¿Dónde está el límite?
Resumen del libro

¿Dónde está el límite?

por Josef Ajram

La biografía del bróker y deportista

Introducción

Josef Ajram transmite el siguiente mensaje: “No sé dónde está el límite, pero sí sé dónde no está”. El punto principal desde el cual lanza su mensaje es el deporte, pero considera que tanto en el deporte como en la vida, los límites se los pone uno mismo. Todo el mundo es capaz de hacer lo que se proponga siempre y cuando luche por ello y agote todos los recursos posibles antes de rendirse. El objetivo no es ganar, sino sentirse bien, tener la disciplina del entrenamiento día a día, estar cómodo con uno mismo... y terminar lo que se ha empezado, sobre todo eso, porque, de lo contrario, lo que predomina es una obsesión por el cronómetro.
El autor de este libro es un personaje que en su vida ha tenido suerte con dos cosas en las que pocas personas la han tenido. La primera es la de haber conseguido trabajar en lo que le gusta y le apasiona: la Bolsa. La segunda es el hecho de haber tenido el tiempo suficiente y los recursos necesarios para encontrar y dedicarse a algo con lo que poder transmitir mensajes al mundo: el deporte. En las siguientes líneas se exploran algunas de las facetas de la vida y la profesión de Josef Ajram, facetas que el autor mismo orienta hacia la búsqueda de sus límites.


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‘Broker’ y ‘day-trader’

Josef supo que quería dedicarse a la Bolsa desde que tuvo uso de razón. Siempre le había llamado la atención que hoy algo valga 10 y mañana pueda valer 10,40. A los 18 años fue al edificio de la Bolsa en el Paseo de Gracia de Barcelona con un dinero que tenía ahorrado, poco. Una vez allí, abrió una cuenta en una agencia de valores y empezó a realizar alguna pequeña operación. Y esto fue el detonante, porque, según dice él, cuando inviertes dinero de tu bolsillo en la Bolsa, inevitablemente el sistema nervioso se pone en funcionamiento, aunque sólo sean 300 o 600 euros, no importa. El sistema nervioso se pone en marcha y te preocupas por aquel dinero, sufres por él.
Casi sin darse cuenta se empezó a adentrar en el mundo de la Bolsa, se encontraba cómodo en aquella vorágine y estaba totalmente enganchado por esa dinámica y por la incertidumbre que genera. Esto coincidió con el momento en que entró en la Universidad. Se matriculó en Administración de Empresas e iba compaginándolo con la Bolsa. Durante el primer año se fue sacando las asignaturas, pero, a partir del segundo curso, ya optó por dejar la carrera para dedicarse por completo a la Bolsa. Se quería centrar en ello y decidió ir cada día de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Iba con el espíritu de ser una esponja, aprender, adquirir conceptos y asumirlos... Paralelamente, hizo algunos cursillos de aprendizaje y leyó algunos libros.
Un buen día, Josep Trullás, una persona que estaba siempre por la agencia, se acercó a hablar con Josef. Al cabo de un tiempo le llamó y le ofreció trabajo como comercial para captar a clientes a cambio de una comisión. Era una época muy buena; corrían los años 1999-2000, el final de la época buena antes de la crisis tecnológica, y Josef tuvo la suerte de captar a muchos clientes. La mayoría de ellos acostumbraban a hacer grandes operaciones, de modo que tenía unos ingresos francamente elevados. Sólo en comisiones ganó 8.000 euros al cabo del primer trimestre. Tenía 21 años y había pasado de cobrar 300 euros en Telepizza a ganar 2.000 o 3.000 euros al mes, y no se lo podía creer.
Parecía algo mágico. Y Josef perdió el norte. No tenía gastos y se veía con mucho dinero en el bolsillo, un coche y... 21 años. Era inevitable. Fueron un par de años de juerga total, salir de noche, ir a los afters... En fin, hacer de todo. Fue una época de desmelene pero muy positiva, porque las cosas que vivió en ese ambiente le supusieron otro gran aprendizaje. Sin embargo, una cosa sí es cierta: siempre tuvo la disciplina de ir a trabajar los lunes, a pesar de haber estado de juerga de viernes a domingo. No faltaba nunca. Era una especie de autoexigencia, en la que se decía a sí mismo: “Haz lo que quieras con tu vida, pero el trabajo es el trabajo”.
Aquella época le marcó bastante porque aprendió mucho de las personas. Sin embargo, en esa misma época, por primera vez en su vida, se encontró solo: solo en el sentido de que tenía problemas que ninguno de sus amigos tenía. Por ejemplo, firmó su primera hipoteca en febrero de 2001, con 23 años. Y, claro, no tenía amigos para preguntarles en qué banco podía hacerlo, porque sus amigos estaban en la Universidad, preocupados por sus exámenes, sus asignaturas, sus trabajos.
En esos tiempos, Josef cometió un error que considera, quizá, el mayor de su vida profesional. Los padres de algunos amigos quisieron que les gestionara su dinero, con la mala fortuna de que se lo propusieron en medio del crac tecnológico de 2002, con lo que supuso para las Bolsas mundiales. Y él, ilusamente, aceptó. Para él fue un palo enorme tener que explicar a los padres de sus amigos que habían perdido tanto dinero —en algunos casos, mucho dinero— en relación con la cantidad que habían invertido. Sin quererlo ni esperarlo, la vida le dio de golpe y porrazo un empujón a la madurez. En realidad, fue algo que no tenía solución, y fue algo global y súbito. Pasó y punto.
Fruto de aquella mala experiencia, Josef llegó a la conclusión de que, si perdía dinero, quería perder su dinero, y no el de los demás. De modo que, después de haber captado a unos 150 clientes en tres años de actividad, decidió dejar la agencia, porque no le aportaba nada y no era feliz. Y fue lo que hizo: cedió a sus clientes y pactó unas comisiones competitivas para poder operar; entonces empezó a dedicarse a lo que todavía hoy está haciendo: el day-trade. 
Un day-trader es lo que, en otros términos, llamamos ‘un especulador’. El day-trade consiste en comprar y vender acciones en el mismo día. Esto es un proceso en el que empiezas comprando 100 y vendiendo 100, comprando 200 y vendiendo 200, y la bola se va haciendo cada vez mayor. Josef llegó a un nivel de facturación récord en 2007: ni más ni menos que 360 millones de euros. ¡Brutal! El 90 o 95 % de las personas que invierten en Bolsa compra unas acciones o un fondo de inversión y espera que, transcurrido un año, haya suerte y obtengan una rentabilidad de un 10 %. Los day-traders intentan obtener una rentabilidad diaria sobre una base que les sirve de garantía.
La filosofía del day-trader no es ganar o perder un 10 %, sino que se pretende ganar o perder un 0,5 % o un 1 % por operación. Por tanto, uno de los puntos clave de esta filosofía es la rotación de capital. Es decir, compra por valor de 50.000 euros y, si ve que sube un poco, vende esos 50.000 euros. Si piensa que puede volver a subir, compra de nuevo y lo vende un poco después. Y, así, se va de un valor a otro, o a otro índice, etc. El activo más preciado es la liquidez, la herramienta de trabajo es tener dinero; no se necesita nada más que tener dinero. Y su agilidad consiste en hacer la mayor rotación de capital posible con este dinero, siempre tratando de cumplir una premisa: pérdidas limitadas y beneficio ilimitado.
Es decir, si te das cuenta de que una operación no ha ido bien, tienes que cerrarte enseguida; pero, si ves que has acertado, debes ir dejando correr las ganancias, poniendo tu stop. En realidad, perder un poco es muy difícil. Es decir, asumir el hecho de que te has equivocado es muy difícil, mucho. Esta es la diferencia por la cual, en toda España, tienen el trabajo de Josef 10 o 15 personas y no 2000. Tal vez haya más de 2000 personas que lo han probado, pero todas han fracasado. ¿Por qué? Precisamente porque perder un poco es difícil, no han sido capaces de perder un poco.
La idea del “¡Ya subirá!” es una equivocación, un error fatal. Una prueba es lo que sucedió en septiembre de 2008 con Lehman-Brothers, una institución bancaria norteamericana con 150 años de historia a sus espaldas que un jueves por la tarde valía 62 dólares y el lunes siguiente por la mañana valía únicamente 3. Pues quien no stopó, quien no paro a tiempo, se pilló los dedos, o más. Otro ejemplo: una empresa inmobiliaria española llamada Afirma que a mediados de 2006 valía 71 euros y hoy vale 0,32; si no has stopado... Si compraste a 45 o a 50 euros y no vendiste al ver que bajaba 3 o 5 euros, pues ahora ya lo has perdido todo, te has arruinado.
En definitiva, un day-trader hace esto, rotación de capital, tener líquido como garantía para cubrir una posible pérdida y practicar al máximo el stop-loss. Es tan fácil como esto; es tan complicado como esto, también. A veces la sencillez es tan compleja... Entran en juego el factor humano, la presión, la tensión, la ansiedad, el hecho de querer ganar y no perder. Todo eso lleva a tomar decisiones erróneas. Todo esto hace cometer errores, si no se controla bien.

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Deportista

Josef empezó jugando al baloncesto. En 1995, con 16 o 17 años, se compró su primera bicicleta e iba con ella a todas partes. Hasta que las cosas fueron por otros derroteros: entre 2001 y 2003, estuvo un par de años sin hacer demasiado deporte aeróbico. El trabajo lo tenía absorbido, empezaba a ganar un poco de dinero y no tenía demasiadas obligaciones... Comenzó a salir, a vivir la noche; fue una época de cachondeo, de marcha. Hasta el año 2003, cuando pensó que ya era suficiente, que había llegado el momento de dar un nuevo rumbo a su vida.
Después de 2003, empezó a aficionarse a las palas. En esa época se apuntó a un club para aprender a jugar al paddle, y allí conoció a dos personajes de 47 años que, de un modo u otro, marcaron el resto de su vida. Se trata de Xavier Benet y Toni Navarro. Ambos le explicaron que hacían el Ironman. El Ironman es una prueba de triatlón organizada por la World Triathlon Corporation que consta de tres carreras consecutivas: 3800 m nadando, 180 km en bicicleta y un maratón completo (42,195 km corriendo).
El Ironman original se lleva a cabo en Hawái todos los años desde 1978. Es una prueba realmente dura por las condiciones de las carreras de resistencia: las aguas del océano en Hawái son suficientemente cálidas como para no permitir trajes —que ayudan a la flotación—; las colinas por las que se circula en bicicleta no presentan pendientes demasiado pronunciadas, pero normalmente los caminos se ven azotados por fortísimas rachas de viento; y la zona donde se lleva a cabo el maratón suele ser extraordinariamente caliente y húmeda. Por tanto, las condiciones no son las óptimas para realizar estas pruebas de manera cómoda y esto ha contribuido a mitificar este triatlón de resistencia.
Julie Moss marcó un hito en la historia de la prueba en el año 1982. Julie participó en el Ironman con el fin de recabar material para su tesis sobre fisiología del ejercicio. Curiosamente, a lo largo de la prueba, llegó a los primeros puestos y todo el mundo daba por hecho que iba a terminar ganando; sin embargo, hacia el final del maratón apareció la fatiga extrema, se deshidrató y cayó tan solo a unos centenares de metros de la meta. El título femenino se lo llevó Kathleen McCartney; no obstante, Julie Moss literalmente se arrastró hasta alcanzar la línea de llegada de una manera casi heroica. La participación de Julie se recuerda en el Ironman con un mantra que se convirtió en lema: “Terminar el Ironman ya es, por sí solo, una victoria”.
Josef Ajram, empujado por la idea de que, si sus compañeros de paddle, mucho mayores que él, habían hecho varios Ironman, él también podía lograrlo, empezó a prepararse en octubre de 2003. En aquella época prácticamente no sabía nadar. Y estuvo aprendiendo y entrenando hasta que, en julio de 2004, participó en su primer Ironman. Y desde entonces no ha parado, quizá exceptuando un compás de espera durante el año 2005, en que únicamente hizo ciclismo.
Aunque el Ironman original es en Hawái, estas pruebas se realizan en distintas partes del mundo. La de Austria fue la primera en la que Josef participó. Fueron meses de entreno muy específico para completar su preparación. Corría unos 300 km, nadaba 8000 m y corría unos 50 km por semana. Él notaba cómo, a medida que se entrenaba, su cuerpo iba experimentando sensaciones raras. Correr después de hacer bicicleta es algo violentísimo para los cuádriceps, y las caderas actúan de una manera nada uniforme. A medida que se iba acercando la fecha, Josef iba teniendo cada vez más dudas. Cada día del último mes antes de la carrera se le iba metiendo en la cabeza que no podría acabar; pero, al llegar a Klagenfurt (Austria), todo cambió.
Llegó el domingo, 4 de julio de 2004: día clave en su vida. Se levantó a las 3:50 h. Bajó a desayunar; en el hotel se juntaron un total de veinte atletas. Las miradas eran profundas, de concentración, de nervios y, al menos en el caso de Josef, de miedo. Al acabar, se dirigieron al Ironcity, un megacomplejo de carpas donde se concentran todas las actividades del Ironman. La aglomeración de gente era impresionante. Parecía pleno día y sin embargo eran menos de las siete de la mañana; no cabía un alfiler alrededor del muelle del lago. Se dio la salida y los primeros momentos fueron muy agobiantes. Golpes y más golpes en el agua para tomar la posición adecuada. Josef solamente pensaba en salir del agua para coger la bicicleta.
Una vez fuera del agua, Josef cogió la bicicleta con una sonrisa enorme, estaba contento porque era su punto fuerte. Le esperaban 180 km (3 vueltas a un circuito de 60 km) y 1350 km de desnivel acumulado. Fue muy bien durante todo el rato: notaba las piernas muy ágiles y se sentía aupado por el innumerable público que había por todo el circuito, en especial, en las zonas de subida, donde podían encontrar un escenario más propio del Tour de Francia. Acabó la bicicleta con un tiempo bueno, 5 h y 10 min a algo más de 35 km/h de media. Estaba muy contento: ¡solo faltaba el maratón!
Empezó a correr cuando llevaba 6 h y 34 min de competición. Había nadado 3.800 m y había rodado 180 km en bicicleta, más el tiempo de las transiciones. Le quedaba un coloso, pero era difícil de entender que para Josef fuera solo una prueba más, cuando hacía un año el mero hecho de acabar un maratón era más que un logro. Su carrera a pie se dividió en dos partes. Los primeros 22 km se encontró más o menos bien. Dentro de lo que cabía, las piernas le respondían, el sol era intenso pero los ánimos de la gente lo ayudaban a que no se concentrara en el calor, sino en los aplausos. Pero faltaba lo peor. No se podía imaginar el sufrimiento que le esperaba.
Llevaba 8 h y 34 min, sólo le faltaban 20 km corriendo; su cabeza hacía números y se veía capaz de bajar de las 11 horas. Pero el cuerpo, y más concretamente sus piernas, reventaron. Un intenso dolor se apoderó de sus cuádriceps y no podía correr más. Fue algo inexplicable, porque apenas 500 m antes corría con normalidad, pero sucedió y las piernas se agarrotaron. Empezó a andar, tenía que acabar, no contemplaba la posibilidad de abandonar. Habían sido demasiados sacrificios, demasiadas horas de entrenamiento, demasiadas ilusiones por lograr algo que poca gente en el mundo puede hacer. Fue andando lento, pero con la mirada al frente.
Cuanto más lento iba, más le animaba la gente. Hubo kilómetros, concretamente en el 27 y en el 34, que las lágrimas se apoderaron de sus ojos; le dolían tanto las piernas... Fueron 4 horas larguísimas, sí, 4 horas para hacer 20 km, pero los hizo. Llegó al kilómetro 41 del maratón y oyó que alguien le decía: “Come on Ironman, 1 km for your dream!” (“¡Vamos, Ironman, solo te queda 1 km para alcanzar tu sueño!”). Esas palabras le dieron fuerzas para correr como podía; con paso muy torpe se dirigió hacia la meta y la gente no paraba de animarle. Las lágrimas, con una fuerza nada habitual, se volvieron a apoderar de sus ojos. Lo había logrado. Envuelto en un griterío ensordecedor, entró en la meta sin fuerzas siquiera para poder levantar los brazos. Tras 12 h y 34 min, Josef Ajram Tarés: felizmente Ironman, felizmente finisher.
El Ironman es una prueba que terminan unas 70.000 personas al año. Es decir, es una prueba con solera y, además, concurrida. Terminar un Ironman es, por tanto, relativamente accesible si uno tiene voluntad, porque el tiempo de corte para considerarse finisher es muy amplio: puedes emplear hasta 17 horas. Sin embargo, hay otra prueba que Josef Ajram considera mejor; se llama Ultraman. El Ultraman sí que es una prueba más selecta, porque han limitado la participación a solo 35 personas en cada edición, no porque sea extremadamente complicada, aunque, naturalmente, requiere mayor esfuerzo y preparación que la otra. Hay dos Ultraman, uno en Hawái y otro en Canadá.
En el año 2007, Josef participó en su primer Ultraman. En esta prueba de resistencia hay que hacer, el primer día, 10 km nadando en aguas del Pacífico y, a continuación, 150 km en bicicleta; el segundo día, 280 km de bicicleta; y el tercero, y último, 84 km de carrera (esto es, el equivalente a dos maratones convencionales). Cuando envió su inscripción, le llamó la atención algo: en las 23 ediciones previas, nunca había participado ningún español. De modo que, sin quererlo ni buscarlo, se encontró que estaba haciendo historia. En aquella oportunidad, Carlos Márquez, de El periódico de Catalunya, le dedicó un bonito reportaje que tituló “El profeta del esfuerzo”. De este modo, Josef subió un escalón más, que resultó ser el salto mediático.
En 2008, los productores del programa Informe Robinson de Canal+ se interesaron por sus actividades, hasta el punto de que un equipo se desplazó a Hawái para grabar su participación en el Ultraman de ese año. Naturalmente, eso ya representó su aparición en pantalla, un paso más en la consolidación de la imagen de Josef Ajram. A partir de ese momento, los patrocinadores empezaron a tener interés y luego otros periodistas. Así surgió la oportunidad de aparecer en los suplementos dominicales de La Vanguardia, El País, El Mundo, ABC... o proyectos más ambiciosos como los de la revista Men's Health.
Además de las dos competiciones que ya hemos mencionado, el Ironman y el Ultraman, hay otra prueba de resistencia más que ayudó mucho a Josef a visualizar el concepto de que lo importante es terminar. Es el Marathon des Sables, en el que participó por primera vez en 2006. El Marathon des Sables (‘maratón de las arenas’) es, en realidad, un ultramaratón de 254 km (es decir, seis maratones completos consecutivos) que se corre durante seis días en una zona del desierto del Sáhara, en Marruecos.
Aquel año 2006 fue enormemente caluroso y había un nivel de humedad muy elevado, algo excepcional en el desierto, de modo que la sensación de calor era todavía más acusada. Ese año se batió el récord de abandonos en el maratón; normalmente abandonan 40 personas y, en esa ocasión, fueron 160. El segundo día, Josef se encontraba destrozado, no podía más; tenía sed, tenía hambre, estaba cansado, había una tormenta de arena importante y estaba llorando, totalmente desconsolado: “¡No puedo más, es que no puedo más!”. Inevitablemente, se preguntaba: “¿Y qué estoy haciendo aquí?”.
Por suerte, los compañeros estaban cerca y en ese tipo de carreras hay un fair play increíble. Le subieron la moral, le hicieron ver que “Mañana será más tranquilo, seguro que terminas” y, entre una cosa y otra, logró superar el bache. Y la verdad es que no sólo terminó, sino que logró acabar en bastante buena posición. Al final de la prueba estuvo muy contento, pero recuerda aquel día como especialmente duro; se hartó de llorar, estaba triste, fue un día de aquellos que piensas: “¡Vaya mierda, tío!”. Y, sí, el cronómetro existe, es un hecho que no se puede obviar, pero cada vez más hay que pensar que el reto de verdad es terminar, y tanto da si lo haces el número 40 o el 400: lo importante es intentarlo hasta el final. 
En el Marathon des Sables hay un promedio de 850 participantes; 650 de ellos caminan y los otros 200 corren. Fue entonces cuando Josef se dio cuenta de que realmente el cronómetro da igual. No importa. Interiorizando este pensamiento es como la gente se da cuenta de que no merece la pena rendirse tan rápidamente. Es importante luchar un poco y agotar todos los recursos. Naturalmente, llegará un punto en el que, si no se puede, no se puede. Pero la clave está en no rendirse con facilidad.
Generalmente las carreras son individuales. Pero así como en el Ultraman puedes llevar a un equipo de asistencia de dos personas, que te preparan la comida, te dan agua, etc., el Marathon des Sables es una prueba de autosuficiencia, de modo que no te pueden ayudar. Ahora bien, Josef siempre intenta ir con un par de amigos o con su pareja... Siempre trata de hacer partícipes a otras personas. Es una manera de transmitir lo que hace a quienes le rodean.
Hay situaciones muy, muy duras durante las pruebas. La natación, por ejemplo... Cuando no te gusta la natación y tienes que pasarte tres horas y media nadando para llegar a completar una travesía de 10 km, se hace muy largo. La ansiedad de querer salir del agua es algo bastante desagradable y cuesta mantenerse sereno en esos momentos. En eso sí que la experiencia es un grado y, cada año, Josef va aprendiendo trucos nuevos. La cuestión está en distraer la mente, en saber cómo engañarla. Él considera que tienes que darle estímulos, tienes que decirle: “¡Venga, adelante!”.
Josef, por ejemplo, le da un estímulo a la mente cada quince minutos. Cada cuarto de hora le da un poco de comida, algo de bebida... Como si fueran pequeños premios. Y este principio lo cumple a rajatabla, hasta el punto de que sus carreras largas las tiene fraccionadas en periodos de quince minutos. Ahora bien, a pesar de todo, no hay que engañarse: resulta durísimo porque es mucho cansancio, él sabe que nadie le obliga y que está sufriendo mucho. También sabe que correr 80 km por el desierto de una tirada es una agonía. Pero lo que le llena de verdad es la satisfacción de haber terminado algo. Siempre hay otra prueba para hacer, siempre quiere más, pero esa sensación de “¡Lo he conseguido!” es muy, muy gratificante.
En cualquier caso, lo importante es tener mucho respeto a la vida. Hay que ser muy consciente de que, en cualquiera de estas locuras deportivas, el hecho de terminar ya es un hito. Luego, lograr terminar en mejor o peor puesto ya es buscar la perfección. Siempre hay que darlo todo. Pero no tiene que pasar —y a Josef le ha sucedido— que te sientas frustrado por haber terminado una prueba en mala posición o, simplemente, por no terminarla. Lo más normal es no terminar una de esas pruebas. Para entendernos, el 95 % de la población no termina una carrera de este tipo. Si tienes la suerte de poder terminar y, además, hacerlo en una posición muy digna, pues todavía mejor. ¡Pero es durísimo!

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‘Tattoo-man’

Quien ve por primera vez a Josef Ajram puede sorprenderse por los tatuajes que lleva. Estos tatuajes tienen su historia. Entre el primero (en el ombligo) y el último, van ocho años de diferencia. El asunto de los tatuajes empezó, como todo en la vida de Josef, por casualidad. En su época de juerguista, pensaba que estaba de moda o que quedaba bien hacerse un tatuaje, y se hizo un sol en el ombligo. Se lo hizo sin saber por qué. Pero le agradaba que sus colegas se fijaran y le preguntaran.
Entonces se hizo el número pi, porque leyó un libro de un matemático colombiano. A Josef le gustan mucho las relaciones numéricas, las explicaciones de las cosas... Este libro explicaba las cosas cotidianas mediante probabilidades y uno de los capítulos se refería al número pi. Le gustó porque unía dos cosas que le fascinan: los números y el destino. Además, decía algo que puedes creer o no, pero que, en aquella época, Josef se creyó: decía que si lográsemos asignar números a las letras (a = 1; b =...), posiblemente habría una secuencia del número pi en la que está escrito lo que sucederá en el futuro. Quizá sea una tontería, pero esa mezcla de poesía y matemática, a Josef le gustó y se lo tatuó.
El siguiente tatuaje fue un dado. Es un dado en el que se ven tres caras: el infinito, un interrogante y una espiral. El infinito viene a significar lo imposible, que es algo contra lo que Josef cree que hay que luchar, evitando la expresión “no lo puedo conseguir”; aunque sabe que ciertas cosas son imposibles, considera que hay que agotar todos los recursos, es necesario luchar al máximo para conseguir lo que se desea. Y eso tanto en el ámbito deportivo como en el laboral, el profesional, con la pareja, con la familia... Hay que luchar y uno no se puede rendir fácilmente. La espiral significa la lucha contra el conformismo, que considera necesaria para que uno se encuentre bien desde el punto de vista espiritual. Y el interrogante hace referencia a la ilusión, al no saber qué sucederá mañana, a la emoción.
A continuación se hizo unas letras que dicen “life-trader”, una palabra que se podría traducir como “especulador de la vida”, un reflejo de su trabajo en la Bolsa y de cómo es su vida: siempre buscando emociones. A Josef le encanta vivir sensaciones y experiencias un poco atípicas. En la nuca lleva un ojo tatuado. Es un ojo como el que sale en la carátula de la película Réquiem por un sueño, que explica la historia de tres personajes al límite, con tres problemas distintos, con tres anhelos, tres ilusiones que no logran alcanzar, que se adentran en el negocio de la droga. Josef se dio cuenta, en su época de juergas nocturnas, que no quería llegar a ser ninguno de esos personajes. Y por eso le impactó.
Después ya empezó a tatuarse sin ningún significado concreto: unos motivos árabes y su apellido “Ajram”. Luego, cuando terminó su primer Ironman se hizo un tatuaje con el símbolo de la prueba y la palabra finisher, que es lo que hay en la camiseta que dan a quienes terminan el triatlón. Se tatuó también una pica, porque tenía un anillo con este dibujo que perdió; además, leyó en un libro que la pica era el símbolo de la masculinidad. También lleva un rosario, aunque no es practicante; luego, una corona sin significado y, para terminar de tatuar todo el brazo derecho, pidió que le hicieran también los dedos.
Prometió a su madre que solo se tatuaría un brazo, pero no pudo aguantarlo... También se ha tatuado algo en el izquierdo: hay una bicicleta, distintas competiciones (cinco Ironman, el Marathon des Sables, el Ultraman), y unos cuantos dibujos artísticos. En el cuello lleva su lema: “I don't know where the limit is, but i know where it is not” (“No sé dónde está el límite, pero sé dónde no está”). Finalmente, lleva también una máscara hawaiana en honor al Ultraman. Bueno, y el último, por ahora, es el nombre de su hija, nacida en enero de 2010: lleva la palabra “Morgana” tatuada en el brazo izquierdo.

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Conclusión

Josef Ajram es una persona que necesita emoción en su vida diaria, y quizás la Bolsa tenga parte de culpa de esta visión. Él piensa que si tienes la suerte de ir buscando experiencias, de ver situaciones distintas, de viajar, de conocer personas y enriquecerte con cada una de ellas... entonces esto es una buena universidad de la vida, porque somos muchos en el mundo y todos tenemos algún mensaje, todos. Quizá una persona solo “te dure” lo que dura un café: Josef es de los que piensan que no hace falta que todo el mundo sea tu “amigo”, ahora bien, si consigues obtener un mensaje por persona, esto es muy enriquecedor.
En cuanto al objetivo de escribir este libro, Josef se daría por satisfecho si lograse que las personas que lo lean sean conscientes de que, para conseguir algo, tienes que luchar por ello, que no hay nada que te llegue gratuitamente y sin que des algo a cambio. Él considera que hay tres pautas básicas: tomarse en serio las cosas que uno hace, dedicarse en cuerpo y alma a lograr el objetivo que uno se ha impuesto, y convencerse de que lo importante en la vida es terminar lo que se empieza. Como quien va a un Ironman, a un Marathon des Sables o a un Ultraman... Lo importante es poder ponerse la camiseta que te acredita como finisher.

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Fin del resumen ejecutivo
Biografía del autor
Josef Ajram nació en Barcelona en 1978. Aparte de broker de éxito, es el primer deportista español que ha terminado competiciones tan arduas como el Ultraman de Hawái y el de Canadá, donde después de nadar 10 extenuantes kilómetros en pleno océano, los participantes pedalean durante 421 kilómetros y terminan corriendo el equivalente a dos maratones. Lo distinguen su capacidad para entrenar con rigor y unas enormes ganas de competir.
Ficha técnica
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