Sin miedo ni excusas
Resumen del libro

Sin miedo ni excusas

por Larry Smith

Lo que necesitas hacer para diseñar tu carrera profesional

Introducción

 

Pasión es una palabra que solemos utilizar para hablar de nuestra vida amorosa, pero rara vez para nuestra vida laboral. Cuando sientes pasión por tu trabajo, no existe una gran diferencia entre cómo te sientes el lunes por la mañana y lo que sientes el sábado por la mañana. Cuando sientes pasión por tu trabajo, tu lugar de trabajo no es una prisión destinada a encerrarte hasta que te hayas ganado tu libertad, y tu trabajo no es un medio para alcanzar un fin. Cuando sientes pasión por tu trabajo, tu talento encuentra espacio para dilatarse y crecer.
A mi modo de ver, semejante pasión por el trabajo está al alcance de todos sin excepción. Puede que no sea una simple cuestión de encontrarlo y conseguirlo, pero aun así es accesible. Y cuando hayáis terminado de leer este libro, descubriréis cómo. ¿Por qué estoy tan seguro? Sencillamente porque he visto a muchos cientos de personas de muy diversa procedencia y con metas muy dispares conseguir grandes éxitos utilizando unas cuantas técnicas sencillas.
Desarrollo mi labor en el corazón mismo de la universidad y soy testigo de un enorme desperdicio de talento, condenado desde hace décadas a asistir a semejante derroche. Jóvenes de ambos sexos entran en mi vida cuando solo son estudiantes, pletóricos de energía y vitalidad, y con la esperanza de acometer maravillosas aventuras. Entonces tienen ideas asombrosas y agudas intuiciones, ideas que yo jamás tuve a su edad. Sin embargo, es un talento en bruto. A menudo es ingenuo, incompleto, sin refinar, y está creado de forma tan caótica y precipitada que su efecto se debilita.
Aun así, el talento está allí si uno se toma la molestia de mirar. Yo me tomo la molestia de mirar. Y me pongo a observar, esperando a que esos individuos talentosos les prendan fuego a los mundos que han escogido con su visión y compromiso. Por desgracia, entonces se hacen adultos. Y al mundo de los adultos es adonde va a morir el talento.
Los adultos que conozco, ya sean antiguos alumnos o no, con harta frecuencia han acabado atrapados en nuestra cultura de abejas obreras. Las normas son claras: haz lo que se te dice y se te pagará; trabaja para vivir durante el fin de semana y temer al lunes; espera con ansia la jubilación y confía en no acabar temiendo también ese momento; cuenta con que el placer o la satisfacción en el trabajo es un premio excepcional.
Esta epidemia de expectativas descafeinadas se ha cobrado muchas víctimas, dando lugar a la manida frase: “Tuve que ser realista”. Pensad en la cantidad de personas que acaban sus días en la barra de un bar o en la mesa del restaurante, quejándose del jefe o del trabajo, y en cuántas permanecen sentadas en un silencio cargado de frustración.

¿Cómo encontrar la pasión?

Siempre tengo diferentes versiones de la misma conversación con los alumnos. Tras explicar las razones de que los conocimientos no sean suficientes y de que la pasión sea esencial, llega el momento de la conversación en la que los alumnos dicen: “De acuerdo, profesor, lo entiendo. Tengo que sentir pasión por mi trabajo. Estoy de acuerdo con usted. Pero no tengo ni la más remota idea de cuál es mi pasión. ¿Cómo se supone que voy a seguir mi pasión si no soy capaz de encontrarla?”. Dicho sea de paso, recordad que no solo son los jóvenes los que me dicen esto. Son las personas maduras, las muy instruidas y las que lo son menos.
Esta es, efectivamente, una pregunta absolutamente válida. Y estoy de acuerdo. Si uno no sabe cuál es su pasión, realmente no puede perseguirla.
—Dime cuáles son algunas de las cosas que te interesan —preguntaré yo. Por estereotipado que resulte, muchos de los jóvenes con los que trabajo dirán: “Los deportes”—. Muy bien —diré—. ¿Juegas en algún equipo?
—No.
—¿Ejerces de entrenador o de director deportivo?
—No.
Enseguida me queda claro que su “interés” consiste únicamente en ver en la televisión a sus jugadores favoritos desarrollar su pasión.
La respuesta a la más frecuente de las preguntas (“¿Cómo voy a desarrollar mi pasión si no sé cuál es?”) es sencilla, aunque no siempre bien acogida: para encontrar tu pasión tienes que trabajar.
—Pero he estado buscando —insiste la alumna cuando sugiero que podría ser más diligente.
—¿Cómo? —pregunto.
—Pensando en ello —afirma.
—¿Ah, sí? ¿Y eso qué entraña?
—Ya sabe —dice—. Pienso.
Bueno, no es mi intención burlarme de esta estudiante, que al menos está invirtiendo alguna energía en el asunto. Pero su respuesta para encontrar su pasión parece consistir en mirar al vacío, esperando a que llegue una revelación.
Una y otra vez, estos buscadores son incapaces de describir la frecuencia con la que investigan, dónde lo hacen y cuál es su estrategia de búsqueda. En el mejor de los casos, sus búsquedas son improvisadas, informales y en efecto solo aleatorias. No hay ni rastro de atención o perseverancia ni el menor indicio de creatividad. Deseo congregar a todas estas personas, mirarlas a los ojos y decir: “¿De verdad creéis que encontraréis vuestra pasión en un bar o en una página de un servicio de mensajería instantánea?”.
La cosa se reduce a lo siguiente: un número muy elevado de personas parece creerse el eslogan publicitario de una antigua película titulada Starfighter: la aventura comienza: “Él no encontró su destino. Su destino lo encontró a él”.
Seamos serios. Vosotros estáis buscando vuestro destino; estáis buscando el trabajo de vuestra vida; estáis buscando el campo de batalla en el que combatiréis; estáis buscando materializar vuestro talento. Si creéis que tal cosa no exigirá concentrarse en la labor, entonces estáis profundamente errados. Aunque os prometo lo siguiente: valdrá la pena.
El agobio. En todas las conversaciones con mis alumnos, y en toda la correspondencia que mantengo con personas de todo el mundo, este es el sentimiento expresado con más frecuencia.
Dejad que empiece con alguna confirmación. Sí, es una labor abrumadora. Encontrar la propia pasión no es un proceso sencillo ni fácil. Es más o menos como encontrar a la pareja de uno. Por supuesto, algunas personas se dan de bruces con su compañero o compañera de manera accidental y se olvidan de todo, viviendo felices por siempre jamás. Pero esas son las personas con suerte. Sin embargo, la vida no es justa, y no todo el mundo tendrá suerte. Así que confiar en la pura casualidad es una invitación al desastre. La mayoría de las personas tendrá que luchar para encontrar su camino.
Además, hay dos razones muy legítimas para que sea tan abrumador. La primera es que, igual que en la elección de pareja, cuando decidimos dedicarnos a una pasión, tenemos que prestar oído a las emociones y ser lógicos al mismo tiempo, aunque sin pasarse ni en lo uno ni en lo otro. La segunda razón es el elevado número de posibilidades disponibles.
Analicemos la primera razón. Por un lado, a nuestro aspecto emocional debe importarle sobremanera el trabajo. Tenemos que aceptar esa parte de nosotros y no despreciar nuestro amor por, pongamos por caso, el surf solo porque nuestra parte racional esté sopesando la improbabilidad de encontrar alguna vez un empleo cabalgando olas en la playa. Por otro, si la carga emocional implicada es demasiado grande, tenemos un problema, porque no pensaremos con claridad. Uno puede pasar por todo un abanico de emociones acerca del trabajo que creemos amar y acabar tan seducidos por el romanticismo de todo el asunto que dejamos atrás nuestra pasión. El mismo pensamiento emocional está presente —y con el mismo peligro— cuando se trata de una profesión que tenemos la certeza de no querer.
El Buscador Emocional dirá cosas como...
—Bueno, jamás podría ser agente inmobiliario. Es algo que no me atrae lo más mínimo. Sería incapaz de hacerlo.
—De acuerdo —responderé—. ¿Y eso por qué? ¿Acaso sabes cómo pasa la mayor parte de su jornada un agente inmobiliario? ¿Sabes cuáles son las aptitudes necesarias para ser un buen agente inmobiliario? ¿Y cuál suele ser su formación, y por qué?
El Buscador Emocional no sabe las respuestas a estas preguntas. Solo tiene la vaga noción de que un agente inmobiliario es alguien que anda por ahí con gente y que ve casas. El Buscador Emocional no se ha parado a considerar la destreza en la negociación, las habilidades sociales, el conocimiento de un mercado complejo y la creatividad para entender el potencial de una casa que solo necesita alguna mejora estética.
—Pero, profesor —dice el Buscador Emocional—, usted siempre nos está diciendo que seamos apasionados. Y si no siento ese chispazo cuando pienso en ser agente inmobiliario, ¿no debería prestar atención a esa sensación?
Ahora es cuando pongo los ojos en blanco. Esto no es Romeo y Julieta, donde las miradas se encuentran y el mundo se detiene. La pasión no son unos fugaces fuegos artificiales. Y cuando el Buscador Emocional me habla de chispazos, no puedo evitar pensar que está utilizando los sentimientos como excusa para no realizar la labor de reunir la información necesaria. Así que lo diré sin rodeos: ¡averigua los hechos! Entérate de qué estás buscando, y luego, si todavía crees que no es para ti, perfecto. Pero al menos estarás trabajando con todos los datos disponibles.
De la misma manera que los Buscadores Emocionales pueden pasar de largo su pasión, también están expuestos a comprometerse tanto con esta que ignoren todas las señales de peligro que avisan de que es inapropiada. ¿Quién no conoce a alguien que se encuentra inmerso en una relación que no funciona, pero que deliberada y obstinadamente se niega a verlo? “Pero es que lo quiero”, podría gemir tu amiga mientras le haces una relación de todas las traiciones de su pareja.
En el otro extremo, tenemos al implacablemente racional Buscador Lógico. Este acabará tan obsesionado por acumular hechos y observaciones que se olvidará de que el objetivo es revitalizarse con su misión.
—¡Mire esta hoja de cálculo! A todas luces, y teniendo en cuenta mis notas y las áreas en las que he sobresalido hasta el momento, las perspectivas de empleo de este subconjunto de conocimientos, los porcentajes de ascensos y las tasas internas de rentabilidad de los títulos educativos, debería ser ingeniero de sistemas.
—Pero ¿amas eso? —pregunto—. ¿Crees que te dedicarías a eso aunque te tocara la lotería y no tuvieras que trabajar?
Entonces, ¿cuál es la respuesta? Por difícil que sea, debemos utilizar tanto la emoción como la lógica de manera equilibrada. Utilicemos la emoción para orientar la búsqueda y la lógica para hacer la elección. El hecho y la emoción se potencian mutuamente; ninguno está subordinado al otro.
Tuve un alumno que estaba apasionadamente interesado en los asuntos políticos y en las políticas públicas. Deseaba influir en su mundo. Así que decidió que buscaría un cargo público tan pronto como le fuera posible. Para ello, elaboró un plan general que empezaba con una candidatura al gobierno municipal y acababa en el cargo más elevado del país. Había centrado toda su investigación exclusivamente en las técnicas para ganar elecciones. Sin embargo, su plan era absurdamente ilusorio, dado que tenía un horizonte temporal de treinta años y daba por supuestas circunstancias que eran impredecibles. Era todo emoción y poca lógica.
Necesitaban una ducha fría… de lógica y hechos. Tenía que entender que estaba viviendo en el país de la fantasía.
Al final, le convencí de que hiciera sus deberes, que leyera mucho y buscara maneras prácticas de satisfacer su pasión por la política. Este alumno se está preparando ahora para convertirse en asesor político y trabajar entre bastidores, donde es posible que radique la mayor parte del poder. Se dedica a su pasión y tiene la oportunidad de realizar contribuciones útiles lo antes posible.
Volvamos ahora a la segunda razón de que buscar nuestra pasión resulte tan abrumador: el ingente número de posibilidades. Yo enseño economía y, en consecuencia, me seducen los números y las probabilidades más que al ciudadano normal. ¿Cuántas profesiones hay? Cientos de miles, dependiendo de cómo se definan.
Nuestras mentes se apartan instintivamente de tales vistas infinitas. Así que una vez más, cuando las personas me dicen que se sienten abrumadas, admito que tienen un motivo justificable para sentirse así. Pero entonces tienen que dejar de lado la autocompasión y convertirse en lo que entiendo como un turista reflexivo. Al igual que el turista que explora una nueva ciudad, tenemos un mundo de ideas y profesiones para explorar. Al igual que el turista, también debemos admitir que no podemos explorar todo lo que se nos ofrece. Como el turista, debemos planificar nuestro planteamiento. Pero, ante todo, debemos dedicar todo el tiempo que necesitemos para alcanzar el destino de nuestra profesión definitiva. Aceptemos que nuestro viaje puede ser largo.
Sin duda, tener alternativas ilimitadas es abrumador, pero ¡es algo bueno! ¿Acaso no sería preferible tener demasiadas alternativas a tener demasiadas pocas? Cuando es un muro de ladrillo el que nos mantiene fuera de la ciudad de nuestros sueños, sí, probablemente nos quedemos atascados. No obstante, si lo que entorpece nuestro camino es un frondoso e intrincado bosque, lo único que realmente necesitamos es un buen mapa y una estrategia bien perfilada para abrirnos paso a través de él.

Paso 1: empezar donde se esté

Empecemos haciendo un inventario de lo que sabemos sobre las profesiones y nuestros intereses. Al principio puede que no sea una lista de dos hojas a un espacio, pero anotar siquiera unos pocos asuntos ya es un comienzo. Empecemos relacionando a qué dedicamos el tiempo libre. ¿Hacia qué clase de libros nos sentimos inclinados? ¿Qué tipo de conversación con los amigos disfrutamos más? ¿Qué clase de proyectos emprendemos por gusto?
La mayoría de las personas pueden establecer unos pocos intereses, y muchos de estos van más allá de los deportes y de ayudar a la gente. Pero estas personas insisten en que sus intereses no están relacionados con la profesión. Por ejemplo, Gerald era un amante de los crucigramas, pero me costó mi buena media hora de interrogatorio sacárselo.
—¿Por qué no lo mencionaste antes? —comenté.
—¿Y a quién le interesa eso? Es algo irrelevante —respondió. Pero puesto que era evidente que a él le interesaba, sí que era relevante.
Gerald estaba cometiendo un error devastador que limitaría sobremanera su oportunidad de encontrar alguna pasión verdadera. Estaba en mi despacho hablando de su profesión e inconscientemente estaba eliminando cualquier interés que aparentemente, en su superficie, no estuviera dirigido a su profesión.
—¿Es que no lo ves? —pregunté—. Ser un fanático de los crucigramas guarda una estrecha relación con tu profesión.
Gerald dio la impresión de estar confundido.
—Profesor, ¿está sugiriendo que me convierta en crucigramista? Porque no creo que haya muchas oportunidades para ellos. —Su sarcasmo apenas me sorprendió.
Entonces, ¿qué sugería su interés por los crucigramas? Además de la de crucigramista, sugería profesiones tales como la de criptógrafo. En la famosa película Descifrando Enigma, basada en la vida de Alan Turing, este seleccionaba a los aspirantes a criptógrafos evaluando su facilidad para resolver crucigramas. Pero Gerald podía hacer mucho más: podía ser especialista en seguridad informática, arqueólogo, investigador criminal, lingüista, diseñador de juegos, diseñador de juguetes, abogado criminalista, auditor y muchas otras cosas, gran parte de las cuales le relacioné en una lista.
—Nunca había pensado en esto —reconoció.
Pero ¿y si no se hubiera topado conmigo? ¿Y si no hubiera reflexionado? Probablemente se habría convertido en alguien parecido a Jeff, un treintañero que se matriculó en la facultad de Derecho después de terminar el curso de ingreso en la universidad, porque no sabía qué otra cosa hacer. No le gustaba el Derecho, pero, como había empezado, decidió que daría igual que siguiera hasta el final. Ahora trabaja como abogado y no le gusta absolutamente nada su trabajo. Pero los ingresos son buenos, y con treinta años le parece que está en un momento de su vida en el que no puede retroceder y ganar menos. Se siente atrapado.
No es que la de Jeff sea una historia trágica; al fin y al cabo, ¡solo tiene treinta años! Tiene mucho tiempo por delante. Pero ha de valorar dónde está, debe explorar su historia, buscar los hilos que han conectado sus intereses y no debe confiar sin más en lo que esté haciendo el rebaño.

Paso 2: pararse

Hay personas que están tan desesperadas por encontrar su gran pasión, que se meten de cabeza en la trampa de “probar” una profesión en su interés recién descubierto. Si Gerald hubiera dejado nuestra conversación sobre los crucigramas para apuntarse a un curso de criptografía, me habría enfadado con él.
Las personas no paran de decirme que probaron esto, que probaron lo otro y que intentaron de nuevo otras opciones y que se aseguraron de darle tiempo a su nuevo empleo o programa académico para que “creciera en su interior”. Esta versión demente de la jardinería —consistente en arrojar semillas por doquier con la esperanza de que de alguna pueda brotar una hermosa flor— no hace más que triturar muchos años de sus cortas vidas. Esta es la razón de que haya muchos a caballo entre los treinta y los cuarenta años con una docena de profesiones a sus espaldas y que todavía siguen buscando. Como es natural, su desesperación no ha hecho más que agudizarse, y ahora deambulan entre alternativas aún más especulativas mientras buscan su derecho divino a tener una pasión. Son clavados al jugador que pierde y cada vez apuesta mayores cantidades en un intento de recuperar su fortuna. En general, estos caminantes desorganizados y arbitrarios dan mala fama a la pasión.
Por ejemplo, Bethany. Era una yonqui del cambio, le gustaba la variedad y seguía sus impulsos. Un año se dedicó a la música y trabajó para un sello discográfico. Al año siguiente estaba en Hollywood, haciendo de niñera. A continuación, se pasó al mundo empresarial, donde trabajó en publicidad, hasta que sintió la llamada de su siguiente gran vocación. Un día descubrió con horror que muchos de sus amigos iban muy por delante de ella desde el punto de vista tanto de la profesión como de la vida. Se suponía que no tenía que ser así, pensó. Cuando menos, era igual que ellos, y su situación actual se le antojaba injusta.
La situación la movió a actuar, lo cual, irónicamente, significaba pararse. En lugar de saltar de una cosa a la siguiente, se comprometió a permanecer en un lugar, lo cual le supuso un gran esfuerzo por su parte hasta que descubrió que mantener un trabajo no era aburrido. En lugar de actuar como aquel jardinero enloquecido, adoptó el planteamiento de reflexionar sobre sus opciones e investigar. Sin lugar a dudas no le resultó nada fácil; me contó que le dolía la cabeza y que tenía que reprimir sus impulsos de lanzarse a probar otro nuevo planteamiento. Por suerte perseveró, con alguna recaída, y consiguió desarrollar su labor hasta tener éxito, en esta ocasión como empresaria de conciertos. Y eso es exactamente lo que necesitaba: una recompensa a su paciencia. Recomendar paciencia nunca es tan efectivo como disfrutar de los beneficios que se recogen al final de una larga temporada de maduración.
Para la mayoría de las personas, pararse resulta tan sencillo como, en fin, pararse. Si os sentís decepcionados porque no estáis haciendo progresos con vuestra profesión de interiorista y os sentís atraídos por algo como la gestión inmobiliaria, simplemente paraos. ¿Habéis hecho todo lo que podéis trabajando como interioristas? ¿Habéis probado diferentes caminos para tener éxito en esa profesión? ¿Habéis hablado con suficientes personas y estudiado suficientes opciones dentro del interiorismo? Reflexionad. Y relajaos durante una temporada.

Paso 3: el gran muestreo

Y ahora, dejad que me convierta de gurú de la estrategia en experto en táctica. Porque no creo que sea justo que me suba a un pedestal y proclame: “¡Buscad vuestros sueños! ¡Seguid el arcoíris!”, entusiasmar a todos y luego largarme. No, deseo dejaros con algunas herramientas reales para avanzar. Da la casualidad de que los economistas poseemos una importante serie de herramientas y, en lugar de seguir los impulsos al azar, hacemos un muestreo en un amplio campo. Como cualquier matemático sabe, el muestreo es la única manera de conseguir controlar una amplia esfera de posibilidades.
Empezad con vuestros intereses actuales y seguid moviéndoos hacia fuera en espiral para sondear más intereses. ¿Y cómo? Es sumamente complicado, así que tened la libreta preparada:
Leed, hablad y pensad analíticamente.
¿Lo habéis cogido todo?
Leed
Leed, pero no cualquier cosa con la que os topéis casualmente en vuestro camino. Leed libros de divulgación, de texto, ficción, ensayo, artículos, revistas, blogs, carteles, catálogos de museos y galerías, periódicos, recopiladores de noticias, documentos de conferencias, tesis, publirreportajes, etcétera.
El objetivo de estas lecturas es el de que os deis cuenta de si cada vez estáis más interesados o de si empezáis a sentiros ahítos. Si esta última es vuestra reacción, probablemente esa no sea vuestra pasión.
Bueno, ahora es cuando mi consejo podría sorprenderos: si un tema parece interesante en el sentido de que deseéis leer más al respecto, no lo hagáis. El objetivo actual es realizar un muestreo, no leer en profundidad. Cada asunto o tema sobre el que decidáis leer debería estar alejado del anterior. El tesoro se encuentra buscando tanto muy lejos como muy cerca. Cada asunto que leáis os parece más o menos interesante que los demás. Estáis sondeando, explorando, calibrando vuestro grado de interés en el objetivo. En consecuencia, aunque hubierais podido encontrar que leer sobre astronomía era cada vez más interesante, luego os disteis cuenta de que la astrofísica lo era aún más. De hecho, la astronomía podría haber reunido condiciones como pasión, pero descubristeis que vuestro gran amor es la astrofísica. Al ampliar el campo de vuestras lecturas, y evitar leer más sobre astronomía, no os engañasteis pensando que ese es vuestro destino. Al maximizar el ámbito de las lecturas, aumentaréis las probabilidades de encontrar más intereses, puede que más pasiones, y en última instancia, descubriréis que una de ellas será vuestra pasión primordial.
Una y otra vez alguien me cuenta cómo un libro, un reportaje o un simple artículo en una revista cambió el curso de la vida de alguien. Una persona con la que hablé leyó el artículo escrito por un piloto sobre el placer de volar. En su favor he de decir que siguió leyendo y explorando diferentes caminos, pero su cabeza siempre volvía a la felicidad de volar. Entonces lo supo: tenía una base para poder comparar. Volar le atraía más que muchas de las demás empresas que había considerado. Así que podía dedicarse, y así lo hizo, a convertirse en piloto con total seguridad.
Hablad
Además, debéis hablar con personas que posean un amplio campo de intereses, experiencias y formación. Buscad gente en vuestra facultad, en vuestro trabajo, en vuestro centro social; buscad en las ferias, en las exposiciones, en los actos públicos y en cualquier comunidad de intereses, virtual o real. ¿Es fácil acercarse a los extraños? No, a veces las personas son imbéciles, ¿y qué? Seguid buscando con renovados bríos. Y me jugaría una buena cantidad de dinero a que la mayoría de las personas se sentirán halagadas por que alguien muestre interés por la historia de sus profesiones. A la gente le encanta hablar de sí misma.
Como con la lectura, no busquéis solo cerca de casa, pero tampoco descuidéis hacerlo. Hablad con vuestros familiares y amigos; cuando menos, tenéis acceso a ellos.
—Hablo con mis familiares y amigos —oigo con harta frecuencia—. Pero no saben más de lo que sé yo.
—Su experiencia está desfasada —dirá el estudiante—. Quiero analizar mi futuro ahora, no el pasado de otro.
Tales excusas son absurdas. Si vuestros familiares y amigos son mayores que vosotros, o si tienen una experiencia distinta, entonces saben más que vosotros a ese respecto.
Todo este libro se basa de forma directa en las experiencias pasadas de un gran número de personas, algunas se remontan a hace muchos años. Y esa es exactamente la cuestión: la misma estrategia para identificar vuestra pasión lleva funcionando desde hace mucho tiempo y es probable que lo siga haciendo durante mucho más en el futuro. Repetidamente oigo que una simple conversación abrió una esclusa de posibilidades profesionales. Una y otra vez, he oído que una simple conversación cambió la vida de alguien.
Tal vez el problema surja no de la imposibilidad de hablar con los familiares o los amigos, sino de la manera en que discurren tales conversaciones. Una conversación constructiva no conlleva que os quejéis de las decepciones derivadas de vuestra búsqueda, de la suerte de los demás o de que lloriqueéis en general. Y una conversación productiva no implica hacer preguntas vagas como “¿Qué crees que debería hacer?”. En vez de eso, haced preguntas sobre la otra persona, sobre sus intereses, y preguntad cómo descubrió su pasión. Da resultado, os lo prometo.
Un joven llamado Ben estaba profundamente desanimado por la búsqueda de su pasión y entonces conoció a alguien que amaba intensamente su trabajo, un ebanista. Ben cometió el error de preguntarle si el trabajo era duro. El ebanista consideró sin duda que aquella era una pregunta idiota y le soltó casi un sermón sobre las maravillas de la ebanistería. El hombre acarició el acabado de una mesa que tenía cerca e hizo que Ben hiciera lo propio. No se trataba, tronó, de la dureza del trabajo, sino de si el trabajo le alimentaba el alma a uno. Ben se quedó desconcertado. Jamás había considerado buscar su pasión, pero la charla con el ebanista le hizo cambiar de idea. En realidad, Ben no estaba interesado en la ebanistería, aunque quería que sus ojos refulgieran como habían brillado los de aquel hombre. Ben se puso a trabajar para encontrar su pasión; deseaba creer que un día él mismo podría reprender a alguien por preguntar “¿Es duro este trabajo?”.
Si sois sumamente tímidos, si la idea de hablarles a los extraños os aterroriza, lo primero que me siento obligado a deciros es que, si queréis tener éxito, debéis superar vuestra timidez. Lo segundo es que, a falta de personas con las que hablar, debéis leer acerca de cómo otras personas han encontrado su camino.
Pensad analíticamente
No podéis limitaros a leer o hablar. También debéis tener la mente funcionando a tope. Tenéis que entregaros en cuerpo y alma, leyendo y pensando con un fin. En relación con cualquier libro, dato, razonamiento o persona que esté a mano, debéis preguntaros sin parar: ¿por qué?, ¿por qué hicieron esto?, ¿por qué no hicieron lo otro?, ¿y si hubieran hecho esto?, ¿y si hubieran hecho algo completamente diferente?, ¿por qué no hacen algo diferente ahora? Si las respuestas empiezan a llegar rápidamente, puede que vuestra pasión esté acechando. Pero esas preguntas deben ocupar toda vuestra atención. Sí, es intenso. Pocas personas están entrenadas en el arte del pensamiento crítico, sea cual sea su nivel de estudios.
Pero jamás encontraréis vuestra pasión si os limitáis a explorar o a navegar por Internet. Sed conscientes de la superficialidad implícita en estas palabras —navegar y explorar—en nuestro mundo impaciente e irreflexivo. Tendréis que luchar contra la tendencia de la cultura popular para encontrar vuestras pasiones, y esa no es una tarea sencilla.

Paso 4: identificar vuestra pasión (frente a un interés)

Imaginad a un hombre que quiere pedirle a su novia, con la que lleva saliendo varios años, que se casen. La lleva a un precioso acantilado sobre el mar. Hacen una comida campestre, beben champán y luego, cuando ella se levanta para sacudirse algunas migas de la falda, él se pone de rodillas. “Cariño —dice él—, en los años que hemos pasado juntos apenas ha habido conflictos entre nosotros. A mi modo de ver nos compenetramos bien. Me resultas muy interesante. Y me parece que deberíamos pasar la vida juntos, si aceptas casarte conmigo”.
Ay, pobre hombre. Si es lo bastante afortunado para que ella no lo arroje por el acantilado, como mínimo lo abandonará. Eso sería sin duda una decisión inteligente, porque es evidente que él no la ama apasionadamente. Simplemente está “interesado” en ella.
La regla de la pasión es simple: la mente no puede parar de pensar en lo que ama. En un momento dado estás leyendo con la esperanza de encontrar un tema de gran interés; al siguiente descubres que estás leyendo y que no quieres parar. Casi parece que no puedas parar. O te encuentras manteniendo una conversación y empiezas a hablar con entusiasmo de una idea o una posibilidad. O te encuentras inmerso en una actividad y pierdes la noción del tiempo mismo, pues estás sumido en un estado de “flujo” o en la “zona de genio”, como lo han denominado diferentes autores.
Si os encontráis atascados dudando de si vuestro interés es una pasión, podéis pensar en la historia de la petición de mano. Esto es, si vuestro interés se concretara en una persona, ¿cómo le propondríais matrimonio? También podéis observar atentamente los problemas que rodean a vuestros intereses. ¿Estáis fascinados por ellos? Por ejemplo, a mí me interesa la biología. Las complejidades e interrelaciones de los sistemas biológicos me parecen maravillosos. Pero no tengo el menor interés en resolver los misterios de la biología. No se trata únicamente de que no tenga los conocimientos suficientes para hacerlo, lo cierto es que no quiero aprender tanto como para hacerlo. Y esto nos lleva a otro indicador de la pasión: la Norma del Profesor.
Los profesores saben que los mejores estudiantes aprenden con facilidad porque les encanta la materia. “Con facilidad” no significa con rapidez; “con facilidad” no significa sin frustración y equivocaciones. Lo que significa es que esos estudiantes se sienten impulsados a encontrar respuestas, a superar cualquier obstáculo que surja. Aprenden sus materias porque tienen que hacerlo. Pero, si no media la pasión por aprender, entonces no hay ningún tipo de pasión.

Paso 5: seguir buscando

Ahora que habéis identificado una pasión, no empecéis a preocuparos de si podría ser o no una profesión. Esa es una cuestión prematura. En cuanto un interés reúne las condiciones necesarias, o parece reunirlas, como pasión, hacedla a un lado y seguid buscando otra pasión.
Llegados a este punto, es probable que penséis que no estoy siendo razonable. Pero solo porque hayáis encontrado a vuestro amor, no significa que hayáis encontrado al mejor de vuestros amores. Por falta de paciencia, podríais pasar inadvertidamente junto a vuestro destino. Así que seguid buscando e inclinad las apuestas aún más a vuestro favor. Igual que el señor que se sintió cautivado por el artículo del piloto sobre el placer de volar volvió a retomar su interés, vosotros también regresaréis a vuestra verdadera pasión. Y entonces estaréis aún más seguros de que se trata de la profesión adecuada.
Demasiadas pasiones
—Profesor, me parece que me sentiría igual de feliz siendo el próximo Einstein que el próximo Beethoven. —La preocupación del joven era evidente.
—¡Excelente! —respondí.
Tener múltiples pasiones es algo maravilloso, no una desventaja por la que haya que preocuparse. Sin embargo, este joven no es una excepción en verlo como un dilema. Yo diría que la única razón para que se vea como un problema es la de que vivimos en un mundo lineal y carente de imaginación. Vivimos en un mundo que te pide que taches una única casilla para lo que quieres hacer.
¿Y si en lugar de tachar una casilla, escribes todo un párrafo explicando tu trabajo? Eso no es lo que el mundo te pide que hagas, aunque es lo que deberías hacer. Aquellos que son lo bastante afortunados para tener muchas pasiones deberían intentar combinar todas las que puedan dentro de una profesión integral. Por ejemplo, he conocido ingenieros que trabajan en el sector del espectáculo, utilizando sus conocimientos en ingeniería de formas insólitas.
También está el individuo al que le cuesta decidir cuál de sus pasiones debería ser la base de su sustento, y cuál debería quedarse para su placer personal. Por ejemplo, una abogada de mediana edad pasaba todos los fines de semana del invierno esquiando. En cuanto el tiempo enfriaba en noviembre, consultaba obsesivamente las informaciones sobre esquí buscando señales de nieve fresca. ¿Significaba eso que no debía ser abogada?, ¿que en su lugar estaba realmente predestinada a formar parte de una patrulla de esquí de montaña?
En absoluto. La cuestión que nos ocupa aquí es si vivía para esperar los fines de semana o disfrutaba de su trabajo. En este caso, le encantaba su trabajo, y el esquí encajaba perfectamente en su vida. Era una persona polifacética, que llevaba una vida perfectamente equilibrada, y no hay nada que yo pudiera recomendar más.
¿Cuánto tiempo?
“Siento interés por algo… durante un tiempo —escribió Summer—. Incluso me obsesiono por las cosas… durante un tiempo. Y luego, me aburro. Tal vez la clase de personalidad que tengo no es capaz de sentir pasión por una profesión”.
He oído preocupaciones como estas muchas veces, y también otras: ¿durante cuánto tiempo debería prolongarse la búsqueda de los intereses?, ¿cuándo paras, cuando tienes suficientes pasiones donde escoger tu gran amor?, ¿dejas de buscar si todo lo que puedes encontrar son intereses y no verdaderas pasiones?, ¿cuándo te conformas con una profesión que solo se basa en un interés?
Todas estas son preguntas válidas. Y claro que tengo respuestas, pero primero es importante reconocer la tendencia natural de la mente a resolver la dolorosa incertidumbre precipitándose a decidir… incluso a decidir que es el momento de rendirse. Sed conscientes de vuestros prejuicios y de cómo vuestra mente podría estar yendo en contra de vosotros y de vuestra capacidad para tener paciencia.
No creo que haya ninguna personalidad que sea incapaz de encontrar una pasión sostenida. Los veintitrés mil alumnos con los que he trabajado a lo largo de treinta años son prueba de ello, y contrariamente a la sugerencia de Summer de que me dedico a sermonear a las “masas anodinas”, la mayoría de las personas —y no un “ínfimo porcentaje”— es capaz de encontrar su pasión. Y de forma bastante sencilla, como he podido comprobar. Imagino que Summer está rodeada de personas que parecen vencidas por su trabajo. Así que a ella le parece que uno tiene que ser notablemente excepcional, y estar tocado por el dedo divino, para disfrutar de su trabajo. Pero sé que no es así.
Lo sé porque he visto a un pequeño ejército de personas encontrar sus pasiones. Unas la encontraron en los campos del esoterismo, otras trabajando con sus manos; algunas, en las esferas más exigentes, y otras más, en tareas sumamente artísticas; en labores solitarias, algunas, y en equipos descomunales, otras. Procedían de todas las culturas, inmigrantes y nacidas aquí; acomodadas y que apenas podían pagar el alquiler. Estaban representadas todas las personalidades. Algunas personas eran tímidas y otras, bulliciosas; las había decididamente seguras y también medrosas. Lo único que las unía era su pasión. No es excepcional que las personas encuentren sus pasiones, ni es algo reservado para unos pocos escogidos. Pero sí diré que la inmensa mayoría de estas personas buscaron metódica y decididamente para alcanzar sus metas.
En cierto sentido, sí, hay un límite en cuanto al tiempo que deberíais investigar y a la extensión que debería tener vuestro Gran Muestreo. Aunque eso siempre será un juicio personal, disponéis de algunos parámetros para orientaros.
En primer lugar, la decisión está influida por la edad. Si se es joven, uno se puede permitir el lujo de una búsqueda más larga, tal vez de varios años. Si se es mayor, habrá que parar antes, aunque debería durar por lo menos un año. ¿Significa esto que haya que dedicar todas las horas de vigilia a eso? En absoluto. Esa es la razón de que el factor clave no sea la duración, sino la intensidad de la búsqueda. Si se asiste a la universidad o se tiene un trabajo, deberían invertirse un par de horas a la búsqueda la mayor parte de los días. Con este índice de intensidad, una búsqueda completa durante un año debería abarcar mucho territorio y tener muchas probabilidades de éxito. Dos años con esta intensidad es aún mejor. (Para que no penséis que no soy más que un tirano desfasado, es evidente que no todos podrán invertir un par de horas al día. Por ejemplo, un padre con hijos pequeños seguramente avanzará de manera más lenta). Sabréis que habéis tenido éxito con el Gran Muestreo si este tiempo produce al menos un par de intereses o pasiones fuertes.
Los caminos de la vida son sumamente variados. Infinidad de circunstancias pueden enviarnos por caminos tortuosos. Enfermar o tener que cuidar de un familiar enfermo puede distraer nuestro tiempo y nuestra atención. Encontrar al amor de nuestra vida puede ser tan apabullante que la profesión desaparezca de la vista durante un tiempo. Los accidentes imprevistos de la vida pueden, por consiguiente, desplazar la búsqueda de los intereses y la pasión profesional. Es comprensible que alguien pueda encontrarse casado y “trabajando para vivir”, sin un interés o una pasión definidos. En tales circunstancias, uno no puede buscar enérgica o continuamente. Pero, no obstante, se puede buscar, siempre que se pueda y de la manera que sea.
Alec era un mecánico con un buen sueldo que estaba profundamente aburrido. Todas las noches se quejaba a su mujer de la monotonía de su trabajo. Al final, ella le dijo que dejara de lloriquear o que hiciera algo sobre su descontento. (Bendito el cónyuge que sabe cuándo ser comprensivo y cuándo montar una bulla.) Así que Alec se matriculó en un curso nocturno de literatura y se sorprendió a sí mismo cuando vio que le iba bien. Seis años después, está lejos de donde estaba: da clases de inglés en el último curso de un instituto privado. Y no podría ser más feliz.
Flora, tras haber abandonado los estudios en el instituto para pasar de un trabajo ingrato a otro, era una madre soltera que a duras penas conseguía pagar sus facturas trabajando como auxiliar administrativo. Pero era una luchadora, una mujer callada y constante que pensaba que merecía algo mejor. Así que experimentó, leyó y habló con sus amigos y familiares sobre cómo habían encontrado ellos sus caminos. Al final, ahí estaba: un trabajo digno de su talento e intereses, una mezcla casi perfecta de sus intereses, personalidad y aptitudes. Por fin, es feliz como asistente de veterinaria trabajando todo el día con los animales que ama y utilizando su experiencia y don de gentes para sobresalir. Un modelo de conducta mejor para su hijo sería difícil de encontrar.
Así que, ¿cuánto tiempo debéis buscar? En la búsqueda de vuestra pasión, buscad mientras tengáis que hacerlo. Y mientras buscáis, al menos tenéis la esperanza de que mañana vuestro talento encontrará su verdadero hogar.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Larry Smith es un premiado profesor de Economía en la Universidad de Waterloo de Ontario (Canadá). Es además presidente de una consultora económica especializada en innovación y desarrollo. También asesora a emprendedores de todo tipo.
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