aun así, el tenis está dentro del sector «bueno» del espectro comparado con, por ejemplo, una sala de emergencias de un hospital.

En este entorno, los médicos y enfermeras no saben de antemano cuál es el problema del paciente que acaba de llegar. Tienen que encontrar formas de aprendizaje más allá de su experiencia y aprender lecciones que pueden ir incluso en contra de su experiencia previa directa.

Y en esta clase de entornos «malos» probablemente es en los que tú te desenvuelves. Son en los que la mayoría de nosotros nos encontramos. Nuestro entorno no es limitado como el golf o el ajedrez, y tampoco lo es como el tenis.

Hemos estado utilizando las historias incorrectas, las de Polgar y Tiger dan la impresión de que el talento humano se desarrolla en entornos extremadamente buenos. Si ese fuese el caso, la especialización técnica que comienza cuanto antes funcionaría mejor, pero ni siquiera funciona en la mayoría de los deportes.

Por supuesto, hay otros campos en los que es necesario tener mucha práctica. Al igual que los golfistas, los cirujanos mejoran con la práctica repetitiva, incluso los auditores y hasta los jugadores de póker mejoran su intuición a través de la experiencia.

Pero ¿qué pasa cuando las reglas cambian un poco? En estos casos, pareciera que los expertos dejasen de lado la flexibilidad a favor de sus habilidades especializadas. A esto se le llama «afianzamiento cognitivo». ¿Cómo evitarlo? Procura cambiar drásticamente los desafíos dentro de un mismo campo.

Un estudio descubrió algo increíble que ocurre con las personas que ganan los Premios Nobel. En un primer vistazo, podrías pensar que no hay nadie más especializado en un área determinada que una persona que gana el Nobel.

Y, sin embargo, se descubrió que, comparados con otros científicos, los Premios Nobel tienen al menos veintidós veces más probabilidades de ser, además, actores, bailarines, magos o algún otro tipo de artista. Los expertos exitosos también pertenecen a un mundo más amplio.

Y esta amplitud, a menudo, inspira ideas que no pueden atribuirse al dominio específico de su tema.

Aquellos que expanden sus carreras más allá de su formación académica son los mismos que aportan hallazgos sin precedentes en sus campos de trabajo. Es como si viajaran en una pista de ocho carriles mientras que el resto viaja en una calle de una sola vía.

En otras palabras, quienes se adaptan exitosamente son aquellos capaces de tomar conocimientos de un campo y trasladarlos creativamente a otros; emplean lo que se conoce como un «cortacircuitos».

Se basan en experiencias y analogías distintas para evitar llegar a soluciones que ya no funcionan. Su habilidad consiste en evitar los mismos viejos patrones.

En un mundo «malo» que contiene desafíos poco definidos y pocas reglas estables, la amplitud de miras puede ser un salvavidas. Y hay un tipo de pensamiento que incentiva esta amplitud.

Es un modo de pensamiento amplio que ninguno de nosotros utiliza lo suficiente.

Piensa más allá de tu experiencia

Casi a comienzos del siglo xvii, se creía que el universo consistía en cuerpos celestes que se movían debido a espíritus. Almas inefables que giraban alrededor de una Tierra que se creía estática.

Claro, los espíritus eran quienes movían a los planetas, pero ¿desde dónde lo hacían?

Se supuso, entonces, que lo hacían sobre esferas cristalinas, invisibles desde la Tierra y que formaban una suerte de engranajes como los de un reloj, produciendo así un movimiento colectivo constante. Ahora todo tenía sentido.

Este universo de relojero fue el que heredó Johannes Kepler, y él lo aceptó al comienzo.

Sin embargo, cuando un cometa surcó los cielos europeos, Kepler se preguntó si este había atravesado las esferas cristalinas. Fue en ese momento cuando comenzó a dudar de la sabiduría establecida.

Cuando Kepler tenía veinticinco años, aceptó el modelo de Copérnico de que los planetas giraban alrededor del sol, pero tenía una duda: ¿Por qué los planetas que están más alejados del sol se mueven más despacio? No había información a la cual acceder para contestar a su pregunta, por lo que pensó lo siguiente: tanto los olores como el calor se disipan predictivamente desde su fuente, lo que significa que una fuerza misteriosa que mueve planetas desde el sol también podría hacerlo. Entonces comenzó a utilizar palabras como «fuerza» en lugar de «espíritus».

Poco tiempo después, leyó una descripción del magnetismo recientemente publicada, y de pronto pensó que tal vez los planetas eran como imanes con polos en cada extremo.

Se había dado cuenta de que los planetas se movían más lento cuando más lejos estaban del sol, así que tal vez el sol y los planetas se atraían y repelían según qué polo estaba más cerca. Sin embargo, ¿por qué los planetas continuaban con su órbita? Necesitaba más analogías. Y se preguntó: ¿Y si el sol, cuando gira sobre su eje, crea un movimiento de remolino que arrastra a los planetas como botes en una corriente? A Kepler le gustó, pero traía nuevos inconvenientes.

¿Por qué las órbitas no eran perfectamente circulares? ¿Qué clase de extraña corriente estaba creando el sol? ¿Quién o qué era lo que dirigía a los planetas? Kepler escribió: «¿No te gustaría que los planetas tuvieran dos ojos?».

Como puedes ver, cada vez que se encontraba empantanado, Kepler desplegaba una ráfaga de analogías. Hablaba de la luz, de botes, de calor, de olores, y luego pasó a balanzas, imanes. Analizaba exhaustivamente cada una y cada vez alumbraba nuevas preguntas. Sus divagaciones intelectuales abarcaron grandes viajes.

A través de su pensamiento analógico, Kepler descubrió que los cuerpos celestiales se atraían entre ellos, que la luna influía en las corrientes marinas de la Tierra y que los planetas se movían en elipses.

Con sus ideas, Kepler inventó la astrofísica. Y lo más importante es que no heredó ni una sola idea de fuerzas físicas universales. Todo lo que tenía eran analogías.

Esa manera de pensar basada en asociaciones hoy se conoce como «pensamiento analógico» y es considerada una herramienta poderosa para resolver problemas complejos; y como puedes ver, Kepler era un adicto a las analogías.

El pensamiento analógico convierte en familiar algo extraño, o en su caso, mirar a lo familiar bajo una luz distinta, y permite a los humanos razonar sobre problemas nuevos en contextos inusuales. También nos permite entender cosas que nunca hemos visto.

Por ejemplo, el movimiento de las moléculas se puede comprender utilizando como analogía unas bolas de billar chocando entre sí o los principios de la electricidad con el agua que fluye por caños. Tecnologías como la inteligencia artificial y los algoritmos genéticos tienen su base en las redes neuronales de nuestro cerebro.

No obstante, existen dos tipos de pensamiento analógico: el superficial y el profundo.

Las analogías superficiales son aquellas que se basan en tu propia experiencia. La mayor parte de las veces, si algo es similar en la superficie, también serán relacionalmente similares con problemas de la misma índole. Por ejemplo, si recuerdas cómo desatascaste la tubería de la bañera es probable que, cuando se atasque la tubería de la cocina, sepas cómo solucionarlo.

Como puedes deducir, este tipo de pensamiento analógico superficial funciona muy bien cuando te enfrentas a problemas propios de los entornos «buenos».

Y recuerda que tú no vives en un entorno «bueno».

Profundiza

A diferencia de las analogías superficiales, el pensamiento analógico profundo es la práctica de reconocer conceptos similares en distintos dominios o escenarios que no parecen, en principio, tener mucho en común.

En otras palabras, las analogías profundas buscan soluciones con base en la estructura de los problemas; desde el fondo, no la forma. Y estas son las que pueden resultarte más útiles, ya que funcionan mejor en entornos «malos».

Una vez se realizó un experimento con ciento cincuenta alumnos de una escuela de negocios. Se les pidió que generaran estrategias para una empresa tecnológica ficticia que tenía problemas para introducir sus productos informáticos en otros países.

Les dieron a algunos estudiantes una o más analogías en sus instrucciones (por ejemplo, lo que habían hecho Nike y McDonald´s, o Apple y Dell), y a otros no.

Los estudiantes que tuvieron analogías propusieron el doble de estrategias que quienes no las recibieron. ¿Y quieres saber lo más interesante? Cuanto más distante era la analogía, mejores estrategias generaban.

Por lo que quienes recibieron analogías de Nike o McDonald´s lo hicieron mejor que quienes recibieron analogías de Apple o Dell.

La clave era observar la estructura del problema y de las estrategias de las diferentes compañías. En el mundo empresarial resulta particularmente importante extrapolar ideas de sectores hacia otros. De esta manera se promueve la innovación y los grandes saltos cualitativos y competitivos. La razón es obvia: hacer lo que nadie más hace, incluida la competencia.

Pero veamos otro ejemplo, uno relativo al campo de la medicina y la investigación.

En una ocasión, se documentó cómo dos laboratorios se encontraron ante la misma cuestión casi al mismo tiempo: las proteínas que querían medir se quedaban adheridas al filtro, lo que las hacía difícil de analizar.

Uno de los laboratorios estaba formado casi en exclusiva por expertos en E. coli; el otro tenía además a físicos, biólogos, químicos y hasta estudiantes de medicina.

Este último laboratorio utilizó una analogía propuesta por uno de los médicos y se resolvió el problema en la misma reunión; el otro laboratorio utilizaba el conocimiento relacionado con el E. coli para encontrar una solución.

El segundo laboratorio tardó semanas en solucionar el problema. El testigo que cuenta estos acontecimientos recuerda: «Me puso en una situación incómoda porque había visto cómo lo habían resuelto en el otro laboratorio, y estaba prohibido compartir información».

En este caso, la amplitud de conocimientos del primer laboratorio aunada al pensamiento analógico profundo logró que el problema al que se estaban enfrentando quedara resuelto en solo un par de horas. Mientras que el otro, conformado por hiperespecialistas, tardó semanas en resolverlo.

Y, por último, Netflix hizo lo mismo.

Durante años, la empresa estaba buscando un algoritmo que sirviera para predecir los gustos de sus usuarios con el fin de poder recomendarles otras películas y series. Su estrategia inicial fue decodificar todos los aspectos posibles de las películas para saber qué podría gustarles. No funcionó.

¿Cuál fue la solución? Profundizar. Lo que hicieron fue utilizar la semejanza con otros consumidores con un historial de películas y series similar.

En resumen: los mejores resolutores de problemas son aquellos capaces de determinar la estructura profunda de un problema para después aplicarle una solución.

Dicha solución puede ser encontrada de manera más efectiva si se hace uso del pensamiento analógico profundo, que a su vez es fruto de la intersección de conocimientos.

¿Y dónde es más probable que se propicie esta intersección? En lugares donde la amplitud de conocimientos predomina. En estos casos: menos no es más.

Recuerda que hace más de cuatrocientos años, la amplitud, a través de la relación entre el movimiento de los planetas con una corriente de agua, creó la astrofísica.

Solo debes pensar diferente.

Coquetea con tus distintas posibilidades

Cierto día, Todd Rose, director del Programa de Mente, Cerebro y Educación de Harvard, y el neurocientífico Ogi Gas decidieron estudiar caminos de vida inusuales. Buscaban a personas exitosas y satisfechas con su situación actual, pero que llegaron allí después de haber dado muchas vueltas por la vida.

Entrevistaron a gente sobresaliente en campos tan distintos como sommelier, organizadores profesionales, cocineros, entrenadores de animales, diseñadores, parteras, ingenieros, arquitectos, etc.

Y descubrieron algo muy interesante: casi todos habían seguido un camino inusual. O dicho en otras palabras: casi todos, a lo largo de sus vidas, habían saltado de un lado a otro durante sus carreras.

Con el tiempo, el estudio recibió el nombre de «caballo negro» porque, mientras a más personas entrevistaban, más de ellas se consideraban un caballo negro, es decir, alguien que siguió un camino distinto y destacó.

Los caballos negros buscan adecuarse mejor a su entorno laboral. No son de los que piensan «Las personas que comenzaron antes que yo tienen ventaja sobre mí», sino que se centran en lo que tienen en el momento: «Esto es lo que me motiva ahora, esto es lo que quiero hacer, esto es lo que quiero aprender y estas son las oportunidades que tengo». Además, saben que es muy probable que sus preferencias cambien con el tiempo.

El fundador de Nike, Phil Knight, dice: «Siento pena por la gente que sabe exactamente qué hará de su vida desde que está en la secundaria».

Pero ojo: esto no significa que los caballos negros no tengan metas. Sí tienen objetivos a largo plazo, pero estos solo han sido planteados después de un arduo camino de descubrimiento.

Obviamente no tiene nada de malo obtener un grado médico o un doctorado, pero puede ser peligroso aceptar ese compromiso sin saber si se adecúa a ti o no.

Por lo tanto, nunca consideres que un camino está fijo.

Pero ¿por qué está tan mal visto no especializarse? ¿Por qué no se considera como bueno un plan de vida que consiste en la experimentación? ¿Por qué los caballos negros se consideran una excepción, siendo que, por lo general, son la norma?

Ogas atribuye estos ideales a lo que él denomina «convenio estandarizado». Una noción cultural que promueve que es mejor apartarse de un camino sinuoso de autoexploración en favor de una meta rígida, ya que asegura estabilidad.

Además, no olvidemos que vivimos en un sistema que premia la eficiencia; y, por supuesto, ir cambiando de carrera con el afán de descubrir qué es lo que realmente nos apasiona es lo opuesto a eficiente.

Descubrir qué es lo que nos gusta y a qué entorno laboral nos adecuamos mejor es un camino lento.

Un camino que retrasa las gratificaciones a corto plazo para aumentar las posibilidades de triunfar en un futuro quizás un poco más lejano, pero tiene el gran valor agregado de saber que ahora eres consciente de qué es lo que en verdad es para ti.

Todo lo que aprendiste en tu trayecto te conforma y se vuelve parte de tu caja de herramientas para la vida. Tu amplitud será, precisamente, lo que te llevará al lugar que más se adecue a ti.

El problema actual radica, entre otras cosas, en el momento en el que decidimos a qué nos vamos a dedicar: la adolescencia.

Verás, la mayoría de los cambios en la personalidad suceden entre los dieciocho y los treinta, por lo que especializarse tempranamente es una tarea de predecir una adecuación laboral para una persona que todavía no existe.

Y es que aprendemos quiénes somos solo a través de vivir, nunca antes. Nuestra habilidad para adecuarnos a nuestro entorno solo la obtenemos a través de probar actividades, grupos sociales, contextos, trabajos, carreras y luego reflexionando y ajustando nuestras narrativas personales. Y luego repetir.

Descubrimos nuestras posibilidades al hacer, al intentar nuevas actividades, construir nuevas redes, encontrar nuevos modelos. Aprendemos quiénes somos a través de la práctica, no de la teoría.

Por lo tanto, en lugar de esperar una respuesta fija a la pregunta «¿En qué me quiero realmente convertir?», mejor conviértete en un científico de ti mismo, haciéndote pequeñas preguntas que te puedas responder: «¿Cuál de mis varias posibilidades puedo comenzar a explorar? Y ¿cómo puedo hacerlo?».

Resumiendo, coquetea con tus distintas posibilidades, con tus distintos seres. En lugar de un gran plan, encuentra experimentos que puedan realizarse rápidamente.

Prueba y aprende en lugar de planificar y luego intentar.

¿Ser o no ser?

Andy Ouderkirk era uno de los miembros más valiosos de la empresa Minnesota 3M. Poseía el título con más prestigio, el de científico corporativo. ¿Cómo llegó ahí? Desafiando un principio físico de más de doscientos años.

Este era el Principio de la Ley de Brewster, que planteaba que ninguna superficie puede reflejar la luz de manera perfecta en cada uno de sus ángulos.

Sin embargo, cierto día, Ouderkirk se preguntó si poniendo muchas capas de plástico fino una sobre la otra, cada una con cualidades ópticas distintas, se podría crear una lámina que reflejara y refractara varias ondas de luz en todas las direcciones.

Un grupo de especialistas ópticos a los que consultó le aseguraron que eso no era posible. Y eso era exactamente lo que quería oír.

De hecho, él estaba seguro de que era físicamente posible. ¿Cómo lo sabía? Él lo había visto en la naturaleza. Específicamente en una mariposa.

Verás, la mariposa iridiscente azul no tiene ningún pigmento azul. Sus alas brillan en tonos azules debido a finas capas de escamas que reflectan y refractan ondas especiales de luz azul.

Y lo mismo ocurre con una botella de agua. El plástico refracta la luz en forma distinta según el ángulo de la misma. El fenómeno está frente a ti literalmente todos los días, pero a nadie en el mundo se le había ocurrido hacer láminas ópticas con esa información. Hasta que Ouderkirk las hizo.

Las aplicaciones de este invento, que se creía imposible, van más allá de lo esperado. Estas láminas se encuentran en teléfonos, ordenadores, paneles solares, lámparas LED y cables de fibra óptica.

Además, son baratas, pueden producirse en grandes cantidades y son positivas para el medio ambiente. Es un invento increíble, pero ¿por qué a nadie se le había ocurrido hacerlas antes?

¿Por qué nadie observó con más detalle a la mariposa iridiscente azul o a una botella de agua? La respuesta es simple: no solemos conocer las cosas que nos rodean. Y la innovación tiene mucho que ver con nuestro entorno.

Ouderkirk sabía esto y, por lo tanto, él y dos colaboradores suyos se pusieron a estudiar a los inventores de la empresa 3M. El objetivo del estudio era saber cómo era el perfil de las personas que más contribuían en la compañía.

Descubrieron que había tanto inventores muy especializados en una sola tecnología como inventores generalistas que no eran expertos en nada, pero que habían trabajado en muchas disciplinas.

Se examinaron los descubrimientos y las patentes que cada uno de los grupos había realizado y se descubrió que tanto los especialistas como los generalistas contribuían de forma similar, pero que quienes no tenían ni amplitud ni profundidad eran los que menos contribuían.

Los especialistas solían trabajar durante mucho tiempo en temas técnicos difíciles con el fin de anticipar obstáculos. Por otro lado, los generalistas solían aburrirse al trabajar siempre en una misma área; ellos generaban valor al cambiar de área y llevando la tecnología de un lugar a otro.

Pero había otro perfil de inventor que no encajaba ni en la categoría de especialista ni en la categoría de los generalistas: los polímatas.

El polímata es un perfil que tiene conocimientos amplios, pero profundidad en al menos un campo.

Se descubrió que los polímatas suelen tener muchas más patentes en su área de mayor conocimiento, aunque no sean tan profundos como los especialistas. Además, poseen una mayor amplitud, incluso más que los generalistas.

Lo que aprenden en un terreno lo aplican en otro; y durante el curso de sus carreras, su amplitud se agranda debido a que han aprendido de lo que les rodea, a pesar de perder algo de profundidad en el camino.

Ouderkirk es un polímata. La química le interesa desde joven. Cursó la carrera en Química hasta llegar a su doctorado en la misma materia y terminó trabajando en un laboratorio de rayos láser en 3M. Nada que ver con su campo de estudio.

La aplicación de conocimientos de un campo a otro fue lo que lo llevó a crear el invento de las láminas ópticas que te conté al inicio. En 2013 fue nombrado innovador del año por una revista importante y hoy tiene su nombre en más de ciento setenta patentes.

Lo mismo ocurrió con la también polímata y científica corporativa Jayshree Seth, que insatisfecha después de haber terminado un máster decidió cambiarse a un doctorado en Química, pasando radicalmente de un campo de estudio a otro.

Y volvió a hacer lo mismo cuando entró a trabajar a 3M, cambiando su puesto por otro nuevo y diferente. Le funcionó. Tiene más de cincuenta patentes.

Como puedes observar, la empresa 3M se desenvuelve en un entorno «malo», por lo que la existencia de personas con amplitud resulta sumamente beneficiosa.

Y es que el mundo de la investigación es uno bastante peculiar. La incertidumbre abunda y casi no hay reglas establecidas. No obstante, en el resto de los entornos malos tampoco las hay.

Antes de continuar debes comprender algo muy importante: tanto los especialistas como los generalistas y polímatas son necesarios en el mundo. Lo importante es saber identificar cuándo es mejor ser uno u otro o contratar uno u otro.

Como ahora sabes, los especialistas son gente con muy poca amplitud. Son personas que viven en un entorno «bueno», por lo tanto, son bastante competentes cuando se trata de problemas con poca incertidumbre.

Por otra parte, los generalistas y los polímatas son gente con mucha amplitud y cierta profundidad o nivel de especialización, por lo cual resulta muy efectivo tenerlos en entornos «malos», que son la mayoría, donde predomina la incertidumbre y la innovación está a la vuelta de la esquina.

Finalmente, puedes verlo como el físico y matemático Freeman Dyson lo hacía: como sapos y pájaros.

Los pájaros, según Dyson, vuelan alto y tienen vistas hasta el horizonte. Se deleitan con conceptos que unifican nuestro pensamiento y juntan distintos problemas de diferentes lugares.

En cambio, los sapos viven en el fango y solo ven las flores que crecen cerca. Se deleitan en los detalles de unos pocos objetos y resuelven los problemas de uno en uno.

Por lo tanto, es estúpido afirmar que los pájaros son mejores que los sapos porque miran más lejos o que los sapos son mejores porque miran con más profundidad.

Lo cierto es que el mundo necesita tanto sapos enfocados como pájaros visionarios.

Y afortunadamente es posible, aun hoy en día, hasta en el campo más avanzado e hiperespecializado, cultivar tierra en donde puedan florecer tanto los pájaros como los sapos.

No lo olvides: el mundo es tanto amplio como profundo, y necesitamos generalistas y especialistas trabajando al unísono para descubrirlo.

Conclusión

Si algo deberías extraer de todo esto, quizá deba ser lo siguiente: no hay solo una manera de alcanzar el éxito.

A lo largo del camino, hemos comprendido que las enseñanzas extraídas de historias como las de Tiger Woods y Susan Polgar no funcionan en todos los entornos. O más precisamente, casi en ninguno.

Vivimos en un mundo que no tiene muchos patrones, ni reglas, ni delimitaciones claras, de modo que rara vez suceden los mismos sucesos y es difícil recibir feedback de manera inmediata.

Así que me propongo extraer una enseñanza que te sirva como consejo: no sientas que es tarde y que te has quedado atrás.

Compárate a ti mismo con tu yo de ayer, no con gente joven que no son tú. Todos progresamos a un ritmo diferente.

Probablemente no tengas ni idea de hacia dónde te diriges, por lo tanto, sentir que te estás quedando atrás no te será de gran ayuda. En cambio, comienza a planificar tus experimentos.

Encara tu propio viaje personal y tus propios proyectos. Aprende y ajusta mientras progresas en tu viaje y no temas abandonar tu meta y cambiar de dirección si hace falta.

Recuerda que el mundo no es un campo de golf, se parece más a una cancha de tenis, y aún más a una sala de emergencias de un hospital.

Por lo que, si expandes tu amplitud, es probable que lo pases mejor en este entorno «malo» en el que la mayoría nos desenvolvemos.

Un entorno en el que la cantidad de soluciones a las que llegarás se verá fuertemente influenciada por la cantidad de herramientas que tengas.

Ve a por ellas.

Fin del resumen

Biografía del autor

David Epstein

David Epstein es científico, periodista y escritor. Tiene un máster en Ciencias Ambientales y otro en Periodismo. Ha trabajado para revistas como Sports Illustraded y ha escrito el gran éxito del New York Times: El gen deportivo.

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Ficha técnica

Editorial: Empresa Activa

ISBN: 8416997284

Temáticas: Crecimiento personal y psicología positiva Desarrollo profesional Consejos para emprendedores Emprendimiento Audio

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