Lo que realmente molesta a los jefes
Resumen del libro

Lo que realmente molesta a los jefes

por Anita Bruzzese

Compendio de normas básicas de comportamiento en un entorno laboral

Introducción

 

Cuando a usted le entrevistan para cubrir un puesto de trabajo, le examinan acerca de sus habilidades y su experiencia hasta que, finalmente, si logra pasar todos los filtros, resulta elegido como el mejor entre todos los aspirantes. Antes de que tan siquiera se siente a su mesa de trabajo, la empresa ha invertido ya una considerable suma de dinero: anuncios en prensa especializada, contratación de headhunters y horas destinadas a entrevistar a candidatos. Una vez que se incorpora a su nuevo puesto, lo normal es que reciba usted varios cursos de formación. Además, según los expertos, como “novato” que es, no estará ni siquiera al 50 % de su potencial rendimiento hasta que pasen por lo menos doce semanas.
Como ve, cuando su jefe le contrató, sabía que tenía que invertir mucho dinero en usted (no solo por su nómina). Y si él quiere que usted triunfe no es solo por los compromisos financieros que ha adquirido, sino porque el éxito de ambos es recíproco.
De ahí que los jefes se sientan frustrados cuando los empleados empiezan a hacer cosas estúpidas. Tales como presentarse el primer día con el pelo teñido de verde cuando en las entrevistas lucía una discreta cabellera castaña o utilizar el teléfono personal en mitad de las reuniones. Este tipo de comportamientos son los que sacan de sus casillas a quienes tienen una plantilla a su cargo, incluso antes de que el recién llegado se haya tomado el primer café con los compañeros.
Tenga en cuenta que los jefes también tienen un superior jerárquico. Esto significa que están sometidos a una presión constante y que lo que menos desean es que su trabajo se vea interrumpido para tener que lidiar con algún trastorno provocado por uno de sus subordinados.
Si este resumen ha llegado a sus manos, podrá sacarle partido de dos formas. En primer lugar, al leer las cosas que sacan de quicio a los jefes podrá darse cuenta de cuál es su actitud en el trabajo y actuar en consecuencia. Por otra parte, si resulta que el jefe es usted y tiene un empleado a su cargo que le hace perder el sueño, quizá sea una buena idea deslizar disimuladamente este resumen entre los papeles de su escritorio y esperar a ver si la estratagema surte efecto. Mucho de lo que leerá a continuación le parecerá de sentido común (o meras normas de urbanidad), pero recuerde que no todo el mundo atesora toneladas del “menos común de los sentidos”. Y si no lo cree, levante por un momento la vista de su escritorio...

 


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Lo que saca de quicio a su jefe (y cómo evitarlo)

Tirar la silla por la ventana. El Departamento de Trabajo de los Estados Unidos estima en casi dos millones de personas las víctimas anuales en los espacios laborales. Puede que usted crea que sus estallidos de cólera o su descontento no son algo de lo que preocuparse. Después de todo, simplemente está frustrado y deja escapar un poquito de humo por las orejas. Pero es seguro que a su jefe no le importa si es usted miembro de Amnistía Internacional. Él solo verá unas emociones descontroladas y creerá que ha llegado el momento de mantener con usted una conversación privada o de incoarle un expediente (o ambos).
Las aprensiones de su jefe se deben, por una parte, a la preocupación por la seguridad de los demás trabajadores (y la suya propia) y a que, normalmente, los directivos de recursos humanos establecen normas muy estrictas en este ámbito. En cualquier caso, este es un asunto que todos los jefes odian.
Por lo tanto, si la frustración lo tiene atrapado o se ve en la necesidad de arrojar su silla por la ventana, es preciso que ataje la situación para impedir unas consecuencias poco deseables. Lo más importante de todo es reconocer que existe un problema para, a continuación, buscar un profesional que le ayude a controlar un estrés que puede llevarle a mostrar un comportamiento agresivo.
Hacer de cada viaje una fiesta. Los jefes son conscientes del esfuerzo que llevan aparejados los viajes de negocios, y todo el mundo está de acuerdo en que un empleado debería disponer de algo de tiempo para descansar si la planificación lo permite. En la mente de un jefe, esto significa algo como una buena cena, ir al cine o quizá dar una vuelta por la zona comercial de la ciudad que se visita. Lo que es seguro es que no piensa en organizar fiestas en la habitación de un compañero ni en emborracharse delante de los clientes, los colegas o la mitad de la población de la ciudad.
Creo que muchos de los comportamientos que se dan en los viajes de trabajo nunca se producirían en la oficina”, comenta Charlotte Shelton, profesora de management. “La gente tiene que tener presente que son embajadores de sus empresas y que deben comportarse en consecuencia”. Lo mejor, por tanto, es evitar las situaciones que pueden dar lugar a situaciones inapropiadas, no descuidar la vestimenta, evitar los flirteos y velar tanto por la propia seguridad, como por la integridad de los documentos de trabajo.
Discutir sobre creencias personales en el trabajo. Las opiniones personales, que parecen inofensivas cuando se comentan en familia o con los amigos, pueden causar un incendio en la oficina. Con la ley en la mano, los jefes no van a poner objeciones a la religión de los empleados, a si comen o no comen carne o a quién votarán en las próximas elecciones. Lo que realmente molesta a un jefe es que, al involucrar a los compañeros en ciertas discusiones, el resultado puede irse de las manos.
Cuando se habla de las creencias personales en el trabajo, los ánimos se calientan y la gente se distrae de su tarea. Entonces suele aparecer el jefe para tratar de controlar la gresca. Hay que añadir, además, que no sería la primera vez que alguien se siente acosado por sus ideas religiosas o de cualquier otro tipo. Los consejos en este ámbito son claros: hay que ser realista (no todo el mundo piensa igual), discreto (mejor dejar en casa la camiseta de su equipo favorito) y si, a pesar de todo, le apetece discutir sobre temas conflictivos, hágalo después del trabajo en un lugar apropiado para ello.
La oficina como nido de amor. Dado que empleamos una media de 2.000 horas al año en el trabajo, es inevitable establecer lazos con la gente con la que nos relacionamos a diario. Resulta muy fácil que nuestras vidas personales y profesionales se entrecrucen, ya sea por amistad o por un romance. De hecho, según una encuesta de Careerbuilding.com, el 56 % de los empleados confesó haber tenido alguna vez una cita con algún compañero.
Pero no hay nada que enerve más a un jefe que encontrarse con un romance en la oficina. Y no porque no crea en el amor verdadero. Es el final de la aventura –las discusiones, las rencillas o las miradas asesinas- lo que le hace sentir que la flecha de Cupido ha ido a clavarse en una zona enormemente vulnerable, pues todo lo que ello conlleva tiene efectos en el rendimiento global de los implicados.
Sea como fuere, los romances seguirán existiendo en los lugares de trabajo. Pero cuando ocurre, el tema afecta a más de dos personas y esto es lo que enfurece a los empleadores. Por ello, lo más inteligente es actuar con discreción y que el romance pase totalmente desapercibido en el horario laboral.
Bloguear acerca del trabajo. “No es una buena idea publicar en Internet comentarios negativos sobre la propia empresa o sobre quienes trabajan allí”, afirma Gregg Lemley, abogado especializado en estos temas. “Si le descubren, lo normal es que se enfrente a sanciones disciplinarias, cuando no al despido directo”.
Muchos trabajadores han perdido su empleo por realizar comentarios sarcásticos acerca de los premios para tratar de mejorar la productividad de la plantilla o por discutir los proyectos que se estaban fraguando en la empresa. Si es usted de los que creen que es difícil que su jefe descubra sus comentarios entre los millones de blogs que inundan la red, piénselo dos veces. Muchos empleados se han quedado estupefactos al ver que incluso los posts anónimos han sido destapados.
Frente a aquellos que reclaman su derecho a la libertad de expresión, las empresas argumentan (igual de fervientemente) que tienen derecho a proteger su reputación en el mercado. Por lo tanto, si es usted un blogger, la mejor recomendación que se le puede hacer es que se dedique a debatir sobre asuntos que nada tengan que ver con su trabajo o sus compañeros.
Abuso en la utilización del e-mail. Para la mayoría de nosotros el e-mail es algo sencillo, fácil y la mejor manera de manejar nuestros asuntos personales: enviamos un e-mail a nuestro hermano para recordarle el cumpleaños de mamá, reenviamos la graciosa presentación que acaba de llegarnos a doce de nuestros mejores amigos, ... Nada obsceno. Pero entonces, ¿dónde está el problema?
Para las empresas, es un grave daño el que se provoca con este asunto, ya que afecta a la productividad, cuando no a asuntos legales. PC Delete afirma en un estudio que más del 40 % de los jefes espía a los trabajadores para averiguar si malgastan su tiempo “surfeando” por Internet. No hace mucho tiempo, Xerox despidió a 40 trabajadores por dedicarse a hacer compras online en su horario de trabajo. Según varios informes, una de cada cinco empresas ha despedido a algún empleado por abusos relacionados con el e-mail.
¿A qué se deben estas reacciones? El e-mail puede estar almacenado indefinidamente en un ordenador, incluido el disco duro de su ex pareja. Puede reenviarlo a un número indeterminado de personas que, a su vez, podrán hacer lo mismo. Por lo tanto, cuando mande un correo, tenga en cuenta que no lo envía a una sola persona, sino al “mundo entero”. Para evitar sorpresas desagradables, lo aconsejable es que sus comunicaciones electrónicas se circunscriban al trabajo. Si aún tiene dudas, piense tal y como lo haría un abogado: “Lo que estoy escribiendo, ¿podría tener consecuencias legales?” Si es así, mejor piénselo dos veces antes de hacer clic en “Enviar”.
Hablar de forma poco inteligente. Según los expertos, a menos que se exprese correctamente y con el vocabulario adecuado (el habitual y el específico relacionado con su trabajo), sus oyentes perderán el interés por lo que tiene que decir –algo nada alentador en el mundo profesional-. Los jefes siempre están faltos de tiempo y se forman una impresión muy rápida de las personas que tienen delante. Si no se muestra seguro a la hora de hablar con su jefe, si duda de los términos que emplear en la conversación, puede que en el futuro no le preste mucha atención. Y una vez que su jefe no le tenga en cuenta, se verá en un serio aprieto.
Se nos juzga por lo que decimos. Si no nos expresamos con corrección y con fluidez, enseguida se pondrán en tela de juicio nuestra profesionalidad y nuestras habilidades. Por eso nunca es tarde para ampliar el vocabulario y aprender a hablar con propiedad. El jefe lo agradecerá (de muy diversas maneras).
La desorganización. Según un estudio realizado por el fabricante de suministros de oficina Esselte, más de la mitad de las personas encuestadas manifestó que el grado de organización se toma en consideración en las revisiones anules de desempeño; también dijeron que los trabajadores organizados tienen más posibilidades de ascender.
Lo último que pensará un jefe que ve desordenado el lugar de trabajo de un empleado es que esta persona está trabajando con ahínco. De hecho, lo más probable es que piense todo lo contrario. El desorden fastidia al jefe no solo porque el culpable muestra signos evidentes de ineficiencia, sino porque ese desorden afecta de una forma u otra al resto de los compañeros.
Si le ocurre algo parecido, es preciso que se tome un tiempo para cambiarlo: deshágase de todos los papeles innecesarios, organice sus tareas atendiendo a las prioridades y dedique cinco minutos al día a planificar su trabajo. Un último consejo: cada seis meses, haga una limpieza general para evitar que el desorden acabe devorándole.
No escuchar. En los programas de televisión se ha convertido en algo habitual contemplar cómo unas personas se interrumpen a otras de forma constante. Nadie escucha a nadie. Y esto mismo ocurre en los centros de trabajo. Se estima que dedicamos el 90 % de nuestro tiempo a comunicarnos con los demás, pero de ese total, solo el 45 % se emplea en escuchar.
Todo esto indica que –tarde o temprano- se va a encontrar con problemas porque no escucha. Y lo peligroso es que el jefe se va a ver directamente implicado en el tema. Imaginemos que usted no presta mucha atención cuando un compañero le comenta algún conflicto con un cliente. Cuando usted trate con este cliente, cometerá los mismos errores porque no escuchó ni retuvo lo que la otra persona le dijo. El cliente, comprensiblemente, se quejará porque los malentendidos se repiten una y otra vez. Y ya no se dirigirá a usted, sino que acudirá directamente a su jefe. Lo que viene a continuación puede imaginarlo.
En un mundo repleto de teléfonos, faxes o e-mails es muy difícil poner atención a lo que dicen los demás. Pero créalo: es necesario. La recomendación es simple: deténgase un momento, escuche y céntrese en lo que le están diciendo.
Uso desmesurado del teléfono. A la mayoría de los jefes no les molesta que se utilice el teléfono para controlar a los niños cuando salen de la escuela o para decir a un amigo que se llegará tarde a la cita que habían concertado. Los jefes no son ogros y saben que todos tenemos una vida personal. Pero una cosa es que el uso del teléfono móvil personal no esté prohibido y otra bien distinta es el abuso.
Accountemps realizó una encuesta entre 150 ejecutivos senior de las 1.000 mayores empresas de Norteamérica. Los resultados indicaron que los empleados gastan una media de 56 minutos al día en asuntos no relacionados con el trabajo, valiéndose para ello del teléfono móvil, del e-mail, de la mensajería instantánea o de Internet. Antes de que su comportamiento supere en exceso esta media y su jefe empiece a mirarle con cara rara, piense en estas dos simples medidas de choque: apague el teléfono (por lo menos un número de horas al día) y ponga un límite de duración inflexible a quienes le llaman por asuntos personales. Su jefe se lo agradecerá (y sus gastos mensuales de teléfono le darán un respiro).
No apreciar a los compañeros. Existe una razón por la que los actores agradecen a todos los que han conocido en su vida cuando reciben un premio como los Oscars de Hollywood. Saben, como toda la gente de éxito, que nadie hace un trabajo por sí solo. Para que algo salga adelante, son muchas las personas que se tienen que implicar en un proyecto: desde el vendedor que cerró el negocio con el cliente, al becario que hizo labores de investigación de mercado y a la secretaria que organiza con pulcritud las reuniones del equipo.
Lo que todos debemos tener claro es que durante nuestra vida laboral nos vamos a encontrar con cierto tipo de caracteres que no nos harán mucha gracia. Pero atención: esa persona que no nos cae bien o a la que nunca invitaríamos a tomar café a nuestra casa, es posible que aporte algo con su trabajo (dejando aparte su mal humor, su sarcasmo o su altivez) sin lo que las cosas no saldrían adelante.
Los jefes conocen lo importante que son ciertos empleados y saben muy bien que, aunque no sean el colmo de la amabilidad, sus conocimientos y experiencia los hacen casi imprescindibles. Así que piénselo dos veces antes de enfrentarse a los “cerebritos” que solucionan todos los desastres informáticos de la oficina o a los “dinosaurios” que conocen la historia de la empresa desde su fundación. Quizá su jefe llegue a plantearse que quien sobra es usted.
No saber delegar. Es posible que esta historia le suene familiar: ha llegado a cierto nivel de dominio del trabajo que realiza. Es capaz de anticipar las dificultades antes de que surjan, conoce los pros y los contras de cada una de sus acciones, y explicar todo esto a alguien puede traerle más complicaciones que resultados. Prefiere abordarlo todo usted antes de que otro meta las narices en sus asuntos y lo estropee todo.
Pero los inconvenientes empiezan a aparecer. Se le asigna a otro proyecto o se presenta voluntario para desempeñar otras tareas. Antes de que se dé cuenta, está llevando a cabo el trabajo de cinco personas y el estrés llama a la puerta de su despacho. Y ese es el momento en que el jefe comienza a preocuparse, pues ha podido ver que lleva usted demasiados asuntos entre manos sin pedir ayuda. Comienza a barruntar que algo quedará descuidado en medio de esta incipiente tormenta y se preguntará por qué no pide apoyo: ¿tiene problemas con los compañeros? ¿O son ellos los que no le soportan y le niegan su colaboración?
Quizá piense que su jefe no tiene en cuenta el esfuerzo que está usted realizando, pero lo que a él verdaderamente le preocupa es que usted estalle. Y, por descontado, esto ocurrirá tarde o temprano. Cuando llegue ese momento, no será sólo usted el que tendrá un problema, sino que le habrá provocado unos cuantos quebraderos de cabeza a su jefe.
Es necesario que reflexione (y que quizá deje su ego aparcado unos momentos) y entienda lo que significa “delegar”. Delegar no supone endosarle a alguien aquellas tareas que le desagradan o pedir colaboración sin ninguna explicación o seguimiento. Delegar es una oportunidad para desarrollar sus mejores dotes y habilidades y permitir que alguien más consiga lo mismo. Si se hace correctamente, delegar no solo le ayudará en su carrera, sino que dará un empujón a otros que están esperando asumir nuevos retos. Este es el tipo de delegación que los jefes están deseando ver entre sus colaboradores.
No respetar al mentor. Si a un empleado le asignan un mentor, debería sentirse muy afortunado. La posibilidad de tener cerca a alguien con años de conocimientos y experiencia que pueden salvarle a uno de las arenas movedizas del trabajo tendría que ser para celebrarlo, ¿no?
Los jefes no disponen de tiempo para explicar detalladamente a cada empleado las políticas de la empresa y las oportunidades de desarrollo profesional. Por eso saben el valor que tiene un buen mentor, alguien en quien confiar para realizar esa labor. Y espera que el empleado a quien se le asigna también sea consciente de esa suerte. Desperdiciar las oportunidades que supone un mentor sólo consigue frustrar las buenas intenciones del jefe, que ve cómo su subordinado despilfarra una ocasión de oro para prosperar en la empresa. Y hay que recordar que el éxito de un empleado redunda siempre en el éxito del jefe.
Es importante tratar con respeto al mentor. Ignorar sus consejos, llegar tarde a las reuniones fijadas con él o rechazar el llegar un día a convertirse uno mismo en mentor evidencian una falta de respeto hacia el sistema de aprendizaje establecido en la empresa.
Hay unas normas básicas para que la relación con un mentor sea beneficiosa para ambos implicados: escoger al mentor adecuado, encontrar puntos de mutuo beneficio en la relación (quizá el mentor sepa mucho sobre cómo funciona la empresa, pero agradecerá que el empleado le ponga al día, por ejemplo, en nuevas tecnologías que él desconoce) y marcar objetivos claros de lo que se espera de esta relación de aprendizaje.
No interesarse por lo que hacen los demás en la empresa. En un trabajo, siempre resulta tentador ignorar la imagen global de la empresa. Todos tendemos a centrarnos en nuestro cometido y a sacar adelante los asuntos que nos ocupan en el día a día. Pero si no ampliamos nuestras miras y no nos interesamos por lo que ocurre más allá de nuestro escritorio o departamento, corremos el riesgo de ser menos útiles y limitar nuestro propio potencial dentro de la empresa.
Y es una actitud que no gusta a los jefes. Ningún empleado puede existir en el vacío, desconectado de los demás, sobre todo en un entorno laboral tan cambiante como en el que hoy en día se desenvuelven las empresas. Es comprensible que no quiera usted salir de su zona de confort, pero hay formas de acercarse al “mundo exterior” de forma paulatina. Tenga por seguro que, en el intercambio, sus conocimientos profesionales se enriquecerán. Y, además, no olvide que las oportunidades suelen surgir de donde uno menos se lo espera. Así que no tenga miedo al networking, es rentable bajo cualquier punto de vista.
El feedback dañino. En una encuesta realizada a 775 personas que habían sido objeto de comentarios insidiosos por parte de sus compañeros, más de la mitad aseguró haber perdido una gran cantidad de tiempo quejándose por el incidente. Aunque no había muestras de agresión física, la encuesta puso de manifiesto que los desencuentros incluían el envío de notas agresivas, acusaciones verbales de no tener los conocimientos suficientes para desenvolverse en el trabajo o el poner en duda la credibilidad de alguien delante de otros compañeros. El estudio también desveló que cerca de la mitad de los encuestados se planteó cambiar de trabajo, mientras que un 12 % efectivamente lo hizo.
Lo más destacable de estos datos radica en que mucha gente que abandona la empresa no lo hace porque no soporte a su jefe, sino porque se sienten acosados por sus propios compañeros. Esto significa que si su jefe le oye comentarios despectivos hacia otra persona, o le llegan noticias de que trata con crudeza a los demás, es posible que empiece a considerarle un obstáculo para la buena marcha de la oficina. Lo más probable es que le impida relacionarse con los clientes más destacados o le coloque en proyectos que dependan del trabajo en equipo y la colaboración.
Justificar este tipo de comportamientos diciendo que se es honesto, no es más que una excusa. Hay una enorme diferencia entre la honestidad y los comentarios destructivos. Cada uno es libre de pensar lo que quiera de los demás, pero lo inteligente, antes de soltarlo por la boca, es pensar lo siguiente: ¿van a ayudar mis comentarios a la empresa, al cliente, a la persona con la que estamos hablando? Si la respuesta es no, lo mejor es callarse (o contar hasta 10 antes de soltar cualquier impertinencia).
Los cotilleos. Todo el mundo es consciente de que en el entorno de trabajo circulan los cotilleos. A mucha gente le encanta hablar de quién ha conseguido un ascenso y por qué, quién se ha peleado con un compañero, quién está en el punto de mira para ser despedido o a quién se vio el otro día borracho en el bar de la esquina.
Lo peor de los cotilleos (aparte de que la mayoría son dañinos y falsos) es que los jefes los ven como una auténtica pérdida de tiempo. Además de distraer del trabajo, este tipo de comentarios les desagrada porque, en muchas ocasiones, tienen que intervenir como “bomberos” para evitar que la sangre llegue al río. Los rumores y las especulaciones ponen en riesgo la cohesión del grupo, alientan la desconfianza y la deslealtad, y todo ello afecta negativamente a la eficiencia y a la productividad.
Por estas razones, si es usted un aficionado a los cotilleos, tenga presente que puede convertirse en el foco de la ira de su jefe por ser la causa de muchos disgustos –incluidos los legales-. No sería la primera vez que estos asuntos acaban en los tribunales porque alguien considera que los chismorreos le han causado algún tipo de trauma psicológico o se sienten acosados o discriminados. Los jefes saben que los conflictos legales son algo de lo que las empresas deben huir, y harán todo lo posible por evitarlos –y esto puede incluir, lógicamente, deshacerse de los aficionados al arte del cotilleo-.
Hay muchas personas que piensan que los cotilleos son necesarios, que son la salsa de la vida. Después de todo, es necesario saber lo que hace cada persona, ¿no? Bueno, sí y no. Hay una gran distancia entre el networking y los cotilleos. Con el networking se establecen relaciones positivas con otras personas, potenciando la comunicación para mejorar el rendimiento de todos. El chismorreo siempre es innecesario, dañino y negativo.
Acoso laboral. Casi todo el mundo conoce una historia de abuso (en carne propia o ajena) en la infancia. Puede que un niño mayor le robara la comida todos los días o que alguna niña se riera por su forma de vestir. Pero lo habitual es que el acoso termine al crecer, al marcharse a otra escuela o al intervenir un padre o un profesor para atajar el comportamiento abusivo.
En el entorno laboral, las cosas no son tan sencillas. En primer lugar, porque el jefe espera que quien es víctima de un acoso lo solucione por su cuenta. El motivo para ello es que, si alguien es objeto de mofas u otro tipo de humillaciones, lo probable es que la cosa se repita. El jefe entiende que, si sale al rescate una vez, tendrá que hacerlo muchas más. Además, el responsable de sus subordinados sabe que si a alguien se le asignan tareas de liderazgo, tiene que ser capaz de cuidarse por sí mismo. Si se profundiza en los casos de abuso, normalmente aparecen señales de falta de confianza y una aversión a manejar la confrontación y el conflicto –algo que un líder tiene que dominar con efectividad-.
El acoso laboral (mobbing) es un problema mucho mayor de lo que se supone. Hay estimaciones que cifran en uno por cada seis empleados los que sufren esta epidemia silenciosa. Lo sorprendente es que suele afectar a personas con un fuerte sentido de la igualdad, la justicia y la integridad. Exactamente en el lado opuesto se sitúan los acosadores, gente que se siente amenazada y que comienza a propalar rumores o insidias o que, simplemente, sabotea el trabajo de los demás.
En el caso de que sea usted objeto de estos abusos, o testigo de ellos, lo mejor es que rompa sus miedos, exija que en el espacio de trabajo exista respeto por los demás y, por lo que pueda pasar, documente, en la medida de lo posible, estos comportamientos aberrantes. En último caso, solicite ayuda o denuncie a los acosadores.
No aprender de los errores. Cometer un error es embarazoso y, en algunas ocasiones, puede llegar a ser humillante. La clave es saber afrontarlo adecuadamente, sea cual sea el sentimiento que le embargue. Su jefe estará mirando un paso más allá del error: tomará en cuenta cuál es su reacción, cómo se recupera y observará si aprende la lección. Además, no querrá verle quejándose amargamente, llorando como un niño o tratando de evadir su responsabilidad echando la culpa a otros. Debe ser consciente de que su torpeza en subsanar el fallo puede llevar a su jefe a la conclusión de que no está capacitado para dirigir asuntos de peso.
Frente a los hechos consumados, lo mejor es asumir la propia responsabilidad, responder de forma adecuada, investigar los motivos y considerar qué cambios debería implementar en su forma de trabajar. Por último, no olvide reírse siempre que pueda: seguramente habrá algo cómico en su error que pueda incluso arrojar luz sobre las causas del mismo.
Incapacidad para superar los obstáculos. A muchos empleados les cuesta entender que no existe ningún trabajo sin retos u obstáculos. En una encuesta realizada por The Creative Group, varios ejecutivos de recursos humanos refirieron casos de abandono del trabajo tan increíbles como estos: un empleado se fue porque no soportaba el olor de la oficina; otro se mudó a Italia porque no le gustó el resultado de las elecciones en Estados Unidos; a otro más le incomodaba usar el ordenador y se marchó cuando comprobó que sus funciones no eran tan glamurosas como había pensado en un primer momento.
Quejarse cada vez que algo en el trabajo nos disgusta, por nimio que sea, es la mejor manera de decirle al jefe que no tenemos madera de líder. De hecho, se nos verá siempre como el eslabón débil de la cadena, que se desanima a cada contratiempo que se presenta. Hay que tener bien presente que las empresas necesitan gente con el carácter y la confianza suficientes como para tirar del carro, incluso en situaciones de cambio permanente. En el mundo laboral de hoy no hay espacio para los “quejicas”.
Tener demasiada o poca confianza. Para los psicólogos, una persona con demasiada confianza es la que piensa que las cosas siempre van a salir según sus predicciones. Lo que de verdad ocurre es que este tipo de gente tiene una visión de la realidad totalmente distorsionada y hacen promesas que rara vez pueden cumplir. Cuando un jefe se topa con alguien que no tiene los pies sobre la tierra no puede darle crédito, pues sabe que permanentemente confundirá sus deseos con la realidad. Además, las personas con un exceso de confianza quieren controlarlo todo y son los perfectos candidatos a cometer grandes errores en el desempeño de su trabajo.
Un parecido quebradero de cabeza resultan los empleados que se sitúan en el otro extremo: los que adolecen de falta de confianza. Son personas que consumen demasiada energía de los demás, pues hay que hacerles creer una y otra vez que pueden hacer más de lo que ellos piensan. Hay jefes que están dispuestos a intentarlo una o dos veces, pero nadie tiene el tiempo suficiente como para reforzar la autoestima de otra persona de forma permanente. Quienes carecen de confianza en sí mismos lo único que hacen es echar a perder cualquier talento que puedan tener.
En este asunto, como es fácil de adivinar, la clave está en encontrar el equilibrio adecuado en el juego de la confianza. Quizá para encontrarlo sirvan las palabras de Calvin Coolidge: “Nada en el mundo puede reemplazar a la tenacidad. Ni el talento, ni la genialidad, ni los conocimientos. La persistencia y la determinación son omnipotentes. La frase ‘!Adelante!’ ha resuelto, y siempre lo hará, muchos de los problemas de la especie humana”.
Solicitar aumentos de sueldo no merecidos. Es posible que sea usted de la opinión de que, si su jefe no le aumenta el sueldo cada año, es tremendamente injusto. No es cierto. Hoy en día, muchas empresas no ofrecen aumentos de sueldo indiscriminadamente, aunque el coste de la vida no deje de dispararse. Por el contrario, lo normal es que se recompense (con dinero, acciones y otros beneficios) a los que mejor rendimiento han demostrado. El estar contratado por una empresa no implica más dinero cada año. Su jefe está en el mismo barco. Debe probar a sus superiores que su rendimiento ha mejorado para poder beneficiarse de un aumento. ¿Se imagina a su jefe argumentando ante su superior que si le aumentó el sueldo no fue por haber realizado un trabajo fuera de lo normal, sino porque necesita remodelar la cocina o porque quiere cambiar de coche? Este tipo de explicación le costaría el puesto.
Es cierto que las empresas tratan de contentar a todo el mundo en materia de salarios, sobre todo porque es sabido lo que pagan las compañías competidoras. Si no quieren perder buena parte de la fuerza laboral, tienen que ser generosas en las revisiones anuales. De modo que, si el próximo año quiere una nueva inyección de moral (léase, “de dinero”), sus oportunidades de conseguirlo solo pasan por darle a su jefe argumentos sólidos que pueda exponer aguas arriba. No solo tiene que hacer ver a su jefe que el aumento es lo más inteligente que ha podido hacer, sino dejarle pensando en por qué no lo hizo antes.
Pánico al cambio. La mayoría de los empleados se muestra temeroso y descontento cuando se producen cambios en el trabajo. A pesar de que los humanos estamos para entusiasmarnos con los cambios, hemos olvidado cómo hacerlo. Cuando somos niños, por ejemplo, nos volvemos locos con cualquier tipo de nueva experiencia, porque somos curiosos y aprendemos rápidamente. Cuando crecemos, nos refugiamos en la comodidad del día a día y mostramos nuestra hostilidad si algo o alguien se atreve a modificar el statu quo.
Las organizaciones han descubierto que quienes saben enfrentarse al cambio –ya sea un nuevo proceso o la fusión con otra empresa-, son un activo muy valioso para cualquier empleador. Pero seamos realistas: el cambio puede ser duro. Lo importante es considerarlo como una nueva posibilidad de crecimiento profesional en lugar de sentirlo como una amenaza. Es necesario abrir la mente, analizar el contenido de los cambios, asumir riesgos y buscar formación o apoyo en otras personas si no podemos hacerlo solos.

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Conclusión

Nadie en su sano juicio acepta un empleo con el firme propósito de volver loco a su jefe. La cuestión es que el tiempo pasa, la gente “desconecta” su cerebro racional y comienza a actuar de forma incomprensible. Aparecen el absentismo, la intolerancia hacia los compañeros, se llega tarde a las reuniones, no se escucha o no se presta ayuda cuando hace falta.
Es posible que muchas personas actúen de esta manera porque nadie se ha molestado en explicarles cuáles son las normas básicas de comportamiento en un entorno laboral. Las normas laborales no se dictan para tiranizar a las personas. Si un jefe fija ciertas barreras que no se pueden traspasar, lo normal es que se deba a que las consecuencias de hacerlo pueden ser desastrosas para la carrera profesional del infractor. Así que aquí tiene un último consejo: cuando las cosas van mal en el trabajo, no siempre es culpa de los demás; todos debemos analizar nuestro comportamiento y descubrir en la raíz del conflicto nuestra propia parcela de culpa.

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Fin del resumen ejecutivo
Biografía de la autora
Anita Bruzzese
Anita Bruzzese es periodista con más de veinte años de experiencia. Ha trabajado para diversos medios, entre los que se cuentan USAToday y Fairchild Publications. En la actualidad, publica en USAToday una de las columnas más leídas (ocho millones de lectores) sobre el mundo laboral. Bruzzese es también autora del libro Take This Job and Thrive.
Ficha técnica
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