Trabajar sin sufrir
Resumen del libro

Trabajar sin sufrir

por María Jesús Álava Reyes

Cómo solucionar conflictos con una empresa, jefe o compañero que nos esté amargando la vida

Introducción

 

Si cuenta las horas en que está usted despierto durante el día y suma cuántas de ellas dedica al trabajo y a las actividades relacionadas con él (como el transporte que utiliza, las reuniones extra o los encuentros profesionales), seguramente comprobará que, como muchas otras personas, dedica usted unas dos terceras partes de su tiempo a trabajar. Por lo tanto, si su trabajo es para usted una agonía o si sus relaciones con la empresa, con el jefe o con los compañeros lo atormentan y martirizan, no sería descabellado pensar que la balanza de su vida se inclina hacia el sufrimiento.
Numerosas personas acuden al consultorio de la doctora Álava porque esa situación las ha desbordado. En general, llegan con la idea fija de que van a dejar su trabajo, y buscan legitimar esa decisión ante sus familiares y ante sí mismos utilizando la consulta psicológica como una coartada para justificar sus propósitos. En ese impulso, movidos por la pasión y la desesperanza, olvidan que el valor de un trabajador en el mercado laboral disminuye inmediatamente al encontrarse desempleado.
Sin embargo, cuando estas personas ahondan un poco en sus circunstancias y hacen una observación detallada e imparcial de lo que les sucede, perciben que la causa de sus padecimientos no está en lo que les sucede, en el trato que reciben de los otros ni en las tremendas injusticias de las que se dicen víctimas, sino en la percepción subjetiva que ellos tienen de esos hechos.
Al hacer un registro de sus pensamientos diarios, se sorprenden al ver la contundencia y la frecuencia con que se atacan a sí mismos. Pero quizás se sorprenden más al comprender que los pensamientos son anteriores a la emoción, así que lo que define que ellos se sientan bien o mal no radica en lo que les sucede, sino en la forma en que perciben lo que creen que les sucede.
A continuación se recogen varios testimonios de hombres y mujeres que se creían desbordados por situaciones catastróficas derivadas de su trabajo y la forma en que se enfrentaron a cada situación mediante la inteligencia emocional. Este conjunto de evidencias prácticas corroboran que toda situación difícil es superable y que, al resolverla, no sólo se disipa el malestar inmediato, sino que se adquieren las herramientas para disfrutar el trabajo y tener una vida satisfactoria.

ANUNCIOS

Cuando el jefe es el enemigo

Seguro que también usted ha padecido un mal jefe en algún momento de su vida profesional. No es de extrañar que así sea porque, si lo piensa un poco, las personas que ocupan cargos de dirección pueden tener una excelente formación en cuestiones económicas o administrativas, pero rara vez habrán recibido algún tipo de enseñanza sobre cómo tratar con las personas a su cargo. Eso explica la frecuencia con que encontramos jefes en distintos ámbitos profesionales que no resaltan precisamente por su trato amable y respetuoso con los demás.
Una persona arbitraria y mezquina es capaz de humillar profundamente a sus subalternos, puede inducirlos a cometer errores, debilitarlos, desprestigiarlos y, en términos generales, puede llegar a arruinar sus vidas por completo. Para quienes no encuentran la forma de saber sobrellevarlo, un mal jefe puede constituir una pesadilla que va mucho más allá de los muros de la empresa. Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos innumerables testimonios que dan cuenta del alcance insospechado de esta influencia negativa en la vida de las personas.
Pero no todos caen. Aquellos que han logrado un alto nivel de equilibrio emocional y son capaces de tomar distancia, pueden poner una pared entre los comportamientos despóticos de sus jefes y sus propias emociones, lo cual les permite salir ilesos de una relación potencialmente fatal. Y si bien el hecho de tener un jefe detestable nunca dejará de ser una incomodidad, por lo menos podrán seguir con su trabajo y con su vida sin que esto les signifique una hecatombe. A fin de cuentas, existe el consuelo de que los jefes jamás son para siempre.
Alejandro era un trabajador encomiable, cuya perseverancia y temple le habían procurado una brillante experiencia en su rama y, gracias a sus habilidades personales, lograba sobresalir en el trabajo, a pesar de no haber estudiado una carrera universitaria. Consciente de su valía, un antiguo jefe que había pasado a ocupar un alto cargo en otra empresa lo invitó a trabajar en ella.
Alejandro aceptó gustoso el empleo, que además de resultarle atractivo le significaba un incremento salarial considerable, y se incorporó a la nueva empresa encontrando que su superior directo no sería su anterior jefe, sino un supervisor que se ubicaría entre ambos. Y ahí empezaron los problemas que llevaron a Alejandro a la desesperación absoluta, a plantearse la opción de renunciar y a buscar alguna asesoría profesional que le procurase algún tipo de orientación.
Desde su incorporación, aquel supervisor no dejaba de hacerle la vida imposible, desvalorizando su trabajo, desprestigiándolo ante los demás y menospreciándolo en el trato personal. Alejandro había optado por acudir al directivo que lo había traído a la compañía, pero éste le pidió paciencia, le explicó que el supervisor llevaba varios años en ese puesto y que él no podía sustituirlo con el argumento de que se llevaba mal con un empleado propuesto por él mismo.
Cuando llegó a su primera consulta psicológica, Alejandro era sólo un mar de quejas. Consciente de que mi paciente no parecía interesado en reaccionar, y que dirigía todos sus esfuerzos a que yo reconociera la imposibilidad de sentirse bien con un jefe así, me centré en hacerle reflexionar. Así fue como le pedí que rellenara unos registros de conducta en donde él mismo pudiera apreciar la situación con mayor objetividad. Estos eran los datos que le pedí que anotara:
  • Día/Hora
  • Situación. ¿Dónde estás? ¿Con quiénes? ¿Qué haces?
  • Conducta problema. ¿Qué hace o dice tu jefe? (literalmente)
  • Respuestas. Literalmente, ¿qué dices o haces tú y el resto de los presentes?
  • ¿Qué estas pensando tú en estos momentos?
Al ir anotando estos datos, Alejandro consiguió darse cuenta de que siempre que se sentía mal, existía un pensamiento suyo previo que iniciaba el malestar; es decir, que su propia interpretación subjetiva de la realidad determinaba su estado de ánimo. En muchas de las ocasiones en las que él se sentía derrotado, la causa no era algo que el jefe hubiera hecho, sino algo que éste había dejado de decir o de hacer.
El dato de que distintas personas experimenten de forma diversa la relación con un mismo jefe que los trata de forma inadecuada (mientras unos se sienten desgraciados, otros están indignados, enfadados o simplemente indiferentes) corrobora que la apreciación de las acciones y de los mensajes emitidos por el jefe es una experiencia totalmente subjetiva.
Así, la estrategia que inició Alejandro para arrebatarle a su jefe el poder de dirigir su estado de ánimo consistió en identificar cada uno de sus pensamientos negativos (por ejemplo, “mi jefe no aprecia mi trabajo”) y sustituirlo por uno positivo, como “yo sé que el trabajo está bien hecho y si él no lo reconoce como tal es porque no es capaz de hacerlo o porque se siente intimidado por mi competencia”. Trabajando sobre sus pensamientos, Alejandro fue transformando sus emociones, restándole importancia a su jefe, recobrando la confianza en sí mismo y volviendo a disfrutar de su trabajo. No fue fruto de la casualidad que en el momento en que dejó de ver a su jefe como un enemigo, éste empezara a mostrarse más relajado y amistoso con él.

ANUNCIOS

Cuando los compañeros nos atormentan

Si bien es cierto que muy pocas veces tenemos la posibilidad de seleccionar a nuestros compañeros de trabajo, es con ellos con quienes pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, pues no sólo tenemos que compartir un espacio durante las jornadas laborales, sino que muchas veces este tipo de relaciones va más allá de la oficina y se extiende a las comidas, a los viajes y a diversos eventos y actividades extra-laborales. Así pues, el influjo de unos compañeros desleales puede ser nefasto y, además de amargarnos las horas de trabajo, llegar a destruir nuestro equilibrio emocional y afectar hasta los espacios más íntimos de nuestra vida.
Ana era una trabajadora entusiasta, que se había forjado a sí misma superando múltiples obstáculos y que, finalmente, tras arduos años de dedicación, estaba trabajando en lo que ella deseaba. Gracias a su motivación y a su encomiable tenacidad, Ana superaba las expectativas de sus jefes, realizando todas las tareas de forma ejemplar y haciendo incluso más de lo que ellos le exigían. Por desgracia, desde que comenzó en ese puesto tan esperado por ella se encontró con una dificultad inesperada: sus nuevos compañeros llevaban un ritmo de trabajo bastante sosegado; no les entusiasmaba en exceso el que una mujer más joven que ellos llegase con ímpetus de empleada estelar a cambiar las reglas del juego y a frustrar sus luchas contra la empresa para que les redujera las cargas laborales. Desde que se persuadieron de la actitud proactiva de Ana, sus colegas, liderados por el que ella identificó rápidamente como el “cabecilla”, levantaron en su contra un muro de rechazo e incomprensión.
Para Ana la situación no era justa y, así como no estaba dispuesta a dejarse vencer y sumirse en la mediocridad para complacer a sus compañeros, su resistencia emocional había alcanzado un punto límite: sentía que las personas que trabajaban con ella eran sus peores enemigos y que, incluso, estarían dispuestos a atentar contra su propia salud física. Por iniciativa y presión de su madre, Ana decidió iniciar una terapia psicológica, a la cual llegó devastada, con la autoestima y la seguridad en sí misma por los suelos y con la idea fija de que la única solución era renunciar a su trabajo.
Bajo situaciones de presión intensa, las personas tendemos a buscar un escape y huir. Los psicólogos saben que cuando alguien huye de una situación, aumenta la probabilidad de que en la siguiente ocasión en que se presente una dificultad semejante intente escapar nuevamente, y cuantas más veces se repita este proceso, más insegura e insatisfecha estará la persona. Así, el primer acuerdo que sellé con Ana en mi consulta fue que no renunciara a su trabajo o que, al menos, suspendiera durante un par de meses la decisión, hasta tanto recuperara su equilibrio emocional y pudiese sopesar las circunstancias de una forma más objetiva.
En efecto, en cuanto Ana comenzó a ser consciente de los síntomas de su malestar, a confrontar las ideas negativas que le venían a la cabeza de forma recurrente, a utilizar métodos de relajación para superar el miedo y la tensión y a adquirir técnicas de asertividad para comunicarse de forma hábil y eficaz, en fin, cuando Ana logró un desarrollo considerable de su inteligencia emocional, se halló en disposición de responder al “líder” de sus compañeros.
Así lo hizo tras un reclamo injusto y agresivo por parte de aquel, con un discurso contundente en el que le dejó claro quién era ella, cuáles eran sus intereses y por qué no estaba dispuesta a ceder en sus principios para complacerlo a él y sus amigos. Sus palabras concisas y su comunicación hábil y eficaz dejaron a su compañero totalmente descolocado y sin posibilidad de réplica alguna. A partir de ese momento, cada vez fue sintiéndose más segura y sus compañeros, que comprendieron que no podrían manipularla, comenzaron, por el contrario, a admirar su tenacidad y su fortaleza, mostrándose progresivamente más respetuosos con ella y poco a poco entablando una verdadera amistad.
El caso de Bárbara, una secretaria enérgica y eficaz que se ganaba el cariño de todos gracias a su buen carácter, ilustra una situación semejante. Tras una reestructuración en su oficina, las secretarias de todos los directivos de la organización fueron agrupadas en un espacio conjunto y allí Bárbara se topó con Carmen, una secretaria más antigua que ella pero menos competente, que desde el primer momento sintió una envidia incontrolable y comenzó a hacerle la vida imposible.
Con la complicidad de uno de los directivos -confabulado con ella-, Carmen se autoproclamó jefa de secretarias para explotar de forma sutil a Bárbara, delegándole las tareas menos apetecidas y apuntándose los méritos por todos sus trabajos. Así, por ejemplo, si Bárbara lograba establecer contacto con un alto cargo de la administración para que hablara con algún directivo de la empresa, Carmen la obligaba a pasarle la llamada para que ella, a su vez, la dirigiera al directivo y se llevara así el crédito por la gestión.
Ante esta situación, Bárbara llegó a perder el entusiasmo, se sentía seca y explotada y sucumbió en una crisis de ansiedad. Por eso, cuando inició su proceso terapéutico conmigo, la prioridad se centró en que comprendiese el funcionamiento psicológico que rige a las personas envidiosas, quienes no razonan ni reaccionan como las personas sanas y acuden continuamente a las mentiras y las insidias. Este conocimiento le permitiría trazar una estrategia inteligente para contrarrestar los atropellos de su compañera, atacando sus propias inseguridades y dejándola sin recursos para una siguiente réplica.
Cuando Bárbara recuperó la confianza en sí misma y volvió a irradiar como persona, no tuvo mayor problema en enfrentarse a Carmen, rechazando sus peticiones abusivas e ignorando sus reclamos infundados. Así aprendió que cuando nos tienen envidia lo peor que podemos hacer es mostrarnos débiles, pues nuestro temor alimenta al envidioso y, por el contrario, nuestra seguridad y nuestra fortaleza constituyen las mejores formas de frenar sus ataques. Una vez que Bárbara volvió a disfrutar de su trabajo y restableció su vida emocional, concluyó que no tiene ningún sentido pasarse toda la vida pidiendo disculpas por aquello que uno hace bien.
El malestar con los compañeros de trabajo puede llegar desde otras fuentes diferentes, como le sucedió a Fátima: un compañero de trabajo con quien mantenía una buena relación comenzó a ponerse pesado poco después de que su mujer lo hubiese dejado, y comenzó a hacerle insinuaciones obscenas que ella rechazaba a su modo, tratando de no ser hiriente. La situación se fue volviendo cada vez más complicada. En un par de ocasiones, su compañero llegó al extremo de arrinconarla contra la pared para intentar besarla. Fátima estaba totalmente cohibida por la situación y no sabía cómo reaccionar. Por su parte, en una muestra suprema de cinismo, su compañero decidió adelantarse a su posible reacción y acudió al jefe para exponerle el extraño comportamiento de Fátima: él, que la había notado muy tensa, había intentado calmarla con un abrazo, ante lo cual ella había reaccionado violentamente y había malinterpretado su gesto como un acto de acoso.
El director, que apreciaba a Fátima, decidió llamarla para interesarse por su situación y saber si le sucedía algo. Sorprendida, Fátima quiso conocer la razón de la pregunta y cuando su jefe le contó la versión de su compañero, ella se quedó muda y, profundamente descompuesta, huyó entre lágrimas del despacho del director. Los siguientes días no fue capaz de ir al trabajo. Sentía que el mundo se le había venido encima y no encontraba fuerzas para luchar contra la perversidad de su colega. Además, asumía que la debilidad que ella había mostrado se tornaba en su contra, que todo era culpa suya por no haber sabido enfrentarse a la situación y que ya nadie creería su versión de los hechos.
En ese estado se encontraba Fátima cuando inició su consulta. En adelante, todas sus acciones estuvieron dirigidas a recuperar la fortaleza a través del trabajo emocional, pues a las personas manipuladoras no se les puede ganar la partida jugando con los impulsos o partiendo desde la debilidad, sino únicamente actuando con inteligencia emocional. Cuando se sintió segura de sí misma, Fátima se presentó ante su jefe y le expuso de forma clara y contundente su relato de todo lo sucedido. Éste, que conocía muy bien a Fátima, no dudó un segundo de sus palabras y ordenó inmediatamente que el otro empleado se disculpara y que fuera trasladado de oficina. Fátima aprendió que ser sensible no significa ser débil: que hay que reservar la sonrisa y la calidez para quienes las merecen, pero enfrentarse con la indiferencia a quienes se rigen por la envidia, la provocación y el engaño.

ANUNCIOS

Cuando los esfuerzos no compensan

Abundan los casos de personas que se quejan de no tener tiempo para sí mismas. Llegan a un punto de la vida en el que han adquirido todo lo que creían querer tras haberse sacrificado por ello, y entonces se dan cuenta de que en el camino han perdido las cosas realmente importantes. Para ese momento, ya no tienen ni la juventud ni la vitalidad necesarias para disfrutar todo lo que han capitalizado: comprueban con horror que los cementerios están llenos de millonarios que en vida no encontraron tiempo para aprovechar lo que tenían.
Recuerde que pasa usted alrededor de dos tercios de su vida trabajando, así que lo mejor que puede hacer al respecto es convertir su trabajo en una actividad placentera y saber poner el límite entre su vida profesional y su vida privada.
Un día llamó a mi consultorio David. Su caso era un fiel reflejo de la situación descrita. Para abrirse un espacio importante en el mundo profesional, se había entregado al trabajo sacrificando una parte importante de su vida personal. Ahora que tenía un hijo pequeño (había aplazado durante muchos años ese proyecto con su esposa) hacía todo tipo de esfuerzos para aumentar su tiempo libre y poder disfrutar en compañía de su hijo, pero su empresa le imponía unos horarios inflexibles. Cuando acudió a mi consulta, David estaba desesperado y sólo pensaba en dejar inmediatamente su trabajo, sin siquiera medir las consecuencias de hacerlo.
El tratamiento comenzó por hacer que se recuperara física y emocionalmente. Lo primero que tenía que restablecer David era la esperanza, la idea de que el trabajo podría ser mejor y de que sí era posible compaginar la vida laboral con una sana vida familiar. Luego definió aquellas cosas que quería cambiar en su trabajo y se dedicó a demostrar que trabajar más horas no significaba trabajar mejor. Para hacerlo, diseñó una estrategia personalizada que le permitiría la adecuada gestión de su tiempo: comenzó por establecer sus prioridades y por trazarse unos objetivos específicos, medibles, estimulantes, factibles y compatibles entre sí. Tras esto, David trazó un plan de acción para la distribución de su tiempo, en el que jerarquizaba las acciones, planificaba su realización y les asignaba los horarios más convenientes.
En el diseño de su estrategia, David tuvo en mente la ley de Pareto, según la cual el 80% de los resultados proviene del 20% de los esfuerzos y recursos invertidos, así como la ley de Parkinson, según la cual, cualquier trabajo se expande hasta agotar el tiempo destinado a que se haga. En consecuencia, se preocupó por identificar y priorizar ese 20% de acciones que daban cuenta de la mayor parte de sus resultados, así como de destinar el tiempo suficiente para cada tarea, sin excederse en su previsión puesto que entonces se demoraría en ellas más de lo necesario.
Por otra parte, David tuvo que aprender a delegar tareas y perder el miedo a hacerlo, a sabiendas de que una delegación no implica perder el control sobre lo que se realiza, y destinó un tiempo exclusivo para pensar, porque sin una reflexión continua sobre lo que se hace y lo que se hará, es muy posible que se acabe tirando todo por la borda.
Con las técnicas para la gestión del tiempo y con el equilibrio emocional necesario para utilizarlas de la forma debida, David logró que sus empleadores cayeran en la cuenta de que los horarios extensos sólo generan cansancio y desmotivación en la gente y suelen ser los causantes de que los mejores profesionales abandonen sus puestos. Al final, David consiguió persuadir a sus jefes de su valor profesional y de su capacidad para organizar su propio tiempo: así, en lugar de tener que acomodarse a los horarios rígidos que trataron de imponerle o de renunciar a su trabajo para poder estar con su familia, logró el equilibrio entre ambas cosas, haciendo que fuera la empresa la que se adaptara a sus necesidades.
Beltrán también llegó por causas similares a mi consulta. Estaba sobrecargado, no podía desconectar de su trabajo en ningún momento (ni siquiera cuando lograba conciliar el sueño) y veía con preocupación que cuanto más quería apresurarse, más se equivocaba y menos eficaz era. Al igual que David y que tantos otros en situaciones semejantes, Beltrán pensaba que la renuncia era la única salida.
También su tratamiento partió de la premisa de que la huida es una respuesta instintiva, pero generalmente inadecuada, y que antes de tomar una decisión de esa naturaleza es necesario contar con las herramientas para analizar la situación de una forma más objetiva. Por eso, Beltrán comenzó a llevar un registro de cada una de las actividades que realizaba en el día, especificando en cada caso el nivel de dificultad, el tiempo que le tomaban y la importancia que él les asignaba. Al mismo tiempo, se comprometió a postergar la idea de renunciar hasta que no tuviera una perspectiva más completa de su situación.
Este ejercicio le permitió a Beltrán identificar rápidamente una extensa lista de “ladrones de tiempo” que estaban consumiendo sus horas de forma innecesaria e improductiva y que, al final del día, sólo servían para aumentar su sensación de ansiedad. Su incapacidad de decir “no”, su manía por el perfeccionismo, su reticencia a delegar, la desorganización de sus papeles, sus reuniones excesivamente largas, el teléfono, el e-mail, la impuntualidad o las personas inoportunas constituían, todos ellos, ladrones que sumados unos a otros, se llevaban sus horas.
Una vez analizados sus registros e identificadas estas situaciones, Beltrán siguió los pasos de David, diseñando una estrategia personalizada para la gestión adecuada de su tiempo. Al hacer un análisis retrospectivo, después de cuatro meses de haber iniciado estas acciones, Beltrán encontró que se sentía totalmente aliviado y dueño de su tiempo. No sólo mejoró su rendimiento, sino que ahora se sentía alegre y satisfecho por lo que hacía, disfrutaba de su trabajo y no padecía el estrés de la sobrecarga.
En una situación análoga a la de Beltrán se encontraba Delia cuando llegó a su primera consulta, atrapada en una crisis de estrés que la tenía al borde del ataque de nervios. Después de que su empresa hubiera realizado un recorte significativo de personal, todos los empleados habían tenido que asumir un número adicional de cargas y, al sentir que su tiempo era absolutamente insuficiente para sus obligaciones, Delia había desarrollado una sensación de frustración y angustia frente a la cual no encontraba reposo en ningún momento. Incluso su marido y sus dos hijos padecían de forma pasiva esta situación al tener que soportar su temperamento irritable.
A diferencia de la creencia popular, el estrés no es exclusivo de quienes tienen altas responsabilidades. Por el contrario, las estadísticas demuestran que sus índices son mucho más altos en las amas de casa o los trabajadores autónomos. Y sus efectos devastadores no se limitan a aquellas personas que padecen directamente la angustia, sino que se extienden a todo su entorno y deterioran las relaciones afectivas y las dinámicas familiares que se tejen alrededor del trabajador afectado.
Ante unos mismos hechos, dos personas distintas pueden reaccionar de maneras muy diferentes. Mientras una de ellas puede experimentar un gran estrés, la otra puede sentir un desafío interesante que la mueva a hacer grandes cosas. Así, y al igual que en todos los casos anteriores, la estrategia que debía adelantar Delia para combatir su estrés no tendría que estar encaminada a cambiar su entorno o a modificar la situación de su trabajo (aunque este tipo de reclamaciones a veces sean pertinentes y necesarias), sino a trabajar su propia actitud ante las circunstancias y fortalecer su inteligencia emocional para afrontarlas. De este modo, no sólo estaría en disposición de enfrentar con éxito el problema en el presente, sino que podría sortear de forma adecuada situaciones semejantes en el futuro.
La primera preocupación en su tratamiento fue que Delia recuperara el ritmo de sueño. Sin el reposo y el descanso que proporciona el sueño reparador, difícilmente podría alcanzar el equilibrio emocional en las horas de vigilia. El uso de diferentes técnicas de relajación le reportó una ayuda inestimable en tal sentido. Posteriormente, tuvo que identificar los hábitos que más estrés le generaban, utilizando para ello unas hojas de registro, y encauzar sus esfuerzos hacia la modificación de esos pensamientos o prácticas recurrentes. Al combinar de forma adecuada estas estrategias con un esquema personalizado para la gestión de su tiempo, Delia recuperó la calma, mejoró su rendimiento en el trabajo, dejó de preocuparse por aquellas tareas que estaban fuera de su alcance y ella, su marido y sus hijos volvieron a disfrutar de una vida familiar armónica y saludable.
David, Beltrán y Delia, así como tantas otras personas que han llegado a ver arruinados sus matrimonios, que se han ganado el desprecio de sus propios hijos o que han sacrificado sus mayores sueños y su calidad de vida, absortos en un trabajo que los desborda y acapara sus vidas, han aprendido que el esfuerzo sólo compensa cuando decidimos libremente la vida que queremos vivir; nunca cuando son otras personas o las simples circunstancias las que nos imponen unos esfuerzos mucho mayores de los que consideramos razonables.

Cuando perdemos el empleo

En su afán por seguir el ritmo de los mercados, las empresas cambian, mutan y se transforman siguiendo un imperativo económico que en ocasiones las aleja de las consideraciones humanistas, olvidando la importancia de sus trabajadores. En un panorama así, resultan cada vez más frecuentes los testimonios de hombres y mujeres que después de años de devoción y entrega a su trabajo, reciben una tarde la citación de un nuevo jefe que, en menos de diez segundos, les agradece sus años de trabajo y les informa de que ya no requieren de sus servicios.
Procesos de reestructuración interna, esquemas de prejubilación para renovar al personal, empresas que se fusionan o jóvenes inexpertos y arrogantes que alcanzan cargos directivos... Estos y otros tantos motivos suelen encontrarse en el origen de muchas crisis emocionales de los empleados que se aferran con temor a sus puestos o que, tras haber quedado sin trabajo, se ven invadidos por la angustia y la desesperanza.
Evitar o prevenir las injusticias que pueden conducir a su eventual despido, o a que un día no muy lejano le impongan una jubilación forzosa cuando se siente plenamente activo y competente, puede que esté fuera del alcance de un trabajador. Sobre lo que sí puede intervenir cada uno, en cambio, es sobre los efectos que ese tipo de acontecimientos pueden causar en su equilibrio emocional y sobre la manera de vivirlos, aprender de ellos y continuar con entusiasmo de cara al futuro. Una persona que ha salido de su trabajo en circunstancias que considera injustas gana muy poco, si es que gana algo, congelándose en el pasado, criticando el trato recibido y cruzándose de brazos en una actitud de víctima que le impide mirar al futuro.
Algo así le sucedió a Inmaculada, quien a sus cincuenta y dos años, y después de haberse destacado durante veintisiete en los puestos directivos de una organización, un buen día recibió una carta de despido con la consigna de recoger sus cosas en veinte minutos. El matrimonio de Inmaculada había fracasado hacía algunos años, como consecuencia de que ella sólo tenía tiempo y cabeza para los asuntos del trabajo, e igualmente había fracasado la relación con su hijo, quien desde la separación se había ido a vivir con el padre y con quien a duras penas cruzaba algunas palabras los fines de semana. Tras su despido, Inmaculada permaneció varias semanas sumida en la indignación y reprochándose a sí misma todos los sacrificios que había hecho por esa empresa que ahora le pagaba de esa manera. Su actitud victimista y reivindicativa le impedía recordar que la vida continuaba y que todavía tenía un largo futuro por delante.
Gracias a las consultas psicológicas a las que sus padres la obligaron a ir, Inmaculada comprendió que podía aprender de sus fracasos, pero sin sentirse derrotada, y logró dirigir su mirada hacia el futuro. Se fijó unas metas valiosas y reconstituyó su realidad de una forma más equilibrada que antes, pues buscó y encontró nuevas actividades profesionales que, además, fueran compatibles con sus deseos de recuperar el cariño de su hijo y restablecer sus relaciones afectivas.
Gabriel también vivió una situación similar. Acostumbrado a trabajar todos los días y a que las tareas domésticas corrieran por cuenta de los otros, llegó el día en que sus jefes le anunciaron la noticia de su prejubilación. Así, de buenas a primeras, se vio a sí mismo un miércoles por la tarde sentado en un sofá, viendo la televisión y comiendo patatas fritas, con la terrible sensación de que su utilidad en la vida había llegado a su fin. Además, estando en casa comenzó a percatarse de todas las tareas domésticas que había que hacer (lavar la ropa, hacer las camas, limpiar, cocinar…), pero se negaba obstinadamente a mover un dedo porque le repugnaba la sola idea de verse a sí mismo como un “marujón”.
Los problemas no tardaron en llegar. Su mujer, que trabajaba todos los días, empezó a hartarse de su actitud pasiva y de su inutilidad, y sus dos hijos, que vivían con ellos y no estaban acostumbrados a tener a su padre encima constantemente, comenzaban a mostrarse rebeldes y groseros. El infierno en el que empezó a vivir Gabriel es semejante al que muchos han experimentado en circunstancias semejantes, pues es normal que la prejubilación sea traumática cuando alguien ha dedicado gran parte de su vida y de sus energías al trabajo. De hecho, se ha logrado establecer que las prejubilaciones aumentan las demandas de divorcio.
En este estado, Gabriel inició su tratamiento psicológico, y al hacer los primeros registros de su vida encontró que estaba saturado de pensamientos negativos. Soñaba con que las cosas hubieran sido o fueran diferentes (“si no me hubiesen echado”, “si mis hijos fueran más obedientes”), culpabilizaba a todas las personas, hacía generalizaciones infundadas como “todos están en mi contra” y tenía pensamientos “catastróficos” como “esta vida que llevo es espantosa”.
El primer trabajo psicológico que emprendió Gabriel consistió en eliminar esos pensamientos, que activaban o disparaban su irracionalidad, y comenzar a repetirse pensamientos más provechosos que se ajustaban mejor a la realidad. Posteriormente, ideó un plan de vida adaptado a sus necesidades e intereses personales, en el que buscaba sacarle provecho a su nueva situación y hacer aquello que siempre había querido hacer. Tras romper el círculo vicioso de sus pensamientos negativos y comprender que el hecho de que su prejubilación fuera un calvario o un privilegio dependía exclusivamente de él, Gabriel se vio a sí mismo disfrutando plenamente de la vida, leyendo libros, haciendo ejercicio, invirtiendo en la bolsa, asistiendo a clases de cocina y baile y, en general, cambiando el sofá y las quejas por todo aquello que siempre había soñado hacer.

Los errores que se deben evitar

En los testimonios de quienes llegan a una consulta psicológica por situaciones derivadas del trabajo, es posible rastrear una serie de pautas de comportamiento recurrentes cuyos efectos son siempre negativos. Tal evidencia empírica permite trazar las siguientes recomendaciones, que trascienden el ámbito de la vida laboral y sirven como referentes para construir una vida más satisfactoria:
  1. No agotarse. Si usted tiene hijos o ha observado a los niños pequeños, sabe que cuando un crío está cansado, se pone pesadísimo, desgasta sus energías, no atiende a razones y protesta por todo. Pues bien, el hecho de sentirse acelerado internamente no significa que se esté haciendo más ni mejores cosas. Por el contrario, la sobresaturación de actividades y la ansiedad descontrolada favorecen las equivocaciones y suelen ir aparejadas a un rendimiento deficiente. Conviene saber utilizar los frenos, para descansar, reflexionar y analizar con calma el camino que se recorre.
  2.  No autoflagelarse. Basta con que usted anote en una hoja el número de veces que se amonesta en un día y la cantidad de recriminaciones que se hace para que se dé cuenta de que, sin notarlo, usted actúa con mucha frecuencia como si fuera su peor enemigo. En todos los casos, uno puede optar por machacarse o por cuidarse y llenarse de energía e ilusiones. Los pensamientos destructivos sólo sirven para amargarle el presente y, en lugar de permitir que las cosas mejoren de cara al futuro, suelen revivir los hechos del pasado que ya nadie podrá cambiar. 
  3. No dejarse comprar. A lo largo de su vida recibirá usted muchas ofertas, legítimas algunas, oscuras otras, por hacer o ceder cosas por las que en principio no estaría dispuesto a pasar. Y si bien muchas personas sucumben a la tentación y venden su complicidad, su silencio o hasta su voluntad, son muy pocas las que logran ser felices después de haber cedido sus principios por algo de dinero, por un ascenso o por una promesa.
  4.  No hablar mal de los compañeros. Es normal que usted, como persona, sienta afinidad hacia ciertos compañeros mientras otros despiertan su antipatía, pero no es necesario que ande emitiendo juicios y expresando a los que considera cercanos su opinión sobre los otros. En lugar de afianzar la confianza con su confidente, este tipo de prácticas despertarán la suspicacia frente a usted, pues los demás pensarán fácilmente que así como hoy habla mal de alguien a sus espaldas, igual lo hará respecto a ellos el día de mañana. Recuerde que callar no es acto de hipocresía y que nadie le puede obligar a decir lo que usted quiere guardarse para sí mismo. 
  5. No perder la alegría. La ausencia de alegría en una persona debilita su sistema inmunológico y la hace más vulnerable física y emocionalmente. La alegría y el humor se hallan en las profundidades de sus pensamientos y tienen la capacidad para determinar el curso de los mismos. Por eso, si usted siente que ha perdido la alegría, es hora de actuar, buscando actividades que le sean placenteras y que le permitan encauzar sus pensamientos. Trabajar su propia alegría es una de las mejores inversiones que puede usted realizar.

Las reglas de oro

Así como hay ciertas prácticas y conductas que tiene usted que evitar a toda costa, así también, de la experiencia de muchas personas que han logrado fortalecerse en el plano emocional y construir una vida satisfactoria, es posible inferir algunos ejemplos de comportamientos que conducen al éxito:
1- Sentirse bien en el trabajo. Teniendo en cuenta que muchos ocupamos dos terceras partes de nuestra vida en el trabajo, resulta evidente que el placer o displacer con que cada uno aborde su propia actividad laboral resulta determinante en el momento de evaluar su satisfacción general con la vida. El verdadero factor clave para disfrutar el trabajo no reside, como muchos piensan, en las condiciones materiales del mismo, sino en la actitud mental de aquel que lo realiza. Por eso, quienes están mejor equipados emocionalmente, podrán disfrutar de su trabajo, independientemente de su naturaleza. Esta habilidad emocional se traduce en tres capacidades esenciales:
  • Disfrutar con uno mismo, lo cual se refleja en una actitud optimista que, en lugar de hacer que la persona se desmorone ante cada desventura, le permita interpretarla como algo pasajero, cuyos efectos no son generalizables a todos los ámbitos de la vida y en donde su responsabilidad es relativizable.
  • Disfrutar con los compañeros. Para esto hay que construir unas buenas relaciones, que deben estar basadas en el respeto, la transparencia y la confianza. Asimismo, la mejor herramienta para construir buenas relaciones está dada por la comunicación efectiva, que se refleja en habilidades como la buena escucha, la paciencia, el respeto, la prudencia y el entusiasmo.
  • Manejar las situaciones difíciles. En lugar de temer y huir de las situaciones difíciles, conviene ver en ellas una inestimable oportunidad de aprendizaje. Lo mejor de cada persona suele ser el producto de aquello que ha aprendido en las situaciones difíciles, en donde afloran la creatividad, el razonamiento y la confianza en sí mismo. En las etapas prolongadas de calma, por el contrario, la mente pierde los incentivos que la obligan a evolucionar.
2- Saber decir NO a jefes y compañeros. En muchísimas ocasiones, decir “no” a los demás equivale a decirse “sí” a uno mismo, pues la incapacidad para dar una negativa deja a las personas sometidas a la voluntad de los otros. Esto no significa que las personas que andan diciendo “no” a todo sean más autónomas o más seguras, pero sí significa que hay que saber discernir las situaciones y ser capaz de decir “no” con habilidad, en el momento indicado y de forma contundente.
Aunque puede sonar descabellado que un empleado le niegue peticiones a su jefe, si lo que está en juego es su propia felicidad, no sólo resulta esencial para consigo mismo, sino que cuando ese jefe es una persona sensata, reconocerá y valorará esa negativa como una muestra de carácter y madurez.
3- Actuar con inteligencia emocional. Sintetizando todo lo anterior, la inteligencia emocional se puede definir como la habilidad para comprenderse a sí mismo y a los demás; controlar las propias emociones; influir en las emociones de los otros; motivarse, ilusionarse y entusiasmarse; aumentar la seguridad personal y construir relaciones positivas con las demás personas. Conocernos bien nos permite ser más libres para decidir qué cosas nos gustaría modificar y para llegar a ser la persona que quisiéramos ser. 

Conclusión

Como promedio, el 95 % de las veces que sufrimos, lo hacemos inútilmente. Sufrimos por las cosas que nos han pasado y por las que nunca han tenido lugar. Sufrimos por las circunstancias en que nos toca trabajar o vivir, por el trato que nos dan nuestros jefes, nuestros compañeros o las empresas para las que trabajamos. Sufrimos porque no tenemos un minuto libre para nosotros mismos o para nuestras familias o porque, al contrario, nos hemos quedado sin empleo y no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre.
En realidad, sufrimos indistintamente por cualquier cosa y también por su opuesto porque la raíz del sufrimiento no está en lo que nos pasa, sino en aquello que pensamos que nos pasa. Muchas personas que se han desvivido por transformar sus circunstancias vitales, para alejar de ellos el sufrimiento, se han encontrado con que el hecho de estar en un entorno diferente no resuelve las cosas, ya que el sufrimiento lo llevan dentro de sí.
Quienes, por el contrario, se rigen por la inteligencia emocional no pretenden transformar el mundo, sino que buscan conocerse a sí mismos para disfrutar mejor la vida, donde quiera que ésta transcurra. Para hacerlo, adquieren conciencia de sus pensamientos y de la influencia que estos ejercen sobre sus estados anímicos, y actúan en consecuencia para reencauzar sus percepciones del mundo. En general, constatan con asombro que aquello que piensan ejerce el efecto de una profecía auto cumplida, pues sus pensamientos recurrentes, tanto los positivos como los negativos, suelen transformarse en realidades.
El equilibrio emocional es, pues, un repelente contra el sufrimiento innecesario. Una persona con la fortaleza interna y la seguridad necesaria para alimentar pensamientos positivos estará adecuadamente equipada para sortear las dificultades y sacar de ellas los mejores frutos.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía de la autora
María Jesús Álava Reyes, licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y master en Dirección de Recursos Humanos, trabaja desde hace 30 años en los ámbitos de la psicología clínica, educativa y del trabajo. Es directora de Álava Reyes Consultores, desde donde promueve un modelo novedoso de gestión del cambio y del desarrollo profesional y personal. Ha publicado más de veinte libros sobre temas relacionados y es colaboradora habitual de diversos medios de comunicación.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí