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Resumen del libro

El antídoto

Por: Carlos Rebate

12 técnicas para sobrevivir a la inteligencia artificial
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Introducción

Los avances en la tecnología traerán muchas cosas positivas. Nos permitirán detectar y tratar mejor algunas formas de cáncer, saber si vamos a padecer alzhéimer cinco años antes de que se manifieste o incluso ver a través de las paredes sin consumir kriptonita. Pero, desafortunadamente, no todo iba a ser un jardín plagado de unicornios danzarines de colores y no a todo el mundo le va a ir igual de bien.

Sobre este tema existe un discurso cáustico generalizado. No sé tú, pero yo estoy harto de consumir noticias-informes-libros-documentales donde se explica por qué la mayoría de la gente será innecesaria en el siglo xxi y cómo los robots usurparán nuestros puestos de trabajo, sin que se nos ofrezca la más mínima pista de qué hacer ante esta situación. Y ante todas estas suposiciones, lo único que tenemos claro es que nuestro trabajo va a cambiar de forma significativa en las próximas dos décadas.

Yo he tratado de hacer algo distinto a lo expuesto por la mayoría. No puedo dejar de pensar en la idea de crear un «antídoto», algo que sirva para saber qué hacer, descubrir cómo combatir en este nuevo terreno, cómo diferenciarse en un mundo de máquinas y, como todos mis libros, este también lo he escrito para mí. Lo que te cuento en él es lo que pienso hacer yo. Si tú también estás agotado de futuros distópicos y discursos pesimistas, ¡este es tu libro!

A lo largo de estas páginas compartiré contigo doce técnicas de supervivencia que te ayudarán a garantizar tu futuro laboral. Como el futuro es un lugar en la imaginación y siempre es controvertido, no tienes por qué estar de acuerdo con todas las opiniones que compartamos aquí, pero participar en nuestra conversación te ayudará a formarte un criterio mucho más completo. Si quieres competir con las máquinas en el futuro del trabajo, estás de enhorabuena, ¡aquí tienes tu antídoto!

Combate la Singularidad con «singularidad»

Por si no has oído hablar de ella, la Singularidad Tecnológica hace referencia a un momento «singular» en el tiempo, como consecuencia del crecimiento exponencial de la tecnología, a partir del cual el futuro será difícilmente predecible. En este hipotético punto en el tiempo se cruzará la evolución de la inteligencia humana con el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial, y el ser humano tendrá que decidir si aumenta sus capacidades y se convierte en una suerte de «centauro», con cabeza humana y cuerpo de máquina (o viceversa), o si continúa usando solo capacidades tradicionalmente humanas.

Ray Kurzweil, uno de los defensores más destacados de la Singularidad, sitúa este momento singular en el año 2045. A muchas personas les escandaliza esta afirmación y lo entiendo. Esto sucede porque no estamos acostumbrados a pensar en exponencial; somos más bien lineales. Sin embargo, la Ley de Moore, formulada por Gordon E. Moore en 1965, sostiene que el número de transistores que caben en un microprocesador se duplica cada veinticuatro meses. Un comportamiento que se ha venido observando desde la formulación de la ley hasta hoy. Esto quiere decir que la capacidad de cálculo de los ordenadores sigue una progresión exponencial, lo que equivale a pensar que en 2045 existirá una máquina con una inteligencia equivalente a la de toda la humanidad.

La IA hará más poderosos a los poderosos, que disfrutarán de las ventajas tradicionales de ser opulento, y a las que sumarán las derivadas del uso inteligente de sus datos para mejorar sus procesos y adecuar su oferta. Suena contraintuitivo, pero pienso que la amenaza de la IA no será para los pequeños comerciantes, sino para los medianos y grandes, que tendrán que competir en digitalización de procesos e inteligencia con los gigantes, sin la flexibilidad de los pequeños. Por ponerte un ejemplo, Amazon, como estereotipo de gigante que nació de una librería digital, no debería ser una amenaza para la tienda de libros de la esquina siempre que esta sea «singular».

¿Qué significa ser singular? Significa aportar un valor especial y genuino a un público objetivo que no necesariamente tiene por qué ser grande. En la mayoría de los negocios solo necesitas mil fans verdaderos para garantizar tu sostenibilidad. Mil personas que valoren tu pasión contagiosa por los libros (en este ejemplo) y por darles un trato «galáctico». En cambio, si la tienda de la esquina se limita a vender libros, entonces desaparecerá. No podrá competir en precio, ni en stock, ni en servicios. Así que no lo olvides, la singularidad se combate siendo «singular». Ya lo dice Guy Kawasaki: «Al final, o eres diferente… o eres barato». En este caso es un poco más dramático: o eres diferente… o correrás un serio riesgo de desaparecer víctima de la automatización.

El gato de Schrödinger acude en tu ayuda

Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física en 1933, imaginó un experimento cuántico con un gato. El experimento imaginado consistía en meter al gato en una caja cerrada, junto con un frasco de gas tóxico, un trozo de uranio y un contador de Geiger, instrumento que permite medir la radiactividad de un objeto o lugar, amarrado este a un martillo suspendido encima del frasco de gas. Durante el experimento, el uranio radiactivo podría emitir una partícula (o no). Si la partícula es liberada, el contador Geiger la detectará y enviará una señal a un mecanismo que controla el martillo, que golpeará el frasco y liberará el gas matando al gato. Si la partícula no es liberada, el gato vivirá.

Schrödinger se preguntó: «¿Qué podría saberse del gato antes de abrir la caja?». Si no existiera la mecánica cuántica, la respuesta sería simple: «El gato estaría vivo, o muerto, dependiendo de si la partícula fue o no detectada por el contador Geiger». Pero en el mundo cuántico las cosas no son tan simples. La partícula y el gato forman ahora un sistema cuántico que consiste en todos los resultados posibles del experimento. Un resultado incluye un gato muerto y otro uno vivo. Ninguno se vuelve real hasta que alguien abre la caja y mira adentro. La partícula radiactiva, el gato y el observador (nosotros al abrir la caja) interactúan cuánticamente formando un todo, y, como resultado de esa interacción, el gato vive o muere.

¿Por qué te cuento esto? Porque el futuro, como el gato de Schrödinger, también cambia por el simple hecho de que lo observamos. Cuando imaginamos el futuro inevitablemente lo cambiamos, porque nuestra actitud y nuestras acciones como respuesta a lo que pensamos que ocurrirá también cambian. Por ejemplo, el X % de las empresas puede que incrementen sus presupuestos en «Y» (cualquier macrotendencia, véase IA, BlockChain, Robotics, etc.), porque: a) les hace falta, b) creen que les hace falta o c) alguien (cualquier fuente de analistas) les ha dicho que les hace falta. Y las acciones, como respuesta a esa creencia, real o infundada, cambian lo que sucederá.

Por si esta incertidumbre no fuera suficiente, hay que sumar que nuestro «simulador de experiencias», que es una ventaja evolutiva que debemos al desarrollo del neocórtex y que ninguno de nuestros antepasados y ningún otro animal puede hacer igual a nosotros, ¡falla en determinadas circunstancias! Dan Gilbert, en su charla TED sobre «la sorprendente ciencia de la felicidad», nos muestra algunos ejemplos sobre el denominado «sesgo de impacto». Por ejemplo, si tienes que elegir entre ganar la lotería y quedarte parapléjico, lo normal es que elijas ganar la lotería, pero la experiencia muestra que un año más tarde, en ambas circunstancias, serás igual de feliz que antes. En definitiva, ni sabemos qué va a pasar, ni cómo nos sentiremos cuando pase, ni será tan traumático como imaginamos. Así que no te preocupes tanto y… ¡prepárate para estar preparado!

No pelees en su terreno favorito

Hay dos tipos de terreno donde las máquinas se sienten como en casa. Los que se modelan con secuencias lógicas, árboles de decisión y heurísticas, y en aquellos en los que se puedan aplicar mecanismos de inferencia estadística. Empecemos con un ejemplo del primero: si vas a tu trabajo y lo que haces todos los días es ejecutar un listado de actividades, y para cada actividad sigues una serie de pasos predefinidos, entonces, tu trabajo acabará siendo automatizado por una máquina. Ni siquiera hará falta una inteligencia artificial. Un robot software hará tu trabajo sin cansarse, sin equivocarse, sin dormir, sin vacaciones y sin cobrar. Suena duro, pero, en este caso, la culpa no la tiene el robot. Es un trabajo que no debería estar haciendo un ser humano.

Es triste, pero muchos trabajos solo existen porque hacemos sistemas defectuosos y necesitamos personas que cubran ese vacío. Y lo malo no es que este trabajo desaparezca. Lo malo es que la repetición es la causa principal de que nuestros cerebros se contraigan y pierdan plasticidad para aprender y adaptarse. Ejecutar una tarea mecánica durante ocho horas al día no es el trabajo más edificante que uno pudiera desear. Por lo que las soluciones de automatización, mirándolo en positivo, liberarán al ser humano de hacer trabajos intelectualmente mutilantes. Ahora veamos un ejemplo del segundo tipo de «terreno favorito de la máquina»: el de los problemas resolubles por inferencia estadística.

Imagina que eres un abogado especializado en poner a la venta carteras de activos inmobiliarios. La mayor parte de tu trabajo es mecánico, abres cientos de documentos cada día para saber qué son y qué información explícita contienen. Un buen día se te acerca una empresa que es capaz de clasificar los documentos de forma automática y de extraer, de cada documento y con un alto grado de precisión, la información que necesitas para valorar un activo. Esto no debería importarte, una máquina lo está haciendo para ti y lo hace bien. Preocúpate solo si te preocupa. En consecuencia, te diría que entrenes tu pensamiento crítico. Huye de territorios que se parezcan a una cadena de producción o donde se procesen datos masivos. Si te comportas como una máquina, más pronto que tarde, lo que haces lo hará una máquina.

El corazón es la última frontera

El corazón no es solo la última frontera, también es el último territorio del ser humano. Cada vez que tengo ocasión, aprovecho para hablar del pequeño cerebro del corazón, descubierto en 1991 por J. Andrew Armour. Este pequeño cerebro está formado por 40 000 neuronas y, según algunos investigadores, puede tomar decisiones, pasar a la acción independientemente del cerebro de la cabeza, aprender, recordar e incluso percibir. Es el único órgano del cuerpo que envía más información al cerebro de la que recibe y, a través del ritmo cardiaco y sus variaciones, envía mensajes al cerebro y al resto del cuerpo.

Sobre el cerebro de la cabeza, si pudiéramos observar con un microscopio el comportamiento de los millones de reconocedores de patrones, ver cómo la activación de unos inhibe o excita la activación de otros en modo jerárquico y cómo responden con impulsos eléctricos en respuesta a estímulos externos o internos, temblaría el concepto que tenemos de libre albedrío. Lo llamamos «libre albedrío» porque la complejidad y diversidad de estímulos y la infinita madeja de conexiones nerviosas impiden (de momento) predecir el resultado, pero no somos muy diferentes a una complejísima y sofisticada máquina casual. Eventos que disparan eventos, de los que solo tenemos acceso a la superficie.

Me gusta pensar que el corazón es la libertad última, porque el ser humano es capaz de comportarse de manera «irracional» justamente por eso, porque en determinadas circunstancias otro cerebro toma el control. Pero no solo es una cuestión de toma de decisiones; también es una cuestión magnética. El campo electromagnético del corazón es el más potente de todos los órganos del cuerpo, cinco mil veces más intenso que el del cerebro, que se extiende alrededor del cuerpo entre dos y cuatro metros. Es decir, todos los que nos rodean reciben información de nuestro corazón. Literalmente podemos sentir el corazón de otras personas. ¿Por qué crees que disfrutamos más de un concierto, partido o espectáculo en directo? ¡Porque latimos con otras personas! Latimos juntos. Y eso una máquina no lo puede imitar. No todavía.

El latido es nuestro grito de guerra. Por eso, en algún momento, tenemos que regresar a él y entender que es nuestra ventaja competitiva frente a la máquina. Aunque nadie nos haya enseñado a utilizar el cerebro del corazón, sí que tenemos un conocimiento intuitivo de cuando el corazón toma el control a través de la manifestación de alguna de sus cualidades: pasión, coraje, amor, compasión, etc. Por eso te recomiendo que ejercites el corazón buscando una relación de correspondencia: ejercita sus cualidades y trata de observar en ti mismo cuando el corazón toma el control.

Déjales que crucen el valle inquietante

Titulé este capítulo así, el «valle inquietante», en honor a una teoría formulada en 1970 por el experto en robótica Masahiro Mori, que afirma que «cuando las réplicas antropomórficas se acercan en exceso a la apariencia y comportamiento de un ser humano real, causan una respuesta de rechazo entre los observadores humanos». El dichoso valle es el descenso en positividad en la reacción, tras la curiosidad inicial, que experimentamos a medida que el robot se acerca a su apariencia humana. Para comprobar el estado del arte de la robótica, basta con pasarse por cualquier evento de transformación digital, ya que no eres nadie si en tu evento no hay un robot como presentador.

En el último evento en el que estuve, el robot se perdió al entrar al escenario y no fue capaz de salir de detrás del atril. Tuvo que acudir una presentadora de carne y hueso en su auxilio. Y esto tiene que ver con la paradoja de Moravec, que afirma que «comparativamente es fácil conseguir que las computadoras muestren capacidades similares a las de un humano adulto en test de inteligencia, y difícil o imposible lograr que posean las habilidades perceptivas y motrices de un bebé». Del mismo modo que te recomendaba que te alejaras del terreno de la máquina, las habilidades perceptivas y motrices son, todavía, un terreno muy humano.

En cualquier caso, más que un futuro de humanoides, yo preveo, en el corto plazo, un futuro de algoritmos y datos, de máquinas sin cara ni ojos operando detrás de cada movimiento que hacemos. En el medio plazo, pienso que iremos hacia implantes o extensiones que aumenten nuestras capacidades, ya sea de forma invasiva o no invasiva. Este aumento de capacidades puede ir desde las posibilidades de leer nuestra mente en unas décadas, como afirma Rafael Yuste, el prestigioso neurobiólogo español ideólogo del proyecto BRAIN, al uso de lentillas inteligentes que nos muestren una realidad alternativa.

El ser humano lleva aumentándose toda su historia y el futuro no será una excepción, solo que no será solo una aumentación física como venía siendo hasta ahora, sino también cognitiva, y no responderá solamente a cuestiones patológicas, sino también de mejoras de la especie. Mi recomendación es no ponerse en plan «ludita», como los artesanos ingleses del siglo xix que comenzaron una guerra contra las máquinas que amenazaban con destruir su empleo, sino optar por ser parte de esta gran aventura y abrazar la inquietud. Estamos viviendo una de las épocas más interesantes de la historia de la humanidad, un auténtico paraíso para cualquier persona con curiosidad.

Explota tu polimatía

Por si no estás familiarizado con el término, la polimatía es la capacidad de alcanzar la excelencia en dos o más áreas de conocimiento. La primera persona que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de polimatía es Leonardo Da Vinci, el arquetipo de polímata, un hombre del Renacimiento que dominaba diferentes áreas del saber en las ciencias y las artes. La mayoría de los filósofos de la antigüedad eran polímatas de hecho. Aristóteles, Pitágoras… Si no sabes si son matemáticos, astrónomos, físicos, políticos, inventores, músicos, historiadores o retóricos… ya sabes, ¡son polímatas!

En este capítulo daremos un paso más y trataremos de dar respuesta a dos interrogantes: por qué dominar varias disciplinas es clave para innovar (y cómo nos diferenciará de las máquinas), y por qué lo anterior nos lleva a pensar que los polímatas serán los profesionales más demandados en la nueva era digital. Para llegar hasta ahí necesitaremos aclarar algunos puntos previos, como qué es la creatividad y si las máquinas tienen (o tendrán) capacidad para desarrollarla.

Si me conoces, sabes que la creatividad es una de mis grandes pasiones. Suelo definirla como la capacidad de dirigir el pensamiento en múltiples direcciones mediante la manipulación o combinación de símbolos. El pensamiento simbólico, que articulamos a través del lenguaje, aunque no exclusivamente a través del lenguaje, es nuestra principal herramienta para construir un mundo nuevo a partir de los símbolos del viejo, que son combinados de una manera diferente. De ahí la importancia del conocimiento, la diversidad, la memoria (para atesorar símbolos) y, por tanto, la polimatía.

¿Podrán las máquinas ser creativas? ¡Malas noticias! Las máquinas ya son creativas y, cada día, lo serán más. Hoy en día (no es ciencia ficción), las máquinas pueden componer canciones, pintar cuadros como Rembrandt, escribir poesía, crear campañas publicitarias, redactar noticias, o incluso ¡inventar historias!, competencias que parecían restringidas al genio humano. La buena noticia para nuestra sostenibilidad profesional en el corto plazo es que todavía las inteligencias artificiales son «débiles».

¿Qué significa que una inteligencia sea débil o fuerte? La diferencia entre una inteligencia artificial débil y una fuerte es que la débil se centra en una única tarea y está orientada a resolver el problema concreto para el que ha sido diseñada, mientras que la fuerte puede ejecutar acciones generales inteligentes, propias del ser humano, como resolver problemas abiertos, ser flexible y aprender nuevas tareas para la que no ha sido diseñada. Y bien, ¿entonces cómo compito con «las débiles» y de qué me sirve la polimatía?

Te lo cuento con una anécdota personal. La primera tesis que abandoné era una intersección entre la inteligencia artificial y la filosofía. Mi director de tesis me dio un consejo de zorro intrépido. Me dijo: «Si en el tribunal te hacen pasar apuros con temas de inteligencia artificial, te los llevas a la filosofía, y si te arrinconan en la filosofía, ¡les hablas de inteligencia artificial!». ¡Eso justo es lo que necesitamos para diferenciarnos de una inteligencia artificial débil!

Ese es nuestro superpoder de momento. La capacidad de dominar ámbitos distintos entre los que podemos establecer conexiones de valor. Por eso la polimatía es una ventaja competitiva del ser humano como especie sobre las inteligencias artificiales débiles, porque nos permite saltar con nuestro pensamiento de un dominio a otro y traer elementos que enriquezcan nuestra aproximación versus la de un enfoque monolítico. Piensa en tus habilidades. Piensa en qué eres bueno. Piensa qué te hubiese gustado estudiar o poner en práctica. Indaga un poco en ti mismo y empieza a despertar el polímata que llevas dentro.

Conviértete en un centauro

Empecemos con un ejemplo, el del «ajedrez centauro». Casi todo el mundo sabe que, en 1997, la supremacía en el dominio del ajedrez dio un giro cuántico. Deep Blue, el supercomputador creado por IBM, había derrotado a Garry Kasparov. Lo que menos gente sabe es que los campeonatos de ajedrez evolucionaron hacia otro tipo de competiciones, las freestyle, en las que participan equipos mixtos, compuestos por humanos y máquinas, que compiten contra equipos formados por humanos, máquinas o humanos y máquinas. A estos equipos mixtos se les llama «equipos centauro», por la criatura mitológica con cabeza, brazos y torso humano y con cuerpo y patas de caballo.

En una de estas competiciones ocurrió algo inesperado. Una pareja de jugadores amateurs, con tres ordenadores normales, no solo derrotó a Hydra, el Kasparov de los ordenadores, sino también a grandes maestros del ajedrez que se ayudaban a su vez de ordenadores. Lo que se mostró es que ganaba el equipo humano que mejor coordinara la información que les proporcionaban las máquinas y que, a su vez, mejor sintetizaba dicha información al servicio de su estrategia. Las máquinas dominaban la táctica y el ser humano se centraba en el pensamiento estratégico-intuitivo.

Las máquinas y los humanos tenemos fortalezas y debilidades opuestas y a su vez complementarias. El centauro no deja de ser la combinación de dos cuerpos, donde cada uno aporta una ventaja competitiva, y, del mismo modo que sucedía con el corazón, a menudo se nos olvida algo básico: obviamos que tenemos un cuerpo y que el conocimiento es inseparable del cuerpo. De ahí la paradoja de Moravec que veíamos en el capítulo del valle inquietante. Resulta más sencillo crear una máquina que sustituya o mejore nuestra capacidad de abstracción que imitar las habilidades perceptivas y motrices más básicas de un bebé. Esto ocurre por una sencilla razón, tenemos un cuerpo con decenas de miles de años de evolución sensorio-motriz que las máquinas no tienen.

Si pensamos que nos va a tocar ser una parte del centauro, un consejo: mejor ocupar la cabeza que el trasero. Y si nos diferenciamos de la máquina por nuestro conocimiento intuitivo y nuestra visión estratégica, ¿a qué esperamos para ejercitarlo? La realidad nos muestra lo contrario, seguimos insistiendo en ser culo. Según un análisis de Accenture que recoge Sylvester Kazmarek en Washington Business Journal, tan solo un 10 % del tiempo de un gerente se emplea en pensar y desarrollar estrategias de futuro. Preferimos seguir compitiendo en el terreno de la máquina. Por eso es vital empezar a trabajar en las tres habilidades principales que recomienda el Foro Económico Mundial en su análisis sobre el futuro del trabajo para la década 2020: gestión de la complejidad, pensamiento crítico y creatividad.

Mantén vivo tu Ikigai

En un lugar remoto situado al norte de Okinawa, Francesc Miralles y Héctor García nos relatan en su libro Ikigai: Los secretos de Japón para una vida larga y feliz cómo el «simple» hecho de contar con una razón para levantarse cada mañana se había convertido en un indicador clave de longevidad para todos los habitantes de aquella aldea, con el mayor índice de longevidad del mundo. Si vamos a la etimología de la palabra «Ikigai» encontramos que se compone a su vez de dos palabras, «iki», que se refiere a la vida, y «gai», que significa ‘la realización de lo que uno espera y desea’. Suele representarse en un diagrama como la intersección entre cuatro círculos, el mágico lugar donde convergen pasión, misión, profesión y vocación.

¿Por qué te cuento esto? Porque las máquinas no tienen ikigai. Fueron diseñadas para solucionar un problema concreto y, como veíamos en el capítulo de la polimatía, la mayoría de ellas cuenta con inteligencias artificiales débiles. Serán fabulosas resolviendo un problema específico, pero sin pasión ni sensación de autopropósito, porque para ello requerirían del desarrollo de una consciencia que se desdoblara sobre sí misma y se reconociera actuando en un mundo. ¿Tendrán sensación de propósito alguna vez? ¿Serán las máquinas capaces de desarrollar autoconsciencia? Asumiremos que estamos muy lejos, al menos a un par de décadas de distancia, de aspirar a desarrollar consciencia en las máquinas.

Cuando llegué a Madrid a buscar trabajo, una de las primeras cosas que hice fue matricularme en Filosofía. Tenía veinticuatro años, un trabajo precario y mucho tiempo para leer. Al acabar el primer curso, hice un viaje a Atenas y a la península del Peloponeso. Recuerdo la emoción de llegar a las ruinas del templo de Apolo en Delfos, donde residía el famoso oráculo, y sobre cuya puerta, en la antigüedad, rezaba la inscripción «Conócete a ti mismo». Al viajar sin compañía, con algún libro y mis pelotas de malabares, no tenía más remedio que tomar muchos cafés-desayunos y cenas conmigo mismo, y eso siempre es un ejercicio saludable de autoconocimiento que deberíamos ejercitar.

El ikigai es sobre todo eso, un proceso de indagación, de «conocerse a uno mismo», como rezaba el oráculo, que no siempre sucede y a cuyo descubrimiento podemos llegar de forma súbita o gradual. Es descubrir algo a lo que merezca la pena dedicarle toda tu vida. Y el efecto que tiene el ikigai sobre las personas no se traduce solo en una cuestión de longevidad: el pack incluye también todas aquellas ventajas derivadas de vivir felices y plenos. Para diferenciarnos de las máquinas en el futuro del trabajo necesitamos trabajar desde nuestro ikigai, desde una «motivación aumentada» que solo un ser humano puede poner en marcha.

Siempre te quedará Marte

Que internet es la nueva imprenta ya se ha repetido hasta la saciedad. Me aburre hasta escribirlo, pero no puedo dejar de hacerlo porque las implicaciones son inmensas: tenemos la capacidad de crear sobre hombros de gigantes. Esto es algo que escribía Isaac Newton en una carta a Robert Hooke en alusión a las aportaciones a su conocimiento de los logros de sus predecesores (Copérnico, Galileo, Kepler, etc.). Newton decía exactamente: «Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes»; y esta afirmación es hoy más cierta que nunca.

En cuanto a los descubrimientos, tenemos la suerte de estar viviendo una nueva «carrera espacial». Hoy, a EE. UU. y Rusia se les han sumado al menos China, India y Japón. La conquista del espacio es la fiebre del oro del siglo xxi. EE. UU. quiere mandar de nuevo astronautas a la luna, China ha puesto sus ojos en Marte, ¡incluso España ha colaborado en una misión a Mercurio! Pero no solo es cuestión de países, algunos gigantes tecnológicos (tan grandes como estados), con sus líderes visionarios al frente, están impulsando ambiciosos proyectos espaciales.

Jeff Bezos quiere convertir nuestro planeta en un inmenso jardín y crear una nueva civilización en el espacio, Richard Branson quiere poner turistas en órbita y Elon Musk, además de estar obsesionado con «terrificar Marte», puede presumir de liderar la primera compañía privada (SpaceX) en lanzar un cohete al espacio, el BFR. Para cualquier persona con un mínimo de curiosidad será muy estimulante disfrutar del inicio de la conquista del espacio que nos espera en este siglo. Pero no solo es cuestión de curiosidad, también lo es de supervivencia. Si observamos el comportamiento de la especie humana con un poco de distancia, es fácil establecer una serie de paralelismos con respecto al cáncer.

La especie humana:

  • No contribuye a ninguna de las funciones del cuerpo anfitrión (nuestro planeta).
  • Paulatinamente se apropia de los nutrientes del cuerpo anfitrión para su crecimiento y reproducción.
  • No es eficazmente reconocido por el sistema inmunitario.
  • Posee la capacidad de transferir su crecimiento agresivo a otras zonas del cuerpo anfitrión (metástasis).
  • Finalmente, destruye al anfitrión (¡esperemos que no!).

Nos tenemos cariño como especie, pero somos una pequeña plaga, y nuestra relación con la tecnología, desde que agarramos una piedra hasta ahora, ha marcado la tendencia exponencial de nuestra evolución. Debemos preparar a nuestra especie para saltar hacia otros cuerpos anfitriones. Como dice Michio Kaku, el famoso físico teórico especialista en la teoría de campo de cuerdas, «los dinosaurios se extinguieron porque no tenían programa espacial». Necesitamos un plan B con cierta urgencia. Y a la par que esta situación acarreará retos gigantes, también creará empleo, ya sea para cuidar y aumentar al ser humano, cuidar nuestro planeta o conquistar el espacio.

Entrena tu pensamiento exponencial

Una vez asumes que la tecnología vuela, lo primero es darse cuenta de que no se trata solo de que la tecnología vuela. No es solo que dentro de cinco años vayas a tener un móvil más potente en tu bolsillo. La tecnología influye en todos los sectores de la sociedad y ejerce un rol clave en el desarrollo de la inteligencia artificial, la biotecnología, la nanotecnología y la robótica. Este patrón de crecimiento que se da en los circuitos integrados, Kurzweil, el gurú de la Singularidad, lo extiende a la tecnología en general y lo llama Ley de Rendimientos Acelerados, con patrones de crecimiento x2 que se remontan hasta 1900.

Puedes pensar que, si viene pasando desde 1900 y fuimos capaces de sobrevivir y adaptarnos a ese crecimiento exponencial durante el siglo xx, ¿por qué no seríamos capaces de hacerlo del mismo modo en este siglo? Pues muy simple, porque la curva se acentúa. En unas décadas podríamos no ser capaces de asimilarlo sin tomar alguna medida drástica: o contener el avance de la tecnología o fusionarnos con ella. Si asumes que tu vida va a cambiar de forma significativa y vertiginosa en este siglo, la siguiente pregunta es: ¿de qué me sirve a mí?, ¿qué puedo hacer yo para adecuarme a esa velocidad?

Lo más interesante que he encontrado en este sentido es el trabajo de Salim Ismail, de Singular University, en su libro Organizaciones Exponenciales. Se considera que una organización es exponencial cuando su impacto es desproporcionadamente grande, al menos diez veces superior al compararla con otras empresas de su sector. Si quieres profundizar te recomiendo que leas su libro, merece la pena. Aquí solo me gustaría compartir las que son mis características favoritas de una organización exponencial.

La primera, que no está entre las diez anteriores, es lo que denominan Propósito de Transformación Masiva (PTM). Las organizaciones exponenciales tienen una misión milagrosa que declaran con absoluta sinceridad, ya sea transformar un sector, una industria o un trozo del mundo. Este PTM es su poder de atracción, el eje de su comunidad, tribu y cultura, y su imán para atraer al mejor talento del mundo. La segunda consiste en hacer un uso extensivo de recursos que no son de su propiedad. Esto aplica a activos físicos, humanos o sistemas. El crecimiento de Airbnb o Uber es factible porque su capacidad para escalar no depende de recursos propios, consiguen escalar gracias a nuestras casas y a nuestros coches.

¿Cómo es factible lograr esto? Pues porque, además de tener una gran PTM y usar activos que no son suyos, las organizaciones exponenciales se apalancan en la tercera de mis características favoritas: la información como mayor activo. Convierten datos en información, información en conocimiento, conocimiento en visión, visión en sabiduría y sabiduría en impacto. Así que debemos empezar a asumir que contamos al menos con una variable en nuestras vidas, la tecnológica, que se comporta de forma exponencial. Empieza por convertir esa sensación de velocidad en algo familiar. ¡Prepárate para la conquista del oeste digital!

Se acerca el invierno

No sé si la inteligencia artificial atravesará un nuevo invierno, pero hará frío. Es posible que disfrute una primavera exponencial, en la que florezca un paradigma tras otro, desde la Ley de Moore a la computación cuántica, y, desde ahí, hacia nuevos paradigmas que ahora no alcanzamos a imaginar. ¿Y por qué te digo entonces que hará frío? Pues porque a cada momento de explosión le suele seguir un momento de decepción por las sobreexpectativas generadas.

Ahora nos encontramos en un pico de inflación, inmersos en una burbuja, pero la promesa de la inteligencia artificial es real, lo cambiará todo, y nos hará enfrentarnos al mayor reto como especie de la historia de la humanidad. Eso sí, la gran diferencia es que los cambios no se producirán a la velocidad que nos dicen los gurús por una sencilla razón: por muy exponenciales que sean las tecnologías, su expansión y adopción está en manos del ser humano. Cambiar procesos, instituciones y personas es mucho más complicado que entrenar algoritmos.

En el capítulo dedicado al gato de Schrödinger hacíamos referencia al «sesgo de impacto». Aquí se da un sesgo parecido, lo llamaremos para entendernos «sesgo del futuro ingenuo». Pensamos que las cosas van a ocurrir más rápido porque se nos olvida que hay seres humanos al mando, y no consideramos el principio básico y universal de acción-reacción, la tendencia al equilibrio de fuerzas en contraposición. Cualquiera que haya participado en un proceso de gestión del cambio sabe que, aunque el cambio parezca trivial, nunca lo es si implica que seres humanos cambien algo, ya sea valores, actitudes o competencias.

El «tiempo humano» es lento. Solo que, hasta ahora, solo nos habíamos comparado con especies más lentas que nosotros, como las plantas. Así que tranquilo, por muy transgresores y distópicos que sean los futuros a los que nos enfrentemos y de los que hemos hablado en este libro, ¡que estén en manos humanas es una garantía de retraso! Por si acaso, ¡no te confíes y vete preparando! Las competencias de gestión del cambio y los profesionales que las ejerciten serán cada día más apreciados en el mercado laboral. ¡Conviértete en uno de ellos!

Conviértete a la religión del futuro

He leído a algunos autores, desde Harari a Cordeiro, que afirman que las religiones surgen con el único propósito de explicar la muerte; que cuando esta sea vencida, dejarán de tener sentido. No estoy (para nada) de acuerdo. Pienso que, aunque consigamos extender la vida hasta límites insospechables, esto no supondrá la extinción del sentimiento religioso, sino más bien todo lo contrario. Ya sé que suena contraintuitivo, pero, como he dicho algunas veces, la culminación de la inteligencia artificial será la creación de un estado de la mente de profunda comprensión intercasual, donde cada cosa es causa y efecto de todo lo demás, una especie de «Buddha artificial». Porque la buddheidad es precisamente eso, un estado de la mente.

Pienso que, en un futuro cercano, las máquinas nos permitirán penetrar en relaciones intercausales cada vez más complejas, a las que ahora no llegamos con nuestra capacidad de abstracción. Esto nos llevará a entender cómo cada elemento del cosmos está íntimamente entrelazado con todos los demás, lo que nos conducirá a una nueva forma de ética y de espiritualidad. Esa es la gran paradoja y nuestro último ingrediente del antídoto. Sin pretenderlo, estamos creando nuevas formas de inteligencia que, lejos de alejarnos de «Dios», nos acercarán a él. La espiritualidad no es anacrónica. La espiritualidad es muy moderna.

El sentimiento religioso está cargado de futuro porque está muy conectado con la mayoría de las cualidades del corazón, por eso creo que lo verdaderamente «progre» es ser religioso. Y te preguntarás cómo llevo el pensamiento interdependiente a mi vida. Muy sencillo. Solo tienes que interiorizar que eres luz, una perla brillando como si se tratara de una estrella de gran magnitud. No es solo una metáfora. Si prestas atención, podrás ver el reflejo de tu luz en otras personas. A lo mejor al principio es una luz tenue, pero, a medida que aumente tu nivel de consciencia en tu relación con los demás y dejes que tu corazón se transforme en un pequeño sol, tus relaciones se transformarán. No creo que haya nada más hermoso en la vida que tratar de aportar algo de luz a los demás.

Conclusión

Existen muchas posibles configuraciones del campo de batalla en nuestro particular arte de la guerra «humanos vs. máquinas». Imagínate un tablero vacío. ¿Dónde colocarías a cada característica y por qué? Aquí va una posible configuración. Yo pondría la inteligencia del corazón en el centro de la retaguardia y la flanquearía con dos cualidades de «búsqueda», la de sentido a través del ikigai, y la de la propia singularidad, que en definitiva está muy unida al ikigai. Estas tres características representan tu esencia. Empezaría jugando con ellas.

En la línea frontal de defensa colocaría dos características formando una barrera protectora, dos de tiempo, el valle inquietante y el invierno, una de incertidumbre (el famoso gato) y otra de pensamiento crítico (el territorio). Estas cualidades te garantizan oxígeno, conseguirán que las máquinas se aproximen mucho más lento y te permitirán distinguir mejor su posible impacto. Pero ¡no te confíes! Por si acaso, detrás de ellas, colocaría, como avanzadilla de ataque, cinco tipos de pensamiento.

El pensamiento polímata (intersecciones y creatividad en las fronteras entre disciplinas), el centauro (pensamiento híbrido humano-máquina), el exponencial (hackeando el pensamiento lineal), el espacial (pensando que en unas décadas la Tierra se nos quedará pequeña) y el interdependiente (pensando en causas y efectos). Si comienzas a desarrollar esos cinco estilos de pensamiento, unidos al pensamiento crítico, manejarás seis técnicas de combate demoledoras y ¡serás prácticamente invencible!

Como te decía al principio del libro, no sé si estas cartas son las mejores o no, pero sí que son las mejores que he sabido encontrar, y son con las que yo voy a jugar mi partida en la próxima década. Espero que a los dos nos haga efecto el mismo antídoto. ¡Te deseo toda la suerte del mundo y el mejor de los futuros!

Fin del resumen

Biografía del autor

Carlos Rebate

Carlos Rebate es ingeniero en Informática, DEA en Filosofía, DEA en Inteligencia Artificial y PDD por IESE Business School. Combina su formación científica con la pasión por la filosofía oriental. Actualmente es responsable de operaciones en la red de Sw Labs de Indra. En paralelo, desarrolla de manera activa su labor como conferenciante en diferentes universidades y escuelas de negocio. Sus conferencias siempre destacan por su originalidad y carácter personal.

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Ficha técnica

Editorial: Empresa Activa

ISBN: 9788416997213

Temáticas: Internet y nuevas tecnologías Innovación, desarrollo y cambio

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