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Resumen del libro

El empleo del futuro

Por: Manuel Alejandro Hidalgo

Un análisis del impacto de las nuevas tecnologías en el mercado laboral
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Introducción

crees que es posible que un robot te arrebate tu empleo? Son preguntas que todos nos hemos hecho en algún momento. Nos generan miedo y hace que creamos que nuestro futuro profesional será incierto. ¿Pero qué tan probable es que un robot te sustituya?, ¿es esto factible o, por el contrario, es pura ciencia ficción?

Lo primero que tienes que saber, es que los progresos de la tecnología y sus posibles efectos en el mercado laboral son una preocupación que ha acompañado a la sociedad durante siglos a lo largo de su evolución. Es cierto que los avances tecnológicos han crecido exponencialmente en los últimos años y que gracias a ese crecimiento han surgido innovaciones increíbles, como la robótica o la inteligencia artificial. Y existe la creencia de que este “tsunami tecnológico” nos llevará irremediablemente a un desempleo generalizado. Pero, ¿es esto verdad?, ¿realmente estamos ante un posible desierto laboral provocado por el cambio tecnológico?

La respuesta corta es que no; la respuesta larga es: depende. La realidad que debemos aceptar es que, evidentemente, el cambio tecnológico sí afectará al empleo. Pero no necesariamente estamos destinados a quedarnos sin él. La razón es que existen otras fuerzas que compensarán este efecto negativo, por lo tanto, la pregunta que deberías formularte es: ¿el cambio tecnológico nos beneficiará más de lo que podría perjudicarnos?

La respuesta a esa pregunta no es evidente. Lo que es evidente es que todo cambiará. Y tienes que estar preparado para ese cambio.

El equilibrio entre trabajo y capital

Imagina que eres dueño de una empresa que fabrica bicicletas llamada Cyclowood. Tu empresa no sería diferente a otras salvo por una excepción: las bicicletas que se construyen en tu fábrica tienen un chasis de madera. Son un trabajo artesanal impecable. El proceso de producción de tus bicicletas está compuesto por el factor trabajo, que son tus empleados; y por el factor capital, o sea, la maquinaria que se necesita para el tratamiento de la madera.

Por otro lado, a más de 1000 kilómetros de distancia se encuentra otra empresa llamada Bing, que también produce bicicletas en una fábrica. El modelo de negocio de esta última empresa y el mercado al que orienta sus productos exigen que el modo de producción sea muy diferente al tuyo. En Bing, la mecanización es más intensa y cuenta con un menor número de trabajadores. En otras palabras, poseen poco factor trabajo y mucho capital.

Como puedes observar, existe una diferencia en el uso del factor trabajo y del factor capital entre tu empresa Cyclowood y la empresa Bing. Los procesos de producción en ambos casos son muy diferentes, así como la tecnología usada en cada procedimiento. Y a pesar de que fabrican el mismo producto, las combinaciones de los factores trabajo y capital no son los mismos. Tu empresa Cyclowood y la empresa Bing pueden convivir porque se encuentran en distintos mercados. ¿Pero qué pasaría si tú decidieras modificar el proceso de producción de tus bicicletas?, incluso ¿qué pasaría si te plantearas abandonar tu particular nicho de mercado para producir bicicletas de forma masiva con la intención de competir directamente con Bing?

Para empezar, lo primero que tendrías que hacer sería invertir en tecnología, lo que conllevaría necesariamente a una inversión en capital. Tus precios se reducirían y mejoraría la productividad de tu empresa; pero también tendrías que sustituir cierto trabajo por capital. Por lo que tendrías que despedir a ciertos trabajadores. La combinación del trabajo y el capital cambiarían por completo en tu fábrica.

Esta nueva combinación de ambos factores deberá ser aquella en la que la productividad se maximice y donde los costes de producción sean los menores posibles. Sin embargo, la combinación eficiente de capital y trabajo, aunque pudiera parecerlo, no es única. Todo depende de qué quieres producir y cómo.

La combinación eficiente

Tú, como presidente de la empresa Cyclowood, debes elegir la combinación eficiente de los factores trabajo y capital. Y en este caso, esta combinación será determinada por el mercado objetivo al que te quieres dirigir.

Piénsalo un segundo, por ejemplo, Bing compite con muchas otras compañías a nivel global debido a su producción en masa, por lo cual tiene más incentivos que tu empresa en buscar tecnología y aplicarla en su capital. Pero ojo, esto no quiere decir que tu empresa fabrique productos de bajo valor añadido. Tampoco significa que Bing haga productos de mejor calidad. Significa que el mercado objetivo al que apuntan es diferente.

Tu empresa produce mediante el uso de mucho factor trabajo, como tus artesanos y personal cualificado; y Bing produce mediante el uso intensivo de su capital. Y esto es revelador porque, ¿cuál combinación es entonces mejor que la otra? Eso lo decide la empresa. Y como te dije anteriormente: la combinación correcta será aquella que minimiza los costes de producción y maximice los beneficios. Pero aun así, podrías llegar a la conclusión errónea de que las empresas que tienen un uso intensivo de capital en sus procesos de producción son siempre las que obtienen mayores beneficios. Sin embargo, eso no está tan claro.

Existen marcas que aún dan mucho peso e importancia a las manos cualificadas de sus trabajadores. Por ejemplo, marcas de lujo como Rolls Royce o Maserati mantienen, para algunos de sus modelos, procesos de producción donde la mano de obra es muy importante. Toma en cuenta que estamos hablando de un producto como el automóvil que, para ser rentable en el mercado masivo, debería producirse en largas cadenas de montaje y que, sin embargo, prioriza la mano de obra. En estos casos, la combinación óptima de los factores trabajo y capital resulta contraria a la de Bing.

Tanto tú con Cyclowood, como Rolls Royce y Maserati, se benefician del trabajo que proveen las manos cualificadas de sus trabajadores. Y Bing y otras marcas de automóviles se benefician del uso intensivo del capital. Aunque, pregúntate ahora, ¿qué pasaría si de pronto los avances tecnológicos culminan en la creación de una máquina capaz de hacer aún más eficiente el proceso de producción de los autos?, ¿Rolls Royce y Maserati sustituirían su mano de obra cualificada con este nuevo capital? Probablemente no, ¿y qué me dices de las otras marcas de autos?, ¿o qué tal Cyclowood? Si hubiese una máquina que haga lo mismo con las bicicletas, ¿la comprarías y sustituirías a tu personal cualificado?

Son decisiones difíciles que dependen de muchas variables. Y para tomar esa decisión, lo importante es analizar las ventajas comparativas de usar un factor frente a otro.

La ventaja comparativa

Antes de continuar, debes saber que es necesario que comprendas ciertos conceptos básicos de economía. Conceptos que ya has ido aprendiendo a lo largo del camino. Recuerda que nuestra meta es descubrir si el cambio tecnológico afecta al empleo o no. Y estamos en ese proceso, pero para avanzar debes aprender un último término.

Hasta ahora hemos visto que los factores trabajo y capital conforman los procesos de producción. En dicho proceso, ambos factores se combinan de la manera más eficiente posible considerando variables como el mercado objetivo del producto. También descubrimos que elegir cuál factor utilizar depende de la ventaja comparativa de usar un factor frente a otro. Y para ilustrar mejor este concepto, retrocederemos rápidamente a mitad del siglo XIV, durante la peste negra. Presta atención.

Es bien sabido que la peste negra acabó con la vida de un tercio de la población europea. Y una de las consecuencias de esa elevadísima mortalidad fue la inmediata subida de los salarios, ya que se redujo la población capaz de laborar. Aunado a esto, cayó la demanda de los productos agrícolas y ocasionó el abandono de las tierras menos fértiles. Además, el aumento del coste de la mano de obra obligó a los propietarios de las tierras a tomar medidas.

Una de esas medidas fue buscar inversiones en capital más baratas, por ejemplo: sustituir a los caballos por bueyes como animal de labranza. Y es que los bueyes eran más rudos, su alimento era menos costoso que el de los caballos y, sobre todo, eran más baratos aunque ofrecían servicios similares y necesitaban menos requerimientos de mano de obra. Los bueyes ahora suponían una ventaja comparativa. En conclusión: no eran buenos tiempos para ser un caballo. Lo que te quiero decir con este ejemplo es que cuando la mano de obra escasea, ésta se vuelve cara, lo que incentiva a la inversión en capital, lo cual, dado un nivel tecnológico, permite ahorrar en el proceso de producción. ¡Pero cuidado! Podríamos llegar a la conclusión de que el cambio tecnológico busca siempre sustituir la mano de obra por capital para así lograr aumentos de productividad y reducir costes. Eso es erróneo.

La realidad es más compleja y, de hecho, esta es la primera clave para dilucidar si la tecnología nos quitará el empleo o no en el futuro: cuando la mano de obra se reduce, su coste se eleva. Por lo tanto, se invierte en capital ya que su coste es menor y esa es una ventaja comparativa. ¿Pero quién maneja al capital?

La mano de obra agrícola que en ese momento sabía labrar con bueyes y no con caballos, se volvió la cualificada para el trabajo. Caso contrario con la mano de obra que solía trabajar con caballos. Así, la reducción en el coste de uso de capital, como los animales de labranza, puede hacer rentable al trabajador que lo maneja frente al que no lo hace, como los agricultores que sabían labrar con bueyes. Esa es otra ventaja comparativa.

¡Bingo!

El cambio tecnológico puede no ser ahorrador de mano de obra, pero puede incentivar el uso de la misma, aunque sea una diferente. En este caso el capital complementa al trabajador en lugar de sustituirlo. Pero los tiempos han cambiado desde el siglo XIV y hoy hay tecnología nunca antes vista. Entonces cabe preguntarse, ¿esto será igual que en el pasado?, ¿las máquinas nos van a sustituir?, ¿o nos van a complementar?

¿Sustitución o complementariedad?

Inventemos a un personaje que va a vivir durante varias etapas de la industrialización de los últimos trescientos años.

Se llama Thomas y se dedica a la producción de paños de lana a inicios del siglo XVIII. Es maestro pañero, es decir, el nivel máximo al que podría aspirar cualquier artesano de la época. Como maestro, Thomas tiene un taller y dispone de un gran número de aprendices. Y como puedes imaginarte, el trabajo en el taller era muy tradicional. Las tareas eran repetitivas y se repartían en función de la destreza de los que allí trabajan. Normalmente, quienes realizaban las tareas de crear o mantener las herramientas para crear los paños, eran otros trabajadores cualificados ubicados en otro taller que servía de proveedor para el taller de Thomas. Y dada la naturaleza de la actividad, esta mano de obra se consideraba valiosa. En otras palabras: eran los trabajadores que creaban el capital.

Esto último es sumamente importante porque revela una relación que prevalece aún en nuestros tiempos. Y es que a lo largo de la historia, estos dos factores productivos, capital y empleo cualificado, siempre han sido complementarios en la creación de capital: se necesitan unos a otros. Muy diferente es, sin embargo, la relación entre trabajo y capital dentro del taller de Thomas. Que se encargaba de la última fase de producción.

Todo iba bien cuando, de repente, comienza la revolución industrial. La llegada de las máquinas capaces de crear paños en forma masiva sustituyó por completo el trabajo de los aprendices más novatos del taller de Thomas. Pero mientras que esta mano de obra, o sea los artesanos principiantes, fue sustituida por el capital, el trabajo cualificado de aquellos que creaban el capital en el otro taller aumentó aún más su valor. La consecuencia fue que, debido al aumento de la demanda del capital, aumentó también la demanda del empleo cualificado capaz de crearla. Y al aumentar la demanda de la mano de obra cualificada en este proceso, Thomas y sus aprendices más avanzados pudieron (o tuvieron que) abandonar su taller para trasladarse al otro. Complementándose con el capital que casi estuvo a punto de sustituirlos.

¿Encuentras alguna relación aquí?

La cuestión es simple: si quiero tener más capital y mantenerlo, necesito más empleo cualificado. Nunca menos. En este caso, Thomas y sus aprendices más cualificados tuvieron que adaptarse al cambio. Pero de nuevo, todo cambia a finales del siglo XX. Esta vez ocurre otro cambio tecnológico importante, la llegada de las computadoras, que va a demandar una vez más mucho empleo cualificado en la creación y mantenimiento de estas nuevas tecnologías. Sin embargo, esta vez las cosas fueron muy diferentes, ya que la implementación de esta nueva tecnología abarató los métodos de producción del capital, volviéndose una ventaja comparativa frente a Thomas que de nuevo estaba en problemas. Y como ahora sabes, la nueva tecnología ahorrará en ciertos tipos de empleos industriales y en cambio fomentará otra clase de empleo aún más cualificado. Lo que significa que si Thomas quiere adaptarse otra vez y evitar ser sustituido, tendrá que aprender a complementarse.

Lo que quiero que comprendas es que el capital cada vez se vuelve más complejo y necesita cada vez de mayor cualificación en la mano de obra que lo crea y lo utiliza. Pero hay un problema. Ahora hay robots inteligentes, capital inteligente, máquinas capaces de aprender y resolver problemas. Esto es preocupante porque lanza otra pregunta al aire: ¿será que el capital, de pronto, pueda ser creado y utilizado por el mismo capital?, ¿dónde quedaríamos nosotros entonces?

El nuevo capital

El Cart, creado en 1970, fue el primer robot a control remoto en la historia. Era increíble. Una vez realizó un recorrido espectacular, de solo treinta metros de distancia, ¡en cinco horas!

¿Te imaginas? Mucho ha cambiado hasta el día de hoy. Los materiales con los que se creó se abarataron, los procesadores se potencializaron, los sensores se hicieron más efectivos. Todo se volvió más sencillo, pero todo empezó con el Cart. Pero no solo la tecnología de los robots a control remoto se volvió más barata y efectiva. Sino que todo se volvió más barato y efectivo para todos. La innovación constante en los materiales tecnológicos fue abrumadora, y continúa siéndolo. Tanto así que existe una regla para ello, la famosa Ley de Moore, según la cual plantea que la capacidad computacional en el mundo se duplicará cada dos años. Por ejemplo, piensa en la tecnología de la computadora que mandó al primer hombre a la luna, en el ordenador del Apolo. Esa fantástica pieza de ingeniería que hizo al humano conseguir lo que parecía imposible.

¿Tú te imaginas lo que debió haber sido semejante aparato?, ¿a qué velocidad procesaba los datos?, ¿o cuántas instrucciones podía ejecutar al mismo tiempo?

Pues bueno, ahora piensa en un iPhone 6. Compara la capacidad de este aparato con la del ordenador del Apolo. Ahora déjame decirte algo: el iPhone 6 puede realizar instrucciones unas 32,600 veces más rápido que el ordenador del Apolo y dispone de unas 130,000 veces más el número de transistores. Y no solo eso: el iPhone puede realizar 120 millones de veces el número de instrucciones que podía hacer el ordenador de la nave en un solo segundo. Es decir, tiene la misma capacidad que 120 millones de ordenadores como el que llevó al hombre a la luna.

Es increíble, ¿no? Y esta capacidad no ha hecho más que aumentar. Hoy los avances tecnológicos han creado robots capaces de ensamblar un automóvil. De crear electrodomésticos. Hoy el capital sí es capaz de crear capital. Hay máquinas capaces de aprender a jugar ajedrez y damas chinas, de aprender de sí mismas, de detectar emociones humanas, de discriminar fruta, de detectar colores. Y todo apunta a que van a seguir mejorando. A volverse cada vez más baratas, entonces se vuelve una ventaja comparativa frente a nosotros. Y nadie sabe hasta dónde son capaces de llegar las innovaciones siguientes.

¿Será entonces que el capital se volverá, inevitablemente, una ventaja comparativa frente al factor trabajo?, ¿qué es lo que sabemos?, ¿qué podemos esperar?

Una nueva ola de automatización

Seré directo contigo. Los únicos elementos del capital que podrían automatizar los empleos son dos: los robots y la inteligencia artificial.

Los robots son el nuevo capital, y continúan adaptándose a nuevos entornos desde su primera aparición. Son cada vez más baratos y cada vez más fáciles de usar. Por ejemplo, Baxter. Baxter es un robot que no necesita una sola línea de código para que comience a interactuar. Solo basta con moverlo. Sí, con moverlo. Lo único que debe hacer el personal cualificado para hacer funcionar a Baxter es mover los brazos articulados del mismo, de tal modo que éste, una vez hecha una serie de movimientos consecutivos, los va a repetir exactamente de la misma forma.

¿Te imaginas las posibilidades? Su aplicación en cadenas de montaje sería una disrupción en el proceso productivo de cualquier fábrica. Además cuesta un 70% menos frente a los otros robots utilizados en la industria. Y a la larga, cuesta mucho menos que un empleado. Baxter es, sin duda, una ventaja comparativa sin precedentes frente al factor trabajo que se dedica al proceso productivo de manufactura. Incluso, Baxter tampoco necesita de personal altamente cualificado, por lo que el uso de este capital no compensará la pérdida del empleo con la creación de otro; como en el caso de Thomas y sus aprendices avanzados. Y este es solo uno de muchos otros robots similares.

Después está la inteligencia artificial. Máquinas que reproducen las funciones cognitiva, de resolución de problemas y aprendizaje de los humanos. La inteligencia artificial ha crecido a pasos agigantados. Hoy una máquina es capaz de reconocer objetos y situaciones en imágenes y videos, detectar rostros, hacer que un automóvil se estacione solo y detecte peatones. Pues, es capaz de aprender mediante datos, comprender contextos, analizar situaciones, descubrir algoritmos, realizar predicciones que parecen imposibles.

Estos elementos del capital no hacen más que avanzar en su potencia y aún no sabemos lo que ocasionarán en un futuro. Pero sí podemos ver lo que están causando hoy. Por ejemplo, en el sector agroalimentario se requieren de trabajadores que sean capaces de observar cambios en el color y en la calidad de los productos antes de ser envasados. Sin embargo, puede que este trabajo no dure mucho tiempo más. En la actualidad, no son pocos los negocios que utilizan robots capaces de realizar estas dos tareas: para la primera, un sensor distingue la tonalidad cromática del alimento, de tal modo que si estos no cumplen los requisitos programados, la máquina los selecciona y los desecha.

La segunda se lleva a cabo mediante la expulsión de un pequeño chorro de aire que, disparado de un modo muy preciso, golpea al producto para que este caiga en una cinta. Si el producto es de buena calidad, este no se caerá; y si es de mala calidad, caerá. Casos como estos también están ocurriendo en industrias como la automotriz y en el sector de la construcción. Por ejemplo, en 2017 se fabricó la primera casa mediante técnicas de impresión en 3D. Te estoy hablando de toda una casa sin ninguna participación del factor trabajo más que el del personal cualificado que se requirió. Y esta vez tampoco parece que la pérdida del empleo haya sido compensada.

Tal y como le ocurrió al pequeño taller de Thomas, hoy nos azota una nueva ola de automatización y, sin duda, el capital figura como una ventaja comparativa importante frente al factor trabajo. Pero no todo está perdido. Piénsalo un segundo. ¿Qué tienen en común los ejemplos que te he mostrado?

Todos ellos son trabajos que se llevan a cabo mediante la realización de una o ciertas tareas. Y hablar de trabajo no es lo mismo que hablar de tareas. Por lo tanto, lo que peligran no son los trabajos en sí. Lo que peligran son las tareas.

¿Trabajos o tareas?

¿Qué diferencias existen entre un médico que trabaja en una sala de urgencias con un ensamblador de puertas de automóviles?

Pues que el médico se desenvuelve en un entorno en el que debe hacer muchas tareas a lo largo de su jornada; mientras que el ensamblador no. A eso me refiero cuando te hablo de separar el hacer una tarea con llevar a cabo un trabajo. Y es que hay trabajos que son un conjunto de tareas; pero hay trabajos que son solo una.

Así, los artesanos principiantes en el taller de Thomas fueron fácilmente sustituidos porque su trabajo consistía en realizar una sola tarea. Mientras que la mano de obra más cualificada, cuyo trabajo no era tan rutinario, pudo complementarse con el cambio tecnológico. Hoy, al igual que los artesanos principiantes, ocurre algo similar con el factor trabajo cuya ocupación principal consiste en hacer una sola tarea, como las personas que seleccionan productos alimenticios, ensambladores de automóviles, conductores u operarios en cadenas de producción.

En consecuencia, no es razonable pensar que el cambio tecnológico supondrá una destrucción masiva de empleo; sino más bien de tareas. Por lo tanto, ¿cuáles tareas son las que con mayor o menor probabilidad podrán ser realizadas por máquinas?

Entre las tareas que con una mayor probabilidad serán sustituidas se destacan: ventas, uso de dedos y manos, intercambio de información, consultas, lectura de manuales, negociar, trabajos físicos prolongados, cálculo de porcentajes, entre otros. Todas ellas se encuentran en un claro retroceso en un mundo donde las adquisiciones se realizan en la nube o con chatbots que pueden hacer un trabajo eficiente. Es aquí donde el capital es cada vez más versátil, inteligente y, sobre todo, barato. Consolidándose como una clara ventaja comparativa frente al trabajo. Por otra parte, las tareas que menos probabilidades tienen de ser sustituidas son: presentación, lectura de libros y publicaciones profesionales, influencia, uso de lenguajes de programación, escritura de artículos, entrenamiento de otros compañeros, entre otros.

Como puedes imaginarte, estas últimas son tareas que las máquinas, de momento y se considera que por mucho tiempo, no podrán hacer como un trabajador, ya que en gran parte exigen habilidades como la comunicación humana y la creatividad. Así pues, si en algo puede afectarles la irrupción de esta nueva ola de automatización a estas últimas tareas, es en complementar y mejorar su eficacia.

En resumen, el riesgo de la automatización existe y es más que evidente. Pero para que un empleo se automatice, necesita que este concentre pocas tareas, y que de estas, la mayoría puedan ser realizadas por capital tecnológico.

El futuro ya no parece tan oscuro, ¿cierto?

Todo esto nos lleva a dos apreciaciones básicas: la primera, que solo un porcentaje limitado de empleos estará en el corto y medio plazo sujeto a la automatización. Y la segunda, que muchos de los empleos, en cierto modo, se verán menos afectados, transmutados, en la naturaleza del conjunto de las tareas que desarrollen. Finalmente, no cabe duda que el capital tecnológico influirá en el factor trabajo en la realización de las actividades que su empleo conlleva, pero sin sustituirlo de forma plena. De hecho, en gran parte de los casos, lo que la tecnología hará será mejorar el rendimiento del trabajador, elevando su demanda y también su remuneración.

 

Seamos optimistas

A lo largo del camino has aprendido que el cambio tecnológico ha sido una constante en toda nuestra historia. Has comprendido que durante la primera ola de automatización, el uso de capital fue una ventaja comparativa frente al factor trabajo debido a que, anteriormente, el trabajo estaba compuesto por una sola tarea. Sin embargo, en la actualidad hay muy pocos empleos cuya principal actividad sea la realización de una sola tarea. Todo lo contrario, el trabajo se ha vuelto más complejo y menos rutinario. Además, sabes que el capital no sustituye nunca una ocupación, sino una tarea. Y aunque aún existan trabajos cuya actividad principal consista en realizar una sola tarea, estos poco a poco han sido desplazados por las máquinas.

En la actualidad, un trabajo está compuesto por varias tareas, y siguiendo la misma línea lógica, lo razonable es prever que la tecnología contribuya a la mejora del empleo complementándose con el trabajador y haciendo más eficiente su actividad productiva. Las máquinas harán algunas tareas, no todas. El riesgo de ser sustituido es bajo, no obstante, sí es de esperar que el capital cambie la naturaleza de nuestras ocupaciones. Entonces, lo que debemos hacer para afrontar este cambio tecnológico, es adoptar o incrementar la capacidad de realizar actividades que las máquinas aun no pueden hacer, y complementar nuestras actividades con su uso o en su caso, no formar parte del grupo de trabajadores cuyas principales tareas puedan ser realizadas por este nuevo capital tecnológico.

Seamos, pues, optimistas ante este cambio tecnológico que nos acontece. Y que no ha hecho más que empezar.

Conclusión

Hoy vivimos en la mejor etapa en la historia de la humanidad. Nunca antes habíamos estado tan conectados ni contábamos con las comodidades que hoy tenemos. Todo esto ha sido gracias al cambio tecnológico. El mismo que nos provoca tantas pesadillas por las noches y que nos hace preguntarnos si los robots conquistarán el mundo. El objetivo de lo que te he compartido aquí es demostrarte que esas pesadillas son solo eso, pesadillas. El miedo que sentimos es infundado.

No existen razones sólidas para que pensemos que el empleo del futuro será inexistente. Sin embargo, esto no quiere decir que el efecto de la nueva ola de automatización no nos vaya a agitar. Lo hará. Debemos tenerlo muy presente y comprender que, como en toda revolución, habrá ganadores y perdedores. Y recuerda que nuestra probabilidad de acabar en uno u otro grupo serán mayores o menores en función de las características que poseamos, de las habilidades o capacidades que podamos demostrar.

El futuro ya está aquí. Y ante la duda, es mejor hacer algo que mantenerse quieto. Nos toca afrontar este futuro no con temor, sino con valentía y decisión. Hagamos lo oportuno. Tomemos mejores decisiones. De este modo, podremos surfear la nueva ola con relativa facilidad. En este sentido, el empleo del futuro será un buen empleo.

Fin del resumen

Biografía del autor

Manuel Alejandro Hidalgo

Manuel Alejandro Hidalgo es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Tiene un máster y un doctorado en Economía por la Universidad de Pompeu Fabra. Ha trabajado en el Instituto de Estadística de Andalucía y es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Ha publicado artículos en revistas especializadas y colabora regularmente con medios de comunicación.

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