Éxito duradero
Resumen del libro

Éxito duradero

por Jerry Porras

Cómo construir una vida personal y profesional con sentido

Introducción

La definición del éxito como “la consecución de unos determinados objetivos” resulta bastante aceptable. Sin embargo, existe una gran diferencia entre el éxito pasajero y el éxito que se mantiene en el tiempo. Según los autores de este libro, el éxito duradero no se alcanza si nuestro empeño no está motivado por una causa que transcienda nuestro ego.
Las sociedades sanas y sostenibles necesitan estar integradas por organizaciones que posean esas mismas características, y éstas, a su vez, requieren que sus miembros sean personas capacitadas para el crecimiento personal y la carrera hacia un triunfo firmemente asentado.
El libro ha sido compuesto a partir de los resultados obtenidos en más de 200 entrevistas a personas de distintas procedencias y profesiones que han triunfado con rotundidad en sus respectivas actividades. Las entrevistas revelan un principio hasta ahora poco estudiado en la literatura existente sobre el liderazgo y el rendimiento corporativo: el éxito a largo plazo tiene menos que ver con encontrar la mejor idea, dotarse de una eficaz estructura organizativa o dar con el modelo de negocio óptimo que con descubrir qué es lo que nos importa como individuos y da sentido a nuestras vidas. Es en ese nivel donde se activa nuestra creatividad y se desata el potencial para fundar organizaciones sólidas y duraderas.
En las definiciones tradicionales del éxito suelen encontrarse referencias a la fama, el dinero o el poder como sinónimos de su significado, mientras que ninguna de ellas lo relaciona con el sentido vital, la realización personal, la felicidad o las relaciones estables. Sin embargo, para las personas entrevistadas estos son los verdaderos y más valorados atributos del éxito.
Según se desprende de sus declaraciones, el éxito garantizado llega cuando en la vida y el trabajo de un individuo están presentes al menos tres componentes esenciales: el sentido, una manera de pensar creativa y una manera de actuar efectiva. Cuanto más entrelazados permanezcan estos tres elementos, más largo promete ser el éxito. Si descubrimos el sentido en algo y aunamos nuestro pensamiento y nuestra acción para facilitar su puesta en práctica, alcanzar el objetivo que nos propongamos será un proceso mucho más sencillo e imparable.


Publicidad

Primer elemento del éxito duradero: el sentido

La búsqueda del sentido a través de la pasión y el gusto por lo que hacemos. La importancia del gusto por lo que hacemos es un elemento del que se habla con creciente interés, pero son pocas las personas que creen posible reconciliar sus gustos y pasiones con la profesión que ejercen. No obstante, realizar tareas que nos desagradan puede volverse bastante arriesgado, pues ello aumenta las probabilidades de perder nuestro puesto en favor de aquellos que sienten pasión por ese trabajo.
En las sociedades globalizadas, la seguridad laboral representa con evidencia creciente una contradicción en términos. En ese contexto, el principal capital de las personas vienen a ser sus conocimientos, habilidades, relaciones y el entusiasmo por lo que hacen. Alcanzar un triunfo concluyente requiere una determinación que sólo se puede alimentar de la pasión o, al menos, del gusto por la tarea que desempeñamos. Larry Bossidy, director general de empresa ya jubilado y autor del libro Ejecución: la disciplina de hacer las cosas, considera que el disfrute con lo que hacemos es un “imperativo competitivo”, porque sólo cumpliéndolo “conseguiremos hacer más y hacerlo mejor que la persona que tenemos al lado” y, de no ser así, “ya se encontrará a alguien que lo realice con más entusiasmo ”.
El tema de la satisfacción o la pasión por el trabajo no es baladí, sino que se encuentra directamente relacionado con la supervivencia en un mercado laboral competitivo donde hay mucha gente que aspira a nuestro puesto y puede sentir más emoción que nosotros. Los apasionados emplean el doble de tiempo en pensar en lo que han logrado, lo factible que es el trabajo y en lo capaces que se sienten para llevarlo a cabo. Las personas con amor por su trabajo se esfuerzan más, realizan mayor número de intentos, actúan más rápidamente y alumbran ideas estimulantes. En consecuencia, cuentan con más oportunidades de promoción y su contribución al funcionamiento de la empresa es más alta que la de aquellos que trabajan sólo por motivos económicos.
De ahí que resulte vital el que la empresa otorgue un sentido al trabajo de sus empleados. Según John Seely Brown, jefe de investigación en el Xerox Park, “las personas con talento buscan organizaciones que no sólo les ofrezcan dinero, sino también metas espirituales que les puedan inspirar, mover a la acción y que estén relacionadas con sus valores personales; una especie de misión que les dé la oportunidad de hacer un trabajo capaz de diferenciarles del resto”.
Hay que elegir el camino que más nos atraiga, para bien o para mal, porque sólo entonces dispondremos de la fortaleza necesaria para desarrollar todo nuestro potencial y sobrevivir a las posibles adversidades. Enamorarnos de lo que hacemos es la única manera de asegurar un éxito innegable a nuestra vida profesional.
El equilibrio y las pasiones. Las normas de la sociedad nos obligan a llevar una vida “equilibrada”, con compromisos equitativamente distribuidos entre el trabajo, la familia, la comunidad, nosotros mismos, etc. Sin embargo, este “equilibrio” a menudo se consigue a costa de descuidar alguna de nuestras pasiones. En lugar de “equilibrar” nuestras vidas, resulta mucho más productivo equilibrar nuestras predilecciones. No es necesario convertir cada una de ellas en una carrera profesional, pero sí encontrarles un sitio en nuestras vidas.
Por otra parte, las necesidades del trabajo en las organizaciones requieren con frecuencia que el empleado se dedique a un único cometido principal. Sin embargo, esto no debería representar un impedimento para desarrollar otras ilusiones profesionales.
Aquellos que han experimentado el éxito duradero y una vida con sentido suelen tener más de una pasión. El tiempo que dedican a las no relacionadas con su profesión les ayuda, de manera indirecta, a mejorar su entendimiento sobre ciertos problemas. Esta “visión periférica” permite contemplar los distintos aspectos o dimensiones de una idea o de un asunto. A muchas personas se les ocurren soluciones creativas mientras meditan, se duchan o practican su deporte favorito. En ese sentido, Richard Kovacevich, uno de los más respetados líderes empresariales y presidente de una de gran compañía triunfadora, Wells Fargo, comenta que sus mejores resultados los obtiene después de aplicar lo que aprende en la cancha de baloncesto, su deporte preferido. Kovacevich suele pasar cuatro horas diarias practicándolo. Según él, el baloncesto le ha enseñado todo lo que hay que saber sobre un equipo, mucho más que sus clases de MBA. Ser creativo con nuestras pasiones debe tener su lugar en nuestra vida y en el trabajo, con unos beneficios que no se pueden forzar o predecir.
El “pensamiento periférico” tiene la capacidad de actuar como catalizador de nuestras pasiones. Para ello es conveniente dedicarle un cierto tiempo, bien en el trabajo o después de él, para experimentar con ellas. Empresas como Google animan a sus empleados a dedicar un 15-20% de su tiempo de trabajo al “pensamiento periférico”, como una medida de apoyo para la generación de nuevas ideas. Ese tiempo les permite desarrollar sus propios proyectos hasta que están listos para ser presentados a la dirección. Así fue como Krishna Barat, uno de los principales informáticos de Google, llegó a concebir las “Google News”. Su interés personal en los medios de comunicación encontró la aplicación práctica cuando, tras el 11 de septiembre de 2001, se hizo patente la dificultad de encontrar y clasificar las noticias en Internet.
La mayoría de las personas seguramente carece del tiempo, del dinero, la energía o el apoyo de la empresa necesarios para explorar sus pasiones. No obstante, estas mismas limitaciones o miedo a los riesgos también las vivieron quienes hoy pueden presumir de un éxito prolongado, pues a pesar de todas las trabas, hicieron el intento de dar vida a su pasión. Según Herminia Ibarra, “tenemos que poner a prueba nuestras fantasías si no queremos que permanezcan como tales”; “sabemos quiénes somos y lo que valemos sólo cuando enfrentamos nuestras fantasías con la realidad”.
La integridad del sentido. A mucha gente le fascinan y le producen envidia las vidas de los ricos y famosos. Aunque resulte tentador estudiarlas con el objetivo de trazar una posible guía para nuestras propias vidas, con ello no llegaríamos muy lejos. Los mejores empresarios y los multimillonarios no han hecho nada parecido.
El valor que todos ellos comparten es la integridad del sentido al que han decidido dedicar sus vidas. Cada vez que se enfrentan a la necesidad de tomar una decisión, intentan encontrar en ella su sentido personal. Independientemente de sus circunstancias, estas personas se empeñan permanentemente en encontrar un sentido que confiera un valor añadido a sus acciones.
Las empresas que pretendan tener visión deben poseer unos valores fundamentales que inspiren sus decisiones y acciones. Estos valores pueden variar de una empresa a otra y cada organización tiene que descubrir cuáles son los suyos. Los valores fundamentales que no son verdaderamente asumidos por los miembros de la organización resultan de muy poca utilidad.
Uno de los mejores ámbitos para ilustrar cómo los valores se pueden interpretar de maneras diametralmente opuestas, y aun así permanecer como uno de los principales motores, es la política. En Estados Unidos, por ejemplo, la integridad personal del candidato presidencial ejerce una gran influencia, a menudo decisiva, en la intención de voto. Muchos de los presidentes norteamericanos del siglo XX (Kennedy, Carter, Reagan, Bush) han sido hombres de gran integridad personal independientemente de lo opuestos que hayan podido ser sus respectivos valores. Aunque estos líderes hayan tomado prestadas determinadas tácticas unos de otros, siempre se han cuidado de que los valores por los que abogaban fueran claramente discernibles de los de su respectivo predecesor.
Carter y Reagan han sido presidentes especialmente apreciados por su integridad. Los dos han sabido llegar a su propia definición del éxito, reinventada a lo largo de las dos décadas de sus respectivas carreras políticas, pero cuyos valores esenciales no han cambiado. Aunque sus habilidades fueron objeto tanto de admiración como de burla, Reagan consiguió destacarse en el cine, y aún más en la política, principalmente gracias a su integridad respecto a los valores que representaba. Cuando Carter perdió las elecciones que ganó Reagan, sufrió una profunda depresión de la cual logró salir principalmente por su fidelidad a sus convencimientos más profundos. Según sus palabras, “debemos estar preparados para fracasos o decepciones e intentar superarlos con nuestra fidelidad a los valores inmutables que profesamos”. Cuando dejó la presidencia, Carter se volcó en la lucha por la justicia, la democracia, la salud y la vivienda en diferentes países, algo que no pudo hacer mientras ostentaba el cargo presidencial, y el mérito de su labor fue reconocido con la concesión del premio Nobel de la Paz. Fiel a sus valores, Carter consiguió reinventarse a sí mismo y ofrecer un ejemplo de lo que puede llegar a ser un ex-presidente norteamericano.

Publicidad

Segundo elemento del éxito duradero: el pensamiento

La dificultad de hacer lo que importa. Existen al menos cuatro trampas que dificultan la ejecución de aquello que de verdad importa: 
Trampa 1: Esta no es una carrera que valga la pena. Las voces interiores que a veces nos sugieren que ciertas de nuestras ideas son descabelladas, o que no van a tener éxito, constituyen, en la mayoría de los casos, un síntoma de miedo e indecisión irracionales.
Durante años, Tom Clansy trabajó en una aseguradora con el sueño secreto de convertirse en escritor. Finalmente, decidió arriesgarlo todo y dedicarse exclusivamente a escribir novelas. Aunque su primer libro no recibió buenas críticas, sí empezó a venderse bien y los siguientes, aún mejor. En un momento de su carrera, Clansy tuvo el coraje de apostar por sus sueños sin reparar excesivamente en las consecuencias. El éxito perdurable es imposible si no estamos preparados para confiar en nuestras ideas.
Trampa 2: La posesión de objetos materiales. La cultura que vivimos nos sugiere que la vida es imposible sin Coca-Cola, sin ropa de diseño, sin unas deportivas de marca o sin un coche más caro. Aunque no hay nada de malo en poseer estos objetos, son muchos los que se obsesionan con adquirirlos pensando que así alcanzarán la felicidad. Sin embargo, lo que consiguen finalmente es probablemente una depresión. Cuanto más nos importen las posesiones materiales, y la opinión que los demás se formen de nosotros en función de ellas, más posibilidades habrá de que acabemos necesitando ayuda psicológica. En definitiva, lo importante en cuanto a nuestras posesiones es no permitir que sean ellas las que nos posean a nosotros.
Trampa 3: La seducción de los consejos ajenos. Debemos tomar precauciones frente a la tendencia natural a racionalizar lo que debemos o no hacer en la vida en función de lo que los demás nos aconsejan. Una de esas racionalizaciones –y de las más frecuentes- es intentar sobresalir en una profesión que no nos gusta. La diferencia entre ser bueno o ser excelente en algo es abismal; es la misma que existe entre una vida a medio llenar y otra plena de éxito.
Por otra parte, son muchas las personas que afirman no encontrar nada que les atraiga especialmente. Estas personas deberían preguntarse por qué eso es así y qué fue lo que les impidió seguir cualquier inclinación que tuviesen, y dedicar entonces todo el tiempo necesario a descubrir su verdadera vocación.
Trampa 4: La tiranía de las disyuntivas. Una de las principales fuentes de culpa y confusión mental es la disyuntiva entre hacer algo por nuestra propia satisfacción o por la satisfacción de los demás. Las personas que han llegado a un éxito duradero evitan enfrentarse a tal dilema y, cada vez que acometen una empresa, intentan que sea fuente de satisfacción tanto para ellos mismos como para los demás.
Así, no eligen, por ejemplo, entre ganar dinero y marcar de ese modo una diferencia, sino que optan por ambas cosas a la vez. Uno de los principios de su filosofía es que el compromiso con los demás es también su interés personal.
Cuando se trata de sus propios objetivos, pretenden ser prácticos e idealistas al mismo tiempo. Se dedican a aquello que intentan construir a largo plazo a la vez que prestan atención al trabajo cotidiano.
El carisma lo proporciona la pasión. El concepto de carisma está hoy en día muy sobrevalorado. Los rasgos que moldean el carácter de una persona (timidez, humildad, extroversión, energía, etc.) nunca pueden ser por sí mismos factores decisivos del éxito estable; sí lo es, en cambio, la manera de utilizarlos.
Las personas que alcanzan la cima de un éxito afianzado intentan sobreponerse al determinismo de su carácter. El compromiso con lo que hacen es lo que les permite elevarse por encima de él. Por ello, su carisma no proviene de ningún rasgo en concreto, sino de la pasión que sienten por cierta actividad.
El carisma se desarrolla si se tiene la voluntad firme de sumergirse en una causa, vocación, carrera profesional, etc. Las oportunidades surgen no en menos medida de la dedicación y la competencia que de la suerte, el talento o la pasión. Si nos resulta imposible llegar a ser expertos en determinada materia por la que nos sentimos atraídos, deberíamos preguntarnos si ciertamente se trata de una pasión o es un autoengaño. Ser el mejor en nuestro desempeño es primordial para mantener el éxito.
Ed Penhoet, ex-empresario farmacéutico y actual presidente de una de las mayores fundaciones del mundo, cree que la determinación para ser los mejores en lo que hacemos es la clave del éxito. Incluso si no lo conseguimos, intentarlo valdrá la pena porque así sabremos que no tiene sentido dedicarnos a esa actividad. En palabras del propio Penhoet, “el éxito siempre se construye sobre el buen hacer de nuestro trabajo cotidiano y sin resentimiento por no ocupar aún el puesto de director general”; “en mi vida he encontrado a gente siempre preocupada por el siguiente paso que iba a dar, pero nunca realmente llegaban a darlo. La preocupación excesiva por la siguiente fase mina nuestra capacidad de hacer bien un determinado trabajo”. Penhoet opina que se nos conoce como a personas que trabajan bien o trabajan mal: no se nos recuerda por un trabajo concreto en el que cometimos un error, sino como alguien que no desempeña su trabajo como debiera.
Cometer siempre nuevos errores. El “pensamiento positivo” es una herramienta extremadamente útil para aquellos que saben manejarla. No obstante, la mayoría de las personas no lo consigue tras recibir el primer golpe de la adversidad. Los fracasos duelen tanto si se es un candidato que pierde las elecciones como si se es un ejecutivo que recibe malas críticas. Las personas que han alcanzado el éxito duradero se diferencian del resto en que su manera de afrontar la adversidad les permite pasar rápidamente de una emoción negativa a una acción constructiva.
“Pensar positivamente” puede entrañar el peligro de perder la oportunidad de aprender del fracaso y beneficiarse de la comprensión de lo ocurrido. En vez de ello, vale más encarar directamente la equivocación tal y como es que intentar sonreír como si no hubiera pasado nada. No se trata de luchar por sentirse bien en esos casos, sino de aprovechar de la mejor manera posible la adversidad y de continuar la marcha.
Los sentimientos negativos no son algo que deba exactamente “superarse”, sino que la superación reside en el aprendizaje desde la experiencia y la determinación de seguir adelante con nuestros objetivos. Aunque nos encontremos doloridos, el sentimiento por lo que construimos debe prevalecer sobre el abatimiento. Antes que preocuparnos sobre qué actitud tomar frente a un fracaso debemos poner toda nuestra atención en aquello que funciona y, cuando lo hagamos, la propia disposición también mejorará.
Los errores cometidos sirven para entender lo ocurrido y facilitan que en el futuro actuemos con mayor agilidad. Toda experiencia, sea buena, mala o regular, nos será útil. Personas como Dale Carnegie, Earl Nightingale o Napoleon Hill, los autores de la idea del perfeccionamiento personal, han considerado que los fracasos representan un tesoro altamente valioso, a menudo ignorado por los partidarios de la negación permanente y el “pensamiento positivo”. Según ellos, el hecho de no haber tenido excesivos desafíos en nuestras vidas sólo puede significar que, o bien no estamos dispuestos a admitirlo, o bien que no nos comprometemos de manera apasionada con nada.
Lo mínimo que puede enseñarnos un fracaso es a no repetir los mismos pasos que nos llevaron hasta él y a emprender otros distintos. Nos permite calibrar el grado de compromiso con lo que hacíamos y las distintas opciones que, de otra forma, a lo mejor no hubiéramos podido ver. Los protagonistas del libro recomiendan exprimir con avidez el contenido útil de cada fracaso y entenderlo como un activo transformador.
A menudo luchamos estérilmente con la vergüenza que impone la derrota y progresivamente sentimos menor confianza en el próximo asalto al objetivo. En cambio, los que saben mantener el éxito continuo hacen uso de todas sus experiencias. No ven en una debilidad o un retroceso una razón para desconfiar de sí mismos; no se marginan o dejan a un lado el problema. Saben que si no consiguen comprender y diferenciar lo que funciona y lo que no sirve, se verán abocados a cometer el mismo fallo.
Según Esther Dyson, cualquier proyecto que valga la pena emprender nos empujará a un estado permanente de ensayo y error, de forma que cuando cometamos una equivocación, debemos asegurarnos de que esta sea nueva.
En opinión del director general de Daimler Chrysler, Dieter Zetsche, la industria automovilística es conocida por ser muy propensa a confiarse demasiado en los períodos de éxito, y sólo cuando estos acaban, la industria empieza entonces a escuchar al cliente y a intentar mejorar la situación. El fracaso es mejor maestro que el éxito. Ningún éxito ni ningún fracaso son una ganancia o una pérdida completas. Cada uno de ellos puede constituir un regalo o una advertencia. Lo indicado es hacerles trabajar en nuestro provecho.
Confiar en las debilidades y utilizarlas en nuestro favor. Es inútil negar nuestras debilidades y pernicioso permitir que paralicen nuestras iniciativas. Un punto flaco de nuestra identidad no debe ser superado, sino elaborado, integrado y tenido en cuenta, para así evitar que se convierta en un obstáculo en medio del camino. En muchos casos, las debilidades pueden llegar a ser elementos del éxito duradero. 
Charles Schwab, un mago de los servicios financieros, sufría de dislexia. Su lucha contra este hándicap le ayudó desde el principio a aprender a apoyarse en los demás para la realización de sus metas. Él nunca pensaba, a diferencia de otros muchos empresarios, que era, o debería ser bueno en todo. Según él mismo comenta, “sabía que mis dificultades me obligaban a recurrir a otra gente que pudiera complementarme en las diferentes partes del negocio que estaba desarrollando. Mi debilidad me permitió conocer cuáles eran mis puntos fuertes y reunir a mi alrededor un equipo que complementara mis carencias”.
En determinadas circunstancias, un fracaso o un inconveniente pueden convertirse en un catalizador del éxito perdurable. Así sucedió con la dislexia en el caso de Charles Schwab y el miedo a hablar en público en el caso de Gandhi. Personas como ellos estaban obsesionadas con construir algo y, para ello, utilizaron tanto sus talentos como su inferioridad de condiciones.
Algo difícilmente encontrable en el carácter de las personas que ha logrado un sólido éxito es la tendencia a culpar a los demás o a las circunstancias de sus propios errores o desgracias. Son conscientes de que el sentimiento de culpabilidad hacia uno mismo o hacia los demás no soluciona ningún problema ni permite avanzar. Creen que depende de uno mismo decidir si se quiere ser la víctima o el beneficiario del poso favorable que queda incluso tras las circunstancias más difíciles. Joe Nichols, un destacado empresario de Houston, optó por lo segundo tras el accidente de tráfico que le dejó en silla de ruedas. Nichols reflexionó de la siguiente manera: “La realidad es que estoy en una silla de ruedas. Más que preguntarme a quién culpar debo preguntarme quién es responsable de qué. Yo soy responsable de mi vida”. Nichols se considera responsable de su manera de pensar, que le permitió seguir haciendo lo posible a pesar de las circunstancias. Era consciente de que si sólo asumía el papel de víctima quedaría desamparado también mentalmente. Sus palabras, sus intenciones y su energía las emplea para crear el futuro deseado y no para pensar en el pasado.

Publicidad

Tercer elemento del éxito duradero: la acción

El hallazgo afortunado y las metas audaces. La mayoría de los entrevistados afirma que su éxito ha sido un hallazgo afortunado, pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, esa suerte fue más trabajada que ganada. El motivo es que la atención que prestaron a un trabajo con sentido para ellos les permitió descubrir sus secretos a lo largo del camino que recorrieron hacia el triunfo. Se propusieron grandes metas comprometiéndose totalmente con lo que hacían. 
Por ello, estas personas están mejor preparadas para convertir lo aparentemente inútil en verdaderas oportunidades. Lo que parece fruto de su brillantez, heroísmo o suerte es en realidad un producto hecho a base de pasión, hondura y destreza. Porque les gusta lo que hacen, invierten todo el tiempo que sea preciso en adquirir los conocimientos necesarios sobre aquello que les interesa. Es este saber y la atención que ponen en observar las sutilezas de su actividad lo que les permite sacar provecho de acontecimientos propicios. Su aventura está llena de obstáculos y ocasiones afortunadas donde sólo una mente preparada y un corazón abierto pueden abrirse camino.
Por más grandes que fueran sus ambiciones, estas personas no eran conscientes de lo diferente que podía resultar su éxito comparado con sus planes iniciales. Sus metas les permitieron tener una visión y crear la vida que buscaban, pero no podían predecir a dónde les iban a llevar. Así, por ejemplo, la visión que tuvo Steve Jobs de colocar un ordenador en cada mesa de trabajo se hizo realidad, pero su compañía, Apple, no llegó a ser el proveedor del 95% de ellos. Gandhi nunca consiguió uno de sus grandes sueños, que era unir a los musulmanes e hindúes en un solo país, pero pocos han hecho más que él para extender la paz y la libertad en el mundo.
La planificación de sus acciones les resultó útil, pero un determinado plan raras veces se llegaba a cumplir. Aunque es difícil progresar sin planificar, los resultados no son siempre los esperados. Según el editor Steve Forbes, “uno de los hechos más importantes para los que tenemos que estar preparados en la vida es para un hallazgo afortunado. Podemos estar buscando una cosa y acabar encontrando otra completamente distinta si mantenemos los ojos abiertos”. Un ejemplo clásico de ello ha sido el de Ray Crock, el creador de McDonald’s. Crock era ya un cincuentón relativamente contento con su carrera de vendedor de máquinas batidoras de leche cuando se topó con la hamburguesería de los hermanos McDonald. Le pareció que el negocio tenía un potencial de expansión enorme, pero los hermanos no eran de la misma opinión y se dejaron convencer por su oferta de compra, con el resultado que todos conocemos hoy. Para las personas como Crock, que permanecen fieles a sus intuiciones e ideas, casi todo les sale mejor de lo que al principio pudieran haber imaginado.
El riesgo que toda acción conlleva debe abordarse a un ritmo prudente. Michael Dell caracteriza los inicios de su compañía como “una serie de experimentos, la mayoría de los cuales fracasaron, pero donde ninguno de esos contratiempos fue lo suficientemente grande como para perjudicar seriamente a la compañía”.
La naturaleza humana es propensa a buscar antes la seguridad y a rechazar iniciativas que no ofrezcan las suficientes garantías. Sin embargo, las grandes ideas y las grandes carreras profesionales normalmente carecen de planes diseñados al milímetro para su puesta en práctica. Michael Dell, antes de comenzar su aventura en los negocios, no contaba con ningún plan preciso; simplemente, él se atrevió a ir adonde nadie se había atrevido antes. La confianza en una idea y no en las ventajas de un plan es lo que conduce a afianzar el éxito de los grandes emprendedores. Dell comprendió que podía pasar por alto la intermediación de las tiendas de informática convencionales y vender sus ordenadores directamente al consumidor. Sus pronósticos obtuvieron una confirmación instantánea de su validez con los primeros 80.000 pedidos registrados en un año. No fue ninguna sorpresa verle abandonar sus estudios para dedicarse a su negocio y convertirse en el empresario más joven en llevar una empresa a cotizar en bolsa.
Los beneficios de la discusión. Uno de los modos habituales de actuar de los verdaderos triunfadores es la búsqueda intencionada de la discusión en el seno de sus equipos. Esta se promueve como el método de extraer las mejores intuiciones, las más apasionadas y creativas de cada uno. No se trata de fomentar la lucha y la competencia entre las personas, sino entre sus ideas. Si la discusión en un equipo se concentra en los temas que importan y no en los ataques a los demás, se libera un enorme potencial constructivo que, en el caso contrario, correría el riesgo de convertirse en una confrontación estéril.
La discusión no es sólo aceptable, sino también exigible en las reuniones de las mejores empresas. Una de las condiciones para que el debate se mantenga sano y productivo es fijar unos criterios claros sobre cómo debe desarrollarse. Warren Staley, director general de Cargill, al asumir su cargo decidió erradicar una serie de malos hábitos muy arraigados en la compañía y estableció para ello una serie de reglas. Las normas que hasta entonces regulaban la toma de decisiones en la organización eran discutir, tomar una decisión, no estar de acuerdo con ella y hacerlo saber a todo el mundo. Con ello se perdía mucho tiempo en volver a debatir la cuestión y decidir sobre los mismos temas una y otra vez: la discusión era un cáncer en la vida de la organización. Para contrarrestar esta situación, Staley impuso sus nuevas reglas para debatir: discutir, decidir, apoyar. Al salir de una reunión todo el mundo se comprometía a respetar las decisiones allí tomadas. Esto no significaba que no pudiera discreparse de tales decisiones, sino que el compromiso para sacarlas adelante debía ser firme.
El propósito final de la discusión así entendida no es otro que fomentar la efectividad. La obsesión por alcanzar una meta no debe ser un impedimento para escuchar y sacar provecho de las diferentes ideas sobre cómo llegar hasta ella. Grez Foster, presidente de IMAX, cree que la capacidad de beneficiarse de las ideas de los demás, fomentando el intercambio de opiniones, es lo que diferencia a un director de cine con potencial para llegar a ser un grande de otro mediocre, autolimitado por su propio dogmatismo. Según sus palabras, el primero “tiene la capacidad de escuchar y no teme pedir ayuda cuando necesita aclarar algunas de sus propias ideas”. Las probabilidades de que la combinación de distintos puntos de vista nos acerque a la meta son mayores que si disponemos de un único y exclusivo ángulo de visión.

Publicidad

Conclusión: reunir apoyos

Las personas que han alcanzado el éxito duradero comparten la opinión de que muchos de sus conocidos pueden llegar a ser miembros de su equipo, organización o comunidad, bien como empleados, clientes, voluntarios o amigos. Eleanor Josaitis, fundadora de la ONG HOPE, que lucha contra la discriminación racial en EEUU desde 1967 fomentando las iniciativas intercomunitarias, ha conseguido recabar el apoyo para su proyecto de los miembros de las dos comunidades: la blanca y la negra. Josaitis está convencida de que “todo lo que vale la pena hacer no lo puede lograr uno solo”. Un líder nunca es suficiente para hacer funcionar un proyecto; por el contrario, el respaldo de otras personas con capacidad de liderazgo y una fe compartida es imprescindible para ello. Según Eleanor, el criterio para reclutar a nuevos miembros para el equipo deben ser los sueños compartidos y, por lo tanto, susceptibles de mantener una relación duradera con el proyecto.
En consecuencia, el éxito duradero depende en gran medida de la continuidad de nuestras relaciones con otros ganadores. La razón de ello reside en que si somos capaces de mantener una red de contacto con ellos, a pesar de sus roles cambiantes para nosotros, mantendremos abierta la posibilidad de beneficiarnos de estas relaciones en el futuro llegado el momento necesario.
En ese sentido, el modelo del éxito consolidado se basa en el conocimiento de qué comportamientos debemos exigirnos a nosotros mismos, a nuestro equipo y organización, y articularlos de tal manera que se consigan resultados. Lograrlo requiere mucho compromiso, disciplina y, a veces, coraje, simultaneando en la mayor medida posible el sentido, el pensamiento y la acción. En definitiva, es una aventura que precisa de una dedicación completa puesto que no acaba nunca.

Publicidad

Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Jerry Porras es profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad de Stanford de Comportamiento y cambio organizacional y conferenciante sobre el mundo empresarial en numerosos países. Es coautor del libro Success Built to Last y del bestseller mundial Built to Last: Successful Habits of Visionary Companies.
Ficha técnica
Compra del libro
Si has leído el resumen y quieres profundizar más te recomendamos comprar el libro completo, en papel o ebook, aquí