El largo camino hacia la libertad
Resumen del libro

El largo camino hacia la libertad

por Nelson Mandela

Lecciones de valentía, liderazgo y superación de uno de los políticos más respetados del mundo

Nacimiento

 

El 18 de julio de 1918, en la remota y diminuta aldea de Mveso, nacería el menor de los varones de Gadla Henry Mphakanyiswa, consejero jefe del rey de la tribu thembu, padre de trece niños y marido de cuatro esposas. A ese niño, a quien sus padres bautizaron con el nombre de Rolihahla, que en lengua xhosa remite a ‘revoltoso’, el mundo entero llegaría a conocerlo con el nombre de Nelson Mandela. El año de su nacimiento culminó la Gran Guerra.
Sus primeros años los vivió en Qunu, junto a su madre Nosekeni Fanny, la tercera esposa de Gadla. Qunu era una pequeña aldea, habitada por unos cientos de personas que lucían túnicas teñidas en ocre, deambulaban descalzas y dormían en el suelo, sobre esteras, en cabañas de barro y bajo techos de paja. Como su padre, Mandela fue educado para ser consejero de los gobernantes de la tribu y desde los cinco años se convirtió en pastor y se hizo cargo de las ovejas y terneros que pastaban en los prados.
Allí en Qunu, donde muy pocos sabían leer, si es que alguno sabía hacerlo, el contacto con los blancos era muy limitado. De vez en cuando atravesaban la zona viajeros o policías blancos que eran percibidos como dioses y, ya desde niño, Mandela fue consciente de que había que tratarlos con una mezcla de miedo y respeto. Pero en la hermosa quimera de su libertad infantil, esos hombres no desempeñaban ningún papel importante.
Mandela, pues, no nació con hambre de libertad, sino libre en todos los aspectos que le era dado conocer. Pero muy pronto, siendo aún joven, comenzaría a descubrir que ese idilio no era más que una ilusión y que su libertad le había sido arrebatada desde mucho antes de llegar al mundo. Tres años antes de su nacimiento, una Ley de Tierra privó a los africanos del 87% del territorio de su país natal; luego, en 1923, la Ley de Áreas Urbanas creó guetos superpoblados de africanos, eufemísticamente llamados asentamientos nativos o townships, con el fin de suministrar mano de obra barata a la industria de los blancos; más adelante, en 1926, la Ley de Restricción por el Color prohibió a los africanos la práctica de profesiones cualificadas y, posteriormente, la Ley de Representación de los Nativos, de 1936, eliminó a los africanos del censo electoral en Ciudad del Cabo.
A medida que Mandela fue adquiriendo conciencia de la opresión a la que él y su pueblo estaban siendo sometidos en su propia patria, fue desarrollando un inquebrantable espíritu de lucha, que le significó toda suerte de sacrificios personales y familiares.

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Los primeros años

A los siete años, y por sugerencia de unos amigos de sus padres que lo consideraban un chico inteligente, Rolihahla fue el primer miembro de su familia en asistir a la escuela. Se trataba de una construcción con una única aula, a la que se llegaba atravesando una colina. El primer día de clase, la profesora puso a cada uno un nombre en inglés y les dijo que a partir de ese momento responderían a él en la escuela. Los blancos eran incapaces de pronunciar los nombre africanos y consideraban poco civilizado tener uno. A él lo bautizó Nelson, aunque nadie supo nunca la razón de esa elección.
Desde entonces, Nelson Mandela recibió una educación británica en la que las ideas, la cultura y las instituciones británicas eran consideradas superiores por sistema, y en la que no existía nada que pudiera llamarse cultura africana.
Cuando Mandela tenía apenas nueve años, su padre murió, y esa muerte cambiaría su vida de un modo que no llegaría a sospechar por aquel entonces. Jongintaba Dalindyebo, regente en funciones del pueblo thembu, quiso devolverle a su padre los favores recibidos cuando intervino por él y facilitó su ascenso al trono, de modo que tomó a Nelson en adopción y lo llevó a vivir consigo a Mqhekezweni, capital provisional de Thembulandia. Aquel era el Gran Lugar. Todo estaba maravillosamente cuidado y representaba una visión tal de riqueza y orden, que desbordaba la imaginación del joven Mandela.
Jongintaba sería su guardián y benefactor a lo largo de toda la siguiente década. Se había comprometido a tratarlo como a sus otros hijos y a que disfrutara de las mismas ventajas y oportunidades que ellos. Su madre no tuvo opción. No podía rechazar semejante oferta del regente y le satisfizo pensar que, aunque lo echaría de menos, su crianza sería mucho más ventajosa en manos del regente que en las suyas. Jongintaba era severo, pero su afecto no admitía dudas.
Las ideas que Mandela desarrolló posteriormente acerca del liderazgo se vieron profundamente influidas por el ejemplo del regente y su corte. En las reuniones tribales, que se realizaban con regularidad en el Gran Lugar, él observaba y aprendía. Esos encuentros no se programaban, sino que se celebraban cuando eran necesarios. Todos los thembus eran libres de asistir, y muchos de ellos lo hacían, viajando a caballo o a pie. El regente enviaba cartas a jefes y mandatarios tribales para anunciarles la celebración de una reunión; el día fijado, los huéspedes se reunían en el patio delantero de la casa del regente y este abría la sesión agradeciendo a todos su asistencia y explicando el porqué de la convocatoria. A partir de ese momento, no volvía a decir palabra hasta que la reunión tocaba a su fin. Todo aquel que deseaba intervenir podía hacerlo: era la democracia en su forma más pura. La gente hablaba sin interrupción y las reuniones duraban muchas horas. Únicamente al final de la asamblea, mientras se ponía el sol, hablaba el regente. El propósito de su intervención era resumir lo allí dicho y propiciar algún tipo de consenso entre las diversas opiniones.
Asombraba la vehemencia —y la sinceridad— con que censuraban al regente. Por muy grave que fuera la acusación, este se limitaba a escuchar sin defenderse, sin mostrar emoción alguna. Las reuniones continuaban hasta que se alcanzaba algún tipo de consenso. Acababan en unanimidad o no acababan. Sin embargo, esa unanimidad podía consistir en el acuerdo de estar en desacuerdo, o en la decisión de esperar un momento más propicio para lograr proponer una solución. La democracia significaba que todo hombre tenía derecho a ser oído y que las decisiones se tomaban conjuntamente, como pueblo.
Como líder, Mandela siempre seguiría ese ejemplo, intentado escuchar lo que todo el mundo tenía que decir antes de aventurar su propia opinión que, a menudo, no sería más que una postura de consenso respecto a lo ya dicho en la reunión. Y jamás dejó de recordar el axioma del regente: un líder es como un pastor que permanece detrás del rebaño y permite que los más ágiles vayan por delante, tras lo cual, los demás los siguen sin darse cuenta de que en todo momento están siendo dirigidos desde atrás.
Cuando el joven Mandela llegó a los dieciséis años, fue su hora de convertirse en un hombre. En el pueblo xhosa, la adultez se adquiere a través de la circuncisión. Así, tras una ceremonia colectiva en la que la ausencia de analgésicos era una muestra de valor y estoicismo, Mandela fue admitido en los consejos de la comunidad y su destino, ahora, sería convertirse en consejero de Sabata, hijo de Jongintaba y heredero al trono. Para eso requería una educación, por lo que fue enviado a Clarkebury, una escuela secundaria y un centro de formación de profesores que, por aquel entonces, era la institución de enseñanza para africanos más avanzada de Thembulandia. Habituarse a ese lugar no le fue fácil. Era el primer lugar occidental, no africano, en el que vivía, y sentía como si estuviera entrando a un mundo cuyas reglas no tenía claras. Aun así, consiguió hacerse con el control y obtuvo el certificado en dos años, en lugar de los tres de costumbre.
En 1937, con diecinueve años, pasó a Healdtown, la escuela wesleyana de Fort Beaufort, que en aquellos tiempos era la mayor escuela africana al sur del Ecuador, con más de un millar de estudiantes, tanto hombres como mujeres. Al igual que Clarkebury, pertenecía a la misión de la iglesia metodista e impartía una enseñanza cristiana y liberal basada en el modelo inglés. El inglés culto era allí el modelo, y los jóvenes aspiraban a ser ingleses negros, como a veces los llamaban despectivamente.
De allí pasó a la universidad de Fort Hare, en el municipio de Alice, el único centro académico residencial para negros de toda Sudáfrica. El regente estaba empeñado en que asistiera allí y para Mandela fue un auténtico orgullo que lo aceptaran. Fort Hare únicamente tenía 150 estudiantes y fue, al tiempo, hogar e incubadora de algunos de los mejores cerebros jamás surgidos en el continente. Allí, por primera vez, Mandela usaría cepillo y pasta de dientes, en lugar de ceniza para blanquearse los dientes y palillos para limpiarlos.
En Fort Hare, Mandela fue elegido para un comité estudiantil: fue la primera vez que un alumno de primer año pertenecía a dicho comité. Ese mismo compromiso con las causas de los estudiantes, aunado a su firmeza para enfrentarse a las directivas, lo llevó más adelante a liderar un boicot que no fue bien recibido por el director de la institución y que le valió su expulsión de esta. Si quería volver después de las vacaciones —según le comunicó el director—, tendría que reconsiderar su posición y someterse a las disposiciones de las directivas.
Mandela nunca volvió a Fort Hare. Pero esta vez fue el destino el que tomó la decisión por él. Al regresar a Mqhekezweni por vacaciones, el regente le notificó a él y a su hermano Justice que había concertado matrimonios para los dos, tal como imponía la costumbre. Mandela se casaría con la hija del sacerdote thembu local y el matrimonio habría de celebrarse de inmediato. Sin embargo, al haber acudido a la escuela y la universidad durante años, y al haber tenido allí una serie de líos amorosos, él era un romántico y no estaba dispuesto a que nadie, ni siquiera el regente, decidiera quién habría de ser su esposa. Irónicamente, la educación que el propio regente le había permitido obtener lo llevó a rechazar la costumbre tradicional. Justice estuvo de acuerdo y los dos decidieron que la única opción que les quedaba era escaparse y que el único lugar al que podían huir era Johannesburgo.

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La Sudáfrica del ‘apartheid’

Lentamente, aunque con muchísimas dificultades, Mandela fue abriéndose camino en Johannesburgo y, gracias a un primo que le presentó a algunas personalidades de la comunidad africana, logró ingresar en una firma de abogados blancos para realizar una pasantía y continuar con sus estudios de Derecho. La influencia de la ciudad y los amigos le permitieron abrir sus miras y ser más consciente que nunca de las aberrantes limitaciones a su libertad y del estado de opresión en las que vivían él y todo su pueblo.
Durante muchos años, el control de Sudáfrica suscitó acaloradas disputas entre los afrikáneres (un grupo étnico de origen germánico cuya lengua se deriva del neerlandés) y los ingleses. Pero, independientemente de quién estuviera en el poder, los africanos habían permanecido oprimidos durante siglos, considerados por ambos como una raza inferior. De cualquier modo, su situación empeoró dramáticamente tras el ascenso del National Party al poder, en el año 1948, cuando Daniel Malan salió victorioso con una campaña electoral centrada en el tema del “peligro negro” y que se había asentado en dos lemas: “el negro en su lugar” y “fuera los coolies del país” (cooli era el término despectivo con que los afrikáneres designaban a los indios).
Una vez en el poder de Sudáfrica, el Nacional Party, que durante la Segunda Guerra Mundial había hecho públicas sus simpatías por la Alemania nazi, comenzó a promover la codificación absoluta de su modelo represivo mediante la juridización sistemática de todas las normas y prácticas que habían mantenido a los africanos en una posición de inferioridad respecto a los blancos durante siglos. A esto se le llamó apartheid, que significa literalmente ‘segregación’, y fue la política oficial del partido desde su llegada al poder; partía de la premisa de que los blancos eran superiores a los negros, los indios y los mestizos. La iglesia holandesa reformada, a su vez, aprobaba su política segregacionista, haciendo que en la visión política del afrikáner, apartheid y religión marcharan codo con codo.
Si la situación de los africanos en Sudáfrica era bastante complicada con el Gobierno anterior del Union Party, con el ascenso del National Party las cosas no tardaron en volverse ignominiosas y el Gobierno no vaciló en eliminar las ya escasas libertades de indios, mestizos y africanos.
Ese es el país que Mandela encontró y ante el cual se levantó para luchar. Pues, aunque no le sea posible precisar el momento exacto en que volcó su vida hacia la lucha por la libertad, él llegó a saber que ser negro en Sudáfrica suponía estar politizado desde el momento mismo de nacer.

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Johannesburgo

Instalado en Johannesburgo, Mandela alternaba sus días entre la oficina del bufete de Witkin, Sidelsky y Eidelman, de cuyo talante liberal da buena fe el simple hecho de que hubieran aceptado a un joven africano como pasante, y la Universidad de Sudáfrica, UNISA, donde adelantaba cursos nocturnos de Derecho. Con el exiguo salario que recibía en el despacho de abogados, tenía que pagar la habitación en que vivía en casa de la familia Xhoma; cubrir “el autobús para nativos”, que era el medio de transporte más barato; pagar las facturas de la universidad; y alimentarse y comprar velas, un elemento tan vital como la comida, ya que sin ellas no podía estudiar. En esa época, Mandela conocería más acerca de la pobreza que en toda su infancia en Qunu; como le era imposible llegar a fin de mes, muchos días debía caminar largas distancias y sobrevivir con apenas un bocado. “Poco bueno se puede decir acerca de la pobreza —afirma Mandela— excepto que a menudo incuba auténticas amistades”.
Una de ellas fue Gaur Radebe, el otro africano que trabajaba en la misma firma que él; era una persona influyente en la comunidad negra, con un rol destacado en el Congreso Nacional Africano, CNA, y en el partido comunista. Gaur le hablaba del CNA y le decía que era la organización nacional africana más antigua del país, fundada en 1912. Su constitución denunciaba el racismo, sus presidentes habían pertenecido a diferentes grupos tribales y predicaba como objetivo que los africanos fueran ciudadanos de pleno derecho en Sudáfrica. El compromiso total de Gaur con la lucha por la libertad dejaría una honda impronta en el alma de Mandela.
Así, poco a poco, entre conocer a personas y acudir a encuentros, Mandela fue involucrándose con la causa política del CNA y llegó a liderar la vertiente renovadora, que buscaba crear una Liga de la Juventud para darle un nuevo impulso al movimiento. Una de las primeras acciones políticas de masas en la que participó fue la llamada “campaña del desafío”. Durante el primer día, más de 250 voluntarios en distintas partes del país se hicieron encarcelar por violar leyes injustas, como las que prohibían que los negros entraran a la estación de trenes por una puerta reservada para los blancos o que estuvieran presentes en determinadas áreas. A lo largo de los cinco meses siguientes, participaron ocho mil quinientas personas. Médicos, obreros de las fábricas, estudiantes, sacerdotes, maestros… desafiaron la ley y fueron a la cárcel. La campaña recibió muchísima publicidad y la afiliación al CNA se disparó de 20 000 a 100 000 miembros.
Las leyes opresoras que ellos cuestionaron durante la campaña no fueron derogadas; por el contrario, el Estado respondió con nuevas leyes represivas, como una que capacitaba al Gobierno a declarar la ley marcial y detener a cualquier persona sin juicio, u otra que enmendaba el Código Penal para permitir los castigos físicos. Pero la campaña significó un impulso masivo para el movimiento, que surgió como una verdadera organización de masas, con un impresionante cuerpo de activistas que se había enfrentado a la policía, los tribunales y la prisión. Gracias a esta campaña, se desdibujó el estigma que existía frente al hecho de ser encarcelado y, por el contrario, la cárcel se convirtió en un signo de honor entre los africanos.
Con estos impulsos, Mandela decidió abrir su propio bufete y, rápidamente, se asoció con su amigo Oliver Tambo para crear el único bufete de abogados africanos de todo el país. Desde un principio se vieron inundados de clientes. Los africanos necesitaban desesperadamente ayuda legal, porque casi todo lo que hacían o dejaban de hacer podía constituir un delito ante las leyes del Estado. Para miles de personas, Mandela y Tambo se afianzó como un lugar al cual podían acudir en busca de una actitud comprensiva y un aliado competente: un lugar donde no serían engañados y donde podrían sentirse seguros al ser representados por gente de su mismo color.
En 1951, el jefe Luthuli, quien en 1960 sería galardonado con el premio Nobel de la Paz, se postuló como presidente de la CNA, y por esa misma época el movimiento comenzó a apoyar la idea revolucionaria que había tenido Z. K. Matthews, uno de sus miembros, quien había invitado a convocar “un Congreso de los Pueblos que represente a todos los ciudadanos de esta nación, al margen de su raza o color, para redactar una Carta Constitucional a favor de la libertad para la Sudáfrica democrática del futuro”. Efectivamente, con la intervención activa de Mandela se creó un congreso de esa naturaleza, se hizo una consulta abierta para que todo el que quisiera enviara sus opiniones sobre lo que debía incluir “una gran Constitución por la libertad” y los días 25 y 26 de junio de 1955 más de 3000 delegados, entre los cuales había 300 indios, 200 mestizos y 100 blancos, desafiaron la intimidación policial para reunirse en un pueblo cercano a Johannesburgo y aprobar democráticamente el documento definitivo de la Constitución para la Sudáfrica libre.
Aunque la policía adelantó una redada y disolvió el Congreso de los Pueblos, la Constitución que alcanzó a emitirse en esa ocasión, y que trazaba objetivos prácticos con un lenguaje poético, constituiría en adelante un faro de la lucha por la liberación.

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Primera detención

El 23 de diciembre de 1956 a Mandela lo despertaron unos golpes violentos en su puerta. La policía entró en su casa con una orden de registro y se lo llevó arrestado delante de su familia. En la cárcel supo que no estaba solo. La policía había adelantado una redada y había detenido a 156 activistas, acusados de alta traición y conspiración a nivel nacional con el fin de derribar al Gobierno por medio de la violencia y reemplazarlo por un Estado comunista. El castigo era la muerte.
Prácticamente toda la ejecutiva del CNA fue procesada por hechos que incluían la Campaña de Desafío y la convocatoria del Congreso de los Pueblos. Tras un encierro de cuatro días, fueron puestos en libertad bajo fianza. El juicio se convirtió en una ventana política para dar a conocer su posición, pues decidieron que no intentarían probar simplemente que eran inocentes de los cargos imputados, sino que demostrarían que se trataba de un juicio político en el que el Gobierno los acusaba de acciones moralmente justificadas. Tras una prolongada etapa preliminar, en la que varios de los acusados fueron liberados, el juicio comenzó finalmente en agosto de 1958. Desde hacía un año, el proceso se había trasladado de Johannesburgo a Pretoria, un feudo del National Party en el que el CNA tenía poca presencia. Esto significaba más tiempo y dinero para los acusados, dos cosas que para ellos eran de por sí muy escasas. Solamente el viaje de ida y vuelta les robaba casi cinco horas al día.
Durante los primeros dos meses de juicio, la Corona presentó 2000 documentos y llamó a declarar a 200 testigos. Mandela y sus colegas solían bromear diciendo que entre la mala acústica del tribunal y la imprecisión de los informes de los agentes podrían ser multados por cosas que no habían dicho, encarcelados por algo que no habían podido oír y ahorcados por cosas que no habían hecho.
La acusación dio por terminada su exposición el 10 de marzo de 1960 y, tras muchos meses defendiéndose de los ataques del enemigo, llegó para ellos el momento de atacar. Así, mientras escuchaba en el estrado a Conco o al jefe Luthuli, Mandela sentía que, por primera vez en su vida, los jueces, todos ellos blancos, estaban prestando oído no a sirvientes que solamente decían lo que los amos querían escuchar, sino a africanos preparados e independientes, que exponían en público sus aspiraciones y el modo en que esperaban llevarlas a la práctica.
Por aquel entonces se creó bajo la dirección de Robert Sobukwe, quien había sido miembro de la liga nacional del CNA, el Congreso Panafricanista (CPA), una asociación ideológica africanista que rechazaba expresamente la política multirracial avalada por el CNA y se cerraba a las alianzas con indios, mestizos y comunistas blancos. El 21 de marzo de 1960, el CPA organizó una campaña antipases para protestar contra las leyes que obligaban a los africanos a portar pases para identificarse, y con ocasión de estas protestas, la policía acometió un acto de barbarie que aún resuena en los anales del horror. En Sharpeville, un suburbio de Johannesburgo, la policía abrió fuego contra un cuerpo de manifestantes desarmados e indefensos, y siguió disparando cuando estos se dieron la vuelta y salieron en estampida. Murieron 69 africanos, en su mayoría tiroteados por la espalda, y más de 400 personas, entre ellas mujeres y niños, resultaron heridas en una masacre que ocupó las primeras páginas del mundo entero.
Las manifestaciones se recrudecieron y Mandela y sus compañeros fueron nuevamente detenidos, bajo las leyes de un estado de excepción proclamado para hacer frente a los actos masivos de desobediencia civil que había liderado el CNA. Tanto el CNA como el CPA fueron declarados ilegales, al amparo de una legislación anticomunismo que castigaba con cárceles y con multas la mera pertenencia o el apoyo a estas organizaciones. Una redada policial en todo el país condujo a su vez al encarcelamiento sin juicio de más de 2000 personas. La lucha entraba en una nueva fase. Ahora todos estaban al margen de la ley.
Ante el recrudecimiento de la legislación, la estrategia en el juicio consistió en prolongar el procedimiento hasta que finalizara el estado de excepción. Tenían que preparar la defensa desde la cárcel. Nada fácil, por cierto. En su trato con los guardianes de la cárcel, Mandela pudo constatar que el motivo por el que el National Party se oponía tan violentamente a cualquier forma de integración radicaba en que solamente un electorado blanco adoctrinado en la existencia de una amenaza negra y que ignorara las ideas y la política de los africanos podía respaldar la monstruosa filosofía racista del partido gobernante. Cuando lograba derrumbar las barreras existentes, Mandela advertía que la familiaridad no llevaría al desprecio, sino a la comprensión e incluso, con el tiempo, a la armonía.
El 3 de agosto de 1960, después de tres años de silencio, proscripción y exilio interior, le llegó a Mandela el momento que esperaba con impaciencia, para dar testimonio ante aquellos que pretendían juzgarle. En lugar de mostrar sumisión o arrepentimiento, su discurso fue un ejemplo de determinación:
“Exigimos el derecho al sufragio universal para todos los adultos y estamos dispuestos a ejercer presiones económicas para materializar nuestras exigencias. Promoveremos campañas de confrontación y huelgas, bien por separado o simultáneamente, hasta que el Gobierno se vea obligado a admitir nuestras demandas”.
El último día de agosto se levantó el estado de excepción y Mandela pudo volver a casa por primera vez en cinco meses. El juicio, por su parte, continuó durante otros nueve meses, hasta el 29 de mazo de 1961, y tras más de cuatro años en los tribunales, tras emplear docenas de fiscales y acumular miles de documentos, el Estado fracasó en su empeño y se hizo palpable que, a pesar de sus sesgos y sus falencias, el sistema judicial parecía ser el único reducto en toda Sudáfrica donde un africano tenía alguna posibilidad de ser escuchado y donde el imperio de la ley aún podía aplicarse. Así pues, tras explicar durante cuarenta minutos que la fiscalía no había conseguido demostrar que el CNA fuese una organización comunista, el juez Rumpff concluyó diciendo: “Por consiguiente, los acusados son declarados inocentes y quedan en libertad”.

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La Pimpinela Negra

Incluso antes de que terminara el juicio, en el seno del CNA se había decidido que, de no ser condenado, Mandela viajaría por todo el país para organizar la Convención Nacional. Sería una vida arriesgada que lo mantendría alejado de su familia, pero él decía que, si a un hombre se le niega la posibilidad de vivir la vida en la que cree, no tiene más opción que convertirse en un proscrito. Así, en cuanto terminó el proceso, Mandela pasó a la clandestinidad.
Un líder normalmente busca destacar. Con un proscrito ocurre todo lo contrario. Por esa época, Mandela fue invisible. Hablaba más quedamente; se mostraba más pasivo; no pedía nada; tenía el sueño ligero; se disfrazaba de chofer, jardinero o cocinero; tenía un coche y andaba con una gorra de chófer y un guardapolvo que le permitían viajar con el pretexto de que conducía el vehículo de su amo.
Se emitió una orden de captura en su contra y su existencia al margen de la ley atrajo la atención de los medios, que lo apodaron la Pimpinela Negra, haciendo una adaptación un tanto despectiva de la Pimpinela Escarlata, un personaje de ficción que eludía a sus perseguidores durante la Revolución francesa.
El tiempo que pasó en la clandestinidad estuvo dedicado fundamentalmente a la planificación de la campaña de permanencia en casa que comenzó el 29 de mayo de 1961 y en la que cientos de miles de personas arriesgaron sus empleos y sus medios de subsistencia al no asistir a sus puestos de trabajo. Durante la campaña, Mandela declaró ante los medios que la respuesta había sido magnífica y alabó al pueblo por “desafiar una intimidación sin precedentes por parte del Estado”. Ante la reacción violenta y desproporcionada del Estado, agregó: “Si la respuesta del Estado es aplastar por la fuerza nuestra lucha no violenta, tendremos que reconsiderar nuestras tácticas”. En efecto, Mandela consideraba que la no violencia no podía ser un principio infranqueable y consideraba inmoral someter al pueblo a un ataque armado del Estado sin ofrecerle ningún tipo de alternativa. Así lo planteó ante la ejecutiva del CNA y, tras muchas discusiones y reticencias, logró persuadirlos de que una campaña militar resultaba inevitable.
Se decidió entonces crear un movimiento militar que, si bien bajo el control global del CNA, estuviera separado e independiente de este y actuara en forma autónoma. Mandela, que jamás había sido soldado, que nunca había disparado contra un enemigo, recibió el encargo de crear tal ejército.
La nueva organización se llamó Umkhonto Sizwe (‘la lanza de la nación’) o MK, en su versión abreviada, y el 26 de junio de 1961 Mandela envió una carta a los periódicos africanos, desde la clandestinidad, en la que decía que no pensaba entregarse a la policía y justificaba su vida clandestina.
Tras estudiar diferentes tipos de actividades violentas, Mandela decidió que el MK empezaría por aquella que menos daños infligía a las personas: el sabotaje. La estrategia consistía en hacer incursiones selectivas contra instalaciones militares, centrales energéticas, tendidos telefónicos e infraestructuras de transporte, para reducir la eficacia militar del enemigo, intimidar a los simpatizantes del National Party, provocar la huida del capital extranjero y debilitar la economía. Si el sabotaje no daba resultado, estaban dispuestos a contemplar otras alternativas, como la guerra de guerrillas o el terrorismo.
A comienzos de 1962, las directivas del CNA exhortaron a Mandela a realizar una misión por África, con el fin de obtener apoyo político y económico para la nueva organización clandestina y, lo que era más importante, adiestramiento militar para sus hombres. Así, Mandela se desplazó primero a Tanganica, un país gobernado por africanos, donde sintió por primera vez en su vida lo que era ser un hombre libre, pues allí donde fuera el color de su piel era automáticamente aceptado en lugar de despreciado.
Luego viajó a Sudán, a Ghana y a Etiopía, la cuna del nacionalismo africano. Siguió viajando por Egipto, Túnez, Marruecos, Mali, Guinea, Sierra Leona, Liberia, Senegal y, por último, viajó a Londres. Tras esta misión, Mandela regresó a Etiopía para un programa de instrucción militar. Aunque el cursillo debería haber durado seis meses, a las ocho semanas recibió un telegrama del CNA en el que se le solicitaba que regresara urgentemente a casa. Así lo hizo.
Al segundo día de estar en Sudáfrica y mientras se desplazaba hacia Johannesburgo para ver a su familia y encontrarse con las directivas de la CNA, el coche en el que viajaba Mandela fue adelantado a toda velocidad por un vehículo lleno de blancos. Él, que llevaba su guardapolvo blanco de chofer e iba sentado de copiloto, se giró y vio otros dos coches llenos de hombres blancos. Sus diecisiete meses de “libertad” habían llegado a su término. La noche del 5 de agosto de 1962, Mandela no tendría que preocuparse de que la policía lo encontrase: ya lo había hecho.
Los cargos iniciales que se levantaron en su contra únicamente incluían la incitación a la huelga y el haber salido del país sin los documentos pertinentes. En un inicio no disponían de pruebas que lo relacionaran con el MK o que pudieran vincularlo con traición y sabotaje. Así que, por el momento, se enfrentaba a una pena de, máximo, diez años.
Fue trasladado a la prisión de Pretoria, donde inició unos cursos por correspondencia para obtener el doctorado en Derecho, al tiempo que el CNA creaba un comité para su liberación y ponía en marcha una poderosa campaña bajo el lema “Libertad para Mandela”.
A lo largo del proceso, el magistrado se mostró incómodo e inseguro y no se atrevía a mirarlo directamente a la cara. También los abogados parecían abochornados. Fue como una revelación para Mandela. Aquellos hombres no solo se sentían incómodos porque él fuese un colega caído en desgracia, sino porque no era más que un hombre normal y corriente al que se le estaba castigando por sus ideas. En ese momento, vio más claro que nunca el papel que podría desempeñar ante el tribunal y las posibilidades que se le brindaban como acusado.
Por eso, cuando le preguntaron el nombre de su abogado, dijo que se defendería él mismo, pues eso le daba más fuerza al carácter simbólico que había decidido desempeñar. Al tribunal se presentó vestido con un karoos tradicional xhosa de piel de leopardo, en lugar de traje y corbata, para realzar simbólicamente que era un africano negro obligado a comparecer delante de un tribunal del hombre blanco. La multitud de simpatizantes que acudía siempre a las audiencias, muchas veces tras recorrer enormes distancias para llegar, se levantaba siempre ante su presencia y con el puño en alto gritaba: “¡Amandla!”, una consigna popular que significa ‘poder’.
Antes de que se emitiera la sentencia, Mandela dio un discurso que duró más de una hora. No fue en absoluto una petición de clemencia, sino un testamento político, en el que dijo, entre otras cosas, lo siguiente:
“Por poderoso que sea el miedo que siento ante las aterradoras condiciones a las que puedo enfrentarme en la cárcel, mayor es mi odio por las aterradoras condiciones a las que está sometido mi pueblo fuera de ellas en todo el país”.
Justo después, el juez dictó sentencia: tres años por incitación a la huelga más dos años por salir del país sin pasaporte. La multitud enardecida comenzó a entonar el himno de libertad africana y el tumulto hizo que Mandela olvidara por un momento que se dirigía a prisión a cumplir con lo que en aquel momento era la sentencia más severa jamás impuesta en Sudáfrica por un delito político.

El juicio de Rivonia

Cuando apenas había cumplido nueve meses de su condena, la policía realizó una redada en la granja de Rivonia, centro de operaciones del MK, donde confiscó cientos de papeles y documentos, entre los cuales se encontraba un plan para emprender una guerra de guerrillas en Sudáfrica, y capturó a todo el alto mando de la organización. Dado el clima político, el Estado solicitó la pena máxima autorizada por la ley, es decir, la pena capital. A partir de ese momento, y durante los ocho meses que duraría el “juicio de Rivonia”, Mandela y sus colegas vivirían a la sombra de la horca.
El Estado presentó cientos de testigos, miles de documentos y fotografías. Y, nuevamente, Mandela y sus colegas dejaron bien claro que no pretendían utilizar la causa para poner a prueba la ley, sino como plataforma para difundir sus ideas. No negarían que habían sido responsables de actos de sabotaje, ni que un grupo de ellos había decidido apartarse de la no violencia, pues lo que les preocupaba no era salir bien librados o reducir su condena, sino hacer que el juicio fortaleciera la causa por la que luchaban, independientemente del precio que ellos tuvieran que pagar. No se defenderían en un sentido legal, sino en el sentido moral.
Cuando le llegó el turno a Mandela de leer su declaración, dio un largo discurso en el que explicó detalladamente la naturaleza de su lucha por la libertad y luego dijo:
“No niego haber planeado actos de sabotaje. No lo hice porque tenga un espíritu temerario, ni tampoco porque ame la violencia. Los planeé como resultado de una evaluación metódica y serena de la situación política surgida como resultado de los muchos años de tiranía y opresión a los que se ha visto sometido mi pueblo”.
Y aunque sus asesores le habían pedido que quitara el último párrafo, por el temor de que, si lo leía, decidieran colgarlo inmediatamente, él permaneció inflexible y cerró su alocución con estas palabras:
“He dedicado toda mi vida a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He acariciado el ideal de una sociedad democrática y libre, en la que todas las personas convivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que aspiro alcanzar. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.
Su discurso obtuvo gran publicidad en los medios nacionales y extranjeros. El mundo estaba pendiente del juicio de Rivonia. Naciones Unidas instó al Gobierno a que concediera amnistía a los acusados. En la catedral de St Paul en Londres se celebraron vigilias nocturnas en apoyo a la causa y los estudiantes de la Universidad de Londres eligieron a Mandela como presidente in absentia del sindicato estudiantil. Por esos días, Mandela escribió desde la cárcel unos trabajos para unos exámenes para el doctorado en esa Universidad y los aprobó.
El viernes 12 de junio de 1964, en un tribunal atestado de personas en torno al cual se habían reunido miles más con pancartas de apoyo que decían “estamos con nuestros líderes”, el juez De Wet leyó la sentencia condenatoria y dijo:
“He decidido no imponer a los acusados la pena de muerte, que normalmente sería lo apropiado en un caso así. Esa es toda la clemencia que puedo asumir en coherencia con mi deber. La sentencia para todos los acusados será de cadena perpetua”.

La prisión de Robben

La isla de Robben fue transformada sucesivamente en una leprosería, un manicomio y una base naval, y el Gobierno había vuelto a recuperarla recientemente como centro penitenciario. Era, sin lugar a dudas, la prisión más brutal y represiva de todo el sistema penitenciario de Sudáfrica. En ella, la separación racial era absoluta. No había guardianes negros ni prisioneros blancos. Y el apartheid hacía presencia: los indios y los mestizos recibían una alimentación mejor que la de los africanos y no estaban obligados a portar ridículos pantalones cortos.
Mandela sostiene que a una nación no se la debe juzgar por la forma en que trata a sus miembros más encumbrados, sino por cómo trata a los más humildes. Sudáfrica trataba a los ciudadanos africanos encarcelados como animales. Al acostarse en su pequeña celda de Robben, que habría de ser su hogar durante muchos años, Mandela tocaba una pared con los pies mientras rozaba con su cabeza la de enfrente.
En compañía de sus colegas de juicio y de otros presos que llegaron después a la isla, conformaron una sección especial para presos políticos. En total, eran unos veinte. Durante los primeros meses, debían recoger una carga de piedras enormes, llevarlas con carretillas hasta el patio y convertirlas en grava valiéndose de unas mazas. Al poco rato, este trabajo se trasladó a la cantera, donde permanecieron trece años picando piedras al sol, que resplandecía sobre la piedra blanca y les quemaba los ojos sin ninguna clemencia.
En esa prisión, Mandela se constituyó en representante de los presos y lideró una serie de pulsos con las autoridades. Siempre que las directivas necesitaban que un preso hablara en nombre de los otros, el elegido era él. Luchó con vehemencia para que los presos africanos pudieran llevar pantalones largos, para que les dieran gafas de sol en la cantera, para que les permitieran estudiar, para que mejorara la comida, para tener acceso a la prensa... Cada una de estas reivindicaciones tardó varios años en ser satisfecha, pero esa campaña por mejorar las condiciones de vida en la prisión formaba parte de su lucha contra el apartheid. En ese sentido, sabía que seguía librando la misma batalla.
Al cabo de algunos meses, la vida en la prisión se convirtió para él en una rutina. En la cárcel, Mandela constató que el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes. Descubrió que era posible soportar lo indecible, si se mantiene fortaleza de espíritu, aunque el cuerpo esté siendo puesto a prueba. Encontró que las convicciones profundas constituyen el secreto de la supervivencia frente a las privaciones y que, incluso con el estómago vacío, la mente puede estar llena.
Las visitas y el envío de cartas estaban tremendamente limitados en Robben. Solo se podía escribir o recibir a parientes de “primer grado” y tanto las cartas como las visitas estaban sometidas a la más estricta censura. Las cartas llegaban con tachones y con fragmentos cortados con cuchilla. Las que ellos enviaban también llegaban totalmente agujereadas. Las visitas no podían durar más de treinta minutos y las conversaciones tenían que producirse en inglés o afrikaans y solo podían versar sobre temas familiares.
Con el paso del tiempo, el bloque de los prisioneros políticos comenzó a parecer más un colegio que una prisión. En los ambientes de lucha, la isla de Robben fue conocida como la universidad, no solo por lo que aprendían en los libros ni porque estudiaran inglés, afrikaans, arte, geografía y matemáticas; tampoco porque muchos de los presos hubieran obtenido varios títulos estando allí, sino por lo que aprendían los unos de los otros: los presos políticos crearon su propia facultad y ellos mismos dictaban cursos, algunos de tipo académico, otros de naturaleza política. Mandela se encargó durante varios años de dictar el curso de economía política.
El CNA creó su propia organización interna en la isla y Mandela fue nombrado presidente. Adicionalmente, siguió ejerciendo como abogado clandestino, ofreciendo asesoría jurídica a otros presos, incluyendo a los de la sección de delitos comunes. La ley sudafricana no garantizaba al acusado el derecho a un representante legal, y miles y miles de indigentes llegaban cada año a las cárceles por falta de asistencia. Pero, como estas consultas estaban prohibidas en la cárcel, todo lo realizaba a través de fragmentos de papel que se hacían llegar de maneras muy ingeniosas. En todo caso, una consulta que no hubiera tomado más de media hora en el despacho de Mandela y Tambo, podía durar un año o más en la isla. Aun así, Mandela logró que muchos presos, a varios de las cuales jamás llegó a conocer, obtuvieran una sentencia absolutoria o una rebaja de la pena.
Con los años, las cosas fueron mejorando en la prisión y se les fue permitiendo hablar entre ellos y hasta jugar. Gracias a la visitas de la Cruz Roja Internacional, de la única parlamentaria de la oposición —representante del Progressive Party— o de unos jueces del Tribunal Supremo, sus demandas eran escuchadas y se ejercía presión para mejorar sus condiciones. Incluso llegaron a contar con tiempo para celebrar un torneo de ajedrez y de damas. En una ocasión, Mandela se llevó el premio gordo —una barrita de caramelo— por ganar uno de ellos. Su estilo de juego asemejaba a sus movimientos en política: lento, deliberado y con una estrategia conservadora. Estudiaba cuidadosamente las consecuencias de cada opción y se tomaba su tiempo para cada movimiento.
Un día, de forma sorpresiva, los llevaron a la playa en lugar de a la cantera, y les encomendaron la tarea de recoger algas y cargarlas en un camión. Según supieron, esas algas eran vendidas como fertilizante en Japón. Era un trabajo agotador, pero tenía el aliciente de estar frente al mar y poder observar, a lo lejos, los rascacielos de Ciudad del Cabo. Además, la alimentación era mucho mejor, pues ellos mismos se preparaban una marmita con los mariscos que recogían.
Finalmente, a comienzos de 1977, les anunciaron el fin de los trabajos forzados. Por fin podrían pasar el día leyendo, escribiendo cartas, discutiendo con sus camaradas o redactando informes legales. Fue por aquel entonces cuando Mandela recibió la tan anhelada autorización para cultivar un jardín.
Para él, su huerto evocaba muy bien algunos aspectos de su vida. Un líder tiene que atender su jardín. También planta semillas y después observa, cultiva y cosecha los resultados. Al igual que un jardinero, un líder debe aceptar la responsabilidad por lo que cultiva: debe estar pendiente de su tarea, rechazar a los enemigos, preservar lo que pueda ser preservado y prescindir de aquello que no puede dar fruto.

Las negociaciones

En marzo de 1982, y sin ningún previo aviso, las autoridades de la cárcel trasladaron a Mandela y a tres de sus compañeros a una prisión de Pollsmoor, en las inmediaciones de Ciudad del Cabo.
El panorama mundial había cambiado. La lucha por la liberación en Mozambique y Angola había tenido éxito en 1975 y se habían transformado en Estados independientes con Gobiernos revolucionarios. Oliver Tambo y el CNA habían emprendido una activa campaña, “Free Mandela!”, que había despertado la indignación del mundo entero contra el apartheid y había recrudecido las presiones internacionales sobre Sudáfrica. En 1979 le fue concedido a Mandela el premio a los Derechos Humanos Jawaharlal Nerhu en la India y en 1981 los estudiantes de la Universidad de Londres lo nombraron candidato para el cargo de rector honorífico de la Universidad. Por su parte, el MK multiplicaba sus actos de sabotaje y los hacía cada vez mas sofisticados, con una explosión a la semana en puntos estratégicos del país.
En más de seis ocasiones, el Gobierno le ofreció la libertad a Mandela si “rechazaba incondicionalmente la violencia como instrumento político”. Aunque él pensaba que la negociación, y no la guerra, era el camino para hallar una solución, no estaba dispuesto a desistir del uso de la violencia como arma de lucha en las condiciones de opresión que continuaban vigentes en el país. Salir de la cárcel a encontrarse con las mismas circunstancias por las que había sido arrestado simplemente le obligaría a reemprender las actividades que habían ocasionado su encarcelamiento. Al fin y al cabo, él consideraba que el responsable de la violencia era el Estado, pues el que dicta la forma de lucha es siempre el opresor, no el oprimido.
Por eso, en una declaración pública que leyó su hija —y que fue la primera que se pudo difundir legalmente tras más de veinte años de censura— le habló así a su pueblo:
“Amo profundamente mi libertad, pero amo aún más la vuestra… Solamente los hombres libres pueden negociar. Los prisioneros no pueden formalizar contratos… No puedo, ni pienso, hacer promesas en un momento en el que vosotros, el pueblo, y yo, no somos libres”.
Desde la prisión de Pollsmoor, donde compartía celda con tres colegas, Mandela comenzó a tener acercamientos directos con el Gobierno, y un día fue pasado a una celda para él solo, como preámbulo a las negociaciones que lideraría.
Por fuera de la cárcel la agitación era cada vez mayor. En mayo de 1983, después de que el ejército sudafricano hubiera lanzado ataques aéreos contra la sede del CNA en Maputo y Lesotho, y hubiera matado en ambos casos a decenas de personas, entre ellas mujeres y niños, el MK recrudeció sus formas de lucha y activó un primer coche bomba en la central de inteligencia de la Fuerza Armada militar en el corazón de Pretoria.
El CNA experimentaba un resurgir en su popularidad y, para 1984, aunque llevaba un cuarto de siglo prohibido, era de lejos la organización más popular entre los africanos del país. La lucha contra el apartheid tenía también la atención de todo el mundo y ese mismo año el obispo Desmond Tutu recibió el premio Nobel de la Paz. Las presiones contra el Gobierno sudafricano aumentaban diariamente y las naciones de todo el planeta empezaban a imponer sanciones económicas a Pretoria.
En 1986, cuando la agitación y la violencia política en el país estaban alcanzando un nivel sin precedentes, el Gobierno decretó un estado de excepción y, aunque las condiciones eran las más adversas para entablar negociaciones, Mandela solicitó una reunión con el ministro de Justicia, que le fue concedida de inmediato, e inició unas conversaciones secretas con el Gobierno que, poco a poco, fueron materializándose en propuestas concretas.
A finales de 1988, después de que muchas empresas hubieran abandonado Sudáfrica y muchas otras siguieran haciéndolo, y de que el congreso de los EE. UU. aprobara sanciones de gran alcance contra ella, Mandela fue trasladado a la prisión de Victor Verster, un lugar a medio camino entre la prisión y la libertad, una casa con varias habitaciones, con piscina y hasta con un cocinero que le preparaba las tres comidas diarias.

Libertad y democracia

En 1989, F. W. de Klerk asumió la presidencia del país y en su discurso inaugural anunció que estaba comprometido con la paz y dispuesto al diálogo. El día mismo en que tomaba posesión de su cargo, Mandela le escribió y le solicitó una entrevista. En efecto, de Klerk liberó a varios presos políticos, levantó algunas de las restricciones que pesaban sobre los africanos y comenzó a desmantelar de forma sistemática muchas de las piedras angulares del apartheid.
Mandela se reunió con él por primera vez en diciembre de 1989 y unas semanas después de Klerk hizo algo que ningún otro jefe de Estado sudafricano había hecho jamás: empezó a dar públicamente los pasos preliminares para la instauración de una verdadera democracia en Sudáfrica. Legalizó al CNA, al CPA y a otras 32 organizaciones ilegales; levantó muchas restricciones; abolió la pena capital; y liberó a los prisioneros políticos encarcelados por actividades no violentas. Una semana después, el 9 de febrero de 1990, Mandela fue trasladado al palacio de Gobierno, donde el presidente de Klerk le manifestó personalmente que al día siguiente sería puesto en libertad. Sus 10 000 días de encarcelamiento habían terminado.
A su salida de la cárcel fue sorprendido por una multitud atronadora que esperaba con ansiedad verle y oírle. Esa misma noche se dirigió a ellos desde el balcón del Grand Parade en Ciudad del Cabo. Desde allí solamente observaba un mar sin límite de personas que lanzaban vítores, agitaban banderas y pancartas, daban palmas y reían.
Desde la libertad, Mandela lideró las negociaciones que conducirían a la democracia de su país. No lo alentaba ya la ira hacia los blancos, sino su odio hacia el sistema perverso que se encontraba vigente. Emprendió una nueva gira por África y en cada lugar por el que pasaba fue aclamado por multitudes. En abril de 1990 voló a Londres para asistir a un concierto celebrado en su honor en Wembley. Luego visitó varios países de Europa. Se entrevistó, entre muchos otros, con François Mitterand y Margaret Thatcher. Y cuando viajó a EE. UU., cerca de un millón de personas salieron a las calles de Nueva York a recibirlo. Tras su regreso a Sudáfrica, se realizó, en julio de 1991, y tras treinta años de prohibición, la primera conferencia anual del CNA dentro del país. Asistieron 2244 delegados con derecho a voto y Mandela fue elegido presidente de la organización sin oposición alguna.
Las conversaciones con el Gobierno continuaron con muchos traspiés. Con actos de violencia de parte y parte, y con disputas entre distintos grupos africanos, alimentadas clandestinamente por las fuerzas del Gobierno. Finalmente, el CNA tuvo la iniciativa de suspender la lucha armada para que las negociaciones pudieran avanzar y a finales de 1991 se abrió CODESA, el primer foro de negociación formal entre el Gobierno, el CNA y otros partidos sudafricanos. Tras superar muchísimos obstáculos, dificultades, cierres y reaperturas, en febrero de 1993 se logró llegar a un acuerdo de principio sobre la instauración de un Gobierno de unidad nacional, un gabinete multipartidista y la creación de un consejo ejecutivo de transición. Mandela sabía mejor que nadie que es tan necesario liberar al opresor como al oprimido. Aquel que arrebata la libertad a otro es prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes de los prejuicios y la estrechez de miras.
Su lucha rindió frutos y, por fin, en junio de 1993 se fijó la fecha para las primeras elecciones nacionales no racistas, en las que todos los adultos tendrían derecho al voto. Ese año, Mandela y el presidente de Klerk recibieron el premio Nobel de la Paz. El 27 de abril de 1994 se realizaron las elecciones. El CNA obtuvo un 62,6% en el escrutinio y Mandela fue elegido presidente de Sudáfrica.
Ese día, en una alocución en Johannesburgo ante una multitud eufórica de júbilo, Mandela no podía ocultar la emoción que traslucían sus ojos cuando subió al estrado y dejó salir sus palabras de victoria:
“¡Al fin libres! ¡Al fin libres! […] Soy vuestro servidor… no son los individuos los que importan sino los colectivos… Ha llegado el momento de cicatrizar viejas heridas y construir una nueva Sudáfrica”.


Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Nelson Mandela (Mvezo, Unión Sudafricana, 1918 - Johannesburgo, Sudáfrica, 2013) fue uno de los grandes líderes morales y políticos de nuestro tiempo; un héroe internacional cuya vida, dedicada a la lucha contra la opresión racial en Sudáfrica, lo hizo acreedor del premio Nobel de la Paz en 1993 y lo llevó a ser, en 1994, el primer presidente de Sudáfrica elegido democráticamente mediante sufragio universal.
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