No hay peligro en sobreexponerse
Resumen del libro

No hay peligro en sobreexponerse

por Robert Slater

Biografía del excéntrico magnate inmobiliario Donald Trump

Introducción

 

Este libro nos ofrece la biografía más reveladora de Donald Trump, leyenda viva que encarna mejor que nadie el sueño americano. Basado en más de cien horas de encuentros con Trump y un total de ciento cincuenta entrevistas, nos acerca al ejecutivo, negociador, estratega, superviviente, famoso, al magistral manipulador mediático y, al fin, al hombre que está detrás de todo ello.
Cuando comenzó su famoso programa “El Aprendiz”, Donald Trump ya era una leyenda. Se le conocía como aquel millonario cuyo nombre es su propia marca. Sin embargo, y a pesar de todo lo que se había escrito hasta el momento sobre él, nadie había conseguido revelarnos al hombre que se esconde detrás de la imagen. Slater se propuso esa tarea y siguió a Trump en sus viajes, habló con él durante horas y entrevistó a sus empleados y colaboradores, pero también a sus competidores, como Kirk Kerkorian y Steve Wynn. El resultado es un documento que nos revela algunos de los secretos que llevaron a Trump a convertirse de un agente inmobiliario local en un magnate global.
A lo largo de su obra, Slater va extrayendo las principales lecciones de la manera de hacer negocios de Trump. En concreto, el autor se adentra en la forma en que Trump maneja a los medios de comunicación, en su modo de vencer retos y dificultades que inicialmente parecen insuperables, y en cómo lucha por el éxito a pesar de todos los inconvenientes que puedan interponérsele en el camino. Slater también nos muestra la visión que Trump tiene de sí mismo, así como los motivos que le empujan en su actuación.
El objetivo del libro era captar con profundidad los principios de las técnicas y estrategias de gestión de Trump, además de ofrecer alguna clave que permita explicar sus numerosos éxitos empresariales, conseguidos durante años. A través de esta obra, el autor ha tratado de dar respuesta a cuestiones tales como cuáles eran sus estrategias de negocio y sus actitudes hacia el liderazgo y la gestión, por qué su programa “El Aprendiz” llegó a ser el programa del año en 2004 y, en definitiva, encontrar la explicación de por qué fue él, y no otros miles de promotores inmobiliarios, el que consiguió hacerse una celebridad en los negocios.
Para escribir su libro, Slater no contó de inmediato con la colaboración de Trump, sino todo lo contrario: se encontró con su abogado amenazándole con denunciarle si proseguía con su intención. La actitud de Trump respondía a una fuerte necesidad de controlar al límite de lo posible su propia imagen y todo aquello que se escribía sobre él. Sin embargo, fue al final el mismo Trump el que accedió a que el autor le entrevistase y llevase a cabo su proyecto, gracias a las referencias positivas sobre Slater que recibió de otros líderes empresariales. Además, Trump entendió que la idea de esta obra constituía también una oportunidad que, bien manejada, podría afectar favorablemente a su imagen.
Como explica el propio autor, la anécdota del abogado y sus escritos conminatorios refleja bastante bien la naturaleza flexible y directa de Trump a la hora de responder a los desafíos que le surgen: primero muestra su rechazo e incluso utiliza la amenaza, para luego acceder a una propuesta previamente bien sopesada. Por lo demás, el amago de litigio es una parte bien conocida de su estrategia para mejorar la imagen comercial.

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La forja de una imagen

Para definirse a sí mismo, Trump utiliza la expresión “hipérbole veraz”. Ello es así porque el rasgo que más le caracteriza es su deseo de dar a conocer a todo el mundo que es el mejor y el más inteligente, y así atraer la publicidad sobre sí mismo. Esto podría carecer de interés si no fuera verídico; sin embargo, son muchas las experiencias que han mostrado sus grandes cualidades, como el hecho de que haya sido el más importante promotor inmobiliario de Nueva York, uno de los mayores agentes en la industria de los juegos de azar y una de las estrellas televisivas más populares de los EEUU.
A diferencia de otros líderes empresariales que detestan la publicidad personal, Donald Trump prospera gracias a ella: no oculta los datos de su vida privada y la manera en que los cuenta resulta muy atractiva para el público. Pero detrás de todo ello está la conciencia del valor en sí que representa su popularidad. No teme reconocer cuanto tiene, pero no aporta detalles sobre cómo lo ha conseguido. En definitiva, mientras los demás venden, él vende y se vende, y es precisamente esta capacidad la que constituye la clave de su éxito. Así, su puesto en el “Forbes”, el número 73 de entre los hombres más ricos de EEUU, convalida su estilo como método y, por ello Trump, fiel a sí mismo, no intenta que le rebajen en dicha lista, sino todo lo contrario.
En efecto, Trump no ha rechazado ninguna oportunidad que se le haya cruzado en el camino. Con el mismo entusiasmo ha construido edificios, insuflado vida y sacado a flote a sus casinos endeudados, ha rodado las nuevas entregas de su programa “El Aprendiz” y ha escrito su tercer libro durante 2004, “Trump: pensar como un millonario. Todo lo que Vd. necesita saber sobre el éxito, el negocio inmobiliario y la vida.”
Al contemplar el éxito de Trump, es inevitable preguntarse sobre qué es lo que le motivó en su trabajo. ¿Fue, como sugerían sus críticos, la avaricia, el respeto de sus iguales, o bien el reconocimiento público? Teniendo en cuenta su trayectoria, se obtiene la impresión de que le impulsa más la lucha por conseguir una fortuna que la oportunidad de gastarla. Asimismo, resulta evidente que le gusta negociar, llegar a acuerdos, dirigir negocios exitosos y expandirlos allá donde sea posible. Sin embargo, nada de eso le ha empujado tanto como la marca que representa su propio nombre. Aparecer en público al máximo, promocionar todo aquello que llevaba su nombre, explorar cualquier idea que sirviera a la expansión de su propia marca, era su objetivo principal.
A pesar de ello, su camino hacia el reconocimiento en el mundo empresarial no siempre convergía con el de su popularidad. De hecho, a principios de los noventa, tras haber tenido que saldar una enorme deuda y reconstruir su fortuna, aparecía en las portadas de muchos periódicos que a menudo eran tabloides y no en las revistas de negocios.
Cuando en los setenta entró en el negocio inmobiliario, hizo una apuesta arriesgada: decidió emplear su nombre para los edificios que compraba. Se trataba de una técnica de marketing muy poderosa, a la vez que altamente arriesgada, pero que paradójicamente obtuvo éxito porque representaba una gran confianza en sí mismo. Para asentar ese triunfo, resultaba imprescindible que la marca, que era su propio nombre, sólo suscitara asociaciones positivas. Para ello, se lanzó a otra nueva y peligrosa apuesta: decidió encargarse personalmente de su imagen en los medios de comunicación, en lugar de dejarlo en manos de especialistas en relaciones públicas. La base de esta estrategia descansaba en su profunda creencia de que existía un nexo entre su ego, su imagen y su éxito en los negocios. En consecuencia, y contrariamente a otros líderes empresariales, Trump se abría al mundo y se hacía accesible a los medios de comunicación.
Así, a pesar de que esta estrategia implicara perder su vida privada, la adoptó como medio para ser aceptado y tomado en serio por sus logros. Las lecciones de Trump sobre el éxito quizá no resulten de entrada demasiado aceptables, pero es innegable que en su caso han funcionado. Se trata de comprender la importancia, cada vez mayor, del hecho de constituir un foco de atención pública. En ese sentido, su ejemplo puede animar a otros hombres de negocios a descubrir las ventajas de la atención de los medios de comunicación.

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Conquistar una isla

La trayectoria de Donald Trump desde su juventud ofrece el clásico ejemplo de emulación y posterior superación del ejemplo paterno. Su progenitor era un promotor inmobiliario con éxito cuya fortuna alcanzaba los 200 millones de dólares cuando murió. Era un hombre caracterizado por una gran confianza en sí mismo y una enorme capacidad de trabajo. De él, Trump heredará el conocimiento profundo del negocio inmobiliario y, de su madre, el instinto de lo teatral y su glamour.
Las lecciones que Trump recibió de su padre, aparte de los conocimientos técnicos sobre la construcción de inmuebles (de lo que presumía de habérselos enseñado desde su más temprana edad), incluían la fortaleza de carácter y la eficacia; como solía decirle: “Entra, hazlo, hazlo bien y sal”. También le enseñó la importancia del dinero: aunque por su situación no se veían obligados a ganarse el pan, Fred, el padre, insistió en que todos sus hijos trabajaran.
El paso por la academia militar Donald también se lo debe a su padre, que estaba convencido de que éste era el entorno propicio para que a su hijo se le inculcase uno de los valores que consideraba fundamentales: la disciplina. En la academia, Trump aprenderá que “ganar” no sólo era todo, sino lo único, y el secreto para ello residía en la preparación, esto es, en aprender lo máximo posible sobre cualquier cuestión: lo cual valía tanto para estudiar una asignatura, como para jugar un partido de baloncesto.
Tras graduarse de la academia militar, Trump se encontró en una encrucijada; en un primer momento quiso dedicarse a la producción de películas, pero un amigo le sugirió la posibilidad de decantarse por la promoción inmobiliaria argumentando, precisamente, que de ello “sabía más que nadie”. Sin embargo, y por un tiempo más, decidió completar su educación, primero en Fordham y luego en la Wharton School of Business, considerada una de las mejores del país. Su paso por Wharton le enseñó cómo conseguir el éxito, cómo evitar que los demás te engañen y cómo ser fuerte, todas ellas lecciones que le vendrían muy bien en el futuro.
Cuando empezó a trabajar, lo hizo junto a su padre, pero con la determinación de crear su propia identidad. El mundo de los promotores en Brooklyn y Queens le enseñó cómo negociar y competir, pero se trataba de un mundo corto de visión, en el que todo se desarrollaba a un nivel demasiado local. Pronto convencerá a su padre para que intenten expandir el negocio a Manhattan. Esto constituía un riesgo que, a la larga, acabó suponiendo la consagración de Trump como promotor.
Así, mucho antes de convertir su propio nombre en marca comercial, Donald Trump decidió dejar su impronta personal en Manhattan, cambiar el cielo de Nueva York. Trump quería triunfar a lo grande, construyendo los más soberbios proyectos y de la mejor manera posible. No estaba dispuesto a ser un promotor inmobiliario ordinario: desde sus comienzos había descubierto que organizar un proyecto monumental no ocupaba ni más tiempo ni más esfuerzo que uno pequeño. Por este motivo, se decidió a empezar con lo grande. Además, su instinto de marketing le decía que ésta era la mejor manera de atraer todos los recursos necesarios para llevar a cabo sus metas. Sólo lo más extraordinario y con pretensión de ser lo mejor podría atraer a los medios de comunicación. Fue así como se propuso construir excepcionales edificios, con un estilo único y de alta calidad.
Su primer proyecto fue la reconstrucción del Hotel Commodore, uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York. Todo un desafío en sí mismo por estar situado en una zona deprimida, en un momento de recesión económica, y por implicar la condición de que el ayuntamiento le liberara de impuestos conformándose con una participación en los beneficios, además de que, para todo ello, el banco le concediera un préstamo de 60 millones de dólares. Parecía un proyecto imposible, pero que Trump conseguirá finalizar con éxito, construyendo un edificio completamente nuevo, deslumbrante por su diseño y calidad.
Después vino, con igual resultado, una torre residencial en la Quinta Avenida, a la que Trump se atreverá a poner su nombre, “Torre Trump”, a pesar del riesgo que implicaba asociarlo con su nombre si se convertía en un fracaso comercial. Este edificio sintetizará la filosofía comercial de Trump: crear un producto maravilloso y envolverlo en su persona. Luego les tocó el turno a la pista de hielo en Central Park, el Hotel Plaza, el Trump Shuttle, el Trump Place..., todo ello acompañado de frecuentes conferencias de prensa y enfrentamientos con plataformas cívicas contrarias a sus proyectos, a las que convencía de que su plan era el mejor hasta que los hechos lo corroboraban.
En todos estos desafíos, Trump consiguió tres objetivos: en primer lugar, crear un nombre, por lo que los edificios tenían que ser los mejores, los más elegantes, los de más alta calidad y los mejor gestionados; en segundo lugar, convertir su nombre en una marca, y de ahí que los fuera denominando “Trump Tower” o “Trump Place”; y, por último, conseguir la fama, aunque él afirmara no buscarla.

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El valor de la celebridad

Poco a poco, y con cada nuevo proyecto y cada artículo que se escribía sobre él, Trump se hacía más famoso. Al parecer, esto se debía no tanto a su éxito comercial como a su habilidad para representar el papel de millonario. Su estrategia para convertirse en el foco de las noticias, demostrando un gran conocimiento del negocio de las comunicaciones, era muy clara: insistir en que sus proyectos eran los más formidables. Inevitablemente, atraía la atención. La peculiaridad de su manera de trabajar, y algo a lo que pocos estaban dispuestos, era desafiar la convención, incluso cuando de por medio se encontraba su vida privada.
Sin embargo, la cadena ininterrumpida de éxitos profesionales y personales de repente tocó a su fin con la recesión, a finales de los ochenta y principios de los noventa, en los sectores de juegos de azar y en el inmobiliario. En ese momento Trump estaba construyendo un gran casino, el “Taj Mahal” en Atlantic City, y el mercado inmobiliario en el noreste empezó a desinflarse. Como consecuencia, Trump se encontró con una deuda de nueve mil millones de dólares, y los medios enfocaron con igual celo sus fracasos como antes lo habían hecho con sus éxitos. Parecía que todo se venía abajo.
Esta situación le serviría después para hacer un análisis sincero y objetivo sobre por qué le había ocurrido esto. No queriendo caer en la tentación de culpar a la desfavorable coyuntura económica, era menester empezar a pensar que algo de culpa también podía corresponderle a él mismo. En ese sentido, concluyó que todo le había ido demasiado fácilmente porque, en realidad, todo dependía de los créditos que le concedían los bancos, pues él nunca invertía mucho de su propio dinero. Por ello, su éxito era, en el fondo, como una burbuja.
Decidido a no rendirse, Trump iba a encararse con los bancos y a hacer frente a la deuda contraída con ellos. En este sentido, la rapidez para dirigirse a los bancos y negociar era esencial. Aparte de su reputación y la marca que representaba su nombre, existía en la banca el temor fundado de que la caída de alguien como Trump provocara reacciones similares en cadena en el caso de otros inversores. En estas circunstancias, Trump convocó a sus acreedores y les pidió una moratoria de cinco años para abonar sus deudas e intereses contraídos. Éste era el tiempo que él consideraba necesario para mejorar su situación financiera. De lo contrario, tendría que declararse en bancarrota y los bancos se verían envueltos en un proceso legal que podría durar años. En otras palabras, les convenció de que su interés era el de ellos.
En efecto, ese período resultó favorable para Trump y, al cabo de cinco años, con una nueva coyuntura económica y un hábil manejo de sus propiedades y de su imagen, consiguió saldar la deuda que amenazaba con acabar con su carrera empresarial.

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Cuidar el nombre

La mayoría de los líderes empresariales suelen evitar la publicidad porque sus culturas corporativas favorecen el trabajo en equipo frente al desarrollo de su propio ego, y se muestran siempre temerosos de lo que puedan pensar de ellos sus accionistas. Con Donald Trump sucede todo lo contrario, y la participación de accionistas en su negocio es mínima. Para él lo fundamental es cultivar las buenas relaciones con los medios de comunicación para conseguir popularidad y aceptación. Antes que como enemigos, los considera sus aliados: cada vez que su nombre aparecía en la prensa se creaba una oportunidad para vender un piso o atraer a los clientes a uno de sus casinos. No creía que hubiera peligro en sobreexponerse a los medios de comunicación.
Trump es su propio jefe de relaciones públicas porque cree que necesita serlo. Su objetivo empresarial principal es mantener la imagen positiva de su propia marca, que es él mismo, en los medios de comunicación. Una de sus frases es: “Si esto no puede conseguirme la portada del New York Times, no quiero comprarlo”. Asimismo, si bien es cierto que nadie habla tanto de Donald Trump como él mismo, también lo es que nadie escribe tanto sobre lo que significa ser Donald Trump como el propio Trump. El motivo no es, por supuesto, la necesidad de vivir de los derechos de autor, aunque sus libros hayan sido siempre bestsellers. Trump ve en escribir sobre él mismo el mejor método de responder a sus críticos y de explicarse ante el público. Considera que sus actividades merecen respeto, y a la vez, desea dejar la mayor cantidad posible de material escrito por sí mismo para que la posteridad pueda formarse una opinión sobre él que no se base principalmente en lo publicado por sus detractores.
El hecho de que sus libros se convirtieran en bestsellers le ha incentivado a escribir uno detrás de otro. Su primer libro fue “Trump: el arte del acuerdo”, un libro de memorias empresariales escrito a los 41 años. Luego siguieron: “Trump, sobrevivir en la cumbre”, “Trump: el arte del retorno”, “Trump: cómo enriquecerse”, “Trump: el camino hacia la cúspide. Los mejores consejos empresariales que jamás he recibido” y “Trump: pensar como un millonario. Todo lo que Vd. Necesita saber sobre el éxito, el negocio inmobiliario y la vida”, todo un récord para una figura del mundo empresarial.
En sus relaciones con la prensa Trump es directo y extremadamente colaborador, aprovechando cada ocasión para utilizar su “hipérbole veraz”. Nunca da la impresión de sentirse incomodado ante ciertas preguntas. Los periodistas están dispuestos a escucharle porque saben que, a pesar de las exageraciones, lo que dice tiene suficiente fundamento como para que su trabajo esté justificado. Sus buenas relaciones con la prensa inevitablemente influyen en la manera en cómo los periodistas escriben sobre él. Aprecian sus citas, su franqueza, su accesibilidad, su sentido del humor y su encanto personal. La publicidad negativa no le preocupa, porque sabe que su impacto es limitado en el tiempo y no afecta a su negocio.
Contrariamente a otros directores generales de empresas, Trump es un hombre dispuesto a hablar de su vida privada en público y a expresar sus opiniones personales sobre otros personajes públicos. Esto le ofrece una ventaja instantánea en los medios respecto a sus competidores, por lo general mucho más reservados y sobrios. Estos nunca secundarían su comportamiento ante los medios de comunicación: por ejemplo, ninguno de ellos se atrevería a confesar si usa peluca o no, ni dejaría que lo comprobasen en un programa de tanta audiencia como “Larry King Live”; tampoco concederían una entrevista a “Playboy”, ni participarían en un programa de humor como “Saturday Night Live” y, desde luego, ninguno hablaría tan abiertamente sobre su fortuna.
Para entender esa necesidad de apoyo en los medios de comunicación, hay que tener en cuenta que fueron su principal aliado para salir a flote de la crisis de bancarrota y endeudamiento a la que se enfrentó a principios de los años noventa. En efecto, para mantener la credibilidad necesitaba ser famoso, y para ser famoso necesitaba ser rico. A su vez, ser rico significaba descubrir hasta dónde lo era, pero para ello necesitaba cierta privacidad en sus asuntos financieros. Estas aparentes paradojas requerían un difícil equilibrio que Trump conseguía con gran habilidad, aunque no sin dificultades.
Lo que es innegable es que no sólo Trump da mucho que hablar, sino que también habla mucho de sí mismo, de su imperio financiero y de sus proyectos. En definitiva, es alguien que ha aprendido a promocionarse a sí mismo como pocos, y que ha trabajado arduamente para conseguirse una cobertura mediática que convirtiera su propio nombre en una marca.

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El nombre familiar

Cuando se piensa en las cualidades que posibilitan el éxito de los líderes empresariales se cree que, ante todo, se trata de rasgos tales como específicos secretos de liderazgo, conocimiento de estrategias empresariales, estilos de gestión, etc. Así, se supone que los líderes deben ser buenos oradores, articular bien las iniciativas, tener la capacidad de ilusionar a sus empleados para un nuevo proyecto o estar bien formados. Pero se olvida lo más importante: que sean capaces de promocionarse a sí mismos. Se trata ésta de una cualidad que pocos poseen y que casi ninguno se atreve a desarrollar y cultivar abiertamente, excepto Donald Trump.
En ese sentido, mientras que otros rehúyen el protagonismo personal o lo consideran dañino tanto para sus acciones como para su reputación personal, Donald Trump prefiere hacer todo lo contrario, y bautiza con su propio nombre sus residencias de lujo, casinos, hoteles, edificios, etc. Ello les confiere un valor añadido, siempre y cuando él sea un hombre extremadamente conocido. En otras palabras, cuanto más famoso sea, más valor tendrá su nombre-marca cuando lo utilice para dar nombre a sus edificios y casinos.
Ello es así porque el nombre de Donald Trump no es sólo una marca, sino una marca de lujo fácilmente identificable, tanto como puedan serlo Coca-Cola, Microsoft, Nike u otras. Su marca es de aquellas que se han convertido en un sinónimo y una garantía de calidad para residencias de lujo e impecables y ostentosos casinos u hoteles. A lo largo de los últimos años, son muchos los personajes populares que han intentado, y no han conseguido, hacer de su propio nombre una marca exitosa; entre los que lo han logrado están Oprah Winfrey, Tiger Woods y Donald Trump.
Según confirma su propia trayectoria, lo que mueve a Donald Trump en su empeño de autopromoción, más que un ego hipertrofiado es la convicción profunda de que muchos pueden ser tan buenos en algo como los mejores entre los mejores, pero adolecen del fallo de no saber llamar la atención: ser incapaces de “generar interés y crear emoción”, de acuerdo con sus propias palabras. Trump ha conseguido este objetivo a través de las múltiples identidades que ha ido creando para su personalidad: Trump-persona, Trump-al frente de un imperio financiero y Trump-marca.
Como es lógico, su estilo tiene sus partidarios y sus críticos. A algunos les parece que ha ido demasiado lejos, mientras otros admiran que haya conseguido convertir su nombre en una mercancía que no sólo significa extravagancia, sino también calidad. Lo cierto es que la autopromoción se ha convertido en una estrategia empresarial fundamental, basada en un esfuerzo dinámico e intenso. Gran parte de su éxito se debe también a la microgestión, esto es, delegar lo menos posible en sus subordinados y hacer él mismo todo aquello que puede.
Otros rasgos de su carácter como la fuerza de su personalidad, su presencia física imponente, la pasión con la que habla sobre cualquier tema, su movimiento constante y su astucia son otros tantos ingredientes de su peculiar fórmula de éxito. Pero, aparte de todo ello, Trump es en el fondo, y sobre todo, un gran vendedor. Como demuestra su trayectoria, cualquier cosa que ha emprendido ha tenido el éxito casi garantizado, porque tiene algo bueno que vender entre las manos y sabe cómo hacerlo. En palabras de un constructor: “Hace quince o veinte años había mucho ruido en torno a Trump, pero ahora hay mucho fundamento en todo lo que se dice de él”.
No obstante, llegado cierto momento de su vida, a Trump todavía le faltaba un medio de expresión que estuviera a la altura de sus expectativas y posibilidades. Había ido de proyecto en proyecto, procurando siempre ser el más grande y el mejor en cada uno, hasta que encontró un medio que servía a sus objetivos mejor que ningún otro: un programa televisivo llamado “El Aprendiz”. En él Trump encontró todas las oportunidades reunidas y la mayor amplitud de alcance para realizar su principal objetivo comercial: autopromocionarse.
La idea la sugirió Mark Burnett, un joven emprendedor inglés que se había destacado como productor de “Survivor”, un programa de darwinismo social en el que los participantes competían por comida, alojamiento, amistad y un millón de dólares. Burnett quería hacer un programa sobre la jungla empresarial neoyorquina y necesitaba a un empresario que se ajustara a sus necesidades de presentador para una realidad como esa. Trump parecía la elección ideal.
El programa consistía en que los distintos equipos de participantes competían entre sí en proyectos de negocio para poder continuar participando; se trataba, por lo tanto, de una especie de “Gran Hermano” para empresarios. Trump despedía al término de cada semana a un miembro del equipo perdedor. Al final de la serie, se elegía a una persona, de entre los dieciséis participantes, como ganadora, premiándosela con la oportunidad de ser “el aprendiz” de Trump durante un año, trabajando en uno de sus proyectos y con un salario de doscientos cincuenta mil dólares anuales.
El programa se convirtió pronto en líder de audiencias, y Trump parecía haber encontrado el papel de su vida, convirtiéndose final y definitivamente en la estrella que le habría gustado ser. Cada vez que aparecía, se percibía que él era el que ostentaba el mando, preguntando a los perdedores en qué habían fallado, pidiendo que los participantes se evaluasen unos a otros e intimidando con su presencia. Cuando llegaba la hora de expulsar a un concursante, estaba listo para ello con sus famosas palabras “¡Está despedido!”.Sin embargo, en su vida real Trump es mucho más cauteloso a la hora de despedir a alguien, llegando a poder considerarlo durante meses e incluso años antes de tomar la decisión, pues sabe que un trabajador despedido le odiaría de por vida.
Después del éxito del programa, el problema que se le planteó a Donald Trump fue cómo sacar provecho de tanta publicidad y fama como había logrado. Le llovían ofertas de todas partes, todos querían algo de él: conferencias, bautizar todo tipo de objetos con su nombre (desde almohadas hasta perfumes), etc. Su gestión consistió en aceptarlo todo con el fin de no perder ni una oportunidad. Solía decir: “Hago mucho dinero con tan sólo exponerme”. Toda esa publicidad significaba más negocio para él: era como un gran anuncio para la compañía Trump que se ahorraba así millones de dólares en promoción. Lo que demuestra que, aunque es imposible predecir cómo tratará el futuro a Donald Trump, lo cierto es que, en su caso, la sobreexposición ha sido clave de su éxito.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Robert Slater es uno de los más famosos biógrafos empresariales de la actualidad. Ha sido corresponsal de Time y Newsweek. Entre sus muchos libros se incluyen: Microsoft Reiniciado, La década Wal-Mart, El ojo del huracán: cómo John Chambers dirigió Cisco Systems a través del hundimiento de la tecnología, Invertir primero, investigar después y otros 23 secretos comerciales de George Soros, John Bogle y el experimento vanguardista, Jack Welch y la vía GE, etc. Es también el coautor de Ejecución despiadada: qué necesitan hacer los líderes empresariales cuando sus empresas se enfrenten a la quiebra.
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